THE FIRE AND THE FLOOD

Capítulo 11
ENTRE LA DUDA Y LA CULPA

Aguanieve. El ultimo rescoldo del frío otoño.

Michiru se arrebujó bajo la colcha, y saboreó la quietud y el silencio de su cuarto mientras contemplaba la suave caída de los difusos y exiguos copos. El frío temporal de finales de otoño se había adelantado bastante ese año según lo que había dicho la señora Melissa la noche anterior, cuando las densas nubes se apretujaban en el cielo prometiendo más que una entrecortada lluvia; generalmente, cielos como éste se reservaban para finales de noviembre.

Con la vista perdida en la ventana, sólo aprestó a un silencioso momento de nostalgia. Sabía que sus padres solían estar en casa para esas fechas; Michiru no recordaba una sola primera nevada sin el té caliente y los dorayakis preparados por su madre.

Y ahora todo era radicalmente distinto. Ella ya llevaba casi un año de independencia viviendo por su cuenta en una ciudad y con una vida diametralmente distinta, con la premisa de una vida estable y…un novio. Y ahora la nieve se había anticipado a su llegada.

Renuente, echó la cobija hacia un lado, suspiró y se acercó a la ventana, frotándose los brazos.

Siempre le había gustado la nieve; tan blanca y gélida...Michiru se estremeció. Los adjetivos blanca y gélida le recordaban el cabello platinado y la mirada de Shirou, y las poco usuales pero sinceras sonrisas que sólo reservaba para ella. Apoyó la frente contra el vidrio congelado de la ventana y cerró los ojos, evocando de nuevo el cálido recuerdo.

"Claro…solo lo hace cuando estamos solos…"

Recordó aquella frase de la tarde anterior, cuando Nazuna, aun con una inusual expresión desconcertada le había interrogado inquisitivamente en afán de escudriñar cuanto pudiese de la situación.

"Entonces ni siquiera tiene interés en demostrarlo delante de los demás. Eso es inusual y creo que hasta grosero. Como si quisiera ocultarlo", había inferido ella con esa molesta expresión zorruna ante la apabullada mueca de Michiru. Sabía que Nazuna podía ser un poco hiriente sin tener la intención de serlo, pero también podía tener razón aun si la propia Michiru no quisiera verlo. La verdad no peca, pero incomoda.

Y no podía rebatir en ello, a pesar de que conocía bien a Shirou. Y estaba segura que él nunca sería ni un ápice de expresivo… pero si esto no importase como Nazuna auguraba… ¿Qué había de la situación en el pasillo? ¿y lo de aquella noche? Él había jurado que no se arrepentía…

Ahora no pudo más que sentir una punzada de duda.

Pero justo en ese momento, escuchó a alguien subiendo las escaleras con paso calmado y tocar un par de veces en la puerta.

Michiru se sobresaltó levemente. Tomó el teléfono de la mesita y revisó la pantalla, esperando encontrar algún mensaje o llamada perdida de Nazuna. Soltó un suspiro aliviado al encontrar la pantalla libre de las precipitadas llamadas o notas de su amiga. De todas las cosas del mundo, la última que le apetecía ahora era una ruidosa hora con Nazuna, a pesar de que se había prometido internamente no dejarla sola estando el odioso de Alan Sylvasta cerca...aunque tras todo el tropel de ayer por la mañana, prefería mil veces volver a la cama y pasar el día lánguidamente echada contemplando la nieve.

Volvieron a llamar esta vez más insistentemente a la puerta. Con un suspiro resignado, Michiru la abrió… y se quedó petrificada.

Era Shirou.

Cuando abrió la puerta, descruzó los brazos y se apoyó levemente en el marco de la puerta, a la espera de que Michiru reaccionara.

—Buenos días…—dijo, finalmente, viendo que ella no articulaba palabra.

Michiru pestañeó, aún en proceso de asimilación y su rostro adoptó una expresión contrariada.

—¡¿Qué haces aquí tan temprano?!

Shirou arqueó una ceja sin entender.

