Un cordial saludo a todos:
No he tardado tanto como la última vez y espero poder reducir los tiempos. Finalmente puedo compartirlo: Me he graduado de la universidad. Y lo primero que quise hace fue volver a escribir. De ahora en adelante, podré volver más pronto y dedicarme de lleno a terminar esta historia. No quiero que se prolongue mucho más y con la extensión considerable de cada capítulo, si hago una predicción... existe un cincuenta por ciento de probabilidades de que sean cinco capítulos, sin contar este, los que me queden para dar un cierre a esta historia. Cincuenta por ciento, no tengo la seguridad, pero es lo que me atrevo a decir por el momento.
Este capítulo en particular encerró una complejidad altísima, no sólo por la extensión. Tuve que escribirlo dos veces con tal de lograr que la historia pueda avanzar. Incluso ahora me siento inquieto, pero creo que es la mejor cosa que he hecho en mucho tiempo. Sí les pido disculpas por su extensión. También si les parece demasiado lento. Espero, después de esta entrega, desatar el caos pronto. Lo bueno es que ya tengo el final debidamente planificado, todo es cuestión de saber llegar hasta esa meta.
También quiero agradecer encarecidamente a quienes aún se acuerdan de esta historia y le brindan una oportunidad. Les agradezco de corazón. Sin ustedes, no habría llegado ni a la mitad del camino.
La canción que da título a este capítulo es del grupo Take That. Y por supuesto, la gran mayoría de los elementos de esta historia (sabemos de qué hablamos) no me pertenece.
Y sin nada más que agregar, bienvenidos a la lectura.
–Es un chiste.
No es como que no esperara escuchar esas palabras, pero de la lista de potenciales candidatos, no es que la Teniente Yi figurara en los últimos puestos. Es que ni siquiera se molestó en incluirla.
De manera que sí. Se permite mostrarse sorprendido ante la agresiva arremetida y sí. Se permite perplejidad al caer en la cuenta de que sabe a qué se refiere.
–Es un chiste –espeta el soldado llamado Mariachi por sus compañeros sin apenas inmutarse, logrando confirmar un temor latente.
En verdad su superiora tiene la mecha corta. No tarda en sentir los pasos y tenerla frente a él. Estando sentado ocupado de sus botas, sólo puede verle los pies, de modo que…
–¡Dirígete a mí con el debido respeto, desgraciado!
Suspira. Sabe que no lo escucha a pesar de la distancia. Tiene práctica frente a ella. Quiere acabar con esto pronto. Casi se levanta de un salto antes de adoptar la posición firme.
–Con el debido respeto, señora, sólo estoy autorizado a discutir los detalles de mi próxima misión con mis superiores directos dentro del comando.
–Tierra Pura –masculla la joven teniente con la frente arrugada, pasando por alto una diferencia de estatura que la pone en clara desventaja y vuelve casi cómica la situación–. ¿Se te olvida quién carajos soy?
La maldita protegida, quiere mascullar, la consentida, la sobrinita, la muñequita, la niña de los ojos del Maestro, el General Yi. Pero incluso entonces, considera más próxima la posibilidad de que exista Santa Claus a que haya salido una sola palabra de semejante cargo. Pero un apellido como el suyo tiene que pesar. Incluso si todos temen y respetan a partes iguales a semejante sujeto, incluyendo al mismo Mariachi que tiembla ante la sola perspectiva de…
–Tampoco es como que sepa demasiado para creer que pueda ser un chiste gracioso.
La insolencia la paga caro y el eco del cachetazo se escucha en toda la barraca. El soldado toma un momento antes de decidir voltear. En parte porque necesita respirar profundo y sentir que la bestia en su interior deja de clamar venganza. Tampoco ayuda que la teniente intente ocultar su aflicción con los dientes apretados y la mueca encolerizada.
–Los Cruzados no nacieron contigo, imbécil, ¿tan siquiera sabes lo que hacen? ¿A qué se dedican?
–¿Y usted, señora? ¿Me cree tan estúpido para tomar una decisión sin saber dónde me estoy metiendo?
–Desde el maldito comienzo…
–Entonces no veo cómo puede molestarle tanto –contiene la sonrisa irónica–. No veo que haga falta que le explique nada.
Así permanece. Porque sabe que si quiebra la posición firme, podría irle mucho peor. Qué dice. La cabrona sería capaz de pasarlo a la Corte Marcial por el solo hecho de existir. Es un milagro que aún puedan mantener esa conversación civilizada. Que aún lo mire con esa rabia y no decida estrangularlo por otra buena razón que no se molestará en comunicarle…
–Si no renuncias a esa estupidez, exigiré tu baja inmediata.
Y Mariachi siente se le cae el alma a los pies.
No necesita preguntarle si va en serio. Lo puede ver en sus ojos. Está decidida. No es una maldita amenaza, es un jodido ultimátum
De pronto le arden las manos. La cabeza. Sabe que si no cuenta hasta diez… no, hasta un número muy, muy lejano, entonces sí que hará una verdadera estupidez y es extremadamente probable que ella no sólo lo lamente, sino que sea la directa perjudicada.
Cuenta hasta cuatro. Inhala. Vuelve al cuatro. Exhala. Y sabe que ha encontrado la claridad.
–Hágalo –suelta con sorprende serenidad–. Vaya, adelante, pida mi baja y entonces sí que daré un par de pasos para comunicar cómo se ha revolcado con el Sargento Lee en horas de servicio.
Es ahora el turno de ella. Y sabe todo lo que puede acarrear el solo rumor. La maldita mina de oro que sólo él conoce. Incluso si no pueden probarlo más allá del testimonio y de alguna acuciosa investigación, la acusación destruiría su reputación más allá de toda reparación posible. No, no sólo la suya. Su apellido por sí solo arrastra consigo una tradición imposible de ignorar y semejante acusación…
–Destruirías a tu amado superior Lee –masculla la teniente con un burdo acercamiento a la seguridad.
–Tiene menos que perder, ¿cree que no lo sé?
–Nadie te creería.
–¿Y desde cuándo eso es necesario?
–Tú no…
–¿No qué? ¿No estaría dispuesto a hacer algo mientras me jode la vida? –Se permite liberar la ira a través de la expresión. Se permite incluso romper la posición dando un desafiante paso hacia ella–. Adelante, haga lo que crea que haga falta, intente joderme, siga pensando que me acostaría con el Sargento Lee, siga odiándome por alguna estúpida razón inventada en esa celópata cabeza suya, pero ni crea que…
No puede continuar. No le permite terminar la idea. No si de pronto cubre la distancia que los separa. No si, de golpe, siente que lo tiene aferrado del cuello con ambos brazos, cerrando cualquier posibilidad de salida unos labios inesperadamente fríos sobre los suyos…
No si le resulta imposible encontrar un punto de referencia en medio de ese caos desatado…
No si, al encontrarlo, todo parece incendiarse… destruirse…
Porque no puede ser que su superiora… la Teniente Yi… la protegida, la sobrina del llamado Maestro...
La prometida del Sargento Lee esté… en verdad lo esté…
Antes de que pueda articular la palabra en su cabeza, la empuja con violencia. Los separa más distancia. Una distancia rota. Frágil… imposible…
Porque es imposible que esa imagen… que esa mujer llorosa en un uniforme que lo mira desde el otro extremo sea…
–Jong Ki… por favor…
Quiere que se calle. Que no vuelva a repetir su nombre con esa voz tan… tan…
–Crees… ¿Crees que no lo vi? En ti…
No… no… cómo ha podido saberlo…
–Te he… te he esperado tanto… Jong Ki…
Que se calle. Por Dios, que se calle. No… no puede seguir…
–Intenté que me odiaras… intenté odiarte… ¡Lo he intentado todo!
–Señora…
–No tienes… que seguir huyendo de mí…
Se ahoga en cuanto lo escucha reír con estridencia. Se detiene en cuanto la mira con ofendida incredulidad.
–¿Huir de usted? Cree que hago… todo esto… ¿Sólo para huir de usted?
–Jong Ki…
–¿Tan miserable me cree? ¿Tan jodidamente cobarde?
–Si no es eso…
–Usted qué sabe si siempre lo ha tenido todo –escupe Mariachi con repugnancia–. Si está claro que siempre ha querido más…
–Tú no lo entiendes, yo…
–Ya hizo demasiado, señora, no más –respira profundo. Sabe que le diría cosas peores si no ordena pronto sus ideas–. Esto… nunca pasó, ¿me oye?
–Jong Ki… por favor…
–Pero todo lo demás sigue en pie –la mira con frialdad. Espera sea suficiente frialdad–. Joda mi carrera… joda mis sueños y le juro por lo más sagrado que me encargaré de destruir su vida.
Sabe que ahora es el alma de ella la que ha caído. La que no intenta buscar rastro de humor. La que sabe cuán en serio va esta vez.
–Si lo ha entendido señora, le pediré por favor que me deje solo, necesito… prepararme.
–No… no puedes hacerme esto…
–Señora… váyase…
–Jong Ki… por favor…
–¡Lárguese!
No la ve marcharse. Incluso tiene dificultades para escucharla dar los pasos. Tampoco es que necesite levantar la cabeza para comprender que está solo.
Nunca se ha sentido tan solo como en este segundo. Es increíble que sea lo único en lo que atine a pensar antes de estrellar el puño en el casillero.
El dolor no lo despierta. Al contrario. Lo ahoga en el sopor de la rabia que ya lo ciega.
Vuelve a golpear. Sigue siendo mejor eso que concederle una sola lágrima a esa desgraciada.
Demasiadas se ha llevado ya.
Es peor de lo que imaginé. De lo que cualquiera de ellos habrá imaginado. Así que si voy a toser… si me voy a desarmar, que sea aquí.
La gran mancha escarlata me devuelve la mirada desde el lavamanos. El sabor adherido entre la lengua y el paladar amenaza con despertarme arcadas. No tengo nada en el estómago. No quiero imaginar qué terminaría devolviendo.
Me cuesta recuperar el aliento. Qué desastre. Sí noto la ausencia. Y tal parece que la misma ausencia no ha terminado de cicatrizar. De otro modo no se explica que haya escupido tanta…
Es al llevarme el dorso de la mano a los labios que también reparo en el goteo que proviene de las fosas nasales.
Es el mismo color que me ofrece el lavamanos. Lo que he dejado escapar.
Empiezo a pensar que el estado de mi sistema respiratorio ha superado mis expectativas.
Intento lavar el desastre rojo, que se lo lleve el agua y las cañerías. Espero que la hemorragia nasal se diluya tras intentar taponearla. No se creerán que he tropezado o que me he golpeado con la puerta o el inodoro. Quiero que se corte. Quiero recuperar el aliento…
Mierda. Quiero no acostumbrarme a sentirme tan malditamente cansado.
A que las rodillas no parezcan ceder en cada segundo.
Mensaje estridente. No es de los urgentes, pero el móvil me vibra en el bolsillo. Es el número personal. Lo miro porque no me queda de otra. Lo miro porque no quiero ver qué ha quedado de mí después de escupir… de sangrar… de toser…
Lena está respondiendo favorablemente al tratamiento.
Quiero sonreír. Hasta para eso me faltan fuerzas. El último mes ha sido una bendición. No quiero ilusionarme, pero ya no puede decirse que sólo sea cuestión de suerte. Aunque todos nos aferramos a estos avances, sé que mis padres quieren permanecer cautos y yo mismo no me permito ceder ante la euforia.
Al menos puedo permitirme creer que ha valido la pena.
Calculo cuánto llevo encerrado en el baño. Lo suficiente para que empiecen a sospechar si me quedo un minuto más. Saboreo un poco más las buenas noticias y decido que debo encontrar energía en algún sitio para volver a la sala de reuniones.
Ni siquiera sé cómo he llegado, pero el jolgorio sigue sin mí. A juzgar por la proyección del vídeo que me recibe en cuanto abro la puerta...
–En los próximos treinta días nos convertiremos en el azote de este imperio, en la pesadilla de quienes han pretendido mantenernos en las sombras; En los próximos treinta días, les devolveremos su lugar a nuestros hermanos a costa de la sangre de los opresores y de los traidores que les siguen.
Son tres tipos en la pantalla sentados ante una mesa pobre de manteles negros y un fondo gris. El símbolo de la organización está tras ellos y todo lo que vemos del tipo que habla, al centro, es el absurdo pañuelo rojo que le cubre media cara, haciendo el resto los googles dorados y el enorme y desgastado sombrero vaquero.
