Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es tufano79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is tufano79, I'm just translating her amazing words.


Thank you tufano79 for giving me the chance to share your story in another language!


¡Feliz cumpleaños Yani!


Figura Ocho

Capítulo Once: Clubs y Cumpleaños

BPOV

Casi le dije a Edward que lo amaba. Santa mierda. ¿Lo amaba? Sí, sí lo amaba. Los últimos dos meses que llevábamos juntos habían sido poco menos que maravillosos. Él se ha comportado increíblemente caballeroso, paciente y amoroso. Cuando me imaginaba teniendo una relación, imaginaba lo que tenía con Edward. Él hacía todo lo que yo imaginaba y mucho más. Su generosidad era infinita. Cada vez que tenía oportunidad de consentirme, lo hacía. Y no estaba hablando de cosas materiales. Sí me dio un hermoso pendiente y los aretes en el Space Needle, y mi osito Tony, pero siempre era generoso con su tiempo, su cariño y su mente.

También lo había visto desmoronarse. Después de su primera terapia, se desmoronó, sufriendo por su padre. Intentó ser fuerte para mí, pero cuando le dije que soltara todo en su apartamento, las compuertas se abrieron. Sus sollozos fueron desgarradores. Me abrazó con tanta fuerza. Yo sólo le permití llorar en mi cuerpo. Detestaba ver a un hombre tan fuerte hacerse pedazos, pero necesitaba hacerlo. Finalmente estaba aceptando la muerte de su padre. Era un tema muy delicado para todos los demás, pero Edward habló de forma sincera conmigo sobre su relación con su papá.

Después de esa noche con su terapeuta, yo había empezado a pasar cada noche en sus brazos. No podía sentirme más emocionada. Después de esa primera semana, comencé a regañarme diciéndome que esto se estaba moviendo muy rápido. Esa noche la pasé en mi propia habitación. Al menos por una hora. Extrañaba su cuerpo envuelto en el mío. Agarré mis llaves y me metí a su apartamento. Con habilidades de ninja, me metí entre las sábanas y de regreso a sus brazos. Decir que se sorprendió de encontrarme ahí en la mañana sería decir poco.

En cuanto a nuestro patinaje del día de hoy, decía en serio eso de que nunca antes me había divertido tanto en el hielo. Con Jacob siempre estaba preocupada de que fuera a lanzarme con demasiada fuerza, a tocarme el pecho o manosearme inapropiadamente el culo. El tiempo que pasaba en el hielo con Edward era perfecto. Era gentil conmigo mientras patinábamos, nunca me lanzaba con demasiada brusquedad ni me agarraba el cuerpo.

Queremos que te agarré el cuerpo. Tus pechos. Tu culo. Tu coño…

Yo también, chicas.

¿En serio? ¿Ya? O sea, ¿justo ahora?

No. Todavía no estoy lista para eso. Pero lo deseo.

Antes de poder expresar las palabras, nuestros amigos y familia entraron al vestidor. Edward me posó sobre mis patines, frunciendo ligeramente el ceño. Se compartieron las felicitaciones junto con abrazos y besos. Decidimos regresar al hotel para cenar algo. Alice dijo que los jóvenes iríamos a un club llamado Blush después de la cena.

Alice me secuestró y me arrastró a la habitación cuando regresamos al hotel. Me dijo que me bañara, pero que no me lavara el cabello. Le alcé una ceja y me di una ducha rápida. En cuanto termine, Alice estaba ya sentada en la cama sosteniendo una tarjeta.

—Hoy es el cumpleaños de Edward —dijo Alice con una sonrisita.

—¿Qué? ¡No me lo dijo! —gruñí—. Oh, le daré una patada en la espinilla con mi cuchilla por eso.

—Al parecer, detesta celebrar su cumpleaños, igual a cierta castaña que conozco —dijo Alice de forma seca—. Su mamá dijo que en varios de sus cumpleaños un idiota con el que fue a la escuela le bajó los pantalones. Subsecuentemente empezó a odiar celebrar sus cumpleaños. Es por eso que no te lo dijo. Yo sólo sé porque se lo pregunté a Mami Masen. Quería planear una sorpresa de cumpleaños para tu chico. Oh, y éste es tu regalo para él.

—Alice, ¿no pensaste que me hubiera gustado comprarle mi propio regalo a mi novio? —pregunté con enojo.

—Sí le compraste el regalo. Usé tu tarjeta de crédito para hacer las reservaciones —dijo mientras me entregaba el sobre.

—¡Alice! ¿Cómo? —me quejé.

—Vamos, Bella. Estás forrada de billetes. Cada centavo que has ganado en promociones y patrocinios se ha ido a tu cuenta de valores. ¿Cuántos millones tienes?

