"Vamos, estúpido. No me hagas ir a buscarte, tengo sueño."
"Entonces duérmete y déjame en paz."
"¡Pero esto es entretenido!"
"¿Shouyo ya se durmió?"
"Evidentemente, sino no te estaría buscando, infeliz."
Osamu bufó, molesto. Muy molesto, furioso. Sin embargo, enojarse todavía más habría sido un gasto de energía innecesario a esas horas de la noche. Oía aún el eco que producía la voz de su hermano en su cabeza, maldiciendo.
"Ya voy."
"Tu último ya voy demoró tres días. Sabes que no me gusta esperar, Samu. Me enferma."
"Entonces muérete."
Bloqueó la comunicación con Atsumu porque no quería seguir oyendo sus quejas repiqueteando en su cerebro. Abrió los ojos lenta, paulatinamente. La luna, en esos momentos en lo alto del firmamento, brindaba una luz mortecina que cubría el pequeño claro donde se hallaba recostado. El silencio, la ausencia de otras criaturas y principalmente, de su molesto hermano y los humanos con los que solían convivir le había generado tanta paz que se había dormido, allí en la mitad de la nada. Hacía frío, lo sabía, lo sentía. Ladeó el cuello a un lado, observando los árboles, los arbustos.
Suspiró, resignándose a levantarse. El castillo no estaba tan lejos, y si su hermano estaba tan molesto, por algo sería…
Demoró dos horas más en lograr incorporarse. Al menos, Atsumu lo había dejado tranquilo en aquel lapso de tiempo; no había intentado abrir la comunicación que compartían a la fuerza ni tampoco lo había ido a buscar para pelear con él. Con parsimonia y casi arrastrándose se dirigió al castillo humano. Ingresó por un corredor lateral, subterráneo, una entrada que sólo ellos dos utilizaban, y bajó un poco más. A diferencia de aquellas criaturas diurnas, Atsumu y él preferían la oscuridad, la humedad y el aislamiento que las mazmorras les brindaban. La luz del sol no les hacía daño, pero solían evitarla, al menos en las horas pico.
Descendiendo la escalera, se percató de que tenía hambre. ¿Cuándo había sido la última comida? Ya no recordaba, pero probablemente antes de caer dormido. Lo que sí tenía grabado en la memoria era que no había sido carne, y eso lo puso de mal humor.
— Más tiempo no podías tomarte, ¿verdad?
Osamu gimió, harto de las quejas. La mazmorra donde había ingresado tenía una lámpara encendida, pero su luz era tan tenue que no alcanzaba a iluminar demasiado. Estaba de adorno; más que verlo, percibió a Atsumu recostado en uno de los sofás, a un costado de la habitación sin ventanas. Ignorándolo olímpicamente, ingresó en una recámara contigua en busca de algo que pudiese saciar momentáneamente su apetito.
— No hay comida. Hay que subir.
Otro jadeo lastimero surgió de su garganta al comprobar lo que su hermano le decía. ¿Por qué le sucedía aquello a él?
— ¿Por qué no has traído, si sabías que no había? No quiero subir, seguro hay soldados.
— ¿Ahora les tienes miedo?
— No, pero me incomodan. Odio como me observan y me cuesta bastante contenerme.
— ¿En qué momento te has vuelto peor que yo?
— Al menos lo reconoces.
— Qué cosa.
— Que eres una basura.
Osamu caminó de nuevo con paso lento hacia la mazmorra, siguió una trayectoria recta hacia el sofá donde descansaba su hermano y simplemente se lanzó sobre él, el peso muerto cayendo de lleno sobre el otro. Por supuesto, hubo insultos, golpes e incluso mordidas; Osamu fue consciente de que había clavado alguno de sus cuernos en alguna parte del torso de Atsumu y que éste le había rasguñado el cuello, ambos golpeándose con aquella prolongaciones saliendo de sus espaldas que Hinata llamaba "colas".
Finalmente, ambos suspiraron, hartos. Atsumu quedó recostado sobre el sofá y Osamu sobre él, quietos. Por largos minutos ninguno emitió sonido alguno y Osamu comenzaba a adormecerse otra vez. Las mazmorras eran lugares excelentes para esconderse y semejaban a las cuevas en las que alguna vez habían vivido, pero eran demasiado frías y húmedas. Ellos ya poseían una temperatura corporal más baja de lo normal por lo que solían enfriarse rápidamente si no estaban en constante movimiento; cuando Osamu se lanzó sobre Atsumu, éste ya estaba congelado y era esa la razón más probable por la que no se hubiera levantado a golpearlo. Ahora, transmitiéndose calor el uno al otro, ninguno de los dos tenía deseos de moverse.
