Yang entró en silencio al cuarto. Era bien iluminado y bien ventilado. Las tonalidades claras abundaban, junto con un helado silencio que le estremecía el pellejo.
Sobre una cama junto a la ventana se encontraba Yin. Apenas percibió que se trataba de su hermano, escondió su mirada hacia el vidrio. Yang notó esa indiferencia. Era más que evidente que su relación estaba más que rota. Las circunstancias lo empujaban a seguir dando pasos hacia adelante aún en contra de su voluntad. Finalmente se detuvo cuando se encontraba a menos de un metro de la cama.
-Hola Yin –su voz sonaba temblorosa. Sentía que le picaba la nuca con rabia.
Solo el silencio fue su respuesta.
-El doctor dice que ya estás mucho mejor –continuó divagando con lo primero que se le viniera a la mente-, y eso es algo muy bueno. Pronto podrás volver a casa. El Maestro Yo está muy preocupado por ti, y también la policía. Les dije dónde fue que te encontré, y el lugar quedó desbaratado por la policía. Dicen que era un centro de tráfico de drogas y otras cosas ilegales. Me gustaría saber por qué fuiste hasta ahí y qué fue lo que te pasó. Eso nos ayudaría a aclarar muchas cosas.
La sola presencia de su hermano la hería como mil clavos atravesándole el interior. Era el vivo reflejo de un deseo prohibido que no había podido quitarse ni con mil drogas. Ni siquiera entendía cómo había caído tan bajo. Lo único cierto es que nada podía quitarle ese anhelo por aquel fruto prohibido. Quería que se callara, que se fuera. Quería que no existiera. Pero ahí estaba, lanzando un río de palabras sin importancia.
-La verdad si fue por lo que pasó la otra noche, te quisiera pedir perdón –Yang a esta altura hablaba sin pensar. Era la única forma de enfrentar este problema-. Te juro que si hubiera tenido control de mis actos, jamás hubiera siquiera pensado en eso. No quiero que te sientas culpable de lo que pasó Yin, al final yo comencé con todo eso.
Había puesto el dedo en la llaga. Había sido la gota que rebalsó el vaso. Las lágrimas brotaron instantáneamente. Se estaba metiendo en campo minado.
-Yin, no quisiera perderte por culpa de esto –el apagar el pensamiento le ayudó a liberar su corazón-. Ya no quiero seguir alejado de ti como ahora. Tampoco quiero que vuelvas a esos lugares malos y te terminen haciendo daño.
-¡Ya basta! –Yin finalmente se volteó. Sus ojos se encontraban hinchados y su cara estaba bañada en lágrimas-. Lárgate de aquí. ¡Ahora! –le gritó.
Aquel grito lo despertó. A pesar de la advertencia, sus pies no se movieron.
-Pero Yin… replicó el conejo.
-¡YA BASTA! –su garganta parecía desgarrarse-. ¡NO QUIERO VOLVER A VERTE NUNCA MÁS! ¡ERES LO PEOR QUE ME HA PASADO EN LA VIDA!
El grito parecía haber detenido el mundo, o al menos detuvo el mundo de Yang.
