"Yo olvidarte, imposible.
Hacer punto y aparte, imposible.
Todas las mañanas, yo extraño tu mirada.
Cómo no acordarme, imposible".
Niña Buena
Parte II
Capítulo 6
Hacía años que Hermione no pasaba una noche tan mala como aquella. Volver a ver a Severus era lo que más había deseado los últimos meses, y fue perfecto mientras duró, pero si hubiera sabido que dolería así después... quizá no lo habría deseado tanto.
Su perfume quedó impregnado en la casa; las sábanas olían a él y no la dejaban dormir; y los recuerdos la atormentaban incansablemente.
Dio vueltas en la cama durante horas, hasta que finalmente se rindió y se levantó. Necesitaba sacar de su pecho todos esos sentimientos que estaban martirizándola, de modo que preparó un pequeño tentempié, encendió la radio a bajo volumen y se instaló frente a su máquina de escribir.
Le costó algunos minutos comenzar, pero después, las palabras salieron solas. No estaba del todo consciente de lo que escribía, simplemente permitía fluir cada oración.
Se abandonó al ruido de las teclas y la suave música, permitió que las emociones brotaran libremente. Incluso unas pocas lágrimas rodaron por su rostro, perdiéndose en sus labios sin que ella intentara secarlas.
Enfrentar y reconocer el dolor era la única manera de superarlo. Se había hecho la fuerte por mucho tiempo, había intentado convencerse de que no estaba sufriendo tanto, pero no era verdad. Tenía que ser sincera consigo misma y admitir que no era invulnerable, que, a veces, tenía permitido derrumbarse.
La mañana la sorprendió. Miró por la ventana el pálido sol de noviembre. Tragó saliva y se frotó los ojos, cansada. Esto tomaría tiempo, no sería fácil.
Aunque su romance con Severus fue corto, también fue intenso, y es que eran tan compatibles que Hermione todavía no entendía cómo no se habían dado cuenta antes. Tal vez se debía a que su amor era reciente, pero ella no quería a nadie más que a él en su vida; en su futuro, sólo podía ver a ese hombre.
Suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás.
Evadir la situación no la ayudaría en nada, porque, tarde o temprano, los sentimientos saldrían a la superficie, sin importar con cuánto empeño intentara esconderlos. No era algo que simplemente pudiera empujar al fondo de su mente y dejar que se acumulara el polvo. No, era muchísimo más complejo que eso.
Se parecía un poco a lo que sucedió después de la guerra (menos trágico, evidentemente): los primeros días fueron un desastre emocional para todos, y luego, con el correr del tiempo, cada uno fue enfrentando la situación como mejor pudo, asimilando las pérdidas, viviendo el luto, encajando en este nuevo mundo. Fueron incontables las lágrimas derramadas, las negaciones, pero al final, gradualmente, la paz interior llegó, en distintas formas dependiendo de la persona.
Ante el conocimiento de su propia fortaleza, Hermione respiró un poco más aliviada. Tal y como había dicho Leo, el dolor pasaría, y ella tenía que quedarse con los lindos momentos, con la felicidad, con el hecho de saber que vivió un hermoso amor y que tuvo la fortuna de compartir ese amor con un hombre maravilloso.
Cuando Severus regresó a su casa en Nueva York, la pesadumbre apenas le permitía respirar. Comprendió que esa noche no podría dormir y fue a su estudio a trabajar en lo que fuese. Por suerte para él, había un montón de artículos pendientes que leer e informes que acabar, así que se sumergió en ello todo lo que toleró su escasa concentración.
Sólo en el instante en que la luz de la mañana se coló por las cortinas, decidió detenerse. Necesitaba reflexionar acerca de lo que había pasado y de lo que haría a continuación. Volver con Hermione era enormemente tentador; retomar su antigua vida y seguir como si nada hubiese pasado. Pero, por otro lado, no quería dejar su trabajo, no todavía. Había muchas cosas por hacer y aprender, y no quería arrepentirse en el futuro.
Quizás... si ella pudiera esperarlo el tiempo suficiente... ¿Su amor resistiría? Si bien Hermione era joven, sus emociones no eran volátiles como las de una adolescente, ella era madura e inteligente, y su amor había sido sincero
Suspiró y miró por la ventana el descolorido paisaje invernal.
"Espérame...", le suplicó al viento. Si ella lo esperaba, él regresaría, dispuesto a continuar lo que se cortó tan abruptamente. Pero sabía que no podía exigirle una cosa así. Hermione estaba en todo su derecho de superar su corto romance, seguir adelante... volver a enamorarse.
Lo único que Severus pedía era que el hombre que ella eligiera la tratara como se merecía y que fuera feliz.
No pedía nada más.
El mes de diciembre pasó lento, repleto de noches interminables y días ocupados. Severus empezaba a tener responsabilidades más importantes en su trabajo y la investigación se había vuelto fascinante hasta para sus estándares. Además, el equipo trabajaba de forma eficiente y los avances se veían rápidamente, lo cual era satisfactorio.
Procuraba mantener una fachada seria y serena en el laboratorio, asistir a las reuniones del departamento y cumplir rigurosamente con cada una de sus obligaciones. Sin embargo, en la intimidad de su enorme casa, donde no era necesario mantener las apariencias, estaba a merced de sus verdaderos sentimientos.
Recordar a Hermione aún dolía, pero también era el motor que alimentaba su felicidad. Había vivido tantos buenos momentos con ella que no podía quejarse. Jamás imaginó que iba a enamorarse de ese modo.
Sacudió la cabeza y volvió a centrarse en el artículo que había estado leyendo.
Esa noche se suponía que debía ser especial para él, pero ese no era el caso. Se estaba realizando una celebración en la oficina por Nochevieja; según le contaron, era la fiesta más importante y divertida del año, los funcionarios iban con sus familias, había un banquete y, posteriormente, un baile que se extendía toda la noche. Pero él no iba a fiestas, nunca le habían gustado, así que rechazó la invitación lo más gentilmente que pudo y se excusó diciendo que prefería irse temprano a su casa a descansar.
Aunque "descansar" no era precisamente lo que estaba haciendo, pues llevaba horas sentado en el cómodo sofá de la sala de estar, rodeado de libros, periódicos y cuadernos de anotaciones, estudiando las últimas publicaciones de las revistas de pociones más connotadas de América.
Una botella de vino a medio terminar y una copa descansaban sobre la mesa de centro, un cigarrillo se consumía en un elegante cenicero de cristal.
Severus, sin quitar la vista de un grueso libro, escribía con presteza en un cuaderno. No obstante, más que estudiar, esto era más parecido a una terapia, lo relajaba, alejaba los pensamientos negativos, olvidaba las tribulaciones y se enfocaba en aquello que lo apasionaba.
Y podría haber continuado en ello durante horas, de no haber sido porque el timbre de la entrada sonó de pronto.
Severus frunció el ceño y levantó la cabeza de golpe. A excepción de alguno que otro empleado de MACUSA por cuestiones de trabajo, nadie más había entrado a su casa, mucho menos sin previo aviso. Dejó el cuaderno en la mesa y fue a ver de quién se trataba. Espió por la mirilla de la puerta y su confusión aumentó. ¿Qué diablos estaba haciendo la presidenta en persona en su portal?
