Shaman King no me pertenece
Advertencias: este capítulo contiene escenas leves de sexo
Capítulo X
Aún dormía y no iba a confesar en voz alta que ver a su esposo semidesnudo sobre la cama era una de esas cosas que echaría de menos cuando el divorcio y la custodia de Men estuvieran aclaradas. Cuando Anna la llamó para comunicarle el estado en el que ambos estaban no le importó dejar tirada su reunión para ir a auxiliarlos, pero cuando llegó ya era muy tarde: no se sabía cuál de los dos estaba peor. ¿Qué había pasado? La rubia fue la primera en recobrar la consciencia; quiso preguntarle, mas al verla tan desorbitada supo que no era el mejor momento. La ayudó lo mejor que pudo y le insistió hasta el hartazgo que esa noche se quedara. Anna se negó asegurando que desde que Hana estaba en su vida ni una sola noche había dormido por fuera de casa. La entendía así que llamó a su mejor chofer para asegurarse que llegara a salvo.
Por otra parte, Ren no se despertó hasta la madrugada. Vomitó la ropa, el piso, el baño y las alfombras; además el golpe que tenía en su rostro se ponía cada vez peor con el paso de los minutos. Lo metió en la ducha y, mientras él hacía su mejor esfuerzo por bañarse, ella se encargaba de limpiar todo el desastre. Jamás en su vida lo había visto así y eso la confundía más. Volvió con él para pasarle el pijama, pero solo se vistió con su ropa interior. Lo ayudó a caminar hasta que lo acostó en la cama y no se separó hasta que estuviera completamente dormido.
—Jeanne, no toques a Jeanne. —Esas fueron las palabras que balbuceó hasta que el cansancio lo venció. Necesitaba una explicación.
Ya por la mañana se levantó, terminó de ordenar la casa, hizo el desayuno para los dos y, antes de salir por Men para llevarlo a la escuela porque no había que ser un adivino para saber que Anna no estaba en condiciones de hacerlo, quiso quedarse unos minutos al lado de Ren. Ya había olvidado la última vez que lo había hecho. Cerró las cortinas para que el aire frío no entrara a su casa y fue ahí, con el cambio de temperatura, que él despertó.
—¿Dónde estoy? —Intentó sentarse para tener un mejor panorama del lugar, pero al primer movimiento su mente le recordó algunos acontecimientos del día anterior. Se llevó las manos a la cabeza y el dolor en su rostro le confirmó que todo era muy real: su padre lo había amenazado de la peor manera— ¿Anna?
No le extrañaba que estuviera preocupado por ella, aunque tampoco iba a negar su molestia al saber que, en la lista de prioridades de Ren, Anna ocupara un lugar superior.
—Se fue en la madrugada. Hablé con Horo Horo hace un momento y aún sigue dormida. Lo mejor es que ninguno de los dos vaya a trabajar hoy —Ren se esforzó para que su cerebro le mostrara imágenes del día anterior. No le importaba si eran aleatorias o algo modificadas, solo necesitaba tener la certeza de que Jeanne aún seguía sin saber qué era eso tan grave que había ocurrido para dejarlo en ese estado—. Te espero en la cocina para desayunar.
Se rindió. Los recuerdos llegarían, pero ese momento con Jeanne no se repetiría. Como pudo se levantó de la cama, pasó al baño para lavarse la cara y verificar que la herida de su mejilla no era una ilusión. Por ese día se quedaría en casa, cubrir ese moretón que le ocupaba más de la mitad del pómulo era un problema para su yo del futuro. Se reunió con su futura ex esposa en la mesa y que solo hubiera un plato y un vaso eran una clara muestra de que no se quedaría con él más tiempo del necesario.
Comió en silencio y no porque no quisiera conversar con ella, solo que no sabía cómo iniciar esa platica que ambos, a su manera, tenían que enfrentar.
—Gracias, Jeanne —ella no respondió— por todo. Vi el desastre que hice, yo me encargaré de limpiar, ya hiciste suficiente por mí.
—Lo hice porque me gusta creer que somos amigos. Aún podemos confiar en el otro. ¿No lo ves así? —Jeanne lo había hecho: ahora era el turno de él de contar todo. ¿Por dónde empezar? Él no quería involucrarla en asuntos familiares: no lo había hecho durante su matrimonio y no lo haría ahora que bastaba una firma para alejarse para siempre de ella.
—Mi padre se enteró del divorcio y me amenazó con destruirnos si lo hacemos.
La cara de asombro de Jeanne se convirtió en una de pánico.
—¿Estamos hablando del mismo hombre que abrazó Anna y le perdonó por irse sin avisar?
Sonrió. En Tao era un manipulador y ahora veía el panorama con más claridad.
—El mismo hombre que quiere que Anna se encargue de las empresas en Europa porque quiere quitarle todo a Jun. La va a desheredar apenas la adopción esté finalizada. No perdonó a nadie, solo quiere que todo se mueva a su voluntad y no va a permitir nada se interponga. Nos tiene en sus manos. —Jeane se levantó de la mesa, caminó en círculos por todo el espacio hasta que finalmente se apoyó en una de las paredes— No quiero que te pase nada, Ren. Jamás imaginé que esta decisión te pusiera en peligro.
Tenía que estar bromeando. A él poco le importaba lo que En Tao hiciera, su prioridad era protegerla y garantizar el bienestar de Men. Se acercó hasta ella y en un movimiento sincronizado estiraron sus brazos para refugiarse en el otro.
—No dejaré que mi padre te lastime.
—Lo dices como si tu padre fuera un mafioso. —Ren sabía que él no requería ese tipo de ayuda: era temible por sí mismo—. Hace mucho no pasábamos tiempo así.
Solo necesitaba que su hijo estuviera cerca para gozar de una felicidad total. ¿A eso estaba renunciando? ¿Valía la pena perder lo único propio que tenía con tal de seguir manteniendo a flote una empresa que ni siquiera le pertenecía?
—Te amo, Jeanne, y eso no va a cambiar así tenga que dejarlo todo para protegerte.
Ese Ren sí era el hombre con el que ella se había casado y el que echaba tanto de menos. Se separó lo mínimo para acariciarle la mejilla y finalmente besarlo. Ella también pondría de su parte que para que En Tao no interfiriera más en la vida de ninguno. Se separó y se sonrieron, pero cuando él quiso repetir la acción lo detuvo.
—Ya saqué mis cosas del armario. Men ya no vive en esta casa, no hay razón para que sigamos viviendo juntos. —Quiso replicar, pero Jeanne se alejó de él tan pronto como pudo—. Yo me encargaré de Men por hoy. Descansa.
Lo siguiente que Ren escuchó fue una puerta cerrarse y no se refería únicamente a la de su casa.
...
Hana despertó y lo primero que vio fue al Usui durmiendo en el sofá. Si ya de por sí era extraño que su madre no estuviera dando vueltas por la casa, con esa sola imagen de su niñero a medio vestir y con una cara de cansancio nunca antes vista, solo podía imaginarse el peor de los escenarios. Quiso despertarlo, pero el mini demonio se le había adelantado. Contrario a lo que creía, Horo Horo no se despertó de mal humor. ¿Dónde estaba su mamá y que había pasado el día anterior?
—Hablé con Jeanne minutos atrás, los llevará a la escuela y los traerá de vuelta. Arréglense como puedan, yo seguiré durmiendo.
Ahora estaba más confundido que antes. Iba a desquitarse con Men, pero el pequeño entendió muy bien sus intenciones y antes de recibir cualquier ataque dejó la sala y corrió al baño. Sacudió a Horo para interrumpir su sueño.
