Capítulo X - ...Pero el Conocimiento es Poder
No había nada mejor para ganarse el corazón de una chica que un buen obsequio.
Lo descubrió durante sus primeros años en Tokio, cuando organizaba ostentosas fiestas para crear nuevos contactos entre la política y la farándula local en lo que eventualmente se convertiría en el célebre Lirio Rojo.
Su modus operandi era sencillo: en cuanto encontraba un nuevo interés romántico la joven heredera usaba todos los recursos a su alcance para averiguar su dirección, misma a la que enviaba un humilde presente que consistía en una carta con caligrafía perfecta, un bello arreglo floral preparado por ella y un hermoso Rolex de oro con incrustaciones de diamante.
Muchas rechazaban su invitación y ella, que se presentaba como una cazatalentos en busca de su siguiente gran estrella, se lo tomaba bastante bien; era insistente, pero no una desconsiderada, y tenía los modales suficientes para saber lo que significaba un «no». Pero por una que la rechazaba, cinco abordaban el auto que las pasaba a buscar la noche siguiente, llevándolas a la habitación de hotel donde las esperaba con una botella de champagne y un contrato para su agencia.
Pero en ese momento, siendo una mujer hecha y derecha con reputación de hierro, Hanayagi Kaoruko no sabía cómo actuar.
—¡No puedo creerlo!
Lanzó sus binoculares al asiento trasero, observando como la moto se perdía calle abajo tras una enorme estela de polvo que oscureció las siluetas de sus ocupantes.
Por supuesto que iba a comprar esa cosa, eso fue un hecho desde el instante en que vio la ilusión en los ojos de su chica reflejarse en el aparador, incluso se tomó la molestia de llevarla -o mínimo intentarlo- a la puerta de su dormitorio, chocando con la cerca y armando un caos.
Pero eso no bastó, su infalible modus operandi había fallado de nuevo, y por primera vez la perspectiva del rechazo la llenó de inquietud.
—¡No entiendo su atrevimiento! —cruzó los brazos, hundiéndose en el asiento. A un par de calles de ahí, en la residencia que vigilaban furtivamente, cinco chicas salieron a despedir al vehículo—. Acabo de darle el regalo de su vida y lo primero que hace es perderse por ahí con… Con…
—Saijo Claudine. —Terminó Maya con paciencia, sacando una cajetilla nueva del interior de la guantera—. Dado que es su mejor amiga, no es de extrañar que quiera darle un aventón a la escuela.
—¡¿P-Pero ni un solo comentario sobre la motocicleta?! —abrió la cajetilla y colocó un cigarrillo entre sus labios—. No es tan difícil, «Muchas gracias, mi querida Kaoruko, será un honor quedarme contigo para siempre».
—No es la primera vez que pasa —dijo Maya, encendiendo un mechero plateado frente a su rostro— ¿recuerda a esa presentadora de televisión?
—¿La que me abofeteó? —respondió con el ceño fruncido—. En primera, no podría olvidarla aunque quisiera, y en segunda, no existe punto de comparación.
—También es un rechazo.
—Esto no es un rechazo.
Tomó una calada larga, permitiendo que el humo llegara hasta su tráquea antes de expulsarlo en una ráfaga perfecta.
¿Cuándo había comenzado a fumar? No recordaba una semana en la que no se acabara una cajetilla entera por sí misma desde los quince o catorce años, pero a ese punto no importaba mucho. Hanayagi Kaoruko tenía voluntad, y estaba segura de poder dejarlo en cuanto lo considerase oportuno.
Y ese momento podía llegar al día siguiente, a la semana siguiente o nunca.
—Futaba-han es diferente.
Miró por la ventana, a los suburbios que a esa hora aún dormían totalmente ajenos a su presencia. Quizá fue su reunión con Kirin o el asunto de las familias lo que la volvió emocional, pero eso que sentía en el pecho era tan nuevo como la sensación de los labios de Futaba contra los suyos.
Kaoruko no buscaba algo casual esta vez, ni siquiera algo sexual a primera instancia, no, lo que sentía por ella era tan real que hacía que su corazón se volviera loco. Incluso su sabor parecía diferente al de otras chicas, como un estallido en el interior de su paladar.
Kaoruko había llegado para quedarse, y si tenía que derrocar toda una organización para ello, que así fuera.
—Futaba-han es mía —declaró en voz alta, sin saber si se lo decía a su consigliere, a sí misma o a los demonios que había en su interior— no necesita a nadie más.
Maya bajó la mirada, pensativa.
—Eso no es sano, Hanayagi-san.
—Le hablé de cosas personales, cosas que sólo te he dicho a ti, bailamos juntas, hasta dejé que fuera ella la que me besara —inconscientemente rechinó los dientes— es injusto que me deje colgada así luego de dar ese paso.
—Ella podría decir lo mismo de usted.
Kaoruko había vivido muchas cosas en veintitrés años, desde la primera vez que durmió con alguien hasta la realización de su primer asesinato por encargo, pero esa fue la primera ocasión que se sintió total y completamente perdida.
—¿A qué te refieres?
—A qué usted está asumiendo esas cosas por su cuenta cuando, hasta dónde sé, ni siquiera han formalizado su relación.
Kaoruko alzó una ceja.
—¿Formalizar?
—Invitarla a salir. —Tendo se encogió de hombros—. Ese tipo de cosas suelen ser muy importantes para alguien de la edad de Isurugi-san.
—Hablas como si fuéramos un par de ancianas…
—Con nuestro ritmo de vida podríamos serlo —soltó una risita tan perfecta como ella, carraspeó y recuperó la seriedad—. Pero debería considerarlo. Quizá la cabeza de Isurugi-san, tal como la suya, esté en otro lugar.
—¡Mi cabeza está donde debe! —reclamó, desprendiendo un poco de ceniza sobre el asiento con recubrimiento de piel— y ella sabe perfectamente que…
—Ahí está, dando cosas por hecho.
Se mordió el labio inferior. A veces odiaba haber escogido a esa mujer en específico como su mano derecha; en ocasiones era tan sagaz que la hacía dudar de sí misma y de su liderazgo.
Tendo, quizá sintiendo su incomodidad, se giró para mirarla a los ojos.
—Hanayagi-san —tocó su hombro casi como si temiera su reacción, ella se quedó inmóvil— nuestra vida es rápida e incierta, y nuestras decisiones suelen ser similares, pero lo mejor siempre será dejar las cosas claras desde el primer momento.
—Tendo-han…
—Usted es un Don, Hanayagi-san, y como tal debe asegurarse de tomar las mejores decisiones en lo que concierne a la forma de relacionarse con los demás. Por el bien de los que la siguen y por el bien de los que la apoyan.
Sus ojos brillaron con sinceridad. Llevaban tantos años juntas que la conocía como la palma de su mano, y aunque ser leída tan fácilmente fuera abrumador, sus palabras le robaron una sonrisa.
—Siempre sabes que decir, ¿no?
—Dar consejos es mi trabajo —respondió inclinando la cabeza ligeramente— pero también eres mi amiga, Hanayagi Kaoruko, ¿y que sería yo si permitiera que metieras la pata en tu primera relación?
—Claro, porque tienes tanta experiencia en esas cosas…
—¿Más que usted? Sí.
—¡Pero si siempre rechazas a las chicas que consigo para ti! —reclamó, poniendo los ojos en blanco—. Mira que soy popular entre las bailarinas del club, pero tú eres como una leyenda.
—Leyenda o no, no tengo tiempo para esas cosas.
—Cielos, eres tan aburrida. —Colocó sus manos detrás de su nuca y se reclinó hacia atrás, soltando las cenizas de su cigarrillo por la ventana. Cerró sus ojos y suspiró—. Pero está bien, no pretendía salir contigo de fiesta de todos modos. Seguiré tu consejo y esperaré hasta hablar con Futaba-han esta tarde para escuchar lo que tiene que decir.
—Y lo que usted tiene que decir también.
—Claro —respondió entre risas— lo que digas.
Se dejaron arropar por el silencio, sereno como los rayos del sol que auguraban un hermoso día. Disfrutó el gusto del tabaco sobre su lengua y el fantasma de los rasguños de la chica con la que había compartido cama a lo largo de la espalda.
Todo terminaría en un santiamén. Haría una visita rápida a Seisho, tomaría el té con Souda-sensei para discutir la inclusión de un par de miembros de la familia dentro del plantel de profesores, robaría a Futaba un rato y luego podría volver a casa para olvidarse de todo ese ridículo asunto de…
—¡¿Qué diablos?!
Kaoruko se enderezó en su sitio, justo a tiempo para ver cómo dos hombres sobre una motocicleta negra pasaban a su lado velozmente.
—Tendo-han.
No necesitó más explicaciones. Ambas tenían suficientes años en ese negocio para distinguir a un par de matones de poca monta a primera vista. Tendo Maya encendió el auto, cambió de marcha hábilmente y, sin dejar pasar un segundo, aceleró.
—¡Póngase el cinturón, Hanayagi-san!
El furioso chirrido de los neumáticos siguió a su advertencia, de modo que Kaoruko no tuvo más que un par de segundos para ajustar su cinturón antes de que la inercia pegara su espalda al asiento cuando el Mercedes-Benz salió tras el vehículo haciendo uso de todos sus caballos de fuerza.