Titubeó unos segundos, antes de decidir que sería demasiado infantil fingir que no estaba o que estaba durmiendo, dado que las luces encendidas podían verse desde el exterior. Respiró hondamente y abrió.
—Severus, buenas noches— saludó enseguida Cassandra, ataviada con una distinguida túnica azul marino, cuyos discretos brillantes daban la apariencia de un cielo nocturno—. Espero no haber interrumpido nada— agregó con prontitud y moderación.
Snape mantenía el ceño fruncido. ¿No se suponía que, siendo la presidenta, debía estar asistiendo a la fiesta?
—No, para nada, sólo estaba... trabajando en algo— resolvió decir él, con la amabilidad indispensable. Hubiera querido decirle que lo dejara en paz y se largara, pero no podía hacer eso.
—¿Trabajando en vísperas de Año Nuevo?— inquirió la bruja, sonriendo ligeramente y arqueando una ceja—. Eres admirable.
—¿Se le ofrece algo?— preguntó Snape para apresurar el asunto.
La sonrisa de Cassandra osciló por un breve instante y sus ojos se endurecieron. Severus pensó que tal vez había sido muy directo, por lo que trató de subsanar esa acción.
—Adelante, pase— ofreció, solícito, al tiempo que se movía a un lado.
—Gracias.— Cassandra ingresó con educada prudencia, esperando en el vestíbulo a que Snape la invitara a la sala.
Al ver el pequeño desorden, Severus sacó su varita, la agitó y los libros, revistas y papeles se guardaron en las estanterías.
—Tome asiento.— Señaló una butaca frente al sillón que él solía ocupar, la mujer se sentó con garbo, manteniendo siempre la espalda recta. Severus se ubicó en el otro sofá y vio el humo del cigarrillo elevándose—. Disculpe— dijo, dispuesto a aplastarlo en el cenicero, pero la voz de ella lo interrumpió:
—No te disculpes, esta es tu casa. ¿Puedo?— preguntó, sacando de su cartera un cigarrillo largo y delgado. Severus asintió con un gesto.
Cassandra lo encendió con un chasquido de dedos y le dio una suave calada. El humo que desprendía era púrpura, un poco azulado, y el aroma no era de tabaco.
—¿Se le ofrece una copa?— preguntó él, señalando la botella de vino.
—No, muchas gracias, tengo que ir pronto a la fiesta.
—Usted dirá, entonces— habló Snape, acomodándose entre los cojines, tratando de mostrarse más cómodo de lo que se sentía.
Cassandra prolongó el silencio un momento, fumando parsimoniosamente y observando la decoración, mientras Severus cogía su propio cigarrillo y se lo ponía en los labios, para tener la boca ocupada en eso y no decir algo imprudente o irrespetuoso.
—¿Estás bien?— preguntó la bruja, mirándolo directamente.
—Sí.
—¿Te has sentido cómodo?— Severus asintió con la cabeza, sin dejar de verla a los ojos—. Ha tenido que ser un enorme cambio para ti, venir a un país nuevo, un nuevo trabajo.
—Me estoy acostumbrando— dijo él, con bastante honestidad.
—El trabajo de tu equipo, y sobre todo el tuyo, es invaluable para nosotros. Quiero que lo sepas.— Severus agradeció sus palabras con un murmullo y una ligera inclinación de cabeza. Cassandra esperó unos segundos antes de volver a hablar: —. Pero te he notado un poco... distante, más que tus compañeros.— Él arrugó el entrecejo otra vez.
—Lamento haberle dado esa impresión. Le aseguro que estoy dando lo mejor de mí.— Cassandra esbozó una sonrisa comedida.
—No me cabe duda, pero ese no era mi punto.— Le dio otra calada a su cigarrillo y lo dejó en el cenicero—. A ti te preocupa algo, estás desanimado.
Snape levantó todas sus barreras mentales en ese momento. No estaba seguro de si esa mujer sabía Legeremancia, pero no estaba dispuesto a averiguarlo por las malas. Justo cuando abrió la boca para replicar, Cassandra se le adelantó:
—¿Es por una mujer?
Severus la miró, perplejo, luchando para no censurar tamaña imprudencia. Su vida personal no le concernía en absoluto, ni a ella ni nadie, y no iba a hablar de Hermione con esa mujer. Tragó saliva y desvió la vista, esperando que eso valiera como respuesta.
—Perdón, no quiero entrometerme— continuó la bruja—, pero sé cómo te sientes.— Severus le dirigió una mirada suspicaz, y ella sonrió—. De verdad.— Cassandra cambió de posición en su asiento—. Nací en Cuba, mi madre era... "muggle", como dicen ustedes, y mi padre era mago. No supe que era bruja hasta que llegó mi carta de Ilvermorny, pues mi padre nos abandonó cuando yo era un bebé.— Severus escuchaba el imprevisto relato con suma atención. No podía ver a dónde quería llegar la presidenta, pero él era paciente, y esperaría—. Eran tiempos difíciles, diferentes, no fueron a buscarme para que pudiera estudiar magia, y entendí que nadie iría a rescatarme.— Tomó una gran bocanada de aire, mirando un punto indefinido detrás de Snape, y prosiguió—. Así que, un tiempo después, decidida a ser parte del mundo al que realmente pertenecía, me subí a una balsa improvisada con un puñado de gente tan desesperada como yo por huir. Tenía trece años. Navegamos durante días, y aunque hubo momentos en los que creímos que no lo lograríamos, que una ola nos volcaría o que del otro lado nos estarían esperando con rifles y pistolas, jamás perdimos la esperanza.
Severus bebió un poco de vino y encendió otro cigarrillo. Era difícil creer que la mujer que tenía enfrente, bien vestida, elegante, hubiese sido uno de los tantos inmigrantes ilegales que ingresaban a Estados Unidos cada año.
—Cuento corto, llegamos tan sanos y salvos como se podía esperar, me contacté con el entonces director de Ilvermorny y obtuve mi plaza en la escuela. Desde luego, estaba muy atrasada, había perdido dos años de educación, pero me dediqué, me esforcé y estudié hasta que se me quemaron las pestañas.— Cassandra no hablaba de forma petulante, sino con cierta nostálgica alegría—. Tuve que dejar todo atrás: a mi madre, a mi familia, a mis amigos... Todo, por un futuro mejor.— Severus asintió en silencio. Su propia vida no era un cuento de hadas, pero la historia de la presidenta era igualmente difícil. Cassandra suspiró, cogió su cigarrillo y fumó un instante, cavilando—. El asunto es que, en cuanto me gradué, encontré un trabajo decente en MACUSA como asistente, y cuando tuve los ahorros suficientes, fui a buscar a mi madre y la traje a vivir conmigo. Luego de cumplir ese propósito, mi siguiente ambición fue escalar puestos en el Magicongreso. He trabajado duro, ha sido un camino largo, lleno de complicaciones... y aquí estoy— concluyó, sonriendo ampliamente y extendiendo los brazos, orgullosa de sí misma.
Severus asintió lentamente con la cabeza, sosteniendo el cigarrillo en su mano derecha. Era una bonita historia de superación; él podría haber hecho algo similar con su vida, si no hubiera existido el maldito hijo de puta de Voldemort y su jodida guerra. Podría haberse graduado con excelentes notas, haber conseguido un empleo decente... y haber tenido una vida normal.
