Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.

Advertencia: Este capitulo contiene material adulto explicito.


N/A: Estoy de regreso y nada mejor que con un nuevo capítulo :3 Lamento mucho la tardanza, con todos los deberes de la universidad a duras penas he contado con tiempo libre para escribir. Espero que el capitulo de hoy compense la espera sin nada más que añadir, disfrútenlo mucho, les mando un fuerte abrazo… así que

¡A leer!


Ikigai

Capítulo 10: La promesa del mundo

Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de las estanterías repletas de libros y pergaminos; olía a papel viejo, polvo y cansancio.

La habitación continuaba tal cual como la recordaba: paredes de colores neutros, libreros atestados de tomos viejos. El enorme ventanal encuadraba el paisaje de la aldea, peripuesto por techos de casas y edificios recientemente edificados, legándole una pincelada artificial.

En medio del salón se vislumbraba el viejo escritorio con cientos de papeles en la superficie. Aquel artefacto se legaba de generación en generación, de Hokage a Hokage, al igual que las interminables responsabilidades.

Más allá de la pila de documentos y libros meticulosamente ordenados, aguardaba Kakashi. Tenía el cabello desordenado y el habitual aspaviento de ostracismo surcándole el rostro. La inmaculada capa que remarcaba su estatus como líder de la Hoja colgaba del respaldo de la silla giratoria, al igual que el sombrero sobre el perchero.

–Cierra la puerta, Sasuke– solicitó el Rokudaime con su asidua serenidad.

Hizo lo que le ordenó y se aproximó a él con paso seguro. Se plantó en el centro de la estancia. Como era de esperarse, el rostro de su antiguo mentor estaba tallado en mármol, no obstante, bajo la fachada de estoicismo, Kakashi tenía el semblante cansado, las bolsas debajo de sus ojos solo exponían la falta de descanso.

–Recibí tu mensaje hace una semana– la voz del peliblanco era monótona, ensayada–. Supongo que la información que conseguiste es importante, por eso decidiste venir.

–No podía darme el lujo de que la esquela fuese interceptada– respondió.

–Adelante, te escucho– espetó, reposando los codos sobre el escritorio y entrelazando las manos.

Sin más dilaciones, el Uchiha relató con lujo de detalle los acontecimientos de las últimas semanas, el desafortunado giro que tomó la coyuntura y su desenlace. Había establecido comunicación con un contacto vital; el hombre le aseguraba que poseía información importante sobre los Ōtsusuki. Sasuke se sentía aliviado al haber encontrado ayuda, cualquier pista era suficiente para ponerlo de vuelta en el sendero de sus nuevos rivales, la nueva amenaza que yacía entre las sombras, aguardando por el momento perfecto para atacar.

–Acudí al sitio de la reunión el día y la hora pactados. Esperé ahí durante un largo rato. Decidí marcharme poco antes del atardecer— comenzó a relatar; la mirada dispar clavada en la faz de su superior, sin transmitir emoción alguna–. Encontré su cadáver cerca de la posada donde me alojaba.

Se escuchó un suspiro proveniente de Kakashi.

–Lo que sucedió fue terrible– coincidió el Hokage. La silla compuso un sonido chirriante al recargar la espalda contra el respaldo–. Supongo que esto nos sitúa nuevamente en un callejón sin salida.

–Continuare con la búsqueda– reafirmó el pelinegro.

El Rokudaime desenlazó los dedos; aun cuando la mascara ocultaba la mitad de su rostro, un aspaviento interrogante se proyectó en sus facciones.

–Por supuesto– indicó, cerrando los ojos y relajando los músculos agarrotados de su espalda–. No obstante, debemos darle un poco de tiempo. Probablemente estén al tanto de que les sigues el paso, lo mejor es esperar un momento, dejar que la situación se enfrié un poco antes de regresar a la búsqueda.

–Entiendo.

Sasuke flexionó los dedos, liberando un poco de tensión. Estar de regreso en la aldea le generaba emociones y sentimientos indescriptibles. Aún era demasiado pronto para regresar. Le parecía duro percatarse que a pesar del viaje de expiación que llevaba realizando desde hace dos años, la idea de instalarse de nueva cuenta en Konohagakure era inverosímil, irreal, lejana.

–Te derivare a realizar un chequeó de rutina– anunció Kakashi mientras plasmaba en un pedazo de papel las indicaciones que debía seguir el medico encargado–. Se lo mucho que detestas esto, pero no debes preocuparte, estoy seguro que tu y Sakura-chan podrán ponerse al tanto.

Sasuke desvió la mirada y se mantuvo en silencio.

No supo precisar qué cambio sufrió su cuerpo, pero cuando Kakashi mencionó el nombre de la pelirosa, sus mejillas empezaron a arder, y su corazón se aceleró, merodeando los limites de la agonía. Un extraño escalofrió lo recorrió de pies a cabeza.

Dos largos años habían transcurrido desde que ambos se despidieron en la puerta de la aldea. El viento soplaba, y los mechones rosados se movían al compas del viento. Un bonito sonrojo coloreó sus mejillas, cuando, con aquel gesto premeditado, le prometió que regresaría.

El tono implementado por Kakashi le hizo pensar que pudiese, quizá, dirigirse a algo en particular. Pensó en dejar la respuesta colgada en el aire. Tenia la esperanza de que no percibiese en su voz un deje hostil, evasivo y aparentemente fatigado.

–Tanto tu como Sakura son demasiado listos como para no saber lo extraño y lo especial que ambos comparten– comenzó a decir–. Puede que sean las personas más brillantes del equipo siete, pero al mismo tiempo son los más idiotas.

–No se a donde quieres llegar con esto– su poco sincera subida en la silaba final anuncio un pero irrefutable, sostenido e invisible entre ambos.

–En nuestro entorno, cuando se encuentra el amor debemos aferrarnos a este firmemente.

Sasuke le taladró el rostro con la mirada. Kakashi nunca le había hablado así de los sentimientos. Lo descolocó.

–No me mires de esa forma, Sasuke– le solicitó Kakashi, exponiendo la sinceridad de sus pensamientos en cada palabra pronunciada. Desvió la atención un segundo y la tristeza surcó su regia mirada cuando continuó mascullando–. Soy el vivo ejemplo de lo que sucede cuando se deja ir ese amor. Si continúas actuando como si no te importara, terminaras lamentándolo.

Sasuke no podía asimilar todo aquello. Estaba mudo, asombrado.

–Ambos sabemos como es la vida de un shinobi– lo interrumpió el Rokudaime, dejando escapar un largo y pausado suspiro–, nuestra existencia nunca será del todo feliz, a diario perdemos personas que amamos y eso duele y no podemos cambiarlo. Lo que si podemos transformar es cómo pasamos ese tiempo juntos.

Con el discurso de su maestro resonando en su memoria, abandonó la oficina. Mientras deambulaba por el largo pasillo, se prometió que hablaría con Sakura y le pediría que lo acompañara en su viaje. Era el momento de confesarle todo lo que sentía.

: : : : : : : :

Sasuke levantó la mirada y observó como el cielo azul se iba tornando blanco a través de la enramada. Las ramas y las hojas de los robles, las camelias, algunas especies de bayas y otras clases de arboles tejían una intrincada red sobre sus cabezas, brindándoles sombra y protección.

Su cabeza reposaba en el regazo de Sakura. Los rayos del sol acariciaban su piel, a la par que su compañera hundía los dedos en la profundidad de su cabellera, desperdigando caricias que habían conseguido adormilarlo.

Por primera vez en su vida sentía que había alcanzado la absoluta calma. Poco a poco, las terribles imágenes que durante tanto tiempo habían sido su obsesión, se alejaban de él. Todos aquellos fantasma se iban borrando de su imaginación.

Después de la serie de sacudidas fatales que había hecho que todo se derrumbara en él, solo una cosa había encontrado en pie en su alma, un solo sentimiento, tan certero y sincero que era incapaz de negarlo un día mas: su amor por Sakura. Ese amor era como un árbol que crecía por si mismo, echaba profundamente sus raíces en todo su ser y continuaba verdeando en su corazón destrozado.

Mientras ella permanecía absorta en la lectura, el Uchiha se permitió ahondar en sus pensamientos. No era un hombre que se enfrascara en el porvenir; se consideraba una persona práctica. Salvo por esa mañana en la que no podía alejar sus rumiaciones de lo que posiblemente sucedería si él y Sakura continuaban con su relación. Los dos habían alcanzado el punto del entendimiento mutuo. Al inicio, ambos se mostraban retraídos sobre como actuar o que decir en presencia del otro; pese a la seguridad de la pelirosa y su impetuosa personalidad, una honda timidez se apoderaba de ella cuando la acariciaba o besaba, transformándola en un ovillo de temblores, suspiros y sonrojos, en cambo, él, encontraba sencillo desenvolverse en presencia de ella, expresaba sus sentimientos con elocuencia y disfrutaba pasar tiempo a su lado, ya fuese reposando bajo la sombra de un árbol o transitando por hermosos caminos. Jamás habría imaginado que Sakura lo haría sentir de esa forma, tan pleno, tan lleno de vida…tan feliz.

Si bien, su viaje había comenzado hace más de dos meses, Sasuke no quería que llegara a su fin. Todavía faltaban senderos por recorrer, paisajes por admirar, atardeceres para apreciar y noches para compartir. No obstante, tal vez en un futuro, cuando ambos hubiesen recorrido el mundo entero, podrían establecerse.