Los dos secuaces, a cada lado, llevan un estilo similar con una paleta diferente, pero es indudable que el sujeto del centro el que destaca, no sólo por la posición, también por las palabras y su colorido aspecto. Sobre la pobre imitación de mesa, un enorme rifle descansa casi con arrogancia.
Las que parecen ser sus palabras finales podrían ser un lema que reivindica la superioridad de nuestra especie. Puños cruzados por sobre las cabezas o algo así. Las luces bajas no ayudan a que me mantenga despierto y una vez cesa la grabación, que las enciendan de golpe sólo me daña las córneas.
–Es él –masculla Lucian desde su extremo de la mesa, tras darme tiempo para dejarme caer en la silla sin que se note el alivio que me supone no permanecer en pie–. No le pude dar caza, pero sé que es él.
–Con esa cosa te habría perforado de lado a lado –observa Cat a su vez, sin despegar la mirada de la imagen detenida. Pero no hace falta que se mueva para que sepa que se está refiriendo a mí.
Hace meses que no piso esta habitación en particular.
Cualquiera pensaría que una división como la nuestra contaría con mejores instalaciones, pero así lo preferimos. Nadie pensaría que nos reunimos en uno de los cuchitriles más bajos del barrio más bajo de la zona sur del Imperio de Corea, pero es exactamente lo que hacemos.
Técnicamente, ni siquiera existimos como división. A menos que revises la declaración fiscal del Departamento y te empieces a preguntar acerca del rumbo de ciertas cantidades que, sumadas a lo largo de los meses, debiera de bastar para abastecer a un grupo discreto. Mínimo.
Ni siquiera tenemos un nombre. Y los pocos que saben de nuestra existencia no terminan de ponerse de acuerdo. Algunos nos llaman Locos. Otros Centinelas. Sería bonito saber que existe un punto de referencia. En cambio, nos tenemos los unos a los otros como contactos comunes en medio de un desastre de gran alcance.
Un escuadrón diminuto que no pensarías que está detrás de los potenciales terroristas raciales que acaban de hacer saltar treinta automóviles en un estacionamiento como una simple advertencia de que se vienen cosas peores.
Vi es la que salta del borde de la mesa sobre el que se hallaba sentada y se dispone a controlar el paso de las imágenes que puedan seguir a la exposición. Lleva un cigarrillo sin encender tras la oreja y no me extrañaría que esos guantes de cuero le parezcan muy livianos. A luz baja, los tatuajes de su rostro casi brillan con luz propia y con la misma intensidad que su pintoresco corte de cabello.
–Se ve que estos tipos no piensan irse con chiquitas –del vídeo del que me he perdido, en teoría, más de la mitad, Vi pasa a las fotografías de los grafitis amenazantes que he capturado en las cercanías del trabajo–. De hecho, hace un rato que no se van con chiquitas –tenían que poner una foto del cuchillo que me clavaron en un baño y del momento en que supuestamente me balearon–. Y si antes parecía una obsesión a mayor escala, los testimonios de los pajaritos enjaulados y este encantador mensaje lo terminan de confirmar.
Mi amigo del cuchillo. La chica que me coqueteó hasta el extremo esa noche…
–Me sorprende que te molestaras en clasificar estas cosas, Mariachi.
Por supuesto que a Vi le sorprende cualquier cosa que venga de mí. Como si el solo hecho de haber nacido sin el cordón umbilical alrededor del cuello no equivaliera a un milagro o una muestra de misericordia divina para con mis desdichados progenitores.
A eso sumarle una caja con mensajes específicos… contenido bastante amistoso de parte de personas que parecen compartir tendencias con esta gente…
–Es difícil tomar en serio a un fanático si sólo se escuda en el papel –confieso con voz cansada y una media sonrisa, agradeciendo el asiento. Las costillas siguen protestando, la respiración también me sabe a metal, todo me da vueltas y sólo espero que Cat no note lo mucho que me afecta.
–Pues habiendo pasado a la acción tan recientemente… lo contrario sería una estupidez –comenta Lucian tras soltar un suspiro de cansancio. ¿Qué hora será? Nadie se atreve a mirar el reloj.
–Y a eso hay que sumar al puñado de locos que están decididos a librar una guerra abierta contra ellos.
Las caras de todos ellos no me agradan. Pero tienen razón. Black Task es un factor inesperado en la ecuación y como buena operación, viene a alterar el resultado de una manera escandalosa.
Entre los chicos, la empresa y todo lo que ella representa empieza a ser llamada Invocadores. Porque esa facilidad que tienen para invocar problemas donde ya los hay parece pasmosa.
–¿Cómo carajos le haces para que aún no desconfíen de ti? –A veces me pregunto si algún día Vi dejará de considerar mi existencia como una especie de fenómeno más allá de las probabilidades de caos.
–Tampoco es que me meta en su camino, ya bastante difícil es ser doble agente, ¿te imaginas triple?
–Pues se te ve bastante cómodo con ellos.
–Cuando inventes una mejor forma de pasar desapercibido, me avisas –le dirijo a Vi una mirada significativa antes de sonreír–. Aunque tratándose de ti, una lección tuya no parece muy útil.
–Tal vez una clase de supervivencia básica te vendría mejor.
–Teniéndote como maestra, cualquiera prescindiría de vivir más de cinco minutos.
–¿Lo quieres resolver en la calle, Mariachi? Qué digo, así como estás...
–¿Me quieres hacer esperar?
–Cuando decidan acostarse de una vez ustedes dos nos avisan, pero antes intentemos resolver esto, ¿quieren?
Por supuesto que sería difícil decidir a quién ofende más la absurda sugerencia de Cat. Por supuesto que Vi me rajaría la cara gustosamente con tal de afirmar abrazar el absoluto celibato antes de acostarse conmigo. Camino que, por mi parte, también me parece más aceptable que compartir con ella tan siquiera una esquina de mi intimidad.
–Nos consta que tienen muchos frentes abiertos –comenta Lucian tras obtener el silencio que lleva persiguiendo–. Pero el cabeza de serie en este caso… parece tenerlo bien claro.
–¿Tenemos informes de quiénes recibieron el vídeo de la amenaza?
–Si descuentas los miles de visitas que obtuvo el vídeo en la red antes de ser retirado y nos preocupamos de los preferidos… –abre la carpeta frente y saca cuatro folios que reparte entre los presentes, quedándose con un ejemplar–. He confirmado que han hecho saber de su… constante vigilancia con pruebas concluyentes… en al menos todos esos casos.
Más de treinta en realidad. Entre autoridades de gobierno, personas próximas a la Corona Imperial y cómo no, gente de otras esferas cargadas de atención, el espectáculo en particular.
Vi suelta un silbido y Cat una maldición. Ni falta hace que les mire las caras. Vería sus contornos diluirse de todos modos. Como se confirme uno solo de estos blancos ya no como potencial, sino como plena víctima… si ya con uno estamos hablando de un hecho de gravedad, no quiero ni imaginar hasta dónde podría llegarnos la mierda de ser más de uno.
Y claro, K/DA está en la lista en el top ten.
–Los autos que saltaron por los aires estaban en las proximidades de la vivienda del blanco número seis –nos informa Lucian con una neutralidad que no disimula su lúgubre semblante–. Dos ataques con armas afectaron directamente al blanco siete.
K/DA. No puedo evitar pensar en qué dirían las chicas de ser relacionadas con semejante numeración. Tal vez Evelynn prefiera el seis, más diabólico. Y Ahri esté por las nubes, divino. Akali se sentirá con suerte y Kai…
Kai…
Canijo.
–Confirmamos los daños en las cercanías de los puntos catorce, veintitrés y veintinueve –escucho que dice Cat a lo lejos. Es curioso. Su voz parece alejarse por momentos.
–Se te olvidó el diecinueve –añade Vi con los dientes apretados. Lejos a veces. Cerca en otras...
–No hay demasiado margen de tiempo entre uno y otro –observo más que nada para dejar de pensar.
–El margen es lo de menos si la mano es la misma –masculla Lucian, dejando caer su propio folio sobre la mesa–. Ya es bastante malo uno como para que ahora confirmemos que estos cabrones han decidido dejar de jugar y tomar medidas concretas.
–¿Tenemos noticias de los otros agentes? –Cuestiona Cat casi conteniendo más aliento del posible.
–Desde el comienzo supimos que nunca serían suficientes, en cierta forma tenemos suerte de que a Mariachi le dieran vacaciones.
–¿Quieres transferirme de blanco, Lucian?
–¿Tendrías problemas con ello?
Vacaciones… es una forma casi generosa de decirlo considerando que, desde hace un tiempo, un par de meses, las chicas siguen agendas separadas que no justifican mi absoluta presencia en la firma, otorgándome cierta libertad de acción. Por supuesto que sería más complicado mantener un ojo sobre todas ellas así, disgregadas, si no fuera porque Riot está dispuesto a todo con tal de proteger la inversión hecha en la joya de la corona, al punto de extender un poco más el contrato que los liga con los mercenarios sectarios militarizados de Black Task.
En cierta forma, es bueno saber que, indirectamente, contamos con ellos en la misma línea, por mucho que nos pueda perjudicar la sola idea de que estén dispuestos a librar una guerra abierta con un enemigo que recién ahora comenzamos a definir.
–Si quieren que renuncie al cargo, tendrán que ofrecerme una buena tapadera.
–No parece difícil si te refieres a logística…
–Me querían en Francia, Lucian.
Las chicas parecen sorprendidas por mis palabras. Mi compañero, en cambio, alza las cejas denotando cierta comprensión.
–¿El asunto True Damage?
Me limito a asentir. Decir que "me querían" es exagerar. Pero estoy dispuesto a disfrazar un poco la realidad antes que reconocer que sólo una persona me lo pidió y ofrecerle una negativa sin revelar mis verdaderos motivos supuso un asunto de inesperada dificultad que sólo vino a deteriorar mis posibilidades de seguir estacionado en ese punto sin levantar más sospechas.
–¿Cómo te las arreglaste para…? –Me suelta Vi con incredulidad.
–Sabes mejor que nadie que no me puedo mover de aquí.
Todos lo saben. Ni siquiera intentan discutirlo. Porque todos han visto a Lena de una u otra forma. Saben que todo mi maldito sueldo de agente no es suficiente para cubrir el descabellado tratamiento experimental que la mantiene, pero al menos cubre bastante.
Saben que prefiero sacarme mil cuchillos con las manos antes que abandonar esta ciudad si no puedo estar a su lado. Y por una vez, parecen no sólo entender, sino estar de acuerdo conmigo.
–Sí que te ganaste su confianza –suelta Vi con una pizca de sorna.
Ojalá sólo fuera la confianza, pienso. Pero me contengo. Porque una parte de mí aún quiere creer que es una absurda ocurrencia de mi parte. Por mucho que mi instinto me grite otra cosa y, tratándose de desmadres, nunca se ha equivocado.
–Nos habríamos divertido en Francia, Mariachi –comenta Lucian, haciendo que trague saliva.
–Si estos cabrones hubieran decidido internacionalizarse… no habrías sido suficiente.
–No tienes cómo saberlo, era sólo una posibilidad.
–¿Serías capaz de mantener la objetividad en un momento así?
–¿Por quién me tomas, Mariachi?
–Por un marido amoroso y demasiado enamorado, ¿quién carajos podría culparte, Lucian?
Absolutamente nadie. Quiero ver que Cat y Vi digan algo. Tienen la decencia de guardar silencio. Yo cierro la boca. Ya he expuesto mi legítima preocupación. Esto es todo lo que tenemos y ninguno está dispuesto a perderlo por un descuido.
–No podemos depender de la suerte una vez más –decirlo me agota. Es peor tener que retomar–. De Francia tenemos antecedentes y no podemos negar que jugamos con fuego dejando al blanco marchar así como así.
–¿Blanco? –Es el turno de Cat para mostrarse algo burlona–. Es una de tus chicas, Mariachi, ¿desde cuándo eres tan despectivo con ellas?
Sería más fácil contradecir a Cat si no me hubiera visto desmayándome en los brazos de Ahri tras su gentil trío de tiros encubiertos.
Sería, de hecho, mucho más sencillo de no recordar con tanta nitidez el momento en que le dije a Akali que debía rechazar su propuesta, que me era imposible representarla en el grado solicitado.