Pero ya no valía la pena afligirse por eso.
—Es... muy inspirador— dijo el mago, sólo por decir algo.
—Sí, bueno... Hice lo mejor que pude— expresó Cassandra, encogiéndose de hombros—, pero a lo que voy, Severus, es que tú y yo tenemos algo en común.— Snape la miró con seriedad, en espera de una explicación a tal afirmación—. La monotonía no es lo nuestro. No solamente nos gustan los desafíos, sino que los necesitamos. Necesitamos un motor que mueva nuestras vidas, una meta, un propósito definido.— Cassandra lo miraba a los ojos sin pestañear, logrando que Severus se interesara de verdad ahora—. Yo puedo darte ese reto... si tú estás dispuesto a tomarlo.
—¿De qué se trataría?— preguntó él, todavía receloso.
Cassandra apretó sus labios pintados, en una pausa contemplativa.
—Primero, me gustaría tener tu palabra de que no hablarás de esto con nadie más— dijo entonces, con tal gravedad que Snape no estuvo seguro de querer involucrarse en lo que sea que la mujer estuviese proponiendo. Aun así, la curiosidad le ganó y movió la cabeza en afirmación. Cassandra lo miró de manera calculadora y continuó:—. Es sobre mi hijo.— La bruja suspiró y cerró los ojos un momento—. Ya lo conoces, trabaja contigo... Chad.
—Ah... sí— murmuró Severus, conteniendo el asombro que aquella revelación le produjo.
Como no acostumbraba inmiscuirse en la vida de los demás (y como había perdido ciertas dotes de espionaje a lo largo de los años), no tenía la menor idea de que ese muchacho era el hijo de la presidenta. Ahora que lo pensaba, se parecían un poco, en los ojos tal vez, pero no mucho en el resto.
—Verás... su padre, mi esposo, falleció hace unos años, poco antes de que Chad se graduara de la escuela. Sufría de una extraña enfermedad a la sangre... Lo diagnosticaron a tiempo, pero... no pudimos hacer nada.— La voz de Cassandra se rompió repentinamente, y Severus se sintió descolocado. Nunca había sabido qué hacer cuando alguien se quebraba frente a él; usualmente, los ignoraba, ya que solían ser sus empleados después de regañarlos, pero ahora... era su jefa...
—¿Quiere un vaso de agua?— sugirió, dudoso. Sin embargo, la mujer sacudió la cabeza, recomponiéndose rápidamente.
—Lo siento.— Cassandra se frotó los ojos con sumo cuidado para no estropear su maquillaje, respiró y retomó el relato—. Tras su muerte, le hicimos los exámenes correspondientes a Chad...— Hizo una nueva pausa, esta vez, más prolongada, como si no fuese capaz de acabar la idea.
—Y la enfermedad es hereditaria— terminó Severus, y ella asintió.
—Durante años, hemos buscado una cura. Chad se especializó medimagia, hizo un curso de pociones con los académicos más capacitados del país, yo he estudiado del tema hasta el agotamiento, reuní al mejor equipo, profesionales de todos los rincones del mundo... y nada.
Severus, que había estado escuchando con respetuosa atención, notó cómo algo hacía clic en su cerebro. No había que ser un genio para atar cabos en este asunto.
—Así que por eso me mandó a buscar a mí y a mi equipo.
—A ti, Severus, a ti— afirmó la bruja, cuyo rostro antes sereno, ahora mostraba una expresión casi suplicante—. He seguido tu trayectoria muy de cerca, y he de decir que tu trabajo es simplemente... brillante. Eres el mejor pocionista que he conocido en toda mi vida... y te necesitaba tanto en MACUSA como en este caso personal.
—Ya veo...— masculló él, apoyando la espalda en el respaldo del sofá. Frunciendo el ceño, cogió su cigarrillo y le dio una calada.
No sabía si sentirse halagado o utilizado. La primera opción sonaba más razonable, porque, a fin de cuentas, fue su talento y dedicación lo que captó el interés de la presidenta y por lo que estaba allí ahora.
Y, siendo sincero, ella estaba en lo cierto: necesitaba un desafío real, una meta.
—No soy sanador... pero veré qué puedo hacer.— Ante sus palabras, el rostro de Cassandra se iluminó.
—Severus... no sabes cuánto significa esto para mí— dijo ella, con la voz temblorosa, que procuró cambiar a su tono formal y mesurado—. Te pagaré, naturalmente, ya que no forma parte de tu contrato y te tomará horas extralaborales.
—No se preocupe por eso— repuso Snape, dándole una media sonrisa—. Me conformo con el reto.— Cassandra lo observó con asombro—. Necesitaría estudiar el historial médico de ambos, en primer lugar, para saber a qué me estoy enfrentando y cómo proceder.
—Sí, por supuesto— convino la mujer, al tiempo que abría su cartera y sacaba dos carpetas blancas
Severus no creyó que Cassandra portara esos documentos con ella por doquier, y una casualidad sonaba cuestionable. Comprendió entonces que, o bien la presidenta confiaba ciegamente en su poder de convencimiento, o, simple y llanamente, no iba a aceptar un "no" como respuesta.
—Te presentaré al equipo en nuestra próxima reunión— dijo Cassandra, al mismo tiempo que aplastaba su cigarrillo en el cenicero y se ponía de pie. Snape se levantó también y recibió las carpetas—. Será el lunes a las seis de la tarde.
—Ahí estaré.
—Gracias, Severus, eres muy generoso— expresó la mujer, sonriéndole afectuosamente. Él se limitó a asentir con la cabeza—. Te dejo seguir en lo que estabas.— Y, sin más, la presidenta de MACUSA se retiró.
Hermione nunca había creído en esos ridículos rituales de Año Nuevo. Las supersticiones se las dejaba a la gente que no confiaba en sus propias capacidades, que dejaban todo en "manos del destino". Ella siempre había luchado por lo que quería... y, sin embargo, ahí se encontraba: comiendo uvas con su madre ni bien dieron las doce de la noche.
"Una por cada mes, hija, y no olvides los deseos", le había dicho de manera soñadora, como si aún fuese una quinceañera. Hermione, un poco reticente, masticó cada uva a conciencia, pensando solamente en un propósito para este nuevo año que tenía por delante.
El último mes, lo había pasado casi exclusivamente encerrada en su departamento, leyendo y escribiendo como posesa, y aun así, seguía sintiendo que no avanzaba, se sentía estancada. Por más palabras nuevas que aprendía, por más que se empeñaba en emplear otros estilos, no conseguía hallar su propia voz. Era como si hubiese llegado a un callejón sin salida.
Así que encontró una solución práctica y efectiva: estudiaría Literatura en la universidad.
Sus padres se entusiasmaron incluso más que ella cuando se los comentó y, sin demora, se pusieron en la búsqueda de las mejores universidades y ofrecieron ayudarla económicamente si lo necesitaba. Hermione aceptó el ofrecimiento sólo porque sus ahorros eran casi inexistentes.
El ministerio de magia le facilitaría los documentos necesarios para acreditar sus estudios básicos en el mundo muggle, y sólo restaría aprobar el examen de ingreso a la universidad que escogiera. En teoría, no tendría que ser complicado, y esperaba obtener alguna beca para no cargar demasiado a sus padres.