Regresar a la aldea ya no era una idea tormentosa, sino todo lo contrario. Ahora tenía un motivo por el cual retornar a Konohagakure. Ambos podrían comenzar una vida en común, juntos, no como amigos o compañeros de equipo; lo que la unía a ella era distinto; amiga, cómplice, familia, amante, todo eso se amalgamaba en una serie de sentimientos puros dirigidos hacia ella.

Desunido a sus abstracciones, estiró la mano hasta asir un mechón de cabello rosado, tan suave y agradable al tacto. Disfrutó la textura en la punta de los dedos, la melena de Sakura se había alargado en los últimos meses transportándolo a los días en los que ella solía llevar su hermosa guedeja acicalada con un listón rojo.

–¿Sucede algo malo? – apartó la mirada del libro, centrando su absoluta en indivisible atención en el pulcro rostro de Sasuke.

–Nada– respondió a secas.

Un par de cejas rosadas se arquearon.

–No vas a zafarte fácilmente de esta– le advirtió juguetona.

Él contuvo la necesidad de rodar los ojos.

El asombro de Sakura dio paso a la sospecha. Sin más preámbulo, colocó el viejo tomo de medicina tradicional sobre la hierba, cerca de las demás pertenencias. En un acto reflejo, el Uchiha abandonó la comodidad de su descanso para reincorporarse en el suelo, confundido.

Con un gesto de exquisita calma se inclinó hacia él. El aliento cálido chocó con sus mejillas, obligándolo a tragar grueso. Desde esa perspectiva podía ver a Sakura con más claridad; sus labios carnosos ligeramente entreabiertos, los pómulos recubiertos por diminutas pecas que pasaban desapercibidas a simple vista, pero si se era un asiduo observador, se apreciaban con tanta claridad como las estrellas en el firmamento. Ahora era él quien no podía controlar su respiración. Volvió la mirada a los ojos de la pelirosa, esas gemas esmeraldas que lo llevarían a su perdición.

Una imperceptible sonrisa curvó la comisura de sus labios a la par que levantaba las hebras azabaches que caían sobre la frente de Sasuke, desvelando la belleza de la mirada dispar que tanto se empeñaba en ocultar.

–¿Así esta mejor? – preguntó sonriente, embelesada por la belleza del Uchiha.

–¿Qué sucede? – cuestionó confundido.

En la arboleda, los pajarillos gorgojaban y las ramas superiores de los arboles susurraban con la brisa, tejiendo una puntilla de sombras y luces que se movían de un lado a otro como un péndulo. Se podía oír el sonido de la cascada si se prestaba la suficiente atención.

Durante unos instantes, Sakura pareció darle vueltas a algo. Le clavó los ojos con cara de estar observando un ser irreal. Su mirada era tan profunda y cristalina que su corazón dio un vuelco.

–Es solo que…– buscó las palabras apropiadas mordiéndose los labios–. Con el cabello largo no puedo verte bien a los ojos.

Sorprendido, Sasuke levantó una ceja.

–¿No te gusta? – indagó.

Nerviosa, Sakura movió la cabeza de un lado a otro en señal de negativa.

–Me gusta, pero simplemente es más sencillo mirarte a la cara de esta forma– dijo encogiéndose de hombros.

–¿No te parezco intimidante con el rinnegan? – cuestionó luego de lanzar un suspiro derrotado.

Sakura apartó la mirada expulsando el aire contenido en sus pulmones. El viento que silbaba en aquel prado agitó suavemente sus cabellos.

–No, en lo absoluto– espetó, durante un momento curvó los labios en una sonrisa y acarició su rostro con la palma de la mano–. Luces intimidante cuando arrugas el entrecejo, pero no para mi, estoy habituada a ver ese gesto.

Sasuke deseaba retenerla más tiempo a su lado, sin embargo, en un parpadeo, la pelirosa retornó a su asiento dispuesta a retomar la lectura. Sakura volvió la atención a su libro.

Ofuscado, pasó una mano por su cabello, alborotándolo más de lo que ya estaba.

–Sakura– la llamó, procurando ocultar el temblor en su voz.

–¿Sí?

El azabache se maldijo internamente por lo que estaba a punto de hacer. Por esa mujer se pondría su antigua indumentaria, iría desnudo, si ella lo quisiera.

Aunando las fuerzas suficientes, carraspeó un poco para disipar la piquiña de incomodidad aglomerada en su garganta.

–¿Podrías cortar mi cabello? – cuestionó sin pensar claramente lo que decía.

La kunoichi batió las pestañas a la par de su parpadeó, lo cual le pareció una eternidad.

–¿Estas seguro? – el aspaviento impresionado poco a poco fue diluyéndose en uno absolutamente conmovido–. No tienes que hacerlo solo porque yo lo dije– hizo un mohín con las manos, nerviosa.

Sasuke soltó un suspiro.

–Es necesario– dijo–, tienes razón, esto se esta tornando molesto.

–No tengo mucha experiencia en esto, solamente he cortado mi cabello. No puedo asegurarte que el resultado sea satisfactorio– subrayo sus palabras con una sonrisa media.

–Sakura– moduló con frialdad, si estaba intentando hacerlo desistir no iba a lograrlo–. Deja de balbucear.

Rodeó delicadamente su muñeca, atrayéndola hacia su cuerpo para acallar sus quejas con un casto beso. Ella respondió instintivamente y afianzó los dedos en la tela de su camisa, expresando en una suplica queda el deseo contenido que la quemaba por dentro.

Sus labios permanecieron unidos durante cinco o seis segundos. El sol de verano proyectaba en sus mejillas la sombre de las pestañas, agitadas por un temblor casi imperceptible. Fue un beso dulce, cariñoso. Al contemplar los imponentes arboles, la hermosa cascada, había brotado entre ellos un sentimiento cálido e intimo que, de manera inconsciente, desearon materializar.

La primera en hablar fue Sakura. Acarició su mejilla mientras le contestaba con embarazo que buscaría unas tijeras entre sus pertenencias.

–Cuando eras pequeño, ¿Quién solía cortar tu cabello? – cuestionó.

El azabache cerró los ojos, permitiéndose disfrutar de la calidez que emanaba el cuerpo de Sakura a sus espaldas. Respiró hondo, absorbiendo el dulce aroma de su amada.

–Inicialmente lo hacia mi madre– comenzó a relatar, tardando un poco en ordenar sus ideas–. Cuando ella murió comencé a hacerlo yo. Ahora es una tarea complicada.

–Eres muy habilidoso, Sasuke-kun, no me sorprende que hayas aprendido esto solo observando.

Los mechones azabaches se entremezclaron con la hierba causando un contraste entre el color opaco y el verde brillante.

Escuchó la brisa con una claridad meridiana. Aunque no soplaba con fuerza, en su cuerpo dejaba un rastro extrañamente brillante.

–¿Por qué no dejaste crecer tu cabello?, solías llevarlo largo antes de los exámenes chunin– señaló, evocando en las profundidades de su memoria la efigie de Sakura y su larga melena ondeando al viento, como los pétalos de las flores de cerezo en primavera.

Ella soltó un suspiro.

–Con el entrenamiento y el trabajo es mas practico llevarlo corto– explicó–. Pasaba mucho tiempo cepillándolo, así que decidí que era mejo mantenerlo por encima de los hombros.

Hubo un breve silencio.

–Sakura ¿pasa algo malo? – quiso saber.

La aludida no le respondió de inmediato. Tal vez esperaba encontrar las palabras adecuadas. Por supuesto, no las encontró. Suspiró, cerró los ojos y llevó un mechón de cabello detrás de la oreja.

–No sucede nada malo– decretó–. Está quedando mejor de lo que pensaba, no tardare mucho.

Sosegado, el pelinegro volvió a ocultar la belleza de su mirada dispar tras los parpados.

Notó como la pelirosa se colocó frente a él. El aroma dulce que emanaba de su cuerpo se impregnó en sus fosas nasales, tan agradable como el olor que desprende la tierra al mojarse. Sakura exudaba un esencia a piélago de la orilla durante los días que no hay viento en las playas y todo lo que puede percibirse es la fragancia del perfume crudo y seco de la arena quemándose.

Cuando abrió los ojos, encontró a su hermosa compañera enrojecida hasta la raíz del pelo; su rubor era más acusado sobre la tez de sus pómulos. Ella atrapó su labio inferior durante unos cuantos segundos, sopesando si debía hablar o guardar silencio.

Al verla de esa forma, la sensación de pánico brotó de las profundidades de su pecho.

–Sakura– vociferó. Su tonó de voz llevaba un cuestionamiento implícito, perceptible para los dos.

—Oh dios mío, Sasuke-kun– dijo en un alarido casi estridente–, eres hermoso– ofuscada, ocultó el rostro entre sus manos.

Confundido, el Uchiha arrugó el entrecejo. La Sakura de la adolescencia se había apoderado de ella una vez más, transformándola en un ovillo de sonrojos y temblores. Las palabras inteligibles que brotaban de sus labios no alcanzaron sus oídos, pero tenia la certeza de que eran oraciones incoherentes, delirantes.

Poseído por una mortal necesidad de tocarla, Sasuke comenzó a tantear la desnudez de su muslo izquierdo, para luego proceder a dibujar caricias en la cresta iliaca de su cadera. El aliento de Sakura se atascó en su garganta cuando los dedos del azabache pasaron por su abdomen cubierto.

