MEDIEVAL LOVERS.

ADVERTENCIA: Esta historia contendrá contenido explicito, no solo a nivel erótico, también violento y un desenlace más inmoral al que la escritora tiene como margen escribir. Se recomienda no leerlo si son menores de 16, o tienden a tener sensibilidad hacia temas como el adulterio, femdom y sangre.

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El atardecer empezaba a asomarse en la ajetreada ciudad de Otome, ubicada al noreste del país Gameral, que formaba parte de la dinastía y territorio de la época fictional.

Un mundo de fantasía y ensueño, al estar poblado por magos, elfos, hadas, centauros, sirenas, semi humanos y humanos, pero también de horror y peligro al ser también hogar de los brujos, orcos, ciclopes, duendes, gigantes, elfos y humanos desertores, dragones, reptilianos y demonios.

La calle principal se encontraba repleta, debido al recibimiento del pueblo, hacia sus nobles soldados que volvían triunfantes de su última cruzada, que se llevó a cabo en la frontera cercana, contra el ejército del imperio oscuro que intentó invadir parte de su territorio para atemorizar a sus campesinos y robar sus minerales.

Mujeres con panderos y hombres con arpas y laudes bailaban alrededor de los batallones a modo de darles la bienvenida, mientras otros lanzaban flores y guirnaldas de victoria, desde las ventanas de los edificios.

Pero los caballeros y sus soldados mantenían la postura seria, ya que, si bien se sentían agradecidos por el recibimiento del pueblo, no podían poner cara de celebración teniendo fresca en su memoria el recuerdo de sus hermanos caídos en batalla y los heridos que traían consigo en carretas.

Solo el comandante principal alzaba su mano a modo de saludo sonriente, portando su traje de oro inmaculado, al igual que sus sub oficiales plateados.

Luego de una larga caminata el ejercito llegó al centro de la ciudad, donde debían presentarse con el rey, quien luego de felicitarlos por el éxito en su brigada de ataque, por fin podrían dispersarse e irse a descansar con sus familias.

― Capitán, he terminado con mi tarea de informar a las familias de nuestros caídos en acción ―expresó con voz seria, el caballero mientras le hacía reverencia a su superior, quien se encontraba sentado en la mesa del rey, comiendo e informando los pormenores de la acción en el campo―. Me encuentro a su disposición pare recibir más órdenes.

― ¿Acabaste tan pronto? Bueno, no debería asombrarme, siempre eres tan eficiente ―le respondió complacido el superior―. Ya es bastante tarde, puedes irte… vete a descansar, te lo has ganado.

― Como usted ordene capitán.

Tras su reverencia de despedida para ambos altos mandos, el oficial se retiró del lugar.

Caminó a paso tranquilo hasta salir del palacio del imperio.

Las calles estaban aun llenas de transeúntes celebrando la fiesta de victoria.

― ¡Mi comandante! ¿Ha venido a unírsenos a la celebración? ―un soldado raso, ya ebrio hasta la medula, acompañado de muchos otros de su clase, se le atravesó al reconocer su presencia austera entre tanto bullicio.

― He tenido suficiente celebración por hoy ―se limitó a responder, sin detener su paso―. Disfrutad un poco más y luego iros a descansar a vuestras moradas.

Los subordinados asintieron alegres, a pesar del rechazo.

Y es que ya eran conscientes del carácter de su superior.

La larga caminata empezaba a rendir sus frutos y el bullicio menguaba con cada paso. Las calles concurridas no estaban más, solo la tranquilidad de la noche, y uno que otro transeúnte nocturno se cruzaba en su camino.

Ahora solo eran los ruidos de su armadura de metal chocando con el suelo empedrado, su latente compañero.

Su hogar se encontraba a las afueras de la ciudad, así que le quedaba un largo trayecto.

El cansancio empezó a ser notorio en su cuerpo.

Se detuvo por unos segundos frente a la entrada del bar que solía frecuentar en su tiempo libre, al cruzársele la idea de que un tarro de cerveza de centeno sería buena bebida para recargar fuerzas… y si tenía suerte, tener un encuentro carnal con alguien a modo de liberar todo el cansancio mental que le había dejado la batalla.

Estaba a punto de abrir una de las dos puertas de la cantina, cuando alguien se le adelantó desde adentro, chocando consigo en el proceso.

― ¡Está huyendo! ¡Atrapadlo!

Las voces violentas y agresivas retumbaron desde dentro.

El ser que había chocado consigo, se encontraba sentado en el suelo luego del impacto, al ser mucho menor en tamaño.

