10. ¿Eso es un eufemismo?
—Perdone, agente, pero creo que ha habido un error. Es imposible que mi amiga haya hecho eso. Si ni siquiera sabe dar un puñetazo en la dirección correcta.
—Y no porque no lo haya intentado. Somos fervientes defensoras de que las mujeres aprendan autodefensa. Mi amiga, por ejemplo, podría haberlo hecho perfectamente.
—¿Se refiere a la de negro? Sí, no sé por qué no me cuesta imaginármelo. Hemos necesitado la ayuda de dos compañeras para inmovilizarla, pero no es ella la que debería preocuparles. La chica a la que ha atacado no va a presentar cargos. Seguro que está tan asustada que no quiere ni estar en la misma habitación que ella.
—¡Esa es mi chica! —exclama Shikamaru, y alguien, supongo que Itachi, le propina un puñetazo porque un segundo después aúlla de dolor.
—Y sobre mi novia, ¿cuál es el problema? Hemos ido a la discoteca y hemos visto las grabaciones de seguridad. Se ve claramente que ella solo responde a una provocación. Esas chicas se le han acercado y yo diría que buscaban pelea. No puede decir en serio que...
—Entiendo lo que dice y, créame, por los lloros etílicos y las súplicas de la señorita Haruno, es evidente que es una buena chica a la que nunca le han puesto ni una triste multa de aparcamiento.
—¡Es verdad! —grito desde la celda del calabozo, los brazos extendidos entre los barrotes—. ¡Agente, tiene que creerme! —suplico entre hipido e hipido—. Yo no quería romperle la nariz ni ponerle un ojo morado. Pero es que estaba siendo... tan mala —protesto, y descubro horrorizada que vuelvo a tener los ojos llenos de lágrimas.
—Ay, cariño, ven aquí. Entre todas nos hemos quitado a esa harpía de encima, ¿recuerdas?
De pronto, me engulle un abrazo colectivo. Teniendo en cuenta los acontecimientos de la noche, he de decir que mis amigas han conservado la calma, incluso Ino. Y yo que pensaba que acabar en el calabozo era lo peor que le podía ocurrir, seguido de cerca por la posibilidad de sacar un sobresaliente bajo.
Es genial el amor y el apoyo que nos ofrecemos las unas a las otras, la prueba definitiva de que podemos superar cualquier cosa, incluso una recreación espontánea de nuestro Orange Is The New Black particular. ¡Solidaridad femenina al poder!
Eso o estamos borrachas como cubas.
Unos golpes en los barrotes de la celda rompen el abrazo de grupo.
—A ver, las cuatro fantásticas, ¿qué tal si os separáis y les contáis a estos señores qué ha pasado exactamente?
Detrás de la enorme silueta del Graham hay dos hombres de aspecto confuso pero muy furioso y una tercera figura acechando al fondo.
—Un momento, ¿ese es Sasuke? ¡Eh, Sasuke, Sasuke! —lo saludo—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
Sasuke me devuelve el saludo tímidamente, pero baja la mano en cuanto su hermano lo mira. Me puedo imaginar la miradita, aunque seguro que se parece a la que le echó a Naruto cuando este se ofreció para ponerme crema protectora en la espalda sin segundas intenciones, claro está.
—Sakura... —empieza Itachi, y a las chicas se les escapa un «ooohh» colectivo.
—¡Te ha llamado Sakura y no ese mote tan adorable que usa contigo! Estás en un buen lío —apunta Hina con una risita a la que todas se unen menos yo.
—Itachi...
Me tiembla el labio inferior y no puedo creer que esté a punto de llorar por millonésima vez.
—Eh, bizcochito, no llores. —Me coge las manos a través de los barrotes—. Todo va a salir bien. Vamos a hablar con la chica para que retire los cargos, pero me tienes que contar qué ha pasado exactamente, ¿vale? Desde el principio. ¿Cómo te has metido en una pelea? Y, ¡eh, tigresa! —exclama al ver las marcas de mis nudillos—, ¿quién te ha enseñado a pegar puñetazos?
