Disclaimer: todo lo que reconozcáis pertenece a J.K. Rowling. Lo demás (trama, personajes originales...) pertenecen a Ada P Rix.


CAPITULO DIEZ


Bueno, ¿no era esto una jodida mejora?

Un verdadero hazmerreír, y además, con el puto pelo como prueba.

―No está tan mal...― musitó Pansy, sentada a su lado en Aritmética, con una expresión llena de diversión en su cara ― Al menos no te lo ha puesto rosa.

Draco le frunció el ceño.

―Sí, porque el azul realmente hace resaltar el gris de mis ojos, ¿no es así?

Maldita idiota.

― No te pongas a discutir conmigo sólo porque Nancy te haya pillado salivando por sus tetas― Pansy respondió a la defensiva.

Oh, pero eran unas tetas grandes.

Más bien, colosales.

Y en su defensa, las había mirado fijamente durante más tiempo del que ella se había dado cuenta. Pero fue sólo para evitar comerse con los ojos a Granger. Intentaba evitar ese par a toda costa, hasta que tuviera una buena estrategia.

Seguía viendo bragas. Estaban por todas partes. Pero el único par en que estaba interesado en meterse era en el de la niña buena de Gryffindor. Aunque no era tan inocente como parecía... no, era la Reina de las Bolas Azules.

A Nancy no le había hecho mucha gracia pillarle mirándola fijamente. Y fue entonces cuando lo hechizó, poniendo su pelo de un encantador color azul y haciéndole parecerse a Hades... sin las llamas.

Dime, Hades, ¿qué tal va todo en el inframundo? Bueno, todo va bien. Ya sabes, un poco oscuro, un poco sombrío. Y, como siempre, ya sabes, lleno de gente muerta. ¿Qué vas a hacer?

La historia de mi puta vida...

A Nancy la habían castigado, y Draco había hecho que Pansy tratara de arreglar su pelo... y no estaba funcionando. Pansy realmente sería una jodida peluquera de mierda.

―Srta. Granger, ¿por qué no intenta rectificar el pequeño contratiempo del Sr. Malfoy?―, preguntó el profesor Vector por encima del ruido que hacían los alumnos al salir de la clase.

¿Contratiempo? ¡Esto era una jodida tragedia griega! ¡No un contratiempo!

Podía ver a Granger mirándolo con una sonrisa burlona mientras metía su libro dentro de su cartera.

―Ese encantamiento necesita agua y jabón para que se rompa la reacción química, profesor. Tal vez si se lavara el pelo...

―¡Estupendo! gracias por ofrecerse voluntaria, Srta. Granger.

Bueno, la situación se estaba complicado rápidamente.


El dormitorio de la Delegada* estaba demasiado iluminado. (*Head Girl = Delegada, Premio Anual o Jefa de Estudiantes)

El color granate no ayudaba. Joder, no estaba preparado para que se le calcinaran los ojos al entrar en la sala de estar.

―Acabemos con esto lo antes posible ―, oyó decir a Granger mientras escuchaba cómo se abrían los grifos del baño ―. Trae esa silla de madera que está junto al escritorio, sólo tengo media hora antes de que me tenga que ir a Runas Antiguas.

Ella actuaba de forma profesional. Lo cual le convenía ya que estar cerca de ella de esa forma era sencillamente doloroso. Joder, se moría por tocarla y sabía que si ella se lo permitía, terminaría haciendo mucho más que eso.

Pensamientos sobre esas largas piernas envueltas alrededor de su cintura lo atormentaban mientras llevaba la silla al pequeño baño y la colocaba frente al lavabo. Se miraron por un momento al tiempo que Granger le indicaba que se sentara.

Antes de seguir la orden, Draco se quitó la túnica seguida de la corbata y la camisa. Granger, que claramente no se lo esperaba, se dio la vuelta e hizo un sonido exasperado.

―No pienso mojarme la túnica―, le dijo sinceramente, y vio a Granger mirándole a través del espejo.

Sintió que sus ojos tocaban cada músculo de su espalda y sonrió para sí mismo antes de sentarse, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados. Se prometió a sí mismo que si se portaba bien, mantenía sus manos pegadas al asiento de la silla y no abría los ojos ni una sola vez durante ese jodidamente raro momento de su vida, se recompensaría más tarde con una gran y magnífica paja de victoria.