—¿Te alarmas porque te levante a las siete y no porque pase la noche contigo?—inquirió con falsa seriedad.

Michiru sintió que todas sus funciones corporales recobraban el ritmo de golpe; la sangre que había abandonado su rostro, segundos antes ahora se agolpaba frenéticamente en sus mejillas, ruborizándola bajo la penetrante mirada de Shirou.

—No …no es eso…—se aclaró la garganta, aun con el semblante en una dispersa confusión. Tomó de nuevo el teléfono mirando la hora—¿Ocurre algo?

Acertó a preguntarle al fin. No se le ocurría qué otro motivo podría justificar su presencia allí. Shirou alzó las cejas, un tanto sorprendido por la pregunta.

—Si, los preparativos del concierto de mañana y algunos humanos van estar ayudando a montar el escenario. La alcaldesa quiere que supervisemos que no ocurra ningún accidente… —se pasó una mano por la barbilla, como si aclarara una idea—o específicamente fueras tú. Yo aún debo ir a la comisaría…

—Ah… —se hizo la luz en la adormilada mente de Michiru—¡Oh rayos, es cierto! ¡Está bien. Vámonos entonces!—clamó ella, bajando el escalón con energía. Se detuvo en el tercero al ver que Shirou la miraba con extrañeza.

—¿Qué?— preguntó, desconcertada.

Shirou señaló la lívida blusa blanca. La clara tela resbalaba suavemente por las formas de Michiru, haciendo énfasis en que no llevaba el top deportivo debajo e insinuando descaradamente la desnudez bajo ésta, lo suficiente para que él no pudiera evitar notar las curvas delimitantes de sus pechos…y sus pezones. Shirou carraspeó, obligándose a dejar de pensar en lo que no debería, y se forzó a apartar la vista para mirarla a los ojos.

—¿Vas a ir así?—inquirió.

Con una exclamación, Michiru dio automáticamente un paso atrás pasando por un lado de Shirou y a punto de cerrarle la puerta en la cara. Si no fuera por un rápido movimiento de Ogami.

—¡Ya voy…! —Michiru, con la mano aun en la puerta y la mirada clavada en el piso, no pudo sino balbucear entrecortadamente.

Tomó lo primero que encontró y volvió a pasar por un lado del inmóvil e impávido Shirou, deteniéndose al pie de la escalera. Sus orejas se enarcaron hacia atrás.

—¿Qué tanto miras?

Éste solo se alzó de hombros. Su mirada estaba fija en su mirada azorada, suficiente motivo para incrementar aquel fluctuante nerviosismo en su voz.

—Nada. —respondió escuetamente.

De nuevo aquel mutismo que tanto aborrecía y al mismo tiempo, secretamente le agradaba de él. Esperando alguna contra respuesta, que no la hubo, Michiru espetó un bufido de molestia.

—Bueno…entonces voy a cambiarme— musitó mientras algunos mechones que le caían sobre la frente.

Shirou asintió, mientras ella corría escaleras abajo hacia el baño.

"Siempre eres tan serio", enarcó una voz lejana y pasada.

Shirou sacudió levemente la cabeza, cortando con el abrupto e inoportuno recuerdo. Su mirada se paseó distraídamente en la alcoba. El brillo diletante de la pantalla del teléfono menguaba. Lo tomó y estando a punto de salir, su pie dio contra algo en medio del tropel de ropa tirada en el piso; algo blanco arrugado. Al levantarlo, Shirou se encontró con unas braguitas limpias, posiblemente de la colada del día anterior. El tejido era escueto y suave, seria sexy si no fuera por el infantil estampado de coloridas huellas de perro.

—¡Shirou! ¡Vámonos!

Shirou tiró de inmediato las braguitas de vuelta al piso como si quemaran, avergonzado por la posibilidad de que le hubiera visto con ellas en la mano. Recompuso su expresión y le dirigió su mirada inmutable de siempre.

Vio que en vez de la habitual sudadera y los ligeros shorts, llevaba un hoodie rojo oscuro y pantalones deportivos.

