No puedo manchar mis manos con tu sangre
Okita no necesitaba escabullirse con tanto sigilo para poder llegar hasta su habitación. Con un poco de resguardo y sin meter más ruidos de los necesarios no tendría problemas. Sin embargo, al igual que Kagura, no esperaba que una persona lo viera tratando de entrar por la ventana de su habitación.
— Okita
Se dio media vuelta al reconocer esa voz y era de esperarse de quien se trataba.
— Nobume. ¿Se te perdió algo?
— ¿Así es como saludas a una amiga? No nos vemos hace bastante. ¿Qué haces a estas horas por aquí? — le preguntó sin cambiar esa expresión serena en su rostro.
— Lo mismo podría preguntarte, ¿tú?
— Vengo de ver a Soyo. Nos quedamos conversando y se nos pasó la hora.
— Soyo. Ya veo. — Tomó una pausa y sonrió pillo — Siempre pensé que tus salidas nocturnas se las dedicabas a Shimaru-niisan. Que sorpresa pensar que tus gustos iban por otro lado.
— No saques conclusiones erradas. ¿Qué hay de ti? — lo miró detenidamente y se dio cuenta del estado en el que estaba. Ropas sucias, malherido y algo bastante peculiar estaba cerca de su boca — ¿Qué tienes ahí? ¿Labial? ¿Por las noches te vistes de mujer o algo así?
Se tapó un poco la boca tratando de quitarse el resto carmín que había quedado de aquel beso que le dio a la bermellón y la miró seriamente.
— Tú tampoco deberías sacar conclusiones. Es sangre, no labial.
— ¿Sangre? No lo parece.
— Estuve peleando con algunos bastardos de los Yato al venir acá. Esos hijos de puta…
— Ya veo, ya veo. Eso podría explicar la sangre de tu hakama. — tomó una pausa y continuó — Hoy vi a tu hermana cuando no estabas. Se notaba preocupada. — se cruzó de brazos sin despegar la vista de Sougo, seguramente lo iba a reprender cómo cuando eran niños. — Soy tu amiga y te daré un consejo. No le hagas mal a Mitsuba-san. Sabes lo mucho que te quiere.
— Lo se…
— De todas maneras, no seguiré metiéndome en tu vida, tan solo estimo demasiado a tu hermana. No cometas alguna imprudencia. Nos vemos. — Dio la media vuelta y se dispuso a irse, sin embargo, una voz la detuvo.
— Nobume — paró en seco en cuanto escuchó a Sougo — no le digas a nadie que me viste.
— No, no es necesario. Tampoco quiero que Isaburo se entere de que estuve hasta altas horas de la noche pasando tiempo de calidad con una chica. — Prosiguió su andar y continuó hablando — después de todo el omiai con Shimaru es un hecho. — dejó finalmente la escena y Sougo suspiró aliviado.
No podía dejar que nadie se enterase que él y Kagura se veían a escondidas, ni mucho menos que esa noche se habían besado.
Si tan solo aquella tensión entre ellos dos no fuera tan fuerte se hubiera aguantado, pero es que era imposible. Siempre que la veía su pecho palpitaba y sus manos estaban ansiosas de tocarla. Sus labios, su rostro, su cabello, su piel… si, esa piel blanca… sus muslos… sus senos… de solo pensarlo comenzaba a excitarse y su rostro se volvía extremadamente rojo, y no porque tuviera vergüenza, sino porque el calor en su cuerpo aumentaba.
Se palmeó las mejillas tratando de no perder la compostura y volvió a escabullirse cerca de los muros de su hogar para poder entrar por la ventana.
Agradecía que nadie estuviera esperándolo en el futón como la otra noche y se cambió rápidamente las ropas sucias que llevaba puestas, ocultándolas dentro de un jarrón para eliminar cualquier evidencia de haber peleado. No debía preocupar a su hermana más de lo esperado.
Sin embargo, ¿qué haría con esa herida? A pesar de que ya no sangraba tanto, las vendas dejarían huellas de lo ocurrido y no quería que nadie las viese. Quizás por esos días se vería en la obligación de entrenar sin despojarse de su kimono.