Me encojo de hombros.
—Shikamaru.
Maldice entre dientes y yo me encojo. Al lado, Temari y Shikamaru parece que están manteniendo una conversación parecida, pero es posible que la suya vaya mucho peor que la nuestra.
—Céntrate, Saku, céntrate. ¿Qué ha pasado?
—¡Ah, en eso sí que puedo ayudar! Lo he grabado todo. ¿Sabes? Hay un episodio de CSI en el que los amigos no...
—Sherlock, deme el móvil, por favor.
Al parecer, el agente no está de acuerdo con que se escondan pruebas y se oculten teléfonos en la entrepierna. Me confisca la única prueba que podría ayudarme a olvidar que esta pesadilla está ocurriendo realmente. Solo me queda la esperanza de que lo que se ha grabado sea la pelea en sí y no el tráfico sexual, escandaloso y seguramente ilegal que se estaba produciendo a nuestro alrededor. Es imposible que una discoteca que acepta cuatro carnets falsos tan mal hechos como los nuestros sin apenas inmutarse sea un local respetable.
—De momento, estamos hablando de consumo ilegal de alcohol, falsificación de carnets y altercado —murmura Shikamaru entre dientes—. ¿Te parece que esto es lo que necesitábamos ahora mismo?
—Eh, oye, señorito Moralina, ni se te ocurra presentarte aquí a darnos lecciones sobre comportamiento, que Sakura tiene un expediente con la ley mucho mejor que el tuyo.
Vaya, así que tenía razón: Shikamaru y Temari no están pasando por su mejor época.
—Ya está bien, chicos, no es el mejor momento para sacar los trapos sucios. Mejor...
Itachi coge aire y yo siento que me golpea un sentimiento de culpa insoportable. Y yo que quería una noche libre de dramas para los Uchiha, que la gala saliera bien y que, por una vez, la maldición de los Haruno nos diera un respiro... Creía que mi padre era la raíz de todos los problemas y ahora resulta que han cambiado las tornas y que he sido yo la que lo ha mandado todo al garete.
—Lo siento —sollozo—. Te juro que no quería que pasara nada de todo esto. No estábamos haciendo nada malo, pero de pronto ha aparecido un grupo de chicas y una de ellas sabía quién era yo o, más bien, quién eras tú. No... no debería haber bebido tanto, pero es que estaba lo de Pakura y lo de que Mikoto ya no esté en mi equipo y tú con esmoquin y... no he podido con todo.
Mi discurso tembloroso acaba cuando a Itachi se le escapa la risa al otro lado de los barrotes. Me enjugo las lágrimas mientras él me observa con una sonrisa adorable en la cara.
—¿De qué te ríes? ¡No te rías! Este año he hecho algunas asignaturas de leyes, ¿vale? Sé cuál es el castigo por... —Empiezo a contar mis delitos con los dedos de una mano, pero enseguida me quedo sin dedos, lo cual, obviamente, no puede ser una buena señal—. No puedo ir a la cárcel, ¿verdad? En serio, no puedo. Entre la prensa negativa, la gente que cree que soy una suicida y el último escándalo de mi padre, esto es lo último que debería estar pasándome. El mundo ya tiene más dramas Haruno de los que necesita.
—Estoy de acuerdo —asiente Shikamaru, y Temari y él retoman la batalla de miraditas.
Itachi se aclara la garganta e intenta disimular la sonrisa que asoma en la comisura de sus labios.
—Entonces, lo sientes, ¿no? Y prometes no volver a probar el alcohol hasta que tengas edad para hacerlo ni colarte en discotecas con un carnet falso, ¿verdad?
—Bueno, eso es mucho tiempo —replico, un tanto nerviosa—. Lo que sí puedo garantizarte es que no lo haré a sabiendas, pero ya sabes que con ella —señalo a Hina con el pulgar— y con ella —el otro pulgar sale disparado hacia Temari— nunca se sabe.
