Estar entre sus brazos mientras él entonaba esa bonita y melancólica melodía, le resultaba acogedor. Le hacía sentir querida.
Finalmente había paz, y no más dolor. Había alegría y contadas tristezas; y sobre todo, había amor.
Fue entonces que abriendo los ojos, lo miró desde su posición -estaba ahora acostada en su regazo-, y no pudo evitar enternecerse. Él cantaba con los ojos cerrados, hasta que su melodía paró cuando la mano de ella -sus dedos-, rozaron su barbilla, haciéndolo mirarla, curioso.
Las mejillas de Emma se encendieron, más por lo que iba a decir, y era sincero.
- Eres lo más bonito que me pasó, Ray... Lo más preciado.
- ... ¿A qué viene esto, Emma? - se ruborizó, todavía no tan acostumbrado a los arranques de romanticismo que a su novia le daban.
El rubor se hizo más intenso, así como su determinación -. Quiero que te cases conmigo, Ray.
