—Gracias.
Lucy se sintió obligada a decirlo, pero espero a llegar a la casa para poder entrar corriendo antes de que Erik pudiera contestar. Apenas había entrado, una risotada de Makarov la sorprendió.
—Demonio de muchacha, realmente no pensaba que te salieras con la tuya. Si eres capaz de convertir a vaqueros en criadas, supongo que podrás hacer cualquier cosa que te propongas. Le haré saber a Porlyusica que ya puede dejar de preocuparse por esa fiesta suya de postín.
Lucy no esperaba sentirse también por recibir un cumplido de Makarov Dreyar. Un poco azorada por ellos, le preguntó:
—¿Dónde están los utensilios de limpieza?
—Hay un armario cerca de la cocina. Creo que las escobas y los cupos se guardan ahí.
Lucy se dispuso a repartir los utensilios de limpieza y asignar las tareas antes de buscarse una para sí misma. Le habría gustado limpiar a fondo también las paredes, pero tal vez eso sería demasiado. Tampoco pediría a los hombres que fregasen el suelo. Eso ya lo podía hacer luego la criada cuyo trabajo era ese. Los jornaleros ya eran bastante amables con ayudar, tampoco iba a obligarlos. Y no podía dejar de ponerse manos a la obra también ella. De eso ya se había dado cuenta. Por mucho que deplorasen la idea de ensuciarse, ¿cómo no iba a hacer ella lo que les estaba pidiendo a unos vaqueros? Limpiar una casa era una tarea tan extraña y repugnante para ellos como para ella.
Comenzó con el vaquero del mostacho largo.
—Por favor, lleva todas las alfombras fuera y sacúdelas con una escoba para quitarles el polvo. Supongo que puedes colgarlas en la baranda del porche... pero en las del otro lado de donde está tu jefe. No hace falta molestarle más de lo indispensable.
—Si te deja montar todo este tinglado —dijo el vaquero sonriendo—, tampoco se enfadará si lo molestamos un poco.
Lucy le dio una escoba a otro hombre y luego un cubo y una fregona al tipo que tenía a su lado.
—Toda la planta baja, por favor —ordenó—. En cuanto una sala esté barriga, fregadla. Y necesitaré un voluntario para limpiar el hogar y la chimenea, que será la tarea más dura. —Silencio—. ¿Y bien?
—Ya lo haré yo —alzó la voz un vaquero flacucho—. Mi madre me hacía limpiar la chimenea cuando yo era un rapaz, así que sé cómo se hace.
El vaquero bajó la mano hasta la rodilla para indicar lo bajito que era en esa época, evidentemente una exageración, pero provocó las risas de los demás. Incluso Lucy sonrió antes de encargar a los tres últimos hombres que sacaran los muebles para limpiarlos y darle a uno de ellos un tarro de cera de abeja para dar lustre a las mesas.
Una vez ocupados todos los vaqueros, Lucy decidió atacar en persona la cocina. Parecía lo apropiado, teniendo en cuenta que esperaban que ella trabajase allí. Solo tenía que contar hasta diez y reunir el valor suficiente para coger el primer trapo sucio.
—Tal vez sería mejor si llenases antes de agua el fregadero —dijo una voz profunda detrás de ella.
Se volvió en el umbral de la puerta, pero Erik ya la había rodeado y entraba en la cocina. Lucy se quedó inmóvil. Erik se había ofrecido a ayudar, aunque ella no pensó que lo dijera literalmente, motivo por el cual no se había atrevido a asignarle ninguna tarea. Además, ya había ayudado al convencer a los jornaleros de que hicieran la limpieza más dura.
Erik comenzó a bombear agua en el fregadero y luego echó dentro un puñado de pastillas de jabón de una caja que había en el alféizar sobre la encimera.
—Será más fácil lavar todo esto si antes lo remojamos un poco.
