¡Buenas a todos! ¿Qué tal va? Hoy he logrado sacar un hueco y me he centrado en algunas ideas que tenía pendientes en una hoja, por lo que aquí me tenéis para compartiros una.

Dijes se sitúa en el capítulo 49 de Code Frontier (si aún no lo habéis leído, es preferible que lo hagáis), aunque históricamente hablando, es en un tiempo no demasiado pasado.

CONTEXTO

En Japón, un pequeño Takuya de 5 añitos se esfuerza por "devolverle el favor" a su vecinita Leire antes que la familia Sunshine se tenga que mudar.


La pequeña niña se fue a la carrera, dejando al chiquillo allí plantado, con un colgante en una mano y una pregunta en la punta de la lengua. Por detrás, su madre acabó acercándose a él y tirando de su mano libre para regresar a casa. Aún demasiado sorprendido, el niño decidió formularle la pregunta a su madre. La mujer lo miró sorprendida antes de sonreír cálidamente y ofrecerle una opción que le hizo saltar feliz. Lo sabía: su mamá era la mejor.

Aprovechando que pasaban por delante de una tienda abierta las 24 horas, madre e hijo entraron y compraron lo necesario para que el pequeño pudiese ponerse cuanto antes en la labor. Aunque quiso empezar nada más llegar a casa, la mujer consiguió que esperase hasta después de la cena. El nerviosismo crecía por segundos en el menor, que miraba el reloj una y otra vez, así como a su madre.

Cerca de una hora y media más tarde, con la mesa quitada, la mujer puso un par de enormes hojas de periódico en la mesa y le ofreció la arcilla a su hijo. Con una gran sonrisa, la tomó y observó como si fuese el mayor tesoro del universo.

—Mamá, ¿qué puedo hacerle?

—No sé, ¿qué le gusta?

—Muchas cosas —respondió con una mueca.

—Entonces... ¿qué te parece si haces algo con lo que pueda recordarte?

—¿Eso cómo se hace?

—Pues... Mira, puedes hacer algo que te guste mucho a ti y que le pueda gustar a ella, por ejemplo.

—¡UN DRAGÓN! —exclamó con gran brillo en los ojos.

—Adelante —animó entre risas mientras seguía fregando.

El niño abrió el paquete de arcilla y tomó una porción para empezar a moldearla. Sus manos ya se movían cuando un pensamiento cruzó su mente al instante. Él nunca había dibujado un dragón... Y los que le daban para pintar en el colegio eran muy feos. ¡No podía darle él algo así después que ella le entregara su amuleto!

Siguió moviendo la arcilla, impidiendo que pudiese secarse, mientras volvía a pensar en algo que pudiese funcionar como amuleto. Empezó a hacer bolitas, distraído, hasta acumular toda una serie de piedrecitas esparcidas por el diario.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó su madre, acercándose.

—No. Lo quiero hacer yo solito —respondió.

—¿Y todas estas bolitas para qué son?

—Es que no sé qué hacer.

—¿No ibas a hacer un dragón?

—No sé hacerlo —respondió —. Sería un amuleto muy feo.

—Vale... Pues avísame si necesitas cualquier cosa —dijo alejándose.

Juntando las bolitas de nuevo, el pequeño volvió a darle rienda suelta a su imaginación. Estaba a punto de chillar frustrado e incluso a romper a llorar por ser incapaz de hacer algo bonito para aquella niña, cuando la idea perfecta pasó rápida en su mente. Casi hipnotizado, empezó a cambiar el movimiento de sus manos para empezar a dar forma a su idea. En el otro extremo del salón, su madre sonrió al verle tan concentrado.

—¡Ya está! —exclamó tras una larguísima media hora.

—A ver, a ver... ¡Oh, qué bonito! —atinó a decir la mujer. No esperaba nada demasiado sofisticado de su hijo de cinco años.

—¿De verdad? —preguntó sonriente.

—Muchísimo. Venga, que te ayudo a prepararlo para que se pueda pasar por una cadena —dijo sentándose junto a él.