Habría sido más sencillo que se mostrara burlona. Agresiva. Que quisiera terminar de romperme las costillas en vez de apoyarse en la mesa tras ella, sonreír con extraña tristeza y decir:
–Si hubiera… decidido antes… y te lo hubiera propuesto… ¿Las cosas habrían sido diferentes, Jojo? –No supe cómo sentirme. Ni siquiera tuve una idea aproximada de qué hacer conmigo mismo en cuanto vi esa lágrima suya en el borde de uno de sus ojos–. ¿Has pensado que tal vez… todo aún puede ser diferente?
Maldita niña, me obligo a mascullar en español, rezando porque nadie lo entienda.
En Francia brilló. En París se convirtió en una maldita reina. Los aplausos y gritos estallaron en cuanto ella hizo su aparición. Sobre ese escenario fue otra. Fue la antigua practicante de artes marciales criada en un dojo que saltó a la fama como rapera en las calles venciendo en un duelo tras otro.
Fue la que me aplastó cuando me presenté. Era esa reina. Era esa clase de chica.
Pero saber que esperaba que la acompañara en algo así era más de lo que estaba dispuesto a tolerar.
Se me pasó por la mente enviarle un mensaje. Felicitarla. Por mucho que a mi lado tuviera Lena viendo la presentación proyectada en la pantalla de su habitación hospitalaria con una mirada fascinada. Obligándonos a trasnochar debido a la diferencia horaria de.. ¿Cuánto? ¿Ocho horas? Por mucho que algo así supusiera un riesgo.
No lo hice.
Porque me fastidia sentirme tan miserable y olvidar todo lo que me hizo pasar. Ni siquiera creo en la venganza. Creo en la salud mental. Y esa chica destruyó buena parte de mi buen humor. ¿Cómo concilias las consecuencias de ese trabajo con la tristeza que te provoca su semblante y la culpa de saber que tienes responsabilidad en ello sin buscarlo?
Habría sido suficiente por una noche de no ser porque a Lena se le ocurrió hurgar en las redes sociales de True Damage ni bien terminó la presentación, obligándome a mirar las novedades, incluyendo las efímeras historias de Instagram, presentando una foto en particular.
Akali sola en un camarín. En un asiento. Costaba decidir si antes o después de la presentación, pero la mirada melancólica con que parecía buscar algo en el espejo a su lado distaba de la seguridad casi monárquica de la que hacía gala al cantar. Ni que decir del mensaje al pie:
Habría sido diferente.
–¿No es preciosa, Jong Ki? –Me soltó Lena con admiración.
Por mi parte, desearía no haberla visto.
Porque preciosa o no, yo sólo veía a una niña.
Una niña sola y triste.
¿Y cómo concilias eso con la mocosa con delirio de grandeza que siempre te ha mirado en menos?
Entonces recurres al lenguaje neutral. Ella era un "blanco" allá en Francia. No veo razones para creer que ha dejado de serlo.
–Me acabas de sugerir que me acueste con tu novia y no te cuestioné, ¿de qué te sorprendes ahora, Cat?
Aunque Vi se siente aludida, lo que le da risa, le da. De modo que a duras penas contiene la carcajada al ver a Cat con la boca abierta intentando encontrar una respuesta a la pregunta que no sé de dónde he sacado y que me ha ofrecido un inesperado segundo de satisfacción.
–Estamos escasos de personal, no es un secreto para nadie –comenta Lucian, intentando que no se note la gracia que le causa el semblante desarmado de Cat ni la risa extrañamente contagiosa de Vi–. Y sí, tienes razón, no podemos depender de la suerte, pero tampoco podemos esperar que las cosas sean muy diferentes para nosotros, así que no abandones tu posición, Mariachi, te avisaré si es necesario reubicarte –echa una mirada a un mapa de la ciudad que acaba de desplegar en la pantalla–. Tu ubicación es envidiable, tienes cerca cualquier punto.
–¿Gracias? –Le devuelvo intentando sonreír. Aún tengo el sabor a metal adherido al paladar–. En tanto me echan una mano para llegar…
–El transporte es el menor obstáculo, bien que lo sabes.
–A todo esto… ¿Cómo dicen que se llama el cabrón del vídeo? El que habla, el del centro…
–Nuestras fuentes le atribuyen varios nombres y a lo largo de su tiempo operativo, independiente o afiliado a grupos más grandes como éste, ha respondido a algunos como… El Virtuoso, Demonio Dorado… Asesino Artesano creo que también…
–Dicen que le gusta más Khada Jin.
–Sí que le obsesiona el dorado, ¿eh?
–Como sea, no me sorprendería que, mientras hablamos, se esté inventando otros nombres, las fuentes le atribuyen un complejo de artista insufrible.
–Qué floja tenían la lengua.
–¿En serio quieres probar lo persuasivos que pueden ser nuestros chicos?
Como si no lo supiera…
En verdad no me agrada la perspectiva. Casi siento lástima de los desgraciados. Luego recuerdo las nuevas cicatrices que ya sumo y se diluye cualquier atisbo de piedad.
Me levanto de mi asiento y los demás siguen mi ejemplo. No sólo me duele la espalda, debo mantener además las manos sobre la mesa porque, de pronto, todo parece tambalearse. Nadie parece notarlo. ¿Cuántas horas necesitamos para confirmar que, a medida que nos acercamos, el escenario nos jode más? Si el Departamento quiere que obtengamos verdaderos resultados, hará falta más recursos y personal, pero antes de eso, tenemos que validar nuestra existencia echándole el guante encima a unos supremacistas de raza comandados por un pirado con un gusto insoportable por el arte y lo dorado.
Las chicas se largan sin despedirse. No alcanzo a detener a Vi o no me da la fuerza para intentarlo, así que agarro el encendedor y los cigarros que ha olvidado sobre la mesa y me resigno a esperar a la próxima convocatoria a reunión que tendría que llegar por el canal habitual.
Siento una palmada en el hombro y veo a Lucian tras de mí. No sé cómo no me ha lanzado, pero sí me termina de revolver por dentro.
–¿Te animas a un trago?
–Tengo que volver al hospital.
–Tu hermana estará durmiendo; tranquilo, iremos cerca de allí.
–¡Escuchen soldados! Sólo lo diré una vez.
Mariachi cierra la boca. Todos permanecen en formación. La voz del Sargento Lee consigue sobreponerse incluso a los pensamientos. A su lado, el Capitán Son lo deja ser. Esos dos se complementan a la perfección y sólo eso podría explicar que un capitán acceda a que un sargento le dé la arenga al pelotón.
–Donde iremos no existiremos para los registros, nuestra nación cuenta con el éxito y de ello depende más de lo que se les ha dicho o de lo que podrían imaginar.
El pelotón conocido como Los Cruzados mantiene la postura silenciosa mientras, frente a ellos, los superiores adoptan una actitud solemne.
–Ya sabrán que, allá donde vamos, no guardará relación con el entrenamiento y su seguridad, de manera que es tiempo de que demuestren por qué han ganado sus cicatrices y su puesto en estas filas, ¿quedó claro?
–¡Sí señor! –Rugen los jóvenes al unísono, más de uno, quizá, sin pensarlo demasiado.
–Los objetivos son simples, cíñanse a lo planeado y no tendremos nada que lamentar –añade esta vez el Capitán Son con voz más seca–. Pase lo que pase, muchachos, allá donde iremos estaremos solos; de cara al mundo, nuestra nación mantiene la sonrisa, pero no saben que no toleramos las insolencias de nadie, ¿entendido?
–¡Sí señor!
–Muy bien, chicos, empecemos con esto.
Dicho esto, los muchachos se quitan las placas identificativas y las depositan en la gorra que corre entre ellos. Al depositar la propia, Mariachi no puede evitar experimentar una extraña mezcla que fluctúa entre la excitación y la pérdida.
–Bien –suelta el capitán al ver que la última placa ha sido depositada–. Desde este momento, declaro iniciada la Operación Tierra Pura, ¡andando!
–¡Sí señor!
Acto seguido, todos toman sus equipos y salen a la pista de aterrizaje. Fuera, el viento frío refresca las ideas de Mariachi antes de sentir una palmada en el hombro. A su lado, el Sargento Lee sonríe con una mezcla de burla y afecto.
–Nadie diría que has dormido demasiado, Mariachi.
–Ante la perspectiva… no dormí demasiado, señor –masculla el joven intentando sonreír.
Cualquier cosa es mejor. Cualquier cosa antes que volver a recordar… ella…
Cómo ella… la maldita prometida de…
–Te quiero despierto para que cubras mi espalda, soldado –el derroche de confianza por parte del Sargento Lee estruja una fibra sensible en el joven, el mismo que debe hacer un esfuerzo por mantener el mismo semblante.
–Sí señor.
–Y alerta, no aceptaré que te desdigas de lo prometido.
–Ni se me pasaría por la mente, sargento.
Tras sonreír, el sargento echa una mirada al enorme avión militar que les espera a mitad de la pista.
–¿Es tu primera vez volando, Mariachi?
–Me temo que sí, señor.
–Te encantará la sensación, el despegue suele ser muy suave, aunque nadie lo diría estando a lomos de semejante elefante.
De hecho, Mariachi se pregunta muy en serio si acaso un jodido elefante no podría entrar con comodidad en esa… esa… esa cosa.
–¿Asustado, amigo?
–Ansioso, señor.
–Lo normal sería que estuvieras asustado.
"No tienes… que seguir huyendo de mí…"
No… no, eso no… eso jamás… no puede… no puede… ¡Ni una maldita duda ahora!
–He esperado mucho por esto, señor –es el turno de Mariachi para sonreír con mayor confianza.
–¿Por una misión?
–Por saber si ha valido la pena tomar esta decisión.
La sonrisa del sargento vuelve de inmediato. Ya están cerca de abordar la máquina. No son los únicos que charlan para distender el ambiente.
–Cumplamos nuestras promesas, soldado, verás que todo valdrá la pena.
–Con eso cuento, señor.
No es que un trago con Lucian sea garantía de una fluida conversación, pero tiene su gracia que él no espere demasiado de ti y que, en última instancia, le baste tu sola compañía. No es que seamos íntimos, pero a falta de alternativas…
Después de todo, el cabrón sigue siendo un sentimental y la perspectiva de beber solo… bueno, no es como que invite al mejor humor posible.
Echo una mirada inconsciente al borroso reloj antes de empezar la segunda cerveza de la noche. No es lo mejor sentir algo así en el estómago, pero… dicen que la cerveza es azúcar al final, ¿eso no debería bastar?
–No me digas que estás esperando su llamada –comento tras ver a mi compañero inclinado sobre su jarra.
–Estará muy ocupada.
–Si la está pasando bien… es de suponer que haya perdido la noción del tiempo.
Aunque no veo cómo carajos puedes terminar perdiendo la noción del tiempo en una fiesta.
Es decir, sí, entiendo que se pueda pasar bien, pero no dura toda la bendita noche. En algún momento bajarán los ánimos y entonces será un poco difícil pretender que estás tan fresco como al comienzo.
Aunque no estamos tan lejos de medianoche en el pasado. Puede que la cosa recién se esté caldeando.
–Podría haberte llevado contigo –murmuro tras un sorbo particularmente largo. La jarra parece pesarme. Me cansa levantarla. Respira, vamos...
–Lo intentó, pero… sabes que no puedo.
Sí. Siempre lo he sabido. Tal vez he albergado la absurda esperanza de que la sola posibilidad alcance para consolarlo.
–¿No te preguntaron cómo es que obtuviste el número de Senna?
La pregunta de mi compañero me incomoda. Así y todo, no puedo evitar sonreír a mi pesar. Ese maldito cuestionamiento… recordar su origen no me hace gracia ni espero que él entienda las razones. Sonreír me cuesta más que de costumbre.
Todo parece costarme tanto ahora...
–Una de las cláusulas de mi contrato es no hacer preguntas si así lo exijo.
–¿Eso es tan siquiera legal?
–Todo contrato legalmente celebrado es ley para los contrayentes.
–Asumo que ese principio tendrá sus límites.
–Ante el silencio de la ley…
–Qué, ¿ahora eres abogado, Mariachi?
–Sólo he tenido que estudiar lo suficiente para salvar mi trasero llegado el momento, Lucian.
Ambos sonreímos antes de volver a beber. Una y media. Dos tal vez. Qué tarde es. No puede decirse que tengamos sueño.
–Mariachi.
–¿Si?
–¿Cómo es trabajar con esas chicas?
–Tienes a Senna, ¿no es casi lo mismo?
