Cuando éramos niños, Sokka siempre era quien hacía los planes y preparaba todos los detalles de las expediciones en la nieve. Solía decirme que yo actuaba sin pensar del todo en las consecuencias o en las cosas que podían hacer falta. Era una dolorosa realidad que esta era una de esas veces.
Con todo, me negaba en redondo a sacar dinero del millón , así que me las estaba arreglando con lo poco que quedaba en la cuenta donde me solían depositar los pagos por mi trabajo. Así conseguí en renta muy barata un cuarto diminuto y un camión que llevara el sillón donde pensaba dormir y tres cajas con los materiales más importantes que necesitaría para trabajar. Por supuesto, una caja adicional con las láminas de mi libro.
Todavía quedaban algunos asuntos que requerían de atención inmediata. Parte de las cosas que dijo Katara esa tarde terrible eran ciertas: ella daba el dinero para los gastos de la casa. Y ahora, como yo no tenía proyecto para trabajar, estaba viviendo con el tiempo como enemigo, hasta que se acabara el dinero.
A juzgar por la luz del sol que me daba en los ojos, ya era pasado el mediodía. Otra vez me había quedado trabajando hasta la madrugada, extrañando mi mesa de siempre, y para cuando conseguí conciliar el sueño, ya los niños del vecino salían en dirección a la escuela.
Pasé la mano por mi cabeza y mis dedos se enredaron en los primeros rizos. No me había afeitado en varios días… Un gruñido proveniente de mi estómago me avisó que la comida era más urgente. Eché a un lado las cobijas que ponía cada noche sobre el sillón y rebusqué en la mesa, donde encontré solamente una bolsa de papel llena de restos de pan, pero ningún trozo de tamaño comestible.
—No puede ser —mascullé. ¿Cómo era posible que la comida se acabara tan rápido?—. Si apenas hice la compra hace unos días.
Al menos el bote de crema de maní estaba casi lleno. Sin cubiertos ni pan disponibles, vacié un poco del espeso contenido en mi mano, para calmar el hambre mientras tanto. Con la tensión de evitar a Katara, había olvidado empacar muchas cosas que estaba echando en falta.
Llamé a Appa y le puse su collar antes de salir en dirección al mercado. Para sacarlo a pasear no necesitaba correa, pero ya tenía una mala experiencia de la perrera intentando llevárselo por no tener su collar puesto.
Ver la vida normal de la gente en la calle mejoró un poco mi humor. Saludé a un par de personas que comenzaba a reconocer mientras Appa y yo caminábamos en la acera. Lo dejé fuera, con la orden de esperarme mientras yo entraba a comprar.
Traté de recordar qué más necesitaba. Mermelada, panes, fruta. Un jabón, recordé de pronto. Omití de plano muchos de los estantes y puestos, para ir directo a la panadería y la tienda de frutas y verduras, donde compré la bolsa de fruta más grande que pude, y más pan, que era lo que podía comer sin necesidad de una cocina. Y siendo honesto, aunque tuviera una cocina, había bien pocas cosas que supiera preparar más allá de arroz hervido un poco quemado al fondo de la olla.
Appa, por otro lado, tenía al menos un costal y medio de comida en reserva. Terminé con una última parada en el puesto de periódicos, donde compré un ejemplar de Bosco, uno de los diarios de circulación nacional del Reino Tierra.
Casi en cuanto puse un pie en la calle, Appa me alcanzó con un ladrido. Alrededor ya parecía comenzar el tráfico de la gente regresando del trabajo; así lucía cuando yo iba por K a su salida. Debía faltar como una hora para que terminara su jornada de trabajo.
Respiré hondo. La meditación te hacía reconocer lo que sentías, sin juzgar, aceptando. Al mirar dentro de mí, sabía que todavía estaba muy enojado.
Una limusina pasó a toda velocidad frente a mí, apenas alcancé a verla por encima de los bultos que traía cargando entre los brazos. Era poco común ver una de ésas, normalmente eran rentadas para fiestas y eventos así.
Me encogí de hombros y reacomodé mis paquetes mientras el vehículo se perdía calle arriba. Mi nueva casa estaba mucho más cerca del aeropuerto que la otra, era de esperarse ver un tráfico diferente.
—Vamos chico, de vuelta a casa. ¡Yip yip! —y entró en un trote ligero que yo seguí un poco por detrás de él hasta llegar de nuevo al cuartito en que ahora vivíamos.