Entre medio de las hendiduras del casco de metal que ocultaban su rostro, pudo ver claramente como aquel ser se le quedaba viendo, con un rostro mezcla de miedo y desesperación.

Se levantó de golpe, para aferrarse a su traje de metal mientras mantenía su mirada fija.

― ¡Por favor, emisario de la justicia, ayudadme!

Pensamientos de pesar se cruzaron por su cabeza. Si hubiese pasado de largo, no hubiera tenido que meterse, en lo que presentía que le daría más trabajo.

Entonces dos duendes y un orco salieron de la taberna, totalmente enfurecidos.

― Entréganos a esa esclava, soldaducho ―soltó con prepotencia el Orco, aprovechando su tamaño intimidante―. Cumple con tu deber de mantener el or-

Sus palabras se cortaron al sentir un ligero corte en su cara verde.

― Qué demonios ―uno de los duendes retrocedió al notar la espada desenvainada de aquel soldado de traje metálico plateado.

― Cuiden sus palabras, forasteros indeseables ―soltó el comandante, apuntando su espada hacia ellos―. Les recuerdo que no están es su mugre territorio y en estas tierras deben respetar a sus seres.

El orco y los duendes reprimieron su odio al notar que se habían enfrentado a algo más superior que un simple soldado.

― Discúlpenos, su señoría ―empezó a hablar el orco, esta vez con cuidado―. Pero la esclava que mantiene en su poder, es de nuestra propiedad, la compramos legalmente, en el país vecino ―terminó diciendo este mientras uno de los duendes le extendía el papel de compra.

El comandante lo tomó, para leerlo con detenimiento.

Detestaba a estos seres del inframundo, pero las leyes permitían que algunos de estos, con profesión de comerciantes y diplomados convivieran entre ellos, ya que beneficiaba a ambas partes económicamente.

Estos seres asquerosos venían y compraban hembras de cualquier especie blanca que nacía en circunstancia de esclavo, para usarlas como incubadoras y procrear más de sus especies oscuras, ya que su método natural de bipartición celular solo se daba una vez en la vida y no querían poner a sus especies en extinción.

Un destino cruel y peor que la muerte para cualquier mujer de especie blanca, pero que era aprobado por todas las monarquías.

Le devolvió el pergamino al notar que era autentico y nada podía hacer.

Pero el ser que se mantenía aferrado a su armadura, se abrazó con más intensidad a esta, objetando que esto no era correcto y que no era una esclava.

― Lo siento, pero legalmente son tus dueños y debes ir con ellos ―dijo mientras envainaba su espada en la espalda y lo tomaba de las muñecas que rodeaban su armadura―, nada puedo hacer para…

Se detuvo en su hablar al notar algo peculiar al tocar sus manos.

― Usted mismo lo ha confirmado, entréguenos a nuestra esclava ―dijo el orco impaciente, al notar que el comandante se detenía de su acción para observar a su propiedad con detenimiento, mientras algunos ebrios de la taberna salían a curiosear el alboroto que se había creado en la entrada―, si no lo hace, nos quejaremos con…

― Ciertamente, la venta de esclavas no es un crimen ―le interrumpió el comandante, mientras separaba de si, a la esclava, como si tratase de mostrársela a todos―, pero para desgracia suya, la venta de esclavos es un crimen pagado con muerte.

Acto seguido le quitó la capa que cubría casi totalmente al esclavo, y le agarraba del cuello, para que mirase hacia arriba y mostrase notoriamente su manzana de adán.

― ¡No puede ser, es un hombre!

― ¡Ahg esos malditos comerciantes de esclavas nos estafaron!

― ¡Ustedes tienen la culpa por no escucharme, les dije que se veía demasiado plana para ser mujer!

Los seres verdes empezaron a regañarse entre ellos mientras los mirones se reían al saber que estos habían sido timados.

― No nos queda otra opción que venderlo…

― Nadie les compraría este esclavo al precio que lo hayan comprado, es bastante joven y flaco, a lo más les darán monedas de plata por él ―dijo uno de los ebrios, entre medio de la multitud.

― Yo te ofrezco una moneda de oro por él, necesito un esclavo nuevo en la mina.

― En la fundidora de metal cada día tenemos una baja, compré esclavos ayer, pero no me vendría mal uno más, te doy dos monedas de oro ―expresó otro mercader ebrio, aprovechando la oportunidad.

El ahora descubierto esclavo, trataba de defenderse diciendo que todo era un malentendido y no era un esclavo, pero todos lo ignoraban mientras lo subastaban sin pena.

Todos, menos el comandante que seguía manteniéndose en silencio, mientras lo observaba detenidamente.

Ese cabello rubio, contextura delgada, rasgos delicados, piel clara y libre de cualquier imperfección o cicatriz para un hombre común mayor de edad.