—Alice, ese no es el punto —gruñí mientras le quitaba la tarjeta a mi amiga. La abrí y vi que era un cupón para una experiencia con carros exóticos y dos boletos para cenar en un crucero en Seattle—. Son bueno regalos, pero eso no anula el que no debiste haber usado mi tarjeta de crédito para comprarlos. No lo hagas de nuevo. ¿Entendido?

—Sí —dijo con un puchero.

Firmé la tarjeta y la dejé en la cama. Alice comenzó a trabajar en mi cabello y maquillaje. Revolvió los rizos que usé al patinar y los movió sobre mis hombros. Alice me entregó una bolsa de ropa con un guiño. La abrí y dentro estaba una de sus creaciones más recientes. Era un vestido negro con diseños en rojo, rosa y fucsia. Sonreí y fui al baño a ponérmelo. Éste abrazaba mi cuerpo. Podías ver cada curva. Alice también había incluido mi lencería, un par de bragas y sostén a juego color rosa fuerte.

Cuando terminé en el baño, me fui a mi habitación de hotel. Alice se había puesto un vestido strapless. Tenía un diseño de cebra en la parte de arriba y volantes de tafetán color rojo en la parte de abajo. Se veía muy linda con su ropa. Me entregó los zapatos y esperamos hasta que Emmett y Edward vinieran por nosotras. Unos momentos después, un suave golpe lleno la habitación y sonó el seguro.

—¿Hola? —habló Edward—. ¿Están decentes?

—Sí —gorjeó Alice. Los chicos entraron y casi se me sale el corazón del pecho. Edward estaba usando pantalones de vestir color gris, una camisa blanca y una corbata rosa. La misma corbata de nuestra rutina Fever. Sonrió torcidamente y rodeó mi cuerpo con sus brazos.

—Te ves absolutamente preciosa, amor —dijo, besando mis labios. Pasó su nariz a lo largo de mi mandíbula, inhalando profundamente—. Me encanta tu olor, Bell. Debería embotellarlo y venderlo. Es casi tan bueno como para comerse.

—No todos los días escucho lo comestible que soy —me reí mientras tiraba de su cabello húmedo—. Podría decir lo mismo de ti. Siempre hueles a tu colonia, jabón corporal y algo que es inherentemente tú.

—Dios, ustedes son nauseabundos —dijo Emmett, poniendo los ojos en blanco.

—Prefiero ser nauseabunda que jodidamente pornográfica —repliqué—. He visto más de tu culo desnudo de lo que me importaría mirar, Emmett McCarty.

—No es mi culpa que no sepas tocar —bufó Emmett.

—Era la maldita sala de entrenamiento, imbécil —dije, rodando los ojos.

—Qué asco, Em —gimieron Edward y Alice. Emmett se encogió de hombros.

—Vamos, Ron Jeremy —dijo Alice, tirando de la camisa gris de Emmett—. Démosles algo de privacidad.

—Tal vez deberías decirle "Ron Jeremy" a Edward —dijo Emmett, agitando las cejas.

—No me hagas patearte el culo —ladró Edward. Alice golpeó a Emmett en la cabeza y lo empujó por la puerta—. ¿Siempre es así de molesto?

—Si te refieres a estúpido, entonces sí —respondí—. Una pequeña hada me contó un secreto. —Los labios de Edward se encontraron con mi cuello y besaron ligeramente mi piel hasta que llegó al punto donde se sentía mi pulso.

—¿Qué te dijo? —preguntó mientras mordisqueaba mi piel.

Carajo, eso se siente bien. Por favor, ¿podemos divertirnos con Skateward?

Concéntrate.

—Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños querido Edward, feliz cumpleaños a ti —canté. Gimió y me abrazó más cerca—. No gimas, guapo. Tu cumpleaños es un día para celebrar.

—En teoría —dijo—. Es que odio mi cumpleaños. Sabía que Alice ya sabía. Antes de hacer la rutina de Fever me dijo que iríamos a un club.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté, sintiéndome un poco herida porque no lo hizo.

—Tuve cumpleaños horribles de niño y prefiero pasar el día como si fuera cualquier otro. Nada especial —se encogió de hombros.

—¿Qué sucedió?

—Mi mamá hacía una enorme fiesta para mí. Invitábamos a todos mis compañeros y había un niño que me odiaba. Su nombre era Brian. Siempre encontraba una forma de humillarme en mi cumpleaños. Para mi noveno cumpleaños, me estrelló la cara en el pastel. En mi décimo cumpleaños, encontró la maquina para afeitar de mi papá y me rasuró la mitad de la cabeza. Para mi decimo primer cumpleaños, me bajó los pantalones. En mi doceavo cumpleaños me bajó el traje de baño. Después de ese cumpleaños, mi mamá finalmente me permitió tener una fiesta más pequeña con los amigos que quería. Sin embargo, se me quedó la idea de que mi cumpleaños era un día para sentirme avergonzado.