Al otro lado de la aldea, en oposición a la morada Okita, una chica de cabellos negros yacía recostada sobre su futón.
Nobume no era tonta y sabía que Okita no estaba precisamente peleando con algún enemigo, aunque no se inmiscuiría más en eso, ella ya tenía sus propios problemas como para andar preocupándose de lo que hacía o no hacía su amigo.
Desde hace unos meses que Isaburo había planeado su omiai con el primogénito de la familia Saitou, Shimaru. Y aunque el chico no hablaba mucho, su presencia podía encandilar a cualquiera. Cualquiera excepto Nobume.
No es como si ella pensara que no era un buen partido o que no podría interesarle, es solo que Imai Nobume del clan de los Okita no se sentía atraída por ideas como el amor y quizás el único "amor" que sentía era por su amiga de la infancia, Okita no Soyo.
No podríamos definirlo como amor romántico, pero sí encontró en Soyo una fidelidad y confianza que no había encontrado en ningún amigo, ni siquiera en Sougo. Por lo que todas las noches, esa chica de cabellos azabaches y ojos carmín se dirigía a ver a su amiga para hablarle de los detalles del omiai y que ella le "ayudara" de cierta forma a enamorarse.
Soyo, como una joven ilusionada y femenina — todo lo contrario a Nobume, de hecho — escuchaba atenta todas las quejas de su amiga y le daba algún que otro consejo para convertirse en una buena esposa.
Hace años, cuando las guerras Genpei aún no daban inicio, la joven alegre del clan Okita recibía constantemente las enseñanzas que recibía cualquier señorita aspirante a ser una buena esposa. Servir el té, escribir, cuidado de niños, buena cocina, etc. etc. Y es que, desde que se había enterado que se casaría dentro de cinco años — en ese entonces — estaba sumamente ilusionada, más aun sabiendo que su esposo sería el hermano menor de la señorita Otae. Ella le parecía una buena dama y estaba segura que su hermano era un espléndido caballero.
Sin embargo, las diferencias políticas habían echado al carajo todo esto y en vez de solucionar sus problemas de clanes con un matrimonio arreglado, decidieron hacerlo con la guerra. Una guerra sangrienta y sin sentido.
Y pensaba "¿No hay manera de cambiar esto?". Y no, no la había. Ella no tenía un rango de peso ni era tan importante en los Okita como para que su matrimonio con alguien del otro clan arreglase sus diferencias políticas.
Y Shinpachi, por su lado, tampoco era alguien importante. Los únicos con suficiente poder eran los Okita y los Yato de más alto rango: Okita no Isao y Yato no Kankou.
Desde entonces, resignada al destino fracasado que tuvo, comenzó a enseñarle a Nobume ciertos afines que solo podía tener una dama de calidad. Aunque hacer el té se le daba pésimo.
Nobume amaba la compañía que Soyo podía ofrecerle y viceversa, se consideraban buenas amigas y no había noche en la que la chica de rostro serio y cabellos azabache no fuese a visitarla.
Procuraba que Isaburo no la viera escabullirse por las noches, aunque Sougo ya la había pillado en una que otra ocasión, sin embargo, no le decía nada. ¿Con qué cara si él hacía lo mismo?
La noche pasaba y la chica no podía pegar el ojo pensando en lo que había pasado con Soyo. Y es que no se lo explicaba, de ninguna forma. ¿Por qué había ocurrido eso? ¿Era estrictamente necesario pedirle que le enseñara a besar como una esposa?
Se le había salido de las manos y Soyo la miraba un poco acongojada. No, ella no podría besarla. Era extraño, eran amigas. La petición de Nobume era extraña.
"Nobume-chan… La única persona que debería besarte es Saitou-san" recordaba lo que su amiga le había dicho y no sabía por qué esas palabras se le clavaban tan profundo hasta el punto de doler.
Nunca había sentido algo parecido al amor, y estaba ajena a todo aquello, después de todo la habían criado como una asesina. Sin embargo, la calidez de Soyo era tan hermosa que la cautivaba y estaba tan confundida que no sabía si la quería como una amiga, una hermana o una amante.
Definitivamente esa noche no pegaría el ojo.