Solo podía haber una explicación para esto, y eso era…

― Doce monedas de oro, es mi última oferta ―expresó uno de los ebrios, sacando su pequeña bolsa de dinero, solo Dios sabe con qué intensiones.

El orco y sus acompañantes se miraron entre ellos, acordando que tal vez esta sería la mejor oferta que recibirían y debían aceptarla, cuando…

Veinte monedas de oro rebotaron en el suelo.

Habían caído de la mano del dueño de la armadura plateada.

― El esclavo es mío, fin del asunto ―se limitó a decir, para luego tomar el papel de propiedad que el duende le extendía mientras sus verdes compañeros recogían las monedas del suelo―. Pasaré por esta vez su delito de haber comprado un esclavo hombre, pero si los vuelvo a encontrar, no tendré piedad.

Tomó de la mano a su reciente adquisición, para seguir su caminata.

El rubio se limitó en asentir temerosamente, para seguirlo en silencio, aunque en el fondo agradecido de que lo hubiese salvado de manos casi igual de maliciosas que los verdes.

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Su hogar era una choza de varios ambientes, rodeado a los metros de una cerca de piedras bastante deterioradas.

Su vecino más cercano estaba a medio kilómetro, un granjero dueño de un par de cabras y verduras.

― No te quedes parado ahí, entra ―lo empujó de un palmazo al notar que el rubio se encontraba como gato asustado que no quería moverse.

Y es que su calma de este último, se convirtió en preocupación al notar que el extraño de armadura lo conducía lejos de la ciudad, casi en el bosque.

Cerró la puerta luego de eso y dejó al rubio por unos minutos, para luego arrastrarlo a un cuarto donde había una banca pequeña y una tina de madera.

― Desnúdate ―le ordenó para luego dejarlo solo en el lugar.

― ¿Qué?

El rubio trataba de asimilar lo que posiblemente podría ocurrirle.

Agarró el banquito, al ser lo único solido de ese lugar que podía levantar y usar como arma para golpear.

Morder ya no lo defendería de la persona con traje de metal, como lo hizo con los seres verdes.

― ¿Aun no te desvistes? ―expresó con molestia la persona de armadura, apareciendo de nuevo en escena con varias cosas en las manos.

― N-n… n… no… ¡No! ―respondió al final, con cierto coraje el rubio, mientras le amenazaba con el banquillo en manos―. Agradezco que me ha… hayas salvado de ese orco y su pandilla, pero ya he dicho que no soy un esclavo… no pienso dejarme tratar como un… Ah no te acerques, te lo advierto, no dudaré en golpearte ¡Ahhhhh!

El banquillo salió volando de un manotazo del desconocido con armadura.

― ¡No, por favor, no, detente! ―gritó el rubio asustado ya en el suelo, al ser reducido de forma tan fácil.

Pero a pesar de sus gritos, la persona de la armadura le arrancó toda su ropa a la fuerza, dejándolo completamente desnudo.

Ya resignado, el rubio se tapó la cara, entre pena y miedo, al notar que esta persona que estaba a punto de hacerle daño lo levantaba en sus brazos

¿Por qué había terminado así?

¿Que estaba pagando?

¿Por qué lo habían traicionado?

Reaccionó al sentir el golpe del agua.

― ¿Qué?

Lo había arrojado en la tina de madera que tenía agua, para volver a salir del lugar.

¿Por qué lo había dejado ahí dentro?

¿No iba a hacerle daño?

¿O tal vez quería lavarlo antes de tal vez comérselo, en un acto de canibalismo?

― No te quedes ahí tieso, lávate.

La persona de armadura volvió a aparecer en escena, esta vez apoyado en el mástil de la puerta.

― ¿Por qué debería hacerlo? ¿Me vas a comer después? ―preguntó aun desconfiado el rubio, mientras trataba de taparse con la espuma que el agua había producido al removerse.

― Te salvo de esos seres oscuros y me agradeces insultando mi hospitalidad… ―la persona de la armadura sonó molesta, caminando hacia su lado, acomodando el banquillo cerca, en el proceso, para terminar, sentándose en este―. Tu raza sin duda es muy ingrata…

El rubio pasó de portar una cara de desconfianza, a una de asombro.

Aquel caballero extraño de plateada armadura.

Se acababa de quitar el casco que llevaba puesto.

Cambiando no solo su voz a una más audible, sino también la forma en que lo percibía.