–¿De que estas hablando? ¿Acaso no te has contemplado a ti misma? – Sasuke sonrió, ladinamente, como si hallara su comportamiento entretenido.

–Un día de estos vas a terminar conmigo– resopló, cruzando los brazos a la altura del pecho en un ensayado y falso gesto de indignación.

Destrozando cualquier mecanismo de autocontrol, la atrajo hacia sí, estrellando sus labios contra los de ella en un apasionado beso.

Aprovechando su inigualable velocidad como shinobi, aprovechó la oportunidad para intercambiar las posiciones, depositando a la pelirosa sobre la hierba; su rosado cabello se desparramó en el suelo como oro liquido. Su cuerpo era ágil y cálido, sus manos recorrieron el suyo. Esparció besos húmedos por la longitud de su cuello hasta la clavícula, en respuesta, ella arqueó la espalda efectuando un roce tortuoso.

–Sasuke-kun– masculló.

Lejos de detenerse, el pelinegro continuó desperdigando caricias con sus labios afiebrados por su mandíbula, las mejillas sonrosadas hasta detenerse en su oído.

–En contraste con los paisajes, eres lo más hermoso que mis ojos han contemplado– susurró.

Rendida ante esta declaración, los labios de Sasuke descendieron por su clavícula y se detuvieron en sus senos todavía cubiertos. A pesar de encontrarse aun vestida, podía sentir la piel de Sasuke quemándole a través de la fina capa de tela. Sakura soltó un leve gemido cuando Sasuke se posicionó entre sus piernas, presionando su parte mas intima contra la mas anhelante.

Un escalofrió lo recorrió al notar como las manos de Sakura se filtraron por debajo de su camisa, trazando patrones ilegibles en los planos lisos de su abdomen. Sasuke contuvo el aliento cuando los dedos de la pelirosa rozaron el borde de su pantalón. Ambos absorbían aire erráticamente. Respirar se había convertido en una tarea compleja.

Sin lugar a dudas, Sakura era una muchacha hermosa. Más allá de los sentimientos que la unían a ella, también reconocía el deseo que lo dominaba cada vez que ambos se besaban. Ella tenia un enorme poder de atracción sobre él. Pero, con todo, mientras abrazaba, acariciaba y besaba la piel desnuda, lo poseyó una extraña emoción ante la sorpresa de aquel cuerpo. Ese tacto avivó sus sentidos.

Se disponía a mover la mano cuando la detuvo, le desabotonó la blusa, rodeó su espalda con los brazos y besó su suaves pechos por encima del sujetador. Sakura cerró los ojos y mordió su labio inferior tratando de contener un gemido.

Sin embargo, la inquietud se impuso sobre el deseo. Mientras la calma regresaba a su sistema nervioso, se dijo a si mismo que ese no era el momento ni el lugar indicado. Pese a que Sakura no se mostró reticente en ningún momento, Sasuke sabía que, muy en el fondo, ella terminaría por arrepentirse de sus acciones.

–Sasuke-kun…

–Y-yo, lo lamento– dijo con voz trémula.

Tan rápido como se apartó de ella, la bruma de liviandad también se disipó abriendo paso a un silencio incomodo, tornando el ambiente pesado, denso.

–Maldita sea, Sasuke– maldijo evidentemente molesta. Poco a poco empezó a abrocharse los botones de la camisa por orden, comenzando por el de arriba–. Deja de actuar como si nada malo pasara.

–No estoy actuando, en verdad no sucede nada malo– espetó. Se dio cuenta que estaba pisando un terreno resbaladizo.

Encrespada, ella se puso de pie; su cabello estaba alborotado, tenia el rostro enrojecido por el enojo y los labios húmedos e hinchados por los besos. Sacudió sin un ápice de delicadeza los rastros de pasto y tierra acumulados en su ropa. Sasuke se limitó a seguirla, preguntándose qué era lo que había salido tan mal.

Sakura le dedicó una mirada enfurruñada.

–No se que es lo que pasa contigo, pero cada vez que nos encontramos en esta situación, de repente te alejas ¿acaso no te gusto? – cuestionó.

—¿Qué? – tartamudeó él, examinándola con un aire preocupado– ¿pero que estas diciendo?

Sakura hizo un puchero con los labios y cruzó los brazos a la altura del pecho.

–Lo que escuchaste– profirió.

Sasuke restregó una mano contra su rostro, encolerizado.

Ciertamente la situación se estaba tornando insostenible. Tres días atrás ambos se dejaron llevar al punto que pasó el resto de la noche recluido en un rincón, tratando de solucionar el problema contenido en sus pantalones.

Como shinobis, estaban entrenados para no permitir que sus emociones y sentimientos los dominaran. No obstante, ambos se encontraban lejos de sus obligaciones, ahí en el bosque, eran solo dos humanos, una joven pareja descubriéndose el uno al otro, tratando de lidiar con sus propios impulsos.

–No voy a presionarte, Sakura, ambos acordamos ir poco a poco– dijo en un tono que sonó más a una afirmación que una pregunta.

Al escuchar las palabras de Sasuke, la pelirosa se permitió soltar el aire contenido a la vez que los músculos de su espalda se relajan. La contempló acariciar sus brazos en un intento por brindarse consuelo.

Sakura se acercó hasta arrodillarse en el suelo frente a él.

–Realmente lo lamento, Sasuke-kun– le susurró en un tono inocente, casi angelical. Dejó caer ambas manos sobre sus muslos; estrujó la tela de su atuendo, sus dedos se tornaron blancos, perdiendo el color a causa de la presión–. Es la primera vez que tengo un novio, jamás había estado en una relación.

–Tampoco yo– dijo, sopesando si debía tocarla o no.

Sakura quiso soltar un suspiro de tranquilidad, en cambio, relajó su cuerpo y se perdió en los ojos disimiles de Sasuke, evocando el recuerdo de una noche despejada, del firmamento cuajado de estrellas.

–Todo esto es nuevo para mi– se encogió de hombros, desviando la mirada hacia el suelo, lejos del intenso escrutinio del pelinegro–. Es tan desconocido que no puedo evitar sentir miedo.

Para ser sincero consigo mismo, Sasuke entendía a la perfección lo que Sakura intentaba expresar. No son cosas que pudieran expresarse fácilmente.

–No voy a morderte, Sakura– le dijo, atrayendo su atención hasta él–. Al menos que tu lo quieras.

La kunoichi puso los ojos en blanco y soltó una risita.

Sin embargo, mientras los dos disfrutaban de la cálida brisa y el baño de sol, Sasuke se percató muy tarde del trasfondo de la acotación de Sakura. Tan rápido como la revelación llegó a su mente, descifró que ella no se refería a las acciones recientes, sino a los acontecimientos del pasado. Ella temía que, una vez de haberle entregado sus sentimientos, él terminara por marcharse. Aquel pensamiento lo entristecía, mas no dijo nada al respecto.

–Estoy también es nuevo para mi, Sakura– una triste y breve sonrisa se detuvo en la comisura de sus labios–. Me alegra descubrir esta faceta a tu lado.

Sakura abrió los ojos desmesuradamente a causa de la impresión; un tono rojizo coloreó sus mejillas, como cuando el cielo se tiñe de bermellón al atardecer.

–¿Qué puedo hacer al respecto para que te sientas más tranquila? – indagó a la par que acariciaba la tersa piel de su muslo.

–¿Podrás esperar?

–Podré esperar.

–Siempre imaginé que esto sucedería hasta mi noche de bodas– confesó tímidamente– ¿Podrás esperar hasta entonces?

No tuvo que obligarse a contemplarla porque sus ojos se encontraron con los de ella como si se tratara de una fuerza magnética. Al verlo, Sakura sonrió.

–¿Estarías más tranquila si nos casáramos? – dijo de repente, como si se tratara de un tema tan trivial como el clima o la jardinería. Aquello lo hizo sentir como un completo idiota cuando Sakura parpadeó incomoda.

–Por dios, Uchiha– rugió.

Sakura se puso de pie como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Confundido, Sasuke emuló su acción, siguiendo con la mirada cada uno de sus movimientos, consternado por la violencia de los mismos.

–No me mal entiendas, Sakura.

Ella detuvo el paso; giró sobre sus tobillos para encararlo, su lindo rostro distorsionado por la furia. Eso acababa de estropear las cosas. La kunoichi se ruborizó, apretó los puños y daba la sensación de que se disponía a cruzarle el rostro con un golpe. Pero luego pareció dominarse y vadeó el temporal mascullando un brutal juramento en contra suya.

–Habla claro– ordenó.

Ahora fue el turno de Sasuke para tragar grueso. Enfrentarse a la furia de Sakura era una encomienda que solo un suicida se atrevería a realizar.

–No pretendía que sonara de esa forma.

–¿Entonces cómo?

Exasperado, pasó una mano por su rostro y después por su corto y alborotado cabello.

–Demonios, Sakura ¿Acaso no puedes verlo? – en un abrir y cerrar de ojos, acortó la distancia entre los dos. Sin pedir permiso, colocó una mano sobre su mejilla impidiéndole apartar la vista–. La única razón por la que me casaría contigo es porque quiero pasar el resto de mi vida a tu lado, porque te amo y no puedo imaginar otra persona con la cual pudiera hacerlo.