Itachi suspira y luego susurra:
—Saku, tú dile al agente que a partir de ahora serás una ciudadana modelo. Dilo como si lo sintieras de verdad, te será muy útil todo lo que recuerdes de las clases de teatro. El hombre no parece muy convencido.
—Ah, vale. —Me giro hacia el policía que nos ha detenido y mi labio inferior empieza a temblar en el momento justo—. Querido agente...
—¡No me puedo creer que nos haya soltado así, sin más!
Hina grita de alegría desde el asiento de atrás y, acto seguido, se dobla de la risa. Yo estoy bastante sobria, sobre todo teniendo en cuenta que he estado a punto de acabar en la cárcel, pero ella parece haber alcanzado nuevos niveles de embriaguez. A esta fase yo la llamo «la histérica de la fraternidad que la palma en las películas de miedo».
Apoyo la cabeza contra el cristal de la ventanilla y disfruto del aire acondicionado. Tengo el cuerpo caliente, las manos pegajosas y el corazón latiendo desbocado. Itachi conduce de vuelta a casa y, de camino, me obliga a beber más agua. En el otro coche van Shikamaru, Temari y Ino. Espero que lleguen de una sola pieza. A la pobre Ino le ha cambiado la cara en cuanto ha visto que Shikamaru y Temari se subían en su coche, dispuestos a alargar la bronca.
—¿A quién le tengo que dar las gracias? —le pregunto a Itachi sin mirarle a la cara.
Ahora que empiezo a estar sobria, la vergüenza me golpea en todo su esplendor. No me puedo creer que, después de prometer que no interferiría en su noche y de obligarle a ir a la gala con otra chica, el pobre haya acabado teniendo que conducir una hora para sacarme del calabozo.
—¿A qué te refieres?
—No soy tan tonta, ¿sabes? Me considero una persona con unos niveles decentes de inteligencia, aunque esta noche no lo parezca. Cuando habéis llegado, era como si mi lista de fechorías fuese interminable y, de repente, me sacan del calabozo sin más consecuencias. ¿A quién le has vendido el alma o le has prometido tu primogénito a cambio de que nos sacara?
—Querrás decir nuestro primogénito.
La frase me despierta una docena de mariposas en el estómago, pero decido hacer caso omiso porque si Itachi ignora mi pregunta es porque las cosas están peor de lo que me imagino.
—Madre mía, chicos, qué cursis. ¡Me encanta! —Hina asoma la cabeza entre los asientos—. ¿Y ahora dónde vamos?
—Tú, Hinata, a casa de Sakura, donde dormirás la borrachera. A mi novia me la llevo lejos de ti para que no vuelva a tomar decisiones en caliente y para que podamos hablar como los adultos que somos.
Hina no puede contener la risa.
—¿Qué? ¿Crees que la corruptora soy yo? ¿Es que no conoces a la chica con la que sales? O, bueno, ¿a su alter ego? Me gusta llamarla Petunia porque nadie florece como Sakura después de un par de chupitos de tequila.
—Hina —gruño entre dientes—, ¿quieres hacer el favor de no recordármelo?
Ella se encoge de hombros.
—Yo solo digo que no hay nada de malo en soltarse de vez en cuando y pasárselo bien.
—No sé si te has dado cuenta, pero os han detenido.
—¡Va, venga ya, Uchiha! Creía que eras de los que ven el lado bueno de las cosas.
Noto que me laten las sienes, señal más que evidente del dolor de cabeza que me espera mañana, así que dejo que la chiquillada discuta. Después de dejar a Hina en mi casa y de despedirnos de los demás, Itachi me lleva al Senju's, el restaurante en el que yo solía trabajar cuando iba al instituto. Pide unas hamburguesas con queso, patatas fritas y batidos; intuyo que su intención es subirme el colesterol o alimentarme para que desaparezcan por completo los efectos del alcohol. Juego con el salero lleno de roña mientras la camarera, una señora mayor, se aleja lentamente de la mesa después de tomarnos nota.
