Capítulo 12 Sasusaku / Narutema
El relinchar de varios caballos hizo que las tres mujeres detuviesen sus monturas. Rápidamente, Sakura se bajó de Unne y las otras dos la siguieron.
Agazapadas en el suelo, observaron a tres tipos reír tras una arboleda. Parecían pasarlo bien, cuando el sonido seco de un látigo sonó y se oyó la voz de uno, que gritaba:
—Maldito caballo. ¡Me ha mordido!
—¡Hidan! Ese caballo te da tu merecido —voceó otro riendo.
—Ay, Dios mío... Ay, Dios mío —farfulló Iramet.
De inmediato, todas supieron quién era el tal Hidan, y Sakura afirmó con una sonrisa:
—La siguiente que le va a morder voy a ser yo.
—¡Sakura! —protestó Shizune.
La muchacha rio. Ni en el mejor de sus sueños habría imaginado volver a encontrarse con aquel gusano.
—Espera que tenga yo el látigo —murmuró.
—¡Estás loca! —protestó Iramet sujetándola de la manga.
Con brío, aquélla se soltó y cuchicheó mirándola:
—Mi padre me enseñó que quien la hace la paga. Y ese desgraciado va a pagar los latigazos que nos ha propinado por gusto.
—Ay, hija mía, ¡vámonos! —insistió Shizune asustada.
—No, Shizune..., no pienso marcharme sin darle a ése su merecido.
—¿Qué merecido? —susurró Iramet.
Sakura lo miró. Aquel tipo repulsivo no era una buena persona. La asqueaba. Y, con un brillo sanguinario en los ojos, murmuró:
—Quién sabe si la muerte.
Iramet abrió los ojos de par en par, e, incapaz de callar, le soltó:
—Pero, por el amor de Dios, Demelza, ¿es que tú no sabes dialogar?
La pelirosa sonrió con acritud.
—Quien la hace la paga —repitió.
Shizune maldijo. Si había algo que el padre de la muchacha le había enseñado desde pequeña era el significado de la palabra venganza.
—¿Y si nos apresan otra vez? —gruñó Iramet.
Sakura se retiró el pelo del rostro con seguridad. Aquellos burros no tenían la suficiente inteligencia para capturarla de nuevo.
—Tranquila. No lo harán.
—Pero Sakuraaaaaaaaaaaaaa...
Las protestas de Iramet comenzaron y la vikinga, cansada de oírla, le puso la mano en la boca para callarla y musitó:
—Mira. Si quieres irte, no te voy a detener, pero a mí déjame decidir cómo actuar, ¿entendido?
Iramet asintió. Y, cuando los ojos se le llenaron de lágrimas, Sakura murmuró dulcificando el tono:
—Ah, no..., no es momento de llorar...
—Pe... pero...
—¡Que no llores! —insistió ella.
En ese instante, la joven de pelo claro sonrió.
—Te lo has creídoooooooo... ¿A que soy buena?
Boquiabierta, Sakura le dio un empujón. Menuda comedianta estaba hecha. Y, sonriendo, repuso:
—Por todos los dioses que sí lo eres.
Estaba diciendo eso cuando se fijó en el caballo al que aquel maleante intentaba fustigar y, al reconocerlo, murmuró pensando en el hombre de los ojos negros:
—No me lo puedo creer. Otra vez...
Pero, consciente de que ahora era a ella a quien le tocaba ayudar, indicó:
—Esperad aquí. Enseguida regreso.
Y, sin escuchar los quejidos de Shizune y las protestas de Iramet, se arrastró por el fangoso suelo mientras la rubia susurraba:
—Por el amor de Dios..., se está ensuciando otra vez de barro.
—Créeme... —musitó Shizune—, eso es lo que menos le importa.
Sakura, con su objetivo ya fijo en mente, se acercó al campamento en silencio. Aquellos tipos ni se percataron de su presencia.
Una vez comprobó por sí misma la situación, que seguían siendo sólo tres y que, bajo la tela de una tienda, parecían tener a alguien cautivo, regresó junto a las otras dos y, mirando a las mujeres, cuchicheó limpiándose el barro del rostro:
—Sólo son tres.
—Mira cómo te has puesto —se quejó Iramet contemplándola horrorizada.
Sin querer escucharla, Sakura insistió:
—Necesitaría vuestra ayuda.
