Disclaimer: No tengo ni un activo en Disney, así que ninguno de sus personajes me pertenece.


Viñeta 10


Aprovechando su ida al servicio, Hans salió a descansar al patio de la mansión de la condesa Drika —una casa ancha que demostraba la opulencia de los dueños, al compararla con las angostas viviendas de los demás habitantes del reino, que querían menores impuestos—. El amplio espacio trasero estaba sin concurrencia por las todavía temperaturas bajas que causaba el agua de los canales y fue una dicha para el príncipe esa privacidad.

Necesitaba aire y paz; se sentía… no mentalmente agotado, pero sí con un poco de cansancio. Ese baile estaba siendo demasiado para él.

La reina Elsa de Arendelle se encontraba allí.

¿Cómo no pudieron avisarle de antemano, cuando Karen informara a la anfitriona de su acompañante extra, su tío paterno Hans?

El pelirrojo bufó frotándose el rostro; hasta cuestionarse era de ingenuos. La anciana no desaprovecharía la oportunidad de que su fiesta fuera la más popular en años, reuniendo a dos personas enemistadas de las que sabía todo el continente. Jugando con la carta del invitado a último minuto, conseguiría el suceso más esperado de la década, tras la coronación de la oculta heredera al trono de Arendelle.

Su evento sería comentado por largo tiempo.

Y, después de las escenas seguidas al inocente y amable reconocimiento público en su llegada, tenían con qué.

Hans casi arrastró los pies hasta un banco de piedra junto a un árbol. Al detenerse donde ese rododendro, distraído por sus recuerdos, se sentó.

Como era de esperarse, perniciosos asistentes se las arreglaron para juntarlos y en varias ocasiones de las últimas tres horas Hans se había encontrado en compañía de la reina, cuyo carácter prudente, su buen comedimiento o el deseo de dejar atrás molestias del pasado, le animaron a permanecer en su presencia. Eso, si no fueron el disfrute personal con su tortura y la calma de su inocencia en la historia conjunta.

Cada uno de esos momentos había sido una vivencia diferente. En el primero, él fue un completo tímido; en el que le siguió, actuó algo grosero; en el que vino después de aquel, por mucho que quiso evitarla, coincidieron en la mesa de bebidas y con curioso accidente derramó un poco de ponche en el bajo de su vestido; en los cuarto, quinto y sextos, le coqueteó, se fingió su amigo íntimo y habló como ignorante; en el séptimo la invitó a bailar y mostró un desempeño por el que casi había gruñido de rabia, ya que bailó el vals pisándola constantemente, siendo él un bailarín espléndido; en el octavo se chocó con ella; en el noveno se pusieron a debatir de marxismo —que disfrutó de sobremanera—; en los últimos tres, se mostró como su guardián y sombra.

No se sorprendía de llevar la cuenta y acordarse perfectamente de todos, se espantaría de olvidar hechos que empeorasen la opinión de ella sobre él.

¡Estúpido poder suyo!

Sin embargo, estaba sorprendido. No sabía que había tantas personas importantes para el espejo; su conducta debía ser el resultado de cambiar de fuente de deseo. Solo se le ocurría esa explicación; era la primera vez que ocurría tal inconsistencia en su comportamiento en un baile, siempre había una persona por encima de gente, de la que cumplía sus preferencias.

Tal vez los deseos de Karen, la reina Elsa de Arendelle, la reina Anthousa de Helas y el duque de Leonis se pelearon entre sí; eran los más relevantes y "poderosos" del salón. Quizá fueron dos o tres de la lista.

No tenía descifrado al espejo, de todas maneras. Con los años era lo que había supuesto debido a que sus acciones beneficiaran a una persona en particular. Al hacer un análisis de sus acciones y el evento en cuestión, parecía que cumplía con lo que un individuo —de un conjunto— quería.

Ahora bien, la mayoría de los momentos malos se los adjudicaba a la rubia. Ella querría que actuase como el ser espantoso que recordaba, para tener más motivos de rechazar sus cartas y no perdonarlo nunca.

Al menos no había intentado asesinarla esa vez.

Con ese pensamiento se sintió mucho mejor. Odiaría repetir desagradables acciones de casi seis años atrás. De ser por él, habría permanecido en el extremo opuesto de ella, en virtud de evitar una cosa que le traía escalofríos.

Liberó una larga exhalación.

Fue imposible mantenerse lejos, haciendo que ella no disfrutara y se disgustara, toda vez que alimentaban los chismes futuros en muchos países.

—Una tregua, sí —masculló con tono de mofa, pensando en ese instante civilizado a su llegada al baile.

En lugar de seguir con su lamento, su razón prefirió rememorar la apariencia de la reina al mirarla. Era más grato pensar en la bella criatura que no había visto en años.

Sin duda, sostenía su opinión de ella del pasado. Era una hermosa mujer, que cautivaría a cualquier hombre con sangre en las venas. Su atractivo era etéreo y no competía con el de ninguna otra fémina a la que hubiese conocido.

Y venía aparejado de un porte regio, exudando elegancia en todos sus ademanes.

Hans rió en voz baja; parecía un tonto enamorado solo por apreciar su hermosura. Era lo que hacía una silueta moldeada, una piel hermana de la blanca luna, unas hebras pintadas como perlas, un rostro cincelado de medidas perfectas, unas mejillas bañadas con pintitas de miel, un par de labios adorados por artistas y unos orbes azules cual cielo de mañana.