—Podrías haber dejado que me cambiara. Al menos así estaría un poco más tapadita para el sermón que me espera.
Itachi me echa una mirada de arriba abajo, ni crítica ni sexual; se limita a observarme como si acabara de reparar en el trozo de tela negra con el que Temari me ha obligado a vestirme.
—Ese vestido no es tuyo, ¿verdad?
Yo me encojo de hombros.
—Después de que te fueras, no me apetecía quedarme toda la noche en casa, apiadándome de mí misma y en pijama, así que decidimos salir y todo iba bien hasta que esas chicas...
En cuanto pienso en ellas, la rabia se apodera de mí. No eran más que un grupo de estudiantes borrachas empeñadas en elevar el listón de las groupies hasta niveles insospechados.
—Sí, el grupito... El vídeo es muy fuerte. No he conseguido entender lo que te dice, pero, madre mía, Saku, lo único que me impediría darle un buen puñetazo yo mismo es que es una chica.
Es entonces cuando me percato de que se ha cogido a la mesa y de que le tiemblan las manos. También caigo en la cuenta de que aún lleva el esmoquin, cuya chaqueta se quita y me pasa por encima de los hombros. En vez de volver a su lado del reservado, me levanta con toda la naturalidad del mundo y me sienta de medio lado sobre su regazo.
—Cuéntamelo todo para que no siga imaginándome lo peor.
Jugueteo con un botón de su camisa y apoyo la cabeza en su hombro. Seguro que apesto a alcohol y a calabozo, pero Itachi ni se inmuta.
—Supongo que fue culpa mía. ¿Quién conduce una hora para escapar de una situación determinada? Sabían quién era yo o, bueno, al menos habían oído hablar de mi familia. Pero eso da igual, no parecían muy interesadas en la política. En cambio, a ti sí te conocían, o al menos una de ellas. —Su cuerpo se tensa y sus brazos se cierran alrededor de mi cintura; se nota que sabe que lo que le cuente a continuación, sea lo que sea, no le va a gustar—. Antes de que se te meta en la cabeza que todo lo malo que me pasa es por tu culpa, piensa que lo que ocurre es que eres famosillo en los círculos universitarios o como quieras llamarlos. —Me encojo de hombros e intento romper la tensión—. Además, la chica te conocía de la academia militar, pero, vamos, no en el sentido bíblico.
Pero ¿se puede saber qué estoy diciendo? En cuanto cierro la boca, una expresión de ira nubla la cara de Itachi.
—Lo que quiero decir es que o bien fue contigo a clase o bien conoce a alguien que fue contigo porque está claro que sabía quién era yo. Vino directa a por mí y empezó a soltarme un rollo sobre si tú estabas mucho mejor solo. Reconozco que tengo unas cuantas inseguridades, pero la única que puede llenarme la cabeza de ideas autodestructivas soy yo. Y ya no me van esas cosas, intento no hacerme daño como antes, y me he esforzado tanto... —De pronto, se me rompe la voz y me doy cuenta de que me estoy poniendo sentimental—. Me he esforzado mucho para no volver a dudar de mí misma, para sentirme a gusto con quien soy y para que nadie pueda quitarme eso.
—Bizcochito...
Me coge de la barbilla con la palma de la mano y me besa. Es un beso de aceptación, de reconocimiento de mi dolor y de mi lucha, un beso de frustración, la suya, porque no sabe cómo pasa ni por qué, pero está claro que el motivo por el que mis demonios vuelven una y otra vez es él.
—No sé qué decir —susurra entre beso y beso, posando sus labios sobre los míos, con los brazos alrededor de mi cintura y apretando mi cuerpo contra el suyo—, solo que me alegro de que me dejes estar a tu lado.