Era extraño... Volvía a sentirse como una adolescente, estaba inquieta y emocionada por emprender ese camino y estudiar una carrera que la apasionaba.
—Por ti, hija— dijo su padre, alzando su copa de champaña—, y porque tu nuevo rumbo sea tan exitoso como lo mereces.
Hermione sonrió y brindó con sus padres, alrededor de la mesa en la casa donde había crecido. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su madre la consoló con un abrazo cariñoso. Lo que ellos no sabían era que su llanto tenía, también, otro motivo... y es que extrañaba a Severus a rabiar. Lo extrañaba cada momento del día. Extrañaba mirarlo, abrazarlo, besarlo; extrañaba su voz y sus ojos de una forma que nadie comprendería.
Deseaba con todo su corazón que él estuviese allí para poder compartir las novedades, hablar de tonterías, hacerlo reír y escuchar su hermosa risa.
—Te irá bien, mi amor, tú puedes con todo— susurró su madre, todavía abrazándola.
—Gracias, mamá— dijo Hermione, aferrándose a ella con fuerza.
Tenía a sus seres queridos cerca, estaba peleando por sus sueños y no se rendiría. Todo estaría bien.
Para sorpresa y fascinación de Severus, el caso de la presidenta resultó ser extremadamente complejo. Si bien él no era un experto en la materia, sí sabía bastante acerca de magia curativa y antídotos, pero esto lo sobrepasaba.
La enfermedad que portaba el muchacho era completamente desconocida, tanto en el mundo muggle como en el mágico. Severus estudió al derecho y al revés su historial médico, pidió unas muestras de sangre y realizó algunas pruebas experimentales que fueron un rotundo fracaso.
No obstante, dejando de lado el problema en sí, lo que más lo impresionó fueron las personas que conformaban el equipo investigativo de Cassandra: cada uno de ellos era una eminencia en su propio campo, prácticamente leyendas de las que él sólo había leído en los libros. La presidenta no exageraba cuando dijo que trabajaba con los mejores.
Se reunían dos veces a la semana para discutir una diversa variedad de hipótesis, sacar conclusiones de los fallos y posibles formas de corregirlos y complementar sus ya de por sí amplios conocimientos.
Pese a que los primeros meses no fueron especialmente productivos, todos estuvieron de acuerdo en que la incorporación de Snape había sido un enorme acierto. Su aporte al grupo fue elogiado y apreciado como nunca antes en toda su carrera. Encontró en esos magos y brujas un lugar en el que se sentía cómodo, tanto intelectual como personalmente, y descubrió, a su vez, que Cassandra era la segunda mujer más inteligente con la que había tratado.
El equipo se conocía desde hacía tantos años que su relación ya no era simplemente profesional, sino de amistad, y Severus fue incluido con facilidad como uno más del grupo. No era inusual que se reunieran a cenar un par de veces al mes, y para finales de primavera, fue el mismo Snape el anfitrión. Fue todo un consuelo para él poder darle utilidad a esa casa tan grande; todos estuvieron cómodos, cenaron en el comedor y después hicieron la sobremesa en la sala de estar, charlando de diversos temas, no siempre del trabajo, sino también anécdotas de sus vidas.
Habían escuchado hablar de Snape, desde luego, sabían el papel que desempeñó en la guerra y también de su excelente historial académico y profesional. Aquello le valió la admiración del grupo, pero una admiración distinta, no una teñida de temor y cierta desconfianza, sino una sincera. Lo apreciaban por las cosas buenas que hizo, por sus aptitudes e inteligencia, y no parecía importarles su oscuro pasado.
Severus nunca había tenido amigos de verdad, sólo conocidos con los que se llevaba relativamente bien. Su relación con los Malfoy fue lo más parecido a una amistad, pero había sido más por necesidad que por cualquier otra cosa. Él sabía que de no haber existido la asociación con Voldemort, ni siquiera se habrían dirigido la palabra.
Con estas personas, en cambio, se sentía a gusto de forma natural, sin presiones sociales de por medio. Eran intelectuales, un tanto esnobistas tal vez, pero no lo juzgaban y lo aceptaron sin vacilar. Para Severus, eso bastaba.
Otra imprevista revelación fue el agudo y sarcástico sentido del humor de la presidenta. Fuera de las paredes de MACUSA, Cassandra cambiaba radicalmente. Su personalidad perspicaz y su capacidad de observación permanecían intactas, pero se permitía bromear más, y dejaba de ofrecer esa imagen casi temible y peligrosa.
A menudo, Severus y ella sostenían largas conversaciones, acompañados de un buen vino. No llegaban a tocar temas demasiado personales; hablaban de trabajo, nuevas ideas, experiencias especialmente interesantes en sus carreras. Snape no pudo dejar de asombrarse al notar la facilidad con la que sus intelectos conectaron. Cassandra siempre tenía un tema de conversación y una respuesta ingeniosa, era de mentalidad abierta frente a las diversas opiniones y de una fuerte convicción en sus creencias. Era sumamente inteligente, y aquello se veía potenciado con el resto del grupo.
Después de una vida entera, Severus ya no se sentía excluido, por fin formaba parte de algo.
Escribir esa novela adolescente no fue tan horrible como Hermione había creído. En realidad, era considerablemente más sencillo que sus otras obras, que abordaban temas profundos y tenían un desarrollo bastante psicológico. Con esta historia no tenía que pensar demasiado, eran todas más o menos iguales: una chica invisible que se transforma en una modelo de belleza de la noche a la mañana, un chico guapo y rebelde (o, en su defecto, deportista) que la invita al baile, chismes de escuela y un "vivieron felices para siempre".
Hermione sabía, con conocimiento de causa, que la vida no eran así de simple, aunque deseaba que lo fuera. Ahora dividía su tiempo entre escribir, leer y estudiar para el examen de ingreso de la Universidad de Londres, donde eligió cursar sus estudios de Literatura Inglesa. Necesitaba obtener las mejores calificaciones si quería ganar esa bendita beca, que, de todos modos, no cubriría el cien por ciento de la carrera.
Si a duras penas lograba pagar el alquiler a fin de mes, ¿cómo se costearía, además, la universidad? Aquel dilema la mantenía despierta todas las noches. De acuerdo, sus padres la ayudarían, pero seguía sintiendo un enorme peso sobre sus hombros, y si quería sacarle el mayor provecho posible a los estudios, también tenía que deshacerse de todos los problemas que pudiera.
Finalizando el verano, y con el examen a la vuelta de la esquina, decidió lo que haría: se mudaría a la casa de sus padres, aunque la idea de renunciar a su independencia no le agradara. Hace años, cuando ella ya se había graduado de Hogwarts, ellos se fueron a vivir a las afueras de Londres, lo que resultaba conveniente para Hermione, ya que no despertaría sospechas entre sus compañeros y profesores muggles, a diferencia si viviera en otra ciudad, por el asunto del transporte.
Otra opción que consideró pero descartó, fue hospedarse en los alojamientos para estudiantes. Era práctico, sí, estaría a pocos metros de la universidad, sin embargo, ya había pasado su época de internado, y realmente no quería repetirla. Con sus padres estaría cómoda, y ellos estaban encantados de volver a vivir con su pequeña.