—Hoy no ha sido horrible, ¿cierto? —pregunté.

—No. De hecho, he tenido un buen día —dijo.

—Entonces, acepta este pequeño regalo en tu cumpleaños, guapo —le dije, tirando de su mano. Nos sentamos en la cama. Le entregué la tarjeta, mordiéndome el labio cuando la abrió. Leyó la boba tarjeta que Alice había encontrado. Bufó y rodó los ojos. Luego volteó el cupón y su cara palideció—. ¿Edward?

—Bella, esto es demasiado —dijo con voz ahogada.

—No, no lo es —dije, mirándolo a los ojos—. Te lo mereces. Todo.

—Pero ¿carros exóticos y cena en un crucero? Esto es muy caro —argumentó.

—Edward, tengo que contarte un secreto. Mis padres, Alice y mi contador son los únicos que saben esto. Nunca he gastado nada del dinero de mis promociones ni mis patrocinios, excepto cuando compré mi carro. Se fue a una cartera de acciones. Igual que tú, no tengo que preocuparme por trabajar jamás. Además, quiero consentirte —le dije mientras veía sus pensativas esmeraldas.

—Ya me conscientes, Bell, con sólo estar conmigo —murmuró.

—Hay algo más que quiero decirte, Edward —dije, cerrando los ojos. Me preparé para decirle lo que quería decirle después de patinar—. Nunca le he dicho esto a nadie además de mis padres, Edward, pero te amo —abrí los ojos y lo miré.

—¿Me amas? —preguntó. Asentí, mordiéndome el labio—. Oh, Bella. Estoy tan enamorado de ti. —Me jaló a su pecho y me abrazó con fuerza—. He tenido miedo de decírtelo pensando que te asustarías.

—Yo también he temido decir las palabras —murmuré en su musculoso hombro—. Espera, ¿también me amas?

Se apartó y asintió con una sonrisa.

—Te amo, Bella. He querido decírtelo desde nuestra cita en el Space Needle. Casi lo dije y te congelaste. No quería asustarte y perderte.

—Entonces tú me amas y yo te amo a ti —dije con una sonrisa.

—Sí —dijo con una mirada de reverencia—. Este es el mejor cumpleaños de todos, amor. Hoy me has hecho el hombre más feliz del mundo.

Wuju, le dijiste que lo amabas. ¿Ya podemos montar su salchicha?

—Me alegra, guapo —dije, acariciándole las mejillas. Se inclinó hacia enfrente y capturó mis labios con los suyos. Los sentimientos que tenía por él se incrementaron ahora que le había dicho cómo me sentía. Lo amaba. Amaba a Edward Anthony Masen. Él me amaba. Edward ladeó su cabeza y profundizó nuestro beso. Su lengua se metió entre mis labios. Me acerqué a él, presionando mi cuerpo con el suyo, sintiendo su duro torso contra el mío. Sus brazos me abrazaban con fuerza mientras me besaba. Su boca bajó a mi cuello. Gemí.

—Me encantan los sonidos que haces, amor —susurró sobre mi piel—. No tienes idea de lo que me provocan.

Tú no tienes idea de lo que nos hace tu boca. Necesitamos bragas nuevas. O ser folladas a profundidad por ti.

Su tono ronco me hizo gemir de nuevo. Su boca se movió a la mía y sus labios empujaron de forma agresiva sobre mi boca. Amaba esto. Amaba todo lo que él hacía. Quería más. Necesitaba más de él.

Edward se apartó muy pronto, jadeando pesadamente. Yo estaba haciendo lo mismo.

—Es mejor que nos vayamos. Tenemos una cena que disfrutar en Sinatra.

—Sí —dije sin aliento.

—¿Bella?

—¿Hmmm?

—Te amo —dijo con una enorme sonrisa.

—También te amo, Edward —le dije al abrazarlo con fuerza. Se apartó y bajamos al restaurante. El resto de nuestro grupo ya estaba ahí. Nos llevaron a una esquina del restaurante. Edward me ayudó a sentarme. Se sentó junto a mí, besándome la mejilla.

—Ambos actuaron de forma hermosa hoy —dijo Esme con su marcado acento—. Nunca antes he visto a mi hijo actuar tan bien.

—Gracias, mamá —Edward se sonrojó—. Ayuda mucho que confío implícitamente en mi pareja.

—Vi las notas de tu programa —susurró Esme—. La dedicación a tu padre fue perfecta, Edward. Él se habría sentido muy orgulloso.