—Eh, nada de eso. Esto no es culpa de nadie. Eso sí, me arrepiento de haberme puesto violenta. No debería haberle hecho caso, pero es que parecía, eh...
—¿Qué?
Duda antes de preguntar, como si la información que tengo fuera una bomba de relojería, y quizá lo es.
—Parecía conocer bastante bien tus preferencias sexuales —respondo, y me pongo colorada de la cabeza a los pies a un ritmo alarmante.
Por un momento, se queda patidifuso.
—¿Y eso qué quiere decir?
Carraspeo antes de contestar.
—Parecía bastante convencida de que una don nadie como yo no puede mantener tu interés porque en realidad te va...
Bajo la voz para que no me oiga nadie; todos los empleados rondan los sesenta y no quiero escandalizarlos. Ya creen que mi familia trabaja para Satanás, así que mejor no les doy más motivos para llamar al cura.
—Me va ¿qué? Bizcochito, tengo que admitir que esta es una de las conversaciones más extrañas de mi vida, y que conste que incluyo la que tuve con la abu Uchiha el día que intentó darme una charla sobre sexo con diagramas circulares y gráficos de todo tipo. Tardé un año en recuperarme.
—¡Chisss! Ni se te ocurra decir la palabra que empieza por ese.
—¿Cuál? ¿Sexo? ¿Qué tiene de malo decir «sexo»?
Le doy un empujón en el pecho.
—¿Tanto te cuesta hacerme caso por una vez? ¿Y si quiero que la gente de aquí crea que me estoy reservando para el matrimonio? ¿No crees que sería bueno para mi reputación?
Itachi pone los ojos en blanco.
—Bueno, la cuestión es que no te has reservado para el matrimonio y yo no veo la letra escarlata por ninguna parte.
—Tienes razón, esta conversación es muy rara. Lo que te decía, que esa chica cree que te va —cierro los ojos y digo la palabra de corrido— el sadomaso y que le robaste las esposas a tu padre y dice que organizaste un club secreto cuando estabas en la academia militar.
Lo he dicho con los ojos cerrados y, cuando los abro, el único sonido que me llega es el de la cocina. Itachi y yo nos miramos en silencio, yo visiblemente avergonzada, claro está. Si lo admite, no creo que pueda volver a mirarlo de la misma manera.
—¿Las esposas de mi padre?
Asiento.
—¿Un club secreto de sadomasoquistas?
Vuelvo a asentir.
Tarda media hora en parar de reírse, tiempo que aprovecho para comerme su comida, además de la mía, como forma de venganza.
No vuelvo a casa, Itachi me insiste para que pase la noche con él a pesar de mis reservas. No estoy segura de que Mikoto y el sheriff Uchiha me quieran en su casa, pero él me quita las tonterías de la cabeza y me arrastra literalmente. Cuando consiguió controlar la risa, me aseguró que no le van esas cosas sadomaso, pero que si quiero probarlo él no tiene ningún problema.
Yo estoy colorada desde entonces. Si no para de lanzarme indirectas, es probable que me vuelva roja de por vida.
Cuando entramos en su casa, me recibe un intenso olor a comida recién preparada. Alguien está trasteando en la cocina, pero no me cruzo con nadie más y, la verdad, es un alivio. Estoy demasiado avergonzada para plantarme delante de los padres de Itachi, ahora que sé que son ellos los que han movido los hilos para sacarnos a mí y a mis amigas de la cárcel sin tener que cumplir condena. Vamos a hacer servicios a la comunidad, lo cual me parece una idea genial. Necesito tener la mente ocupada o acabaré sufriendo una muerte temprana de tanto pensar.
—Mierda, creo que me he dejado la cartera en el coche —se lamenta Itachi mientras se palpa los bolsillos traseros del pantalón.
Está tan guapo y tan espectacular como siempre, a pesar de que ha tenido que salir corriendo para rescatarme. Los hombres que saben llevar un traje tienen algo que nos vuelven a todas locas.