Podía oír cómo Granger daba golpecitos con el dedo en su labio inferior mientras estudiaba a Draco.

―Soy demasiado alta y tú estás demasiado bajo en esta silla, pero supongo que nos las apañaremos.

―Lo que tú digas. Estoy a tu merced―, se burló, abriendo un ojo para mirarla.

¿Y acaso no era esa la jodida realidad?

Ella arqueó una ceja antes de inclinarse hacia adelante y rociar agua caliente sobre su cabeza proveniente de los grifos. ¿Cómo pretendía mantener los ojos cerrados teniendo sus pezones apenas a un lametón de distancia?

―Mierda. Me empiezo a arrepentir de esto. Había olvidado lo mucho que me odias―. rió él, tratando de suavizar el ambiente.

―No te preocupes, seguirás siendo medianamente lindo cuando haya terminado contigo.

―Los hombres no son lindos, Granger. Son sexys. Ardientes. Follables. Incluso acepto hermosos o guapos, pero no lindos―. Ella extendió su mano, acariciando su barbilla y acercando su rostro al de ella.

Su mirada se deslizó por su cara brevemente, con la misma suavidad que la seda, y se posó en sus labios antes de volver a sus ojos.

―Eres muy lindo, Malfoy― le dijo sarcásticamente ―. Aunque no estoy muy segura del resto de adjetivos que acabas de mencionar ― concluyó encogiéndose de hombros y sonriendo para sí misma ―. ¿Estás listo?― le preguntó, cogiendo la botella de champú que tenía a un lado.

―Haz lo que puedas. O, más bien, lo mejor que puedas― En cualquier caso, esto era jodidamente peligroso para su autocontrol.

Sus dedos se arrastraron por la parte superior de su cabeza, sus uñas raspando a lo largo de su cuero cabelludo mientras le frotaba el champú en el pelo. Su cabeza giraba y se mecía con el movimiento de sus manos y se rindió al instante. Ella tiró con fuerza de su pelo, y él se incorporó repentinamente.

― No muevas la cabeza―. Le regañó.

Mucho más fácil decirlo que hacerlo.

Ella se puso a un lado suyo, pasando las manos por su pelo y examinándolo detenidamente.

El sonido del agua cayendo a través de su pelo resonaba con fuerza en las paredes de mármol. Unas pocas gotas de agua tibia se deslizaron por su pecho formando delgados caminos, y se dio cuenta de lo caliente que estaba su piel en comparación. Y cuando alcanzó su pezón... mierda.

Se había excitado una jodida vez más.

Con ese desafortunado descubrimiento en su mente, la sensación de Granger pasando sus dedos una y otra vez por su pelo, tocándole, y con su olor envolviéndole, su polla se puso al día y se endureció dentro de sus pantalones.

Perfecto.

Ni siquiera podía recolocarse dentro de los pantalones sin que ella se diera cuenta. Si miraba entre sus piernas, vería todo. Incluso a través de la tela de sus pantalones. Pero en ese momento, Granger no se percataba de nada. O eso supuso él, ya que estaba lavando la parte de atrás de su cabeza, tarareando una canción que él no conocía.

No tenía ni idea de cuántos segundos o minutos habían pasado. Granger se las había arreglado para inducirle en algún tipo de sueño húmedo hipnótico. Estaba disfrutando de las mejores visiones de ella sentada en el asiento de la ducha, con agua caliente y vapor por todas partes, y su rostro presionado entre sus muslos. Y él la besaba, la tocaba, jugaba con su apretado coño y su espalda se arqueaba, sus labios se separaban con gemidos provocados por el placer que él le proporcionaba. Sus piernas se envolvían alrededor de su cabeza, y él la lamía tan bien que ella se corría con un potente gemido, tirando de su pelo hasta hacerle daño.

Entonces él la cogía, la sacaba de la ducha y la reclinaba contra el lavabo. Sus ojos se encontraban en el espejo en el momento en que se deslizaba en su interior, al principio penetrándola lentamente, excitándola hasta hacerla gemir, jadeando su nombre y rogándole que la follara más fuerte. Y lo hacía. La follaba hasta que ella gritaba, le temblaban las piernas y sus cuerpos se quedaban sin aliento. Se la follaba hasta que ella tuviera claro que era suya.