Los platos sucios formaban una pila alta en la encimera del centro de la cocina. Lucy se estremeció sólo de pensar en tocarlos y no respondió. Aunque había docenas de preguntas que le gustaría hacerle, no se sentía con el valor suficiente para hablar con él. Lo único que podía hacer era imaginárselo asaltando trenes o una diligencia, incluso un banco. ¿Tan versátiles eran los forajidos?
Erik se quitó la chaqueta y el sombrero y los colgó en un gancho junto a la puerta trasera. Luego se arremangó. Se le veía fuera de lugar en la cocina con sus anchos hombros, sus musculosos antebrazos desnudos y la pistola todavía al cinto. Comenzó a raspar los platos para verter los restos en una olla grande y los fue dejando en el agua jabonosa. Verle trajinando en la cocina le hacía parecer menos intimidador y le aflojó la lengua a Lucy.
—Señor Erik...
—Erik Grant.
—Señor Grant...
—Con Erik es suficiente.
—Perdone, es que no puedo abandonar la etiqueta de toda una vida de un día para otro. Señor Grant, solo es una conjetura, pero ¿sabe usted algo de cocinar?
Erik casi sonrió, Lucy hubiera jurado que estaba a punto de hacerlo, pero no lo hizo.
—Sé que cuando hierve el agua hay que hacer algo con ella. Y sé que el pan necesita levadura, pero no tengo ni idea de qué más.
—Yo tampoco —confesó ella con un suspiro—. Cuando le dije al señor Dreyar que no cocino, no solo me refería a que no forma parte de mis obligaciones como ama de llaves, sino a que no sé hacerlo. No estoy segura de si me oyó o si prefirió no oírme, muy probablemente esto último.
Lucy vio que él no quería hablar del asunto, pues llenó otro cubo de agua y lo dejó en la amplia encimera junto al fregadero y le dijo:
—Usted lave y enjuague. Yo secaré.
Lucy se arremangó tanto como pudo, que no era mucho con aquellos puños tan estrechos. Su vestido amarillo se echaría a perder. Ya lo sabía.
Si su madre pudiera verla en ese momento, pensaría que Lucy había perdido la cabeza. ¿Valía la pena aquel trabajo penoso para poder conocer a Laxus disimuladamente? Tal vez no, pero no conocer al hombre que le había provocado tanta lágrimas sí que hacía que valiera la pena. Dos meses. Solo dos meses y se volvería a su casa sin haber visto a su padre.
Apretando los dientes, dio un paso adelante para aceptar el trapo que le ofrecía Erik. Con el rabillo del ojo vio una caja de madera, la caja del pan, en la mesa esquinera, lo que le dio una idea sobre cómo resolver el problema de cocinar.
—¡Pan! Hay una panadería en el pueblo. ¡Haré que nos traigan el pan! —No se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta que Erik contestó.
—Dudo que los Dreyar vayan a comprar algo que esperan que haga usted. Además, no puede darles de comer solo pan.
Avergonzada, metió las manos en el agua y agarró un plato para fregarlo antes de decir:
—Mañana buscaré un libro de cocina en el pueblo.
—Le deseo suerte.
A Lucy no le pareció que fuera un sarcasmo. Lo miró para asegurarse y se dio cuenta de que estaba demasiado cerca de ella. Quiso poner un poco más de espacio entre los dos, pero temió que él lo notara y se sintiera insultado. ¡No permitiera Dios que insultase a un forajido!
Aunque en aquel momento no parecía un forajido. De hecho, su expresión era inescrutable. Y cuando le cogió el plato de la mano para empezar a secarlo, casi se le escapó una risita nerviosa. ¿Qué le había dicho? Ah, sí, que era poco probable que encontrase un libro de recetas en el pueblo. Erza ya había observado que en la tienda del pueblo probablemente solo tuvieran productos básicos. Pero, ¿dónde la dejaba eso a ella?
—¿El tal Richard no podría cocinar también para los patrones? —preguntó desesperada.