—¿Por qué no vas subiendo? No tardo ni un minuto y, de paso, intentaré robarte un poco de lo que están preparando en la cocina, que casi se te ven los corazoncitos en los ojos.
—Huele a chocolate, Itachi, y me está llamando por mi nombre.
—Como ordene la condesa. Enseguida le subo lo que encuentre.
—Qué chiste tan malo. No sé cómo no se te había ocurrido antes.
Me da un beso en la frente y se dirige hacia su coche, y justo cuando me dispongo a subir las escaleras, aparece Sasuke, que sale de la cocina cargado con un plato de exquisiteces.
—¿Una galleta?
Sé que no debería avergonzarme de que mi antiguo amor platónico barra hermanastro de mi novio haya tenido que venir a pagarme la fianza, pero la cuestión es que me da vergüenza. Mi relación con Sasuke es complicada porque, en cierto modo, él representa todo lo que antes estaba mal en mí. Si Itachi cree que alimenta mis inseguridades, es que no sabe nada de la persona que era yo cuando me gustaba Sasuke. Cada vez que lo tengo delante, me arrepiento de lo dura que fui conmigo misma, de intentar compararme con chicas como Karin, de esforzarme en ser alguien que está claro que no era. No quiero que me vea en mi peor momento, como el desastre de persona que era antes. Sin embargo, no me trata con desdén o con pena. Es el Sasuke distante y despistado de siempre, y yo no me siento demasiado cómoda en su presencia porque parece que solo vaya vestida con la chaqueta de Itachi.
—¿Las has hecho tú?
Mis manos se dirigen hacia las galletas como si tuvieran vida propia.
—No, eh, Pakura. Dice que es su forma de liberarse del estrés.
—Un segundo... ¿Pakura, la acompañante de Itachi?
Se pone colorado y desvía la mirada.
—Sí, la misma. Mi hermano la dejó plantada cuando le llamaron para decirle que te habían detenido, lo cual fue una cagada por su parte porque la pobre no conocía a nadie, así que tuve que...
—Lo entiendo y es todo un detalle por tu parte, Sasuke. Pero entonces ¿qué hacías en comisaría?
—Le conté a Pakura lo que había pasado, le presenté a un par de personas para que no se quedara sola y luego seguí a Shikamaru y a Itachi. Mi padre quería asegurarse de que mi hermano no la liaba.
En serio, no creo que pueda volver a mirar al sheriff Uchiha a la cara.
—Vale. —Nos quedamos en silencio y luego pregunto—: Entonces Pakura... ¿está aquí?
Asiente y yo gruño para mis adentros.
—Creo que le gusto.
Madre mía, es adorable. Si no fuera la reacción más extraña del mundo, le pellizcaría las mejillas como si fuera su abuela.
—O quizá es que tienes la costumbre de creer que les gustas a las chicas cuando en realidad les gusto yo.
Itachi aparece como si tal cosa y me pasa un brazo alrededor de la cintura en un gesto claramente posesivo. No hubiera sido más evidente si hubiera marcado territorio meándome encima. Le propino un codazo disimulado, o puede que no tan disimulado porque se le escapa un alarido.
—¡Bueno, lo de Pakura Yukari suena prometedor! Deberías pasar menos tiempo aquí con nosotros y ayudarle a hacer más galletas.
—¿Eso es un eufemismo?
—No, pervertido. Míralo, tiene un plato de galletas en la mano.
—Plato que voy a proceder a entregarte, Sakura, sin apenas acercarme.
Sasuke le dedica una mirada nerviosa a su hermano, me pone el plato en las manos y se aleja rápidamente.
—¿Le has amenazado? —pregunto en voz baja.
Menos mal que sus padres no están en casa y no me han visto destruir su hogar enfrentando a sus hijos.
—No —responde Itachi, y emite un gruñido.
Lo fulmino con la mirada hasta que sucumbe al poder de mis ojos.