Después de servir el plato de comida de Appa y un almuerzo sencillo para mí mismo, me senté en el sofá a revisar el periódico, directo a la parte de ofertas de empleo. Tenía un rango más o menos amplio de habilidades que cubrían al menos tres o cuatro de los puestos anunciados.
Me había resistido por tanto tiempo a un trabajo como esos, de profesor o dibujante de despacho de arquitectos, porque no había muchos en Ciudad Chin y porque los proyectos (donde había comenzado un portafolio respetable incluso desde antes de graduarme) pagaban mejor por hora y me permitían trabajar en el libro. Y porque en Ciudad Chin Katara tenía trabajo y la casa de dos habitaciones con jardincito era económica.
Pero ahora, necesitaba reponer mis ahorros, y dejar descansar las cosas con mi esposa antes de volver a contactarla. Era una herida abierta que prefería no tocar hasta que hubiera cicatrizado un poco.
¿Y si al contactarla ella me pedía la separación?
No, no. Un día a la vez. Respiré profundo y saqué papel y pluma para escribir la primera de varias solicitudes de empleo. Por fortuna, la habitación ya disponía de una mesa, y me enfrasqué en la tarea sin notar el paso de las horas.
El destino es una cosa curiosa.
Apreté con más fuerza el asa de mi portafolios. Las primeras palabras de mi tío seguían resonando en mi mente, completo con su mirada meditabunda y acariciando su barba al hablar. Ese recuerdo se sentía más real que las imágenes de la ciudad que pasaban fugazmente a través de la ventanilla rentada.
Le había contado a mi tío toda la situación (incluyendo la participación de su amigo Col, lo que obtuvo por respuesta el gesto que ponía cuando no quería reírse enfrente de mí) con la esperanza de que me diera algún consejo críptico, que no llegó. Después de terminar mi explicación respecto al Templo del Aire del Sur, él asintió con gravedad en aprobación a mis nuevos planes.
—Es una mujer de temple si decidió llamarte —fue su única observación.
Por supuesto, si bien esas frases no eran exactamente consejos, tenía toda la razón. Katara era un enigma; parecía que yo estaba destinado a hacer cosas para desagradarle, que sin embargo la hacían buscarme. Eso último me impedía lamentar demasiado los hechos.
Si bien ella no había llamado más que para echarme su enojo en la cara, yo había obtenido el lugar en que podía contactarla, lo que me llenó de una emoción poco adecuada en respuesta a su justificado enojo.
Como de costumbre, Ty Lee fue la encargada de supervisar los asuntos legales de cambiar los nombres de propietario del Templo del Aire del Sur. Cuando me llamó para darme la noticia de que tardaría al menos otros tres días hábiles, me dijo también que, si quería conservar la poca buena opinión que Katara pudiera tener de mí, tenía que avisarle del retraso para que no creyera que yo lo había olvidado. O peor, que le había mentido.
Y como no conocía las flores que le gustaban y las rosas serían clichés, Ty Lee lo remarcó, debía probar con otras flores. También con ayuda de Ty Lee, seguí el consejo de Toph: entre los dos, preparamos una lista de cosas, que tan sólo esperaba se presentara la oportunidad de usar. Algunas, yo mismo admití que eran casi irreales (como haber preparado mi casa de Ba Sing Se para recibirla), pero siempre era mejor planear movimientos para todas las posibilidades, eso lo había aprendido de los partidos de Pai Sho con mi tío.
Tenía un plan en que descansaban muchas de mis esperanzas, no sólo porque me permitiría resarcirme ante ella al menos un poco, sino porque su presencia realmente sería una ayuda. Ella dijo que nació en el Polo Sur. Ya cuando cerramos las fábricas de allí, hice lo posible por impulsar los esfuerzos locales de recuperación. Ahora bien, nadie como alguien del Polo Sur para que se asegurara de que ese esfuerzo estuviera bien invertido...
Era una tentativa difícil, lo sabía. Ella no tendría por qué aceptar acompañarme de nuevo. Agni, ni siquiera tenía por qué escuchar mi oferta. Pero si había algo que incluso mi hermana reconocía, era que yo no me rendía. Esto no era la excepción.
El automóvil se detuvo y el chofer me avisó que habíamos llegado al destino que yo había solicitado. Di órdenes de que me esperara afuera y me dirigí con paso firme a la puerta del edificio, cinco pisos de concreto y ventanas pequeñas.
No, no pensaba rendirme.
El frío pareció hacer que la gente se llevara mejor; había pocos asuntos pendientes para el juez Tong. Incluso la cantidad de cartas por mecanografiar era reducida. Por eso, el sonido del intercomunicador con la recepción del edificio de oficinas se convirtió en el evento más emocionante del día que estaba por terminar.