—Quiero explicaciones.
Horo dio la vuelta sobre el sofá para ver al rubio directo a los ojos: ahora que conocía la verdad le era imposible no ver la figura de Yoh en el cuerpo de ese niño. ¿Qué tan diferente serían sus vidas si Anna hubiera notado su embarazo antes de ir a Inglaterra? ¿Cuál hubiera sido la reacción de todos en ese momento? Sí, aún lamentaban lo de Hao, pero ese pequeño, sin duda, hubiera sido un pequeño rayo de esperanza para todos.
—Está dormida en mi cuarto. No la despiertes.
Hana no era el niño más obediente del mundo, así que apenas supo la ubicación de su madre no tardó más tiempo en buscarla. Si el Usui no le daba explicaciones, le exigiría a su madre toda la información que él merecía saber. Entró sin tocar mas todas sus intenciones de reproches se quedaron en meras intenciones porque Anna estaba llorando. Nunca la había visto tan mal y no se refería únicamente al estado de la habitación pues con el solo olor podía imaginar una vaga idea de por qué, la noche anterior, no había llegado a la hora de siempre. ¿Qué debía hacer? Ella tenía los ojos cerrados y al parecer no había notado la intromisión. Lo pensó tanto como pudo y concluyó que lo dejaría pasar, aunque apenas llegara del colegio la enfrentaría, o al menos, lo intentaría. Salió de ahí y comenzó su rutina diaria. Una hora después, Jeanne los estaba sacando de casa para llevarlos a sus respectivos institutos.
Horo, por su parte, dejó que pasaran algunos minutos más para ir a buscar Anna. Sabía que tenía que dejarla dormir, pero tampoco iba a permitir que lo hiciera con el estómago vacío. La vio salir de la habitación y pasar directamente al baño. Esperó un tiempo hasta que saliera y su poca paciencia y tolerancia quedaron en el olvido cuando ella, de la manera más tranquila posible, pasó a la cocina para desayunar lo que encontrase en la nevera. ¿Cómo podía ser tan indiferente con la situación? Se armó de valor y la enfrentó.
—Men y Hana ya no están, y tú ya estás sobria. —Anna soltó su cubierto y alejó los platos de su cuerpo: se había ilusionado con la idea de que Horo iba a olvidarlo, aunque muy en el fondo tenía que reconocer que si había decidido confesarle la verdad no podía dejarlo con datos a la mitad—. ¿Qué pasó durante ese embarazo?
¿Qué tanto le había contado la noche anterior? Ni siquiera recordaba cómo había llegado a casa. Además, llevaba despierta solo un par de minutos, su cerebro aún no estaba listo para una charla tan extenuante.
—Estuve en psicólogos y psiquiatras por varias semanas: todos los días soñaba con el cuerpo de Hao lleno de sangre, gritándome, culpándome, odiándome. Luego pensaba en Yoh rehaciendo su vida mientras que yo tenía un cuerpo en mi vientre que con el paso de los días me exigía cosas que yo no me sentía capaz de darle. Además, no podía superar el accidente si tenía que hacerme cargo de un niño: ser madre no era una posibilidad, al menos no en ese momento.
El Usui intentó recapitular toda la información que la rubia había soltado de golpe. ¿De dónde sacaba tanta frialdad para contar un momento tan crítico de su vida? ¿O acaso solo estaba fingiendo? Entendía los recuerdos del accidente porque incluso Ren y Yoh tuvieron que pasar por un proceso similar; él, por terco, se había negado a la ayuda. ¿Qué más había dicho? Ser madre no estaba en sus planes.
—¿Anna... acaso tú?
Sabía a qué se refería, no era necesario que terminara la pregunta.
—No. Suficiente tenía con Hao, con Yoh, con mi huida, no podía soportar una culpa más así que pensaba darlo en adopción apenas naciera. Lyserg me ayudó con los trámites, escogimos la familia y todo estaba listo para el proceso, hasta ese día en el que volví a manejar. No debía, pensé que estaba lista. Era un trayecto corto, nada que implicara un gran riesgo, pero cuando estuve frente al volante y me enfrenté de nuevo a la carretera no lo soporté: los meses de terapia no funcionaron mucho en ese momento. Entré en crisis, no aguanté la presión, los recuerdos de Hao muerto volvieron a mi cabeza y el parto se adelantó. Una inocente decisión alteró todos los planes.
Horo Horo no quería escuchar más. ¿Cómo es que Anna había resistido tanto? Él pensaba que había pasado unos años terribles, pero ahora que estaba con ella solo podía sentir que sus problemas no eran comparables. Tomó agua, intentó buscar un punto muerto en la pared que le organizara las ideas y se volvió a acomodar en su asiento: tenía que seguir escuchando, él había empezado la conversación y si la rubia quería desahogarse, él no iba a interrumpirla.
—¿Hubo complicaciones con el parto? —Anna suspiró y no lo miró de la mejor manera: era una pregunta bastante estúpida, pero era lo único que se le había ocurrido para mostrar interés en ella— Supongo que sí.
—En realidad no, nada diferente a un bebé prematuro y tal vez eso fue lo que me hizo replantear mis decisiones porque cuando lo vi tan pequeño e indefenso deseé protegerlo con toda mi alma, tenerlo en mis brazos para siempre y que nadie nunca me lo arrebatara. Se recuperó y cancelamos el trámite de adopción, no iba a entregarle a mi hijo a nadie. —Anna se levantó de la mesa e intentó hacer contacto con cualquier objeto de la casa. Sabía que el Usui no la juzgaría, pero en ese momento quería tener la mente en blanco: era la primera vez que admitía su miedo en voz alta— ¿En serio crees que estoy lista para perderlo? Yoh no me lo quitará, estoy segura, pero no podré vivir con su odio ni su rencor. No puedo estar con él, Horo Horo. No debo. Le mentí, le oculté algo importante. No soy capaz ni de verlo a los ojos.
Sin contar que Hana tampoco querría estar con ella. Era una mentira muy grande como para dejarla pasar sin sufrir las consecuencias. Contar la historia de su embarazo no la eximia de sus responsabilidades y se sentía tan tonta al recordar que su único objetivo al volver a Tokio era enfrentar esos hechos tan terribles y ahora, que estaba acorralada, solo pensaba en que no estaba tan preparada como creía.
—¿Hana sabe todo esto? —Ese era el momento en el que se arrepentía de juzgarla. ¿Cómo se había atrevido a hacerlo si no tenía todos los detalles del embarazo? Anna solo tenía miedo de perder a su hijo, un hijo por el que había entregado y soportado todo—. ¿O también le has ocultado por todo lo que tuvo que pasar?
—No sabe lo de la adopción: si hay algo a lo que le temo más que contarte lo de Yoh es que se entere también de eso. ¿De uno a diez qué tan mala madre crees que soy? Tal vez me merezca un cero.
Horo se levantó y si bien sabía que Anna iba a detestar cualquier tipo de contacto, solo se acercó lo suficiente para hacerla sentir que él estaba ahí para ella.
—Te doy un once. —Entre tantas respuestas, esa jamás la contempló— No diré nada porque sé que no me corresponde, pero ya es hora de que lo afrontes. No solo Hana y Yoh tienen que saber la verdad, tú también debes vivir sin ese peso encima.
Anna sonrió. Las palabras del Usui no pretendían lastimarla ¿entonces por qué sentía tanto dolor al imaginar todos los posibles escenarios? Quiso responder, pero al ver que él movía sus labios comprendió que en él había algo más que lo alteraba. Ella tenía una idea de qué podía ser.
—¿Quieres decirme algo más?
