Sara salió de trabajar, fue a su casa, hizo las tareas del colegio para el otro día y luego se acostó a dormir.

Durmió hasta que su madre la despertó para que se prepare para la lucha libre que tenía ese día.

Esa noche le tocó pelear con Analgésico, Estrella verde, Fuerza terrestre, Relámpago y Rey dragón. Las primera pelea la perdió, las siguientes tres las ganó. Solo le quedaba la última pelea y ella sabía que tenía que ganarla para no bajar su rendimiento, sino eso le traería problemas con su madre y Malcolm.

La pelea con Rey dragón estaba siendo muy pareja. Ambos estaban dando buenos golpes al otro. Sara estaba muy concentrada, no quería perder. Se defendió lo mejor que pudo y atacó sin pensarlo, haciendo lo que en el momento su instinto le indicaba, como Malcolm le había dicho que tenía que hacer.

Pero de pronto sucedió algo que no esperaba y la hizo quedar paralizada del pánico. En un momento, que ambos cayeron al piso mientras peleaban, Rey dragón le dió un golpe seco en el pecho que le hizo cortar su respiración. Ese instante, en el que no pudo respirar, hizo que su mente se viera repleta de memorias de Damien Darkh. De cómo ese hombre la había ahogado durante sus sesiones de tortura, tanto con bolsas como con baldes con agua. Y al quedar congelada del pánico ante esos flashbacks, fue que perdió la pelea.

El viaje de regreso a su casa fue silencioso. Sara sabía que estaba en problemas y que la esperaba algún tipo de castigo, y no sabía cómo sentirse con eso.

— Al sótano. — Indicó Malcolm, cuando bajaron del auto.

Sara lo siguió al sótano. ¿Qué harían esta vez? ¿La dejarían encerrada o la harían entrenar con la varilla de metal?

— ¿Qué fue lo que hizo congelarte durante la pelea? — Le preguntó él.

— Tuve un par de flashbacks de Darkh. — Respondió ella, algo avergonzada porque no quería hablar con él de eso.

— Una de las primeras reglas que te enseñe cuando empezaste a entrenar es que tenes que controlar tus miedos. — Le recordó él.

— ¿Y cómo quieres que lo controle? — Preguntó ella frustrada.

— Vamos a probar distintos métodos. — Contestó él, pensativamente. — Dime alguno de sus miedos. — Le pidió a Dinah.

— Estar sin movilidad en algún lugar oscuro. — Respondió Dinah.

— ¿Cómo sabes? — Cuestionó ella, sorprendida.

— He leído tus expedientes psicológicos. — Le dejo saber.

Y eso se sintió como una traición más. Su madre había leído sus expedientes psicológicos, había leído todo lo que había sufrido por la tortura de Darkh, y ahora quería utilizarlo en su contra. El corazón se le estrujó en el pecho ante ese nuevo ataque.

— Ponte esto y haz que esta barra quede en medio de tus brazos. — Le indicó él dándole unas esposas y señalando una de las barras de metal que sostenía la pesa con que entrenaba.

— No. — Negó ella.

— ¿Preferís que te ahoguemos? — Pidió saber Dinah.

No, no prefería que la ahoguen. En ese momento tuvo que tomar una decisión, y ella eligió las esposas. Se las colocó a través de la barra como le había indicado Malcolm y las abrochó. Ahora no podía salir de allí, al menos que consiguiera las llaves de alguna manera o trepara la barra.

Dinah y Malcolm apagaron la luz del sótano y se fueron, dejándola sola.

Esa noche fue dura para Sara. La situación la llevaba a revivir muchos de los momentos que había vivido cuando había estado secuestrada. Casi no pudo dormir porque tuvo varios ataques de pánico y un par de pesadillas.

A la mañana la dejaron salir, así que ella se fue al colegio. Como era de esperar ese día le costó mucho concentrarse, ya que estaba cansada y sus recuerdos estaban muy al raz de la piel.

— ¿Estás bien? — Le preguntó Ava con preocupación. — Pareces cansada. — Dijo, luego de observarla detalladamente.

— Si, estoy bien. — Respondió ella, intentando mostrarse segura. — Es solo que no dormí bien, ya sabes pesadillas y todo eso. — Justificó.

— ¿Por qué no me mensajeaste o llamaste? — Pidió saber Ava con curiosidad.

— No quería molestarte. — Contestó ella con sinceridad.

