Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 10

Sacándome la camiseta por la cabeza, libero mis alas en un mismo movimiento antes de salir por la ventana de la habitación de Bella. Me lanzó directo al cielo, aproximadamente a media milla de altura en el cielo antes del amanecer mientras uso la llama azul de la espada de Miguel para navegar. Mi mejor ventaja es localizar a los demonios y detectar sus mentes sin que ellos estén conscientes de mi posición.

Es entonces cuando un poco de mi aprehensión se alivia. Uno de los demonios es Ramuell y está transmitiendo mentalmente que ni él ni su grupo representan amenaza para mí. De hecho, su mente está llena de advertencias.

Los caídos se están reuniendo contra mí.

Identifico su posición al suroeste del convento en los Jardines Botánicos Birmingham. Están escondidos en las sombras de una arboleda hacia la salida del pabellón principal de los terrenos. Aterrizo en silencio, cayendo a diez pies ante ellos. Les permito que vean la espada que estoy empuñando y que no vacilaré en usar.

—Hermano —me saluda Ramuell, mirando la espada con cautela mientras se acerca con la mano extendida.

Acepto su mano, manteniéndome en guardia mientras escaneo sus pensamientos una vez más antes de quedar satisfecho con que sus intenciones son benignas.

—Ramuell —correspondo el saludo para después posar mi mirada en los cinco demonios que se han quedado atrás. Me tomo un momento para estudiarlos, sonriendo un poco para mí. Aunque quieren parecer audaces y desenfrenados, sus mentes traicionan sus verdaderas emociones. Los cinco están aterrados de mí. Al menos, están aterrados por el arma que cargo que puede terminar con sus detestables vidas en un latido.

Puedo y lo haré si tan sólo me miran mal. Aunque ninguno de ellos ha cazado a Bella, y es sólo por esa razón que mi mano se detiene.

—Estos son mis hermanos, Daniel, Arakiel, Tamiel, Asbeel y Bezaliel —Ramuell me informa los nombres que una vez fueron angelicales y que ya he sacado de sus mentes.

Asiento, concentrándome en uno en particular. Daniel. Daniel seguía siendo parte de la Orden de Guardianes cuando me exiliaron. Tiempo después él cayó por un crimen compartido con sus cinco desafortunados compañeros; procrear con humanos.

—¿No aprendiste de las acciones de tus hermanos, Daniel? —le pregunto con curiosidad. Sin duda para cuando él se convirtió en caído ya habría estado consciente de la terrible naturaleza de sus acciones.

—La amaba. La amaba tanto que perdí toda razón —admite en voz queda, bajando la vista al suelo mientras su expresión se quiebra casi por completo.

Otro…

Mantiene resguardados sus pensamientos sobre ella. La mantiene en secreto. No puedo detectar nada sobre esta desafortunada humana en su mente, pero su angustia es innegable; es palpable. Es una cruel ironía porque, mientras que los humanos tienen la misericordia de emociones pasajeras, los ángeles en carne no lo tienen – ni siquiera un caído. El corazón de un ángel es tan infalible como sus sentidos, así que debemos cargar ese peso por toda la eternidad.

Exhalando mi aliento, miro de nuevo a Ramuell. Está analizando a Daniel con la misma afinidad por la que se encuentran malditos, y no puedo evitar sentir simpatía por esta criatura maldita.

Él los ama sobre todas las cosas. ¿Cómo puede Él esperar que no sintamos lo mismo? La mente de Daniel de repente proyecta el evidente dilema que es su frustración.

Asiento una vez estando de acuerdo. Lo sé muy bien.

—Hemos venido a advertirte, hermano —habla Ramuell abruptamente, y cuando me encuentro con la repentina intensidad de su mirada, me da más detalles—. Se corrió la voz sobre el destino de Azakeel, y los cuatro demonios restantes de su manada están reuniendo un ejército contra ti. Están reclutando a nuestros hermanos sin advertirles que tienes en tu posesión la espada de Miguel.

Bufo, preguntándome si él espera que les tenga lástima.

—¿No cuestionan por qué no ha regresado la bestia? ¿Son así de ingenuos?

—Les mienten diciéndoles que el mismo Miguel lo mató —responde—. Hermano, hay cientos viniendo tras de ti, pero todavía no se han reunido por completo. Actualmente están agrupados en cuatro campamentos separados.