Rasgos bien madurados de antaño que ahora no tenían ese pequeño susurro de inseguridad y miedo, como el día de su coronación.

Le había ido maravillosamente.

Se alegró por ella, con esa triste historia de dolor y encierro se merecía una adultez amable.

Al escuchar unos pasos, se puso en pie y fue hacia la fuente con una escultura de león, pretendiendo no hacer caso a quien se aventuraba al patio empedrado. Si le sonreía la fortuna, ese alguien no repararía en su presencia; una lámpara chica y la luna eran las únicas alumbrando y debían estar a su favor.

Maldijo al oír que la persona se detenía detrás de él.

—Príncipe Hans.

El espejo le hizo girarse solo con escuchar su nombre, aunque también por la identidad de la recién llegada.

Al encararla pudo ver algo en su expresión, pero con la maestría de ella para enmascarar sus emociones se perdió la oportunidad de descifrarlo. Si bien le pareció que era alivio.

—Majestad. —Él realizó una reverencia, la segunda a ella en la velada. —Me alegra verla. ¿En qué puedo ayudarla? —ofreció con amabilidad.

Ella lo miró de arriba abajo, sin sentimientos visibles en el rostro.

Sin saber el motivo, su corazón comenzó a latir raudo y el rostro se le calentó.

La rubia se colocó a su lado, observando la fuente unos momentos eternos. Él, sintiéndose un poco libre para retirarse, se dio media vuelta y caminó unos pasos. Se había olvidado de que estaba ahí para hacer de chaperón a Karen, tarea ignorada por horas.

—No se vaya.

Se detuvo en seco a lo que parecía una súplica. Se giró hacia ella con un sentimiento extraño y, mudo, recortó la distancia entre los dos hasta pararse frente a frente.

Ella apenas lo miró.

—¿Por qué intentó matarme? —Parpadeó con la pregunta inesperada.

—Era lo que usted quería, se sentía miserable por lo que hizo a la princesa Anna y con su fin acabaría el invierno. No parecía haber otra solución. —Las palabras salieron de su boca sin trabas.

—¿Yo? —Ella frunció el ceño y se acercó a un paso de él para mirarlo a los ojos con intensidad. —¿No usted?

Él abrió y cerró la boca de modo nervioso, en sus adentros sin entender por qué no lo afirmaba completamente.

Los ojos de ella lo atraparon en un anzuelo y sintió el corazón en la garganta. Eran como un mar profundo donde podía ver olas apacibles moviéndose, mientras peces pequeños hacían motitas grises bajo la superficie.

No solo eran dos luceros color cielo.

—¿Cómo…?

Antes de que la reina terminara, él había sujetado el rostro de ella entre sus manos y posado sus labios sobre los suyos.

Durante unos instantes el mundo dejó de existir; cerró sus ojos y solo pudo entregarse a las sensaciones de un beso con la lentitud de un amante que acariciaba con arrobo al ser querido, otorgándole una parte de sí de un modo íntimo, suave y único. Sus labios trataron de probar su esencia y causar un gozo en medio de la ternura de moverse contra los adictivos rebordes, los cuales aceptaban el abrazo como el merecido toque cariñoso que era.

Le besó deseando transmitirle que era el ser más especial en todo el cosmos.

La rubia presionó sus manos en su pecho. Hans despegó sus bocas, abrió los ojos y vio la cara impactada de ella mientras se humedecía los labios.

Él inspiró con fuerza y se acercó un poco más a la reina, deteniéndose cuando ella le empujó y retrocedió al mismo tiempo.

Pero la acción provocó que cayese al agua, sin que él lo previera. Un sonoro ruido húmedo acompañó al incidente.

—¡Reina Elsa! —Su exclamación instantánea le despertó del embrujo anterior.

Ella pestañeó y miró a su alrededor hasta enfocarse en él.

—¡Oh! —musitó la originaria de Arendelle como si repara en algo.

Presto, le ofreció su mano para asistirla.

Ella la cogió sin titubeos y él vio un lazo azul enroscándose en sus muñecas antes de sentir el golpe del agua fría en su parte delantera.

Incorporándose de rodillas mientras escupía algo asqueroso, escuchó el sonido de los movimientos de ella, perturbando al agua con sus pies y las gotas que la abandonaban.

A la velocidad de un rayo, ella abandonó la fuente y su vestido de seda rosado se transformó en uno mágico de color índigo. Tras esto, la gobernante de Arendelle huyó del patio, dejando a un estupefacto Hans arrodillado en el agua.

—¿Qué acaba de ocurrir? —se preguntó en voz alta, subiendo lentamente su mano a su cosquilleante boca.

¿Ella había deseado que lo besara? ¿Él la había besado?

Se dejó caer sentado en el agua, tratando de lidiar con un ciclón de pensamientos, sentimientos y emociones.

Por su propia reacción, el príncipe falló en darse cuenta que su alma gemela estaba sintiendo algo fuerte también.


NA: Vaya, vaya ¿no?

Me gusta meter besos donde no se esperan ja,ja. Iba a ser gracioso ese momento, con una pelea de por medio, pero fue más intenso. Pude darles esos doce momentos dentro de la mansión, pero escogí el trece que no era malo, como Hans.

¿A qué creen que lleve el beso?

Besos, Karo.

PD: Me enteré que las casas de Ámsterdam son angostas porque en un siglo pasado el costo dependía del ancho ja,ja. Pero eso no importa aquí, a menos que un pequeño pasillo dependiera para una escena romántica XD