—Fue idea de Bella dedicarle la canción de cuna a él —dijo Edward, su voz sonó cargada de emoción. El mesero llegó y ordenamos nuestras bebidas. Carlisle pidió una botella de vino para la mesa. Cuando se fue el mesero, Edward habló de nuevo—. Fue mi forma de despedirme de él.

—Oh Edward —exhaló Esme. Le besó la sien con lágrimas cayéndole por las mejillas. Se levantó y me rodeó el cuello con sus brazos—. Bella, eres una mujer tan encantadora. Estoy muy feliz de que tú y Edward se hayan encontrado. Gracias.

No sabía qué decir, pero me sonrojé furiosamente. Esme me miró con tanto amor y orgullo. Ella miraba a Edward con la misma expresión. Se sentó junto a Carlisle. Él estaba sonriendo como loco.

—Permítanme decirles que son los favoritos para las Nacionales. Por mucho. Estaba hablando con Laurent, el entrenador de Victoria y James, y se está asustando un poco. Bueno, se está asustando mucho.

—Podremos competir para entones, ¿cierto? —preguntó Edward.

—Sí, la fundación británica de patinaje me envió la confirmación por escrito antes de venir a Las Vegas. No podrán competir en los eventos del Grand Prix, pero las Nacionales y Mundiales están en la mesa. Y el siguiente año no habrá límites —dijo Carlisle—. Programé unas cuantas exhibiciones más para que puedan practicar un poco frente a una audiencia. Tenemos una durante agosto en Chicago.

—También contacté algunas conexiones europeas. De forma tentativa, se presentarán durante octubre en Londres con un número de patinadores internacionales y hay otra presentación durante los primeros de diciembre en Italia —dijo Esme.

—No olviden el Espectacular de Invierno en Nueva York —dijo Alice—. Es justo antes de Navidad.

—Vamos a estar ocupados —musitó Edward—. Me encanta.

—¿Cuántas rutinas nuevas tendremos que crear? —pregunté.

—Idealmente me gustaría perfeccionar cinco —dijo Carlisle—. Además de las dos que ya dominan. Puede que tengamos que crear una rutina navideña para las fechas de diciembre.

—Sería lindo una con Santa Baby —gorjeó Alice.

—¿Qué tal All I Want for Christmas is You? —sugirió Emmett.

—Ambas son buenas opciones —Carlisle sonrió. El mesero llegó y ordenamos nuestra comida. Me consentí con algo de pasta ya que habíamos realizado tres rutinas hoy. Mis piernas se sentían como gelatina y necesitaba los carbohidratos extras—. Estoy pensando en retrabajar nuestras dos piezas para la competición. El salto que hicieron al final me hizo pensar. ¿A quién se le ocurrió eso?

—A mí —me sonrojé—. La primera vez que lo hicimos…

—Ugh, tengo un chichón. Nos pegamos en las cabezas —dijo Edward, frotándose la sien—, pero valió la pena.

—Nunca habrías hecho eso con Jacob —dijo Carlisle—. Eso demuestra el nivel de confianza que tienes con Edward. Quiero ir más allá con el programa largo. Para el corto, lo mantendremos discreto y normal, pero el largo va a ser jodidamente maravilloso.

—¿En qué estás pensando, papi? —preguntó Alice.

—Son sólo ideas. Pero serán imparables —dijo Carlisle con una sonrisita.

Nos llevaron nuestra comida y empezamos a comer. Casi me terminé mi tazón de pasta. Edward se sorprendió por mi apetito, pero logró terminarse su enorme filete y sus papas además del resto de la comida de su madre. Se llevaron los platos y el mesero llegó con un interprete de Frank Sinatra. El interprete estaba sosteniendo un pastel con una vela de número 26 en él. Edward se sonrojó y gimió. Fran comenzó a cantar Feliz cumpleaños. Todos nos unimos. Dejaron el pastel frente a Edward. Él sonrió y apagó la vela, y el mesero se llevó el pastel para cortarlo. Todos le dieron sus tarjetas y buenos deseos a Edward. Yo les agradecí cortésmente mientras él abría las tarjetas; recibió tarjetas de regalo para iTunes, Barnes&Noble, y un cheque de su madre.

Carlisle pagó la cuenta, para pesar de Edward. Él quería pagar su propia comida de cumpleaños, pero Carlisle insistió. Esme se sonrojó y le agradeció por su generosidad. Carlisle firmó la cuenta con una fluorita y nos separamos. Esme se fue a su habitación, diciendo que sentía los efectos del jet lag. Carlisle se fue al casino.

Los jóvenes nos fuimos al club luego de pasar algo de tiempo en la mesa de blackjack. Yo me negué a jugar, pero vi a Emmett y Edward manejar la mesa como profesionales. Eventualmente Alice entró y ganó casi todas las manos que jugó, triplicando su apuesta de $100. Emmett perdió hasta la camisa y Edward quedó a mano.