A mitad de la calle, intentando recuperar lo poco que le quedaba de dignidad, Hoshimi Junna soltó un suspiro cansado.
—¿Por qué todos ponen tanto empeño en romper las reglas y no en estudiar?
—¡Junna-chan!
Nana se lanzó sobre ella, apartándola del camino de la motocicleta antes de que fuera demasiado tarde.
—Una patrulla hará guardia cerca de Seisho. —Kaoruko tecleaba sobre la pantalla de su móvil velozmente, observando como la motocicleta cambiaba bruscamente de dirección—. No sé si esto es una cortina de humo, pero no dejaremos ningún cabo suelto, ¿entendido?
—¡Sí!
Giraron súbitamente en el siguiente cruce, sumergiéndose en las tranquilas calles de uno de los muchos barrios residenciales de Tokio. Kaoruko desenfundó su arma, una confiable calibre 9mm engrasada y con su carga lista para vaciarse en el cráneo de esos imbéciles.
La motocicleta, pequeña pero limitada, se escabulló por calles estrechas, derribando cada objeto que sirviera para hacerles ganar tiempo. El Mercedes, por supuesto, aplastó cada uno con fuerza demoledora.
Amaba ese auto. Había sido un obsequio de su consigliere por su veinteavo cumpleaños, y como era de esperarse, fue diseñado para su seguridad: carrocería y cristales blindados, tanque de combustible con recubrimiento, neumáticos categoría Nascar que permitían giros cerrados y la colección de musicales de Saijo Claudine cargados en su memoria interna. Debió costar una fortuna, pero valdría cada maldito centavo si la ayudaba a darles alcance.
"Futaba-han…"
Sabía lo que querían, y se encargaría de desmantelar sus planes personalmente.
En un segundo la moto estaba frente a ellas, y al siguiente dio un giro brusco para introducirse en un callejón tan estrecho que no podrían pasar por él. Tendo no se inmutó, siguió su camino en línea recta pasándolos de largo.
—¡¿Qué haces?! —exclamó, mirando a través del espejo retrovisor— ¡a este paso los perderemos!
—Confíe en mí —respondió Tendo con tranquilidad, atravesando calles que se cruzaban una y otra vez como un laberinto, a tal velocidad que los pocos transeúntes salían despavoridos a su paso— tengo una amplia experiencia persiguiendo bicicletas y vehículos pequeños.
—Eso espero, si no juro que… —El auto dio un giro en «u» tan brusco que el arma casi se resbala de sus manos—. ¡Maldita sea!
—Ordene a las chicas que protejan todo el perímetro de Seisho. —Volvieron justo por donde habían venido, desviándose por una calle que seguía en línea recta hasta perderse de vista—. Creo que puedo alcanzarlos.
Kaoruko observó su ruta con atención, dejando que sus ojos se perdieran entre casas y departamentos hasta que la calle desembocó en la avenida principal. En poco tiempo la motocicleta surgió de entre las sombras, uniéndose a su misma circulación.
—Alcánzalos a cómo de lugar, no quiero a esos cretinos en mi territorio.
—Cómo ordene.
Una luz roja los esperaba en el siguiente cruce, pero aunque tenía la esperanza de que un automóvil en sentido contrario los hiciera trizas, la motocicleta pasó de largo, haciendo que otro vehículo de estructura similar frenara de golpe.
—¡¿Cuál es tu maldito problema?!
Uniforme gris, moto plateada, un brillante casco que dejaba entrever unos cuantos mechones de cabello rojo.
Oh.
Sucedió en un parpadeo, o apenas en una inhalación cuando el Mercedes-Benz pasó frente a ellas tan rápido que la moto nueva se fue para atrás, un segundo en que sus ojos parecieron encontrarse a través del cristal entreabierto de la ventana.
—¿Futaba-han?
El mundo se detuvo a su alrededor. Sintió el impulso de gritarle, de señalar el percal en el que estaba metida por su culpa, pero tan pronto como llegó, el auto continuó su camino.
—Prepárese —sugirió Maya, extrayendo una pequeña pistola del bolsillo interno de su chaleco.
El hombre en la parte trasera de la moto sacó su propio revólver del bolsillo de sus jeans, soltando tres disparos que rebotaron inútilmente en el metal reforzado.
—Bastardos —Kaoruko gruñó, abriendo la ventanilla para apuntar libremente— ¡la pintura vale más que ustedes!
Disparó dos veces, la primera bala acertó en uno de los neumáticos y la segunda dio en el hombro del conductor, haciendo que la motocicleta se balanceara en un caótico zigzag.
—¡Ahora!
Tendo aceleró, aprovechando esa pérdida de velocidad para impactarlos con fuerza, haciendo que ambos salieran disparados y la motocicleta se estrellara contra un poste de luz. Los peatones se apartaron, las tiendas cerraron sus puertas y los pocos autos cambiaron de dirección. Cuando el Mercedes frenó en un giro de media luna, aquel tranquilo suburbio tokiota no se atrevió a delatarlo.
—¡Quietos! —Kaoruko bajó del auto con el arma alzada y el índice sobre el gatillo—. Si uno se mueve los dos están acabados.
El hombre del arma la dejó a un lado y se llevó las manos a la nuca en señal de rendición; su compañero ni siquiera pudo moverse. Para cuando Maya la alcanzó otro par de autos frenaron a sus espaldas, y cinco de sus chicas bajaron de ellos cargando ametralladoras de alto calibre.
—¿Son hombres de Kirin? —preguntó su consigliere, acuclillándose al lado del conductor mientras ella se acercaba al copiloto, pateando su casco y pisando su cuello con la aguja de su tacón.
—No lo parecen.
El tipo respiraba con dificultad, tosiendo por la creciente presión en su cuello. Era un hombre normal, de esos que podías encontrar en los bares de mala muerte en la zona roja de la ciudad, flacucho, de barba descuidada y sucia, con ojeras profundas que denotaban largas noches sin dormir, su ropa estaba rota y sus guantes sin dedos dejaban ver unas uñas sucias con tierra y sangre.
—Así que te creías muy listo, ¿eh? —puso más presión en su pie, hundiéndose en su carne— te creíste un gangster de verdad.
Ese matón planeaba poner esas manos asquerosas encima de su querida Futaba. ¿Qué habría pasado si la hubiera dejado sola?
—Nunca serás uno de los nuestros —más presión y el hombre escupió una mezcla burbujeante de saliva y sangre—. Eres solo un maldito peón.
—Hanayagi-san.
Cuando volvió a la realidad, el hombre ya estaba inconsciente.
—¿Todo bien? —preguntó acercándose a su consigliere, quien a esas alturas ya le había quitado el casco al conductor y se encontraba revisando sus pertenencias.
—Temo que no —respondió, sosteniendo una mochila de mensajero color marrón entre sus manos—. Mire esto, por favor.
Lo que sea que fuera, parecía serio. Tomó el objeto con impaciencia, girándolo para que todo su contenido cayera al suelo. Había un grueso fajo de billetes, un par de identificaciones falsas y una sospechosa bolsa llena de polvo blanco.
—Adictos de mierda —señaló con desdén, tirando la mochila a un lado— así que por eso es que eran tan descuidados. ¿Eso es todo?
—No. —Respondió Tendo, mostrándole un grueso sobre color ocre—. Llevaba esto dentro de su chaqueta.
Tenía un mal presentimiento, una especie de hormigueo recorriendo cada una de sus extremidades. Kaoruko lo tomó, vació su contenido y entendió inmediatamente las preocupaciones de su consigliere.
—Cómo miembro de su familia, suplico su perdón, Hanayagi-san. —Tendo hundió su rodilla en tierra, agachando la cabeza—. Coloqué la vigilancia que me ordenó en cada calle y cada esquina, no entiendo porqué…
—Silencio —dijo sin pensar, observando las fotografías.
Sabía que había imágenes suyas y de un par de miembros de su banda en algunos lugares: en el diario, en los archivos de cada comisaría de la ciudad y en el campo de tiro de algunos capos locales, pero nunca en esas circunstancias. No con esa ropa tan casual, aferrada con ilusión al brazo de Futaba.
No había ninguna razón para que alguien tuviera fotos de su puñetera cita.
—¿C-Cómo?
Pasó las imágenes cada vez más rápido, todas tomadas detrás de escaparates o desde autos en movimiento. Al final, doblada en dos partes, encontró una copia de la ficha estudiantil de Futaba, con su itinerario, su número de habitación y un compilado de información personal.
—Le aseguro que no se volverá a repetir, descubriré quién estuvo detrás de esto.
Mil escenarios distintos pasaron por su cabeza a velocidad luz, situaciones en las que no había llegado a tiempo, otras en las que en lugar del flash de una cámara era la mirilla de un francotirador.
—Por supuesto que no volverá a pasar.
Cargó un nuevo disparo. La frustración fue tomando control de su brazo derecho poco a poco, su vista se volvió roja y, antes de que pudiera recuperar un poco de cordura, su dedo índice apretó el gatillo.
Bang.
La bala se hundió en la mandíbula del hombre, destrozándola y empapando parte del pantalón de Tendo con sangre y fragmentos de hueso. Convulsionó entre gimoteos hasta dejar de moverse por completo, diminuto sobre un creciente charco rojo.
—¿Hanayagi-san?
—De pie —ordenó, regresando el arma a su bolso— tenemos que asegurarnos de que ambas estén a salvo.