Quienes no recibieron la noticia con alegría fueron Leo y Yancey. Estaban felices por Hermione, por supuesto, pero aclamaron que el edificio ya no sería lo mismo sin ella. Así que organizaron una fiesta de despedida a su estilo: cantidades obscenas de ron barato, pizza a domicilio y música a todo volumen hasta la madrugada.
El día de la mudanza, Harry y Ginny ayudaron a Hermione a empacar las últimas cosas, pese a que no lo necesitaba en verdad. Sus amigos sabían que era un paso importante y querían estar a su lado.
Cuando estuvieron listos, Hermione hizo un breve y último recorrido por el departamento, con el pretexto de asegurarse de no olvidar nada. La realidad era, sin embargo, que necesitaba un momento a solas, para saborear con tranquilidad cada recuerdo.
Pudo verse a sí misma el día que llegó, con esperanzas de un buen futuro, pese a que odiaba su trabajo; el caluroso recibimiento de Leo con una tarta de manzana; las tardes libres tirada en la cama con un buen libro y Crookshanks acurrucado en sus pies; almuerzos con sus amigos, cenas nada románticas con Ron; la infinita libertad cuando dejó su empleo en Gringotts...
... y a Severus besándola en el sofá, en la cama, en la cocina... Severus llegando con comida para celebrar sólo porque sí; Severus abrazándola por la espalda mientras escribía, burlándose porque le causaban pudor las escenas eróticas; Severus diciéndole que la ayudaría con su inspiración...
Hermione estaba de pie en medio del dormitorio vacío, respirando entrecortadamente, con lágrimas acumulándose en sus ojos. Hacía un año que Severus se había ido, y desde la última vez que se vieron, no supo más de él. Si bien había hablado en serio cuando le pidió que no la visitara más por sorpresa, secretamente esperaba que no le hiciera caso...
Leía El Profeta semanal cada domingo, rebuscando alguna noticia en la que apareciera él, cualquier indicio, aunque fuese solamente su nombre. Pero no. Era como si el mundo se hubiese olvidado de su existencia, o eligiera ignorarla. Era tan frustrante leer nombres como el de McLaggen cada vez que abría el periódico, como si sus estúpidos e insípidos logros en el Quidditch fuesen más importantes que los de Severus.
Suspiró con fuerza y se frotó los ojos. Era momento de pasar la página, estaba a pocas semanas de empezar la universidad y debía enfocarse en eso.
Le dio un último y fugaz vistazo a su dormitorio, con el fantasma de ojos negros observándola desde los rincones, y dio media vuelta.
Ahora empezaba su nuevo camino.
Tres años después
Durante la época del Señor Oscuro, Severus había comprobado en carne propia que el uso prolongado de Oclumancia acarreaba serios problemas a la salud mental del individuo, tales como pérdida del sentido del presente y enajenación de los propios sentimientos, entre otras cosas. Eso había estado bien para él en esos días de guerra, y lo estaba también ahora, en tiempos de paz... porque era el único método efectivo para ocultar la melancolía.
Nadie sabía que había estado ocluyendo su mente por los últimos tres años, porque, además de ser una habilidad poco común, no era un hábito saludable. Había tenido éxito en apartar la tristeza, pero aquello lo había vuelto aún más apático que de costumbre, y si Cassandra y el resto del equipo lo notaron, no dijeron nada.
Severus rara vez hablaba de sus problemas personales. Hubiera sido una enorme sorpresa que alguien supiera que sufría por una mujer. La presidenta había sido la única que había tanteado ese terreno, pero él se rehusaba a hablar de aquello.
Alguna vez, pensó en regresar a sus antiguas andadas: acostarse con mujeres sin compromiso. Sin embargo, sólo se quedó en la idea, porque ya no encontraba una razón para hacerlo. Sus barreras mentales se habían vuelto tan fuertes que incluso inhibieron gran parte de su líbido. No había nada malo con su cuerpo, simplemente no deseaba a nadie que no fuese Hermione.
No obstante, dejando aparte su vida privada, el trabajo iba bien, avanzaban lento pero seguro para encontrar una cura a la enfermedad del hijo de Cassandra (y aquellas personas anónimas que la también la portaban). El camino había sido arduo, y los fallos, más que desanimarlos, los alentaban a continuar investigando.
Hasta que una tarde cualquiera, en el laboratorio, a Severus se le ocurrió una idea. Fue algo intempestivo, como si se hubiera encendido un bombillo en su cerebro.
Dejó todo lo que estaba haciendo y caminó presuroso a la oficina de la presidenta. Entró sin llamar (él era de las poquísimas personas que se había ganado esa confianza). Cassandra estaba reunida con unos magos de piel negra, quienes fulminaron con la mirada a Snape por su grosera irrupción, pero él no tenía tiempo para cortesías.
—Señor Snape— dijo la mujer, con la barbilla en alto y los ojos levemente entrecerrados—. Espero que sea importante.— "Más te vale que sea importante", fue lo que Severus supo que quiso decir en realidad.
—Lo es, presidenta— respondió él, casi jadeando—. Si me permite un minuto...
Cassandra miró a sus invitados y se disculpó con un gesto sobrio, luego se levantó, indicándole a Snape que la siguiera. Abandonaron la oficina y, con una tranquilidad fingida, caminaron por el pasillo hasta un despacho vacío.
—Severus, de verdad espero que tengas una...
—La tengo— interrumpió el mago, mirándola fijamente a los ojos—. No lo he comprobado todavía, pero estoy seguro de que funcionará.— Cassandra frunció el ceño, su expresión vagando entre la suspicacia y la esperanza.
—Explícate.
Una hora después, Severus, Cassandra y el equipo estaban reunidos en la oficina presidencial. Los pergaminos atestaban el escritorio, y los magos hablaban con entusiasmo, revisando las notas, haciendo ecuaciones aritmánticas a toda velocidad.
Una vez que la nueva fórmula estuvo lista, fueron sin pérdida de tiempo al laboratorio privado que utilizaban para la investigación y comenzaron las pruebas.
El contenido plateado burbujeaba en un caldero de cobre, mientras esperaban los minutos que restaban para que la poción se terminara de asentar.
El silencio era absoluto cuando Severus extrajo el líquido espeso con una pipeta. Dejó caer un par de gotas en un tubo de ensayo que contenía una muestra de la sangre de Chad. El sudor se agolpaba en su frente y apenas se atrevía a respirar.
En los experimentos anteriores, la sangre rechazaba la poción y se separaba o coagulaba. Si ahora su teoría era acertada, deberían mezclarse sin mayores problemas.
Agitó suavemente el tubo, con movimientos circulares, y lo sostuvo en alto. El color rojo se aclaró ligeramente, mientras se movía en espiral.
Y entonces, ocurrió: hubo un breve destello, casi imperceptible, y la sangre volvió a su estado original. Había aceptado la poción.
Una de las brujas tomó el tubo de ensayo con manos temblorosas, vertió parte de la mezcla en un recipiente plano y redondo y lo colocó bajo el lente de un microscopio muggle.
Sólo en ese momento, Severus notó que Cassandra lo estaba sujetando del brazo con fuerza. La observó de soslayo, pero ella solamente tenía ojos para la otra bruja, que había levantado la cabeza para dar el veredicto: esbozó una pequeña sonrisa y asintió con la cabeza.