—Alguien de la oficina del señor Tong, baje por favor. Hay un visitante o un paquete, no estoy muy segura —avisó por la radio una voz ligeramente metálica.
—No te preocupes, yo voy —Song se ofreció al verme a mitad de una carta, a diferencia de ella que apenas iba a comenzar la siguiente.
Le agradecí con un suspiro cansado al verla salir. Estuvo de vuelta unos minutos después, pero en vez de regresar a su lugar, por el rabillo del ojo la vi quedarse de pie cerca de la puerta.
—¿Qué pasa? —no aparté la vista del texto que estaba transcribiendo—. ¿Llegaron más flores?
—No exactamente… Es decir, sí, pero… —Song insistió con un tono raro.
—¿Entonces qué…?
Y yo también me quedé sin palabras cuando por fin alcé la vista. Frente a mi pequeño escritorio gastado por los años de servicio, se encontraba Zuko, con un abrigo largo de lana gris oscuro y una cajita entre las manos. Esta vez no eran lilís de fuego, sino lilís panda.
—Hola, Katara —su sonrisa tenía una pizca de nervios en los ojos.
Por varios segundos hubo un silencio absoluto.
—Me llaman en recepción, si me disculpan... —Song se excusó y casi salió corriendo hacia la puerta. Zuko se aclaró la garganta.
—Hum. No supe qué flores te gustarían, así que hoy traje otra distinta —alzó la cajita con las exóticas flores—. ¿Te gustan las lilís panda?
Asentí, demasiado sorprendida para hacer otra cosa. Él cambió su peso de un pie al otro.
—En primer lugar, quiero disculparme por todo el asunto de la propiedad del Templo del Aire del Sur. Me doy cuenta de que pude haber manejado mejor el aspecto de investigación sobre los nómadas de aire, fue insensible de mi parte asumir algunas cosas.
Con un poco más de distancia del momento de la llamada, no solamente ya no estaba enojada, sino que hasta me sentía un poco avergonzada por mis palabras bruscas. Pero no sabía cómo decir eso.
—Por otro lado, ya tengo las escrituras con el nombre adecuado —alzó el maletín que tenía en la otra mano.
Seguí en silencio, sobre todo porque no sabía qué decir. Todo dentro de mí era una mezcolanza de calidez, nervios y una ligera exasperación. Ante mi falta de respuesta, él depositó con suavidad las flores sobre mi mesa y sostuvo el maletín con ambas manos.
—¿Con quién puedo ver los pormenores?
—Por el momento mi esposo no está disponible —recuperando el habla, traté de mantener un tono que no revelara mi confusión. Para crédito de Zuko, su única reacción fue un leve desconcierto.
—En ese caso, ¿está bien si contacto a su abogado? —me encogí de hombros.
—El abogado Jet Gaipan estará encantado de llevar cualquier asunto que lo requiera —por instinto, tomé la caja con flores y la acomodé sobre mi mesa—. Le agradezco su visita en persona, ya ve que era innecesaria.
Hubo un silencio incómodo. Le lancé una mirada de reojo y él tenía los ojos fijos en mí.
—En realidad, no es lo único que venía a tratar —se acomodó nerviosamente el cabello, que de inmediato regresó a su desorden inicial, y me esforcé por bloquear el recuerdo de ese mismo cabello entre mis dedos—. Tengo también otra oferta... Una petición, más bien.
Entrecerré los ojos. El trato anterior fue una pésima idea, pero técnicamente ese trato lo propuso Col. Zuko se apresuró a seguir hablando.
—Recientemente, se liberó un fondo dentro de la empresa para mejorar la imagen pública. Una porción será destinada al Polo Sur… me gustaría que pudieras asesorarme para aplicar ese dinero.
No pude evitar una pequeña exclamación de extrañeza. Él nunca fallaba en sorprenderme.
—Serán dos días, a lo más tres, en Caldera. Lo suficiente para que me acompañes a la oficina y escuchemos las exposiciones de quienes tienen propuestas. Leí los resúmenes en el camino hacia aquí: uno de los proyectos busca impulsar un complejo turístico de invierno, otro está enfocado a conservación de especies, uh, y me parece que hay uno más sobre frutos del mar.
De inmediato se disparó mi interés. ¿Cuál tendría un mayor impacto positivo en las pequeñas poblaciones del Polo Sur? Un millón de preguntas sobre los terrenos que planeaban usarse y los pormenores de los proyectos acudieron a mi mente, pero él siguió hablando.