― Ah… que día de mierda he tenido sin duda ― soltó mientras dejaba el casco de lado, se soltaba su largo cabello castaño y empezaba a aflojarse el resto de la armadura de su cuerpo―. Tal vez debí dejarme matar en la guerra, así no tendría que aguantar este tipo de molestias…

― Tu… tu… digo… usted… es… ―el joven rubio estaba procesando los que sus ojos le mostraban―, es… una… mujer.

― Una mujer semi humana, para ser exacta, pero si ―le respondió esta, mientras tranquilamente se sacaba la pieza de armadura que cubría su torso y revelaba más su anatomía femenina―. Ahora deja de mirarme y báñate rápido, que también quiero usar la tina.

El rubio obedeció, por alguna razón, ahora más tranquilo.

Lo cierto es que un buen baño era lo que había deseado desde hace días. Se sentía tan sucio y lleno de polvo.

Esos malditos verdes lo habían hecho caminar desde el país vecino.

― ¿Y mi ropa?

― Prendí el fuego de la cocina con ella.

― ¿Qué hizo qué?

― Estaba impía, no pienso arriesgarme a introducir peste en mi morada.

― ¿Pe… pero… con que me vestiré?

La mujer le apuntó con la mirada, la ropa que le había dejado en la mesa de la habitación.

Le quedaba algo grande, pero era mejor eso a tener que andar desnudo.

Fue entonces que volteó hacia ella, que ahora se encontraba con expresión tranquila de nuevo, sumergida en la bañera.

Mentalmente, seguía sintiéndose apenado, al haber tratado a su salvadora de forma tan desconfiada, a pesar de que esta fue brusca con él.

― Mi nombre… es Yoosung Kim. ¿Cuál es su nombre?

― Los esclavos no tienen nombre, se llaman según los bauticen sus dueños, y hasta donde recuerdo, no te he puesto un nombre.

― ¡Que no soy un esclavo! ―soltó el rubio, enojándose al fin, aunque sin éxito a generar miedo.

― Jajaja eres un esclavo muy gracioso ―soltó la mujer al notar su reacción―. No eres desagradable, pero ahora quiero disfrutar de mi baño en paz, en la mesa de la cocina hay un cesto con comida. Aliméntate y vete a recostar.

Aun enojado, el rubio se dio la vuelta en silencio, murmurando por lo bajo algún insulto inaudible en un idioma extranjero.

― Afuera es peligroso en las noches, los lobos del bosque andan en manadas, lo digo por si se te ocurre huir, ya que no quiero estar escuchando tus gritos de auxilio ―agregó antes de que este saliese de la habitación.

― No pensaba huir.

― Si, claro. Como digas esclavo.

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No quería confiar ligeramente en aquella mujer que lo había comprado, pero su estómago estaba hambriento ahora que no se encontraba en modo de alerta con claras intensiones de huir rápido.

Bueno, quería huir, pero no en ese momento.

No había soportado todo lo pasado, para terminar, siendo comida de lobos silvestres.

Comió una enorme rebanada de pan y varias frutas.

Satisfecho, caminó de nuevo hacia la habitación de limpieza, donde espió recatadamente para saber que estaba haciendo su captora.

Esta seguía sumergida en el agua, con los ojos cerrados, como si durmiese.

Se alejó.

Si algo debía hacer, era estudiar el terreno, así le llegase la opción de huir luego.

Estaba la entrada que conectaba con su cocina y un espacio más pequeño donde guardaba leña y armas.

Luego estaba la habitación del aseo.

Y, por último, las habitaciones para dormir.

Eran dos, a pesar de que solo parecía que vivía sola en aquel lugar.

Ambas se encontraban algo polvorientas, pero una tenía la cama bien tendida y todo lo demás en su lugar, mientras que la otra se encontraba con la cama desnuda, sabanas y almohadas por el suelo y todo lo demás desordenado.

Supuso que si elegia la habitación limpia, esta se enojaría. Así que entró en la habitación desordenada ya que sería digna de un "esclavo". Limpió todo lo que pudo, para terminar, acostándose después.

Hacía semanas que no dormía en una cama tan decente. La suavidad de esta lo envolvió en un dulce sueño.

Pero su dormir solo duró poco más de una hora.

Lo despertó una extraña sensación en su cuerpo.

Debajo de su vientre ardía de una forma cálida y también…

Ah…

Soltó un gemido involuntario.

Trató de levantarse, pero unos brazos semi musculosos rodeaban su cintura, impidiéndoselo.

Se destapó para poder ver y comprender mejor lo que estaba sucediendo.

¿Quién lo estaba poniendo en una situación tan embarazosa?

― ¿Usted? Qué está hacien… ―su pregunta fue cortada al sentir como sus labios se aprisionaban con los de ella, mientras sus ojos se miraban fijamente. Los de ella con una lujuria contenida y los suyos impactados.