A la mañana siguiente, no era de extrañar que Okita no Sougo diera largas caminatas cerca del río.
Desde que había cumplido los 18 años que era infaltable salir a caminar por esos lares, y lo que más llamaba su atención era que, a pesar de frecuentar el mismo río que la bermellón, nunca la había visto en su vida hasta esa noche en donde lo amenazó con cortarle la cabeza.
Masticando una ramita de paja y con su mano cerca de la katana, se sentó a la orilla del río y observó el sol reflejándose en el agua. A pesar de ser un paisaje de lo más precioso, prefería mil veces la luna nocturna y de tenue brillo que el dorado sol molestando tanto su vista.
Suspiró pesadamente, se sentía bastante solo ese lugar sin ella. Cerró sus ojos y escuchó unas pisadas detrás de sí.
— Vaya, no sabía que también venías por acá a estas horas, creo que ya no me sentiré tan solo. — respondió con tono un poco juguetón pensando que le hablaba a Kagura.
— ¿Solo? ¿No tienes una manera un poco rara para hablarle a tu cuñado?
Pero en cuanto escuchó la voz de Hijikata, casi se le cae la cara de vergüenza. ¿Qué hacía ese bastardo ahí? No se dio la media vuelta para mirarlo, no pensaba verle la cara y siguió mirando al río.
— ¿Estabas esperando a alguien? — se sentó a su lado curioso de la respuesta que podría darle — No sabía que conocías a alguien con quien reunirte en el río.
— ¿A qué viniste, Hijikata-san?
— Necesito conversar algunas cosas contigo con respecto a la próxima batalla.
— Pudiste habérmelo dicho cuando llegase a la aldea. No era necesario seguirme hasta aquí — seguía mordisqueando su ramita de paja mientras escuchaba el cantar de las aves mañaneras.
— Deberías agradecérmelo. Te estoy haciendo compañía. ¿No me dijiste que te sentías solo? — manifestó en tono de sorna mientras veía como una venita se hinchaba en la frente del castaño.
— Deja de fastidiar y ve al grano.
— La próxima batalla será en una semana más.
— Ajam.
— Pero tenemos un problema con eso. La última vez que batallamos contra los Yato, tuvimos algunas bajas.
— Hijikata-san, comparadas con las bajas de los Yato, nosotros prácticamente ganamos, ¿de qué te preocupas?— su voz se mantenía tan serena como siempre. Que le hablaran sobre batallas o guerras ya le parecía bastante común.
— Que todas esas bajas fueron hechas por una sola persona, Sougo. Nos enfrentamos a un enemigo poderoso.
— ¿De quién estás hablando?
—Yato no Kagura
Sougo dejó de masticar su ramita de paja y su vista se mantuvo pegada en el horizonte. Su corazón dio un salto y en su garganta se formó un nudo. No sabía por qué, pero se había comenzado a preocupar y sentía que algo malo iba a suceder.
— Ajam… — Fue lo único que atinó a decir. Sus palabras no podían salir de sus labios y su flequillo cubría sutilmente sus ojos.
—Sougo, ella es un peligro. Necesito que te encargues de ella, eres el único que podría hacerle frente.
— ¿Qué quieres decir con eso, Hijikata-san? —seguía sin mirarlo. ¿Para qué preguntó? Ya sabía la respuesta.
— Tienes que asesinarla.
Aquello que sintió en cuanto Hijikata le confirmó lo que tanto temía fue como una daga punzante clavándose en su pecho. ¿Por qué? No tenía por qué hacerlo, no quería matarla, menos ahora.
Se quedó mirando el horizonte un rato más, tratando de masticar lo que su cuñado le había dicho.
Matarla era imposible.
Hola, que tal? *se asoma por la esquina de la pared*(?)
Lo se, la verdad me volví a atrasar, pero tengo una razón de peso: La U
Solo quiero avisarles que no actualizaré hasta después del 18 de diciembre, ya que tengo que hacer muchos trabajos para la universidad y no me da tiempo de escribir :( de todas maneras, espero que cuando nos volvamos a ver sigamos con el mismo animo 3 Los quiero mucho y no olviden dejar su review ya que eso me llena de alegría 3
Nos leemos!