— Alguien quiere hablar con nosotros.— el retumbar de la voz de Atsumu contra su oído lo espabiló.
— Define "alguien".
— La bestia que se quedó con Shiratorizawa.
— ¿Cómo sabes que "se quedó" con el reino?
— Porque me lo dijo hace un rato.
— Mírate, haciendo nuevos amigos.
— Me cayó bien.
— ¿Qué quiere conversar con nosotros?
— Una especie de acuerdo de paz. Creo que tiene algo interesante que proponer, además.
— Tsumu, si mamá se entera de que estamos jugando con los humanos…
— Samu.
— Qué.
Atsumu bufó pesadamente, intentando cambiar de posición. Osamu no se la hizo fácil; el espacio era reducido y no iba a ceder un sólo centímetro. Luego de varios empujones, Atsumu pudo al menos retirar la cola que él mismo estaba aplastándose y empujar a Osamu contra el respaldo del mueble, haciéndose más lugar. Éste no se quejó porque significaba más calor para él.
— Tenemos medio milenio. Más de 500 años con vida, para ser exactos. ¿Y le sigues diciendo mamá a Kita?
— Déjame en paz.
— Nunca.
Tenía un punto, eso no se lo iba a negar. Kita era un dragón blanco, y no cualquiera de su especie. Cuando ellos nacieron, él aún era un dragón del bosque; uno grande y majestuoso que había caído bajo los encantos de un humano que trabajaba para la corte real de Karasuno, hacía ya demasiado tiempo. Con el paso de los años, había encontrado "el propósito" de su vida: cuidar y resguardar a los humanos que quisieran atravesar los peligrosos picos y valles del límite montañoso que dividía Karasuno con Nekoma, el reino vecino. Eso ya lo había comenzado a hacer esporádicamente cuando ambos aprendieron a volar y convirtieron las montañas en su hogar. Año tras año, habían sido testigos de como Kita evolucionaba, cambiaba, avanzaba. Atsumu sólo quería dormir y Osamu comer. En ningún momento habían sentido un interés real por aquellos humanos, criaturas diminutas e inútiles, que cruzaban incesantemente por aquellos recovecos inhóspitos y congelados.
Hasta que habían viajado a la capital, interpelados por el mismo dragón blanco, quien seguía en su incansable tarea de intentar que ellos se relacionaran con otras criaturas. Ambos eran dragones de montaña y les gustaba estar solos. Odiaban el ruido, aborrecían ser interrumpidos en cualquier tarea que desarrollaran allí; se detestaban entre ellos e incluso la convivencia se había vuelto casi imposible en el último tiempo, por lo que Kita había sugerido un "cambio de aire", sobre todo porque él ya había llegado al límite de sus fuerzas, físicas y mentales. Tampoco los soportaba, pero no tenía corazón para decírselos.
Y así había sido como habían conocido al actual rey de Karasuno, Sugawara. Kita era querido, admirado, respetado. Una criatura mitológica de semejante calibre era frecuentemente consultada incluso por otras especies no humanas y, a Kita que le encantaba ayudar y aconsejar, estaba en todos lados. En una de sus tantas visitas al castillo, había arrastrado a ambos con él. Fue la segunda o tercera transformación que habían realizado desde su forma natural hacia aquella otra más débil y baja. Los tres habían terminado enfurruñados, porque la maldita cosa dolía. Sí que lo hacía. Sus huesos comprimiéndose, algunos órganos desapareciendo y otros creándose, su magia filtrándose para soportar el cuerpo humano en el que ahora se hallaban recluidos.
Atsumu y Osamu habían comenzado a pelear ni bien habían podido movilizarse de nuevo sin dolor, para vergüenza de Kita. Simplemente, había ocasiones en las que no podían contenerse; se golpeaban, pateaban, mordían. No oían los gritos de advertencia y tampoco les importaba estar cerca de terceros que pudieran salir lastimados. Eso no significaba demasiado cuando mantenían su forma falsa, pero sí lo era cuando poseían su cuerpo original. Osamu recordaba que incluso, en una ocasión, rodando cuesta abajo desde el pico de una gran montaña mientras intentaban arrancarse los pedazos, habían provocado una avalancha.