Horo suspiró. ¿Qué era lo peor que podía pasar?
—Ayer me sentí mal al saber que fui el último en enterarse y recordé a Hao, el accidente, la recuperación y aun así jamás me sentí tan fuera de lugar como anoche, creo que por fin comprendí lo grave de la situación.
Sus suposiciones eran ciertas.
—Si te sirve de consuelo, eres la única persona en la que confiaría la vida de mi hijo. —La cara de confusión de Horo la hizo sonreír. ¿Cuál era la sorpresa?— Gracias por estar pendiente de él. Seguiré durmiendo, no creo que a Ren le moleste si me tomo un día de descanso, y sé que él debe estar peor que yo.
—¿Por qué yo?
Sabía que no iba a dejarlo pasar.
—Lyserg me contó que lo buscaste. Fuiste el único que acudió a él, el que más insistió. Nunca supe si era porque te sentías culpable o si tenías otras razones, pero, a tu manera, siempre estuviste ahí, Horo Horo. ¿En quién más podría confiar la vida de mi hijo si no es en alguien que lo da todo por el bienestar sus amigos? —Los ojos cristalinos de él la incomodaron de inmediato—. No vayas a llorar y no quiero que me hagas repetirlo de nuevo. Es más, olvídalo: aún sigo bastante ebria.
La dejó marchar. Si Anna mentía o no poco le importaba; durante años se había sentido culpable de tantas cosas que ahora con esas simples palabras sentía que se había redimido en su totalidad. Ya no tenía cargos de consciencia: al fin tenía la motivación suficiente para seguir adelante con su propia vida.
…
No era su mejor día de trabajo, pero al menos, estar frente al computador y no en su casa lo ayudaba a pensar en otra cosa que no fuera su padre, Jeanne o su hijo. Abrió su correo para revisar sus asuntos pendientes y entre la lista de prioridades estaba buscar el reemplazo del vicepresidente de todas las compañías Tao en Asia. No podía culpar a Bason por su renuncia: él la había anunciado con bastante tiempo de antelación, además, si lo analizaba con sensatez, ese hombre ya merecía disfrutar de su dinero. ¿Quién se quedaría con el cargo? Tenía que ser alguien de confianza y que conociera a profundidad cada uno de los detalles correspondientes a su familia. Bason no solo había estado en ese cargo esos años que Ren había tomado el mando, sino que había sido la mano derecha de En Tao. ¿Quién tendría el honor y la responsabilidad de ser ese sucesor? ¿Quién más podría tener esas capacidades y los requisitos pertinentes para ser una pieza indispensable del poder de los Tao?
Suspiró, se tomó su café y revisó su celular: era obvio a quién le otorgaría ese nuevo puesto. El día anterior no quiso ni buscarla porque él tampoco estaba en condiciones de trabajar. Era la primera vez desde que había tomado el cargo que había descansado de sus funciones y, pese a cualquier pronóstico, no había culpa en su mente. ¿Alguien tendría el valor de llamarlo irresponsable por tomarse un respiro? Por fin se había sentido humano y no una máquina que acataba las órdenes de alguien más. Era un descanso más que merecido, sin embargo, el único problema era la presencia de Jeanne. Según ella, ya todas las pertenencias estaban afuera de casa por lo que no tenía nada que hacer en ese lugar, entonces ¿por qué la noche anterior también había dormido allí? ¿Por qué se quedaba si ya entre los dos no había nada que pudiera solucionarse? Y si bien su presencia le agradaba, no quería hacerse ilusiones ni soñar con una reconciliación.
Abrió la agenda de su celular: era momento de concentrarse en su trabajo.
—Anna, ¿estás en la oficina?
El sonido al otro lado de la línea indicaba movimientos en carretera.
—Está manejando. Aún tiene media hora más para llegar al edificio. ¿Metes a tu hijo a mi casa y ahora no quieres que mi mamá esté conmigo?
Ren a pesar de ser padre no tenía mucho tacto con los niños.
—Dile que la espero afuera de la empresa para que desayunemos juntos.
Anna aprovechó el semáforo en rojo para intentar coger su teléfono, pero Hana lo impidió.
—Ya escuchó. Buenos días, Ren.
¿Bueno, a qué se debía esa rebeldía? El día anterior no habían hablado mucho ¿Y ahora se comportaba así?
—¿Ocurre algo contigo? ¿Hay algo que quieras decir? —Hana no respondía. ¿Por qué jugaba así con ella?— No puedo leerte la mente.
—Deberías o por lo menos podrías buscar la forma de contarme qué pasa. Prometiste no ocultarme nada y últimamente es lo único que sabes hacer.
¿Por qué de nuevo esas conversaciones en el auto?
—No es un buen momento, Hana, si quieres mañana por la noche…
—¿Esta noche por qué no? ¿Tampoco llegarás a dormir? Intenté hablar contigo anoche pero aún estabas muy cansada y no quise molestar. ¿Cuál es la excusa de hoy, madre? ¿O desayunar con Ren es un código que utilizan para reunirse a beber?
El semáforo ya había cambiado así que tenía que arrancar el auto antes de que empezaran a pitarle. ¿Ahora cómo lo enfrentaría? Estaban a unas cuantas calles del colegio, no había forma de que esa conversación se diera en esos momentos. ¿Qué estaba ocurriendo? Jamás se había comportado así y mucho menos le reprochaba sus actos. ¿Qué hecho causó que la relación con su hijo comenzara a decaer? Tenía que aceptar la derrota o de lo contrario el daño sería irreversible.
—Esta noche, hablaremos esta noche. Saldré temprano de la oficina y llegaré a casa para que charlemos.
Su hijo no respondió y Anna comenzaba a sentir que sus más grandes temores estaban a punto de manifestarse. Lo dejó en la entrada del colegio y ni siquiera se despidió. Luego tomó su celular para avisarle su ubicación a Ren y retomó su rumbo. No quería entrar a trabajar. ¿Cómo hacerlo si Hana estaba comportándose así? Quería creer que eran cosas de la edad, que ese paso de la niñez a la adolescencia le estaba jugando en contra y que solo quería a alguien para desquitarse. Cuando vivían en Inglaterra era natural que lo hiciera con Wat, en más de una ocasión tuvo que intervenir para que se calmaran.
—¿Te das cuenta que está discutiendo con un niño de ocho años?
—Si me dieras más poder sobre él lo educaría de forma correcta.
Anna sabía muy bien a qué se refería con "la forma correcta"
—Eres mi esposo. Te amo. Pero si le tocas un solo cabello a mi hijo ten por seguro que cojo mis cosas y me voy con él. No intentes ser el padre que no eres y que tampoco te estoy pidiendo que seas.
Se bajó del auto y tal como había escuchado por el altavoz, Ren Tao estaba apoyado sobre una de las columnas del parqueadero subterráneo.
—¿Problemas? Me gustaría darte vacaciones, pero solo llevas unas semanas. Tienes que esperar unos meses más para que el jefe de personal apruebe tu permiso.
El Tao había escogido el peor día para jugar al bromista.
—Invítame a desayunar y luego conversaremos.
Ren comenzó a caminar hacia las oficinas y eso solo indicaba que la comida los estaba esperando en la parte superior del edificio: su plan de faltar otro día a su trabajo estaba más que descartado. Subieron al elevador y estuvieron bastante silenciosos mientras el bloque de metal los dejaba en el piso superior.
—¿Me lo cubrí bien?
Anna iba muy en su mundo y no tenía intenciones de salir de ahí, por lo que su respuesta fue sencilla.
—Sí. Incluso te maquillas mejor que yo, podrías enseñarme.