—¡No pienso arrastrarme por el fango! —indicó Iramet. Y, al ver el gesto con que aquélla la miraba, añadió—: Vale..., lo haré. Pero has de saber que tengo miedo.
—No has de tenerlo.
—Pero... pero es que lo tengo.
—¿No querías aprender a ser valiente? —gruñó Sakura.
Iramet asintió y, haciendo sonreír a Shizune, repuso:
—Pero... pero ¿tiene que ser ahora mismo?
Sakura tomó aire. Aquella muchacha era lo que ella nunca habría querido ser.
—Tranquila —insistió—. Todo saldrá bien.
—¡Pero ¿y si no sale bien?! —cuchicheó Iramet.
Sakura meneó la cabeza, momento en el que Shizune gruñó:
—Ay, hija..., lo que te gusta un problema.
La pelirosa se desesperó al oírlas. No había sido ella quien había buscado el problema, sino que éste se había presentado ante ellas. Y, dándose media vuelta, afirmó sin percatarse de que un hombre que casualmente pasaba por allí salía huyendo despavorido:
—De acuerdo. Lo haré sola.
Shizune y Iramet se miraron. Estaba claro que no iban a permitir aquello, y finalmente, entre las tres trazaron un plan.
Minutos después, Iramet, semioculta por la oscuridad, se dejó ver por uno de aquéllos y, tras hacerle una seña con el dedo de lo más insinuante, el tipo no lo pensó y fue tras ella sin avisar a sus compinches.
¡Una mujer cariñosa!
Una vez él rodeó el árbol, Sakura, que lo esperaba, lo golpeó con un tronco. De inmediato, él se desplomó.
—¡Uno menos! —afirmó ella con frialdad.
—¡Bendito sea! —exclamó Shizune angustiada.
—¿Está muerto? —preguntó Iramet horrorizada.
Sakura lo miró. El golpe en la cabeza había sido contundente. Pero, poniendo su mano bajo la nariz del tipo, respondió al notar su respiración:
—No.
A continuación, tiró unas piedras cerca de donde estaban el del látigo y el otro tipo. El ruido llamó su atención, y entonces Iramet lanzó un par de flechas con su arco. Una fue directa al estómago del que había intentado propasarse con ella, y la otra fue a parar al brazo derecho del del látigo.
Sakura, al ver su pálido gesto, preguntó:
—¿Qué te ocurre?
—Ay, Dios... ¿Y si lo he matado? —balbuceó Iramet viendo agonizar al tipo con la flecha en el estómago.
La joven vikinga buscó las palabras acordes con el momento, cuando aquélla, sorprendiéndola, cambió su gesto y tono de voz y dijo:
—Como tú dices, quien la hace la paga.
Sakura asintió al oírla y, sonriendo, afirmó:
—Tu sangre vikinga se revela, querida Temari.
Iramet sonrió. Su abuela habría estado orgullosa de ella.
Los gritos de dolor del herido en el estómago eran colosales, y el otro soltó el látigo. Sin dudarlo, y espada en mano, Sakura se acercó hasta aquél y, recogiendo el arma del suelo con rapidez, lo miró y, tras propinarle un buen latigazo que le cruzó las piernas, siseó furiosa al verlo caer:
—¿Quién tiene ahora el poder, pedazo de gusano?
El hombre parpadeó al verla. Aquella de rostro limpio por la lluvia y pelo empapado era la joven esclava a la que había azotado por puro gozo, y, con mal gesto, murmuró sacándose una daga del cinturón:
—Tienes la lengua muy larga.
—Me agrada saberlo —lo retó ella.
Dolorido pero con fuerza, el tipo empuñó la daga y siseó:
—Debería haberte matado mientras te tenía en mi poder.
En ese instante, Sakura oyó unas voces de hombres que provenían de debajo de la tienda que había cerca de ellos y las identificó de inmediato. Allí estaban sus salvadores. Y, sonriendo, miró al tipo e insistió:
—Vamos. ¡Mátame!
Ofuscado y dolorido, aquél se lanzó al ataque, momento en el que Shizune gritó:
—¡Cuidado, mi niña!
La aludida, a pesar de la debilidad que sentía por todo lo que llevaba a sus espaldas, se movió con agilidad. Quería luchar. Necesitaba luchar.
Como una auténtica vikinga, Sakura guerreó con aquél cuerpo a cuerpo. Nunca la habían asustado esa clase de combates, y ahora, tras todo lo vivido, y con la rabia que llevaba en su interior, menos aún.