Al sonido del timbre, le siguió el arrastre de docenas de sillas sobre el suelo y conversaciones animadas.
—Quiero el ensayo para el lunes— anunció el hombre frente al salón.
Los estudiantes respondieron con unos "sí" vagos, mientras tomaban sus mochilas. Ningún ensayo o examen diezmaría el entusiasmo de los jóvenes un día viernes. Salvo el de Hermione, que ya estaba preparando mentalmente su plan de estudios para el fin de semana.
Cursaba su tercer y último año en la universidad y, como era de esperarse, tenía las mejores calificaciones de su generación. Contaba con un pequeño grupo de amigos, que, al igual que ella, eran los estudiosos de la clase, y gozaba de una moderada popularidad, debido, en gran parte, a que era una de las alumnas de mayor edad y a que ya tenía alguna experiencia escribiendo y publicando.
Los profesores le tenían una alta estima, al igual que los compañeros que se acercaban a ella pidiendo ayuda para estudiar. Hermione, poco a poco, había perdido la vergüenza a que la gente que la conocía leyera sus obras, y fue una grata sorpresa saber que incluso algunos profesores la habían leído.
Adoraba su carrera, disfrutaba cada clase, cada examen e incluso las pocas fiestas a las que había ido con sus nuevos amigos. Fue en una de esas fiestas en las que conoció a una joven escritora en alza que ahora la estaba ayudando con su última novela. Sus amigos también aportaban una que otra idea, y una veterana profesora se había ofrecido para asesorarla, luego de asegurarle a Hermione, con bastante vehemencia, que veía en ella un enorme potencial.
Inmersa en sus estudios, Hermione se había alejado del mundo mágico, su único lazo eran Harry, Ginny y, ocasionalmente, los demás muchachos. Aun así, ella estaba contenta con su vida tal y como se encontraba. La universidad era maravillosa y vivir con sus padres había sido una excelente decisión. Ya no se preocupaba por el dinero, la beca que había obtenido cubría casi todos sus gastos académicos; al llegar a casa, no la esperaba una deprimente soledad, sino la compañía cálida de sus padres, y podía abocarse por completo a escribir.
Era un poco extraño estar estudiando a sus casi treinta años, rodeada de sus compañeros mucho más jóvenes, pero eso era lo de menos. El hecho de sentirse en el camino correcto era impagable.
—¿El domingo en mi casa, entonces?— le preguntó una chica de mirada risueña. Hermione sonrió.
—Claro, llevaré mis apuntes.
—¡Genial! ¡Nos vemos!
—Hasta el domingo, Hermy— se despidió a su vez un muchacho alto, de cabello castaño claro, pasándole un brazo por los hombros a la otra chica, mientras abandonaban el salón.
Hermione terminó de meter sus cuadernos en una mochila y se la colgó en el hombro. Caminó hasta la salida del campus, donde la esperaba su amiga pelirroja, sacudiendo con energía un brazo en el aire.
—Hola, Ginny.— Se dieron un rápido abrazo.
—Hola, ¿cómo estuvieron las clases?— quiso saber Ginny, al tiempo que comenzaban a andar en dirección a la estación de metro.
La conversación se prolongó hasta que, en la estación, se escabulleron por un pasillo en desuso, en donde podían desaparecerse sin ser vistas.
Sus cuerpos se materializaron en el jardín delantero de una bonita casa de madera. Los primeros brotes de primavera coloreraban el pasto de la entrada. El Valle de Godric lucía decididamente menos aterrador que la primera vez que Hermione lo visitó, cuando Harry y ella fueron emboscados por Voldemort.
—¿Harry y James no están?— preguntó Hermione cuando entraron a la casa.
—Están en La Madriguera— dijo Ginny con picardía—. La tarde es nuestra.— Sonrieron a la vez.
Poco después, ambas mujeres estaban en la cocina, cortando las frutas necesarias para preparar sangría, la nueva bebida favorita de Hermione y que su amiga se moría por probar.
Harry y Ginny se habían convertido en padres el año anterior, y Hermione era la feliz madrina del bebé. James Sirius era su consentido, lo amaba como si fuese su propio hijo, y si bien sólo tenía poco más de ocho meses, era muy despierto. Hermione lo visitaba casi todos los fines de semana, jugaban, lo sacaba a pasear y le leía hasta que se quedaba dormido. La llegada de su ahijado había sido una bocanada de aire fresco en su vida.
Ginny era una madre abnegada y cariñosa, tanto como lo era Molly Weasley. Había dedicado los últimos meses exclusivamente al cuidado de James, por eso ahora estaba bastante entusiasmada con su primera "salida" (aunque fuese en su propia casa).
—¿Y? ¿Ya conseguiste pareja para la boda de Leo?— preguntó la pelirroja, sin quitar la vista de la tabla de picar. Hermione suspiró.
—Chris me había dicho que sí... pero como ahora está saliendo con Ashley, van a ir de vacaciones a París.— Ginny la miró con los ojos muy abiertos.
—¿La hija del decano?
—No, no, la otra Ashley.
—¿Por qué todas se llaman igual?— Hermione se encogió de hombros, sonriendo. Hubo un momento de silencio—. ¿Y qué hay de ese chico con el que saliste una vez?
—¿Joseph?— dijo Hermione, haciéndose la desentendida—. No... no quiero que se haga una idea equivocada.— Ginny hizo un ruido indefinido con la garganta.
—Pensé que te agradaba...
—Me agrada, sí... pero es como... no lo sé, muy niño.
En silencio, continuaron picando la fruta y metiéndola en una jarra de vino tinto.
—George dice que no tiene problemas en acompañarte— comentó Ginny.
—Si para agosto no encuentro pareja, iré con él... o sola, da igual. Iré de cualquier forma, si no, Leo y Yancey no me lo perdonarán.— Al intuir que Ginny tenía ánimos de insistir, Hermione se apresuró a verter el resto de la fruta en la jarra—. Bien, ya está, ¿la llevo afuera?
—Sí, voy por los vasos.
Hermione salió al patio trasero. Inspiró hondo el olor a pasto recién cortado y flores. Algunos pájaros cantaban, el sol de la tarde alargaba la sombra de los árboles.
Dejó la jarra en una mesita de vidrio, sobre la que se hallaba un ejemplar de El Profeta. Hacía mucho que Hermione no lo leía, pues había cancelado su suscripción poco después de matricularse en la universidad. La tentación fue superior a ella. Acercó una silla, se sentó y desdobló el periódico.
El titular de la primera plana no anunciaba nada demasiado interesante, así que pasó a la siguiente. Muy de vez en cuando, aparecía un nombre conocido o fotografías de antiguos compañeros. Sonrió cuando vio a Luna tomada de la mano de un mago que, según el pie de foto, era nada más y nada menos que el nieto de Newt Scamander.
Ya estaba recordando por qué había dejado de leer ese aburrido diario, cuando, por el final, vio algo que le cortó la respiración. Fue como recibir los efectos próximos de un bombazo: un pitido en sus oídos le impidió escuchar y sintió un impacto casi físico. No lo esperaba, la tomó con la guardia completamente baja.