Ella también podía jugar a las bromas. Las puertas se abrieron y ante ellos estaba el piso superior del edificio, saludaron a todos los que se cruzaron por los pasillos y caminaron hasta la oficina del Tao; para sorpresa de Anna no había ningún tipo de alimento sobre la mesa.
—Seré breve, quiero que tomes el mando de todas las compañías de Asia; por ahora solo te has encargado de una parte. En resumen, te ofrezco control total. —¿Qué otra sorpresa la esperaba? Ren no podía soltar ese tipo de propuestas de esa forma tan tranquila—. Al menos como vicepresidenta de todo. Seguirás trabajando en este edificio solo que tus funciones aumentarán, así como tu salario. ¿No mencionaste que quieres una casa propia? Esta es tu oportunidad.
—¿La idea de tu padre no es ofrecerme el control de los mercados europeos? Cuando tu divorcio esté definido tú no estarás más aquí y no quiero trabajar bajo su cargo: si eso llega a pasar no tendré ningún problema en volver a Inglaterra.
—Haremos el nombramiento antes de la separación. Mi padre no dejará todo su imperio en manos desconocidas así que tendrá que aceptar que Jun y yo seguiremos en nuestros respectivos puestos. Ella y yo lo pensamos, solo necesitamos que tú aceptes. ¿Lo harás, Anna?
Era mucha responsabilidad y, además, eso implicaba menos tiempo con Hana. La vida en Europa era menos complicada.
—¿Cuándo será el juicio?
—Tardará. Mis abogados mencionan que el proceso no es tan fácil así que tendremos varios días más para organizar tu ascenso. Te encantará la oficina de Bason, es incluso más grande que la tuya.
Anna necesitaba un respiro, pero, por sobre todas las cosas, ansiaba estar sola.
—Te daré una respuesta mañana. —De una manera nada sutil empezó a buscar la salida de la oficina—. Aceptar el cargo implica más tiempo aquí y debo consultarlo con mi hijo. No te dará mi respuesta hasta hablar con él.
Ni siquiera esperó a que Ren le mencionara más indicaciones. Dejó el lugar y corrió directo al baño: unas inexplicables ganas de vomitar se habían apoderado de ella, sin embargo, nada pudo salir de su boca. No desayunar había sido una ventaja en esos momentos. Volvió a su oficina y desde allí pidió un té; no era ni siquiera una bebida de su agrado, pero mientras estuvo en Inglaterra Wat siempre le ofreció una taza de ese líquido horrible cada vez que la veía preocupada, asustada o nerviosa. ¿Qué estaría haciendo su ex esposo en esos momentos? ¿Ya estaría saliendo con alguien más? Tomó su celular y buscó el contacto. Sería una llamada corta, de simple cortesía, nada que la comprometiera. Solo tenía que tocar el símbolo verde y esperar… pero no pudo. No se sentía capaz de escucharlo: ella lo había perdido todo con él y debía vivir con las consecuencias de sus decisiones. Dejó su teléfono de lado y encendió su computador, su día laboral apenas daba inicio.
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No era el mejor día para trabajar. Entre la discusión con Hana, la propuesta de Ren y el extraño impulso de saber de Wat, no había un solo lugar en su cerebro que la ayudara a cumplir con sus funciones dentro de la empresa. ¿En serio había dicho que quería volver a Inglaterra? No existía ni la más mínima posibilidad porque en caso de que tuviera que irse de Japón, Manta sería su primera opción. Sí, llevaban años sin hablarse y seguramente el trato sería distante y frío, pero ella era muy buena en sus funciones y la compañía Oyamada, sin duda, requería a alguien con sus capacidades. ¿Eso contaría como una nueva huida? Esta vez no habría razones de peso para marcharse y, para su desdicha, en su lista mental de tareas pendientes aún había muchas por tachar.
Atendió llamadas, organizó reuniones y aunque su agenda indicaba un encuentro con Yoh, la secretaria de él se encargó de informarle que el señor Asakura había dejado todo listo para comenzar la ejecución del proyecto y solo faltaba la autorización de Anna para que este diera inicio. ¿Desde cuándo él era tan bueno en su trabajo y por qué se negaba a verla? Y si bien sabía que eso era lo mejor, no pudo evitar sentirse ofendida.
El reloj marcó su hora de salida y sin avisarle a Ren se fue directo a su casa. No quería darle la cara porque se sentía mal por fallarle. ¿Acaso ese no había sido su sueño varios años atrás? ¿No había estudiado tanto para eso?
Y para su mala suerte, la idea de volver se había instalado en su cabeza.
Tomó aire antes de entrar a su casa. Sabía que Hana estaría esperándola del otro lado de la puerta. ¿Qué respuestas le daría? Ni siquiera entendía de dónde venía tanto enojo acumulado ni tantas dudas al aire. Tenían que estar a solas, así que ya veía las quejas de Horo Horo al pedirle que se llevara a Men por un momento y lo entretuviera con cualquier cosa que se les cruzara: era una ciudad grande, algo encontrarían.
Entró y la primera sorpresa de la noche se presentó de forma muy sutil: un par de zapatos que ella no reconocía estaban en el recibidor. ¿El Usui habría invitado a alguien? Caminó un par de pasos y maldijo como nunca en su vida. Yoh era un descarado, ¿cómo se atrevía a aparecerse en su casa si durante todo el día la estuvo evitando en la empresa? Peor aún, ¿por qué estaba tan cerca de Hana y por qué este no lo apartaba?
—Te juro que todo tiene una explicación. —Horo se había delatado de la forma más estúpida posible—. No tiene dónde quedarse y me pidió mi antiguo apartamento.
Dos cosas: ¿cómo que no tenía dónde quedarse? ¿Y dónde estaba Tamao?
—Estaré en la habitación. Avísame cuando la cena esté lista.
No saludó a nadie. Veinte minutos después pasó directamente a la cocina para hablar con el Usui mientras Yoh y los niños estaban en la sala.
—Solo viene por las llaves, no sé por qué sigue acá. —Anna tenía muchas teorías sobre la estadía del Asakura en su casa—. No le he quitado los ojos de encima.
—¿Por qué no está con su esposa? ¿Discutieron y se fue de la casa? —Tomó la taza de café que Horo le ofrecía y agradecía el gesto: el té de la mañana no pudo pasar por su garganta—. Wat lo hizo una vez y volvió a las tres horas.
—Tamao firmó el divorcio. —Ni una sola gota del líquido llegó a sus labios porque la taza había caído al suelo—. No me pidas más detalles porque no los conozco.
Escuchó los gritos de Hana preguntando si todo estaba bien, pero estaba tan impactada que Horo Horo tuvo que responder por ella. ¿Cómo era eso posible? ¿Acaso Yoh no estaba pensando en las consecuencias? ¿Y Tamao había accedido así no más? Tenía que hablar con él y exigirle explicaciones. Se asomó por la puerta de la cocina y canceló el plan. ¿Por qué el rubio no lo apartaba? ¿Con él sí no estaba molesto?
—¿Cuánto falta para que la cena esté lista? —El Usui no entendía el cambio tan abrupto de tema.
—¿Quince minutos? Quizá un poco más.
Tiempo suficiente. Después de comer buscaría la forma de quedarse a solas con él porque, por ahora, solo le quedaba limpiar el desastre del piso.
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—¿Sigues enojado conmigo? —Yoh y Hana estaban sentados en el sofá. Hana miraba el televisor mientras intentaba ignorar al hombre a su lado; por otra parte, el Asakura no quería que la mini versión de Anna lo odiara—. Hablé con Tamao y le reproché lo que hizo, debí actuar en ese momento, pero con todas esas personas al lado no pude. Lo hice en la noche cuando estuvimos a solas. Incluso ya no estamos juntos.