—¿Ambas?
—Quieres saber cómo está esa chica, ¿no?
Maya abrió los ojos de par en par.
—Sí…
—Entonces vámonos, no hay nada de qué disculparse.
Tomó la mochila, metió las fotos dentro y regresó al auto en silencio.
—Habrá guerra —declaró, abordando por el asiento del copiloto—. Voy a destruirlo, a él y a toda su alianza.
Y por primera vez, Maya no se atrevió a contradecirla.
Luego de un tenso recorrido silencioso, el auto abollado aparcó frente a la Academia Seisho. El personal de seguridad la saludó con un gesto seco, inconforme, al que ella respondió de igual manera para abrirse paso a través de la puerta principal, ante las curiosas miradas de las alumnas que aún se paseaban por los pasillos.
—Un guardia no bastará.
—Debemos tranquilizarnos —sugirió Maya andando tras ella con su hermoso traje de tres piezas arruinado por manchas color marrón— ahora que conocemos su meta, podemos armar una defensa acorde.
—Olvida la defensa, averigüemos dónde se esconde y metamos un par de tiros en su cabeza.
—No somos asesinas.
—¿Qué acabas de ver?
—Es diferente —respondió— si nosotras comenzamos la guerra ganaremos mala reputación, nadie querrá hacer negocios con nosotras. Sin mencionar que nuestros aliados políticos nos darían la espalda.
—Que se jodan los negocios.
—Temo que no está en condiciones de tomar esas decisiones, Hanayagi-san.
—¿Y quién las tomará, entonces?
Antes de que pudiera responder, un par de al final del pasillo cortaron sus palabras. Claro, olvidó que estaba en una maldita escuela. Kaoruko ajustó su sombrero, dispuesta a seguir su camino con el rostro oscurecido, pero su compañera la tomó del brazo y la obligó a parar.
—¿Qué? ¿Acaso también vas a decirme por dónde caminar?
—Mire, por favor.
Obedeció a regañadientes, pero cuando vio a las dueñas de las voces, entendió. Reconoció a la profesora que la abordó el día del festival acompañada de una chica de cabello castaño y un par de pequeñas coletas.
—Mañana llega más temprano, Aijo.
La chica, que le resultaba extrañamente familiar, asintió.
—Flora —susurró, observando como el par abría una de las muchas puertas del pasillo— eso significa…
—Que Isurugi-san debe estar ahí dentro, en su primera clase —confirmó Maya en cuanto la puerta se cerró—. Nos tomará unos minutos revisar sus pertenencias.
—Entonces no hay tiempo que perder.
Kaoruko recorrió casualmente la distancia que la separaba de la puerta, como haría una alumna más que se probaba un nuevo vestuario, se aseguró de que no hubiera moros en la costa y abrió la puerta de lo que resultó ser un vestidor, con decenas de casilleros y una segunda puerta que conducía a lo que parecía ser un estudio de baile.
—Estudiante número dos, Isurugi Futaba, lista para comenzar.
Su oído entrenado escuchó su voz entre decenas, reconociéndola al instante. No se dio cuenta del momento en que entró por completo al vestidor, ni cuando Maya cerró la puerta tras ellas, acercándose a un casillero en específico y tomando el bolso que se encontraba en su interior.
—Todo parece en orden.
—Te preguntaría cómo sabías en donde buscar, pero en verdad no me sorprende.
—Hago mi trabajo lo mejor que puedo, sin importar qué.
—Lo agradezco. —Tomó el bolso de sus manos, notando el pequeño colgante en forma de daruma que se balanceaba en su costado—. Lo revisaré, tú asegúrate que no hayan usado a sus amigas como caballos de Troya.
—Entendido.
Sin decir más, cada una se concentró en su tarea, protegidas por la música que se filtraba del otro lado del muro. Kaoruko rebuscó una y otra vez, palpando la tela para asegurarse de que no hubiera nada fuera de lo ordinario en su interior, pero lo único que encontró fueron libros de texto, artículos de higiene personal y el teléfono que le había comprado.
—Me pregunto…
Miró a su compañera por el rabillo del ojo, asegurándose de que estuviera enfocada en su trabajo para no notar como revisaba su móvil como un ladrón en medio de una joyería. Era una indiscreción, un capricho curioso, pero en cuanto vio la fotografía su mueca de irritación mutó en una pequeña sonrisa.
Tomarla fue su idea, y para su sorpresa, Futaba accedió tímidamente a ello; recordó como se estremeció cuando la rodeó con sus brazos pocos segundos antes de que las cegara el flash, suspirando cuando sus labios se pasearon por el contorno de su oreja. Ese día se había sentido tan pequeña como los días en los que practicaba danza ante la atenta mirada de su abuela.
La sonrisa se esfumó de su rostro, siendo reemplazada por una expresión pensativa.
Su abuela…
La matriarca Hanayagi nunca estuvo de acuerdo con su plan de abandonar Kioto. Era una mujer curtida a la antigua, dura como la roca e inmisericorde con amigos y enemigos por igual, pero la perspectiva de expandir su territorio hacia la capital hizo que se replanteara su postura.
¿Qué pasaría si la situación llegaba a sus oídos?
Echó un último vistazo a la imagen, dejó el teléfono donde lo encontró y, colocando su bolso sobre un uniforme perfectamente doblado, cerró el casillero en silencio.
—¿Cómo va todo, Tendo-han?
—Nada nuevo —respondió su consejera revisando con prisa su tercer casillero— creo que deberíamos seguir con nuestro camino lo antes posible.
Kaoruko, encontrando en sus palabras una distracción, recuperó la sonrisa.
—¿Pero no quieres husmear un poco más? Puede que encuentres algo interesante en el bolso de…
—¡Eso está fuera de mis límites! —Tendo se cruzó de brazos, portando la expresión que usaba para negociar—. Si Isurugi-san descubre que estuve aquí, mi oportunidad de tener el autógrafo de Saijo Claudine se irá para siempre.
—¿No puedes pedirle un autógrafo a tu actriz favorita, pero sí aconsejarme en una guerra…?
Tendo desvió la mirada.
—Eso es…
Entonces la puerta que llevaba al aula se abrió, haciendo que ambas saltaran por la sorpresa.
—¡¿Quién?! —preguntó Kaoruko a gritos, rozando la culata de su arma con la mano.
La chica las observó en silencio, pasando sus inexpresivos ojos de una a otra como si tratara de decidir quién le importaba menos, caminó hasta posarse entre ambas y alzó una mano hacia su casillero como si no estuviesen ahí.
—Con permiso.
Tomó una botella de agua de su interior y bebió sin decir ni una palabra.
—Hanayagi-san —Tendo tomó su hombro, intranquila— creo que deberíamos…
—¿Qué ofrecen?
Bien, definitivamente esa chica carecía de modales. Las dos la miraron, cruzándose con unos fríos ojos azul pálido repletos de astucia.
—¿Disculpa?
—Ustedes no deberían estar aquí. —Su voz era tan intrépida como sus acciones. Limpió el exceso de agua con el dorso de su mano y regresó la botella a su lugar—. ¿Qué ofrecen?
El rostro de Kaoruko pasó por cada una de las emociones posibles, comenzando por la confusión y culminando en la ira. Se acercó lentamente, amenazadora como un felino al acecho, aprovechando la poca ventaja que le proporcionaban sus tacones.
—¿Comprar tu silencio? —La chica, de largo cabello negro, asintió—. ¿Crees que puedes chantajearme a mí, mocosa?
Cuando la niña volvió a asentir, Kaoruko sintió como su último rastro de paciencia se iba por el drenaje.
—¿Sabes quién soy? —preguntó— ¿al menos sabes a qué te estás enfrentando?
—A alguien que no debe estar aquí.
—Soy la persona más poderosa de esta maldita ciudad, no hay nada que puedas hacer que valga…
Pero la muchacha tomó aire, preparando sus pulmones para soltar el mejor grito de toda su carrera actoral. Kaoruko se sintió palidecer, imaginando la cara de Futaba cuando la encontrara con las manos en la masa.
—¡Kagura-san!
Kaoruko retrocedió, permitiendo que Maya se interpusiera entre ambas con hombros rectos y una sonrisa cortés. Pese a todo, los ojos de hielo de Kagura Hikari la miraron con suspicacia.
—¿Cómo sabes…?
—Su talento hace su nombre relevante, al igual que su protagónico en el Starlight de este año —extendió su palma abierta en su dirección—. Ahora, me parece que ha habido un malentendido, somos buenas amigas de Isurugi-san y sería lamentable si…
—¿Qué ofrecen?
Su ignorada mano quedó suspendida en el aire. Maya, desconcertada, sacó la libreta de apuntes que siempre llevaba consigo, pasando de página en página velozmente.
—Kagura Hikari, diecisiete años. Pasó los últimos doce años de su vida en Londres, estudiando en la Real Academia de Actuación…
—No vine aquí para escuchar una biografía, Tendo-han.
—Concuerdo —coincidió Hikari— ofrezcan o váyanse.
—¡Cuida tus modales!
—Lo lamento mucho —dijo su consigliere, guardando la libreta en el bolsillo de su chaleco— pero la información sobre usted, Kagura-san, me permitirá ofrecer el trato que desea.
La chica se cruzó de brazos.
—Te escucho.