No me jodas, creo que esta fantasía es mi nueva favorita. ¡Contrólate, joder!

Excepto que es incapaz de hacerlo. La situación empeoró cuando ella se puso frente a él, colocándose entre sus muslos separados, inclinándose hacia adelante para llegar a la parte superior de su cabeza y torturándolo con la vista más insana de su sostén de encaje blanco y de sus abundantes senos que sobresalían del borde superior del mismo. Ella seguía tarareando, y ahora él también, porque si no encontraba algo que le distrajera de esta mujer y de las obscenas cosas que se moría por hacerle, iba a terminar haciendo algo que no debía.

¿Como correrse en su muslo? ... no puede ser peor que eso. De vuelta a la casilla de salida, capullo.

Estaba ahí sentado, prácticamente recostado contra un lavabo, medio desnudo y con ella entre sus piernas, y ella estaba tocando su cabeza, y él no la estaba tocando. Pensó que era uno de los momentos más absurdamente eróticos de su vida.

Ella retrocedió un paso, y él se sintió tan aliviado que automáticamente aspiró una enorme cantidad de aire.

― ¿Pasa algo malo?― le preguntó, mirando hacia arriba.

Ella estaba mordisqueando su labio inferior, preocupada por lo que veía, y su mano subió por reflejo a la parte superior de su cabeza mientras se sentaba derecho en la silla, dando palmaditas para ver si podía determinar lo grave que era.

―¿Me lo has destrozado?

―No―, respondió, inclinando la cabeza hacia un lado. ―. Ya casi lo tengo.

Él soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.

―Pero no puedo llegar bien a la parte delantera de tu cabeza, tal vez tenga que acabar con mi varita. Quiero igualar el resto, pero no consigo el ángulo adecuado para lograrlo.

Y porque era un puto masoquista y una idea completamente jodida surgió en su retorcida mente, juntó sus pies y rodillas y dio unas palmaditas en la parte inferior de sus muslos.

― Siéntate encima de mí, entonces.

―¿Qué?― Ella soltó una sorprendida, casi perpleja carcajada.

―Es eso o me pongo de pie, y entonces estaré mucho más alto que tú ― Señaló, viendo que ella le miraba sospechosamente.

Sacudió la cabeza, esos dientes trabajando distraídamente con su labio inferior de nuevo, y él habría dado cualquier cosa por ser él quien mordisqueara ese labio.

―¿Por qué tienen que hacer que las sillas de escritorio estén tan cerca del suelo?

―Ni idea. ¿Deberíamos dejarlo como está?― preguntó. No quería parar, pero era una idea estúpida y jodidamente peligrosa.

Ella sacudió la cabeza.

―No. Ya casi he terminado y sabes que soy muy perfeccionista...― le sonrió. Sus miradas se encontraron ―. Supongo que no tengo otra opción ― dijo ella y tragó.

Dando un pequeño paso en su dirección, mirándolo mientras lo hacía.

¿En qué cojones estaba pensando? No podía dejar que se sentara sobre él. Estaba tan duro como una puta tubería de acero.

-Desde luego, piensas mucho sobre ti mismo, colega -

Y ella va a estar a horcajadas sobre él. ¡Vestida en tan solo su jodida ropa interior! Cara a cara y pecho a pecho, y sus piernas estarán abiertas, y...

Oh, joder.

¡En qué demonios estaba pensando!

―Si no, puedo pedirle a Pomfrey que lo haga ella― se forzó a decir, pero ya era demasiado tarde.

Sus piernas estaban a ambos lados de las suyas, y ella estaba descendiendo. Afortunadamente, estaba en la parte inferior de sus muslos, justo por encima de sus rodillas, pero su polla apuntaba hacia ella a través de sus pantalones como si fuera la aguja de una brújula, y ella era su verdadero norte.

Retira eso, es demasiado cursi...

―Esto no debería llevar mucho tiempo―, susurró ella, su dulce aliento flotando sobre su rostro. Tragó más allá del nudo en su garganta, su voz aún sonaba ronca

― De acuerdo.