El pequeño apagó el televisor y pasó al comedor. En verdad quería tenerlo lejos.
—Yoh —Una voz mucho más infantil lo llamó— Yo sí quiero ver la televisión contigo.
Men era un caso bastante singular, pero no tenía intenciones de dividir su tiempo entre su casi sobrino y el hijo de la rubia, por lo que no lo quedó más remedio que seguirlo hasta la mesa. Vio a Anna asomada por la puerta de la cocina con un trapo en la mano y trozos de porcelana en la otra. Quiso acercarse y cerciorar que todo estuviera en orden, mas ella, al primer contacto visual, desvió su mirada e ignoró la situación. Trato justo, él había hecho lo mismo en la oficina. Volvió a su misión principal y caminó hasta quedar cerca de Hana, tomó una de las sillas y se sentó a su lado. Finalmente, el pequeño se rindió.
—No estoy molesto contigo, lo estoy con mamá. —Yoh revisó el piso para identificar la posición de Anna y asegurarse de que esa conversación no llegara a sus oídos—. ¿Tú nunca lo has hecho? ¿Nunca has estado molesto con nadie?
Revisó en sus recuerdos y no pudo encontrar un hecho concreto que pudiera compararse a la rabia que el rubio intentaba exteriorizar.
—Me molesté muchas veces con Hao. —Yoh notó cómo el niño se tensaba y, siendo honestos, no podía culparlo porque hasta el momento lo único que le habían contado de él era su muerte—. Toda la vida estuvimos juntos y cuando comenzó a dejarme atrás me sentí solo. Luego comprendí que cada quien tenía su vida y no podía acusarlo por querer vivirla a su manera; además eso no significaba que hubiera dejado de quererme.
Hana se quedó pensando: hasta ese momento él había sido la prioridad de su mamá y quizás solo echaba de menos ser su centro de atención. ¿Cómo es que los adultos le llamaban a ese sentimiento?
—¿Mamá puede dejar de quererme? —Yoh se puso nervioso de inmediato, ¿por qué era tan difícil tratar con un niño?— ¿Mi mamá ya no me quiere?
Anna iba a matarlo.
—Ella trata de encontrar un equilibrio entre todo lo que le está pasando y yo creo que aún le cuesta. Eso no significa que ya no seas lo más importante de su vida. —Celos. Esa era la palabra que buscaba. Mientras vivían en Inglaterra, a Anna no le importaba rechazar a Wat con tal de cumplir cada uno de sus caprichos y peticiones, pero ahora, con todas sus obligaciones adquiridas y el reencuentro con sus antiguos amigos, era natural que se sintiera abrumada. ¿Estaba siendo una carga? ¿Su mamá estaría molesta con él?— Dale tiempo para que se acostumbre del todo a este cambio. Ella pensó nunca volver y ahora está acá. Solo debes tenerle paciencia.
Yoh hablaba con tanto conocimiento de la personalidad de su madre que era bastante cuestionable que esa estrecha relación de hace algunos años solo se presentara como una amistad. Él había pasado varios días con Horo y Ren, y ninguno de los dos hablaba con tanta propiedad. ¿Por qué el sujeto que tenía en frente sí lo hacía? ¿No se suponía que solo habían sido amigos? ¿Era prudente preguntar? ¿O darle espacio a su madre para que se adaptara también incluía el no meterse en su pasado?
—Yoh —Esa voz venía de la cocina—, hablando con Hana no encontrarás las llaves.
Eso daba por terminada la charla.
—Gracias, Yoh. —El Asakura le sonrió y le despeinó el cabello—. ¿Te quedarás?
Quiso decir que sí, pero no quería incomodar a Anna. Ya suficiente tenía con estar en su casa.
—Déjame buscar lo que necesito y te lo diré en unos minutos.
El menor quedó conforme con la respuesta y regresó a la sala: Men no iba a quitarle el dominio del televisor. Yoh caminó hacia la habitación de Horo Horo y Anna aprovechó para asomarse una vez más. ¿Ese era el momento adecuado para seguirlo? Ahora no solo tenía que preguntarle por sus asuntos matrimoniales sino también por esa charla misteriosa con Hana. Si esperaba hasta la cena era muy probable que el Asakura se marchara después de comer, aunque si lo hacía ahora, despertaría las sospechas de su hijo.
—Síguelo. —El Usui a sus espaldas comenzaba a darle órdenes y, justo antes de reprocharle la confianza, él la apuntó con la cuchara de madera—. Quieres hacerlo.
Cedió. Salió de la cocina, caminó un par de metros y, sin tocar, entró a la habitación. Yoh estaba de pie mirando hacia la puerta: el muy imbécil la estaba esperando. ¿Tan predecible era? Y ahora que lo notaba… ¿por qué no tenía puesto un traje de oficina? ¿En qué momento había cambiado de atuendo?
—No te invité a mi casa.
—Pero Horo Horo sí. —¿De dónde sacaba tanto descaro?— No quiero seguir durmiendo en un hotel.
Anna tenía dos opciones: fingir que ese tema del divorcio no le importaba o preguntar por la conversación con Hana. ¿Con cuál se exponía menos? Tampoco es que tuviera mucho tiempo para pensarlo.
—¿Qué hiciste? —Era una pregunta ambigua. Yoh sabía que había dos temas pendientes entre ellos, por lo que un interrogante tan abierto, le otorgaba la responsabilidad de escoger el rumbo de la respuesta.
—¿Con Tamao o con tu hijo? —El idiota había sido mucho más inteligente. Ahora ella tenía que escoger la respuesta y esa vez no podría escabullirse. O tal vez sí.
—Con ambos. —El Asakura tendría que elegir el primer tema de la noche. ¿A cuál le daría prioridad?
—Hana se siente solo. No sé detalles de sus vidas en Inglaterra, pero creo que algo no está bien con él. ¿Ya hablaron sobre tu ascenso? ¿Aceptarás? —Yoh notó la cara de sorpresa de Anna: Ren no le había contado todo—. No solo soy el jefe de personal de esa empresa, tengo el control de todos los empleados de las compañías Tao en Asia. No eres la única que tiene secretos.
¿A qué se refería?
—Tengo que darle una respuesta mañana. ¿Hace cuánto lo sabías?
—No lo hacía. Bason comentó su renuncia a comienzo de año y Ren estaba esperando que fuera una broma, cuando notó que no lo era solo le quedaba esperar a alguien apto para el puesto. ¿Y si no es a ti a quién más le dará ese poder? ¿Lo vas a rechazar? —¿Por qué tan insistente con el tema?— Creo que deberías hablarlo con Hana.
—No te tomes atribuciones que no te corresponden. ¡Tú no eres…! —en su garganta se quedó su grito ¿con qué cara le iba a decir que él no era el padre del niño?— Tú no eres nada mío. No opines sobre mi vida.
—¿Ni siquiera soy tu amigo?
—No. Lárgate de mi casa, Yoh. No eres bienvenido aquí.
El Asakura ni se movió. ¿Tan mala había sido la actuación? Porque por más fuerza y confianza que demostrase, él sabía que todo era una fachada.
—Lo haré cuando encuentre las llaves y, para ahorrarte la molestia de preguntar, sí, Tamao y yo nos divorciamos, o al menos ya no viviremos juntos. Solo falta su firma. ¿Algún consejo que quieras darme para enfrentar esta nueva etapa de mi vida? —Ojalá tuviera la voluntad para agarrarlo y echarlo directamente a las patadas— Ya veo que no. ¿Vas a ayudarme entonces? Porque entre todo este desorden podría tardarme unas cuantas horas en encontrarlas.