—Yo no —intervino Kaoruko— no debes ir ofreciendo sobornos a cualquier…
—Le ofrezco un pase platino a WhiteLand para la época navideña.
—¿WhiteLand? —Hanayagi alzó una ceja, intrigada—. ¿Ese estúpidamente costoso parque temático de Londres?
—Ese mismo.
Hikari negó.
—Triple o nada.
—Los pases en esa época son costosos, Kagura-san, trate de considerar… —Pero Hikari tomó aire otra vez, por lo que Maya se vio obligada a pensar rápido—. ¡Está bien, tres pases con todos los gastos pagados!
—¡Eso sí que no! —Tomó el hombro de su amiga y la obligó a girarse para mirarla a los ojos—. Trabajas para mí, no puedes ir dándole mi dinero a…
—A Karen le gustaría un globo…
—Usted, Aijo-san y Tsuyuzaki-san tendrán todos los globos que quieran.
Había otra forma, tenía que haber alguna otra manera de salir de esa sin tener que despilfarrar su fortuna sobornando a una niña. ¡Había políticos que costaban menos que eso, por amor de Dios!
Kagura cerró su casillero, se alejó en total silencio y, tras apagar el interruptor de la luz, murmuró:
—Trato hecho.
Cuando cerró la puerta, dejándolas solas en medio de la oscuridad del vestidor, Tendo soltó un largo y pesado suspiro.
—Eso se cobrará de mi sueldo, ¿verdad?
Kaoruko ni siquiera respondió. Se acercó a la puerta arrastrando los pies, cansada como durante la peor resaca de su vida, la abrió suavemente para no hacer ruido y echó un vistazo.
—¡Mantén tu postura firme, Isurugi!
—¡S-Sí!
—Nada mal —murmuró para sí, paseando sus ojos -demasiado- insistentes sobre la figura que se escondía bajo el leotardo— aunque…
—¿También lo ve? —preguntó Tendo a su lado—. Ese giro debería ser sencillo para alguien del nivel de Isurugi-san.
Kaoruko frunció el ceño.
—¿Crees que esté herida?
Maya lo pensó un momento, concentrada en cada giro, pero luego negó.
—Diría que es algo más…
Genial, ahora estaba más preocupada. No importaba la opinión de su consigliere, no dejaría que nadie le arrebatara a su chica, ni siquiera…
—Saijo, ven a mostrarle a tu compañera como se hace.
…Saijo Claudine.
Sus dedos se cerraron en torno a la puerta como zarpas. Saijo tomó su lugar sobre la Posición Cero, respiró hondo e inició su rutina. Era perfecta. Cada movimiento era tan grácil y tan fluido que haría palidecer a todos los talentos que había descubierto en el último año. Maldita sea, si estuviera en otras circunstancias la habría reclutado en el acto.
"No es tan buena", pensó para sí. "Podría hacerlo mejor si quisiera".
Esa chica se la pasaba pegada a Futaba, era normal estar inconforme con ello. Si tan solo hubiera una forma de…
—Increíble…
Maya estaba embelesada, como lo había estado tantas otras veces viendo como la chica mitad francesa giraba con maestría en los musicales que veía por televisión.
—Tendo-han —llamó, maquinando en su cabeza el primer paso de su plan— ¿por qué no le hablas?
Ella le dirigió una mirada atónita.
—¿Qué…?
—Esta puede ser tu única oportunidad, y yo tengo el plan perfecto para que puedas aprovecharla.
—¡Ni hablar! —Kaoruko dio un respingo, sorprendida por la agudeza en su voz—. Si lo hago e Isurugi-san me ve…
—Escúchame bien, Tendo. —Hundió su dedo índice en su pecho; el capo había salido de su escondite y estaba más que listo para dar órdenes—. Mi nivel de estrés está por las nubes, así que vas a tomar esa tonta libreta, irás con ella y le pedirás tú misma esa cosa, o si no…
—Lo hiciste bien.
La voz de Futaba hizo que ambas saltaran sobre la puerta, empujándose ligeramente para ver desde un mejor ángulo.
—Lamento que mi desempeño fuera tan malo.
Ofreció a su amiga una toalla para secar el sudor, misma que ella aceptó gustosa.
—Solo necesitas concentración —rozó sus dedos por accidente, sin pensarlo, pero ese pequeño contacto innecesario hizo que el corazón de Kaoruko diera un vuelco furioso.
—Cómo se atreve…
—¡Hanayagi-san!
Los brazos de Maya se cerraron alrededor suyo, obligándola a ocultarse antes de que los ojos de Claudine se posaran sobre la puerta, desconcertados y temerosos.
—¿Te sientes bien, Kuroko? Luces algo pálida.
Kaoruko cubrió su boca con sus propias manos. No podía verla directamente, pero la sombra de Claudine se hacía más larga con cada paso que daba, devorando poco a poco ese delgado haz de luz que llegaba desde el estudio.
Cuando estuvo cerca, lo suficiente para tocarla con sus dedos, la chica cerró la puerta por completo, regresando a sus asuntos con cierta intranquilidad.
—No es nada…
En cuanto la profesora marcó el comienzo del siguiente ejercicio, Kaoruko encendió la luz.
—Eso estuvo cerca…
—Vámonos antes de que nos descubran.
—¡Ni pensarlo! —abrió un casillero al azar, tomó el enorme moño rojo del uniforme de Seisho y lo sostuvo juguetonamente a la altura de su cuello—. Aún tenemos mucho por hacer.
Y nada de eso tenía que ver con celos.
Para las Chicas de Escenario, en especial para las que pertenecían a la Clase N° 99 del Departamento de Actuación, las clases matutinas pasaron con relativa calma, sin un instante que no estuviera lleno de baile y trabajo duro que empapó sus frentes de sudor.
Hoshimi Junna, la mejor representante de clase que la Academia Seisho había visto en décadas, era una de ellas. Terminó su último ejercicio, tomó una toalla y abrió su casillero para recoger sus pertenencias y marchar a una bien merecida ducha.
—¡¿Dónde está mi uniforme?!
Pero el destino, tan cruel como una jirafa mágica parlante, tenía otros planes para ella.
—¿Qué ocurre? —Preguntó la hiperactiva Karen con curiosidad, con gruesas gotas de sudor escurriendo por su cabello.
—Alguien robó nuestros uniformes —le dijo Daiba Nana, compañera de cuarto e intérprete oficial cada que Junna perdía el habla por la ira—. Creo que es una buena oportunidad para usar nuestros leotardos, pero Junna-chan no me escucha.
—¡Por qué estoy bañada en sudor!
—Cielos, ¿quién podría hacer algo así?
—Locos —intervino Hikari, demasiado ocupada observando el panfleto de un extraño parque temático.
—Eso puedes apostarlo.
—Pero eso no hace sentido —comentó la siempre nerviosa Mahiru mientras luchaba por secar adecuadamente el cabello de su amiga— si alguien hubiera entrado a los vestidores, lo habríamos visto.
—Pues parece que no —Junna ajustó sus gafas, tomó su gastado libro de reglas y lo alzó como si fuera una espada imaginaria—. ¡Yo misma voy a encontrar al responsable o moriré en el intento! ¡Andando, Nana!
—¡Sí, señora!
Nana hizo un saludo militar, sonrió ampliamente y siguió el liderazgo de Nana a través del pasillo. Karen no tardó en seguirlas y el par restante, como daño colateral, salieron corriendo tras ella.
—¡No corras por los pasillos, Karen-chan!
En cuanto la puerta se cerró, dos sombras que cargaban un par de uniformes color gris salieron de uno de los casilleros más grandes, jadeando por la sofocación. Se aseguraron de que nadie las viera y, con prisa, se encerraron en el estudio vacío.
Para Kaoruko era emocionante, se sentía como en la época que su trabajo tenía que ver más con la acción y menos con todo el papeleo que ameritaba, pero no contó con el sacrificio que tenía que hacer por esos breves instantes de éxtasis.
—¿En serio tengo que comerme esto?
Eran dulces de menta. Horrorosos dulces de menta que tenían de dulce lo que ella de paciencia. Maya, demasiado ocupada ocultando sus armas entre olvidadas cajas de utilería, alzó una ceja en respuesta.
—Creí que le gustaba el mentol.
Kaoruko bufó.
—En cigarrillos es relajante, en caramelos te deja un sabor amargo que nunca se va.
—Pues es lo único que tenemos —Tendo se encogió de hombros— no puede oler a tabaco si está vestida así.
Tenía razón, por más que lo detestara. Se llevó los dulces a la boca y dejó todas sus ropas en un desordenado montón, apenas ocultas tras unos altavoces.
—Creo que ese no es un buen escondite, Hanayagi-san.
—Tonterías. —Dejó su sombrero encima de todo lo demás, como si diera el último toque a un muñeco de nieve—. No seas paranoica y dime cuanto tiempo tenemos, hice unas llamadas que nos garantizarán un buen almuerzo en la cafetería.
—Una hora.
—Entonces hay que apresurarnos.
Alzó la mirada y por accidente sus ojos se cruzaron con el espejo. Se sentía rara sin su ropa de negocios, su joyería o el abrigo sobre sus hombros, como si perdiera una parte de sí.
Aunque…
Dio una vuelta, buscando apreciar con un poco más de detalle como el uniforme se ceñía a su figura. Sí, le apretaba un poco en el área del pecho, pero no era algo con lo que no pudiera lidiar.