Con maestría, se enfrentó al individuo y, cuando éste le abrió una fea herida en el brazo, ni se inmutó. El dolor no existía. Sólo la venganza. Y, con más furia, se centró en su atacante, cuando de pronto él cayó de bruces contra el suelo y Sakura se percató de que tenía clavada una flecha en la espalda.
Ver aquello la enrabietó. Quería luchar. Quería matar. Y, mirando a Iramet, a la que seguía Shizune, protestó:
—¿Por qué te has entrometido?
Shizune, preocupada, miró el brazo de su niña. Sangraba y el corte era feo, muy feo.
—¡Oh, Dios! Te ha herido, ¡sangras! —exclamó Iramet asustada.
—¡Esto no es nada!
Shizune, que no opinaba lo mismo, matizó mirando la herida:
—Esto es mucho, y lo sabes.
Sakura se miró el brazo. La herida era fea y se había abierto más de lo normal por el movimiento, pero, sin querer pensar en ello, indicó:
—Sanará solo.
—No, hija. Únicamente con cuidados lo hará.
La joven resopló. Ella y las agujas no eran muy amigas. Pero, sin querer darle más protagonismo a su herida, gruñó mirando a Iramet:
—Podía con él.
La rubia, al mirar al hombre que yacía en el suelo, se llevó la mano a la boca y murmuró:
—¿Está... está...?
Con rabia, Sakura la miró y afirmó con seguridad:
—Sí. Está muerto.
Iramet se llevó las manos a la cara horrorizada. Ella había matado a alguien. ¡Ella!
Y la pelirosa, al entender su gesto y recordar la primera vez que ella lo había hecho en defensa propia, le cogió las manos, se las retiró del rostro y declaró:
—Escucha. Era morir él o morir yo. Recuérdalo. Y tú decidiste salvarme a mí. No le des más vueltas. Era una mala persona, un carroñero que jugaba con la vida de los demás, él se lo buscó.
—Pero... pero yo he...
—Prometí enseñarte a ser valiente y a vivir el presente. Y a lo que acabas de hacer se le llama supervivencia, Iramet. —La joven la miró y ella añadió —: Y ésa es la primera regla que tus padres deberían haberte enseñado para aprender a sobrevivir.
Iramet asintió dejando de temblar. Estaba claro que sus padres no le habían enseñado nada de la vida. Y, entendiendo a la perfección las breves palabras que aquélla había utilizado, afirmó con convencimiento y seguridad:
—Tienes razón. Era él o tú. Y, sin dudarlo, mi elección eras tú.
—Gracias.
Iramet y Sakura se miraron y sonrieron. Eran dos jóvenes de la misma edad, pero diferentes en muchos aspectos.
Entonces, de pronto, se oyeron unas voces que provenían de debajo de una tienda de campaña derrumbada. Eran voces de hombres.
Shizune y Iramet se miraron asustadas, pero Sakura cuchicheó bajando la voz:
—¿Recordáis a los highlanders engreídos que nos dejaron en libertad y nos encontramos continuamente? —Ambas asintieron, y ella señaló—: Pues, a juzgar por los caballos que veo ahí, creo que son ellos.
A Iramet le gustó saber eso y le hizo olvidar lo ocurrido. Su viaje a Stirling había dado sus resultados, y rápidamente, secándose el rostro con la mano, preguntó mirando a Shizune mientras se atusaba el cabello:
—¿Estoy bien?
La mujer parpadeó. Ella sólo tenía ojos para la herida del brazo de Sakura. Así pues, Iramet, mirando a la joven, esperó una contestación, cuando ésta respondió con sinceridad:
—Pues no. Estás hecha un desastre.
La rubia suspiró y, cuando se disponía a responder, las voces de aquéllos llamaron de nuevo su atención.
Las jóvenes se miraron divertidas. Ser ellas quienes liberaran a aquellos guerreros grandes y fuertes podía ser algo triunfal, cuando Shizune, al ver cómo sonreían, advirtió:
—Sed comedidas con esos hombres. Estoy segura de que no les gustará nada verse en la situación en que están.
Ellas rieron de nuevo y, encaminándose hacia la tienda derrumbada, rasgaron la tela con la daga. Cuando los rostros acalorados de aquellos dos quedaron al descubierto, los miraron y Sakura preguntó con sorna dirigiéndose a Sasuke:
—¿Necesitáis ayuda o protección..., señor?