La verdad es que lo había pensado, pero no tenía su celular con ella. Cuando iba a las competencias de lucha libre intentaba dejarlo en en su casa, por miedo a que su madre o Malcolm se lo descubran. Por eso cuando la encerraron en el sótano no tenía su celular, este estaba en su habitación.

— Sara, si te dije que podías hacerlo es porque no me molesta. — Aseguró Ava.

— Bien. — Aceptó ella.

— ¿La próxima vez me mandarás un mensaje? — Insistió Ava.

— Lo prometo. — Respondió ella y le ofreció su dedo meñique a modo de pacto.

Sellaron la promesa uniendo sus dedos meñiques, presionándolos uno contra otro. Ava se rió ante ese pequeño gesto, seguramente lo hizo porque esa era una forma infantil de acordar promesas. Pero su risa hizo que ambas se relajaran y compartieran un momento de entendimiento.

Sara se quedó todo el día pensando alguna manera de poder lograr sentirse a salvo en su casa. Finalmente se le ocurrió una idea, hacer una llave con cerradura para la puerta de su habitación. Si podía encerrarse allí, podía estar en paz y sentirse más segura.

Averiguó en un cerrajero cuanto saldría el trabajo, noventa dólares. Así que al día siguiente fue a Danver's Dinners y le pidió a su jefa trabajar el turno de esa tarde.

— Puedo saber por qué quieres trabajar esta tarde. — Pidió saber Eliza, le había parecido raro el pedido porque la chica en general elegía no trabajar las tardes de días escolares.

— Necesito noventa dólares y puedo ganarlos en un turno de trabajo. — Le explicó ella.

— ¿Para qué necesitas noventa dólares? — Preguntó Eliza con curiosidad, esperando alguna loca idea adolescente.

— Para pagarle a un cerrajero, tiene que hacer un trabajo en casa. — Respondió ella.

Eliza la dejó trabajar esa tarde y Sara pudo juntar los noventa dólares que necesitaba. Espero hasta tener un momento la casa para ella sola para hacer el trabajo. El viernes, cuando Dinah y Malcolm no estaban, llamó al cerrajero para que haga el trabajo y le pagó con su dinero.

Además se le ocurrió colocarle una traba, para que la puerta tuviera doble seguridad. Para eso compró la traba en el supermercado y llamó a Mick, para que la ayude a hacerlo.

— Listo, ya está. — Indicó él, una vez que terminó de atornillar la traba a la puerta.

— Gracias. — Le agradeció ella.

— No soy una persona que le guste meterse en los problemas de otras, pero ¿esto lo querías por algo que tenga que ver con Dinah o Malcolm? — Pidió saber él, algo preocupado.

— No exactamente. — Respondió ella y se tomó unos segundos para buscar una excusa que fuera creíble, pero no causara problemas. — Es que ellos son muy fiesteros y la casa muchas veces se llena de extraños, y eso me hace sentir insegura. — Argumentó.

Y algo de verdad había en eso también, porque había pasado más de una vez.

— Bien. — Aceptó él. — Si alguna vez me necesitas rubia solo tienes que llamar y yo te hago la segunda enfrentando a quien sea. — Le dejo saber.

— De acuerdo. — Asintió ella, se sentía bien tener la lealtad de otro amigo de su lado.

— ¿Vamos por un helado antes de que entres a trabajar? — Ofreció él.

— Eso me parece una gran idea. — Respondió ella con una sonrisa.

Fueron al centro y compraron unos helados que tomaron en el parque de skates, mientras miraban a algunos chicos patinar. Luego, Sara se fue a trabajar. Otra vez pasó todo el fin de semana trabajando. Pero eso no le molestaba, porque su trabajo le gustaba y se llevaba bien con sus compañeras, y la mantenía lejos de su casa.

El domingo intentó dormirse temprano para recuperarse del cansancio del fin de semana, pero le fue complicado poder dormir. Otra vez se encontró teniendo varias pesadillas. Miró la hora y eran las doce de la noche. ¿Sería muy tarde para hablar con Ava? Después de darle varias vueltas, decidió mandarle un mensaje. Después de todo, ella había insistido.

.

Sara:

Estás despierta?

.

Ava:

Si, estoy viendo una película con Amy.

Pero ella ya se quedó dormida.

Vos? Cómo estás?

.

Sara:

No puedo dormir.

Pesadillas y todo eso.

.

Ava:

Querés hablar de ello?

.