Su mirada se centró en su pelo, y él no movió ni un músculo. Sus ojos se fijaron en la base de su cuello, no demasiado arriba ni demasiado abajo. Sólo que... podía ver su pulso palpitando. Rápido. El latido de su corazón iba tan acelerado, y el suyo también, y ella estaba tan bragas estaban allí, cubriéndola, pero aún así podía sentir el calor de su coño a través de los pantalones y no podía dejar de imaginar cómo se sentirían sus bragas sobre las puntas de sus dedos.

― ¿Qué tal va?― dijo apretando los dientes, porque si no hablaba, algo que no tenía ningún sentido, iba a extender la mano y descubrirlo por sí mismo.

―Bien. No te muevas.

No se había movido. Sus jodidas manos agarraban con fuerza la parte inferior de la silla, sus nudillos le hormigueaban por la falta de sangre.

―Ya casi estáb― Pero entonces ella se movió hacia adelante.

La parte superior del interior de su muslo se deslizó sobre la cabeza de su polla, y él soltó un gruñido, incapaz de contenerlo.

Sus manos se detuvieron, sus ojos se abrieron de par en par, y entonces Granger se dio cuenta de lo excitado que estaba por todo eso. Por ella.

Otra vez.

No sabía qué hacer o qué decir. No había forma de disculparse. No había manera de ignorarlo.

― Estás duro.

Oh, movimiento atrevido, querida...

Sus ojos encontraron los de ella.

―Estás a horcajadas sobre mis piernas en ropa interior, Granger. ¿Qué creías que iba a pasar?― estaba perdiendo la maldita cabeza por la necesidad.

―Tú me dijiste que lo hiciera― protestó ella volviendo a trabajar en su pelo pelo con la varita.

Dab. Dab. Dab. Se estaba muriendo poco a poco, joder.

― ¿Has terminado?― necesitaba alejarse antes de que la situación se le fuera de las manos.

―No. Estate quieto ― Granger estaba temblando.

Él estaba palpitando.

No sabía cuánto tiempo más podría soportar esa situación.

―Granger, creo que estamos...

Ella movió sus caderas hacia adelante, deslizando su coño a lo largo de su dolorida polla, y él gimió, dejando caer su cabeza hacia atrás sobre el cojín de la silla.

―Te dije que no te movieras―, le regañó, pero su voz era jadeante. Necesitada.

El sonido fue directo a sus pelotas. Levantó la cabeza y sus manos volaron hacia sus caderas cuando ella lo hizo de nuevo. Sus mejillas estaban teñidas del más perfecto tono de rosa, sus labios estaban separados, sus pupilas dilatadas, y jodido Salazar en pelotas... Granger estaba tan cachonda como él.

Joder, ya podía oler su excitación. Prácticamente podía saboreaba. Era tan jodidamente delicioso que no pudo evitar lamerse los labios. Con los ojos de ella en los suyos, dirigió sus caderas contra él de nuevo, tirando de ella.

Ella gimió cuando su polla se restregó contra su calor; la fricción de sus pantalones contra sus bragas dándole un masaje perfecto. Granger, con descaro, se levantó y arrastró su cuerpo hasta que estuvo totalmente sobre su regazo, con las tetas pegadas a su cara. Su boca estaba justo ahí. Descendiendo de nuevo, se apoyó sobre él, y él se inclinó hacia atrás, mirando con asombro como ella le follaba sobre su ropa...

Otra vez.

Otro gemido se le escapó y Granger cerró los ojos, y él no podía creerse lo que estaba pasando. No podía creer que estuviera sentado en una silla de escritorio dentro del baño, con Hermione Granger sobre su regazo, masturbándose contra él. Era la cosa más jodidamente sexy que había visto en su vida. La sensación era increíblemente deliciosa, pero no se atrevía a cerrar los ojos por miedo a perderse un solo segundo de todo eso. De ella.

―¿Te gusta?― le preguntó, su voz ronca, grave y desesperada. Pero necesitaba saberlo.

Ella gimoteó.

―Abre los ojos y dímelo, Granger. ¿Te gusta restregarte sobre mi dura polla? ¿Usarme para masturbarte?

Sus ojos se abrieron, el bonito color avellana de sus ojos practicamente absorbido por el deseo.

―, jadeó ella.

Esta chica... Estoy jodidamente arruinado.

