Capitulo 13
El verano ya casi había llegado a su fin y Aitana sintió el fresco de la brisa nocturna. La luna resplandecía sobre la pequeña laguna, pero alrededor de ellos no se oía ninguno de los habituales sonidos de la noche. Ella se frotó los brazos y se llenó los pulmones del frío nocturno. Sentía seca su garganta, de miedo o por la carrera a través del bosque.
Riddle estaba de pie, inmóvil, como si intentara escuchar algo. Aunque, en realidad, también estaba recuperando el aliento. Luego de unos segundos, pareció relajarse.
—Beban de la laguna —recomendó.
Riddle se había arrodillado y bebía del hueco de sus manos. Aitana también se arrodilló junto a Tom, un tanto desconfiada.
—No está nada mal —opinó la Riddle, secándose la boca con la manga —. Pero sin duda lo mejor es que está oscuro y no podemos ver. Apuesto a que es medio verde.
La idea le revolvió el estómago a Aitana. —Creo que esperaré hasta que encontremos agua más limpia. Riddle levantó la cabeza, cansado de esos caprichos. —Hay un arroyuelo que atraviesa el bosque bastante lejos de aquí —le informó —. Pero puede tomarnos dos días llegar. Piensa que no podemos aparecer y desaparecer como así. Hay magia por los alrededores, magia oscura y puede al final delatarnos. Ahora te recomiendo que bebas ¡YA!. — Su tono de voz implicaba una orden. Aitana quería rehusarse, pero, al mismo tiempo, tenía sed. Inhaló profundamente y hundió las manos ahuecadas en el agua helada. El primer sorbo le produjo arcadas. Hizo un esfuerzo para beber, aunque el sabor del agua era repugnante.
—¿Qué haremos ahora?
La luna resplandecía sobre sus cabezas.
—Conozco un lugar donde podremos dormir. Está muy cerca. —Se alejaron de la orilla hasta lo que parecía ser un gran agujero en el suelo—. bajar. Yo iré adelante.
—¿Ahí adentro? —Aitana arrugó la nariz—. Parece muy sucio. Riddle resopló. —Está en el suelo, por supuesto que es un lugar sucio. ¿Prefieres quedarte afuera y enfrentarte con esos seres? No lo prefería, pero ella odiaba los lugares pequeños y cerrados. — comentó. —Iré detrás del Sr. Riddle —se ofreció la elfa—. Aunque a mí tampoco me gustan los lugares pequeños y cerrados. Riddle levanto la varita para iluminar la entrada, se deslizó dentro del pozo con gran destreza. Apenas podía pasar por
él. Unos instantes después, ya había desaparecido. La elfa miro Aitana para animarla a bajar.
—Cuando uno encuentra un pozo, por lo general hay un animal dentro — susurró la elfa, mientras Aitana enfocaba la luz de su varita en el agujero.
—Eso no ayuda —la reprendió Aitana—. El único consuelo, supongo, es que si hay un animal allí abajo, atacará primero a Riddle.
Las risitas de la elfa la sorprendieron. Nunca la había escuchado reírse antes.
—Todo está en orden, vamos —se escuchó el eco de la voz masculina—. Vamos, de prisa, necesitamos escondernos.
Tomó aliento y emprendió el descenso. Aitana no podía mirar sin tener una sensación de ahogo en la garganta. Ahí estaba ella en las tinieblas de la noche, en medio del bosque con ese hombre. Su vestido, sucio y manchado.
Le llamó la atención un olor. ¿A menta silvestre? Encontró unas plantas y entonces oyó que Riddle la estaba llamando. Se guardó un manojo de hierbas en el bolsillo y regresó a la guarida. A pesar de tenerle miedo a los lugares oscuros y cerrados, convenía más esconderse allí abajo con Riddle que quedarse arriba y enfrentar sola los peligros.
Respiró hondo y empezó a descender. La tierra se desmoronaba a su alrededor mientras se deslizaba por el conducto. La guarida parecía un poco más grande de lo que había pensado. Riddle extendió su mano y acercó a la joven hacia él, y se acurrucaron muy juntos sobre el sucio piso. Aitana, entonces, compartió con gusto sus hojas de menta.
Luego de entrar en calor, Riddle les aconsejó que intentaran dormir, pero la chica no podía dormirse, pues estaba acurrucada contra Riddle, y su cuerpo y fuerte torso no era la almohada ideal. Aunque irradiaba calor, y por ese solo motivo no se sintió tentada de buscar una posición más cómoda. Aitana se recostó contra un flanco. Ya podía escuchar la respiración de la elfa, y la envidiaba, al ver que podía dormirse con tanta facilidad a pesar de las circunstancias.