Modestia aparte, se veía hermosa.
—Le sienta bien, Hanayagi-san.
—Obviamente, hasta me hubiese gustado no haber sido educada en casa con tal de usar algo así más seguido —respondió al mismo tiempo que arreglaba un poco su largo cabello azul— y déjame decirte que tú no te quedas atrás, amiga mía.
Tendo tenía el talento de verse estupenda sin importar la ocasión, y el uniforme de la chica alta le daba un cierto aire de alumna modelo. Incluso el moño color púrpura con el que se ataba el cabello estaba ajustado a la perfección.
—Eso es un halago proviniendo de usted.
—Usted —repitió rechinando los dientes— si vamos a hacer esto, tienes que dejar de hablar así.
—¿Así como?
—Tan… Formal.
—Ser cortés no es ser formal.
—No es lo mismo —señaló masajeándose la sien— si sigues así esa chica nunca se fijará en ti.
—No quiero que Saijo-san se fije en mí.
—¿Entonces no quieres su autógrafo?
Sus ojos ganaron un brillo infantil. La tenía en su bolsillo, solo necesitaba presionarla un poco más.
—El punto es que un cortejo apropiado va a garantizar ese autógrafo, así que debes intentar. —Salió del estudio, atravesando el vestidor e integrándose al pasillo entre una decena de chicas que decidían cómo pasar su hora libre. En cuanto se aseguró de que todo estuviera bien escondido, su consigliere salió tras ella—. Ahora deben estar en la cafetería, te sentarás con ella, la mirarás, rozarás su pie bajo la mesa…
Maya asintió, convencida, sacó la misma libreta de siempre y anotó con avidez.
—¿Y esto funcionará?
—Por supuesto, ¿cuántas chicas me han rechazado este mes?
—Solo Isurugi-san.
—¡Ella no me rechazó!
Una gran cantidad de miradas se clavaron sobre ella, pero no le importó. Siguió con la cabeza en alto, convencida de que esos sentimientos infantiles desaparecerían en cualquier momento.
Entraron a la cafetería en menos de cinco minutos, recibieron su almuerzo por parte de la cocinera y se dividieron la tarea de localizar a su objetivo. Kaoruko fue quien la vio primero, una brillante cabellera roja atrapada por sus ojos de halcón.
—Demonios…
Sabía bien lo que encontraría, ella misma lo había señalado con anterioridad, pero no estaba preparada para verla tan cerca de Saijo Claudine.
—¿Hanayagi-san?
Tendo tomó su hombro, pero Kaoruko se la quitó de encima y decidió ir por ellas de una vez por todas. Todo su plan de dejar el trabajo en manos de su consejera podía irse al diablo; no es como si fueran celos, pero Futaba la necesitaba más que nunca, a ella y solo a ella, y no dejaría que nadie se interpusiera entre ambas.
—Si nos acercamos de forma tan hostil no creo que…
Pero ya había sido suficiente. Se acercó, preparó en su cabeza una letanía acerca de compromiso y, cuando estuvo detrás de ella, sus intenciones murieron al instante.
—Creí que superada la primera cita tendría todo más claro, pero no, lo único que hizo fue confundirme más y por su culpa ahora no tengo idea de donde estoy parada.
Se veía desolada, triste quizá, pasándose una mano temblorosa entre el cabello con el mismo desasosiego que llegó a percibir durante su sesión de práctica. Su cuerpo se relajó de golpe, dio un paso al frente y terminó con la escasa distancia que aún las separaba.
—Bueno, las primeras citas siempre son así, siempre dejan una inquietud en tu pecho.
Vio de primera mano como Futaba perdió el aliento, girándose para encararla en lo que pareció casi una eternidad.
—Aunque si hablamos de ti cariño, seguro que todo fue un éxito —y cerró su brillante actuación regalándole un guiño coqueto.
—Kaoruko…
—Olvidaste una regla muy importante, Futaba-han, siempre debes sentarte mirando a la puerta.
Aunque la razón por la que ella hacía eso no era tan inocente.
Claudine, testigo silencioso del acontecimiento, pasó su mirada de una a otra, confundida.
—¿Se conocen? —preguntó Claudine, la única testigo de esa escena.
Ahí estaba, interviniendo como si su rostro perfecto, su cabello de oro y sus tenaces ojos de rubí le dieran autoridad sobre sus asuntos. Por suerte su consigliere fue más rápida que su lengua mordaz, y evitó lo que pudo escalar a una discusión con una excusa y una sugerencia inocente.
—¿Importa si nos sentamos?
En definitiva, robar esos uniformes había sido la mejor idea que había tenido en su vida. Saijo, como era de esperarse, aceptó la propuesta con una sonrisa forzada, y a ella no le tomó más de un segundo para sentarse tan cerca de Futaba como le fue posible.
—¿Qué traman? —la escuchó preguntar en un susurro apenas audible— me has ocasionado muchos problemas el día de hoy.
—Temo que no entiendo de lo que hablas, cariño —respondió, tan cerca que se vio reflejada en sus ojos— somos chicas de intercambio en busca de compañía, ¿no lo ves?
—Así que estudiantes de intercambio —le repitió Futaba con desdén, en voz tan alta que todas pudieron escucharla—. ¿Cómo es que las aceptaron a estas alturas del año escolar?
Oh, ahí estaba ese fuego que la cautivaba tanto, siempre amenazando con quemarla si volaba demasiado cerca. Ella era Ícaro y Futaba el sol. Era lo que más disfrutaba del juego del gato y el ratón que llevaban jugando desde el día uno: Futaba siempre tenía las agallas suficientes para retarla.
—Siempre tan curiosa —sonrió—. Si en verdad quieres saberlo, la directora estaba tan impresionada con nuestro expediente que decidió darnos una oportunidad.
Eso hizo que Claudine se inclinara sobre la mesa.
—¿Souda-sensei?
—Esa misma, ¿pero por qué no hablamos de algo más interesante? —y en seguida dio unos codazos al costado de Futaba—. Por ejemplo, ¿por qué luces tan frustrada con ese asunto de la cita?
—No veo por qué estarías tan interesada en saberlo, no es asunto tuyo.
Siempre tan impertinente. Acercó su mano a la suya, rozándola con su dedo meñique para apartarla bruscamente cuando creyó que Futaba estaba a punto de reclamar.
—¡Oye!
Robó su jugo y se lo llevó a los labios.
—Lamento si te puse incómoda —dijo sin lamentarlo en lo absoluto— también tuve mi primera cita este fin de semana, así que sigo algo sensible por el tema.
Bebió un poco, tanto para deshacerse del desagradable gusto que le dejó la menta como para enfurecer a su chica, sintiendo como una gota de naranja resbalaba por su mentón.
Por un momento solo existieron las dos en el mundo; los ojos de Futaba siguieron la trayectoria del líquido hasta que se perdió en el interior del uniforme, muriendo entre sus pechos. Kaoruko no era tonta, sabía que su cuerpo servía como un cebo, y si usarlo ayudaba a cumplir sus objetivos, lo haría sin dudar.
—¿Estás nerviosa, Futaba-han?
—¿Nerviosa? —el temblor en su voz era evidente— ¿por qué lo estaría?
—Estaba en pánico la tarde anterior. —le contó Claudine con un pequeño toque de malicia que le agradó—. Estaba pálida y nerviosa, me suplicó que la acompañara de compras.
—¡No supliqué! —Futaba alzó la voz— a-además eso le pasa a cualquiera.
—No a mí.
—Es cuestionable —corrigió su querida consejera con una sonrisa— recuerdo que hizo un escándalo en el centro comercial por no conseguir los zapatos perfectos, Hanayagi-san.
Kaoruko frunció el ceño. Sí, quizá había perdido los estribos, pero tenía buenas razones para ello. Si esa tienda debía el equivalente a dos meses de pizzo por su protección, como mínimo deberían tener los zapatos que les solicitó con días de anticipación. Solo era, como todo, una parte de su trabajo.
—Todo debía ser perfecto —respondió, un poco avergonzada— después de todo esa linda chica se merece lo mejor.
—Una chica linda… —el rostro de Futaba estaba lleno de resentimiento— no puedes decir eso tan a la ligera.
No era a la ligera, se lo había dicho más de una vez. Saijo intervino, comentando que pese a sus hoscas palabras, Futaba consideraba a su cita muy linda, e incluso tenía su fotografía en la pantalla de su teléfono.
Lo sabía. Sabía todo sobre ella. Se deslizó más cerca suyo, rozando sus hombros al mismo tiempo que señalaba su pequeño atrevimiento. Por fin estaba a su alcance, no tendría que extrañarla más.
—¡¿Y eso qué más da?!
Pero su chica no parecía tan feliz como ella.
—No es como si a ella le importara de todas formas, estuvo tras de mí por esa tonta cita durante días y luego me dejó de lado como si no hubiese significado nada. ¡¿Por qué me habría de preocupar?!
A partir de ahí, todas guardaron silencio.
Futaba estaba jadeando; sus hombros delgados se estremecían al ritmo de su respiración. Kaoruko no pudo hablar. Una ligera sensación de culpa llenó su pecho, reemplazando los celos y trayendo a su memoria las palabras que Maya le había dicho esa mañana, cuando el mundo parecía tranquilo en la seguridad de su auto negro.