Trató de separarse, pero ella era mucho más fuerte y grande. Lo aprisionaba con un brazo, mientras que con el otro seguía estimulando su zona erógena, que ya había cedido al tacto y empezaba a erectarse.

― De deténgase… o… gri-gritaré ―trató de amenazarla.

― ¿En serio? ―le respondió mientras dejaba de morder su oreja―. Disfruto el ruido de mis amantes, así que me encantaría…

Gritó por unos segundos, para dejar de hacerlo al recordar que nadie los oiría viviendo tan lejos de todos.

― ¿Qué pasa? ¿No vas a seguir resistiéndote? Estaba empezando a disfrutarlo ―expresó esta mientras volvía a besarlo, esta vez metiendo su lengua hasta el fondo, para que volviese a reaccionar exaltado.

― Prometió… que no me… haría daño… ―soltó este ya con la respiración agitada, aguantándose las ganas de sollozar.

Su captora se detuvo, para sentarse encima suyo apenas lo puso de espaldas, con una mirada de intriga y asombro mezclados

― Nunca prometí que no te tocaría.

― Pero… usted me salvo de los ogros…

― Si, con dinero que gané con mucho esfuerzo y pensaba gastar para comprar la compañía de un hombre que me satisficiera y cerveza ―se explicó―. Gasté mi dinero en salvarte, así que debes retribuírmelo de alguna forma.

― No tengo dinero en este momento, pero si me devuelves a mi hogar te pagaré con creces ―ofreció el rubio a modo de negociación―. Mi familia es parte de la realeza de las hadas, deben estar buscándome y ofreciendo una recompensa por mí.

― Interesante, aunque poco creíble, pero yo estoy caliente ahora.

― Pero os repito que no tengo dinero.

― Lo sé. Y aunque no fueses un esclavo, solo hay otro tipo de pago aparte del dinero ―señaló esta mientras jugaba con su propio cabello para no aburrirse en su hablar―. Sé que debes entender a lo que me refiero, a pesar de que vengas del puro país de las hadas.

― Comprendo lo que quiere decir, pero… yo no puedo servirle para ese propósito…

― Eres un hombre apuesto, es el único requisito que exijo en mis amantes.

― Soy casto e inexperto.

― Todos lo fuimos alguna vez, no es problema para mí ―se acercó, demostrando cierta impaciencia en su rostro, para luego tomar una de sus manos que oprimían la sabana para cubrirse y besarla―. Mírame, soy un soldado de rango alto ¿crees que llegué a mi puesto por ceder ante otros? Si obtienes mi ayuda, debes darme algo a cambio, ahora.

― ¿No tengo otra opción?

― Depende, si quieres ir como esclavo a la mina o la fundidora, conozco el hogar de ambos dueños que estaban interesados en comprarte. Podemos ir en este momento. Yo recupero parte de mis monedas y tu mantienes tu castidad por un poco de tiempo más… lo justo ¿no crees?

― Soy un hada, sabe que no resistiría en esas condiciones de esclavitud.

― Entonces creo que solo tienes una opción.

― Pero… ―el rubio la miró con seriedad―. Si me entrego a usted una vez, ¿saldaré mi deuda y me ayudará a volver a casa?

― ¿Qué? ¡Por supuesto que no! Pagué veinte monedas de oro por ti a los orcos. Un buen sexo con el mejor dandi costoso del pueblo cuesta dos monedas de plata máximo. Diez de plata hacen una de oro. Aunque fueras un dandi, tendrías que ser mío mínimo cien veces para pagarme esa cantidad. Lo de ayudarte, te costaría como otras cien veces, ya que veinte monedas de oro es lo que cuesta contratar un oficial de mi rango a una misión privada.

― ¡¿Cien veces solo para pagarle mi libertad?! ¿No cuenta en algo que sea casto?

― Tal vez en tu imperio la pureza sea algo valioso, en el nuestro, es todo lo contrario. Por eso los dandis inexpertos lo hacen de a gratis en un principio. Diría que por ser de una raza extranjera podrías cobrar más, pero hay un elfo pura sangre en esto, y cobra igual que los otros.

―Ahg… ―protestó el rubio al ver que se le acababa los argumentos de negociación―. ¿Y qué sucedería si me niego de todos modos?

― Sucederá de todas formas, así tenga que amarrarte ―le indicó con la vista, la cuerda que había a un lado de su mesa de noche―. Yo no puedo dormir si no satisfago mis deseos reprimidos antes.

― Si me toma por la fuerza, lloraré ―amenazó el rubio―. He notado que se fastidia el verlo, por eso se detuvo hace rato.