—Mañana será un día largo, más vale que descanses un poco. Aitana se sobresaltó. Pensaba que Riddle ya se había dormido.
Riddle se volvió de manera que quedaron frente a frente. —Me acuerdo cuando te vi en Londres.
Aitana se incorporó, apoyándose en un codo. —¿Te acuerdas de mí, entonces? —la idea la complacía más de lo debido. Se
olvidaba todo el tiempo de que estaba de duelo. No tenía importancia no haber visto nunca el cuerpo de su exmarido. Era como si su mente se rehusara a creer en su muerte, aunque Riddle le había dicho que debía intentarlo.
—Sí —admitió—. Por algún motivo no te pude sacar de mi cabeza. Aun sabiendo que no debía decir que ella sentía lo mismo, le confesó: —Ni yo a ti de la mía. —Sin embargo, no hace tanto tiempo que te casaste. ¿Y qué diablos se suponía que debía haber hecho? ¿Esperarlo? ¿Tratar de arreglar un encuentro por intermedio?
—Hice lo que me correspondía —le respondió cortante—. Tú eres un hombre. No tienes idea de la presión que ejercen los padres y la sociedad sobre una mujer que tiene que elegir al mejor partido. Yo quería tener mi vida. Creí que el matrimonio era la única forma de llegar a tenerla.
Riddle le apartó un mechón de cabellos que le caía sobre la frente. —¿Y qué vas a hacer ahora? La chica tuvo que controlar el placer que le produjo su contacto. En realidad, no había tenido tiempo de pensar en su futuro. Solo había podido pensar en lo que le estaba sucediendo en el momento.
—No lo sé —le respondió—. Supongo que regresaré a la casa de mis padres, aunque me resultará muy extraño. Soy viuda, pero nunca llegué a estar verdaderamente casada.
Riddle permaneció en silencio unos instantes y luego comentó:
—Me imagino que las viudas jóvenes se cotizan tan bien en el mercado matrimonial como las jóvenes solteras.
Tal vez tenía razón, pero no le sirvió de mucho consuelo. Ya había pasado por ese asunto de pescar un marido y no deseaba volver a intentarlo.
—Dime una cosa… ¿porque abandonaste Londres? — Riddle no contesto. —Me contaron que te fuste de Borgin y Burkes —Pregunto Aitana.
Los ojos de Riddle brillaron en la oscuridad. —Quería ver mundo. no podía quedarme siempre en esa tienda.
Amelia lo miro con atención.
—¿Porque lo preguntas? ¿Es que te dijeron lo contrario? —pregunto Riddle con una ceja levantada.
—Eh, no es solo… que bueno, me contaron que parecía más como su huyeras de algo… pero no me hagas caso.
Él se inclinó hacia ella.
—¿Acaso crees en todos los rumores, que se cuentan?
Otra vez, se sentía demasiado cansada para decir otra cosa que no fuera la verdad. —Sí.
Él se siguió acercando a ella, y sus labios casi rozaron los de ella. —¿Te doy miedo? Espiándolo tímidamente, se preguntó si algo de lo que estaba sintiendo en ese momento estaba relacionado con el miedo. Su corazón latía más de prisa, pero no por temor.
—¿Por qué debería temerte? Me estás protegiendo. Estaría muerta, o algo peor, de no ser por ti.
—Pues porque soy un extraño para ti.
No podía confesarle que ella no lo sentía como un extraño. Había memorizado sus facciones en sueños. Había deseado besarlo mucho antes de que se presentara la oportunidad de hacerlo, e incluso más.
—Supongo que lo eres —admitió—. Pero en este momento, eres el único que me protege.
Él se echó hacia atrás, se apoyó sobre su espalda y levantó la vista hacia la luz lunar.
—Sé sincera.
La chica rio al escuchar su tono cortante y se acurrucó a su lado para recibir su calor. No hablaron más, y sin la distracción de la conversación, Aitana se sensibilizó con su contacto. El más leve ruido que hacía al respirar, el peso de su cuerpo. Y su aroma. No siempre lo advertía. Pero ahora lo percibía con intensidad, y trató de precisar qué le hacía recordar.
Especias. No tan fuerte como el clavo de olor, ni tan dulce como la canela, sino algo intermedio. El aroma la envolvía. ¿Sería diferente sentir su peso mientras estaban acostados y no de pie?
—Me besaste sonámbula la otra noche.
Volvió a sorprenderla. Oh, por Merlín, era como si él hubiera adivinado sus pensamientos.