Por el bien de los que la siguen, y por el bien de los que la apoyan.
Todo lo hacía por ella, para ver la sonrisa que le dedicó en la cima de la Torre de Tokio momentos antes de que sus labios se unieran por primera vez. Kaoruko no solo quería ver esa felicidad, quería ser la fuente de ella, e iba a serlo a toda costa.
—Bueno, quizá no deberías sacar conclusiones apresuradas por ti misma.
Futaba la miró, frustrada.
—¿Y por qué no?
—Porque si yo fuera esa chica, jamás me alejaría de ti. —Por un momento se sintió tan vulnerable que le resultó patético, pero tomó aire y siguió adelante—. Quizá también estaba nerviosa, quizá había otros asuntos imposibles de posponer, puede que esa cita también significara el mundo para ella.
—¿Eso crees?
Se alejó un poco, lo suficiente para mirar directamente su rostro. En sus ojos encontró el mismo sentimiento que descubrió durante su cita, tan suplicantes y a la vez tan suyos.
"Quiero besarla". Pensó para sí, lamiendo sus labios disimuladamente al mismo tiempo que le acariciaba el cabello. Ya habría tiempo para eso, por el momento solo se limitó a murmurar:
—Te lo aseguro —su mano bajó a través de su rostro, recorriendo su flequillo rojo con sus dedos para bajar por su pómulo hasta detenerse en su mejilla. Futaba se inclinó para recibir mejor su tacto.
—Más vale que no vuelva a suceder.
Kaoruko rió suavemente.
—Presiento que no pasará.
Maldita sea, esa niña estaba haciendo estragos con ella. Vio cómo sus ojos se movían por su rostro, bajando hasta sus labios para desviarse a lo que le quedaba de comida.
—¿Vas a decirme que estás haciendo aquí? —susurró solo para ella.
—No hay necesidad de apresurarse, cariño —respondió, abriendo la caja de su bento y separando sus palillos; se estaba muriendo de hambre— lo sabrás a su debido tiempo, quizá en un par de días.
—Eso no es tranquilizador…
—Lo repetiré: no hay nada de lo que debas preocuparte. —Se llevó un poco de anguila shirayaki a la boca, tan deliciosa que soltó un suspiro de satisfacción—. Si estás conmigo puedes olvidarte de todas esas cosas.
—No necesito que me cuides, pero gracias por intentar.
Oh, si tan solo aprendiera a mirar a su alrededor. Tragó toda su ironía y, como una especie de venganza personal, colocó una discreta mano encima de su rodilla por debajo de la mesa.
—O-Oye…
—Guarda silencio —ordenó— no querrás que nuestras queridas amigas descubran nuestro juego, ¿verdad?
En realidad no importaba mucho, Tendo estaba tan concentrada en su trabajo que dudaba que pudiera ver otra cosa que el pequeño puchero en el rostro de Claudine. Sus manos estaban temblando.
—Ustedes robaron los uniformes de Nana y Hoshimi…
Sus dedos se deslizaron a través de piel blanca y suave, inmaculada ante todo tipo de roce, subiendo hasta alcanzar el borde de su falda.
—¿La gigante y la cuatrojos? Si lo sabes no hay necesidad de preguntar. —Probó terreno, subiendo un poco más—. Ya los devolveremos.
—¿Cuándo?
—Eventualmente.
—Ahora. —Estaba tan cerca que sintió el calor que desprendía su rostro—. Deben irse, su presencia es muy peligrosa para un sitio como este.
¿Peligrosa? ¿Ella? La sola insinuación la hizo sentir irritada. Ya le mostraría que tan peligrosa podía llegar a ser.
—¿Te sientes en peligro conmigo, cariño?
Dejó que su mano explorara a sus anchas, palpando descaradamente el interior de su muslo. Estaba tan emocionada que sintió su vista nublarse por la codicia y el deseo. Deseaba más, quería familiarizarse con el pequeño cuerpo que…
—¡No digas obviedades!
Retiró la mano de inmediato, sintiendo su dorso arder por el tremendo pinchazo que Futaba le había dado. Frotó la herida con cuidado, aliviada de que nadie hubiese visto semejante humillación.
—¿Eso era necesario?
—Agradece que no fue más fuerte —dijo Futaba tomando de su jugo; el rubor que había en su rostro hace unos instantes había desaparecido por completo— y si te sigues comportando como una depravada habrá más de dónde salió ese.
Esta era la segunda niña que se creía con la autoridad de darle órdenes. Olviden una guerra interna, si su abuela se enteraba de eso le quitaría el apellido y la dejaría en la calle. Pero no se daría por vencida, le demostraría de una vez por todas que Hanayagi Kaoruko era un hueso duro de roer, y lo haría usando su mejor estrategia.
—Futaba-han. —Tomó un poco de anguila con sus palillos y la acercó a su rostro—. Ya sabes que hacer.
Y justo como lo planeó, el efecto fue casi inmediato.
—¡¿Por qué siempre haces lo mismo?! Además, ¿de dónde sacaste eso? Estoy bastante segura de que no lo preparan en la cafetería.
—Es un pedido especial —respondió, aunque tampoco estaba muy segura de su procedencia—. ¿Recuerdas lo del cebollín de la última vez? Me la debes Isurugi, así que abre la boca.
Las mujeres del Clan Hanayagi siempre cumplían sus amenazas, fuesen del tipo que fuesen.
—No entiendo que ganas con esto…
—No necesitas entender, Futaba-han.
Futaba suspiró, como hacía cada vez que intentaba ocultar lo mucho que la tentaban sus ofertas, abrió la boca y recibió el bocado sin contratiempos. De haber sabido su debilidad por la carne se habría olvidado de la moto y le habría regalado el pase a un buffet.
—¿Quieres un poco más?
—Ni hablar.
—Por favor —se acercó, con sus hombros en un contacto total y constante, al punto en que sintió cada temblor como propio; o quizá realmente era ella la que temblaba—. Eres mi chica, déjame consentirte.
No entendió qué significado debían de tener esas palabras para ella, pero el rostro de Futaba se transformó en una mueca de indignación, tomó su bandeja y se levantó de la mesa.
—¡Es suficiente!
—¿A dónde vas, Futaba-han? —preguntó en medio de un puchero— pensé que nos estábamos divirtiendo.
—Tú te estás divirtiendo, además falta poco para que termine el almuerzo, así que va siendo hora de que…
—…Nos muestren la escuela.
Ese era su momento, estaba justo donde debería y no dejaría escapar esa valiosa oportunidad.
—¿Perdón?
—Ya me escuchaste —se levantó para ir tras ella, sacudiendo algunas migajas que se habían quedado pegadas a su uniforme escolar—. La escuela es bastante grande y no sería muy amable dejar que un par de pobres estudiantes de intercambio se perdieran en sus alrededores, ¿no lo crees?
Maya no tardó en secundar su moción, e incluso esa molesta chica francesa aceptó su petición a regañadientes. Tres contra una, una apuesta segura.
—Si no te apetece acompañarnos puedes adelantarte a clase, Futaba.
La aludida miró a su amiga con incredulidad.
—¿Eh?
Kaoruko aprovechó para acercarse a ella, acariciando su brazo en un movimiento suave. Era delgado pero firme, con unos músculos marcados que pudo contornear por encima de la tela. Alguien así de fuerte le vendría bien a su pequeño ejército, o mejor aún, vendría bien bajo sus sábanas en una noche fría.
—Así es, Futaba-han —dijo con un brillo de malicia en sus ojos marrones— tú puedes ir a entrenar estos músculos y darnos tiempo suficiente para conocer mejor a Kuro-han, si sabes a lo que me refiero.
Preparó el señuelo, lanzó el anzuelo al agua y el pez más grande del estanque no tardó en picar.
—¡De ninguna manera! Iré con ustedes.
Misión cumplida.
—Tal como lo planee…
—¡¿Dijiste algo, Kaoruko?!
—Para nada.
Por primera vez en todo el día, pese a que apenas tuvo oportunidad de probar algo de su almuerzo, se sintió en control.
Una vez estuvieron en el pasillo, siguiendo el liderazgo de la aclamada Top Star de la escuela, la voz desesperada de Hoshimi Junna llegó a ellas desde un vestidor al final del corredor.
—¡Es imposible que dos uniformes desaparezcan de la nada!
Kaoruko, que se sentía como si acabara de quitarle un dulce a un bebé, se atrevió a sonreír.
—¿Quién sería capaz de robar un uniforme, Tendo-han?
Tendo esbozó una sonrisa discreta.
—Alguien sin escrúpulos seguramente, Hanayagi-san.
Futaba, que caminaba unos pasos frente a ellas, las miró por encima del hombro con gesto severo.
—O un par de cabezas huecas.
—Olviden eso y vamos a concentrarnos en lo importante antes de que se nos adelante la campana —exigió Saijo quizá con demasiada brusquedad—. ¿En qué clase están?
—No estamos seguras aún —respondió su consigliere— las pocas ocasiones que hemos estado aquí las pasamos en el auditorio o dentro de la oficina de la directora.
—¿Auditorio? —repitió Claudine— ¿han visto alguna de nuestras producciones?
—Starlight.
—Fue magistral. Me hizo descubrir algunos… Aspectos muy interesantes de mí misma.