Era él. Severus la observaba desde el papel, con sus eternos ojos negros y un asomo de sonrisa orgullosa y, por qué no decirlo, presumida. La mente de Hermione había perdido la capacidad de leer el artículo que seguía a esa fotografía, solamente tenía ojos para él... hasta que notó que alguien lo acompañaba en la imagen: una mujer impresionante, alta, elegante... hermosa. Sonreía abiertamente a la cámara... y lo tomaba del brazo.
—¡Por fin!— exclamó Ginny, sentándose frente a Hermione, con un vaso en cada mano—. No tienes idea cuánto había esperado este momento.
¿Quién era esa mujer? ¿Por qué se tomaba esas libertades? ¿Y por qué Severus se lo permitía con tanta naturalidad?
¿Acaso ellos...?
La racionalidad exigía calma. Hermione respiró profundamente y retiró la mirada de la foto. Abajo, en letras pequeñas y cursivas, había dos nombres: "Severus Snape, pocionista, y Cassandra Holloway, presidenta de MACUSA".
La cabeza de Hermione daba vueltas, y cualquier pensamiento sensato había quedado flotando en una neblina.
—Hace tanto que no bebo que me emborracharé con el primer trago... ¿Hermione?— La voz de Ginny, que al parecer había estado hablando hacía rato, le llegó de pronto, lejana. Hermione alzó una mirada extraviada y la pelirroja frunció el ceño—. ¿Te sientes bien?
Hermione no respondió. Bajó la mirada nuevamente al periódico. En el fondo de su mente, sabía que estaba sobrerreaccionando, y se lo reprochaba. Esa mujer era la jefa de Severus, nada más. Nada más.
Él no saldría con su jefa... ¿verdad?
No lo sabía. Ella misma había sido su ex alumna, ex empleada... y habían tenido un romance.
De todas formas, ya no importaba. No tenía que importarle. Si él era feliz...
—Hermione, ¿qué pasa?— Ginny había arrastrado su silla junto a ella, y la miraba con profunda preocupación. Al no obtener respuesta, se fijó en lo que su amiga estaba mirando—. Oh... vaya...
Hermione se obligó a dejar de observar la fotografía. Se sentía descompuesta. Leyó el artículo correspondiente, con la esperanza de que aquello la distrajera.
A medida que sus ojos recorrían las líneas, se iban abriendo más y más. Severus había logrado algo... increíble.
—Al menos son buenas noticias— dijo Ginny de manera cautelosa.
—Sí— habló Hermione por inercia. Su mirada regresaba a la foto como si tuviese algún tipo de imantación.
Severus y su media sonrisa, y su porte de acentuada arrogancia. Su traje negro no era el de siempre, pero sus rasgos, sí.
De pronto, Ginny dobló el diario y lo alejó del alcance de Hermione.
—¿Estás bien?— La castaña asintió rápidamente con la cabeza, cambiando de postura.
—Sí, sólo que... hace tiempo que no lo veía.— Una sonrisa exigida curvó apenas sus labios. La imagen del mago la había sacado de balance de un modo insospechado.
Sintió la mano de Ginny en su hombro, apretándola en un gesto de contención. Hermione giró la cabeza y sonrió, pero eso no fue suficiente para esconder su expresión entristecida.
—Todavía lo quieres— afirmó Ginny en voz baja. Hermione apartó la mirada.
—Han pasado cuatro años, Ginny.— Suspiró entrecortadamente—... y no ha habido un sólo día en que no piense en él.— Ginny apretó los labios, pensativa.
—¿Y si... le hablas?— Hermione reflexionó un momento esa pregunta.
—No sé... No me gustaría molestarlo si es que... Ya sabes, si es que ya me olvidó.
—Lo dudo— repuso Ginny—. Sé que no lo conozco tan bien como tú, pero Snape no parece ser el tipo de hombre que cambia de novia con facilidad.
—¿Y qué hago? ¿Le pido que vuelva, que deje de lado todo por mí?
—No he dicho eso —cortó Ginny. Se puso seria y la miró de frente—, pero deberías despejar las dudas...y si aún lo amas y él a ti... podrías irte a Estados Unidos cuando termines tus estudios.— Hermione se mordió el labio, un gesto de inseguridad cruzó su rostro.
—Pero ¿y James? No lo vería nunca...
—Hermione, nosotros seguiremos aquí. James te va a extrañar, sí, pero que te vayas, no significa que dejaremos de vernos... Agradece que vivimos en el lado mágico de la humanidad.
Hermione no supo cómo responder. La idea de Ginny era lógica y efectiva, pero era difícil separar los sentimientos de la razón. ¿Qué pasaba si Severus la había superado? Quería saberlo, y al mismo tiempo, no.
Por otro lado... irse a América no sonaba tan mal. Con su título, sería más fácil conseguir un buen empleo. Podría seguir escribiendo y, como Ginny decía, no perdería a sus amigos.
Y estaría con él.
—Puede ser.— La voz de Hermione salió débil y sus ojos estaban perdidos en el vacío.
—Piénsalo, ¿sí? No tienes que decidirlo ahora.— Ginny esbozó una sonrisa tranquilizadora—. Mientras tanto... olvidemos nuestros problemas con esto.— Llenó los vasos con sangría y le tendió uno a Hermione—. Salud.
Le tomó cuatro largos años, pero el desafío estaba cumplido. Severus y el equipo habían recibido los honores pertinentes, gratificaciones públicas y monetarias. Cassandra se había deshecho en agradecimientos y halagos, que iban dirigidos a él especialmente. Inclusive, llegó a ofrecerle el puesto de jefe de Departamento. Sin embargo, Snape lo rechazó. Después de tanto trabajar, lo último que necesitaba eran más responsabilidades. Disfrutaría un buen tiempo de ser un simple empleado.
Primero, se merecía unas vacaciones. No tenía grandes planes, pero su cuerpo exigía descansar. Tal vez invitaría a su madre, podrían recorrer algunas ciudades. De joven, uno de sus sueños era poder llevar a su madre a conocer el mundo, sacarla del cuchitril que era su hogar. Había podido hacerlo en parte: con el buen sueldo que ganaba en el ministerio, le compró la casa en la que vivía ahora.
Sí, era un buen plan. Una vez que comenzaran sus vacaciones, en unas pocas semanas, se lo diría.
Por ahora, solamente deseaba quedarse tumbado en el sofá todo el día viendo basura muggle en la televisión. Era el primer domingo en meses que se permitía un relajo, y lo iba a aprovechar.
Bajó en pijama, se sirvió un té caliente y, de camino a la sala de estar, recogió la correspondencia en el buzón de la puerta.
Se acostó cómodamente en el sillón más grande, mientras encendía el televisor y revisaba el correo. Le llamó la atención un paquete cuadrado envuelto en papel madera. No tenía remitente. Dejó la taza de té en una mesa y desenvolvió el paquete. Lo primero que vio fue la contraportada de un libro de tapas delgadas que no parecía superar las trescientas páginas. Se extrañó. Él no había encargado ningún libro.
Lo giró en su mano y el título le agitó el corazón: "Niña Buena". La portada mostraba la pintura de una mujer con vestido rojo, de espaldas al lector. El cabello rizado caía hasta su cintura...
Severus, apenas respirando, se sentó. El nombre de la autora estaba en la parte inferior, y aunque ya no era necesario verlo para saber quién era, lo hizo igualmente. "Hermione J. Granger".