—Bueno…creo que con este clima, tendré que usar algo más abrigador….al menos la señora Melissa dejará de decir que me veo como fotografía —rio entrecortadamente, cerrando la cremallera del hoodie y le miró— Ya estoy lista.

—Vamos. —dijo Shirou por toda respuesta, abriéndole la puerta de la calle.

Es difícil describir la felicidad que colmaba a Michiru al caminar por las heladas calles de la ciudad en compañía de Shirou. La nieve cayendo delicadamente, el viento puro, el glorioso sonido de la respiración de Shirou, el tenue calor de su cuerpo, y el vaho de su boca le parecían fruto de un sueño. Todo su ser irradiaba felicidad, y aunque no podía exteriorizarla como quisiera, se conformaba con agradecer, una y otra vez, a quienquiera que fuese el responsable de la presencia de Shirou a su lado esa mañana.

…Y toda esa poesía interna no tardaría en irse menos de dos minutos al caño. Eso podría ser un nuevo record.

Michiru había alargado una mano hacia la de él, en clara intención de tomarla. Shirou, apenas al sentir el lívido contacto de la mano de ella, echó las suyas –ambas- al interior del bolsillo de su gabardina.

Auch.

Además, Ogami apretó el paso. Sin miramientos, la chica tanuki se le adelantó, igualando su marcha, estando lado a lado y simplemente pasó su brazo entrelazándolo con el de él.

Shirou se detuvo en seco, separando lentamente su brazo del de Michiru y se le quedó mirando, seriamente.

—¿Por qué haces eso?

—¿Y porque no? –respondió Michiru a su vez—No hay nada de malo…—su voz bajó considerablemente hasta casi tornarla un susurro—…además, si tú y yo…

La voz adusta y grave de Shirou cortó de tajo la frase.

—Eso es independiente del trabajo. No vamos de paseo.

En un gesto sutilmente aprensivo, Michiru apremió a imitar el gesto parco de él.

—Eso ya lo sé —musitó—Pero podrías decirlo de una manera menos tosca.

Ogami no respondió nada más que un gruñido hosco y siguió caminando. No estaba molesto, eso ella lo sabía. Sin embargo el abrupto gesto había dejado una pequeña mella. Se apresuró a reanudar el paso, corriendo casi para ajustarse al ritmo de Shirou, y clavó la mirada en su nuca mientras caminaban. Deliberando internamente sobre el escarpado carácter del silencioso "Lobo plateado".

—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirió de pronto Shirou, sin volverse a mirarla.

Michiru se sobresaltó.

—Sí, claro—contestó, extrañada.

—¿Es mi nuca como todas las demás?

Michiru se quedó perpleja, con una oreja levemente ladeada hacia atrás en el gesto de un cachorro confundido y no supo qué responder. Se sentía como el niño al que pillan con las manos en la masa. Qué estúpida había sido al creer que su curiosidad no sería advertida por alguien cuyo instinto bestia aun en forma humana abarcaba casi 360 grados.

—Lo digo porque veo que te interesa mucho—prosiguió Shirou, en tono casual. Ralentizó el paso y lanzó una intensa mirada de soslayo a la contrariada tanuki— ¿Te interesa, Michiru?—preguntó, reduciendo el tono a un insinuante susurro.

Michiru se estremeció como si la hubiera acariciado. Cerró los ojos apenas un instante, confusa.

—Sí…—respondió, para inmediatamente corregirse—¡Quiero decir, no! ¡No!

Mierda. Mierda.

Se sentía atrapada en una autotraición de la que ahora no sabía salir sin comprometerse.

—Sólo estaba pensando en que sé muy pocas cosas de ti—se excusó finalmente, sin mucha convicción. La mentira más estúpida que se le había ocurrido inventarse.

—Sí, suele ocurrir…—dijo Shirou, serio y añadió, sin mirarla—Sencillamente, porque lo que me pase sólo me incumbe a mí

—Eso no es cierto —replicó Michiru con voz contrita. Miró a Shirou y añadió, con más corazón del que quisiera—Lo que te suceda también le importa a tus amigos. Y a mi.