—Ya se lo pidieron y se negó. Cocina para los jornaleros, en los pastizales o en el barracón dormitorio. Además, su comida sencilla tal vez llene, pero suele ser insípida.
A Lucy ya no se le ocurría cómo iba a cocinar para aquella gente sin algún tipo de instrucciones.
Le alargó otro plato a Erik. Esta vez sus hombros se tocaron y ella sintió un en el estómago del susto. Sin embargo, él no pareció darse cuenta. Se apartó poco a poco de él para que no volviera a ocurrir.
Mientras frotaba el plato siguiente un poco más fuerte, dijo:
—Mañana le enviaré una carta a mi madre. Puedo pedirle que me mande un libro de cocina.
—¿Y entretanto?
Casi todo lo que decía Erik Grant parecía indicarle el camino de la puerta. Y su proximidad física también la empujaba en esa dirección. «Abandona —se dijo—, y dilema resuelto.» Al menos el dilema de cocinar.
Se le ocurrió una última opción.
—Hablaré con la señora Dreyar. Debe de tener viejas recetas familiares que pueda compartir conmigo. Le explicaré lo poco razonable que ha sido su marido.
—Supongo que la mujer tomará partido por su marido. Tal vez sea conveniente que no diga cosas como «poco razonable» en referencia a él.
Cierto. Y tampoco quería tener que consultar a Porlyusica Dreyar. La mujer acabaría contándoselo a su marido y Makarov pensaría que le estaba pagando a Lucy el doble por nada. Su falta de criados ya invalidaba el trabajo de ama de llaves. Solamente quedaba el de cocinera. Y si no lo hacía bien en ese apartado, la despedirían sin contemplaciones. Qué idea tan espantosa. Cuando urdía el plan no se había imaginado que eso pudiera ocurrir.
El fracaso estrepitoso era una posibilidad más inquietante que abandonar. Tal vez al día siguiente podría pasar más tiempo del que había previsto en el pueblo. Alguien allí debería poder ayudarla.
—Ya se me ocurrirá algo.
—¿Algo mejor que dejarlo?
Lucy volvió a mirarlo. Esta vez, él la estaba mirando directamente, lo que resultaba desconcertante, aunque sorprendentemente no le dio miedo. Aquel tipo era peligroso, pero, santo cielo, tenía una especie de atractivo tenebroso. Se sonrojo al pensarlo y le dio el último plato para que lo secara.
—Sí, algo mejor.
Lucy se acercó a la mesa para recoger dos ollas y llevarlas al fregadero. Apenas habían empezado, lo que la llevó a añadir:
—¿Cómo es que hay semejante desorden en esta cocina? ¿Alguno de los Dreyar trató de cocinar aquí?
Le vino a la cabeza la imagen de Laxus, en pie ante una cocina de hierro fundido removiendo cacerolas, y los labios esbozaron una ligera sonrisa de satisfacción. Erik no lo advirtió porque estaba apilando los platos limpios en un armario.
—No, Ed se marchó enfadado. Preparó uno de sus platos más deliciosos para suavizar el golpe de que se marchaba. Tuvo el efecto contrario. Lo anunció mientras todavía estábamos comiendo. Makarov se enfureció y riñeron a gritos. Ed se largó aquella misma noche sin limpiar.
—El señor Dreyar debería haber controlado mejor su temperamento —murmuró Lucy para sí misma.
Erik se volvió para cogerle la primera olla y Lucy, sintiéndose más cómoda en su compañía, se atrevió a preguntar:
—¿Qué hace usted en el rancho, señor Grant, si me permite la pregunta?
—Yo no guardo el ganado.
No dijo nada más. Y de repente volvía a tener un aspecto peligroso. No debería habérselo preguntado. Empezó a fregar las ollas que quedaban con más brío y no volvió a levantar la mirada hasta que oyó una voz a su espalda.
—¡Decidme que no estoy soñando!