—Vale, vale, puede que sí, pero la amenaza siempre ha estado ahí, solo le he hecho llegar un recordatorio porque últimamente parecía demasiado emocionado con la idea de que yo fuera a la gala con Pakura y no contigo. Es un imbécil y un oportunista.
—Pero ¿por qué le has hablado así hace un momento? ¡Que está haciendo galletas con Pakura! — exclamo, y levanto las manos en alto.
—Como ya he dicho, imbécil y oportunista.
—¡Uf! Esto es demasiado.
Vuelvo a levantar las manos para añadir efecto dramático, me dirijo hacia las escaleras y oigo a Itachi siguiéndome de cerca. Me coloca una mano en la curva de la espalda, se inclina hacia mí y me susurra:
—Ya te he dicho que no me va el bondage ni los látigos, pero me parece bien que encuentres formas de liberarte de la tensión que sientes ahora mismo.
Su aliento me acaricia la nuca.
—Genial. —Aprieto los dientes e intento no dejarme embaucar por otra de sus tretas. Doy media vuelta y pongo mi voz más sexy—. ¿Sabes qué? Me apetece una noche muy, muy larga de... —La nuez se le encarama a lo alto del cuello—. Charla. Hablemos de emociones, de sentimientos, contactemos con tu lado femenino. ¿Qué te parece, cariño? ¿Hacer listas te pone?
Sonrío y él me levanta del suelo y me carga sobre su hombro. Quizá hablar no sea lo único que hagamos esta noche.
A la mañana siguiente, soy la primera en bajar a la cocina. Voy vestida con una camiseta de Itachi y unos pantalones cortos, así que espero no cruzarme con ningún Uchiha, entre otras cosas porque aún no me siento cómoda con la rutina de la mañana siguiente en casa de los padres de tu novio. Pero tengo un dolor de cabeza brutal y, a pesar de que Itachi me obligó a tomarme un calmante y un vaso de agua antes de acostarme, me he despertado con la madre de todas las migrañas y la boca seca como la mojama. Me sirvo un vaso de agua helada y, mientras me lo bebo, no puedo evitar derramarme la mitad en la camiseta cuando Mikoto aparece de la nada y me da un susto de muerte. Menos mal que es médico.
—Ay, lo siento, Sakura, no quería asustarte.
Toso en cuanto noto que el agua me ha bajado por el conducto equivocado y estoy a punto de escupírsela en la cara.
—No, no, no pasa nada. Supongo que hoy estoy especialmente asustadiza.
Me seco la camiseta con un trozo de papel de cocina mientras ella me observa, preocupada.
—¿Resaca? —pregunta, y yo solo quiero desaparecer, derretirme sobre el mármol del suelo y no tener que revivir este momento nunca más.
—Un poquito —murmuro.
Mikoto sonríe, pero sus ojos no se inmutan.
—¿Por qué no sacas unos huevos de la nevera y preparamos la mejor cura que existe para la resaca?
Nos ponemos manos a la obra en silencio, pero se me rompe el corazón porque, aunque está siendo muy amable conmigo, esta no es la Mikoto que conozco y que es como una madre para mí. Siempre me ha apoyado, siempre se ha puesto de mi lado, incluso antes de que yo supiera lo que Itachi sentía por mí.
Ha desempeñado un papel primordial en nuestra relación, en el hecho de que sigamos juntos, y por eso no puedo soportar la horrible sensación de que está a punto de romper conmigo.
Nos sentamos en el patio para desayunar y aprovecho para disculparme por lo de anoche, pero ella le quita importancia con un gesto de la mano.
—Fugaku y yo —me dice, refiriéndose a su marido— nos enteramos de lo que había pasado, de lo de aquellas chicas. No te culpo, sobre todo porque sería muy hipócrita por mi parte. Yo también he tenido algún que otro encontronazo con pandillas de groupies borrachas. Ese no es el problema, pero sé que te has dado cuenta de que sí hay un problema.