Shirou hizo una mueca, como si le hiciera gracia lo que había dicho.

—Yo no tengo amigos, tengo gente que proteger. Yo desempeño un papel concreto en la ciudad y lo único que se espera de mí es que lo cumpla correctamente.

—¿Y qué hay de mi? —preguntó Michiru, casi temiendo su respuesta.

La pregunta provocó un vuelco en el corazón de Shirou. No solo el eco de voces pasadas reacias a acallarse en su mente, sino el marcado recuerdo de aquella noche en que había conseguido dormir tranquilamente sólo sintiendo el calmo eco de su respiración sobre su pecho. Sintiéndose expuesto… débil ante esa pregunta sin poder hacer nada más que bajar la mirada, dejando que el fleco le cubriese parte del rostro.

En un gesto casi instintivo, no hizo nada más que tomarla de la mano por un momento. Michiru contuvo el aliento, sorprendida, y le miró. Él alzó la mirada, y los ojos de Michiru brillaban con tanta intensidad que no podía apartar la vista de ellos.

—Eres importante…demasiado. —la voz le tembló ligeramente, por la emoción contenida.—Más que una compañera, si es lo que quieres saber.

Se hizo silencio entre los dos. Michiru estaba asombrada por la inflexión en sus palabras. Siempre le había tenido por alguien inteligente pero aislado e irreflexivo. La imponente figura que tenía ante si, el rostro pétreo y la mirada sincera, parecían pertenecer a otra persona que ella había vislumbrado en un par de ocasiones a lo largo de los meses que habían estado juntos y que ahora amanecía ante ella como un secreto revelado a última hora.

—Gracias—dijo, acariciando la palabra en su paladar y pronunciándola tan suave como quería que él la oyera. Para reforzar el gesto, sus dedos apretaron levemente los nudillos de él.

El calor de la mano de Michiru sobre la suya durante aquellos breves instantes se extendió por todo su cuerpo como una intensa oleada. El latido de su corazón martilleaba intensamente sus sienes, como un violento tambor de guerra, acusando el devastador efecto que una simple mirada y un simple roce suyo tenía en él.

Shirou la contempló durante unos segundos sin decir nada y finalmente, dijo:

—Sigamos caminando. Vamos a perder la mañana.

Perdidos en sus propios pensamientos, pero totalmente conscientes de la proximidad del otro, continuaron el camino hacia la jefatura de policía. De vez en cuando, sus manos se rozaban por accidente y Michiru sentía aquella pequeña descarga eléctrica, entre dolorosa y placentera, recorrer todo su cuerpo. Shirou, por su parte, estaba haciendo lo que mejor se le daba: atrincherarse en sus pensamientos y estudiar disimuladamente a Michiru, sopesando y reconstruyendo la conversación que acababan de tener. ¿Cuándo se había vuelto así? Las palabras que ella le había dirigido no eran superficiales. Eran las palabras de alguien que ha tenido que hincharse el autoestima que otros han tratado de arrebatarle. ¿A qué se debía esa repentina madurez?

Llegando a la entrada de la comisaría, se separaron. Más que nada porque había algo en el expediente de defunción del entrenador y que el detective tanto insistía en que revisara; y Shirou simplemente no quería que Michiru supiese más del horror que se había llevado en el apartamento aquel dia.

Aun asi, al verle alejarse no pudo evitar una intrigada mirada de soslayo.

El gesto aprensivo que había imperado en él seguía presente, recordando cómo la extraña luminosidad del cielo confería a sus ojos el color del mar revuelto, bajo el arco de unas pestañas oscuras y abundantes. Su boca, ligeramente entreabierta, era pequeña pero exquisitamente formada. Shirou tuvo que admitir que Michiru ya no era la exasperante chica tanuki que conociera aquella noche en el festival del aniversario de la ciudad. El paso del tiempo y la cercanía con ella había compensado y menguado esa barrera que tenía él solo por recelo natural. Renuentemente, su mirada volvió a posarse en sus labios y no pudo evitar preguntarse si en su pasado como humana alguien habría tenido interés en ella. Shirou frunció el ceño y se abofeteó mentalmente por prestarle atención a temas tan estúpidos. ¿Qué le importaba a él todo eso? Nunca le había dedicado más de 30 segundos a nada que no fuera la protección a su especie y a la ciudad de Animacity. Su escueta "amistad" con algunos beastmen y esto incluía a Bárbara Rose y al matrimonio Horner era circunstancial; les tenía consideración y los apreciaba, pero Shirou no era una persona que se vinculara demasiado a nadie.