Sara:

Fue sobre mi hermana y mi papá.

Sabes que a ellos lo mató un asesino?

.

Ava:

Si, algo he leído en el diario.

.

Sara se sintió aliviada de que ella ya lo supiera, de no tener que dar explicaciones al respecto. Probablemente no sabía mucho, sólo los detalles que daban los diarios. Pero eso era bastante. Por lo menos, para ella, eso era más que suficiente.

.

Sara:

A veces desearía que también me habría matado a mí.

.

Ava:

No digas eso Sara.

Yo conozco muchas personas a las que nos gustaría eso.

Y de hecho a mi tampoco me gustaría.

.

Sara:

Por qué?

.

Ava:

Porque si él te habría matado no nos habríamos conocido.

.

Sara:

Podrías simplemente hablarme?

o contarme algo que me haga olvidar de todo esto por favor?

.

Ava:

Puedo llamarte?

.

Sara:

Si

.

Ava la llamó y escuchar la voz de ella la hizo tranquilizarse de una manera que no lo hacía hace tiempo. La hizo sentir acompañada. Ella le contó historias sobre su infancia, anécdotas de travesuras y peleas con sus hermanas. Y así, escuchando sus historias, se quedó dormida.

Al otro día, Sara fue al colegio con las energías renovadas, hace tiempo que no le pasaba de ir sintiéndose tan descansada.

— Hola. — La saludó Ava.

— Hola. — Le devolvió ella el saludo con una sonrisa. — Gracias por lo de anoche, me hizo bien, pude dormir. — Agradeció

— Me alegra haber podido ayudarte en algo, la próxima vez que pase ya sabes que hacer. — Dijo Ava, recordándole que podía contar con ella.

— Lo voy a tener presente. — Aseguró. — Después de todo lo prometimos con nuestros meñiques. — Comentó, sintiéndose satisfecha con ella misma al hacer reír a la otra.

— Tengo algo para darte. — Informó Ava y le entregó una tarjeta.

Era una invitación a su cumpleaños. Ava cumplía el 27 de noviembre. Ese año la fecha caía dos días después de acción de gracias, así que festejaba su cumpleaños el mismo día que cumplía ya que esa semana era de vacaciones.

— Pensé que hoy en día las invitaciones se hacían virtuales. — Bromeó ella.

— No me hagas arrepentirme de invitarte o te quitaré tu invitación. — Le advirtió Ava.

— Ni lo sueñes, es mía. — Dijo ella, abrazando la invitación contra su pecho para protegerla. — Gracias por la invitación, allí estaré. — Agregó.

— Bien. — Aceptó Ava con una sonrisa.

Sara se quedó pensando todo el día en qué regalo hacerle a Ava. Ella quería regalarle algo especial, algo que sepa que le gustaba, para demostrarle lo agradecida que se sentía por la amistad que estaban construyendo entre ellas.

Finalmente se le ocurrió una idea. Ava era fanática de los libros de poesía de Atticus, la había visto varias veces llevando algunos de sus libros. Buscó en google y vio que un nuevo libro había salido hace un mes. El único problema es que era bastante caro.

— Zari, ¿puedo pedirte un favor relacionado a la informática? — Pidió ella a su amiga.

— Claro. — Asintió Zari.

— Necesito que me descargues un libro. — Le dejo saber ella.

— ¿Qué libro? — Preguntó Zari, abriendo las notas en su celular para anotar la información

— "La verdad sobre la magia" de Atticus. — Respondió ella.

— Ava es fanática de Atticus. — Comentó Zari con curiosidad.

— Quiero regalarselo para su cumpleaños. No tengo dinero para comprarlo, pero puedo imprimirlo y hacerle ilustraciones. — Explicó ella su idea.

— Creo que es una gran idea. — Dijo Zari, apreciando la idea de la otra.

Al otro día Zari le entregó un pendrive con el libro descargado. Sara iba a imprimirlo en la biblioteca, pero al final decidió escribirlos a mano, usando distintos estilos de letra. Luego pasó toda la semana haciendo ilustraciones a cada uno de los poemas. Realmente se inspiró y dibujó las sensaciones que cada poema le despertaba al leerlo, solamente esperaba que Ava pueda encontrarles sentido. Luego le hizo una tapa artesanal con pétalos de flores secas.

Sara sonrió satisfecha al ver el resultado. Ahora solo quedaba dárselo a Ava, y que a ella le guste.