Cerca de las diez nos fuimos a Blush. Había fila y no parecía que fuéramos a entrar. Alice guiñó y me arrastró al frente. Los chicos nos siguieron con reticencia. Alice jaló al portero para quedar a su altura y le siseó algo al oído. Él me miró, evaluándome. Alice me rogó con la mirada que le siguiera la corriente. Ladeé la cadera y le alcé una ceja. Él asintió y nos dejó entrar. Alice pagó por nuestras entradas y fuimos a la sección VIP del club. El techo estaba cubierto con unas cosas que cambiaban de color. El piso brillaba. La música sonaba alta y retumbante. Había cuerpos apretujados en el espacio y se movían con la música.

No era de ir mucho a clubes. No me gustaba los bailes abiertamente sexuales cuando iba. Era como si las parejas estuvieran follando en la pista de baile. La Gallinita Roja fue diferente. Fue divertido. Organizado. Esto no. Edward debió notar mi incomodidad cuando me acerqué a él.

—¿Estás bien, amor? —gritó. Había tanto ruido que tuvo que gritar para ser escuchado.

—Estoy bien —dije—. Sólo un poco incómoda.

—Podemos irnos, amor —me dijo, mirándome con preocupación.

—No, es tu cumpleaños —dije con una sonrisa segura—. Vamos a pasárnosla bien.

—¡Pidamos tragos! —gritó Emmett. Fue a la barra y ordenó una ronda de algo. Me senté en uno de los taburetes, Edward estaba detrás de mí. Tenía sus brazos alrededor de mi cintura y estaba apoyando el mentón en mi hombro. Emmett puso dos vasos frente a mí y le ofreció otros dos a Edward.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Jagerbomb —respondió Emmett—. La mierda amarilla es Red Bull y la cosa café es el Jaeger. Sabe a Dr. Pepper. —Metió el vaso más pequeño en el grande y se lo tomó. Hizo una mueca graciosa y luego sonrió—. ¡Hazlo!

Edward metió su vaso en el más grande. Hice lo mismo. Chocamos nuestros vasos y lo bebimos.

—Demonios —se ahogó Edward—. Sabe asqueroso. —Me eché aire cuando sentí mis mejillas enrojecerse.

—¿Preferirías hacer body shots? —se rio Alice.

—¿Body shots? —pregunté.

Emmett me guiñó y pidió otra cosa. El camarero nos entregó cuatro vasos para shots, un plato de limones y un salero.

—Alice, hagámosle una demostración a la virgen de body shots —dijo Emmett. Se quitó la corbata y desabrochó los primeros dos botones de su camisa. Alice se sentó en un taburete para estar más al nivel de Emmett. Él ladeó el cuello y Alice lamió su piel. Luego le puso un poco de sal en el cuello, lamiéndola de nuevo. Emmett le entregó el shot que estaba sosteniendo. Se lo tomó y se puso un limón en la boca.

Miré a Edward. Él ya se había quitado la corbata y se había desabrochado los primeros botones de su camisa.

—Hay una variante donde tu pareja sostiene el limón en su boca —ronroneó. Sonreí seductoramente y le entregué el shot junto con el limón. Se agachó y lamí su cuello, disfrutando del sabor salado. Edward se estremeció cuando mi lengua entró en contacto con su piel. Puse la sal en su cuello y lamí lentamente su piel otra vez. Edward me entregó el vaso y se puso el limón en la boca. Me lo tomé de golpe, tragándome el líquido amargo. Ladeé la cabeza y tomé el limón de sus labios, chupándolo. Terminé y lo miré.

—Mi turno, hermosa.

Edward me apartó el cabello del cuello. Se agachó y chupó mi piel. Me estremecí cuando mordió ligeramente mi cuello.

—Sabes tan bien —murmuró. Puso la sal en mi cuello y repitió sus acciones, girando su lengua sobre mi piel. Le entregué el shot y puse el limón en mi boca. Se tragó lentamente la bebida, su manzana de Adán se movió cuando se terminó el trago. Me quitó el limón de los labios y dejó un firme beso en mis labios, metiendo su lengua en mi boca.

*Golpe… estamos muertas*

Yo también. Eso fue jodidamente caliente.

Recargó su frente en la mía.

—Te amo, mi Bella —murmuró.

—También te amo —respondí, rodeando su cuello con mis brazos.

—Vamos, ustedes. Vayamos a bailar —dijo Alice, tirando de nuestras manos. Salimos a la pista de baile y nos movimos con el resto de la multitud. Edward estaba detrás de mí, restregándose en mi culo. Definitivamente ya estaba sintiendo los efectos del alcohol cuando empujé mi culo en lo que fuera eso que lo estaba tocando.