Futaba desvió la mirada, rascando la parte trasera de su cuello ya sea por los nervios o como una excusa para huir de sus roces furtivos.
"Quiero besarla", volvió a pensar incluso más ansiosa que la primera vez. Estaba a una distancia perfecta para tocarla y sería tonta si no aprovechaba la oportunidad.
Su mano se escabulló por encima de su cintura, palpando decididamente. Esperó el momento en que pasaban junto al aula de danza tradicional y, luego de una breve explicación de Claudine, usó todo su sigilo para abrir la puerta y empujarla dentro.
—¡¿Qué estás…?!
La atrajo contra su pecho apenas sintió el tatami bajo sus pies, en un abrazo firme y codicioso. Estaba ahí, aferrada a ella, no en la calle a merced de cualquier desconocido que quisiera usarla para su beneficio. Por fin estaba dentro del único lugar al que pertenecía, entre sus brazos.
—Te extrañé… —murmuró, hundiendo su rostro en la curva de su cuello, aspirando el aroma de su shampoo.
Futaba, aún algo dudosa, se relajó en su agarre.
—No creo —respondió con brusquedad— fueron tres días en los que sólo enviaste un par de mensajes.
—Fueron los peores días de mi vida, te lo aseguro —su cintura era tan firme como sus hombros, fortalecida por su constante entrenamiento— trabajo y más trabajo, una reunión tras otra. Cielos, no sabes lo mucho que ansiaba un descanso.
—Me asusté —confesó, correspondiendo el abrazo—. Recibir tantos mensajes en la madrugada, sin ninguna información. Temí que estuvieras en problemas...
El capo sonrió.
—¿Estabas preocupada por mí?
—Ya quisieras.
Pero pese a su tono irritado pudo sentir su sonrisa contra su cuerpo. Kaoruko se alejó en busca de sus ojos, las mismas piedras preciosas que robaron su corazón desde el momento en que abandonó el teatro. Amaba esa diferencia de estatura entre ambas, como su chica parecía encajar en su cuerpo como si estuvieran hechas la una para la otra.
—Verte vestida así es tan extraño —dijo Futaba entre risas— pareciera como si tuvieras mi edad.
—¡Oye! —reclamó— aparento ser mucho más joven de lo que realmente soy.
—Joven, por supuesto…
—¿Te estás burlando de mí?
—Si tienes mi edad, puedo burlarme de ti sin mucho problema, ¿no?
Sintió como sus manos subieron hasta su cuello, provocándole escalofríos.
—¿Y la criminal soy yo? —la distancia entre sus rostros se fue acortando poco a poco.
—Tú eres la madrina.
"Quiero besarla", pensó por tercera vez, pero en esa ocasión decidió que su deseo se haría realidad.
—Tú lo has dicho.
Cómo había extrañado sus labios, suaves y con un delicado sabor a dulce que hacía lo imposible para seguir su ritmo paciente, probando y mordiendo con delicadeza.
—Sabes a menta —dijo Futaba en medio del beso.
—No esperabas que una dulce chica de preparatoria apestara a tabaco, ¿verdad?
La empujó suavemente hasta sentir como su espalda se encontraba con la pared, entrelazando sus piernas mientras seguía aferrada a sus labios como si estos fuesen a desaparecer en cualquier momento. Esa aula era suya, su pequeño lugar privado. El único mundo que pretendía conquistar.
—Espera —pidió Futaba sin aliento, a la vez que su mano se posaba sobre uno de sus hombros— hay algo que…
—Ya esperé demasiado.
—Pero debo regresar —insistió— si no lo hago, Kuroko…
En cuanto el nombre llegó a sus oídos una amenazadora chispa se encendió dentro de su cabeza, repitiendo el nombre una y otra vez en un bucle infinito. Siempre parecía haber algo interponiéndose entre ellas, ya fuera amigo, enemigo o Saijo Claudine.
—¿Kaoruko?
Se acercó más, de modo que su cuerpo quedó completamente pegado al suyo. En esa posición podía sentir todo el calor que desprendía, cada latido y cada suspiro.
—Futaba-han es mía.
El pensamiento hizo que sus movimientos se volvieran más demandantes, ladeando su rostro para profundizar el beso, recorriendo el contorno de sus labios con su lengua para pedirle entrar mientras un solo pensamiento nublaba su mente.
"Mía, mía, MÍA".
En un descuido, mientras Futaba luchaba por tomar una bocanada de aire, Kaoruko aprovechó para que su lengua se abriera paso dentro de su boca, comenzando a danzar en torno a la suya mientras iba descubriendo cómo seguir su paso. Sintió como las piernas de la chica más pequeña perdían fuerza, haciendo que se resbalara por la pared hasta sentarse en el suelo. Ella, por supuesto, no tardó en seguirla.
—Detente —pidió Futaba cuando se separaron un momento, con un delgado hilo plateado conectando sus rostros. Ella no respondió, colocó sus manos sobre el moño de su uniforme, desatando y dejándolo a un lado— ¿me estás escuchando? ¡Oye!
—Silencio.
Tomó los botones de su camisa y los abrió de uno en uno, lo suficiente para ver como su pecho subía y bajaba con frecuencia. Futaba estaba más ruborizada que nunca, desviando la mirada a cualquier lugar que no fuera ella.
—Lo demostraré —entonces sus labios se aferraron a su cuello, besando y lamiendo con insistencia, atrapando un poco de piel entre sus dientes— que eres mía.
—K-Kaoruko…
Quería escucharla decir su nombre, solo el suyo. Su mano subió un poco más, de su cadera a su cintura, tanteando uno de sus costados para probar terreno. Dejaría su marca sobre ella, así nadie se atrevería a acercarse a menos de medio metro sin su permiso. La atraparía entre sus brazos, ahí donde podría protegerla día y noche para que nadie le hiciera daño.
Besó todo el camino de su esternón hasta su mentón, y cuando estuvo a punto de reclamar sus labios nuevamente se topó con sus ojos. Amaba ver el rostro de sus chicas cuando las complacía, pero no le tomó mucho tiempo darse cuenta que esa no era una expresión de placer.
Futaba tenía miedo.
—¡Te dije que te detuvieras!
El dolor la hizo volver en sí, llevándose una mano a la cima de la cabeza, ahí en donde Futaba había dado un golpe seco con el costado de su mano para quitársela de encima. La sintió deslizarse debajo suyo, alejándose lo suficiente para tomar aire.
—No tienes ni una pizca de autocontrol, ¿verdad? —ruborizada hasta las orejas, Futaba sacó su móvil del bolsillo de su blazer, abrió la cámara frontal y revisó su cuello en áreas que no podía ver a simple vista—. ¡Incluso me dejaste una marca!
—P-Por supuesto —declaró con fingida indignación— eres mía, así que estoy en mi derecho de…
—¡Para con eso de una buena vez!
La angustia en su voz la calló de golpe, de modo que ambas se miraran sin saber qué decir. Su respiración hacía eco en un aula vacía. Futaba miró al suelo con una de sus manos presionando su cuello, como si quisiera ocultarlo del mundo y de ella misma.
—No te entiendo…
Incluso su voz parecía débil e incierta. Por un momento pensó en acercarse, pero su último rastro de cordura le dijo que lo más apropiado sería darle su espacio.
—Esto es demasiado para mí.
—No tiene nada de malo —respondió con la voz más suave que pudo modular— es normal para personas con una relación como la nuestra hacer este tipo de cosas.
—¿Y qué somos nosotras?
No pudo responder.
—No es como si me opusiera —continuó tímidamente— cosas como los besos no están del todo mal, pero esto que acaba de ocurrir…
Al final decidió arriesgarse, se adelantó y acarició su rostro suavemente, sintiendo como la piel se tensaba bajo sus dedos.
—Por favor, continúa.
Futaba suspiró.
—Esto fue abrumador.
Kaoruko rememoró su expresión: ojos desorbitados, mejillas rojas y la boca abierta en expresión de asombro. Incluso le recordó al hombre de la motocicleta con la aguja de su tacón clavada en el cuello, tan vulnerable como una de sus presas.
"Por el bien de los que me siguen, y por el bien de los que me apoyan".
—¿Puedo? —cuestionó con voz suave, señalando su regazo. Futaba parpadeó un par de veces pero, luego de unos segundos de meditación, asintió.
—Solo no te propases.
Una punzada de culpa atravesó su pecho.
—Está bien.
Futaba se sentó en seiza, permitiendo que Kaoruko recostara su cabeza sobre sus piernas para luego limitarse a acariciar su cabello en silencio, con gentileza, hundiendo sus dedos en largos mechones de color azul.
—No entiendo porque tenías que mencionarla. —Las palabras escaparon de sus labios mucho antes de que pudiera detenerlas—. Estábamos solas al fin, no tenías…
—¿Todo esto es por Kuroko?
—¿Por quién más? —su mirada era tan pesada que no pudo sostenerla por más tiempo— quería estar contigo, ella no pintaba nada aquí.
Futaba frunció el ceño.
—¿En serio es eso? —preguntó— ¿hiciste todo solo por celos?
—¡No son…!
—Kaoruko.
De nuevo se sintió como una niña, torpe e inexperta, sin esa emoción revitalizante que ganó cuando se puso el uniforme. Tan temerosa como en el momento en que jaló el gatillo de su arma movida por la rabia. Tenía miedo. Estaba aterrorizada de que algo le arrebatara ese pequeño trozo de felicidad. Su estrella de los deseos.