Ni de broma. Si tanto las quería que las buscara él solo.
—Hazlo tú, aunque me quedaré aquí: quizá con mi presencia las encuentres más rápido y así puedas irte de mi casa. —Yoh ni siquiera alegó. Le dio la espalda y abrió el armario del Usui. Todo un mundo de posibilidades se abría ante él—. No tardes.
Cinco minutos después y Anna ya estaba incómoda porque, entre todas las cosas que podían pasarle… ¿por qué estar encerrada en un cuarto con Yoh era la que precisamente tenía que ocurrir? No es como si no pudiera salir de la habitación, era su casa, podía hacer lo que quisiera, además el Asakura tampoco hacía algún esfuerzo para retenerla, en serio estaba desesperado buscando esas malditas llaves. Ya había sacado y sacudido la ropa, incluso había metido las manos en todos los bolsillos posibles para estar más seguro de la búsqueda. Los cajones también estaban en el suelo y hasta las maletas que fue llevando con el tiempo y, que ni siquiera se había tomado el tiempo de acomodar, estaban tiradas por todo el piso de la habitación.
—Nada. En el armario no hay nada.
—Es la entrada de su maldita casa. ¿Cómo es que no las cuida? —Se suponía que ella debía estar buscando, pero sentía que, si le daba la espalda a Yoh, él aprovecharía la oportunidad para acercarse y tomarla con la guardia baja—. Es una proeza que no haya perdido las llaves que yo le di.
—Ya lo escuchaste. No tenía pensado volver así que no tenía por qué preocuparse. ¿Por qué mejor no me ayudas? Un par de ojos y manos me serían de utilidad. —Yoh estaba muy tranquilo y Anna no sabía cómo responder ante esa actitud. ¡Se estaba divorciando y no tenía casa! Ni ella lo había tomado con tanta calma y eso que sus acciones fueron pensadas durante mucho tiempo—. O si lo prefieres puedes salir. No tienes por qué quedarte.
¿La estaba echando de su propia casa? ¿Acaso le incomodaba tenerla cerca?
—No hay dónde buscar. Tú ya revisaste la ropa y las cajas del armario, la mesa de noche no tiene divisiones y solo queda ese mueble cerca a la puerta con sus supuestas cosas importantes. Yo solo veo basura. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me tire al piso y las busque bajo la cama?
—O puedes mirar desde la cama. Solo tendrías que asomarte y revisar.
—Tú quieres tenerme en la cama. —Se arrepintió en ese mismo instante. ¿Cuándo empezó a tener de nuevo esa clase de pensamientos? Ya su etapa de pensar en sexo todo el tiempo la había superado hacía muchísimos años. Además, decirle esas cosas a Yoh no eran la mejor idea.
—Quiero tenerte desnuda.
Era suficiente. Caminó hacia la puerta, pero el Asakura fue mucho más rápido y puso la mano sobre la tabla: si Anna intentaba abrirla la fuerza de él lo impediría, y, para su desdicha, pasó lo que estaba evitando: le dio la espalda.
Para cualquier persona era una posición bastante normal, pero no para ella y en preciso momento lo confirmaba. Yoh era varios centímetros más alto que ella, sin contar que los años le favorecieron y si bien siempre tuvo buen cuerpo, la llegada de los treintas lo tenía en la mejor etapa de su vida. ¿Seguiría teniendo los mismos lunares en su torso? La primera vez que estuvo con otro hombre diferente a él se encontró revisando si tenía esas mismas marcas que él porque así, tal vez, se convencía de que esa persona que dormía desnuda a su lado, era Yoh y no un desconocido.
—Déjame salir. —La fuerza con la que minutos atrás le había hablado ya no estaba—. No te atrevas a tocarme.
Yoh quitó la mano de la puerta y solo se separó lo suficiente para no tocarla. De cualquier manera, seguían bastante cerca.
—Sigo pensando en ese beso. —Anna quería corregirlo, no había sido solo uno, pero no estaba en la mejor posición como para un reclamo—. Sentí que no habían pasado los años y que éramos los mismos de siempre. ¿Qué sentiste tú, Anna? ¿No te dieron ganas de recuperar el tiempo?
En ese preciso momento ella tenía ganas de otra cosa.
—No vine aquí para volver contigo. ¿Por qué insistes en una segunda oportunidad si nunca salen bien? Hay más mujeres en el mundo, Yoh.
Poco le importó si Anna se molestaba, le gritaba, o que incluso lo golpeara, pero él necesitaba el contacto y, sin pedirlo permiso, apoyó su frente sobre el hombro de ella.
—¿Al menos podemos ser amigos? ¿Podríamos intentarlo? —Ninguna respuesta era adecuada en ese momento así que la única alternativa que le quedaba era la de incumplir sus propias reglas. Se separó de él y se volteó para mirarlo de frente—. ¿Qué dices, Anna?
Su reacción fue besarlo. Yoh la tomó de las mejillas y, aunque esa acción no respondiera ninguna de sus dudas, no iba a ser tan tonto como para rechazarlo. ¿Por qué la realidad no podía detenerse y congelarlos? ¿Cuánto tiempo más pasaría hasta que ella se arrepintiera y saliera de allí? ¿Qué más tenía que hacer para que Anna perdiera el miedo y se decidiera a volver con él? ¿Qué sería de ellos al cruzar esa puerta?
Pensaba alejarse, confrontarla y pedirle certezas. Él no quería roces a escondidas ni inseguridades, pero, cuando quiso detenerse, la lengua de Anna se había unido el beso y, mientras todo siguiera ese rumbo, él no iba a parar nada. Un beso, un simple beso y ambos sentían que sus respectivas vidas comenzaban a recuperar el norte.
La rubia no tuvo más alternativa que apoyar su espalda en la puerta, por lo que el Asakura no perdió de la oportunidad de encerrarla con su cuerpo. Ya ninguno de los dos estaba jugando al inocente y la piel les comenzaba a quemar.
—Mi hijo está afuera —Ni ella misma se creía esa excusa porque con cada palabra que salía de sus labios, sus manos iban desabotonándole la camisa— Men también y te recuerdo que este es el cuarto de Horo Horo.
—Entonces no hay que hacer ruido si no queremos que nos descubran. —Esa tarea era bastante difícil si tenía en cuenta que los labios de Yoh habían comenzado a bajar desde su cuello hasta el inicio de su pecho—. ¿Te parece?
Cualquier cosa que él hiciera estaría bien y sin mucha espera se sacó la blusa para que él besara directamente sobre su pecho. No tenía por qué ocultarlo más, necesitaba entregarse a Yoh o de lo contrario su humor iba a empeorar con el paso de los días. El Asakura entendió las peticiones de Anna por lo que su cuerpo empezó a descender para comenzar a lamer y morder cada parte expuesta. No se suponía que eso debía pasar, él no había ido con esas intenciones y jamás pensó que ella se atreviera a hacerlo en esas condiciones. Había cierta adrenalina en la situación, Horo Horo o los niños podían entrar al cuarto y no habia forma de inventar algo creíble que los eximiera de sus actos, sin contar que los sonidos de la rubia comenzaban a subir de nivel. Como pudo, una de sus manos cubrió la boca de ella mientras él ya empezaba el recorrido por su vientre y aunque si bien su cuerpo era más grande que el de ella, su brazo no era la suficientemente largo como para poder seguir descendiendo. Si querían seguir solo había dos opciones: que los dos se contuvieran en esa posición o usar la cama del Usui. Él estaba bien con ambas así que la decisión tenía que ser tomada por Anna.