A veces extrañaba las cumbres de la montaña.
Sin embargo, ya no quería volver, y la razón había sido aquella misma visita al reino. Luego de que hubiesen podido controlar sus instintos asesinos, Kita los había presentado con el rey. Los humanos solían impresionarse rápidamente, sobre todo si tenían buenas referencias. Ambos habían aceptado ir porque, lejos de creer que aquello podría ser una solución, no querían romper las ilusiones de su madre. Sugawara había pasado por alto la demostración de violencia que habían ejercido y les había contado, feliz y extasiado, que su primogénito había nacido sano y salvo unos meses atrás.
Y Hinata había aparecido ante ellos, apenas caminando. Se había escapado de su padre, en esos momentos en cama por una herida de guerra - para lo que supuestamente se le había convocado a Kita en esa oportunidad. El mocoso humano había caminado, caído y gateado hacia ellos.
Y se había sujetado a la cola de Atsumu como si su vida dependiera de ello. El silencio había sido sepulcral y la tensión habría podido cortarse sólo con un hacha. Osamu, Kita y Sugawara habían quedado petrificados en su sitio, el primero espantado y los otros dos aterrorizados por la posible reacción de Atsumu.
Atsumu lo había observado largos segundos. Había parpadeado un par de veces, elevando la cola y con ella al niño de cabellos del fuego, quien reía contento por lo que probablemente consideraba un juego. Osamu oyó a Kita decir algo, acercarse. No pudo desviar la mirada hacia él porque sencillamente, tampoco podía sacarla del niño que seguía levantándose del suelo.
Hasta que sus pequeños brazos no resistieron el peso de su propio cuerpo y cayó. Sugawara jadeó desde su posición, pero no había necesidad de preocuparse.
El niño besado por el fuego reía dichoso entre los brazos de Atsumu, que lo había sostenido y cargado con la mayor de las delicadezas.
Y ese fue el inicio de su infierno personal, el de ambos.
Luego de que Kita hiciera lo suyo, Atsumu seguía con el niño en brazos. Osamu se había animado a acercarse a él minutos después de comprobar que no parecía peligroso. Sabía que no lo era, sólo se trataba de un humano, y uno recién nacido. Sin embargo, parecía haber hechizado a Atsumu de una manera impensada para una criatura tan agresiva e insoportable como su hermano gemelo.
Kita los halló de pie, Hinata aún entre sus brazos. Con una mano jalaba de uno de los cuernos de Atsumu y con la otra, del cabello de Osamu. Ninguno de los dos se quejaba, ambos sonreían.
Y se fue. Kita los abandonó en el castillo.
O eso fue lo que Atsumu dijo semanas después, cuando se percató de su ausencia. Sí, habían tardado casi un mes en comprender que no estaban en la montaña, que Kita se había ido y que ahora parecían formar parte de los juguetes con los que se entretenía el niño. Así, ambos se resignaron a no volver, porque transformarse de vuelta era más doloroso que el proceso contrario y porque, después de todo, no podían dejar a Hinata sólo otra vez. Algo en aquel niño humano los había atraído en forma sobrenatural e intensa a un punto en el que la sola idea de alejarse les generaba incluso dolor físico.
Hinata Shouyo, el príncipe de Karasuno, había crecido rápidamente. Había madurado física, pero no mentalmente, y probablemente ellos tenían mucho que ver en aquello. Caprichoso y explosivo, solía negarse a las órdenes más sencillas y a escaparse por las noches a las mazmorras donde sabía, ellos habitaban. Aquello había sido motivo de frecuentes discusiones con Sugawara, el consejo real y Kita, quien había vuelto en varias ocasiones para cerciorarse de que todo marchara con orden y paz. Rápidamente habían sabido ganarse la admiración de los humanos y habían escalado tan alto como el consejo real se los permitió. Gozaban de una vida tranquila y sin mayores contratiempos que ellos mismos.
Sin embargo, sabían que tanta serenidad no era para siempre, mucho menos con los humanos.