Ese es su pene, querida. Querrás montarte en eso. Es la salchicha. Salta. Salta. Salta.

¿Tal vez debería moverme un poco más?

¡Esa es mi chica!

Edward me giró y metió su pierna entre las mías. Sus manos bajaron por mis costados y se posaron sobre mi culo. Normalmente me sentiría ofendida por eso, pero las quería tener ahí. Sus cálidas manos acariciaban y masajeaban mis nalgas. Mis manos subieron por su pecho y se enredaron en su cabello. Nuestras miradas estaban conectadas. Mis caderas se movían por voluntad propia. Edward estaba en sintonía con mis movimientos mientras me veía a los ojos.

Nos quedamos en la pista de baile durante las siguientes canciones antes de regresar al bar por más alcohol. Edward y yo ya estábamos sintiendo los efectos del alcohol y estábamos el uno sobre el otro. Alice nos sugirió firmemente que regresáramos a nuestra habitación. Yo todavía seguía bastante coherente y acepté, tirando de la mano de Edward. Abrazamos a Alice y Emmett, y subimos a nuestra habitación.

Edward y yo nos besamos en el elevador como adolescentes calientes. Nuestras manos y labios se movían frenéticamente. El elevador se detuvo. Edward me cargó en brazos y me llevó al estilo novia a la habitación.

—Puedo caminar sabes —me reí sobre sus labios.

—Lo sé, pero me encanta cargarte —dijo con una sonrisita—. Planeo no dejarte ir jamás. Lo sabes, ¿cierto?

—Ahora lo sé —sonreí. Me bajó y abrió la puerta de nuestra suite. Me quité los zapatos y me encogí casi cuatro pulgadas. Malditas plataformas—. Necesitamos tomar agua. No quiero tener resaca en el vuelo a casa.

Edward fue al mini bar y sacó dos botellas de agua. Nos sentamos en el sofá en silencio. Los dedos de Edward se movían gentilmente sobre mi brazo mientras estábamos ahí sentados. Era una delicia después del retumbante bajo de Blush.

—Iré a prepararme para dormir —dije. Edward asintió y me dedicó una sonrisa floja. Agarré mi lindo conjunto de pantalón y camisa de tirantes para dormir. Me metí al baño e intenté desabrocharme el vestido. Gruñí y regresé a la habitación—. ¿Edward?

Estaba sin camisa. Su piel se veía ligeramente rosa por la borrachera y por el sol de ayer.

—¿Sí, amor? —se paró y sus pantalones se bajaron peligrosamente. Los músculos de sus abdominales se contrajeron cuando miré su cuerpo.

—No puedo bajarme el zipper del vestido. ¿Me puedes ayudar? —pregunté, sonrojándome de un brillante color rojo.

—Por supuesto —dijo. Me giré e inhalé profundamente. Las cálidas manos de Edward se movieron a la parte superior de mi vestido y bajaron el zipper. Lo escuché jadear en voz baja. Las vio. Mis cicatrices—. ¿Cuántas puntadas?

—Casi doscientas —susurré. Abrí el vestido para que pudiera verlas por completo—. Me sorprendió tanto no haberme despertado cuando lo hizo. La recuperación fue horrible. Dolía. Me picaba mucho.

Edward tocó gentilmente la piel hinchada de mi espalda donde Lauren había arrastrado su cuchilla.

—Lo siento mucho, Bell. Podría matarla por lastimarte. No te merecías esto sólo porque tú le gustabas a un chico y no ella.

—Sí —dije con tristeza. Me aparté e hice ademán de ir a terminar de cambiarme. Edward me rodeó con sus brazos, pegándome a su pecho. Mi espalda estaba presionada contra su torso desnudo.

—Prometo protegerte, Bell —dijo en mi cabello—. Te amo demasiado para permitir que te pase algo.

Me giré en sus brazos y alcé la vista a sus ojos. El verde estaba oscuro, casi del color de los pinos en Seattle. Estaban llenos de mucha tristeza. Subí la mano y pasé mis dedos por sus mejillas, bajando por su nariz, siguiendo la línea de su mandíbula, y cruzando sobre sus labios. Suspiró y se presionó contra mi toque. Jalé a Edward hacia mí, rozando mis labios en los suyos. Él suspiró y apretó su agarré en mi cuerpo. Mi vestido estaba cayéndose de mis hombros cuando avanzamos a trompicones hacia la cama.

Hazlo. Dale un show, chica. Tienes buenas tetas.

Pero…

Nada de peros. No vas a tener sexo. Aunque eso sería lindo.

Empujé los hombros de Edward cuando sus rodillas golpearon la basé del colchón. Cayó sobre la cama. Sus ojos miraban directamente a los míos. Retrocedí un paso y bajé mi vestido.