Los ojos esmeraldas, húmedos y agrandados centelleaban ferozmente al mirarlo, y su pecho se agitaba en un jadeo convulso. Durante unos instantes mantuvieron la distancia que los separaba, y luego Sakura dio un salto, él la tomo entre sus brazos y quedaron enlazados en un abrazo tan estrecho que por un momento Sasuke temió que ninguno de los dos saliera con vida.

La apretó contra si con salvaje codicia, tal como lo había hecho aquella vez que salvó su vida en el Valle del Fin.

Ella levanto la mano para rodearle el cuello y pegar su mejilla a la de él, mientras Sasuke, que la seguía sosteniendo, pegaba su rostro cubriéndola de frenéticas caricias.

–Lo siento tanto, Sasuke-kun– sollozó Sakura–. Fui tan tonta – sus largos dedos se asieron a la camisa del azabache.

–Ambos malinterpretamos nuestras palabras– contestó. Acarició con premura su espalda temblorosa y húmeda por el sudor.

Guardaron silencio con los rostros unidos, confundiendo sus lagrimas. Él masculló una blasfemia y estrechó a la pelirosa más fuerte aun entre sus brazos. Ella no hizo nada por soltarse o alejarse.

–Entenderé si no quieres casarte conmigo– masculló contra su corinilla.

–¿Qué? – elevó su rostro enrojecido e hinchado por el llanto; un gesto de dolorosa sorpresa surcó sus bonitas facciones, ensombreciendo su semblante–. Por supuesto que quiero casarme contigo.

Lo estrechó entre sus brazos con tanto vigor como sus fuerzas se lo permitían.

A la mejilla de la pelirosa llegó la mano de Sasuke, haciendo que levantara el rostro.

–Sakura, mírame– le suplicó en tono quedo. Ella obedeció lentamente, reticente–. Cuando estoy contigo me olvido de todo, de mi pasado, de mis enemigos, excepto de nosotros dos.

Selló sus palabras con beso tierno.

Cuando se apartaron, contuvo la risa al atisbar el melindre de reproche ocultó en el fulgor de sus orbes lemanitas.

–Haremos todo a su tiempo– acarició su melena, apartando los mechones que se adherían a su rostro a causa de las lagrimas.

Ella asintió con un ligero movimiento de cabeza.

Si bien, la paciencia era una virtud, Sasuke imploraba a cualquier ente divino que le otorgara las fuerzas para mantener un su promesa.

Sin embargo, tenia la certeza de que, por ella, aguardaría por el resto de su vida.

: : : : : : : :

Hacia un día esplendido. El cielo era un penetrante azul y las nubes blancas se difuminaban en lo alto del firmamento con una transparencia organdí. Durante un rato caminaron por el bosque, luego lo dejaron atrás y empezaron a subir una cuesta estrecha y escarpada. Sasuke avanzaba con el paso seguro de quien conoce las montañas como la palma de su mano.

Los dos a duras penas hablaban, estaban demasiado concentrados en escalar aquella subida. El pelinegro caminaba mirando como su melena lisa oscilaba de derecha izquierda barriéndole los hombros. De vez en cuando Sakura se volvía hacia atrás y, cuando su mirada se topaba con la suya, le sonreía.

Aquella cuesta parecía interminable, pero Sasuke no aflojaba el paso en lo mas mínimo, y Sakura lo seguía intentando no quedarse atrás, enjuagándose el sudor.

Diez minutos después llegaron a una meseta. Ante sus ojos, la hilera de montañas se recortaba nítidamente en el cielo.

Pese al hermoso paisaje natural que se alzaban ante ellos, lo que capturó su atención fue el hermoso Jinja rodeado de una multitud de arboles sagrados.

El camino de acceso principal estaba compuesto por escalones de piedra, los cuales estaban flanqueados por exuberantes y verdes cedros. A medida que ascendían por los peldaños se divisaba el rojo brillante del Honden, que bajo la luz del atardecer desprendía un fulgor incandescente.

–Es muy antiguo– dijo Sakura maravillada por el paisaje.

–Lo es– coincidió Sasuke.

Se precipitaron al interior tan sigilosos como un gato. El aire olía a incienso, polvo y a siglos. Ante ellos se alzaba un altar dorado cuya cima se perdía en la penumbra, abarrotado de velas a medio consumir y cera, atribuyéndole un toque quimérico, impresionante.

–Es hermoso– susurró la kunoichi, maravillada por la belleza que resguardaba entre sus paredes aquel sagrado recinto.

Sasuke asintió con un ligero movimiento de cabeza a la par que examinaba de reojo el bello rostro de la pelirosa; su perfil se iluminaba con un brillo tenue, dorado, acentuando la magnificencia de sus delicados rasgos.

No había pensado en el amor antes de embarcarse en aquel viaje de redención, el romanticismo le parecía peligroso e inútil. Había sido muy orgulloso y por su orgullo sufría más que otros.

Sin embargo, no pudo resistirse a los encantos de Sakura, todo sucedió tan rápido que ni siquiera fue capaz de precisar el momento en el que pasó; ella había entrado a su vida como un ser distraído que con cada sonrisa le robaba el alma.

Avalentonado por una especie de impulso divino, estuvo a punto de expresar todo lo que sentía en ese preciso instante, pero antes de que pudiera recitar palabra, el rumor de las voces llegó hasta ellos, acabando con la poca inspiración que yacía en su interior.

Cerca del altar se avizoraba una pareja; la mujer iba ataviada con un hermoso kimono blanco con detalles rojo que representaban la pureza y la buena fortuna; el wataboshi cubría su rostro por completo, manteniéndolo oculto de las miradas curiosas que osaran vislumbrar a la novia. A lado de la dama, se encontraba un hombre de complexión menuda; el montsuki que portaba con orgullo le quedaba grande, pero eso no parecía importarle.

Ambos se movieron entre las sombras. A pesar de la oscuridad que imperaba, los ojos de Sakura brillaban como dos luceros en el cielo a causa de la emoción.

Sasuke se removió en su lugar, inquieto. Sus orbes color ónix se dispusieron a memorizar cada centímetro de la silueta de Sakura, colmándose de la forma en que respiraba, la manera en la que mordía su labio inferior distraídamente, y como sus dedos se aferraban al borde de su blusa. La atención de la Kunoichi estaba perdida en la ceremonia, pero la de él estaba cautivada por la magnificencia que ella representaba.

Fue ahí cuando permitió que su mente se desplazara a acontecimientos futuros; imaginaba como se vería su compañera ataviada en un hermoso kimono blanco; una sonrisa le decoraría el rostro mientras se desplazaban por el pasillo para realizar un juramento ante los dioses, aquel que los uniría no solo en el plano mortal como marido y mujer.

Su corazón latía innecesariamente y el aire le corrompía los pulmones.

Una sensación extraña hizo tensar sus músculos. Su cabeza era un vorágine de proyecciones, unas mas turbulentas que otras. En ese instante, él no podía imaginar otra cosa que no fuese a Sakura convertida en su esposa. Si bien, la idea de casarse y formar una familia nunca entró en sus planes de vida, con todo lo acontecido en los últimos dos años su perspectiva había cambiado. Tal vez era difícil imaginarlo, pero la amaba; más de lo que podía soportar.

Indeciso, extendió la mano en la oscuridad para tomarla. Tenia los dedos fríos y un escalofrió le recorrió la columna vertebral a pesar de que hacia calor dentro del templo. No sabia lo que iba a transcurrir en los próximos minutos, pero de algo estaba convencido. Hablaría con ella. Enmendaría el desastre de la conversación pasada, le diría toda la verdad, expondría ante ella sus más profundos pensamientos tanto como lo que sucedía en su pecho. No poseía poderes que le desvelaran el futuro, pero valía la pena intentarlo.

Desde el sitio donde se encontraba, Sasuke vio como los ojos esmeraldas de la pelirosa se elevaron hacia él; una sonrisa tímida flanqueó su lindo rostro e hizo que la tensión en sus hombros desapareciera.

Los aplausos y vitoreos estallaron en la sala al instante que la pareja recién casada sellaba su juramento con un beso. Ellos dos permanecieron ocultos, observando todo desde la seguridad de las penumbras. La ceremonia había finalizado y, más pronto que tarde, los invitados y la pareja abandonaron el recinto entre risas, cubiertos por un manto de algarabía.

: : : : : : : :

Tras abandonar el templo, hicieron una pausa para descansar unos minutos en el muelle del lago. Sakura apoyó la cabeza sobre el hombro de Sasuke. Había una ligera brisa, y el sol le calentaba la cara y el pelo. Se oían algunos pájaros. Las nubes se movían en ordenadas hileras desde el sur y en poco tiempo cubrieron el firmamento, pero el aire seguía siendo cálido.

–Fue una linda ceremonia– comentó Sakura sin mirarlo; la atención fija en las ondulaciones que creaba el viento al pasar por la superficie del agua.

–Nunca pensé que fueses el tipo de chica que se entusiasmara por esas cosas.

Sakura rodó los ojos y lo observó con aire juguetón.

–Muy gracioso – dijo ella.

–Solo estaba bromeando– respondió. Le apoyo la nariz en el cabello y se llenó de su olor.

El sopo del viento, tan suave y fragante como los de Sakura, le revolvieron el cabello. Después de tanto tiempo en la oscuridad, el mundo era tan hermoso que Sasuke Uchiha se sintió mareado.

–Me parece significativo que dos personas que realmente se aman decidan unir sus vidas– sonrió Sakura, sonando tan tranquila como las aguas del lago–. eso quiere decir que el lazo que los une es inquebrantable.