–Sabes a qué me refiero.
No es un tema que quiera tocar. Tampoco debería costarme tanto si hace poco me reuní, aún no tengo idea de cómo, con mi antecesor y a estas alturas, mi ídolo. El querido señor Taric ya más repuesto, pero de ninguna manera dispuesto a volver a un ambiente que mermó buena parte de su salud. Aunque nadie lo diría considerando que mantiene esa épica estampa de fabuloso caballero andante con mil batallas en el cuerpo y ni una sola cicatriz que lo delate, confirmando a cambio su maestría en el rubro.
Más allá de unos nervios destrozados y un sistema digestivo que funciona en tardes intercaladas.
Comienzo a entenderlo tan bien sin demasiadas explicaciones… respira… respira...
–A veces está bien –mascullo con dificultad–. Y a veces hay días en que preferiría un balazo en la rodilla, es menos molesto.
–Una comparación un poco atrevida.
–Mejor que nadie sabes que puedo decirlo con autoridad.
–Suena a la mayor parte del tiempo.
–No voy a corregirte.
–¿Cómo aguantas? Quiero decir… lidiar con todo ese ego acumulado…
Me lo dice el que está casado con una cantante…
Pero se me traba la lengua ante el recuerdo de Kai. Demasiado seria. Demasiado golpeada por mis palabras. Exigiéndome silencio en todo sentido antes de marcharse. Por cuánto me preparé para esa reacción y ahora mismo no parece suficiente…
Dos meses parecen haber pasado ya...
No. Con Kai nunca será suficiente. Mierda, cuando se trata de ella, el mundo no basta. Y lo último que quiero es que se me note cuánto me afecta cuando regrese al hospital.
Sí, tal vez tenía otras alternativas, pero sabiendo hasta dónde ha llegado… ¿Cómo pretendía mantener nada con vida si seguía guardando silencio?
–A veces les pongo la cara de Lena –respondo tras sentir que lo he pensado demasiado–. Y me pregunto… si acaso esto no es un voto… si acaso… no estoy ofreciendo un sacrificio para que ella se recupere, pero…
–Todos creemos que saldrá bien.
No quiero llorar ahora, menos frente a Lucian. Pero me está costando trabajo. Mis padres… Lena, mi niña… y ahora Kai y su… la pared de hielo que nos separa desde que le dije…
Y ahora que se ha ido…
Ahora que siento que llevo tanto sin ella… sin verla… sin escucharla...
Apuro lo que me queda en la jarra ahora que puedo y antes de que mi compañero pueda decirme algo, estoy pidiendo la tercera. Tardaré en emborracharme si dependo de la cerveza, pero lo último que quiero es volver al hospital haciendo eses y que Lena me pida una explicación en cuanto despierte, porque sé que no podré disimular los estragos causados por una borrachera y la falta de práctica en el noble arte de la farra y la resaca.
Eso si mis padres no llegan antes de que ella despierte.
Carajo, no he estado en condiciones de nada desde hace días y se me ocurre beber con Lucian… si se ve que no he estado muy ocurrente y ahora siento que lo estoy pagando.
–De verdad lo creo, Mariachi –no sé si es el alcohol, la soledad de la noche o su sentimentalismo nato, pero de pronto Lucian parece más sincero y seguro–. Sí, no puedo hablar por las chicas, pero sí puedo hacerlo por mí y sí, lo creo, en verdad lo creo.
–Tú le agradarías.
–¿De verdad?
–Ambos me han dicho "idiota" y sinónimos más veces de las que puedo recordar.
La discreta carcajada de mi compañero apodado Purificador me devuelve un poco el relajo.
–Ya me agrada esa chica.
–Sólo lo dices porque Senna no está cerca.
–Sí, supongo que sí.
No sé qué es peor. La sola idea o que él la confirme como si tal cosa.
–¿Y qué hay de ti, Jong Ki?
–¿De mí sobre qué?
–Fuera de tu familia… ¿No tienes a alguien?
Es mi turno de soltar una pequeña carcajada de la que él mismo hace eco. Brindamos sin que venga al cuento y vaciamos media jarra cada uno. La risa me está desarmando. Vuelvo a sentir la sangre en las papilas…
Quiero decir algo. No me salen las palabras. Por un momento, se me pasa por la mente decirle todo a Lucian. No estoy seguro de que lo entienda, pero tanto peso a la altura del pecho me está matando. Demasiados secretos. No creo ser el cabrón más honesto en la faz de la tierra, pero sí necesito respirar de vez en cuando.
Voy a abrir la boca cuando el móvil de Lucian suena con estridencia, logrando contestarlo al equivalente, creo yo, del tercer tono.
He visto su cara al comprobar el contacto. Esa sorpresa puede ser cualquier cosa.
–¿Diga?
–¡¿Cómo que "diga"?! ¡¿Tan rápido me olvidaste?! ¡Te dejo de ver unas horas y así me contestas!
No. No ha puesto el altavoz, pero Senna habla tan fuerte del otro lado de la línea que no tardo en reconocerla ni en identificarla como la ama de mi compañero, confirmando la impresión su expresión alelada.
–No… no, amor, lo que pasa es que…
–Es… es que estás feliz sin mí, ¿verdad? –No puedo culparlo, también me sorprende la rápida transición de ira a dolor–. Es que… ya… tú ya no me quieres…
–Senna… cariño… ¿Estás bien?
–¡Estoy muy bien sin ti, desgraciado! ¡No te necesito!
–Eh… ¿De acuerdo?
–¡¿Cómo que "De acuerdo"?! Tan… ¡¿Tan poco soy?! No… ¿No vas a luchar por mí?
–Senna, has… ¿Has bebido?
–¡¿Ahora sí te importo?!
–Senna…
–Sólo… sólo eres un…
Lo siguiente que viene es un largo sollozo en medio del barullo de fondo que se escucha de ese lado de la línea. Lucian me mira buscando ayuda y yo todo lo que puedo hacer es encogerme de hombros antes de darle vuelta a la mano derecha y rezar porque me haya entendido la idea.
–Senna… te amo.
–¿Cuánto?
–Mucho.
–¿Qué es mucho para ti?
–Compraría todos los caballos del mundo si eso me garantiza que sonreirás siempre.
–¿Todos?
–Todos.
–Eres… eres un idiota –pero lo dice sollozando, de manera que no sé si está furiosa o dolida.
–Amor…
–Yo… también te amo…
–Cariño…
–Me siento sola, Lucian…
–Tranquila, yo…
–Ven por mí… tú… tú no estás aquí…
–Ya voy, yo…
–Sigues… siendo tan… tonto…
–Ya voy, amor, espérame.
Corta la llamada después de una última frase ininteligible por parte de su esposa y me dirige una mirada incómoda.
–Bueno, eso fue…
–No digas nada –me pide con voz neutra.
–Ni siquiera sé qué decirte.
–Siento que hayas…
–Tranquilo, sólo… no pensé que le afectara tanto el alcohol.
–Como no te imaginas.
–¿No necesitas una mano?
–Tú tienes que volver al hospital y… así como está… no dudo que tal vez llegue a pensar que me acosté contigo.
–Dios bendito, ¿no estarás…?
–Jong Ki –me mira serio. La falta de humor en su semblante me asusta–. En serio… no quiero que ella te haga daño.
–Bien, pero… bueno, no dudes en llamar si…
–Tranquilo, con algo de suerte… en fin, no creo que sea demasiado.
–¿Sabes dónde es la fiesta?
–Bastante lejos de aquí, por eso te digo.
–Suerte.
–Saluda a Lena de mi parte.
–Y tú procura que Senna no se entere de eso.
Sonríe una última vez antes de que lo pierda de vista en medio de la clientela del bar. Por absurdo que suene, verlo en ese estado me levanta el ánimo. También elimina cualquier excusa que me pueda mantener aquí, de manera que apuro lo que me queda en la jarra, me aseguro de que el alcohol consumido no haya afectado más mi equilibrio, pago la cuenta y me largo a la frialdad del exterior.
Podría quedarme un poco más, pero lo último que quiero es que los malos recuerdos se encadenen si les doy tiempo y empiece a considerar que sólo bebiendo seré capaz de resistirlos.
Mierda, si no llevara tanto ya sintiéndome mal… pensaría que alguien le ha puesto algo a la cerveza.
Prefiero quedarme aquí. Aunque… la ciudad parece tan vacía e igual de pronto…
Lucian no mintió. Estoy lo bastante cerca del hospital como para ir a pie. Aunque la cantidad de pasos se me antoja absurda ahora misma. Y a pesar del frío, es lo que hago. Además, me gusta este clima. Me despeja. Tengo la impresión de que se lleva todo lo malo y alivia el dolor. Puedo imaginar lo que diría cualquiera de mis compañeros si me viera circular tan campante a esta hora, por mucho que mi destino disponga de cierto nivel de seguridad.
Sigo pensando en Kai. En la última vez que la vi. Hará tantos días de ello y sigo pensando si debí decirle…
Se supone que la verdad me hace libre y en cambio, siento que estoy preso entre las redes de un poema. O me ayuda o me condena.
¿Cómo carajos fue que llegué a esto? ¿Cómo no pude preverlo? ¿Cómo una mujer puede ser tan inevitable?
No estoy tan alcoholizado. De otra manera, no sólo no mantendría el equilibrio, también creería que llamarla a esta hora es una buena idea.
Pero no deja de doler tanto...
Y sí, por primera vez en mi vida, he estado dispuesto a arrastrarme si con ello conseguía ser perdonado. No es que no quisiera en el pasado. Es que nunca antes me vi en situación de pensarlo.
Porque ahora todo se ve tan… tan malditamente vacío…
El peso de los bolsillos me empieza a joder. Primero, cigarros y encendedores ajenos. Segundo, pañuelos desechables. Tercero, una barra energética. Cuarto, el móvil personal. Echo una mirada. Nada, ningún mensaje de mis padres o del hospital. Quinto, el móvil del trabajo.
No, no el móvil de nuestra división. No usamos móvil, tenemos otros canales. Es el de Riot. Exclusividad total, no tiene otros contactos más allá de… en fin, los mismos que ahora no creo que hagan falta.
Y si me preguntan… ¿Qué? Bueno, todos tenemos accidentes y las cosas se estropean.
Necesito varios pasos para darme cuenta de que tengo el móvil de Riot en las manos. El hospital se ve a lo lejos, pero si debo ser sincero… las últimas noches he dormido ahí y no quiero volver todavía. Aunque la idea de dejarme en cualquier asiento me seduce más que cualquier otra cosa. Más que nada ahora mismo.
Aún puedo pasar por el parque cercano. El mismo al que pensé llevar a…
Dios… ¿Qué tan estúpido debo ser para que todo me devuelva a Kai?
Piel de mi propio fracaso.
Ahora mismo… ¿Dónde estará? Habrá retomado la danza a tiempo completo. Habrá visitado a su padre ya. ¿Seguirá en la casa paterna o ahora concibe los viajes más por placer que por imposición? ¿O estará enfocada en explorar nuevas formas de baile? Siempre hay algo que descubrir, me enseñó sin saber…
¿Por qué carajos le dije que sí cuando me pidió ver un baile suyo por primera vez? ¿Me habré perdido ya en ese segundo o necesité de más para descubrirlo?
Hoy necesito tenerla
Sí, Kai. Pensé en pedirte que seas mi novia con una bonita cena en tu restaurante favorito. Ni loco me habría arriesgado a cocinar tu plato favorito, lo habría arruinado y lo más probable es que la humillación no me habría permitido articular una palabra a lo largo del día...
Te amo.
Aunque mucho antes de hacer el amor contigo… de temblar sintiéndote… mariposa... habría… habré creído que podía olvidar todo lo que me has hecho sentir. Todo lo que nunca me atreví a bautizar…
Hasta que encontré… el eco de mi sentir en tu voz…
Y ahora perdóname.
No quiero pensar en todo lo que he intentado desde que ella me dio buenas razones para considerarme un cabrón miserable. En todas las veces que ha cortado mis llamadas o ignorado mis mensajes. Al principio…
Al principio he dado forma a testamentos. Ahora… ahora… la última vez… de un tiempo a esta parte sólo… sólo me ha salido escribirle lo que siento. Porque ya sabe la verdad. Porque he querido que sepa la verdad. Lo que he sido desde el principio, cuando entré a Riot y puede que un poco antes, por qué entre a Riot y por qué no le dije…
Esto soy si te lo preguntaste, Kai, si no es lo que quieres…
Sólo recuérdame.