De todos los aspectos de la vida, el amor era el último para Shirou.

El pasado había dejado una cicatriz aun más profunda que la que impregnaba la piel de su cuello. Después de su única compañera, ninguna mujer bestia le había atraído la atención lo suficiente, y además, estaba el hecho de que establecer un vínculo de ese tipo podría entorpecer su eficiencia como protector de los beastmen.

Y el instinto también clamaba su parte. Los lobos eran monógamos.

¿Eso significa que seguirás atado al fantasma de Makami?... ¿Qué hay de Michiru?

Shirou suspiró mientras la mirada seguía perdida en el texto del expediente, bajo la luz diáfana de la oficina y su mente y corazón librando una batalla interna.

0—

Las palabras seguían enredándose en su lengua. Nazuna escupía los últimos vocablos como si fueran un fastidioso trabalenguas.

Quien sea que se le hubiese ocurrido fraguar las sílabas tan complejas que comprendían el idioma anglosajón, merecería estar ardiendo ahora mismo en las llamas del infierno.

…o ella por aceptar la insistente sugerencia de Marie Itami.

Eeniiigüeereee… güere…wue… —Nazuna releía la hoja por enésima vez y, en el borde de su extinta paciencia, lanzó la libreta sobre el tocador, dejándose caer en el respaldo de la silla—¡Argh! ¡Esto es imposible! ¡Al demonio, seguiré con el resto del repertorio en japonés!

Una risa fuerte se sobreponía a sus lamentos. La chica kitsune echó una mirada furiosa a su amiga.

—¡Esto no es gracioso, Michiru!

Por toda respuesta, la aludida tanuki solo rio un poco más fuerte, pasándose una mano por el rostro, como si el simple movimiento ahogara la risa.

—P-perdona…¡Es que realmente haces caras graciosas! —aquejó Michiru mientras la amplia carcajada dejaba entrever sus pequeños colmillos.

Nazuna espetó un bufido molesto, tomando el suéter que tenía en el respaldo de la silla y arrojándoselo a Michiru. Ésta contenía la risa, impostando un poco de seriedad en su expresión.

—Ya… lo siento…—exhaló—…en serio…—Michiru dejó la prenda que Nazuna le había arrojado hacia un lado—…sólo que es raro escucharte tratando de hablar inglés…

—¿Raro? ¡Esto es una pesadilla! —en ofuscado aire de diva exagerada, Nazuna aprestó a pasarse ambas manos por las sienes—¡Ugh! ¡Me alegra tanto que la señorita Kohaku no pueda verme!

—Yo aun no sé cómo conseguiste pasar su materia…—arguyó a su vez Michiru, aun divertida—Si no fuera porque yo te pasaba las tareas. Aunque álgebra era peor que inglés…

—Ambas clases eran una tortura —Nazuna rodó la mirada. Inhaló y exhaló hondamente—…bueno, nadie dijo que un concierto importante fuera fácil.

Sacó su teléfono, volviendo a enderezarse sobre la silla y retrocediendo la pista demo desde el inicio. La música en instrumental resonaba en un volumen leve, mientras la fastidiada chica kitsune repasaba las notas nuevamente en la libreta.

—Nazuna… ¿lo extrañas? —la pregunta de Michiru irrumpió sutilmente la premura del ambiente.

Nazuna ladeó levemente una oreja y su mirada se fijó en su amiga, quien tumbada desgarbadamente en el pequeño sillón contemplaba el techo con meditabundo interés.

—¿El qué?

Michiru suspiró sin mirarle.