—Bell… —dijo, alzando una ceja—. Um…

—No haremos eso —murmuré con voz temblorosa—, pero quiero más, Edward. —Me salí del vestido y me paré entre sus piernas. Estaba usando sólo la lencería rosa—. ¿Por favor?

—¿Qué quieres, amor? —preguntó pasando sus manos sobre mis brazos, encendiendo el fuego en mi vientre—. No quiero hacerte sentir incómoda.

—Tócame, Edward —susurré. Mis dedos estaban deslizándose sobre su suave piel. Tracé la tinta sobre el costado derecho de su cuerpo. Se le erizó la piel y se estremeció. Mi dedo bajó por su pecho hacia sus pezones rosas. Me jaló a su regazo, sentándome a horcajadas en sus piernas. Me miró con suavidad, su mirada estaba llena de lujuria, deseo, inseguridad y, más importante, amor. Los dedos de Edward bajaron por mi cuerpo, jugueteando con la orilla de mis pechos. Gemí y arqueé la espalda para sentir el calor de sus manos.

Acunó mi cara y llevó mis labios a los suyos. Nuestras lenguas lucharon entre ellas mientras nos besábamos. Mis dedos se enredaron en su cabello mientras las manos de Edward se movían de mis mejillas para rodearme la cintura.

—Eres hermosa —murmuró. Sus manos bajaron ligeramente por mi espalda, trazando mis cicatrices. Su toque casi tenía una cualidad sanadora, terapéutica y gentil. Me llevé las manos a la espalda y desabroché mi sostén.

No puedo creer que estás haciendo esto. Así se hace, Bella. ¡Muéstrale tus tetas a Edward!

Él me ama.

Amor, lo que sea. Quieres su boca en tus tetas.

Las manos de Edward tomaron los tirantes de mi sostén y lo apartaron con gentileza. Me acercó más a su cuerpo y mantuvo su boca en la mía. Estaba retorciéndome en su abrazo, provocándole un delicioso gemido. Rascando ligeramente a lo largo de mi espalda, bajó sus manos a mis caderas. Con el toque más tierno del mundo, sus dedos subieron sobre mi piel caliente hasta que llegaron a la parte inferior de mis pechos desnudos. Se apartó y me miró a los ojos.

—¿Estás segura, amor?

—Quiero sentirte, Edward —dije, recargando mi frente en la suya—. Quiero sentir tus manos en mí.

Su boca se estrelló en la mía. Su aterciopelada lengua se metió en mi boca. Sus manos subieron y sus palmas presionaron con gentileza mis pechos, tomándolos en sus brandes manos. Me estremecí un poco por sus suaves caricias en mis pechos. Giré mis caderas sobre su erección, que actualmente estaba presionada contra mi muslo. Un retumbante gruñido le llenó el pecho y sus besos se hicieron más ardientes. Tiré de su cabello mientras nuestros labios se movían en sintonía.

Rodó mis pezones con sus dedos y bajó besando por mi cuello, lamiendo y chupando. Dejé caer la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que soltaba un gemido desenfrenado, rogándole mentalmente para que su caliente boca se envolviera en mi pecho. Casi como si fuera capaz de escuchar mis pensamientos, bajó besando hacia mi pecho. Su húmeda y caliente boca se envolvió en mi pezón, chupando ligeramente.

—Dios —gemí al arquearme para estar más cerca de él, quería más. Tarareó en voz baja y el sonido pasó directo por mi cuerpo en dirección a mi entrepierna.

Edward soltó mi pecho y se movió al otro, tomando mis tetas con gentileza en sus manos. Lloriqueé en voz baja. Edward alzó la vista para verme con un brillo perverso en la mirada. Sonrió sobre mi piel y subió besando hacia mi boca. Antes de cubrir mis labios con los suyos, dijo:

—Te amo, hermosa. —Sus brazos se apretaron a mí alrededor y giró las caderas. Me encontré acostada sobre mi espalda viendo a mi novio sobre mí. Estaba sosteniendo su peso lejos de mí mientras besaba mis labios hinchados. Con unos cuantos besos castos más, se apartó. Hice un puchero.

—Oh, nada de puchero de cachorrito —se burló—. Siempre me rindo ante eso.

—¿Por qué te detuviste? —pregunté, respirando pesadamente.

—Porque estaba a un beso de arrancarte esas sexys bragas del cuerpo y hacerte el amor —dijo—. Me arriesgaré a suponer que no estás lista para eso. O no sé si siquiera quieres hacerlo conmigo.

—No —me sonrojé—. No estoy lista, pero sí quiero hacerlo contigo, Edward.

—¿En serio? —preguntó. Se sentó en la cama, dándome su camisa. Me la pasé sobre los hombros, inhalando su esencia que me rodeó—. ¿Oliste mi camiseta?