Debí pensar que las cosas podían terminar así y no abrigar ni una jodida pizca de optimismo. Pero cuando conoces la luz… ¿De dónde sacas el valor para imaginar que volverás a las tinieblas?
Si al menos saliera el llanto como el día en que me dijo todas esas cosas… y los días siguientes… podría detenerme, liberarme y después llegar.
Pero ahora me duele tanto… y también la extraño.
Mierda.
Mierda, yo… la extraño.
Canijo, la extraño tanto… tanto, tanto que... ni siquiera puedo llorar.
Nunca pensé que llegaría un día en que lamentaría no tener a Lucian a mi lado. Él sabría qué decir.
Aunque de poder elegir… sargento…
También me hace tanta falta…
Pero me falta tanto ella…
Eres mi certeza.
Mi fortaleza.
Qué no daría yo por estar en tu lugar…
Por llevarme conmigo tu dolor.
Qué no daría por tomar todo aquello que te impide ser feliz…
¿Por qué aparentas que eres feliz si el verte así me destruye el alma?
¿Por qué no me dices lo que sientes de una vez y dejas de pensar que es sólo tu carga?
Yo también estoy aquí. También puedo sentirlo. Me basta mirarte para saber que esa sonrisa te cuesta un enorme esfuerzo.
Y sé que estás cansado. ¿Por qué no vienes aquí? ¿Por qué no descansas? Te prometo que no haré ruido. Que me aseguraré que nada ni nadie te despierte. Que el tiempo pasará y tú podrás olvidarte del mundo que parece rodearte el cuello con todo su poder.
No necesito razones. No me lo preguntes. Sólo quédate.
Quédate.
Quédate y libérate. Puedo sostenerte. Soy más fuerte de lo que crees. Puedo sostener el peso del mundo si así lo requieres.
Crearía por ti. Destruiría por ti. Todo lo haría por ti. No necesito que lo pidas. Lo haría simplemente porque quiero. Porque quiero verte. Porque cualquier cosa parece poca.
Porque a veces puedo ver la carga sobre tus hombros. Y no sé cómo aún no estás de rodillas suplicando clemencia.
Ya es suficiente, mi niño. Ya es suficiente.
Lo he visto todo. Cada paso. Cada segundo. Cada lágrima guardada. Cada gramo de dolor que reemplazó tu llanto.
Hoy estoy aquí. Hoy estoy para ti.
Es mi turno.
Descansa.
Ha tardado más de lo que pensó. De hecho, por un segundo creyó que la descubriría. Tal vez lo habría hecho en circunstancias normales. Pero hoy no. Hoy sólo se ha dejado caer en el sofá y la ha mirado un largo rato antes de simplemente caer.
Porque ni siquiera se ha acomodado. Sólo ha caído. Su cabeza. Sus brazos. Su ser. Es peso muerto que ha cedido ante la arrolladora fuerza invisible de un enorme agotamiento acumulado.
Lena procura levantarse de la cama haciendo el menor ruido posible. Arrastra suavemente consigo la intravenosa. Sabe que pesa lo suficiente para competir con las plumas en sutileza. No se ha mareado al abandonar el colchón. Eso es bueno. Tampoco necesita demasiados pasos para llegar hasta él.
Hoy Joel… ¿Cómo lo llama la doctora Yi? Jong Ki, por supuesto. También su padre, pero a veces cede a Joel. Pero da igual. Tampoco le agrada demasiado que la doctora hable de él. No se lo dice. A veces no tiene fuerzas para discutir. Pero hoy da igual. Hoy están solos. En el pasillo apenas si se percibe movimiento y sus padres no llegarán hasta mañana.
Y es hoy que Joel… Jong Ki… que su hermano ha perdido finalmente la batalla.
Lena no necesita demasiada luz para analizarlo.
Ha perdido mucho peso. Su respiración suena extraña. Las ojeras que enmarcan sus hundidos ojos lucen casi negras y el cabello que siempre ha peinado hacia atrás con orgullo luce descuidado en extremo. Incluso las huellas en sus mejillas, esos trazos, parecen hablar de…
De hecho, ahora que lo piensa, nunca lo ha visto…
La sola idea la aplasta. Es su culpa. Nada de esto debería ser así. Sus padres no tendrían que venir. Su hermano no tendría que verse aplastado por la derrota y desmayarse sobre cualquier asiento. Sus padres deberían estar en un restaurante un fin de semana. Su hermano debería poder trabajar con tranquilidad ahora que ya no es un soldado… y reunirse con sus amigos, divertirse, conocer a alguien…
¿Qué clase de vida les ha dado a todos ellos?
La muchacha se seca con furia las escurridizas lágrimas. Procura no respirar. Maldito síndrome. Maldita sea. Hasta cuándo. Nada de eso altera el foso en el que se haya hundido el durmiente en el sofá. A pesar incluso de la insólita posición en que se halla.
Conteniendo el aliento, la chica se acerca al sofá y mueve despacio la palanca. Casi se desmaya de alivio al comprobar que ha ejercido la fuerza correcta y el respaldo se reclina con lentitud, procurando al joven una posición más cómoda.
Cómo habrá estado que ni siquiera se quitó la chaqueta al entrar…
Pretender quitarle semejante prenda en tal posición… pero se ve tan incómoda…
Pero Lena se convence de que sí puede liberarlo de la carga con cierto sigilo. Después de todo, los bolsillos se ven demasiado abultados.
Lo que debería tomar unos segundos le toma un instante eterno. En lo que vacía y asimila ciertas sorpresas. Después de todo, los cigarros no tienen demasiado sentido si él ni siquiera huele a humo. Aún conserva el olfato, al menos eso cree y no, la comida del hospital no es el mejor referente.
Y sí, sabe que su hermano puede ser un tipo muy ocupado, pero de ahí a suponer que tenga que cargar con dos móviles…
Apenas si consigue dejar todo en una silla y echarle encima una manta con suavidad. Con suerte logra cubrirlo lo suficiente y no sabe si es su impresión, pero sí puede decir que se ve algo más relajado.
Detiene su mano a milímetros de su frente. Prefiere no tentar la suerte. Quién sabe, tal vez el sueño no sea tan pesado como cree. Tal vez otros detalles sí puedan despertarlo. Tal vez la próxima vez sí pueda convencerlo de que use la cama. Hay noches tan largas en las que ella se desespera ante su incapacidad de conciliar el sueño y saber que él podría caer de esa manera en cualquier lugar…
¿Qué diría si le pide a sus padres que le impidan volver por un tiempo?
Dios… en semejante estado… ¿Podría importar menos?
Pero qué saca con negarlo. Él es el único que parece entender cuándo debe guardar silencio. Cuándo quiere que nadie le diga nada y que basta con que esté ahí. Sólo ahí. Él puede hacerlo. Incluso cuando finge que duerme y le aprieta la mano o deposita un beso en su frente. Incluso cuando sólo le dice "niña" o "mocosa" con total sequedad. Cuando el mal humor le impide mostrar mayor afecto.
No… qué saca, no podría pedirle algo así a nadie. Aunque prefiera mil veces hundir la cabeza en el inodoro y tirar la cadena antes que reconocer en voz alta que si él no estuviera presente como suele estar…
Por eso desearía tener más fuerzas. Así podría detener a la odiosa doctora Yi cuando se empeña en sacarlo. Decirle algunas cosas. Que deje la dulzura con ella porque no hay nada que deteste más que su hipocresía. Si tiene deseos de ir contra su hermano, pues que se agarre de donde pueda porque le hará la guerra en cuanto sea posible y ser su enemiga será algo que ni figurará en su lista de prioridades.
A menos que sea su jodida prioridad no ganarse su rencor. Y lo hace con meticulosa dedicación.
En lo que vuelve despacio a la cama, echa una mirada al contenido de la silla. Cigarros, encendedor, dos móviles. No hace falta ser un genio. Uno debe ser el personal, el otro del trabajo, pero… ¿Cigarros?
Está echando una mirada a la cajetilla y ha comprobado que le falta una buena cantidad cuando uno de los móviles comienza a brillar.
Lo identifica. No es el personal. El personal es más pequeño y viejo, incluso ella misma le regaló la carcasa que ahora porta. No, el del trabajo es más largo y delgado. No produce sonidos al anunciar la llamada de un tal AH. Cosa rara. Él jamás dejaría un móvil sin audio. O vibra o tiene alarmas escandalosas que te inducirían un infarto si quiebran el silencio o las empleas como despertadores.
Le toma un rato cesar. Ni siquiera lo ha agarrado. Sólo ha esperado que pase y vaya si ha tardado. Es eso o su percepción del tiempo se ha deformado a límites insospechados. Lo que no tendría nada de raro. Entre tanto tratamiento, es casi razonable que cada día se parezca al anterior.
Y sí. Se queda parada un poco más. En parte porque no quiere regresar a la cama. Quiere sentir el frío del piso en contacto con la planta de los pies. Y quiere tener la oportunidad de sentir que ahora es ella quien se preocupa de que nada moleste a…
Tampoco suena esta vez, pero no puede negar que el brillo la descoloca. No es que esté oscuro, pero hoy por hoy, cualquier cosa le parecerá más intensa de lo deseado y la segunda llamada no es la excepción.
En principio cree que es el mismo contacto, pero sus cejas se alzan en cuanto descubre que quien llama esta vez no es AH sino AK. Y sí. Le toma más o menos lo mismo que al anterior cesar la llamada. Tampoco ella se ha atrevido a tan siquiera tocarlo. No teme que le explote en la cara o algo, pero si es importante, prefiere que lo vea él antes de que se pierda y ella no sepa explicarlo.
Se sienta al borde de la cama y respira con algo más de tranquilidad. De no estar dormido, Lena habría agarrado la guitarra a su lado. En realidad sí lo hace, pero ahora sólo le basta tenerla entre sus brazos e intentar afinarla en silencio, apenas girando las clavijas lo que cree necesario al ojo y no al oído.
Y no. No sabe cuánto lleva cuando la tercera llamada hace su aparición.
Siente que la boca se le abre un poco. Desde donde está puede ver la pantalla. Ahora es EV. Y como si estuviera de acuerdo con los anteriores, tarda lo mismo. Porque sí. Ha contado los segundos y no se ha rendido. Puede que el mismo móvil le cerrara la puerta en la nariz con fastidio. La falta de sonido la pone aún más nerviosa. No tiene sentido…
Claro que sí. ¿Y si es importante? ¿Y si debe contestar sin importar la hora? ¿Y si buena parte del cansancio se debe a la demanda de ese trabajo del que nunca habla? Sólo la importancia capital podría explicar que llamen a esa hora. ¿Y si se mete en líos porque no ha tenido el valor de despertarlo y decirle que tiene llamadas?
No sabe cuánto lleva dándole vueltas a una posible decisión. Asume que será demasiado, puesto que la llamada ha cesado. Eso es bueno, pero… algo debe significar, ¿no? Que lo haya silenciado… tal vez lo más sensato sería apagarlo, pero Lena sabe que Jong Ki no es de esos que lleva el móvil en la mano en cualquier lugar. Si lo ha silenciado, aún siendo del trabajo… sí, debe ser por algo. Tal vez en verdad no quiere ser molestado, pero… ¿No sería mejor apagarlo en ese caso? A veces la cabeza de su hermano es tan…
No puede ser.
Ahí está de nuevo. Y siguiendo la tradición, es otro contacto. Esta vez se trata de KS. ¿Serán jefes? ¿Es normal que te busquen cuatro jefes a altas horas de la noche? ¿O serán compañeros con muchas ganas de fastidiar?
Casi cuenta los segundos a la espera de que se corte la llamada antes de tomar la decisión.
Sabe que no puede desbloquear el aparato. Tal vez sea la ocasión en que su hermano haya decidido no ser tan predecible en lo referente a patrones y claves alfanuméricas, pero incluso desde la pantalla de bloqueo, Lena sabe que puede hacerse una idea del panorama.
Al tener una idea de la perspectiva, el móvil casi se le escapa de las manos.
Dios mío.
Por un segundo teme hallarse todavía bajo los efectos de los medicamentos. Ha pasado antes. Una percepción distorsionada. Casi desquiciada. Más aún aunada con el cansancio y sueños poco reparadores.
Pero esta vez no es el caso. No hay lugar a dudas. La decisión es una sola.
Y le parte el corazón tener que tomarla.