Tobio Kageyama era hijo ilustre de una familia de generaciones de caballeros. El muchacho era apuesto y ágil, más no demasiado inteligente. La primera vez que ambos dragones lo habían visto en el castillo, habían vislumbrado el sentimiento extraño con el que había mirado a Hinata, quien a su vez le había sonreído tímidamente detrás de Sugawara.
Y había estallado el conflicto entre ellos. ¿Quién era esa maldita criatura estúpida para intentar arruinar aquello que ellos habían criado y protegido? Hinata no era estúpido y pese a ser bastante caprichoso, había demostrado independencia y orgullo. Y los había usado en su contra, increíblemente. Sintiéndose traicionados, habían sido testigos de la creciente relación entre Hinata y Kageyama con el correr de los meses, por lo menos hasta que había estallado la guerra entre Karasuno y Shiratorizawa.
Ah, esa había sido la jugada más astuta que Atsumu había tenido en bastante tiempo. Hartos de Kageyama, habían tenido que pensar alguna manera de deshacerse de él, y Atsumu había matado dos pájaros de un tiro: sabía que Hinata jamás aceptaría contraer matrimonio con otro humano más insulso que Kageyama, pero eso no era suficiente. Generar malentendidos, manipular a los humanos y provocar alguna que otra muerte dudosa eran especialidades de Atsumu y el plan había sin fallas. Hinata había nombrado a Kageyama Duque del ejército y éste había partido al frente de las tropas, hacía unos años.
Qué época de paz habían vivido. Hinata nunca los había abandonado, pero ahora volvía a ellos con la misma regularidad que antes. Ahora, la guerra había terminado y Kageyama estaba volviendo al reino, seguramente con la intención ridícula de pedir la mano de Hinata.
¿Otra vez la misma historia, pero más complicada aún?
— Despierta.
Osamu despertó porque había percibido la patada de Atsumu, no porque lo hubiese llamado. Como había vaticinado, ambos se habían quedado dormidos sobre el sofá. Al abrir los ojos, una esfera lumínica se extendía sobre ellos. Cerró los ojos otra vez, adormilado.
— Qué criaturas tan...adorables.
— Oikawa, tanto tiempo. Me alegra verte bien.
— Me sienta bien ser rey, ¿verdad? Me da otro estilo.
Jadeó al oír el intercambio entre Atsumu y aquel sujeto. No tenía nada en contra de Oikawa, ninguno de los dos lo hacía. Reino ajeno, bestias ajenas. Sin embargo, se habían puesto al corriente acerca de los rumores que el viento llevaba y traía por los reinos; habían oído de sus crecientes poderes incluso años atrás de que se le comenzara a considerar una amenaza entre los suyos, y habían tenido a bien no dar un paso en falso contra él, menos ahora que sabían se había quedado con el reino vecino.
¡Qué coraje, y qué energía! Aguantar a un grupo de humanos ya era agotador y Hinata solía exprimir toda la energía que ellos tenían, no quería imaginarse un reino entero…
— Te noto...rejuvenecido.
— Soy joven, Tsumu-chan. Estoy en el apogeo de mis años mozos. ¿Tu hermano está bien?
— Nunca lo estuvo. Está dormido, pero te oye.
Un momento de silencio demostró que Oikawa estaba intentando asimilar aquello como algo posible.
— En fin. Con los dos presentes, necesito que dejemos algunos puntos en claro para que no tengamos problemas a futuro, ¿puede ser, niños?
— Vas a bajar un poco el tono si quieres que te escuchemos.
— ¡Pero si son tan encantadores! Mírate, aún durmiendo con tu hermanito…
— ¡Tengo frío!
El grito de Atsumu fue acompañado de un movimiento brusco que hizo gruñir a Osamu, molesto. Como respuesta, Atsumu también gruñó, la risa de Oikawa de fondo.
— Qué cautivadores. Imagino que Hinata Shouyo piensa lo mismo que yo, ¿no es así?
Ambos gruñeron más intensamente al oír el nombre del príncipe mencionado en un tono tan melifluo y malicioso. De nuevo Oikawa rió, aparentemente divertido por su reacción.
— No se alteren así, por favor. No conozco al niño, pero imagino que ustedes son muy felices con la presencia de Kageyama en el reino…¿verdad?