—¿Ya ves que tú dices que te encanta mi olor? Pues me siento igual respecto a ti —dije. Edward se quitó los pantalones y se puso un par de shorts que habían quedado tirados en el piso de cuando se cambió hace rato. Me llevó a las almohadas y nos acurrucamos bajo las cobijas.

—¿Pero quieres hacer el amor conmigo? —preguntó.

—Sí —dije, trazando círculos en su musculoso torso—. No ahora mismo, sino eventualmente. Aunque sí tengo una pregunta.

—Puedes preguntarme lo que quieras, amor —dijo, besando mi frente.

—Asumo que no eres…

—¿Virgen? No —dijo—. Pero tampoco soy un desenfrenado mujeriego.

—Conoces mi historia —dije—. No tengo. Tú eres mi historia. ¿Qué hay de ti?

—He estado con cinco mujeres —respondió con honestidad—. Siempre me he cuidado, pero me hicieron exámenes de todo en mi última revisión y estoy limpio. Cuando hagamos el amor, asumo que querrás que use condón. ¿Cierto?

—Um —me sonrojé—. Tomo la píldora. Por problemas femeninos. Ya que estás limpio, no tienes que usarlo.

—Bien —dijo mientras me rodeaba con sus brazos—. Probablemente lo haga por precaución. Te amo, Bella, pero quiero hacer las cosas bien.

—¿A qué te refieres?

—Si decidimos tener hijos, quiero que seas mi esposa —dijo con seriedad—. Cuando digo que no pretendo dejarte ir, lo digo en serio. Nunca en mi vida me he sentido así por nadie más. Y he tenido mi buena cuota de novias. Ninguna de ellas se compara a lo que siento por ti.

—Vaya —murmuré.

—Bella, eres la indicada para mí —dijo, moviéndose hacia enfrente para tocar mi frente con la suya—. Te amo y siempre te amaré.

—Nunca pensé que tendría esto —dije—. Jamás. Estaba contenta con mi vida antes, pero no la estaba viviendo. Mi vida. Sólo iba con la rutina. Has despertado algo en mí que no quiero que se vaya nunca. Edward, tú me haces sonreír. Me haces feliz. Me haces reír. Siento que puedo contarte todo. Me siento tan protegida y amada por ti. Gracias por todo.

—Seguiré haciéndolo, amor. Para siempre —sonrió. Luego bostezó—. Bien, el alcohol me provoca sueño.

—Iré a cambiarme —dije.

—Oh no —replicó, deteniéndome contra su pecho—. Me encanta verte en mi ropa. Solidifica más el que eres mía.

—¿Quieres una pantalonera de yoga para poder verte en MI ropa? —me reí.

—Esa no es algo que me gustaría imaginar —se estremeció, besándome la nariz—. No podría meter ni una pierna en tus pantalones, amor. Eres muy pequeña.

—Recuerda que te pateé el culo ayer en la piscina.

—Sólo porque tu rodilla conectó con mis bolas —hizo una mueca—. Eso no cuenta. Pero en serio… no te cambies. Te ves jodidamente sexy con mi camisa.

—Tú te ves jodidamente sexy usando sólo shorts —le dije, besando sus labios. Gimió y metió su lengua en mi boca, apretando su agarré en mí, erm, su camisa. Me aparté—. Usaré tu camisa si tú sólo usas los shorts.

—Trato —sonrió y me besó los labios. Apagó las luces y nos acurrucamos juntos. Tenía la cabeza en su pecho, escuchando el constante latido de su corazón. Su mano acariciaba ligeramente mi espalda mientras tarareaba en voz baja—. Te amo, mi adorable chica. Gracias por el mejor cumpleaños que he tenido en mi vida.

—Me alegra que pude hacerlo especial —repliqué—. Te amo muchísimo, Edward. Nunca me cansaré de decirlo.

—Y yo nunca me cansaré de escucharlo y tú lo escucharás de mí siempre —contestó mientras besaba mi cabello—. Buenas noches, hermosa.

—Buenas noches, amor —suspiré.

—Hmm, mi amor —exhaló—. Perfecta.


Este capítulo va con dedicación especial. Primero a Yani, porque es su cumpleaños. Contra viento y marea, pero aquí está tu regalo. Muchas felicidades ;)

Y segundo para Carla, que siempre comenta y me apoya en todas mis traducciones. El día de ayer me pidió este capítulo por ser la mejor lectora del mundo y aquí estamos para servir.

Y por supuesto, mil gracias siempre a todas las que leen de mis traducciones. Espero les haya gustado el capítulo. Miren que estos dos ya se dijeron que se aman, en serio no podrían ser más lindos. Ahora hay que esperar para ver cómo avanza su relación en los demás aspectos ;)

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