Aunque la misma se atasca en cuanto vuelve a ver a su hermano en el sofá.
No se le ha escapado el móvil de las manos porque el impacto contrae todos sus músculos.
No los separan más de un par de pasos. Puede que menos necesita la chica para llegar hasta él con tal de confirmar que…
No… no…
A pesar de las sombras que dominan la habitación, el grueso hilo de sangre que escapa de la nariz de Jong Ki es claro, al igual que la misma sustancia que parece brotarle de la boca, empapando sus labios…
Apenas respirando… su pecho sin casi…
–Hermano –musita la chica, sacudiendo el brazo del joven con la fuerza que tiene, sin obtener respuesta–. Jong Ki… hermano, despierta por favor –no repara en el tono de súplica ni mucho menos en el esfuerzo deliberado para que no se le quiebre la voz, pero él sigue sin dar señales–. ¡Hermano, por favor! ¡Despierta!
Sabe que no parpadeará. Que no dirá algo. Que incluso en medio del histérico llanto que quiere dominarla, lo único que puede hacer es marcar desaforada el timbre de alerta. Pero no puede mantener la calma. Las enfermeras están tardando. No sabrán qué hacer. No lo esperarán… Dios mío… Dios mío…
–¡Ayúdenme por favor! ¡Alguien! ¡Auxilio!
Antes de que pueda darse cuenta y sin saber cómo, está gritando en el pasillo, llamando la atención de un puñado de enfermeras y una de las doctoras que siempre pasa a verla, Seo es su apellido. Y todos se desconciertan al verla ahí, vestida apenas con el camisón del hospital y la bata, descalza y llorosa.
–Lena, qué…
–¡Es mi hermano, doctora!
–Tranquila…
–¡No respira! ¡Está sangrando! ¡Haga algo por favor!
No necesita repetirlo. Apenas una de las enfermeras intenta retenerla, fracasando en su intento de calmarla, cuando el resto de los presentes con la doctora Seo a la cabeza se internan en la habitación. Lo que sigue son gritos que cargan instrucciones y movimiento frenético. Sólo vuelve a ver a la doctora cuando se asoma y su semblante aterra a la muchacha.
–Llévate a Lena a otra habitación.
–Doctora… tengo que verlo…
–¡Hazlo!
De nada sirven sus gritos. Sus protestas. Ni siquiera su llanto. Entre dos deben conducirla a otro lugar. Han llamado la atención de no pocos y casi hace falta amarrarla a la cama cuando han llegado, pero no ha hecho falta y eso lo han comprendido en cuanto ella da rienda suelta a su llanto.
Porque no hay nada que quiera más que estar junto a su hermano. Pero el miedo es más fuerte que toda la energía que pudiera haber reunido. Tenerse en pie parece inalcanzable. Todo lo que le permite hacer su estado es aferrarse a una de esas enfermeras que sabe que ha visto demasiadas veces. Porque de pronto…
De pronto extraña tanto a sus padres…
Primero… primero ella misma… ahora…
¿Por qué no puede ser sólo ella? ¿Por qué su hermano…?
Dios… Dios… ¿Por qué sólo puedo mirar? ¿Por qué tengo que esperar?
Dios… ¡Es de mi hermano de quien te estoy hablando!
Señor… ¿Por qué?
¿Por qué no puedo cuidar de él?
Noche.
Vegetación.
Niebla.
Silencio.
El sargento marcha a la cabeza. De cerca le sigue el capitán.
El comando avanza. Las armas prestas. Intentando ver lo que otros ven.
El clima es frío. Es despiadado. Hasta duele respirar. Avanzan.
Mariachi va al centro de una verdadera peregrinación. Ni siquiera se atreve a respirar. Es lo que debe hacer. Procura no hacer ruido. A medida que la niebla avanza, lo hacen ellos. Bajo sus pies, el barro. Humedad. Es tierra, se dice. Tierra, no un pantano.
La base de guerrillas debe hallarse cerca según la última comunicación interceptada. Los aliados tardarán en llegar. Lo importante es saber ganar terreno y lograr una victoria rápida, silenciosa y contundente. Que no sepan qué carajos los golpeó. Que ni siquiera tengan espacio para formularse la pregunta. No dejen rastros. Ni de ellos ni de ustedes. No puede quedar lugar a dudas y el espacio debe hallarse tomado dentro de las siguientes veinticuatro horas.
Bajo esa premisa, Mariachi no puede evitar preguntarse si el nombre del escuadrón, Cruzados, obedece a creencias o a un resabio histórico mucho más… despiadado.
Recuerda los entrenamientos. Sin quererlo, recuerda a la teniente… la prometida del querido sargento Lee…
De poder, soltaría una risita irónica. Cree hacerse una idea de hacia dónde apunta la etiqueta.
Están a kilómetros de casa. Nadie diría que pisan territorio destinado a la masacre. Los locales conocen su cancha, sabrán jugar a local. Eso les ayuda tratándose de invasiones, pero el enemigo es un gigante con deseos de aplastarlo todo, borrar a los habitantes y establecer su propia identidad. Nadie puede saber que han acudido al rescate. Pero tampoco es tan sencillo quedarse de brazos cruzados y mirar. No tanto porque pueda mediar una amistad como el hecho de que aquello pueda amenazar la integridad propia.
En el fondo, no sólo es ayuda mutua. Es salir a cortar unas alas demasiado poderosas. Aunque sea a través de pequeños, pero contundentes gestos.
En el fondo, es la intención de la Operación Tierra Pura.
Nadie habla. Es un milagro que muevan los músculos necesarios. Es un milagro que la tensión que se respira no los haga ceder.
El objetivo parecía simple en el papel. El soldado casi sonríe ante el recuerdo.
Puño arriba. El sargento se detiene. Todos siguen la señal. Mariachi se ve levantando el puño.
Detenidos, el equipo parece pesar más. Incluso si llevan el mínimo. Incluso si así lo requiere un operativo incógnito. El sigilo máximo.
Esperan. Mariachi no sabe qué. Miran el entorno. Miran el frente. Incluso miran el suelo bajo sus pies.
Pero nada.
No hay nada.
Hasta que puede ver el pálido rostro del sargento, seguido de cerca por el del capitán.
Mirando hacia arriba. El cielo estrellado que...
‒¡Cúbranse!
El grito se confunde con el sonido de la caída.
La posterior explosión.
En el aire, Mariachi apenas atina, aturdido, a aferrar el fusil. A elevar una plegaria. A esperar aterrizar y poder levantarse. Y arremeter…
Escapar…
No, la orden es cubrirse. Pero no escucha nada después. Salvo el pitido posterior al estruendo…
Arremeter… ¿Contra qué?
Siente las manos que tiran de él y es entonces que se percata que la onda expansiva lo ha lanzado lejos.
En medio de la falta de sonidos claros y de imágenes definidas, le llega la voz familiar…
‒¡Vamos Mariachi! ¡Salgamos de aquí!
En medio del desastre, puede entender las palabras del sargento y sus acciones. Puede vislumbrar su expresión y lo que parece ser un puñado de siluetas caídas.
Alcanza a dar un par de pasos con ayuda del sargento cuando la bala le alcanza la pierna y lo derriba, no tanto por el dolor. Es el empuje.
Tal vez sea el frescor del barro contra su mejilla el que le permite aclarar las ideas.
Los bastardos los estaban esperando.
La jodida comunicación era una trampa.
No se puede decir que no haya estado antes en una fiesta así de salvaje.
En realidad sí. No es como que Lucian tuviera esas cosas en mente, pero verse en ese segundo en medio de la mayor reunión de ego de la que pueda haber registro…
Porque si de algo está completamente seguro es que ha visto todas y cada una de las caras con las que se ha topado en la frenética búsqueda de su esposa.
Se supone que en esa enorme casa hay, por lo bajo, tres bandas musicales y el elenco completo de una serie de televisión. Y eso si no cuenta invitados anexos, porque está seguro de que los hay. Y se están haciendo tantas cosas al mismo tiempo que teme perder el sentido si se detiene a considerar cada maldito estímulo.
Detesta reconocerlo, pero debió hacerle caso a Mariachi. Habrían entrado y entre los dos habrían cubierto más terreno. Se habrían largado rápido e incluso llegar al hospital representaría mayor dificultad.
Pero ese tipo sí que la tiene jodida.
Contrario a lo esperado, es un buen consuelo. Le ayuda a mantener la frialdad. A rastrear como lo haría no un marido desesperado, sino Purificador en busca de un cabronazo como Khada Jhin. A eliminar todos los estímulos innecesarios y quedarse sólo con lo relevante.
Bien, veamos…
Gritos de competencia…
Y chiflidos…
Y la música a un volumen ridículamente alto…
Hay demasiado alcohol en este lugar.
Fuera de la música, también hay demasiado ruido.
Y estruendos que…
Estruendos.
Como algo quebrándose.
Como si…
–¡Suéltame!
–¡Cuando empieces a calmarme!
–¡Lo haré en cuanto le dé a ese desgraciado su merecido!
–¡No puedes salir en ese estado! ¡Puede pasarte algo!
–Tú deja… deja que lo haga y… ¡Deja que veas de lo que soy capaz!
–¡Te quedas aquí y punto!
–Cómo… cómo se atreve a hacer… a hacerme…
–Lo sé, lo sé, tranquila…
–Cómo… cómo pudo… cómo pudo…
Y se puede decir que Lucian lo contempla desde primera fila. Todo el número. Antes de tragar saliva. Llegando incluso a reconocer a una de las participantes.
A veces está bien. Y a veces hay días en que preferiría un balazo en la rodilla, es menos molesto.
Parece un chiste. Pero no puede reír. En verdad ahora lo entiende. Y se sorprende compadeciendo a Mariachi de todo corazón.
Apenas es una muestra, pero explica muchas cosas.
En verdad tiene pinta de tener que aguantar demasiado.
Y en verdad no sabría qué carajos hacer de estar en su lugar.
Así…
Pero quién iba a decirlo.
Quién iba a decir que la primera sería la última.
Que todo… iba a terminar así…
–Sargento…
No lo escucha. Nadie lo escucha. Ni siquiera está seguro él mismo de haberlo dicho o pensado.
No… no lo ha pensado.
Porque las palabras duelen.
Porque todo parece doler.
Una…
Una trampa.
O… han sido ellos mismos… los que no estuvieron a la altura…
–Sa… Sargento… Lee…
Tiene que ser… la forma con los grilletes…
La forma ajada… golpeada…
Tiene que ser él…
Porque…
Se han llevado a todos…
Los ha escuchado gemir…
Los cruzados… el capitán…
Ahora…
–Tenemos… que aguantar… sargento…
Él tose. Sólo tose. Se estremece. Lo mira. En medio de las costras de sangre y cabello…
Los ojos hinchados…
Le sonríe. Quiere decir algo.
No articula. Pero el joven sabe qué diría de poder.
Mariachi…
–Vamos… a salir de esto, sargento –suelta el joven con la poca fuerza que le queda, obligándose a no cerrar los ojos ni a ceder ante sus propios grilletes–. Vamos… vamos a volver…
Pero el sargento sólo sonríe. Incluso en medio de ese desastre, él atina a sonreír. Y por un momento, el joven soldado se ve incapaz de devolverle la sonrisa.
Sería desperdiciar energías.
Y cuesta tanto… en esa mazmorra…
Tantas horas sin dormir…
Tantos golpes…
Ya el dolor… no aclara… ni pueden gritar más…
Sus camaradas… Cruzados…
No… no duermas…
Las botas suenan. Más de un par… están regresando…
No… no duermas…
No… no grites…
No… les des… esa satisfacción…
Si se detiene a contemplar las caras de las chicas, diría que todas arrastran secuelas de la fiesta.
Tiene su gracia considerando que hará ya dos días de la misma.
Sabía que, en manos de Evelynn y Ahri, una promesa de la escala "la mayor fiesta de sus vidas" se podía considerar peligrosa. Al fin y al cabo, fue la iniciativa de la segunda y la connivencia de la primera la que dio lugar a K/DA.
Y aprovechando que tanto Akali como Kai'Sa acababan de regresar de sendos viajes, qué mejor que llevar el reencuentro a una dimensión superior.
Siendo honesta, a Kai'Sa le provoca dolor de cabeza recordar el inicio de esa noche. No puede decir que el exceso de música, baile, canciones, risas, alcohol… Dios santo, tanto alcohol y más y más y más actividad… bueno, no puede decir que todo aquello haya generado una laguna mental, pero a pesar de que puede recordar… la mayor parte, lo cierto es que todo parece inmerso en una bruma cuya disipación cuesta trabajo alcanzar.