—¿Qué? —le preguntó. Riddle se volvió otra vez hacia ella. —No iba a decírtelo, pero bajaste las escaleras y me besaste. Por fortuna estaba oscuro.
Sus mejillas le ardían.
—¿Me dices la verdad? Te juro que no recuerdo que haya sucedido nada entre nosotros.
—No te miento, pero fue diferente de cuando me besaste arriba. Su cambio de posición los había aproximado de una manera perturbadora.
—Creo que fuiste tú el que me besó arriba —le señaló—. Además, ¿diferente en qué sentido? Pensó que su silencio implicaba que estaba pensando en el asunto.
—Te faltaba... pasión —le respondió, por último—. Era como si solo realizaras gestos vacíos.
Ya era bastante descortés mencionar el incidente, pero criticar su técnica para besar ¡qué insolencia!
—Estaba dormida —le recordó ella—. Y, obviamente, no lo bastante inspirada como para despertarme.
Sus dientes brillaron un instante en la oscuridad cuando se sonrió.
—No dije que no estuviera bien. Solo mencioné que había sido distinto. —Y es una grosería de tu parte el mencionarlo —agregó cortante. Se sentía avergonzada de haber ido a buscarlo en sueños para besarlo. —¿No tienes frío?
Rayos, tenía más calor que antes, gracias al bochorno por el que estaba pasando. —Estoy bien —Entonces deberíamos dormir un rato. Mañana tenemos un largo camino por delante. La conversación la había distraído al menos durante un rato.
Dudaba de que pudiera dormir con tantas preocupaciones abrumándola. En realidad, no sabía nada de Tom Riddle. Solo que era alto, que tenía un cuerpo maravilloso y que era más hermoso que el pecado. Que podía cautivar a una mujer solo con un beso y una mirada. Además, era valiente. Otro hombre hubiera huido de inmediato de la mansión y la hubiera dejado a merced del destino. Pero él la había brindado su protección.
Las suaves respiraciones de la elfa arrullaban la noche. Aitana hubiera querido que la ayudaran a adormecerse, pero no podía: yacía allí, recostada contemplando la luna. El frío volvió a apoderarse de sus miembros y tembló. Riddle la estrechó. Acurrucándose contra él, la joven acomodó la cabeza debajo de su mentón. Escuchaba el poderoso latido de su corazón.
Él comenzó a acariciarle el cabello. La caricia la tranquilizaba, pero también le resultaba perturbadora. Su extraño aroma la envolvía. Trató de contener el aliento, pero con eso solo lograba que le llegara con más intensidad cuando se quedaba sin aire y volvía a inspirar profundamente.
Poco a poco, su mano descendió de sus cabellos hasta su espalda. ¿Se suponía que ella debía dormirse? Esas caricias le estaban produciendo el efecto contrario. La mano viril se deslizó un poco más abajo, hasta su cintura, y la atrajo hacia sí. Percibió la inflamación entre sus muslos.
Un instante más tarde, él gimió. Apartó la mano y se puso de espaldas, mirando el cielo. La joven se quedó inmóvil, esperando que él volviera a tocarla, pero no lo hizo. Era como si hubiera recuperado el control sobre algo que lo había impulsado a tocarla. Qué pena…
En el fondo oscuro de su alma, esperaba que él volviera a besarla. Quizá para poder demostrarle que a ella no le faltaba pasión. Se preguntó, de repente, si él no se habría aprovechado de la situación. Tal vez la había violado y ella no lo recordaba. Imposible.
Habría alguna señal. Además, ya no tenía sentido aferrarse a su tan preciada virginidad. Ella era una mujer casada, una viuda, ahora. Nadie esperaba que conservara su castidad. ¿O tal vez sí?
Si su matrimonio con Richard no se había consumado, ¿podría igual reclamar sus posesiones? Una gran parte estaba formada por la dote que su padre había pagado por ella.
Empezó a sentirse culpable, allí acostada al lado de otro hombre y deseando que él la besara cuando su exmarido ni siquiera había sido enterrado. A pesar de que nunca había amado a su esposo, le tendría respeto.
Sí, eso haría, decidió. No tendría más pensamientos viciosos relacionados con Riddle hasta que terminara su período de duelo. Pero eso duraba un año, y ella no sabía si viviría hasta el día siguiente. La idea de morir virgen la perturbaba. Quizá no sería necesario hacer duelo por Richard durante un año entero; tal vez, en determinadas circunstancias, un día o dos podían bastar.
Ya exhausta, Aitana se acurrucó contra Riddle, haciéndolo gemir una vez más, e intentó dormirse.