Sin decir una palabra, Sasuke mantuvo la vista al frente, mientras las palabras de la pelirosa resonaban como un eco en los recovecos de su mente.

Era apresurado hacerlo, pero tenía la certeza de que, si no daba el paso definitivo en ese momento, jamás lo harían. Necesitaba asegurarse de que Sakura estuviera a su lado, era la única mujer a la que amaba de esa manera, su compañera no solo de equipo, sino también de vida, su familia, su hogar. Llevaban poco menos de tres semanas como novios, sin embargo, normalidad era un termino que no conocía, era un fanático de los procesos poco ortodoxos.

–Deberíamos casarnos– dijo Sasuke.

Sakura abrió los ojos desmesuradamente, severamente aturdida. Mantenía la vista clavada en él como si temiera que pudiera desvanecerse al menor movimiento de ella. Sus arreboladas mejillas dejaban traslucir las huellas de la acalorada respuesta.

–¿De que demonios estas hablando? – se apartó un momento, imponiendo una distancia prudencial entre los dos–¿Seguro que te encuentras bien? Esta mañana hiciste la misma sugerencia.

Los sentidos de Sasuke respondieron ante la gelidez de su tacto. Ofuscado por la respuesta evasiva, rodeó la delgada muñeca de la chica y la alejó. Ella parpadeó, aturdida.

–Estoy completamente bien, Sakura y hablo en serio– su gruesa voz se deslizó hacia ella con serenidad.

–Sasuke-kun, si esto se trata de una broma, por favor detente, no es divertido– sus fanales se tornaron acuosos por las lagrimas contenidas, transmitiendo dolor en su mirada.

La veraniega brisa estival ondeó su cabello.

–No jugaría con este tipo de cosas, Sakura– dijo con un hilo de voz, acunando su rostro. Los ojos de la aludida continuaban nublados, pero estaba atenta a él, tanto a lo que tenia que decir como a su cercanía–. Durante todo este tiempo, deambule por un camino de oscuridad, solitario y lleno de odio– soltó en un susurro, librando una guerra interior que ella conocía a la perfección y que al mismo tiempo detestaba–. Intenté romper los lazos que tenia con las personas que quería, puesto que eso me hacia más débil. Sin embargo, después de perderlo todo me di cuenta que mi mayor medio era perderte a ti.

Una ligera sonrisa curvó la comisura de sus labios.

La mano de Sasuke descendió hasta tocar con suavidad la piel sonrojada de la mejilla de Sakura.

–Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y yo…te amo– insistió él con voz grave.

El viento suspiraba entre las hojas. Por las mejillas de Sakura resbalaban lagrimas que contenían sentimientos indescriptibles.

–¿Por qué lloras, Sakura? – cuestionó temeroso de saber la respuesta. Disipó un fragmento del rastro húmedo al acariciar la piel tersa de sus pómulos.

–Si, si, si– dijo ella. La respuesta se mantuvo suspendida en el aire.

Sin pensarlo demasiado, Sakura alzó ligeramente su cuerpo y enlazó ambos brazos alrededor de la nuca del azabache, atrayéndolo hacia su cuerpo. Presionó la mejilla contra su cuello.

–En ese caso debemos convertirlo en un promesa– masculló.

La pelirosa se apartó un poco; una sonrisa gentil estiró sus mejillas. Sasuke tiró de ella con gentileza, permitiendo que sus cuerpos se fundieran hasta ser uno solo. Impaciente, Sakura lo atrajo hacia ella con la necesidad de besarlo escociéndole los labios. Él respondió complacido, victorioso.

Sakura se desprendió del contacto con Sasuke delicadamente, buscando aire entre jadeos agitados mientras él le acariciaba el rostro.

–Estamos locos y no sabemos en lo que nos estamos metiendo– sus miradas permanecieron fijas entre si.

–Cierto– asintió Sasuke.

–Estamos a punto de intentar algo nuevo, diferente a lo que somos nosotros– añadió ella–. ¿No te resulta aterrador?

–Absolutamente– respondió él.

–Y si nos equivocamos, todo será un desastre tras otro. Dolor. Tristeza.

Sasuke acalló sus dudas con otro beso, esta vez fue más suave, gentil.

–No nos equivocaremos– dijo con ese tono categórico tan suyo que era capaz de convencer a un científico de que la luna era de queso.

–¿Por qué suenas tan seguro sobre eso? – preguntó. No tuvo que obligarse a mirarlo porque sus ojos encontraron los de él como si se tratara de una fuerza magnética. Al verle, Sasuke sonrió.

–Por que lo estoy– declaró.

Le tomó tiempo, trabajo, paciencia y esfuerzo logra convencer al sacerdote para bendecir su unión. Sasuke nunca había creído mucho en todo el asunto de los dioses, nunca había tenido verdadera fe; el desafortunado destino de su familia debilitó su creencia en cualquier tipo de religión de cuento de hadas; debilitado y finalmente destruido.

No obstante, consideraba necesario unirse bajo la mirada de los dioses, o en este caso de su representante en la tierra, para hacer legitimo su enlace.

Tras unos cuantos minutos, el hombre accedió, quizá conmovido por la desesperación del Uchiha, o intimidado por su imponente presencia.

Sakura esperaba en el exterior del templó envolviendo a si misma mientras el viento mecía las hebras de cabello rosa que acariciaban su espalda. Se volvió y le sonrió cuando el sonido de su andar se hizo más claro.

–¿Qué fue lo que dijo? – indagó impaciente.

Las manos de Sakura se tocaron su pecho, buscando algo a lo que pudiese aferrarse, mientras sus ojos vidriosos se alzaron llenos de esperanza.

–Accedió, solo debemos aguardar un momento mientras preparan todo lo necesario para la ceremonia.

–Durante mucho tiempo soñé con este momento– admitió sonrojada–. Nunca pensé que seria de esta forma, pero es mejor de lo que esperaba.

Estaba nerviosa, ansiosa. Sasuke sabia al dedillo que cuando algo la entusiasma o abrumaba, era incapaz de detener su parloteo.

–Naruto y Kakashi-sensei estarán molestos– meditó–, también lo estarán mis padres, sobre todo mi madre.

Comenzó a andar de un lado a otro, angustiada. Arrugó el entrecejo en señal de introspección. Él no sabia lo que estaba sucediendo dentro de ella en ese momento, pero debía tranquilizarla, asegurarse que, de alguna u otra forma, ambos lo resolverían.

–Hablare con tus padres en cuanto arribemos a Konoha– caminó la distancia que los separaba, acercándose tanto a ella que pudo oler el aroma de su cuerpo por encima de la fragancia del bosque. Sostuvo a Sakura del brazo y la atrajo hacia él; las miradas fijas una en la otra–. El usuratonkachi podrá soportarlo, le daremos la noticia en el momento apropiado.

Sakura tragó grueso, sin aparar la mirada de él.

–Tsunade-Shisuo va a matarme en cuanto lo sepa– el aliento cálido de la pelirosa le roció el cuello–. Tal vez debería enviarle una carta contándole lo que sucedo, o podríamos ir a visitarla y decirle ahí mismo, aunque seria muy arriesgado.

Sasuke sonrió de medio lado y la asió por el hombro.

–Eres una molestia– le dijo, atrayendo su atención hasta él.

Sakura tragó grueso, sin alejar la mirada de él. Ella enrojeció hasta la raíz del pelo, su rubor era incluso más acusado sobre la tez de sus pómulos.

Nubes altos en el cielo del oeste formaron una fina capa amarilla que se fue adensando según avanzaba la hora y luego se espesó, hasta que un fulgor filtrado de tintes anaranjados y liliáceos se cernieron sobre las frondas gigantescas de los arboles del bosque. Las hojas se mecían a la tenue brisa.

–Tengo la impresión de que estoy en un sueño– le susurró Sakura en un tono quedo, casi angelical.

–También yo– admitió Sasuke. Su pecho se hundió una vez dejó escapar el aire preso en sus pulmones.

–¿Crees que nosotros estaremos juntos mucho tiempo? – preguntó la pelirosa, alzando el rostro para apreciar la expresión calmada del azabache.

–Lo estaremos– respondió, apegándola más a su cuerpo.

Pese a la magnitud de la situación, ambos permanecían serenos. Tenían la certeza que en cuanto cruzaran el umbral de la puerta, sus vidas estarían unidas para el resto de la eternidad.

–Lamento interrumpirlos– se escuchó una voz a sus espaldas–. El sacerdote dice que pueden ingresar.

Ambos se contemplaron. La determinación reflejada en los fanales esmeraldas de la pelirosa era todo lo que necesitaba para impulsarlo a desplazarse por el pasillo hasta el altar.

Con las manos entrelazadas, pasaron bajo el arco de piedra que estaba a la derecha del recinto y atravesaron las puertas de entrada.

El sacerdote aguardaba pacientemente frente al sagrario. Una fresca luz verdosa se filtraba por los cristales coloreados en forma de rombo de las gruesas ventanas que había en las paredes, y una brisa suave entraba por las puertas abiertas y les llevaba los aromas del bosque que había al otro lado.

Ambos se inclinaron ligeramente hacia el frente en una reverencia para mostrar sus respetos.

La ceremonia transcurrió como en sueños. Sasuke hizo todo lo que se le pidió. Hubo oraciones y canticos; las velas ardieron con un centenar de lucecillas danzarinas que las lagrimas de sus ojos transformaron en un millar. Por suerte, nadie pareció darse cuenta de que estaba llorando allí de pie, si alguien lo hizo, lo disimuló.