Ella, por su parte, no quería usar su cabeza para nada salvo para una cosa, así que, queriendo transmitir su deseo, se aprovechó que la mano de Yoh estaba sobre su boca para succionar su dedo del medio. Mientras fueron novios no era una gran fan de hacerle sexo oral, por lo que no entendía por qué, en esos momentos, solo quería que el pene de Yoh estuviera dentro de ella sin importarle mucho el lugar que escogiera, así que sin importarle nada y aprovechando que él no estaba muy cómodo con la posición, lo empujó para que quedara tumbado en el suelo: no había mucho tiempo para usar la cama y lamentó tener pantalón, si hubiese tenido falda, el trabajo hubiera sido mucho menor. Se sentó directamente sobre la erección, mientras Yoh, sin querer quedarse atrás, también se sentó para quitarle el sujetador.
—No hagas ruido —Yoh la miró confundido, pero cuando sintió la mano de ella sobre el cierre de su pantalón comprendió la advertencia. Ni siquiera quitó el botón, solo corrió su ropa interior, sacó el pene por la abertura y empezó a acariciarlo. Para ambos fue entrar de nuevo al cielo.
Se besaron una vez más, aunque a Yoh le costara mantener el ritmo. Anna se separó y dejó que su saliva cayera sobre la punta del pene y ese sería todo el indicio de sus deseos. El Asakura sintió el líquido caliente y, como reflejo, movió sus piernas lo que provocó que se golpearan con el estante de "cosas importantes de Horo Horo" y derribara algunos objetos. Ya habría tiempo para preocuparse por eso.
Anna se acomodó para cumplir su fantasía, ¿a Yoh seguiría gustándole lo mismo? Bajó su cabeza, pero antes de que pudiera hacer su primer movimiento, el sonido detrás de la puerta le recordó, una vez más, que sus acciones eran un error.
—Horo Horo dice que la cena está lista. —Lo único que ella quería tener en su boca era el pedazo de carne palpitante que estaba en frente suyo—. No tarden.
A Yoh poco o nada le importaba la comida: el aliento de Anna sobre la punta de su pene era lo único que le interesaba. Fijó su atención en ella y, lentamente, vio cómo su cabeza volvía a su posición habitual. Ese momento de lujuria había terminado.
—Ya vamos, Men. —La rubia empezó a enderezar su espalda y a buscar su ropa; Yoh no quitaba los ojos de sus senos y lamentaba esa interrupción. Terminó de vestirse y, antes de levantarse, las manos de él interrumpieron su ascenso.
—Lo que los dos queremos no está ahí afuera. No salgas.
Era muy tarde: la parte racional de Anna ya mandaba sobre su cerebro y tenía que obedecerle. Se soltó del agarre y se levantó. Arregló su ropa y revisó el daño que las piernas de Yoh habían hecho; el resultado era un cofre roto y unas llaves. Al menos las habían encontrado.
—¿Te quedarás a cenar?
Yoh hizo lo mismo que ella solo que necesitaba un momento más para que pene volviera a su lugar habitual.
—¿Por qué tardan tanto? ¿Qué están haciendo ahí? —Hana, sin miedo, abrió la puerta de la habitación— La comida se va enfriar. ¿Encontraron las llaves?
Anna se las mostró y avanzó un par de pasos hasta la puerta. Yoh les daba la espalda.
—Espero que te quedes.
Cenaron en calma, conversaron unos minutos, jugaron un rato con algún juego de mesa y finalmente acostaron a los niños en sus respectivos cuartos. Ya eran cerca de las diez. Se despidió, le agradeció a Horo por el apartamento y se fue del lugar. Con Anna no tuvo ningún tipo de interacción desde que habían salido del cuarto.
Pasaron unos minutos y el Usui tuvo que acabar con el silencio.
—Solo dime que no debo cambiar las sábanas de mi cama.
Anna se levantó del sofá y se asomó a los cuartos para verificar que los niños estuvieran dormidos. Horo Horo no conocía la palabra prudencia.
—No pasó nada con Yoh. Lamento cortar tu fantasía.
—¿Debo limpiar las paredes? —El Usui no tuvo tiempo de esquivar el cojín que Anna le había lanzado desde el otro extremo de la sala. No iba a reprochar el ataque: lo merecía—. Pasé al baño del fondo y no puedes negarme que los ruidos que escuché fueron muy comprometedores. ¿No tienen decencia? Un poco más y los descubren. ¿Quieres darle un hermanito a Hana? Creí que la relación que tiene con Men te quitaría esa idea de la cabeza.
Esa vez sí estuvo preparado para el golpe.
—Nos besamos de nuevo. Fue todo. —Sabía que esa explicación no bastaba para justificar la cantidad de sonidos que habían salido de su boca horas atrás, aunque técnicamente no mentía—. Las cosas en el piso son tu culpa por no colgarlas bien, además gracias a ese escándalo es que dimos con las llaves.
—Digamos que te creo, ahora una pregunta mucho más trascendental: ¿cuándo pensarás decirle?
Estaba harta.
—No te he dado tantas confianzas como para que opines sobre mi vida. Le contaré cuando sea el momento y no presionada por alguien. —Horo Horo intentó hablar, pero no sabía cómo contra atacar. Cuando Anna no estaba presente, él era capaz de decir todo lo que pensaba sobre sus actos, aunque cuando la tenía en frente, prefería guardarse sus comentarios—. Es lo mismo que esa vez: estabas en medio de los dos y no querías permanecer neutral. Esta vez sí te pediré que lo hagas. Esto no te incumbe: es entre Yoh y yo.
—Y Hana. ¿O crees que él no está involucrado? Puedo ser su niñero diez años más de ser necesario, pero piensa en él antes de seguir callando. Cada día que pasa es peor. ¿Los viste hoy? Dime, Anna, ¿Hana era tan abierto con Lyserg o con Wat? Porque a mí me habla muy poco y a Ren lo odia. ¿Tu plan es que sean amigos para luego decirles la verdad? ¿O tienes otra cosa en mente?
Las ganas de echarlo de su casa se estaban apoderando de su ser. Peor aún ¿por qué permitía que le hablara así?
—Mi plan es esperar el momento adecuado. Y si sigues gritando los despertarás. —Nunca llegarían a ningún punto en común. La discusión solo servía para despertar el mal humor de ambos y para que la convivencia empeorara a partir del siguiente día—. ¿Algo más por decir o puedo irme a la cama?
Horo Horo le dio la espalda y volvió a su cuarto. No hubo buenas noches por parte de ninguno; Anna, contrario a él, se quedó un tiempo más en la sala para respirar y tranquilizarse. Fracasó. Fue hasta la cocina, abrió una botella de vino y se sirvió en el vaso más cercano.
—¿No te pasa que cuando bebes lo recuerdas? —Ya llevaba casi dos años en Inglaterra—. Deberías dejar de hacerlo.
—¿Ya me perdonaste, Lyserg? Yo aún no puedo hacerlo.
Diethel le quitó la copa de las manos y la puso en el suelo.
—Fue un accidente. Tienes que aprender a vivir con eso y dejar el licor. Hazlo por Hana.
Y lo hizo, Anna había dejado de beber por algunos años hasta que apareció Wat, aunque para ese momento ya las culpas de la muerte de Hao estaban superadas.
Dejó la botella en su respectivo lugar, tiró el líquido por el lavaplatos y lavó el recipiente. Era momento de ir a la cama.