Con un suave jadeo, ella aceleró el ritmo. No podía creerse cómo respondía a él. Como si no quisiera nada ni a nadie más. Su pequeño y firme cuerpo se arqueaba de manera instintiva para encontrarse con el suyo.

Sus movimientos eran casi desesperados. Como si no pudiera estar lo suficientemente cerca de él. Como si necesitara mucho más. Le estaba volviendo loco.

― Hazlo, amor. Frota ese apretado coño sobre mi polla. Quiero sentir como te corres, Granger. Quiero ver lo hermosa que eres cuando te dejas llevar.

―Oh Dios―, gimió ella.

La varita cayó de sus dedos, junto con lo último que quedaba de su fuerza de voluntad.

Golpeó el suelo mientras sus manos se aferraban a sus hombros. Estaba jodidamente desesperado por besarla. Por deslizar sus dedos debajo de sus bragas e introducirlos dentro de ella.

Pero no podía hacerlo. Arruinaría todo, y ella se detendría.

Lo sabía. Podía verlo. Esto ocurría bajo sus condiciones, y él estaba ahí tan sólo para el paseo.

Pero a él no le importaba una mierda.

Nunca nada había sentido algo tan maravilloso en su vida. Parecía un hombre poseído, a punto de correrse en sus pantalones. Granger ondulaba las caderas, arriba y abajo y de lado a lado hasta que encontró su ritmo. Hasta que descubrió cómo se sentía mejor. Su coño estaba tan caliente, directamente sobre su polla mientras le hacía una paja a través de los pantalones.

Más fuerte. Más rápido. Le estaba matando no poder tocarla. No poder tomar el control y lanzarla contra el cubículo de la ducha, follándola desde atrás tal y como él lo había imaginado.

―Malfoy...― ella exhaló su nombre en un ronroneo lento y sexy, suplicante. Su cuerpo tensándose mientras se aferraba a sus hombros, clavando las uñas en su piel.

―Eso es, amor―, gruñó con voz ronca. ―Eres tan jodidamente sexy. Te sientes tan bien. Más duro. Frotáte más fuerte contra mí―. Joder, sentía como si no pudiera respirar.

―, siseó ella, su cuerpo temblando. ―. Estoy tan cerca...

―Lo sé. Joder, Granger. Correte para mí.

Ella maulló contra él, sin romper el ritmo.

―Yo también me voy a correr. Igual que tú. ¿Lo puedes notar?― No podía soportarlo. El calor, todo, era demasiado. Era jodidamente delicioso.

Ella asintió con la cabeza, sus dientes mordiéndose el labio tan fuerte que le sorprendió que no se hiciera sangre.

―Me pones tanto. Sí. Así. Tan buena.― Joder, ya ni siquiera hablaba con frases completas.

―¡Malfoy!― gritó, sus ojos cerrandose de golpe mientras se corría.

Él también se corrió, gruñendo y gimiendo, disparando semen caliente sobre su muslo y en el interior de sus pantalones, pero no le importaba. No recordaba haberse corrido con tanta intensidad en su vida.

Su frente cayó sobre la de él mientras seguía disfrutando hasta el último segundo de su orgasmo, su piel sudorosa al presionarse contra él, tratando de estabilizar su irregular respiración. Sus ojos se abrieron de golpe, y cuando lo vio justo ahí, se abrieron de par en par.

―Oh Dios mío―, susurró, aturdida, y tal vez incluso un poco avergonzada de que ella, ellos, hubieran hecho eso ―. Yo...―, ella continuó, y él no fue capaz de decir nada. Estaba paralizado.

No te arrepientas de esto, Granger. No digas que no deberíamos haberlo hecho.

―No deberíamos haber hecho eso.

Ahora todo dolía.

―Bueno... para ser virgen, sabes cómo moverte―. Salió de su boca antes de que pudiera detenerlo.

Se preparó para su furia, cerrando los ojos y esperando que ella le diera una bofetada. Pero la bofetada no llegó.

―¿Quién ha dicho que sea virgen?―, fue su respuesta, con curiosidad.

Abrió un ojo para mirarla a la cara.

No me jodas...

Hablando del infierno de Dante. Él podría pecar continuamente por ella.

Esta chica mejoraba por momentos.