—¿Cuándo planean atacar? —pregunto, penetrando sus pensamientos en busca de cualquier información que pueda intentar esconder de mí.

No puedo encontrar nada más.

—No estoy seguro. En una semana, posiblemente antes —revela Ramuell, mirándome directo a los ojos.

Lo examino deliberadamente por un segundo o dos antes de dar un calculado paso hacia él hasta que su pecho queda a centímetros del mío.

—Si intentas jugar al Judas conmigo, Ramuell, te sacaré el corazón y enterraré tus cenizas con jabalíes —le advierto y, para mi sorpresa, se endereza y me empuja; su expresión se retuerce con resentimiento.

Naturalmente no retrocedo ni un paso, pero eso no hace nada para disminuir el enojo e indignación de Ramuell.

—No te creas tan superior, Dashiel —escupe—. Nosotros somos culpables de amar a los hijos de nuestro padre. ¡Tú los asesinaste!

Inmediatamente furioso por la audacia que tiene la bestia al juzgarme, lo agarro de la garganta con mi mano libre y empujo su cuerpo. Cae pesadamente sobre la tierra húmeda, arrastrándose hasta detenerse a unos pies de distancia. No le he causado daño real, pero sus camaradas necesitan saber que, aunque nacimos de la misma luz, no somos hermanos.

—Has sido parte de la legión de demonios por miles de años, Ramuell —digo con rabia, señalándolo con la punta de la espada ardiente—. ¡Así que perdóname si no me convence inmediatamente tu veracidad! Y si alguna vez vuelves a poner tus asquerosas manos en mí, te arrancaré la cabeza de los hombros sin vacilar.

Se pone de pie, el demonio está furioso.

—¡No teníamos que venir aquí, Edward! —me provoca, moviéndose para pararse de nuevo ante mí, retándome directamente—. Los seis nos hemos arriesgado más de lo que podrías entender para advertírtelo.

Él es increíblemente valiente o increíblemente insensato. Sabe que no es competencia para mí y sin embargo su desafío se mantiene firme.

Tomando una respiración para ceder, bajo la espada y relajo mi postura.

—Cálmate, hermano —concedo—. Tengo que estar seguro de dónde está tu lealtad.

Asiente tensamente en admisión; aunque su expresión se mantiene alerta.

—Los seis somos traidores. Nos cazan sin descanso.

Me rio abiertamente y lleno de ironía.

—Bienvenido a cuatro mil años de mi miserable existencia —espeto con desdén como si los demonios esperaran que sintiera simpatía por ellos—. ¡Tu especie me ha cazado y ha matado a mi humana por siglos!

—Nosotros nunca la hemos cazado, ni a otro humano, Edward —habla Daniel, y el tono del patético infeliz es apático, muerto. Igual que sus ojos—. Sólo intentamos existir.

Sostengo su mirada no más de unos segundos antes de romper rápidamente el contacto. El demonio está tan atormentado que me desgasta estar en su presencia. Regreso mi atención a Ramuell. Él permanece indignado; aunque obviamente se ha dado cuenta del error de haberme retado directamente.

—¿Dónde se están reuniendo las bestias? —exijo saber.

—El ejército de Zelbukh está en Storuman, Suecia. El de Rizkeel está en Kidata, Tanzania; el de Bezzael en Bahía de Plenty, Nueva Zelanda; y el de Ozketh está en Broken Bow, Nebraska. Se han estado preparando para una batalla en estas últimas semanas, y pronto unirán sus fuerzas contra ti.

Inhalo con fuerza y calculo rápidamente una ruta mental a los cuatro continentes. Posiblemente tengo menos de una semana para encontrar y emboscar a los demonios, y eso significará dejar a Bella sin protección.

—¿Cuáles son los números? —le ladro a Ramuell, pero ya no es él quien causa mi agitación.

—Al menos ciento cincuenta en cada campamento.

—¿Llevas un celular? —pregunto.

—Sí —responde, mientras el número del mismo aparece en sus pensamientos.

—¿Sabes dónde está Bella? —lo reto, mi tono alude deliberadamente a una advertencia de lo que le pasará si alguna vez cruza por su mente la noción de lastimarla.

Uno de los demonios resopla antes de hablar en lugar de Ramuell.

—Cada miembro de los malditos en el planeta lo sabe, Dashiel. ¿Cuántas veces has liberado tus alas en su compañía?