Estaba conmovido. Frente a él se ubicaba la mujer que amaba, con el cual pasaría el resto de sus días, si la existencia decidía ser bondadosa con ambos y les permitía envejecer juntos.

–Pueden recitar sus votos– masculló el hombre con voz ronca.

Las lagrimas descendían por las mejillas de Sakura a goterones. En ese instante pudo percatarse que ella estaba tan emocionada como él. Con los dedos temblorosos, asió con mas fuerza su mano, como si temiera que en cualquier momento él fuera a desvanecerse. La luz dorada de las velas danzaba sobre su piel, resaltando la belleza de sus exóticos rasgos, haciéndola lucir más hermosa de lo que ya era.

Sasuke sintió como el corazón le golpeó las costillas. Sabia que no la merecía, tanta bondad, tanto amor no debían ser para él. No obstante, pese a las dificultades que ambos afrontaron, ambos se encontraban ahí, de pie frente al altar en algún lugar remoto, jurándose amarse y respetarse por el resto de la eternidad.

Sakura seria su esposa, en la adversidad o en la catástrofe, para tenerla y conservarla, para amarla y respetarla.

–Porque no necesitamos grandes cosas– dijo con voz trémula a causa del llanto–, porque yo sólo necesito que tú estés a mi lado para ser feliz, Sasuke-kun.

La bruma tras los ojos de Sasuke comenzaba a disiparse lentamente.

–Te amo, Sakura y prometo hacerlo siempre– siseó él con ternura.

Los juramentos permanecieron suspendidos en el aire al mismo tiempo que una sonrisa gentil curvaba los labios de la pelirosa.

Sus miradas se mantuvieron fijas entre sí. Las palabras nunca habían sido necesarias para expresar lo que sentían. El simple hecho de esta juntos, uno al lado del otro, bastaba para saber que su deseo era permanecer así por siempre.

Los ojos dispar del azabache brillaron con la luz de las velas. Llevó la mano hasta el cuello de Sakura, apartando gentilmente la melena rosada que ocultaba aquel pilar de porcelana para luego elevar su rostro vertiginosamente y aproximarse hasta los labios enrojecidos de la joven, sellando aquel juramento con un beso.

Degustó la cercanía, y se perdió por un momento en aquel suave contacto. Notó las manos de ella temblar, sus delgados dedos se aferraron a la tela de su desvaída capa, atrayéndolo más hacia ella.

Pronto, todo a su alrededor se desvaneció.

Habían comenzado aquel viaje como dos muchachos inseguros de sus sentimientos, cegados por los desafortunados eventos del pasado. Que fuesen viejos amigos que habían pasado una parte de su vida juntos constituía una barrera. Su amistad se había transformado en algo incierto y se había visto constreñida en los últimos años, pero era un habito antiguo, y quebrarlo para llegar a ser desconocidos en una situación de intimidad que exigía una claridad de propósito de la que carecían.

No obstante, todo aquello quedaba en el pasado para abrir paso a un nuevo comienzo: una vida juntos como marido y mujer.

: : : : : : : :

Al caer la noche, se resguardaron en una pequeña posada ubicada en las faldas de la montaña. Según las instrucciones del sacerdote era el único establecimiento disponible en kilómetros a la redonda, el poblado más cercano se encontraba a un día y medio de camino, un trayecto largo para el gusto de Sasuke, lo ultimo que deseaba era pasar su noche de bodas recostado en el frio lecho que les brindaba el bosque.

La habitación estaba en limite de lo que podía considerarse lujosa. Los cobertores acolchados sobre el futon mostraban zonas huecas y estaban descoloridos. La mesita de madera lucia vieja y desgastada, pero funcional. Sakura exploró el lugar y se acomodó como si se tratase de una estancia digna de una princesa.

Luego de tomar un baño y cenar, ambos se postraron cerca del porche. La lluvia de verano caía sobre el tejado y goteaba desde los aleros con un sonido constante y tranquilizador.

–¿Te habría gustado una boda más…elaborada? – preguntó, inseguro.

Sakura parpadeó varias veces y elevó el rostro hasta alcanzar su ojos dispar. Estiró el cuello mientras inclinaba un poco la cabeza, pensativa.

La boda de Naruto fue un acontecimiento de vital importancia para la historia de la aldea. No todos los días el gran héroe de la villa contraía matrimonio con la primogénita del clan Hyūga, por lo que, como era de esperarse, la unión se convirtió en un festejo sin igual.

–Por nada del mundo– negó con la cabeza una vez, formando una sonrisa de genuina felicidad.

–Que alivio– su voz sonó suave por encima de la sonata de la lluvia.

Sakura dejo escapar una risa queda.

–Y así comienza…– espetó ella en un suspiro–. Una vida juntos ¿no te parece divertido?

Ahora fue el turno de Sasuke para sonreír. El dormitorio estaba silencioso, al interior de la habitación brillaba tenuemente la luz amarillenta de la vela.

–Lo es– concedió, embelesado por la presencia de la pelirosa, abrumado por la dulzura de la realidad.

Una ráfaga de viento los azotó. El pecho de Sasuke se llenó con el aroma de la tierra húmeda. El frio de la noche acarició la piel desnuda de su torso, erizándole los vellos de la nuca. Pese a que era verano, la temperatura había descendido al tiempo que la llovizna se trasformaba en tormenta.

–Deberíamos ingresar– sugirió–, o terminaremos empapados.

Sakura accedió con un leve movimiento de cabeza. El pelinegro no pudo evitar contemplar la forma en que la tela de su yukata se abrió, desvelando la nívea piel de sus muslos. Aunque la brisa que acompañaba a los murmullos del diluvio podría calar hasta los huesos, no sentía otra cosa más que un calor hirviendo dentro de él. Cada fibra de su cuerpo ardía en una infinidad de sentimientos y pensamientos incontrolables.

«Debes controlarte», se dijo a si mismo, mientras deslizaba la puerta detrás de él.

No era la primera vez que ambos dormían juntos. Desde el comienzo de su relación, y con cierta timidez, los dos llegaron al acuerdo de compartir el lecho. La primera noche se mantuvieron tan alejados como se lo permitieron, a duras penas logró conciliar el sueño, quizá por el temor bien infundado de que un movimiento en falso le atribuiría toda la furia de Sakura en un golpe.

Sin embargo, conforme fueron pasado las noches, la kunoichi se metía bajo las mantas con las que él se abrigaba por la noche.

Ofuscado por el recuerdo, se mantuvo de pie en medio de la habitación. Sakura tomó asiento al borde del futon, postrada sobre sus piernas; la melena rosada caía a los costados de su faz, perfilando su bonito rostro. El escote en v de la bata desvelaba la longitud de su cuello pálido y la protuberancia de su clavícula; en silencio, permitió que su escrutinio fuera más allá de aquel fragmento y avizoró la abertura donde se apuntalaban un par de núbiles y apetitosos senos. Las preocupaciones que nublaban su mente dieron paso a pensamientos exaltados, carnales.

–Ven aquí, Sasuke-kun– masculló. Extendió el brazo para ofrecerle la mano.

Tragó saliva para calmar la sed y aquel sonido resonó, atronador, en el silencio de la noche. Se acercó a ella como en un acto reflejo. Las pupilas tenían una trasparencia inusitada; eran tan claras que parecía que a través de ellas podría verse el futuro.

Sus músculos se entumecieron al postrarse a lado de ella en el futon, inseguro sobre como proceder en esa situación.

–Sakura, no tenemos que hacer nada si tu no lo deseas– susurró él, procurando ocultar el temblor en su voz.

–No seas tonto, Sasuke-kun– ronroneó ella. Los labios le temblaban. A continuación, alzó un poco su cuerpo y empezó a desajustarse el Yukata.

Contempló, tal cual, si fuera la prolongación de un sueño, cómo sus hermosos y delgados dedos deshacían el nudo que sujetaban la prenda. Una vez desanudó el lazo, Sakura, como una serpiente que se desprende de su piel, dejo que la seda se deslizara desde los hombros hasta la cadera y quedó completamente desnuda, pues no llevaba nada debajo.

Todavía arrodillada en el lecho, se quedó contemplándolo. Bañada por la suave luz de la vela, su cuerpo poseía el lustre de una perla. En un movimiento apenas perceptible, las partes bañadas por el fulgor de la llama se desplazaron levemente; las sombras que teñían su piel cambiaron de forma. Atónito, admiró sus pechos redondos y llenos, los pequeños pezones, la cavidad del obligo, la suavidad de la piel de su plano abdomen, las caderas prominentes, el vello púbico; todas las texturas de aquella sombra cambiaron de forma, igual que las ondas sobre la superficie de un lago.

El resto de sus cavilaciones desaparecieron cuando ella se inclinó y acarició su mejilla con la yema del pulgar. Sasuke se sumergió en su toque; su rostro encajaba perfectamente con la palma de su mano.

Aquel beso se sentía como nuevo, era más cálido, y le tomó mas tiempo que cualquier otro anteriormente. Se separó para recuperar el aliento, solo para encontrarse de nuevo con más ímpetu; cada beso era más profundo, más tierno y salvaje.

Delineó el contorno de su labio inferior con la punta de la lengua. El temblor que evocó en ella hizo que el mundo a su alrededor estallara, iluminando incluso los rincones de aquella habitación oscura.