― No quisiera llegar a ese extremo, pero tendría que amordazarte y taparte la cara con una bolsa de papel que guardo en la cocina. Tuve un amante que no podía evitar llorar a pesar de que era consensuado, aunque ahora que lo pienso, tal vez solo era un fetiche suyo.

― No es gentil que alguien hable de sus anteriores amantes frente al que podría convertirse en su nuevo amante. ¿Puede dejarme inconsciente? Si he de perder mi castidad de forma tan grosera, prefiero no recordar nada ―dijo con indignación este, mientras fijaba su mirada a un costado.

― De verdad que no eres un esclavo. Ese cinismo es propio de los nobles. Los esclavos son más sumisos y complacientes.

El rubio se limitó a sacarle la lengua a modo de respuesta.

― Bien, si esa es tu decisión ―suspiró resignada y sin paciencia―. Quédate quieto, te apretaré una parte del cuello, que produce un desmayo repentino.

Pero al sentir sus manos bordeando sus hombros, el rubio cambió de opinión.

Sintió que estaba desaprovechando la única oportunidad que el destino posiblemente le estaba dando para volver a su hogar.

― Espere, espere ―posó sus manos en las de ella, a modo de detenerla―. Solo bromeaba… por supuesto que no es mi decisión final ―se sonrojo, al saber lo que tendría que decir―. Acepto entregarme a usted ahora, y hasta pagar mi deuda, pero me gustaría… que por lo menos tuviéramos una conexión emocional primero…

― ¿Conexión emocional? ¿Qué es eso?

― Que nos conozcamos un poco… ¿no se siente vacía al ser complacida por desconocidos?

― No, de hecho, es divertido. Una vez lo hice con un prisionero enemigo en la guerra. No sabíamos ni su nombre ya que no hablaba nuestra lengua, pero sabia ser complaciente, mi batallón y yo lo extrañamos algo cuando se lo llevaron los de otro regimiento para intercambiarlo por uno de los nuestros… aunque oí que…

― Por favor, deténgase ahí, prefiero no saber más de esa historia ―le respondió molesto este, al notar que disuadirla no sería fácil―. Podríamos empezar con algo más simple, yo ya le dije mi nombre, ¿podría decirme el suyo?

― ¿Por qué quieres saber mi nombre?

― ¿Por qué no podría saberlo?

― Maximium-Corneliusse.

― Y de esos dos, ¿cuál es su apellido? ―siguió preguntando algo confundido el rubio, al no distinguir sus nombres.

― Ninguno, ambos son mi nombre.

― Oh… suena bien, aunque es algo largo, abreviándolo sería… ―se puso pensativo mientras se rascaba la cabeza por un instante―. MC… si, MC suena bien ¿puedo llamarla así?

― Bien, ¿Ya es suficiente conexión emocional? ―se mostró impaciente ante tanta palabrería del rubio―. Te abriré las piernas.

― Espere, aun no es suficiente ―se le adelantó por un poco y la tomó primero de las manos, para seguir con su táctica―. ¿Cuántos años tiene?

― 26.

― ¿En serio? Bueno, lo cierto es que encaja con tal edad. Yo no hace mucho cumplí 21.

― Hablas mucho. Creo que mejor voy a amarrarte…

― No, no, ya me dejo, solo quería saber lo básico de la persona a la que me voy a entregar… solo una última cosa… ya que va ser mi primera vez, ¿Puedo ir arriba? Tengo miedo de que me lesiones con tu peso y fuerza, como veras, tengo el cuerpo frágil de un hada…

― Eres inexperto, será aburrido si vas arriba ―dijo indignada MC al escucharlo―, pero, es cierto que si me emociono podría descaderarte… ―se bajó de encima suyo―, seria molesto tener un esclavo que no puede moverse.

― Exacto, yo tampoco quiero eso… ―se levantó de golpe―. Ahora que estamos de acuerdo, antes de empezar yo… necesito ir al toilette.

― ¿Toi que? Dices muchas palabras raras, esclavo.

― Me refiero al baño de limpieza.

― Pero ya te bañaste.

― Necesito hacer ese otro "tipo" de necesidades.

― Ah, te refieres a cagar. No tengo donde hacer dentro de la casa, toma el jarrón que hay en la entrada trasera y hazlo afuera, pero no te alejes demasiado, los lobos saben acechar fuera de la cerca de piedras que construí.

― ¿Qué? Pero vi un pozo en el cuarto de limpieza, pensé que ese era…

― Es el pozo del agua, me daba pereza el solo pensar que tendria que acarrear agua dentro de la casa, así que construí la casa alrededor del pozo, muy inteligente ¿no crees?