Osamu abrió los ojos y volteó hacia la esfera de luz. Podía verse la imagen un tanto distorsionada de Oikawa detrás de una débil neblina. El sujeto sonreía abiertamente sentado en lo que parecía ser el trono de Shiratorizawa.
¿Cómo era posible que…?
— Habla.
— Tenemos un enemigo común, al parecer.
— ¿Qué quieres de nosotros?
— Lo quiero muerto.— su tono de voz había vuelto a cambiar, la dulzura perdiéndose completamente.— E intuyo que ustedes también. Sin embargo, comprobé que pese a ser un simple humano es bastante difícil de matar. Si trabajamos en conjunto, haremos desaparecer la amenaza.
— No me digas que le temes a un humano, Oikawa.— terció Atsumu mientras empujaba a Osamu, ambos sentándose en el sofá. En el proceso, Osamu le había pisado la cola a Atsumu sin verdadera intención, enfureciendo al otro.— ¡Maldita bestia, eso dolió!
— Eso te pasa por estar encima.
— Tú estabas encima.
— Tu cola estaba sobre mi pierna.
— Y la tuya sobre la mía.— se gruñeron otra vez, a punto de iniciar una pelea.
— No le tengo miedo a lo que pueda hacerme a mí, pero ha hecho daño por aquí y presiento que puede seguir haciéndolo. No voy a permitirlo.
Oikawa no podía afirmar que aquellas criaturas lo hubiesen oído por encima de sus propios gruñidos y golpes; ya habían comenzado a pelear como perros cuando él había hablado. Suspiró, intentando llamarse a la calma. Aquello era absolutamente necesario. Sabía que si Karasuno tenía en su consejo real a dos bestias mitológicas custodiando al príncipe, no sólo eran poderosas e inteligentes, sino también peligrosas. Oikawa los necesitaba de su lado, no sólo para eliminar a Kageyama - a quien todavía guardaba rencor por la herida de Bokuto y por el intento de asesinato que había implementado con Iwaizumi, pese a que éste nunca se percató de ello - sino porque no quería futuros conflictos con el reino vecino, menos con criaturas no humanas.
— Ubícalo.— jadeó Atsumu una vez que logró quitarse a su hermano de encima por unos momentos.— Encuentra su paradero y evita que cruce la frontera. Una vez aquí, nosotros tendremos problemas para actuar.
— ¿Problemas?
— Mamá va a matarnos.
— ¡Cierra la boca!
Y comenzaron otra vez a pelearse. Ya para ese momentos, ambos habían rodado sofá abajo y Oikawa no podía verlos. Parpadeó un par de veces, sorprendido. ¿Todavía dependían de su madre, o llamaban así a otra entidad que él desconocía completamente?
— Trato hecho. ¡No se lastimen mucho!
Cortó la comunicación, suspirando. De repente, aquel trono silencioso se había quedado en profunda oscuridad. Hacía varios días que las cosas se habían calmado en la ciudad y en los pueblos vecinos. Había levantado el campo energético hacía una semana y había instaurado el glamour, hechizo que le había costado años controlar a la perfección. Con aquel encantamiento tan complicado, se aseguraba que los seres humanos cayeran en la ilusión de que su ascenso al trono había sido una cuestión natural. Nada de cuestionamientos, una pequeña confusión en sus mentes para que siguieran felices e ignorantes con sus pequeñas vidas rutinarias. Lo bueno de aquel hechizo era que se trataba de un gas venenoso, contagioso; se transmitía de persona a persona, de mente a mente. Con eso se aseguraba que su nombramiento como rey de Shiratorizawa se regara como pólvora por todo el reino sin siquiera mover un dedo.
Las criaturas mágicas ya eran otro cantar, pero aquello lo resolvería paulatinamente. Primero, neutralizar las amenazas.
Y había otra, tan presente y aún poderosa. Suspiró, molesto por tener que hacer aquello. Sin embargo, era tan necesario como establecer contacto con los hermanos dragones. Se incorporó de su trono y cambió de forma, volando hacia el bosque de Aoba. Se internó profundo, muy profundo, hasta que percibió la proximidad de otro campo energético más potente que el suyo.
Sus alas se transformaron en brazos, sus patas en piernas. Sus pasos comenzaron a resonar en el suelo del bosque mientras sus plumas se transformaban en una túnica negra ondeando sutilmente alrededor de su cuerpo. Sonrió, levantando una mano delante suyo, entre los árboles.
