Altaïr miró alrededor de la fortaleza de Alamut. Sabía que había nacido en ese lugar, pero no había vuelto. Los alamutinos les recibieron con honores.
-Mentor, hakim, bienvenidos a Alamut.
Abdul, el líder de la guarnición Hashashin en Alamut, fue quien les recibió. Había envejecido desde que recibió a Umar y sus compañeros la última vez que las puertas del Paraíso se abrieron.
-Vengo a mostrarle su origen al Mentor, Abdul.
-Por supuesto, hakim.
Les llevó a la misma habitación larga en la que se habían quedado Umar, Karim y Zayed. Se detuvieron lo suficiente para dejar las bolsas. Tazim le guió por los pasillos hacia una puerta oculta entre dos estatuas. Salieron a un balcón en la parte trasera de la fortaleza. A sus pies, en un rincón del valle entre dos ríos, había un hermoso jardín con infinidad de árboles y plantas y algunos pabellones de brillantes colores.
-¿Eso es...?
-El Paraíso terrenal de Hassan-i Sabbah. Lo creó para permitir a los Hashashins que creyeran en una auténtica vida tras la muerte y no sintieran miedo de dar sus vidas en las misiones. Las Llaves no es más que una pastilla de hachís con una fórmula específica.
-¿Y las huríes?
Tazim le indicó que le siguiera por unas escaleras escondidas que llevaban a un embarcadero. Cruzaron el río y Tazim le llevó a una zona cubiertas de plantas de colores vibrantes entre las lápidas.
-Hassan las compró como esclavas y las entrenó para que fingieran ser huríes-señaló una de las tumbas-. Esa es la de tu madre.
Altaïr se dejó caer frente a ella. Acarició el nombre labrado en la piedra. Maud. El mismo de su espada. Notó una lápida más pequeña junto a esta. Umar.
-¿Mi padre está aquí?
-En espíritu. Su cuerpo sigue enterrado en Masyaf, pero traje aquí la pulsera que llevaba siempre. Se la entregó tu madre para que no la olvidara.
-¿Y tú...?
-Yo ayudé a tu madre a darte a luz. Por desgracia no pude evitar su muerte.
-Gracias por traerme aquí-miró las demás tumbas-. ¿Son todas las huríes?
-Cuando naciste les di la libertad. No quedan mujeres en este jardín. Estaré por los pabellones cuando termines de explorar todo esto.
-Ciertamente lo haré.
Pero primero se quedó frente a la tumba de su madre, pensando en todo lo que esa mujer le había entregado. Para empezar la vida. Y con eso había podido ver la sonrisa de su padre, oír las historias de su tío, sentir el viento desde lo más alto de la fortaleza. Su madre le había permitido conocer a Malik y a todos los demás Hashashins.
Le debía mucho a una mujer que nunca había conocido.
Luego se paseó por los jardines, distinguiendo algunas plantas por haberlas visto en el pequeño huerto de Tazim en Masyaf y descubriendo pabellones que se componían solo de un tejado sobre pilares entre los que había altas celosías de madera con hermosos diseños. En el interior de uno de ellos había una pequeña piscina que se llenaba con una fuente de Venus semidesnuda sujetando un jarro.
-Veo que has encontrado el Pabellón de Venus.
No se sorprendió al escuchar la voz de Tazim.
-¿Tiene algún significado?
-Este sitio es donde... esto... te concibieron.
Altaïr se sonrojó pensando en ese momento.
-No necesitaba saber eso.
-Lo has preguntado.
Tazim se alejó con una risa suave. Altaïr miró los cojines bordados, las alfombras espesas y los tapices que matizaban la luz. Era un lugar tranquilo.
Casi sin pensarlo sacó el Fruto. Lo había llevado consigo a todos lados por miedo a que Abbas se lo quitara otra vez. El objeto brilló y le mostró una imagen que nunca imaginó. Su padre, mucho más joven de lo que recordaba, estaba recostado en un montón de cojines. A su lado, acurrucada contra él, había una hermosa mujer de pelo castaño y ojos claros. Supo que esa mujer era su madre. Parecían felices y enamorados.
Cuando la imagen se desvaneció miró al Fruto.
-Gracias.
No sabía si eso era una imagen de sus padres en el Paraíso o un recuerdo de lo que pasó la noche que fue concebido, pero estaba agradecido de haberla visto.