Estaba a punto de alejarse, pero el se aferró a su cintura. Ahora que la tenia, ahora que le permitía tenerla, aunque fuera por instante, no quería dejarla marchar todavía.

–Por favor– suplicó contra la piel caliente de su cuello–. Quédate.

Sakura pareció contemplar su petición con silencioso desconcierto. Él entrecerró los ojos, luchando contra si mismo, conteniéndose. Sin embargo, ambos habían aguardado demasiado por ese momento y lo único que deseaban era rendirse, así que no la hizo esperar más.

Cuanto más se acercaba la pelirosa a él, más difícil le resultaba mantenerse en esa posición. Ya no sentía frio ni siquiera el entumecimiento de antes, estaba débil, pero no de fuerza, sino agotado por el diluvio del deseo.

Su mente estaba mareada por el deseo, el pulso le retumbaba en los tímpanos, tan ensordecedor que no soportaba pensar. Nunca imaginó que se sentiría así. Hubo noches en las que la proyectó en su sueños de esa forma, incluso antes de que su viaje comenzara, noches en las que despertaba empapado en sudor, jadeando. La sensación era sofocante, lo invadía en ondas agudas y poderosas que dejaban un rastro de hormigueo por sus extremidades.

En un fluido movimiento, la recostó sobre el futon agasajando la disposición de su cabello sobre la almohada. Atribuyó la beldad que caía sobre ella como un halo de luz sobre su rostro sonrojado; culpó a sus labios entreabiertos, rojos e hinchados, al deseo proyectado en esos ojos verdes, a la textura de su piel bajo la yema de sus dedos. Sakura era tan absoluta, arrebatadora hermosa acostada bajo él. Era tan, tan cálida.

Como si se tátara de un proceso mecánico, Sakura abrió los muslos para refugiar su cuerpo. Sin pensarlo demasiado, esparció besos por sus mejillas, descendió por la mandíbula y después por el cuello hasta desembocar en su clavícula. Presionó su propio peso contra ella, y Sakura solo pudo jadear ante su fervor.

Abstraído de la neblina libidinosa que ofuscaba sus sentidos, Sasuke se alejó abruptamente. Lo ultimo que quería hacer era herirla.

–Mierda, lo siento. No quise perder el control de esa manera…

La kunoichi presionó sus fuertes muslos alrededor de él. En respuesta, se puso tan rígido como una estatua de piedra. Sus ojos plomizos por la lujuria lo miraron con la suficiente intensidad para hacerlo tragar. Dio un respingo asustado al notar como las uñas se clavaban desesperadamente en la carne de sus bíceps a la par que suplicaba:

–No, ah, Sasuke-kun, yo– aprisionó el labio inferior entre sus dientes–, sigue adelante, por favor.

Ella lo tomó con más fuerza y movió sus caderas, generando una deliciosa fricción para demostrar su punto. Ese tacto excitó sus sentidos, confiriéndole a su erección una gran dureza.

Indeliberadamente, apretó su cuerpo contra el de ella, tomando su cuello con la mano mientras capturaba su boca con un frenético y torpe beso. Frunció el ceño en señal de concentración y cuando Sakura revolvió sus caderas, respondió en sincronía. El Uchiha rompió el silencio con un gemido bajo, gutural.

–Sasuke-kun– le escuchó tartamudear.

El sonido fue tan novedoso para él que el clamo en su pecho se multiplico por diez, y el calor, por los dioses, la calidez, amenazaba con consumirlo desde el interior. Debía hacer algo, lo que sea, lo que fuese necesario para solventar el dolor.

La dureza contenida en su yukata presionaba fuerte y pesadamente contra el núcleo desnudo y tierno de la pelirosa. La humedad que se filtraba entre la tela lo hizo sentirse drogado, sobrepasado con una precipitación que hizo que su visión se volviera borrosa por un instante. La exquisitez de esas nuevas sensaciones era casi insoportable, la intensidad de la ambrosia de Sakura lo sacudía hasta los huesos.

Sin dejar de mirarla a los ojos, encontró su mano vagando peligrosamente por el plano liso de su abdomen. Su mente daba vueltas, rebosaba en la lujuria; era toda una dádiva pensar en otra cosa que no fueran los suspiros que escapaban de su boca mientras deslizaba sus dedos hacia el lugar donde más deseaba tocarla.

–Sakura…– susurró, raspando con los dientes la sensible piel de su cuello al tiempo que la aludida se retorcía y se arqueaba contra su pecho, gimiendo suavemente.

Su pecho retumbó con un clamor al distinguir como la pelirosa se aferrada a su nunca, respirando entrecortada y pesadamente. El vientre se le enrosco a causa del ardiente deseo. Cerró los ojos con fuerza a la par que descendían por el pubis, rozando la suave mata de rizos rosados. Casi gimió ante la sensación, sus dedos se movieron contra su carne con vacilación, sin saber si Sakura querría que él continuara o no. Tragó con fuerza, los parpados se elevaron al hundir los dientes contra su cuello, trazando círculos en la parte inferior de su intimidad.

Sintió que ella temblaba, se asió con más fuerza a sus cabellos oscuros. Su mente giró con ardiente orgullo, y pensionó más fuerte hasta que la vio morderse el labio inferior desesperadamente, casi asustada. Aquel fue suficiente aliciente para que él se estremeciera, retirando la mano mientras se aferraba a su autocontrol. La sangre le hervía, pero intentó ignorarlo. Jamás presionaría a Sakura a ir más allá de lo que ella deseara.

Tal fue su sorpresa cuando la mano de la chica agarró la suya y la empujo hacia sus labios de terciopelo, desterrando todos los pensamientos coherentes de su mente.

–No, no, oh dios, por favor, tócame– le ordenó. Presionó la palma de su mano directamente contra su calor, y se tensó al sentir la carne resbaladiza y caliente, diferente a todo lo que había experimentado antes.

Con voz suplicante, Sakura se enganchó a él.

–Sasuke-kun…necesito que me toques.

El aludido dejó escapar un gruñido gutural, primitivo. El poco discernimiento coherente que le restaba se desvaneció cuando finalmente presionó hacia abajo. Con la respiración aun más entrecortada, movió los dedos, inseguro, tratando de descubrir, aprender la fórmula que la convertiría en un tembloroso lio de jadeos y gemidos acalorados, como había soñado durante tantas noches.

Lo poseyó una extraña emoción ante la torpeza de aquel cuerpo. Descubrió que realmente no sabia que hacer. Desconocía como mover los dedos contra la almohadilla de nervios, donde tocar, o que tipo de presión usar. Acariciarla era tan diferente de lo que había imaginado, sumamente complicado, el acto requería precisión y concentración, dos cosas que no poseía en esos momentos.

Para su fortuna, Sakura estaba ahí para guiarlo. Susurró las instrucciones con la respiración entrecortada y gemidos estrangulados. Por poco se queda sin habla al ver como luchaba con su propia desesperación para ayudarlo a aprender.

–No de esa forma– masculló, sus muslos temblaban–. Eso es demasiado…um, solo debes trazar pequeños círculos, delicadamente.

La respiración se le solidifico en los pulmones cuando él siguió con cautela sus instrucciones.

–¿Así esta bien? – alzó el rostro para otear la faz de la pelirosa contraída por el deseo.

Ella asintió con fervor. Suaves gemidos brotaron de sus labios, provocando que sus entrañas explotaran con tanta intensidad que no pudo evitar frotar su dura erección contra la parte interna de sus muslos. Llevó sus labios hasta su cuello, esparciendo húmedos besos; los ojos dispar cautivados por los rasgos de su rostro.

–Sakura…– dijo en voz baja, pasando la lengua por su pulso–. Dime que hacer.

–Nghn– jadeó, trémula. No supo precisar si era porque estaba nerviosa o por otra cosa–. S-solo necesitas…moverlos un poco.

Arrugó el entrecejo en profunda concentración. Movió los dedos como ella le pidió que lo hiciera, avanzando un poco más.

–¿Aquí? – preguntó en un murmullo; sus labios aletearon por la extensión de la pálida mandíbula.

La pelirosa negó con la cabeza. Levantó las caderas en indicación, rozando involuntariamente contra la erección rígida.

–Más alto– consiguió decir.

–¿Aquí? – se acercó un poco más; los fanales se le oscurecieron al escuchar los ásperos jadeos.

Desesperada, Sakura tomó su mano y la llevó hasta el pequeño nucleó de carne que coronaba su intimidad.

El azabache tragó con fuerza y apretó la mandíbula, realizando una pausa. Frotó un circulo vacilante contra la diminuta y dura protuberancia, el gemido que reverbero de lo más profundo de la garganta de Sakura provocó que la sangre se le precipitara al rostro hasta que se sintió febril. Acarició con un poco más de confianza. La vio arquearse violentamente contra él, su cuerpo temblaba con tal intensidad que lo dejo asombrado.

–¡Sasuke-kun! – gritó, asiéndose a las hebras carbón de su cabello–. Más rápido, por favor…

Él cumplió con sus suplicas, estrujando los dientes con fuerza. Trabajó mas rápido, mas fuerte, los gritos apasionados rebotaban entre las paredes de hormigón. El cuerpo de Sakura tembló y se puso rígido, hasta que finalmente se derrumbó, arqueándose y recitando su nombre, como si de una plegaria desesperada se tratara.