Y la barrera se rompió, se resquebrajó. No lo logró sin esfuerzo, pero la ruptura fue suficientemente grande para que pudiera pasar por ella. Inmediatamente, el poder milenario lo abrumó, lo aplastó en su sitio. Detuvo sus pasos sin perder la sonrisa.
— ¡Iarthro! Mago de la Luz, qué gusto poder conversar contigo directamente, pensé que tenía que pedir permiso o algo así.
—Oikawa, maldito mocoso, bestia inmunda.— Oikawa jadeó, un tanto divertido pero un poco consternado ante la ira incontrolable del Elfo que tenía frente a sí.— Qué falta de respeto es ésta.
— Tú me acabas de insultar, no yo a ti.
— Has profanado nuestra barrera, ¿con qué fin? Habla y vete de una vez, no eres bienvenido.
— Venía a preguntar por la salud de un amigo, y a advertirles un par de cuestiones, por si acaso no han quedado claras.
En otros tiempos, Oikawa temía y admiraba a los Elfos eternos del Valle. Eran seres poderosos, solemnes, solitarios y hermosos con los que no había tenido un verdadero contacto en su niñez. Sin embargo, conforme había crecido y ganado poderes, había envidiado ciertas cualidades que sólo ellos poseían y por qué no, los había despreciado. Los Elfos eran criaturas independientes, no solían entrometerse en ningún conflicto que no los involucrara. Así, guerras humanas y mágicas se habían desatado en distintos continentes sin su participación, pero tampoco sin su ayuda. Miles de criaturas habían muerto sin poder entrar en sus territorios por lo que ellos llamaban un "destino ya escrito".
Y una mierda.
Luego de iniciada la última guerra, les había perdido el poco respeto que aún les tenía. Sin embargo, continuaban siendo una amenaza real.
— ¿Una criatura como tú puede tener amigos? Tú…
Los ojos de Iarthro descendieron de su rostro hacia su cuerpo, deteniéndose en su vientre. De manera instintiva, Oikawa colocó una mano allí donde la mirada sorprendida del Elfo había quedado fija, sin parpadear.
— No te atrevas, Elfo.
— Con una criatura creciendo en tu interior, aún así...eres de lo peor que hay…
— ¿Cómo se encuentra Bokuto?
El cambio de conversación fue abrupto seguido por un silencio bastante incómodo. Oikawa sabía perfectamente que no estaban solos y, en su condición, quería evitar cualquier tipo de enfrentamiento directo con los Elfos.
— Mientras más rápido conversemos, más pronto me iré, Iarthro. Lo tomas o lo dejas.
— Está vivo, recuperándose.
— Mándale mis saludos. Por favor.— añadió dándole seriedad a su pedido.— Ahora bien, ya que supongo que Eilruah no está en condiciones para recibirme, te daré el mensaje a ti.
— Habla.
— Sigan como hasta ahora. No se entrometan en mis decisiones, en mi reinado. Sigan con su vida tranquila aquí dentro, y yo no la perturbaré.
Luego de varios segundos, Iarthro relajó el rostro para sorpresa de Oikawa. En su fuero interno pensó que iba a reaccionar violentamente, conociendo los antecedentes de aquel Elfo. Por el contrario, parecía incluso aliviado con sus palabras.
— Dejarás en paz al bosque, entonces.
— Así es. Nunca estuvo en mi mente dañar a los míos.
— Que así sea, entonces. Ahora, vete de aquí, Oikawa. Y no vuelvas nunca.
Oikawa no luchó contra el hechizo repelente que Iarthro empleó sobre él. Por el contrario, se dejó arrastrar fuera del territorio de los Elfos. Una vez en la espesura del bosque en penumbras, se permitió suspirar, un tanto aliviado.
Shiratorizawa era suyo o lo sería completamente en poco tiempo. Había podido establecer un acuerdo amistoso con los dragones del reino vecino y podía dar por sentado que Kageyama tenía los días contados. Iarthro le había dado el visto bueno, prometiendo entre líneas no interferir en su accionar.
Sólo quedaba una cosa más por hacer para sentirse en paz aquel día.
Nuevamente, su cuerpo se volvió liviano. Sus alas, ligeras y veloces, lo sacaron rápidamente del bosque hacia su nuevo destino, lejos de la capital.