—Hay otro que no me quedó muy claro, la verdad. Pensé que sería muy conveniente que una persona local, que conozca los negocios y las costumbres, pudiera darme su opinión. Traigo los papeles, si quieres revisarlos.
Adelantó de nuevo el portafolio y me miró esperanzado, todavía de pie frente a mi escritorio.
Me debatí por unos segundos, pensando que tal vez habría alguna trampa, porque la oferta lucía demasiado bien. ¿Asegurarme de que la Fire Corp. ayudara a la gente? ¿Qué podía ser mejor que eso? Por más que busqué, no encontré desventaja alguna. Al menos el cambio de escenario podría hacerme bien, y con el salario del mes podía comprar un boleto a Caldera… Zuko ni siquiera pedía ir a su casa o que yo compartiera una habitación con él.
—¿Cuál es la trampa? —dije sin poder contener las palabras.
—¿Trampa? —titubeó él, con un leve sonrojo—. Ninguna…
Alcé una ceja con incredulidad. A veces presionar un poco podía dar más respuestas.
—Está bien —alzó la mano que tenía libre, como rindiéndose—. Quiero disculparme por lo del Templo y… y pasar más tiempo contigo. El resto es legítimo, de verdad me interesa tu asesoría para esos proyectos.
Me mordí el labio. Si de verdad no había nada más detrás… Con un sobresalto, me di cuenta de que confiaba en lo que él decía.
—Está bien —me escuché a mí misma decir—. ¿Cuándo debo estar allí? Debo pedir permiso en el trabajo y arreglar lo del boleto.
—Salimos en el avión de esta noche —sonrió y sus ojos resplandecieron.
—¿Esta noche? Es día de trabajo, mi jefe no estará de acuerdo —objeté, ¡era mitad de semana laboral!
—Pero quieres venir —interrogó con la mirada y yo asentí, segura al menos de eso—. Yo me encargo. Dame dos minutos.
Se encaminó hacia la oficina y tocó la puerta, que cerró tras de sí cuando recibió permiso para entrar. Me senté de nuevo; ni siquiera había notado el momento en que me puse de pie. ¿Qué estaba pasando?
Varios minutos pasaron y yo alcanzaba a escuchar las voces y el tono jovial de la conversación, aunque no distinguí las palabras. Luego se escuchó el chirrido de las sillas y pasos que se acercaban a la puerta.
—¡Señora Katara! —el señor Tong salió de su oficina con una mano sobre el hombro de Zuko—. Este filantrópico hombre de negocios acaba de hablarme sobre el magnífico evento en que necesita de su ayuda.
—Sí, me quedaron algunas dudas respecto a las fechas, porque parece que es en días de trabajo… —empecé, y mi jefe me interrumpió con un gesto como si espantara una mosca.
—¿Quién piensa en eso, mi querida Katara? Digo que sí, por supuesto —el señor Tong se deshacía en inclinaciones respetuosas—. Con lo eficiente que eres, adelantas el trabajo de semanas. ¿Qué son unos pocos días para mi mejor empleada? Es más, ¡si quieres tómate toda la semana y la próxima también! Estás libre desde este momento.
El señor Tong sonrió con tal amplitud que me preocupé por el estado en que quedarían sus mejillas.
—¿Lo ves? —me susurró Zuko, inesperadamente cerca. Casi salto.
—E… en ese caso, señor Tong, muchas gracias. Que tenga una buena tarde… —me apresuré a tomar mi abrigo, mi bolso y la caja con flores.
—Le agradezco infinitamente, respetable juez Tong —Zuko también se despidió.
Todo el recorrido, siempre junto a Zuko, sentí las miradas quemantes del resto de la gente que trabajaba en el edificio. Me compadecí un poco de Song, que se despidió de mí agitando la mano desde el vestíbulo. Seguramente la presionarían en busca de respuestas que ella tampoco tenía; para mí, el infierno del interrogatorio comenzaría cuando regresara de esta excursión.
Un coche que yo clasifiqué como limusina corta esperaba fuera del edificio. Zuko me abrió la puerta antes de subir.
—El avión sale dentro de cuatro horas. Seguramente querrás pasar por algo de equipaje… después, sería un honor que me permitieras invitarte a cenar —la sonrisa llegaba hasta sus ojos.
—De acuerdo —respondí con sencillez, no parecía un problema—. Después de ir a mi casa, por favor.