Y está bastante segura de que Akali, tras el éxito de True Damage y su magnífica presentación en sociedad, estaba lejos de imaginar que retomaría su vida con las chicas a través de un evento de dimensiones casi épicas.
Tampoco se trataba de volver por todo lo alto. Al fin y al cabo, todo tiene que ver con negocios. No tanto la relación con las chicas, esa estaba en un plano diferente. Pero sí cualquier cosa relacionada con la firma y los ejecutivos. Así que debían estar cerca de la base. Y si eso significaba establecerse en la ciudad que ha sido su base…
Vamos, que siempre se agradece tener un lugar al que llegar y si tu vida ha sido siempre un constante ir y venir, pues qué mejor que tener tu nido sin intentar romper la magia de la aventura.
Así que sí. Vacaciones y todo, había llegado la hora de volver y no, no le dieron demasiado tiempo para descansar. Porque apenas un día después de poner los pies en el Aeropuerto Internacional de Incheon, se vio en una propiedad como no creyó que pudiera existir en la península y experimentando, en su propia carne, cómo sus amigas cumplían con la promesa de lograr una noche espectacular.
Por supuesto que habría más invitados, pero el logro alcanzado difícilmente podía compararse con otro evento privado en que la bailarina hubiera estado presente.
Tres bandas completas, Pentakill, True Damage y ellas mismas, además del elenco de la que fuera la exitosa serie Guardianes Estelares… por no mencionar amigas y amigos varios… y a eso sumarle todo el alcohol, toda la comida, todas las actividades que necesitas para que esa noche empiece temprano y termine en una trifulca…
Lo cierto es que Kai'Sa, en condiciones normales, no se habría entregado en cuerpo y alma al verdadero reventón que tuvo lugar. Habría intentado pasar desapercibida, divertirse de manera discreta y emprender la retirada ni bien percibiera las señales de que aquello se salía de control.
Eso si los dos meses de vacaciones no hubieran sido, desde cierta perspectiva, un verdadero infierno.
Creyó que ahogaría su pena con baile desenfrenado, conversaciones que de a poco subieron de tono, juegos desquiciados y un nivel de música que debió de perturbar el sueño del barrio completo. Creyó que bastaría intentar olvidar su propio nombre al cabo de horas y horas sin saber qué hacía.
Porque qué sacaba con engañarse. Por supuesto que siempre le daba gusto volver a ver a su padre, compartir con él… sentir que no existía esa maldita presión de tener que separarse y migrar una y otra vez…
Pero cuántas veces fantaseó Kai'Sa con la idea de llevar consigo a…
Mierda, aún se sonrojaba de pensarlo. Y lo más probable es que su padre lo pasara por alto de no haberla visto esa noche, en esa cena en particular, recibiendo un mensaje. De los últimos antes del silencio definitivo. Antes de que, del otro lado, captara su propio mensaje.
Por mucho que intentara aparentarlo, siempre se supo lo bastante expresiva como para delatar su propio estado de ánimo.
Y ese mensaje en particular… se sintió como una especie de despedida:
Sólo recuérdame.
Tampoco es que su padre y ella hablaran demasiado en cada comida, pero visto en retrospectiva, su silencio sí podía variar el tono.
Por supuesto que él no hizo comentario. Se limitó a alabar los ingredientes y sobre todo, la preparación de la olla caliente con que la joven se había lucido. Ella intentó encajar los halagos, aceptarlo… deleitarse en ellos en vez de tantear con inquietud el móvil y sentir que algo debía esconderse en esa brevedad… él, siempre tan locuaz… incluso en la desesperación…
–Debe ser muy importante para que te tenga así.
El inesperado comentario de su padre la desarmó, obligándola a mirar con sorpresa al hombre del otro lado de la mesa y su expresión casi divertida al ver que el lanzamiento había dado en la diana y ella ni siquiera parecía capaz de contradecir la impresión inicial.
–Qué…
–Quienquiera que sea esa persona… debe ser importante –acto seguido, el hombre señaló el móvil con los palillos.
–Sólo… no sabe qué hora es aquí –masculló la bailarina, volviendo a su porción y mordiendo el labio inferior con tal de no delatar el temblor.
–Habrías apagado tu teléfono en tal caso.
–Tal vez lo olvidé –musitó la joven, sabiéndose acorralada.
–Tal vez.
Claro que el silencio que siguió resultó ser de todo menos agradable. Y la bailarina se encontró maldiciendo su propia incapacidad para amenizar el ambiente. No era justo. Llevaba tiempo sin ver a su padre, no podía traer consigo sus propios problemas, él debía estar cargado con lo de cada día como para que…
–Cariño, ¿eres feliz?
La nueva pregunta volvió a atentar contra su centro de gravedad, parpadeando para terminar de creer lo que acababa de oír.
–¿Cómo dices?
–Ahora mismo… ¿Sientes que eres feliz?
Quiso decir que sí. Que por supuesto que era feliz. Que tenía un hogar. Amigas. Un trabajo espectacular. Que tenerlo como padre era lo mejor que podría haberle pasado, sin importar cuánto afectara su vida ese trabajo que los llevaba a viajar tanto, sin terminar nunca de establecerse…
Claro que quería decirlo. Necesitaba articularlo. Tenía tantas, tantas razones para sentirse agradecida…
Y sin embargo…
Sólo recuérdame.
No pudo abrir la boca. No pudo levantar la cabeza. No quería romper el dique. No quería dejarse en evidencia.
No… no quería…
–Puede que yo nunca terminara de lograrlo –escuchó decir a su padre tras dejar los palillos sobre el cuenco. En retrospectiva, no recordaba haberlo visto tan abatido–. A veces… uno se propone dar lo mejor sin saber… que está haciendo todo lo contrario.
–Tú… tú nunca…
–Querida, puedes tener las mejores intenciones, pero los actos siguen siendo irreemplazables, siguen… siguen pesando más que las palabras –pudo ver su huesuda mano estirarse y posarse sobre el dorso de la suya. Ya no se veía tan grande como cuando era pequeña–. Eres mi mundo, Kai, eres… eres lo más grande que me ha pasado, pero no supe estar a la altura, no pude allanarte el camino hacia la felicidad, tuviste que explorar demasiado tú sola.
–Papá…
–Déjame terminar –ni falta habría hecho que lo dijera, habría bastado con ese apretón–. Nunca te he pedido perdón porque… ni siquiera sé si serviría de algo a estas alturas, más ahora que has crecido y… has logrado tanto…
–Yo…
–Tal vez no hice lo suficiente, pero sí puedo decirte… que aunque di todo lo que podía dar… todo lo que me permitieron las circunstancias… no pasa un solo día en que no desee haber hecho las cosas… no sólo diferentes, sino que mejor –la sonrisa de su padre se volvió casi nostálgica–. ¿Qué sentido tiene ser un padre si tu propia hija no puede descansar en ti?
–No…
–No importa cuánto tiempo o todo lo que nos separe, donde sea que esté, será tu hogar y siempre seré tu padre, ¿está bien? –La mano viajó hasta su mejilla, acariciándola brevemente–. No tienes que decírmelo ahora si no quieres, puedo esperar lo que haga falta, tú siempre esperaste por mí y yo puedo esperar eternamente hasta que hayas reunido el valor, no me importa, ¿de acuerdo? Cuando estés lista, ahí estaré, todos los días hasta el final.
Sólo supo de sus lágrimas cuando los dedos de su padre alcanzaron a enjugar la primera.
Para cuando emergió, su padre había abandonado la silla y estaba de pie, a su lado. Y ella, desde la silla, sólo lloró como no recordaba haberlo hecho en su vida. Apenas pudiendo abrazarlo mientras empapaba su camisa con el llanto y él le acariciaba el cabello.
No era la primera vez que lloraba por esa razón, pero sí la primera que se sentía libre de dejar de aparentar y evidenciar hasta qué punto le dolía la situación.
Y antes de poder agradecer nada al padre que la sostenía en medio de la pena, se encontró a sí misma hablando.
Primero fueron palabras entrecortadas en medio de los sollozos. Después, cuando no pudo derramar más lágrimas, las palabras dieron forma a frases más largas. Y antes de que pudiera dar marcha atrás, las frases ya daban forma no sólo a un perfil, también a una historia como tal.
La historia del chico que llegó sin saber nada. Al mismo que creyó detestar por largo tiempo. El mismo con el que formó una historia. Esa historia en particular. Desde el comienzo. Terminando siendo su favorita. Terminando…
Contándole él una historia. La verdadera razón de su llegada. De permanecer en ese trabajo. En resumidas cuentas, su verdad. Toda su verdad. La verdad que por tanto le ocultó. La verdad de su ser. No tanto la identidad como la esencia misma de ésta. El verdadero. Lo que siempre fue y nunca le permitió ver.
Y cómo no pudo asimilar el golpe. Por mucho que él clamara ser el mismo y la verdad de su sentir. Sintiendo todo aquel silencio como una traición. Incapaz de soportar sus verdaderas razones o de conciliarlas con la persona que creía conocer…
Imponiendo desde ese momento su propio silencio. Su propia distancia. La rabia que con el tiempo e, irónicamente, el mismo silencio, vio apagarse y convertirse en una especie de pena amarga que sólo terminó de explotar con ese mensaje tan… tan… tan resignado…
–Conque eso era –escuchó decir a su padre tras una larga pausa de reflexión, sin apartar la mano de su cabello–. Y tú…
–No… no sé… no sé qué hacer…
–¿Cómo así?
–Me duele… tanto lo que hizo y… y aún así… todo este tiempo… por más que lo intente…
Antes de poder seguir hablando, su padre ya tenía su rostro entre las manos y la miraba casi divertido a pesar de la comprensión.
–Pequeña… ¿Nunca te conté la historia de cómo nos conocimos tu madre y yo?
Incluso ahora, Kai'Sa no puede evitar cuestionarse cómo es que una duda de ese tipo jamás pasó por su mente.
De hecho, ahora pensar en esa historia es lo más parecido a un consuelo que tiene desde que llegara al aeropuerto, descansara un poco y al día siguiente se embarcara en esa fiesta que amenazó con destruirla por completo. A ella y a sus amigas, por cierto, quienes al día siguiente apenas si sabían de sí mismas al abrir los ojos.
De hecho, cualquiera habría encontrado un cuadro casi enternecedor de haber abierto la puerta correcta, encontrándolas abrazadas en la misma cama durmiendo tras haber llegado al límite de la resistencia bien avanzada la noche, sin siquiera haberse quitado los zapatos.
Con la van en lo profundo del estacionamiento, aún tienen que decidirse a poner un pie fuera del vehículo. Las chicas distan de lucir descansadas, pero sí se ven más enteras. Al menos Akali tiene fuerzas para mostrarse molesta ante la imagen que le devuelve la pantalla del móvil.
–Nada –masculla la rapera–. Y con lo temprano que es…
–Bueno cariño, piensa que aún no volvemos del todo a la rutina –aunque con esa voz, cualquiera diría que Evelynn se esfuerza por convencerse de sus propias palabras.
–Con mayor razón, no tendríamos que estar aquí a estas horas de la mañana.
–No me digas que volviste a buscar batallas anoche –lejos de sonar como un reproche, las palabras de Ahri destilan una pizca de curiosidad.
–Anoche… había protestas –murmura la chiquilla, bajando la mirada–. Preferí no correr el riesgo.
Quién lo diría, piensa la bailarina con cierta sorpresa. Después de todo, la última vez que buscó el riesgo terminó…
Bien, piensa con amargura. Otra vez volviendo…
Y aunque quiera evitarlo, la esperanza está ahí una vez más cuando desbloquea la pantalla y busca esa conversación en particular.
Y con la misma rapidez con que aparece, se diluye al comprobar que los últimos mensajes ni siquiera han sido leídos.
Ni siquiera ha hecho el intento de devolver la… las llamadas.
Porque desde la historia de su padre… desde que le hiciera la pregunta cuya respuesta terminó de decidirla, no ha hecho otra cosa que enviar un mensaje tras otro, como queriendo responder a todos los que recibiera, leyera e ignorara.
Y si debe ser sincera, no puede decir que le sorprendiera el silencio del otro lado de la línea. Sí, quiso enfadarse con él y lo consiguió los primeros minutos.