Entró al cuarto sin hacer ruido y así no despertar a Hana. Si bien la charla que él había tenido con Yoh momentos atrás lo tenían mucho más sereno y menos agresivo, no quería tentar a la suerte y causarle un disgusto más. Ocupó su lugar al otro lado de la cama y se cubrió con su parte de la cobija, se acomodó, cerró los ojos y, cuando su cuerpo comenzaba a relajarse, un abrazo le alejó todo el cansancio del día.
—Tengo frío. —Hana era igual de orgulloso que ella, así que entendía que no le pidiera perdón directamente. Se movió sobre el colchón para que ninguno de los dos estuviera incómodo y dejó que su hijo se acercara más a ella—. Deberías comprar una calefacción.
Anna siguió moviéndose hasta que logró encontrar un punto de equilibrio para ambos.
—¿Te gustaría volver? —Hana estaba muy cerca de ella, por lo que pudo sentir cómo él negaba con la cabeza—. ¿Te gusta esta ciudad? —Esa vez asintió.
Hana se apoyó sobre su pecho y la sujetó con más fuerza que antes. Lo escuchó sollozar y todas las culpas volvieron a ella: era hora de superar sus miedos y contarle la verdad, aunque eso implicara que ese abrazo fuera el último que le diera en varios meses.
—¿Iremos a Izumo la otra semana? —Pronunció entre bostezos— Prometiste que me llevarías.
Hizo algunos cálculos mentales para poder confirmar su respuesta: no quería decirle que sí sin estar segura. ¿Cuáles eran sus obligaciones con la empresa? No había confirmado el nuevo puesto que Ren le había ofrecido así que no había forma de que su carga laboral incrementara a menos de que pasara algo de extrema gravedad.
—Sí, por fin conocerás a Kino. Tendrás otra abuela para que te cuide. —Hana no hizo ningún comentario ni movimiento—. ¿Quieres dormir?
No hubo respuesta. Anna cerró los ojos y bastaron segundos para que el sueño también la venciera. No sabía si volvería a compartir ese momento con él, así que mientras durara, no permitiría que nadie se lo arrebatara.
…
Jeanne y Ren cenaban juntos en el comedor.
—¿Estás seguro que no te molesta que me quede? Se nota que no estás tranquilo y sé que es por mí. —Él no estaba enojado, solo estaba confundido. ¿Qué hacía ella ahí? ¿No se suponía que todas sus pertenencias ya debían estar en un avión con destino a Francia?— Puedo terminar de comer e irme.
—Son más de las diez. Sé que tienes la posibilidad de pedir cinco escoltas que te respalden y aun así no me sentiré seguro de que salgas a esta hora.
—No seas sobreprotector. Hay muchos hoteles cerca, no tendré que caminar ni quince minutos.
—Estoy seguro que la cama de Men es mucho más cómoda que cualquiera de la ciudad. —Ren abrió la boca para seguir comiendo, pero su dolor en el rostro no pasó desapercibido.
—No puedo creer que aún te duela. ¿Qué tan fuerte golpea tu padre? No te muevas de aquí, iré por hielo. Termina de comer. —Ren podía ser uno de los hombres más poderosos de toda Asia, pero ante Jeanne, él era como cualquier otra persona que se dejaba cuidar y querer. Comió despacio hasta que la sintió a su lado—. Quédate quieto.
Jeanne tomó uno de los hielos, lo cubrió con una tela y lo pasó por la mejilla del Tao.
—No tienes por qué hacer esto.
—Pero quiero. Te ganaste este golpe por defendernos, no me cuesta nada cuidarte mientras sigo en esta casa. —Ahí seguían las dudas de Ren. ¿Por qué ella seguía ahí si Men ya no estaba con ellos? Se suponía que solo vivían juntos para que su hijo no se sintiera mal y procesara de forma gradual toda la situación, por eso, que ella estuviera a su lado no tenía una explicación lógica dentro de su cabeza. ¿Qué pasaba?— Lo hago con gusto.
Ren cerró los ojos y dejó que las caricias de la que sería su ex esposa en algunos días lo arrullaran como si fuera un niño en busca de bienestar. No lo había notado, pero esos pequeños momentos entre ambos serían las cosas que más extrañaría cuando la firma de los dos estuviera sobre un papel que marcaría el final para siempre. ¿Si era capaz de enfrentarse a su padre, no podría hacerlo también consigo mismo y escoger a su familia en lugar de la compañía que estaba en su poder? Si lo pensaba mejor, su matrimonio podía solucionarse: solo necesitaba sentarse con ella, encontrar un punto medio entre la familia y sus obligaciones y luego fingir que ese episodio de sus vidas solo había sido una crisis rutinaria. ¿Su padre no le había dicho que el matrimonio no era fácil? Pues ese era el momento de obedecerle.
Tomó la mano de Jeanne y la miró a los ojos: la mujer fue la primera en ceder. Besó a Ren con toda la pasión contenida de esos últimos meses y no fue nada discreta con las caricias y con el roce de los cuerpos. Agradecía que el pijama fuera corto porque así el contacto entre sus pieles sería mucho mayor y habría menos ropa que quitar. Ren no perdió oportunidad en tocarla sin ningún recato, por eso, en el menor descuido la levantó, se volteó con ella en brazos y la sentó sobre la mesa. Ninguno podía hablar porque sabían que, si lo hacían, se arrepentirían de sus actos al instante. Tampoco había tiempo para cambiar de sitio, al menos no ahora. Más adelanta ya habría oportunidad.
La francesa, como era de esperarse, fue la primera en desnudar al otro. Lo ansiaba. El sexo con Ren era su actividad favorita en la vida y apenas un avión la alejara de él, no sabía cómo soportaría la lejanía de ese cuerpo mucho más grande que el suyo y que la hacía sentir más viva cada vez. Dejó que Ren le rompiera la ropa, él estaba tan desesperado como ella y, si esa era la última vez, harían que valiera la pena. No hubo mucho preámbulo porque cada uno sabía cómo tocar al otro para estimularlo así que no perderían el tiempo en romanticismos ni en caricias tiernas. Ya excitados y sin ropa no tardaron mucho más en unirse. Sería la primera ronda de la noche.
Por la mañana, el aire que entraba por la ventana terminó por despertarlo. Cubrió la desnudez de Jeanne con la primera tela que encontró y salió del cuarto. Todo había sido bastante intenso. ¿Qué se suponía que debían hacer? ¿Eso entraba en la categoría de "sexo de reconciliación"? ¿O solo era la despedida? Bebió los restos de jugo de la nevera y volvió a la habitación. Por cómo se veía la ciudad a través de la ventana podía deducir que aún tenía algunos minutos para seguir durmiendo. Cruzó la puerta y se asustó al ver a Jeanne con un celular en la mano. ¿Quién mandaría mensajes tan temprano?
—Son tus abogados, al parecer son muy buenos porque pudieron adelantar el juicio. Será el siguiente lunes. —Ren ni siquiera sabía en qué día estaba, pero si de algo estaba seguro es que esa reunión sería en menos de tres días—. Llamaré a mi chofer, no creo que sea prudente seguir aquí.
No pudo ni hablar, pero al menos sabía que la noche anterior solo había sido una la verdadera despedida.
Continuará
¡Cuánto tiempo! Esta vez sí tardé más de lo acostumbrado, creo que a medida que avanzo la historia salen más y más cosas que luego me resulta imposible parar. ¿Qué tal les pareció? El siguiente capítulo será el juiciooo... ¿qué creen que pasará? Una vez más les agradezco por llegar hasta aquí y espero seguir leyéndolos.
¡Que los ilumine la eterna luz!