—La escuela, la ciudad…las vidas que teníamos antes. —respondió Michiru secamente. Cruzó ambos brazos detrás de la nuca—Después de todo, ni siquiera nos graduamos por todo esto que pasó…

Bajando el volumen y deteniendo la canción en el teléfono, Nazuna asintió en un sutil gesto con la cabeza.

—Si… algo… —sus palabras eran cortas pero con un poco más de emotividad, denotando una tenue nostalgia—Aunque no me quejo nada de esto. —se irguió un poco más sobre la silla, ladeando ésta y percibiendo la silenciosa expresión de Michiru. Algo que no era común—¿Ocurre algo?

Como si la pregunta fuera una corriente helada, Michiru se sobresaltó levemente.

—Ah.. no… es solo que…

Un estruendo abatió sus palabras. Algo afuera del improvisado camerino había hecho un crujido seco y alguien gritó alarmado.

—¡CUIDADOOO! ¡EL ANDAMIO!

En acto reflejo, casi como impulsada por un resorte, Michiru salió estrepitosamente hacia la explanada y abriéndose paso como podía entre el tumulto formado por los desconcertados beastmen. El escenario del concierto estaba casi montado en su totalidad salvo la mampara superior de los reflectores, la cual parecía desprenderse como si se tratara de una lívida cinta de papel. Una de las vigas se había desprendido también y oscilaba peligrosamente sobre el complejo sistema de bocinas…por no decir de la aterrada figura de uno de los técnicos de iluminación, sosteniéndose trabajosamente de un extremo.

—¡Michiru! —Nazuna gritó inútilmente mientras su amiga corría entre la multitud. Estuvo a punto de seguirle, hasta que una mano le tomó suavemente pero con fuerte pulso del brazo.

Alan le sostuvo, mientras Nazuna le contemplaba desconcertada.

—¡Suéltame!

La estoica expresión de Sylvasta no se inmutó, aunque el brillo de sus ojos denotaba una inusual preocupación, específicamente por Nazuna.

Ésta se quedó inmóvil, más por acto reflejo. Mientras Michiru, valiéndose de su forma y velocidad de leopardo corría saltando entre el andamio. Había alargado los brazos a punto de tomar al aterrado hombre-hámster quien en la ofuscada caía había apelado a su forma bestia. Habría sido un rescate perfecto sino fuera por una de las vigas. El pesado metal se balanceaba y terminó por caer por la inercia de su peso, justo en el momento en que la apresurada chica tanuki conseguía empujar al técnico.

Una sombra se había proyectado hacia ella en picada. Michiru sintió caer sobre una fuerte y varonil espalda a segundos antes de que la viga cayera con todo su peso sobre el escenario. Su brazo se aferró por impulso al cuello de aquella chaqueta. Su rostro emuló una sonrisa al verle.

—¡¿Pingua?!

—0—

Shirou miraba con preocupada y silenciosa contemplación el expediente. Alzó la vista hacia el detective Tachiki.

—¿Quiere decir que el viejo Dante se hizo esto…él mismo?

Una voz terció a sus espaldas. El forense encargado de la autopsia, un escuálido hombre-caimán asintió con voz entrecortada. Aun en su forma humana, el brillo ambarino acuoso de sus pupilas denotaba su naturaleza animal. Ese gesto incisivo y casi desafiante.

—No hay pruebas de algun ataque. —argumentó—no hay huellas ni ningún rastro genético de otro beastmen o humano.

—Y las grabaciones de las cámaras de seguridad cercanas no mostraron a nadie llegando a su apartamento. —completó el detective— El tipo llegó pasada las dos de la madrugada, tambaleándose de borracho y no salió. Nadie entró tampoco al apartamento.

Shirou dejó escapar un gruñido corto y frustrado.

—Había huellas de ataque. En las ventanas y en la puerta…y un denso charco de sangre en las escaleras—enunció.

Las casi inexistentes cejas del forense se arquearon en adusto interés incriminatorio.