—¡Ahí no! ¡Eso es la mano! —señaló agitado.

—Oh, perdón, ¿mejor por aquí? —preguntó señalando otro punto.

—Sí, ahí sí —asintió.

—Vale... Pues vamos a prepararlo, lo dejamos para que se seque y mañana se lo podrás dar.

—¿De verdad?

—Sí. Estará perfecto, ya lo verás.

—¡Yupi!

Sin dejar de reír, la mujer se encargó de anclar el eslabón que se colaría en cualquier cuerda con mucho cuidado. No quería destrozar la pieza que había hecho su hijo, aunque no estaba del todo segura de qué pretendía hacer exactamente. Lo único que tenía claro es que por donde lo había cogido la primera vez había sido por la mano.

Al día siguiente, al pequeño le faltó tiempo para coger la cajita más bonita que pudo encontrar en su casa y corrió en busca del amuleto que había creado. Como su madre le había dicho, ya no estaba blandito, sino que era duro y resistente. Lo cogió entre las manos y lo miró una vez más antes de asentir, satisfecho por su obra. Estaba a punto de guardarlo cuando se dio cuenta de un detallito. A la carrera, buscó por todas partes alguna aguja o algo fino para poder tallar lo que se había olvidado hacer.

—Por qué poco —suspiró guardándolo, al fin, en la cajita —. ¡Mamá, salgo un momento!

—¿Tan temprano? —preguntó la mujer.

Pero el niño ya se estaba poniendo los zapatos en la entrada. Abrió la puerta y salió a la carrera hacia una puerta cercana a la que llamó con fuerza.

—Oh, buenos días, Takuya —saludó un hombre, abriéndole del todo la puerta —. ¿Has venido a jugar con Leire?

—Quiero darle algo —dijo —. ¿Puedo pasar?

—Adelante, pasa —asintió.

—Con permiso...

Soltándose las zapatillas, entró al domicilio y corrió hacia el dormitorio de la niña. Con lo que no contó, aunque lo sabía perfectamente, era con que no estaría sola.

—Buenos días, Takuya —saludó otra niña.

—Hola, Neila —dijo —. Te he traído una cosa, Leire.

—¿A mí? —se señaló la chiquilla.

Takuya extendió la cajita ante ella. Con cuidado, Leire la cogió y la abrió. Neila se asomó por encima del hombro y empezó a reír.

—¿Es una galleta de Navidad en miniatura? —preguntó.

—¡Es un ángel! —respondió con las mejillas algo rojas.

—¡Eso no es un ángel! ¡Eso es una galleta!

—¡Que no! Es un ángel, con muchas alas.

—¡Los ángeles tienen sólo dos alas! —rió la niña.

—¡Éste no! —insistió el niño.

—¿Lo has hecho tú? —preguntó Leire.

—Sí —asintió tímidamente, aunque una parte de él seguía rabioso con la otra niña.

—¿Por qué?

—Bueno... Me has dado tu amuleto... Y necesitas un amuleto —empezó a decir.

—Es bonito —le dijo mientras se lo ponía.

—Es una galleta —insistió Neila, saliendo del dormitorio —. ¡Mamá! ¡Takuya le ha regalado a Leire un collar con forma de galleta!

—¡Por eso tú no tienes regalos! —le gritó Takuya.

—¿Quieres quedarte a desayunar? —preguntó Leire —. Es que se me olvidó decirte la fórmula mágica.

—¿Fórmula mágica? —preguntó sin entender Takuya.

—Sí, para que la salamandra de la guarda sepa que te tiene que proteger —explicó.

—Le tendría que preguntar a mi madre...

Para sorpresa de los niños (vecinos), la mujer se había acercado a la puerta del otro domicilio y hablaba con los dos adultos. A ninguno de los tres les pareció mal que el pequeño Takuya se quedara a desayunar con ellos, puesto que en pocos días, la familia Sunshine se mudaría lejos de Japón por motivos de trabajo del padre de las niñas.