Sus respiraciones sonaban entrecortadas, pesadas. Sakura lo atravesó con una entretenida mirada de lujuria e incredulidad mientras lo atraía hacia ella para depositar un beso en sus labios.

–¿Qué sucede? – cuestionó confundida al notar la actitud reticente del Uchiha.

Él dejo escapar un suspiro, largo y pausado.

–¿A dónde vamos? – quiso saber.

–¿Qué quieres decir? – indagó confundida.

–Con esto– masculló. Sakura notó la tienda bajo la tela del yukata–. Quiero decir… ¿Deberíamos detenernos?

La pelirosa batió las pestañas, aturdida.

–¿Qué…quieres parar? – el dolor se filtró en su voz como un ente corpóreo.

–¿Tu quieres detenerte?

Sakura negó con la cabeza

–No.

Y luego, con los dedos temblorosos, deslizó una mano hacia abajo, dolorosamente lento; la respiración de Sasuke se entrecorto, sorprendido.

Dio un respingo cuando ella tomó el rígido bulto bajo la tela de su bata con suavidad y lo apretó, curiosa. El azabache cerró los ojos a medias y un gemido silencioso escapó de su boca.

Manos pequeñas y ásperas buscaron a tientas la abertura de su yukata, el corazón se le aceleró. Contuvo la respiración cuando Sakura envolvió los dedos alrededor de él. Impaciente, llevó los labios a su mandíbula y mordió ligeramente. Sus manos eran gentiles, mejores que cualquier cosa en el mundo.

Ella apretó ligeramente. No pudo evitar sonreír un poco, entreabrió los ojos para encontrarla admirando su miembro craso y erecto con asombro. Se recordó a si mismo que eso también era nuevo para ella, y que él no era el único que descubría sensaciones y cumplía fantasías.

Sasuke inclinó la barbilla hacia arriba y susurró su nombre con afecto, besando la comisura de su boca. La pelirosa saltó un poco, la había tomado con la guardia baja, pero después de un segundo o dos sonrió. Ella elevó la cabeza para besarlo apropiadamente y, vacilante, dio un ligero golpe con la mano en un movimiento experimental. Él se estremeció un poco, sus labios se tensaron y disfrutó la pequeña oleada de deleite, cuestionándose si ella estaba inspeccionando las aguas. Al romper el contacto, se topó con su mirada; la comisura de sus labios se crispo, sin ver nada más que interrogantes y vacilaciones.

–Más fuerte– respondió al cuestionamiento silencioso.

La kunoichi asintió con firmeza y acató las instrucciones, apretando la mano alrededor de él un poco más fuerte, propinándole otro ligero bombeo. Dudaba demasiado.

Sasuke arrugó el entrecejo a la vez que exhalaba lentamente.

–Más– repitió.

Ella presionó de nuevo, mucho más fuerte que la primera vez, pero no lo suficiente. Era evidente que la forma en que lo miraba desvelaba el miedo que tenia de lastimarlo.

–¿Te gusta así? – preguntó ella, insegura.

La impaciencia cortó su respiración. Finalmente, cerró los ojos y masculló:

–Sakura, no vas a hacerme daño– dijo con voz apremiante.

Todavía con la mente confusa, se apartó un milímetro para mirarla; Sakura contemplaba por encima de su hombro, las mejillas enrojecidas violentamente y los labios fruncidos en un lindo puchero. Desconcertado, se tomó un minuto para sosegar sus pensamientos, justo cuando estaba a punto de preguntarle que sucedía, ella giró la cabeza hacia él y lo miró con determinación.

–Entonces muéstrame– dijo, sonrojándose aun más. Confundido, Sasuke se apartó hasta quedar sentado sobre sus muslos–. Puede que sea medico, pero no es como si supiera como hacer esto.

Un profundo calor se arrastró por su cuello y encendió sus mejillas, quedando enmudecido. Nunca vislumbró que ella le preguntaría algo así, jamás imaginó que Sakura le pediría que le mostrara como se tocaba.

–Eres una molestia– susurró, su rostro se ponía aun más caliente, hizo una pausa al mismo tiempo que sostenía su mirada–. Dame tu mano.

La pelirosa consintió. Notó la fulminante mirada sobre su ser. La guío lentamente hacia su miembro dolorido. Tal vez fue la intimidad del gesto, o el hecho de que él le estaba enseñando, pero algo en ese momento hizo que sus entrañas se removieran nerviosamente; su corazón latía al compas de la tormenta. No podía contemplarla, especialmente cuando le mostraba exactamente lo que le gustaba.

Sakura acarició la línea de su mandíbula suavemente, tratando de convencerlo. Ella le dio un beso en la barbilla y recitó:

–Sasuke-kun, mírame– lo tomó con más confianza–. No tienes por qué avergonzarte.

El aludido resopló. Echó la cabeza hacia atrás al notar como ella delineaba la punta con el pulgar. Aferró el cobertor del futon; la respiración se tornó dificultosa mientras ella lo trabajaba en movimientos uniformes, probando velocidades. Podía sentir la intensidad de su mirada.

Sakura tiró bruscamente, arrancándole un tenso gemido de su garganta. En respuesta, deslizó una mano hacia su trasero, asiendo la carne regordeta. Ella emitió un jadeo y le propinó otra sacudida.

–¿Se siente bien? – preguntó, sin aliento. El aliento caliente impactó contra el lóbulo de su oreja.

El nudo en su estomago se apretaba aun más, las rodillas le templaban. Sasuke consiguió asentir torpemente. No pensó que podría durar mucho tiempo así, con el cuerpo abrumado por la intensidad del placer que lo recorría.

–Sigue– suspiró.

Sakura mantuvo el bombeo, los movimientos eran un poco incomodos y carentes de experiencia, pero Sasuke sentía como si estuviera flotando en las nubes.

–Sakura– siseó con brusquedad, desesperado. Sus caderas se alzaban tratando de emular la velocidad de la mano alrededor de su miembro–. Voy a terminar.

–¿Qué quieres que haga? – la escuchó susurrar en la vorágine de placer.

Su mandíbula se tensó aun más fuerte, la mente le daba vueltas vertiginosamente.

A manera de replica, Sasuke volvió a hundir los dedos en el calor húmedo de su intimidad; comenzó a acariciarla suave pero rápido. Presionó sus labios contra los de ella con una sensación de urgencia. Quería hacer mucho más.

Sus dedos callosos abandonaron el clítoris para aventurarse en una zona más profunda. Sakura clavó las uñas en la piel de sus hombros cuando lo notó delineando la sensible entrada de su intimidad.

Introdujo un dedo, deslizándose dentro de ella; se movió a un ritmo constante, lánguido. Jadeante, presionó la frente contra la de la pelirosa y escuchó su respiración agitada.

–¿Duele? – cuestionó, empujando un segundo dedo. Lanzó otra maldición al percatarse como se tensaba contra él, dejando escapar un quejido de incomodidad.

Inmóvil, ignoró la maravillosa tensión alrededor de sus dedos.

–Un poco– respondió–. Pero no tanto…es extraño.

Sasuke la atrajo hacia un profundo beso, trabajando sus profundidades lenta y dolorosamente. No paso mucho tiempo antes de que Sakura comenzara a gemir.

Se percató de la tensión aumentando en su vientre. Sakura se estaba acercando al clímax por la forma en la que jadeaba. No pudo evitar besarla, ahogando los ruidos guturales contenidos en el fondo de su garganta mientras imaginaba como se sentiría, envuelta así alrededor de su palpitante miembro.

La lujuria explotó bruscamente en sus entrañas, y Sasuke dejó escapar un gemido tenso, sintiendo la humedad pegajosa goteando de su abertura.

Volvió a recostarla en la cama y se situó entre sus muslos. Sus ojos rodaron en la parte posterior de su cabeza cuando el calor de Sakura se extendió sobre su punta caliente.

–Sasuke-kun– la escuchó respirar, colocando una mano sobre su espalda y otra en su hombro–. Puedes hacerlo ahora…

La mirada se le oscureció mientras abría sus muslos y frotaba su virilidad contra la entrada. Acarició la protuberancia hinchada con la punta y soltó una maldición, temblando de anticipación. No podía creer que el momento había llegado, que finalmente iba a saber lo que se sentía estar enterrado en ese calor, apretado y aterciopelado.

Incapaz de soportarlo una vez más, Sasuke se colocó en su sensible abertura y empujo, un poco al principio, y luego con más presión, hasta que la mitad de su longitud estuvo rodeada. Ella era tan suave a su alrededor, tan dulcemente apretada. Capturó sus labios con un beso desordenado y tembloroso; una mano extendiéndose para entrelazar fuertemente sus dedos.

–Te amo, Sasuke-kun– masculló al borde de las lagrimas.

El pelinegro le beso la frente, luego la nariz y las mejillas.

–Yo también te amo, Sakura.

Las estocadas duraron poco. El sexo no fue muy allá, no aquella primera vez. Eran dos cuerpos acostumbrados a ritmos distintos, inexpertos.

Continuó moviéndose en el interior de Sakura, suministrándole instintivamente su flujo. Ella apretó los muslos alrededor de su cintura. Fue agradable, anticlimático, pero le gustaba la manera en la que la pelirosa se enroscó entorno a él y que fuese tan suave como había imaginado.

Una vez finalizaron, se tendieron juntos, desnudos, brazos y piernas en lugar de mantas, perdidos uno en el otro, sin necesidad de nada más.

El universo se transformó en un lugar pequeño, brillante y cálido.

Continuara