La comida que tengo en la boca se convierte en serrín. Empujo el plato a un lado y contengo las ganas de vomitar, más fuertes que nunca.
—Sí, lo sé, y, Mikoto, siento mucho todos los problemas que he provocado en tu familia. La gala era muy importante para mí, no te imaginas la vergüenza que sentí cuando supe que los de la junta no me querían allí. Nunca he querido imponeros los problemas de mi familia.
Me mira y cubre mi mano con la suya en un gesto tranquilizador.
—Por favor, Sakura, no hace falta que te expliques. Jamás se me ocurriría castigarte por los errores de tus padres. Somos adultos, no tengo intención de juzgar a nadie, entre otras cosas, porque no es asunto mío.
—¿Pero?
Mikoto coge aire antes de seguir.
—Pero espero que no te enfades y que seas capaz de verlo desde mi perspectiva como madre de Itachi. —De repente me pesa el pecho una barbaridad, como si alguien le hubiera puesto un ancla encima y la garganta se me estuviera cerrando—. Cuando empezasteis a salir, yo tenía mis razones para apoyaros y no todas eran desinteresadas. Una parte de mí estaba convencida de que si Itachi conseguía a la chica de sus sueños, mi familia saldría reforzada. Él se llevaría mejor con su padre porque ya no estaría atormentándose continuamente y Sasuke y él volverían a ser amigos.
—Y eso no ha pasado.
Se encoge de hombros.
—No digo que sea culpa tuya. Los chicos tienen sus propios problemas y tienen que aprender a solucionarlos. Mi principal preocupación es Itachi porque, a pesar de que estáis juntos, la verdad es que no creo que sea más feliz que antes.
De pronto, la presión es tan intensa que es como si me hubiera disparado, como si alguien me estuviera cogiendo el corazón en un puño y me lo estuviera estrujando. Me quedo estupefacta, sin saber qué decir.
—¿Crees que no es feliz conmigo? —susurro. Ella responde que no con la cabeza.
—Creo que su felicidad está ligada a la tuya. Es feliz cuando tú eres feliz, está triste cuando tú lo estás y lo pasa mal contigo.
—Y el sentimiento es mutuo —replico—, a mí me pasa igual. ¿Por qué es un problema?
—Porque no es normal. —El tono de su voz es cálido, pero firme—. El primer año de universidad tiene que ser divertido, salvaje, dar miedo y ser una oportunidad para descubrir quién es uno en realidad. Todo lo que me ha llegado de vosotros son más dramas de los que ya teníais en el instituto. A ti te está costando adaptarte al papel de Itachi en la universidad y él se odia por ello. Nos acabamos de enterar que ayer mismo despidió a su representante. Sé que se está dejando la piel para arrastrarte junto a él hasta el centro del escenario y eso es precisamente lo último que necesitas.
—Pero, Mikoto, le he dicho mil veces que él no tiene la culpa de nada. Las inseguridades, los problemas, la familia... son problemas míos. No quiero que lo pase mal por mí.
—No puede evitarlo y sabes que tampoco te va a hacer caso. Estáis conectados a un nivel demasiado profundo y ahora mismo ninguno de los dos lo está pasando bien. Esperaba no tener que hablar de esto contigo, pero después de lo de ayer... Sakura, por favor, no te lo tomes a mal, pero creo que ahora mismo no haces feliz a Itachi. Está demasiado obsesionado con tu bienestar, nunca piensa en sí mismo, y puede que algún día acabe echándotelo en cara.
Intento llenar los pulmones de aire, pero es inútil. No puedo respirar, expulso el aliento en pequeños jadeos, como si se me estuvieran colapsando los pulmones. Me cojo a la mesa y trato de evitar el ataque de pánico que estoy a punto de tener, pero no sirve para nada. Me pitan los oídos, cierro los ojos y hago todo lo posible para no llorar.
—Mamá, ¿se puede saber qué le has hecho?
Mi salvador, mi héroe, siempre preocupado por mí, siempre acudiendo al rescate.