—Pero usted dijo que no encontró ningún aroma extraño, Ogami-san. —sentenció—Aunque es curioso que la sangre haya culminado en un coágulo bastante extraño. Las pruebas que tomé siguen siendo de él pero pareciera que algo potenció el gen bestia…

Aquello enarcó un amargo recuerdo; el del hombre rata que había abatido la estación de policía hacía algunos días. La mirada de Ogami que se había mantenido en ese pétreo brillo apacible pero alerta, denotó un sutil resplandor indagador.

—¿Podria ser alguna variante del síndrome?

Tachiki revisó el expediente general, dejando sobre la mesa de su escritorio el acta de registro. Las nuevas actas expedidas después del incidente en la ciudad y el nuevo registro al cual deberían someterse todos los ciudadanos de Animacity ahora incluían un pequeño apartado reservado a la obligada vacuna contra el síndrome Nyrvasil. El acta del viejo estaba sellada con ese apartado y la debida confirmación de la vacuna.

—Estaba vacunado. —la voz del detective denotaba una escueta preocupación—Tal vez se trata de una secuela de la enfermedad.

—Mutación –corrigió el forense—No me gustaría pensar esto, pero algo podría haberse derivado de la vacuna. Algún efecto secundario a largo plazo. —su mirada intrínseca se posó en Shirou y luego en el detective— Como medida de precaución, deberíamos consultar con el centro médico. Sólo por si acaso.

—Hablaré con la alcaldesa. —Shirou tomó ambos expedientes, dispuesto a salir.

Su mirada se quedó fija en dos oficiales que salían con paso apurado, llevando el armamento correspondiente y chalecos antibalas. Tachiki les preguntó cual era la emergencia. Uno de ellos respondió en voz tensa:

—Un accidente en la explanada de la plaza central. Parece que la estructura que estaban acomodando para el concierto se vino abajo.

Tachiki se dirigió a Shirou, pero este apenas al escuchar al nervioso policía, ya había salido del edificio.

0—

El desastre había sido exagerado por los medios. Parte del andamio superior había caído pero no el resto del escenario se mantenía en pie. Y el único herido en el caso habían sido las horas de trabajo de los lastimeros técnicos de montaje invertidas durante toda la mañana. La severa directiva y expresión de Sylvasta estaba fija en uno de los supervisores.

Un fallo en el armado y soldado de las vigas, fue lo que pareció escuchar Michiru desde uno de los extremos. Uno de sus brazos punzaba por un leve dolor a causa del intempestivo movimiento de hacía minutos atrás. La mano de Pingua se detuvo sobre éste, en cálido consuelo.

—No esperaba que llegases –murmuró con una fingida alegría, para romper el incómodo silencio.

—Mi deber sigue siendo supervisar la ciudad de manera aérea —repuso Pingua, con un sutil atisbo de amabilidad.—Fue una suerte que sobrevolara cerca… ¿No debería estar Shirou aqui?

Michiru se sonrojó y apartó la mirada.

—En realidad, iba a estar ocupado con lo que ocurrió con el entrenador. Yo debería encargarme de estar aquí con Nazuna…

La sonrisa de Pingua se amplió, en un aire afable.

—Pues si fuiste de ayuda… de lo contrario si habría al menos un herido grave. —ahora ambas manos estaban sobre el brazo de Michiru—¿Aun te duele?

—So…solo un poco. Creo que lo estiré de más. —Michiru se mordió el labio, azorada por la situación. Sentía el cálido aliento de Pingua sobre su mejilla.—Menos mal que Shirou no esta, o ya me habría dado un sermón por mi imprudencia.

—No es imprudencia cumplir con el deber.

Michiru le miró, inquieta. La expresión de Pingua era tan cálida como de costumbre, pero su oscura mirada parecía arder de algo que no podía descifrar.

—¿Por qué Shirou?— preguntó de pronto, clavando esos ojos en ella.

Michiru le miró, sin comprender. Trató de zafarse, pero no pudo.

—¿Q…qué quieres decir?

Pingua tensó la mandíbula, como si contuviese las palabras.