—Si le indicas al chofer —me sonrojé y di mi dirección. Un silencio ligeramente incómodo se instaló en el trayecto hasta que apareció la calle de la casa. Era tan extraño, casi surrealista, que ambas cosas coincidieran: la casa rentada de mi matrimonio y Zuko.
—Espero aquí afuera —dijo cuando yo abrí la puerta del automóvil.
Asentí y corrí. En la habitación, saqué la maleta de siempre, la misma del viaje a Omashu. Zuko dijo que serían dos días, máximo tres… Todo lo que sabía de Caldera era que tenía fama de clima templado incluso en invierno. Terminé por aventar mis vestidos de verano, un pantalón y un suéter, además de los enseres básicos de higiene. Y ropa interior.
Me sonrojé hasta las cejas cuando vi doblados los juegos de lencería que había comprado en la salida con Yue y Suki. Tratando de no pensar en las posibles implicaciones, lo eché también a la maleta donde a pesar de todo, quedaba algo de espacio.
Cuando salí, el chofer ya estaba esperando para recibir mi maleta y ponerla en la cajuela. Abrió la puerta para mí y yo no dejé de sentirme extraña.
—Todo listo —dije sin mirarlo al sentarme a su lado de nuevo. Y carcomida por la curiosidad, cedí al deseo de preguntarle—. ¿Qué fue lo que le dijiste al señor Tong para que me ofreciera toda la semana?
—Le dejé el número de mi oficina. Sugerí que él podría coordinar un proyecto similar con la Fire Corp., pero exclusivo para Ciudad Chin —se encogió de hombros.
—Ya —entendí el por qué de inmediato. Era fácil ver que lo que le interesaba al señor Tong eran las implicaciones políticas de un vínculo con la nueva Fire Corp. Todo el edificio sabía que él tenía la esperanza de subir de categoría hasta llegar a magistrado. Sería mucho más fácil si conseguía las palancas adecuadas.
—¿Tienes alguna preferencia para la cena? —sus dedos se movían nerviosamente sobre los botones que controlaban la ventanilla y el vidrio que aislaba al chofer de los pasajeros.
—No realmente —respondí en guardia, y me tranquilicé cuando en vez de subir el vidrio interno, simplemente bajó su ventanilla. De pronto llegó a mi memoria La chou brûlée , el restaurante que tenía fama de ser el mejor de Ciudad Chin, pero que yo odiaba después de la única visita que hice con Aang. Me asaltó la sospecha de que él tal vez querría llevarme allí.
—Espera, espera, cambié de opinión. Sí tengo una preferencia. Mi favorito es el Dragón Jazmín —tal vez él lo consideraría plebeyo y estaría incómodo. Eso sería un extra.
—Perfecto. También es mi preferido —me dirigió una sonrisa enorme en la que no pude encontrar sarcasmo ni fingimiento, y no pude evitar sonreír en respuesta.
Bendije los conocimientos sobre té que mi tío me había inculcado, porque me permitieron hacer plática durante la cena sin avergonzarme demasiado. Podía sentir que ella todavía estaba en guardia a mi alrededor, así que una conversación que no involucrara muchos detalles personales (como las técnicas de preparación de té) era un tema seguro.
Todo comenzó a adquirir un tinte de ensoñación después de que pasamos los filtros de seguridad del aeropuerto, y aún más cuando nos instalamos en los asientos del avión. Era difícil creer que realmente Katara viajaba junto a mí. No sabía qué hacer con mis manos y constantemente miraba por el rabillo del ojo para comprobar que siguiera allí.
—Es la primera vez que subo a un avión —aceptó al mirar alrededor con ojos muy abiertos y atender a las explicaciones de seguridad de las azafatas—. Se siente distinto al helicóptero.
Se veía un poco nerviosa, y aunque seguramente se debía a la novedad del vuelo, me preguntaba si no era simplemente resultado de mi imaginación anhelante.
Eventualmente, se hizo de noche y las luces del interior del avión se apagaron. Katara se cubrió con una de las mantas de cortesía y cerró los ojos, lo que me permitió verla unos minutos sin tratar de disimular.
Después de medianoche, ella se durmió. Sin darse cuenta, se deslizó hasta quedar recargada en mi hombro. Y ése se convirtió en algo muy cercano al mejor momento de mi vida.
N/A: Y fue como a la mitad de este capítulo que me di cuenta de que esto se había salido de control. A partir de aquí, nada estaba planeado en la versión original de la historia, lol. Tal vez a excepción del final… ¡Gracias por los comentarios y por leer!