― Pero… ahg olvídalo.

Caminó en silencio, mientras MC lo seguía con la mirada.

Ya afuera, se detuvo para mirar el supuesto tazón a los que de ese país de casi cavernicolas llamaban baño.

Sin duda extrañaba las comodidades de su tierra natal. Donde el incluso el hogar más humilde podía tener un baño decente.

Como su captora había quemado todas sus antiguas posesiones, salió descalzo, aprovechando que en este patio trasero había un jardín bien cuidado, notorio incluso solo con la luz de la luna.

Caminó por medio jardín para tratar de llegar a lo que parecía ser un pequeño cuarto sin techo, que supuso que era ahí donde se ocultaban para usar el tazón.

Pero al menos ya tenia ganas de ir al baño.

Ya una vez satisfecha su necesidad biológica y poder haberse limpiado, caminó de regreso a la choza.

Con un poco de suerte, el hechizo que había dejado cargándose estaría a punto de estar listo y podría hipnotizar a su vulgar, lujuriosa, pero honesta captora, y así salvar su integridad por una noche más.

Internamente se lamentaba lo débil que era, ya que las hadas a su edad podían dominar hechizo de hasta nivel 6, cuando el solo apenas y podía usar magia básica de nivel dos, que lo desgastaban casi totalmente luego de usarla.

Una punzada horrible en su pie lo sacó de sus pensamientos.

¿Qué había sido ese dolor?

Caminó un par de pasos más, pero ya en la entrada de la choza notó que el dolor aumentaba al grado de empezar a ver todo tambaleante.

― MC… ―habló con toda la fuerza que le quedaba.

Esta apareció a los segundos, semi desnuda y con cierto semblante de impaciencia, pero que luego cambió a preocupación al notar que se desvanecía y le preguntaba algo, aunque ya casi no podía oírla, mientras lo sujetaba con sus brazos.

― Algo… me picó… en el pie…

Fueron las últimas palabras que pudo articular, antes de quedar inconsciente por el dolor.

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Abrió los ojos totalmente desorientado.

Podía escuchar las voces lejanas de dos personas hablando.

¿Rika y Vue habían vuelto a invitar a algunas personas al palacio?

¿Por qué se sentía tan débil?

¿Había logrado al fin usar un hechizo de nivel superior?

Ojalá sus padres y hermana mayor no hubieran muerto en la guerra, para verlo crecer y convertirse en un hada adulta. Sus primos y tíos lo cuidaban bien, pero no era lo mismo.

Se sentía solo en muchas ocasiones.

Deseaba que sus padres no hubiesen tenido que ser de la nobleza, así los cuatro seguirían viviendo juntos como simples hadas normales en la aldea, lejos de la guerra.

Las lágrimas salieron de sus ojos al recordar su realidad actual.

― Ya está empezando a reaccionar, lo que significa que la picadura no fue tan profunda ―escuchó la voz desconocida de un hombre―, dale un poco de descanso y se recuperará pronto.

― Esta bien, agradezco tu ayuda. Si hubieras estado en la ciudad, creo que no hubiera podido salvarlo yo sola.

― Exageras, aunque no lo hubiese tratado, se recuperaría en unos días, máximo hubiese perdido el pie.

¿Quién era ese hombre de cabello rojo?

¿Por qué le hablaba con tanta confianza a su captora?

― Maximium, si no te molesta, quisiera hablarte en privado, hay algo que me gustaría comentarte, antes de que partieras.

― ¿Ahora? No se si deba dejarlo solo, ya lo hice una vez y casi se mata por pisar esa hormiga venenosa.

― Para ser un esclavo, lo cuidas mucho ―expresó el rojizo desconocido con cierta molestia en sus palabras.

― Sobre eso… es una larga historia que incluso yo desconozco, pero hablemos si es lo que quieres.

Ambos salieron de la sala en donde se encontraban, dejando al rubio solo.

― ¿Dónde… me encuentro? ―murmuró este mientras se levantaba despacio y veía otro entorno desconocido.

Era una cabaña distinta la cual observó quieto por varios minutos hasta recobrar el sentido de la orientación.

Caminó cojeando, apoyándose en las paredes del lugar, en busca de su captora y el desconocido que lo habían dejado solo.

Escuchó cierto ruido leve proviniendo de uno de los tantos ambientes del lugar.

Era de una habitación en específico.

Estaba cerrada, así que se limitó a apoyar la oreja en esta para tratar de entender mejor el ruido.