—Elegir a alguien que vela por toda la ciudad aun antes que a ti. —la voz bajó levemente, en un rictus de seriedad sumergida aun en el tibio tono de sus palabras.—Shirou-san tiene sus motivos y eso lo entiendo, yo mismo no podría con una responsabilidad asi y al mismo tiempo dedicarle atención a alguien. Pero…

La frase temblaba entre la indecisón y la duda. Una ida que había emergido en la mente y corazón del beastman albatros desde que había regresado a la ciudad. No, mucho antes. La sola cuestión que negaba a apartarse de su mente, como una pertinaz brisa que se niega a desaparecer. Y él lo sabía, aun bajo los toscos gestos de Shirou cuando estaba demasiado cerca de Michiru. Inclusive si el propio instinto animal le prevenía de lo peligroso que es entrar en territorio ajeno.

Pero en el corazón no se manda. Ni siquiera para un ave migrante que no tiene interés en un lugar fijo.

—…pero a veces pienso en lo agradable que sería tener un lugar al cual siempre volver. —completó, con una voz casi tenue y desapercibida.—Y alguien que se preocupara por mi…

Michiru no respondió. Sus ojos estaban abiertos de par en par, mostrando su absoluta consternación. Su rostro parecía ruborizarse levemente por momentos. Pingua casi se arrepintió de la serenidad de su tono. En la lejanía, el viento hizo silbaba con la premisa de una lluvia venidera.

Pingua alzó una mano y acarició el suave rostro de Michiru. Esta aminoró la tensión de su cuerpo, sin apartarse. La intrínseca y muda respuesta dio pie a aquello que él había estado callando, librando en una interna batalla. Y aun tomándole suavemente el rostro con las manos, Michiru no opuso resistencia.

Sentía su cuerpo lejano, a miles de kilómetros del suyo. Dejó que la besara, quizá porque sabía que no había nada en el mundo que pudiera hacer que aquel vago sentimiento compitiera o rebasara lo que tan marcadamente sentía por Shirou y que Pingua, en comparación, solo delimitaba una vaga y casi superficial atracción. Tal vez la marcada y diametral diferencia de carácter a comparación de Ogami y nada más. Su boca era cálida pero tan diferente del ardor y el sabor de Shirou, que su cuerpo, lejos de sentir algún tipo de excitación, sólo sentía exigua empatía por Pingua. Y el fútil gesto sólo fue un obvio recordatorio de que el suave cuerpo de Michiru, su mente, su corazón, se habían entregado a otro. Por más que intentara retenerla en sus brazos, su alma estaba fuera de su alcance. Para siempre.

Y eso, estaba bien. Él sabía que nada más podría ofrecer. Un ave migrante nunca tendría un lugar fijo.

—No…—exhaló Michiru tímidamente, apartando sus labios de los de él. Sus manos se cerraron, temblorosas, en torno a sus hombros—perdóname Pingua… yo no…no debí…

Por toda respuesta, Pingua apartó lentamente sus manos.

—Lo se…esta estupidez fue mia y soy yo quien debe disculparse.—replicó en un cabizbajo intento de seriedad—Se lo que has elegido porqué. Y sé que no puedo ofrecerte algo mejor.

Michiru no respondió, con la mirada perdida en sus trémulas manos

Detrás de los destartalados andamios, una sombra enmudecida por el tenue barullo contemplaba con gélido y estoico recelo.

Shirou Ogami apretó ambos puños, furioso y sintiendo como aun bajo la gruesa tela imitación cuero de los guantes, las garras emergían clavándosele en las palmas. Un gruñido atávico escapaba de sus labios, antes de marcharse a la cooperativa.


CONTINUARÁ


Notas de la Autora:

Y bueno... antes que nada una enorme disculpa por la ausencia...nadaba entre comisiones y pedidos de dibujo jejeje, pero ya retomé el ritmo asi que esto continua y...¡de que manera!
...espero no me odien por esta situación, pero como dicen por ahi; "hay que aderezar el drama" ¬w¬

ahora si de vuelta a horario regular, solo por esta ocasión les dejo el capitulo en lunes para empezar la semana con un buen melodrama =w=

Sin mas por ahora... ¡Higurashi´s Out!