Pero incluso ahora… todo lo que le queda es tristeza.
Podría haber ido a esa maldita caja que él llama su apartamento. Podría haber ido por él ni bien puso los pies en el aeropuerto y no haber dado mayores explicaciones. Pero cómo iba a suponer que sus amigas estarían ahí para recibirla…
Cuando antes de partir le envió un mensaje diciéndole que la esperara ese día a esa hora en el aeropuerto…
Cuando lo buscó entre la gente con la mirada al llegar, sin hallar rastro…
De nuevo quiso odiarlo. De nuevo lo consiguió por unos minutos.
De nuevo comprobó, a través del historial, que lo más probable es que ni siquiera estuviera enterado.
Y sí, podría haber ido ese mismo día o el siguiente en lugar de dejarse caer en la fiesta. Ser más radical, pero… ¿De dónde sacas el valor para romper la muralla de silencio que exigiste y construiste en todo ese tiempo?
Claro que lo intentó. Unas veinte. Treinta. Puede que hasta cuarenta veces en esa fiesta, entre llamadas sin contestar y mensajes sin leer. Al final, con tanto alcohol en la sangre… bastante considerando su discreto estándar, poco le importó que ya los últimos envíos conformaran, en su conjunto, una verdadera súplica complementada con audios.
Porque la pesadilla del silencio del otro lado de la línea comenzaba a tornarse insoportable. Porque si para ella todo ese tiempo amenazaba con destruirla, no quería imaginar el dolor provocado con su propia decisión.
Ni la resaca ni todo el alcohol bastó para que lograra olvidar la pena de esa noche ante sus fracasos encadenados.
Y ahora está de vuelta en Riot. Una reunión de actualización, pero sabe lo que eso significa. Todos estarán presentes. Los directivos, el equipo técnico y por supuesto…
Respira profundo antes de dirigir una breve mirada al espejo que las lleva al piso. No tiene demasiado espacio, pero consigue vislumbrar los detalles.
Lleva el labial con que le dejara esa marca que tuvo que borrar a toda velocidad después del beso que le dio justamente en ese mismo ascensor. Incluso lleva la misma blusa que él le quitó con tanta delicadeza la primera vez porque, según confesó con un masivo sonrojo, le encantaba cómo le quedaba… cómo se veía en ella…
Incluso ese mismo día llevaba ese perfume…
–Lo extrañaba –escucha que suelta Ahri con una expresión aliviada.
–No llevamos tanto tiempo separadas –observa Kai'Sa, más por el temor de quedarse sin voz que porque sienta deseos de hacer esa observación.
–Lo sé, yo… me refiero a otras cosas.
Antes de que alguna pueda preguntar a qué se refiere, las puertas se abren y se internan en el piso.
Con cada paso que da, los nervios amenazan a Kai'Sa con hacerla ceder. No es tanto tiempo, es cierto… pero… desde el comienzo se le ha antojado tan… tan largo…
Y ahora no habrá escapatoria. No habrá quién pueda impedirle mirar en otra dirección o dejar su voz en un sitio lejano. Ha llegado de responder realmente a la pregunta de su padre y a ser honesta consigo misma. Quizá con las chicas presentes… con ellas como testigos, tal vez todo adquiera mayor peso. No tendrá cómo impedirlo… o esquivarla.
Casi se encuentra sonriendo a causa del nerviosismo cuando se encuentran frente a la puerta y tras los golpes de la líder, entran sin esperar una respuesta desde el interior.
–¡Ah, chicas! ¡Al fin llegan! ¡Bienvenidas!
Es al entrar que Kai'Sa nota que algo no está bien.
Y sus compañeras parecen compartir su sentir.
Ahí están. El director musical, el director ejecutivo de Riot… incluso el encargado del área de marketing, todos con ropas de reuniones importantes y junto a ellos, con la misma sonrisa…
Aunque ha pasado un tiempo desde que lo dejaran de ver, no ha cambiado en nada. Mantiene su estampa imponente y relajada. Nadie diría que su salud fue la razón para retirarse y es el primero en notar que el desconcierto está enfocado en él, de manera que se levanta y aplaude una vez.
–Bueno chicas… ha pasado mucho, lo sé, pero… espero no me hayan olvidado.
Puede que la perplejidad no se haya prolongado tanto, pero el segundo parece estirarse demasiado. Lo suficiente para que sea Evelynn la que decida quebrar un estado que disfrutaría en otras circunstancias. Acaso porque ella misma no parece poder creer lo que ve.
O a quien ve.
–Ta… ¿Taric?
–También me da gusto volver a verte, Eve –echa una mirada por sobre el hombro de la diabólica diva, contemplando a sus antiguas protegidas casi con ternura–. El platinado te queda bien, Akali.
–Pero… cómo…
–Queríamos darles esta… sorpresa, pero parecía un poco complicado, ¿verdad? –Lo que parece un burdo intento de bromear por parte del director ejecutivo se queda en el eco que sólo subraya su desatino–. Siéntense, hay mucho de qué hablar.
Puede que no quede de otra. Que sólo sentada puedan ponerlas al tanto. Kai'Sa lo hace con rapidez. Acaso porque vuelve a mirar la sala sin encontrar rastros de él. Y la sola presencia del que fuera su representante antes de que él llegara y parezca tan cómodo en su silla sólo aumenta su inquietud.
–En primer lugar… ha pasado bastante, pero nos alegra mucho tenerlas de vuelta, chicas; tal vez no retomemos la actividad de inmediato, pero siempre es bueno volver a ver sus caras, así que…
–También nos alegra verlos –interrumpe Ahri al director musical con cierta impaciencia–. Pero… todo esto… es decir, no es que no nos alegre verte, Taric, pero…
–Sí, parece que en algunos sentidos es mejor ir al grano, ¿verdad? –Y por extraño que sea, el director ejecutivo y todos los presentes, incluyendo al propio Taric, parecen un poco nerviosos–. Bueno, si el caso es… no darle más vueltas… lo que queremos decir es…
–Desde hoy… Taric… bueno, habiendo aceptado, quiero decir… desde hoy Taric volverá a trabajar con nosotros y retomará su posición como representante de K/DA.
Salta a la vista que aquella dista de ser la noticia que todos se mueren por comunicar. El mismo Taric parece desear de buena gana no tener que ver con la misma. De hecho, ninguno de ellos se atreve a mirarlas directamente. Quizá por las razones equivocadas, no hay cómo saberlo.
En realidad, eso es lo de menos.
Porque el mensaje es tan… tan obvio que Kai'Sa puede sentirlo. En realidad, es casi sorprendente que nadie se pregunte de dónde viene ese crujido tan potente que parece llenar la aturdida mente de la bailarina, sumida en el bucle infinito que encierra esa noticia… sus implicaciones…
–¿Chicas? ¿Todo bien?
–No es… que no nos agrade tener de regreso a Taric –escucha a lo lejos que dice Ahri con notoria dificultad y esforzada diplomacia–. Pero… podrían habernos dicho…
–Para nosotros también ha sido repentino, Ahri, hemos debido movernos rápido y…
–La pregunta es una sola, señores –afilada, la voz de Evelynn parece arrancar más de un escalofrío–. ¿Qué pasó con Jo Jong Ki?
–Sí, bueno… el caso es… –de la locuacidad no queda demasiado. El director ejecutivo casi parece afectado y es el musical el que toma el relevo una vez más.
–Él renunció, Evelynn –hasta sus compañeros de ese lado de la mesa lo miran con desconcierto–. El señor Jo renunció hace tres días antes de marcharse del país y…
–Trabaja… trabaja con nosotras –interrumpe Akali esta vez, descolocada como todas ante las novedades–. Cómo es que no nos avisó antes que…
–Planteó algo así en su carta de dimisión antes… antes de tomar su vuelo –algo más compuesto, el director ejecutivo extrae un folio digitado de la carpeta más próxima y lo acerca a sus ojos–. "Junto con agradecer la oportunidad dada y la experiencia fruto de este tiempo, es mi deseo extender mi renuncia inmediata e indeclinable al cargo que se me ha confiado en razón de nuevas formas de desarrollo que se me han presentado en otros rubros y que se ajustan a mi actual situación personal. Sin lo aprendido en este periodo, tal logro habría sido impensado. Manifieste a las señoritas de K/DA mi gratitud por lo enseñado y por permitirme trabajar para ellas. Cordialmente les deseo a todos, como Riot Entertainment…".
Llegados a este punto, nada más importa.
Da igual que el escándalo hecho por la silla al incorporarse de golpe haya interrumpido la lectura de un documento tan impersonal. Da igual que las miradas de todos los presentes confluyan en ella. Da igual lo que puedan pensar de su semblante o su evidente incapacidad para respirar con calma.
Es tan simple como que ahora todo da igual. Las miradas, las opiniones, todo se quedará tras la puerta. Lo apartará todo el portazo. La distancia la pondrán los pasos.
Porque a Kai'Sa no puede importarle menos. A medida que cae en la cuenta de que está en el pasillo. De que camina sin un destino aparente…
De que todo se cierre… con un papel tan frío… con una línea apenas dedicada a ellas… ni siquiera a ella…
Eres mi certeza, Kai, eres… eres mi fortaleza.
Después… después de tanto…
Quiere odiarlo. Necesita odiarlo. Dios, lo necesita…
Lo necesita tanto y… y él… él solo…
Siempre… siempre ha sido mi favorita, yo…
No puede ser… no puede ser… que ya no tenga tiempo para… para…
Te juro que no me iré.
Sólo cuando ve su reflejo multiplicado comprende dónde está.
Ni siquiera sabe qué hacer en la sala de ensayos. Ni siquiera resiste su propio reflejo… la imagen de la ausencia… la desolación…
Donde Jojo por primera vez…
–Kai.
No se sobresalta al escucharla. Ni siquiera al ver su imagen. Al comprobar que, siempre sigilosa, Akali la ha seguido. Que ahora es ella la que se le acerca. La que la mira sin saber la bailarina cómo demonios devolverle la mirada o…
–Kali, yo… yo…
Es al sentir cómo la rapera toma una de sus manos que descubre que la batalla se ha perdido hace ya mucho.
Es al mirarla… al saber que quien le devuelve la mirada no sólo la entiende.
Es el vivo reflejo de la misma desdicha que ahora la aplasta.
Que ella tampoco se molesta en disimular las lágrimas que escapan.
Que la sonrisa triste tiembla en sus labios. Que falla miserablemente en el intento de darle ánimos.
Kai'Sa sabe que no podrá consolarla. Sólo la abraza porque sabe que no podrá tenerse en pie. Sabe que la pena ha aplastado toda su fortaleza.
Ni siquiera le alcanza para cuestionar la verdad…
Sólo recuérdame.
Sabe que a la ninja tampoco le queda orgullo en el que escudarse. Que ahora mismo… tal vez la pequeña del grupo pueda entender… no, no se trata de entender.
Se trata de un solo sentir.
Pero… ¿Qué más da? Siendo tan tarde como es…
Kai'Sa quiere decir su nombre, pero los sollozos no se lo permiten. Quiere llamarlo, pero sólo puede luchar por no ahogarse en su llanto.
Lo peor… lo peor es que la bailarina no puede odiarlo.
Ella ha provocado esto. Nadie se lo tiene que decir. Lo sabe.
Ella lo ha provocado. Y ahora… nada puede detenerlo.
Ella lo echó.
Y ahora de qué le sirve el orgullo.
Jojo… perdóname, Jojo…
Sólo… vuelve…
Taric contempla a las chicas restantes en su lado de la mesa.
La rabia de Evelynn puede confundirse con un dolor abrumador.
Ahri aún permanece desarmada. Tiene la impresión de haber perdido las fuerzas para gesticular.
Sólo puede suspirar con frustración.
Es, con toda certeza, la peor decisión que ha visto tomar a alguien. Puede que ni siquiera midiera el alcance de la misma, aunque… ¿Qué tanto habría cambiado de saberlo?
Lo peor de todo es que no puede reprochárselo. Muy en el fondo, Taric se cuestiona si acaso no haría la misma elección de estar en su lugar.
Bueno, ya está, ¿no? Y aunque ahora mismo, la tentación de desenmascarar la enorme patraña que esconde esa estúpida carta sea descomunal, se convence de que debe permanecer en su asiento y con la boca cerrada.
Por mucho que le rompa el alma ver a las chicas en ese estado.
Le juró que guardaría el secreto.
El muchacho merece que respete ese juramento.