― No me produce agrado… ese esclavo que te compraste… ―escuchó la voz del hombre desconocido con un tono raro de sufrimiento―, prométeme… uh… que tras que se cure… te desharás de él…

― No tengo intensiones… de hacerlo…

― Por favor… véndelo… no quiero… que esté cerca de ti… ahhh

Espió por las grietas de la puerta para tratar de entender esa extraña conversación.

Solo lo observó por un par de segundos, para luego apartarse y volver lo más rápido posible al sofá donde lo habían dejado y cubrirse completamente con la manta que tenía. Se obligaría a dormir para tratar de olvidar lo que sus ojos habían acabado de presenciar.

Despertó de golpe al sentirse en movimiento.

― ¿Mmmm?

― ¿Ya te sientes mejor?

Yoosung miró a su alrededor.

Se encontraban afuera, caminando por la pradera que colindaba con el bosque.

Iba cargado en su espalda como si fuese un niño pequeño.

El paisaje brindaba un hermoso atardecer.

El follaje verde, embelesado por un naranja cálido, mientras un poco a lo lejos, se podían ver a pastores arreando a sus rebaños de vuelta a casa.

Todo en conjunto, producía una tranquila y agradable sensación a la vista.

Tal vez ahora entendía un poco, por que su captora prefería vivir a las afueras de la ciudad.

― ¿Qué me paso? Me siento… algo débil… ―articuló apenas audible.

― Un insecto venenoso se encontraba en el jardín, te picó al andar descalzo ―le respondió MC mientras lo estiraba un poco de sus piernas, para que no se cayese de su espalda―. No pude curarte, me enseñaron a hacer heridas, no tratarlas, así que te llevé con el herbolario de la zona, vive a un par de kilómetros de mi casa. El te administró el antídoto.

― El hombre de cabello rojo… ¿es ese el herbolario? ―mencionó el rubio, mientras que sin agrado recordaba lo que había visto.

― Si ¿lograste verlo? Pensé que no estabas nada consciente. Corrimos con suerte, es muy amable y predispuesto…

Sobre todo, predispuesto ―pensó mientras se limitaba a escucharla y trataba de ocultar su rostro molesto en su cabello, y la abrazaba con un poco mas de fuerza―. Pelirrojo ofrecido, tenia que ser humano, son los únicos seres que ceden fácil al encanto de los elfos y semi elfos como ella. Espero recuperarme pronto, para poder irme y dejarlos solos.

Pero en el fondo, se sentía extraño.

Aquella escena donde su ama sometía al extraño a su antojo y lujuria, en un principio le causó incomodidad y asombro, pero ahora, extrañamente sentía un enojo.

No importaba con quien, mientras se sintiera complacida, estaba bien.

¿En verdad era ella de ese tipo?

Alguien que ejercía un trabajo que requería coraje y fuerza en todas sus formas, de apariencia tan noble y con sentido de la justicia… pero que tenia debilidad por los encuentros carnales y superficiales.

Tal vez la estaba idealizando por el hecho de que había sido la primera persona que intentó salvarla de su estado injusto de esclavo.

Llegaron a su cabaña casi anocheciendo.

Lo bajó en la sala de la cocina.

― ¿De verdad te encuentras bien? Estas bastante callado ―le preguntó MC, al notar que su semblante parecía algo decaído.

― Hum.

Trató de caminar, más su pie aun no soportaba su peso y estuvo a punto de caerse de no ser por que terminó siendo sujetado por la semi humana.

― El herbolario dijo que evite que te sobre esfuerces si quiero que te sanes pronto ―rodeó su cintura con sus brazos―. Así que supongo que deberé tratarte como un mimado…

Yoosung frunció su cara al escucharla.

Estaba a punto de rechazar su ayuda, para mantener su poco orgullo que le quedaba, cuando abruptamente lo levantó del suelo, para cargarlo en sus brazos.

― ¿Qué demonios hace? Esto es tan humillante ―se quejó.

― Jaja ¿lo es en realidad? ―soltó MC mientras lo miraba con cierta confianza al notar el rubor que había inundado de forma involuntaria a sus mejillas―. Puedo sentir los latidos agitados de tu corazón.

― Deje de burlarse de mi ―se limitó a responderle Yoosung, mientras ocultaba el rostro en su cuello.

Lo recostó en la misma cama, que en la noche anterior no pudo completar su deseo.

― Duerme. Si llegas a tener hambre más tarde, sabes donde buscar.

― ¿Usted se irá a algún lado?

― No lo parece, pero tengo que arreglar y ordenar muchas cosas en este lugar ―lo abrigó con la sábana―. Grita si te empieza a doler algo.

Asintió a sus palabras, para luego volver a quedarse profundamente dormido luego de unos minutos.

FIN DE LA PARTE 1