—Escucha —Futaba soltó un suspiro— no entiendo el rumbo que está tomando nuestra relación.
—Es obvio, ¿no?
—No lo es —refutó contundente— y no deberías asumir esa clase de cosas por ti misma, ¿sabes?
Asumir. Tendría que hablar seriamente con Tendo cuando eso terminara.
—Todo ese asunto de «tuya» es sobrecogedor —sus dedos se detuvieron por un instante— quiero decir, llevo conociéndote poco más de una semana, y nuestro encuentro fue todo menos normal.
—Este tipo de cosas son muy normales en mi mundo.
—Tú lo dijiste, tu mundo. —Futaba dio otro golpecito en su frente—. Eres la primera persona con la que quiero salir, y no pretendo que todo esto termine mal por ir tan aprisa.
Una palabra en esa oración capturó su atención.
—¿Quieres…?
—No te adelantes —dijo más tranquila, aunque entre risas nerviosas—. Quiero conocerte un poco más, aprender más de ti, convivir contigo, entenderte más y decidir por mí misma si quiero que demos el siguiente paso.
—¿Y ese es…?
—No me obligues a decirlo en voz alta —echaba humo por las orejas—. A lo que me refiero es que, pese a que tu modo de vida me aterre, y créeme que me aterra, me gustaría darte una oportunidad.
Las mejillas de Kaoruko se tiñeron de un suave color rojo.
—Durante nuestra cita —continuó— pude ver a la verdadera Kaoruko, la que se oculta bajo toda esta parafernalia de chica dura, y si voy a correr el riesgo, quiero hacerlo por la verdadera tú.
Kaoruko se incorporó de golpe, tan rápido que casi hace que las dos caigan sobre el tatami, tomó una de sus manos y besó sus nudillos con delicadeza.
—No vas a correr ningún riesgo mientras estés conmigo—le aseguró, aunque no tenía alguna forma de saberlo—. No te arrepentirás de darme esta oportunidad.
—Siempre y cuando no me dejes más regalos extraños en la puerta…
—Eso no te lo puedo garantizar.
Futaba arrebató su mano bruscamente.
—Entonces tampoco puedo garantizar esa oportunidad.
—¡Eso es cruel!
—¡Es menos de lo que te mereces por dejarme esa marca!
Kaoruko infló las mejillas en un puchero silencioso, dejándose caer nuevamente sobre sus piernas para hundirse en esa reconfortante calidez. Suspiró. inhalando esa fragancia que se quedó impregnada en su subconsciente. Al fin de cuentas, incluso aunque no fuera suya por completo, disfrutaría su compañía hasta el final.
No permitiría que nadie le hiciera daño, ni siquiera ella misma.
—¿Ya vas a decirme que estás haciendo aquí?
—Negocios —respondió encogiéndose de hombros— simplemente me salté un par de protocolos para secuestrarte un rato.
—No utilices esa palabra —Futaba la miró cansada—. Espera un minuto, ¿entonces en verdad conoces a la directora?
—Por supuesto, a tu sensei le encanta el póker —dijo entre risas como si estuviera contando un chisme muy jugoso— pero es pésima, pierde tres de cada cinco manos y nunca puede parar. Me debe tantos yenes en crédito que me daría para comprar la mitad de la escuela.
—Eso es preocupante…
—Muchas cosas en este país lo son, pero eso hace que pueda visitarte tanto como me apetezca. —Sintió que estaba a punto de quedarse dormida, pero un recuerdo hizo que abriera los ojos otra vez, mirando al techo con expresión pensativa—. Me pregunto cómo le irá a Tendo-han…
Futaba alzó una ceja.
—¿Con qué?
—Con Kuro-han —aclaró con una sonrisa traviesa— ese enamoramiento obsesivo que tiene por ella está alcanzando límites absurdos, así que le dí unos consejos para que se ganara su corazón y dejara de torturarme con ese tonto musical.
Las manos sobre su cabello se tensaron al instante, como si hubiera presionado una especie de interruptor.
—¿...Qué hiciste qué?
—Ella quería su maldito autógrafo, así que le dije algunas cosas para… —el apoyo bajo su cabeza desapareció y su nuca golpeó dolorosamente sobre el tatami. Soltó un leve quejido, incorporándose con los ojos llorosos—. ¡...Oye!
—¡Casi olvido a Kuroko! —Futaba arregló su ropa a velocidad luz, abotonando su camisa y atando torpemente el moño alrededor de su cuello— no sé lo que esa extraña mujer pueda hacerle.
—Tendo-han es tan inofensiva como un cachorro —dijo restándole importancia— o al menos lo es en su vida diaria. El otro día la envié a cobrar algunas deudas y el tipo se rehusó a pagar, entonces…
—¡No quiero saber!
—¡Pero la parte de los dedos es la más divertida!
Futaba palideció, y en menos de lo que canta un gallo ya se encontraba corriendo a través del pasillo, empujando a quien se pusiera en su camino y abriendo todas y cada una de las puertas a su alcance.
—¡Kuroko!
Kaoruko, levantándose con pereza, estiró sus músculos y la siguió a paso tranquilo, sabiendo exactamente dónde buscar.
—Siempre tan animada…
Cuando el receso terminó, dejándola más cansada que en toda su vida, Kaoruko se dio cuenta de que todas sus inseguridades habían desaparecido.
—Odio cuando tienes razón —dijo a Maya mientras observaba su propia imagen en el espejo del estudio. Ahí estaba ella otra vez, la Kaoruko de siempre arreglando su sombrero.
—¿En qué? —preguntó su consigliere mientras se recogía el cabello en una coleta alta.
—Con lo de Futaba-han…
—Bueno, a veces las palabras son más útiles que los actos.
—¿Crees que lo mismo aplique para la guerra?
Tendo lo meditó un momento, de brazos cruzados, mientras escrutaba la mancha de sangre que a esas alturas ya había tomado un tono marrón oscuro.
—Nadie quiere una guerra, Hanayagi-san, ni nosotros, ni el resto de los Clanes, ni la policía.
—Pero muchos van a seguir a Kirin-han.
—Me temo que sí —asintió—. Puede que en estos momentos esté haciendo aliados, o puede que los tenga ya.
—Quiero que todas se movilicen a partir de mañana, Akikaze-han, Yumeoji-han, incluso Otonashi-han dentro de nuestros clubs. Quiero que investiguen quiénes de nuestros socios siguen siendo confiables antes de cualquier movimiento.
—El conocimiento es poder, mi querida amiga, y vamos a exprimir hasta la última gota de información que ese matón que capturamos tenga.
—Sobre eso… —Kaoruko bajó la mirada, repentinamente avergonzada, buscó los ojos de Tendo y, por primera vez, fue ella la que hizo una reverencia—. Quiero pedir tu perdón por el incidente de esta mañana, Tendo-han.
Su compañera abrió los ojos como platos, incrédula, negando furiosamente.
—No tiene nada de qué disculparse, Hanayagi-san, menos con todo lo que su familia ha hecho por mí.
—No hay motivos para ser incompetente en algo que nos involucra a todas. A partir de hoy te prometo que buscaré tu consejo antes de tomar cualquier decisión.
—Hanayagi-san…
—Que Kirin-han se proclame Capi di tutti Capi me repugna —hizo una mueca de disgusto— pero no sería mejor que él si obligo a las demás a seguir un camino suicida solo porque tengo la boca muy grande.
Kaoruko tragó hondo y continuó.
—Con o sin guerra, tomaré las decisiones que más convengan a los Hanayagi, por el bien de los que me siguen y por el bien de los que me apoyan.
Tendo sonrió, se acercó a ella y colocó su mano sobre uno de sus hombros tiesos, con la misma calidez con la que lo había hecho desde el instante en que la extraña simbiosis a la que llamaban amistad comenzó a formarse.
—Y yo la acompañaré hasta el final, con o sin guerra.
—Esperemos que sea sin ella, al menos por un par de meses más —se apartó de su agarré, echándose la mochila marrón sobre el hombro—. Por cierto, ¿Kuro-han vio algo que no debería?
—No —respondió Maya— llegué justo a tiempo para detenerla.
—Menos mal, ella no parece tan fácil de sobornar y sería una lástima tener que deshacernos de ella antes de que lleve a cabo mi plan.
Maya, reemplazando la familiaridad de antes por su máscara de consigliere, la miró con atención, atenta a sus palabras.
—¿De qué se trata?
Kaoruko se detuvo a medio camino de la puerta, dando un último vistazo al reflejo en el espejo. Ya no vio a una chica usando su uniforme por primera vez, vio poder, dinero y peligro. Un dragón expulsando humo de sus pulmones.
Al final, sin importar la amenaza, ella sería quien brillara por encima de los demás.
—¿Hanayagi-san?
—Te enterarás en cuanto lleguemos al despacho de Souda-sensei —respondió, abriendo la puerta y comenzando su recorrido hacia la oficina de la directora— podrías comenzar con memorizar estos pasillos, vas a recorrerlos por un tiempo.
—¿Disculpe?
—Kirin-han intentará atacarnos en nuestro eslabón más vulnerable —dio una calada larga, soñando con cabello rojo— y yo me encargaré de que esa sea la peor decisión que haya podido tomar.