Él se consideraba un Oclumante experto. Pocos podían superarlo o siquiera igualarlo. Ni el mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos logró atravesar sus barreras... y ahora acababan de desplomarse con una facilidad abrumadora. Todo se vino abajo. Sus sentimientos quedaron expuestos, libres para salir a tomar aire luego de años de encierro. Libres para apoderarse de todo. La tormenta azotó, inclemente, al mar en calma que había sido su mente hasta ahora. Las emociones dormidas despertaron, mostrándose agigantadas. Era como el azote imprevisto de la marea contra una costa desprevenida... y Severus no había diseñado una defensa para algo así.
Sus ojos se humedecieron de repente y los cerró con fuerza. Se pasó una mano por la parte posterior del cuello, apretando los dientes, buscando su autocontrol. A él nunca se le había permitido llorar con libertad, su maldito padre lo golpeaba cada vez que, de niño, lo hacía; luego, en Hogwarts, fue víctima del hostigamiento, siendo llamado por los más insultantes apelativos si acaso lo veían lloriqueando por los rincones; y con los mortífagos no debía osar demostrar tal debilidad, mucho menos frente al Señor Oscuro.
Por eso Severus no lloraba, por eso luchaba con todas sus fuerzas contra sus lágrimas. Llorar era sinónimo de una fragilidad que no le correspondía, que tenía que ocultar del mundo... y de sí mismo, pues si lo hacía, era porque había tocado fondo.
Sin embargo, esta sensación era distinta. Las lágrimas en él siempre habían estado teñidas de rabia, odio, miedo o frustración. Esta era la primera vez que sus ojos se aguaron de feliz emoción... pero el hábito estaba demasiado arraigado.
De haber vivido otra vida, de no haber forjado su carácter a base de reprimir toda emoción, se habría dejado llevar.
Exhaló largamente. Cuando estuvo seguro de haber recuperado la compostura, volvió a abrir los ojos y abrió el libro. No estaba preparado lo que vio a continuación: el rostro sereno de Hermione en la solapa, seguido por una breve biografía.
La fotografía estaba en blanco y negro. Sus ojos miraban directamente a la cámara, y a sus labios los adornaba una tímida sonrisa. Su cabello estaba peinado hacia un lado, descansando en un hombro.
Severus tuvo la sensación de que los ojos de ella podían llegar hasta lo más profundo de su alma. Eran como un llamado, como una caricia, como un primer respiro luego de estar varios minutos bajo el agua. Él estaba satisfecho con la vida que llevaba; había logrado cosas que jamás creyó lograr, había conocido a personas a quienes podía considerar sus amigos... pero verla de nuevo, le hizo comprender que sin ella, no volvería a sentirse completo nunca más.
Tragó saliva y se percató de unas líneas escritas a mano en la primera página. Reconoció su letra inmediatamente, no en vano había corregido tantos de sus ensayos cuando fue su profesor.
Se preparó mentalmente y leyó:
"Gracias por la inspiración.
Con amor,
tu Niña Buena".
Ése era el mensaje que había esperado y necesitado. No fueron pocas las veces en las que pensó en buscarla, preguntarle si su corazón sentía igual, pedirle que rehicieran la vida que habían pausado. Lo detuvo el miedo a su rechazo, el ver sus ojos no ofrecerle sentimientos, o no dejarla seguir adelante.
Pero ahora estaba claro... y, sin dudas de por medio, no había nada qué temer.
A Hermione nunca le había entusiasmado demasiado pasar el rato al aire libre, prefería los interiores silenciosos, en donde sus pensamientos podían vagar sin distracciones. Pero ahora, hubiera dado cualquier cosa por poder salir, relajarse bajo el sol primaveral y no tener que estar frente al monitor escribiendo esa endemoniada tesis.
Le dolía la espalda y el trasero debido a las largas horas sentada. Sus ojos picaban, sentía el cerebro al borde del colapso. ¿Cómo podían los magos subestimar las capacidades de los muggles? En Hogwarts, no los preparaban para esta clase de torturas, y el examen de ingreso al Ministerio de Magia era un juego de niños en comparación.
Bostezó y se estiró, sus vértebras crujieron en el proceso. La mayoría de sus compañeros había decidido tomarse su tiempo, despejarse un poco, incluso tener el descaro de salir de vacaciones, antes de empezar sus propias tesis. El sentido de la responsabilidad de Hermione, en cambio, se lo impedía. No iba a estar tranquila hasta terminarla... y, según sus proyecciones, sería en un muy largo tiempo.
Descansó su cabeza en una mano, mirando con melancolía el hermoso y colorido paisaje por la ventana abierta de su habitación. Por lo menos, tenía la satisfacción de haber publicado su novela. Desde la editorial, decían que estaba empezando a vender bien, no estratosféricamente bien... pero mejor de lo que habían previsto.
Era la obra más personal que había escrito hasta el momento, en la que depositó todo su sentir. Aunque aquello era un secreto, por supuesto, y se había esmerado en mantenerlo bien oculto. Nadie podría adivinar en quién estaban inspirados los personajes... Nadie, excepto él. Él se daría cuenta ni bien leyera el título. Si es que había recibido su encargo.
Confiaba en que su inigualable inteligencia captara el mensaje... y que, como mínimo, le hiciera llegar una contestación.
Hermione, luego de todo lo que había vivido, ahora sí creía en las casualidades. Porque no por nada pudo terminar de escribir su libro antes de zambullirse en el extenuante proceso de su tesis (que habría postergado indefinidamente la publicación), no por nada Severus había conseguido una de las mayores metas de su vida casi al mismo tiempo... y no por nada sus ojos, que habían estado mirando la pantalla de su computador obsesivamente durante las últimas semanas, en ese instante miraban por la ventana... para ver surcar el cielo, como una extraña ave, un avión de papel.
Se suponía que las actualizaciones iban a ser semanales... pero ya ven... el tiempo avanzó sin que me diera cuenta y ya es diciembre xD Qué pasa con este año.
Bueno, al caso...
Espero que la espera haya valido la pena y hayan disfrutado el capítulo, a pesar de que no hay contacto entre ellos más que al final, y casi ni se puede considerar un "contacto". Pero quería darle profundidad a la trama y una motivación a los personajes (y mostrarles lo desconfiadas que son, ¿ven que Cassandra no tenía malas intenciones? xD).
Hay decisiones que se tienen que tomar por uno mismo, para crecer como persona, y a veces, esas decisiones no consideran a nuestras parejas, amigos o familia. A veces, hay que alejarse de ellos, aunque sea por un tiempo, para poder lograr las metas que nos proponemos. Y sí, incluyen cierto dolor, no es fácil, pero para crecer y mejorar, hay que hacerlo.
Lo importante es no perder nuestras raíces, no olvidar nuestras convicciones y ser consecuente con nuestros sentimientos.
Ya. Acabó mi cátedra xD Es que esta historia tiene muchos sentimientos míos por aquí y por allá.
Haré todo lo posible por tener el siguiente capítulo, que será el final, para el próximo viernes como regalo de Navidad. Si no, sepan que estoy trabajando en ello.
¡Gracias infinitas por haber seguido conmigo hasta acá! Lo aprecio como no se imaginan.
Amor para todos, todas y todes.
Un beso y abrazo.
Vrunetti.