No más de un segundo después tengo agarrado al demonio por la garganta, jalando su cabeza hacia atrás con tanta fuerza que su vertebra cervical se rompe ruidosamente.

—Ten cuidado, bastardo —digo con rabia, poniendo la espada contra su yugular antes de girarme de nuevo hacia Ramuell.

Sus ojos están llenos de pánico mientras los gritos de su compañero rebanan a través de la quietud del amanecer.

—¿Eres capaz de controlar a tu manada, Ramuell? —gruño, él asiente con firmeza y sin pausa.

—Perdóname, hermano —me suplica el demonio Tamiel.

Soltando a la bestia, lo tiró contra el piso sobre su estómago y encajo la espada a través de su hombro. No es suficiente para matarlo, pero es un recordatorio de nunca jamás volver a abrir la boca para hablar sobre Bella.

—¡Enséñale algo de control a tu sabandija, Ramuell! —grito sobre los alaridos del demonio. Luego libero la espada, empujando a Tamiel lejos de mí con la planta del pie—. No puedes hablar de ella; ¡¿LO ENTIENDES?!

—Hermano, por favor —me ruega Ramuell, con las manos alzadas y las palmas hacia mí en señal de rendición mientras su patética banda de camaradas se apresura a colocarse detrás de él.

—¡Protejan los límites de su ciudad! —les ordeno, batallando con controlar mi enojo mientras señalo su garganta con la espada en una amenaza directa—. Pero no entren. No estoy jugando contigo, Ramuell. Si das un solo paso dentro te cazaré y terminaré con tu miserable existencia. ¿Está claro?

—Está claro —responde, su voz suena calmada a pesar de que hierve con resentimiento.

—Si se cruzan con alguno de sus bastardos contáctenme inmediatamente —le indico, mi voz limitándose mientras todos los músculos de mi cuerpo se tensan. Tengo que dejarla. Es inevitable. No tengo otra opción.

—Entiendo la naturaleza extrema de tu solicitud, hermano. Puedes confiar en mí —enfatiza, y aunque su mente se inunda con sinceridad, no puedo obligarme a sentir una fe ciega en él.

—No me traiciones —le advierto una vez más.

Niega con la cabeza a modo de respuesta y baja los ojos en sumisión.

—Estaré en contacto —añado, luego mirando a Daniel asiento ligeramente a forma de reconocimiento antes de lanzarme de nuevo al cielo.

Cuando caigo de nuevo en el techo del convento los primeros rayos del sol ya están inundando el paisaje. Si me ven, no me importa; mis pensamientos están en otra parte.

Bella permanece pacíficamente dormida, pero no puedo detenerme ni por un instante para verla. Salgo directo de su habitación y avanzo por el oscurecido pasillo de pared de piedra; siguiendo las voces internas de las hermanas mientras busco a la Madre Superiora. Encuentro a la congregación de mujeres en el primer piso del edificio, están en el oratorio en medio de sus oraciones.

—¿Disculpe, Madre Superiora? —Hago sonar mi voz de forma respetuosa justo cuando varios jadeos hacen eco alrededor de la cámara de piedra.

Aunque todas las hermanas se han acostumbrado a mi presencia constante, su sorpresa al contemplarme, con el pecho desnudo, descalzo y mis alas grises extendidas, es evidente. Una de las hermanas más jóvenes y pequeñas se desmaya, y mientras que las otras se apresuran para atender sus necesidades, lo hacen sin que sus ojos se desvíen de mi figura inmóvil.

—¿Cómo puedo ayudarte, hijo? —Una de las hermanas más grandes y veneradas sale al frente, su voz tiembla mientras se aferra a las cuentas de su rosario. Su mente continua con las oraciones en latín con una fluidez inquieta y nerviosa.

—¿Puedo hablar con usted? —le pido, mi tono enfatiza la importancia de mi solicitud.

Ella vacila, observándome por un momento.

—Ven por aquí, por favor —responde eventualmente antes de guiarme a través de varios corredores hacia una pequeña oficina con paneles de madera. Toma asiento en una silla de caoba con respaldo alto. Claramente está alterada y me pregunto si alguna de ellas de verdad creyó la historia de las dos hermanas que fueron testigos del día en que me sacaron las alas de golpe.

—Tengo que irme —le informo antes de que pueda abrir la boca para hablar—. Los demonios ya vienen por mí.

Sus ojos se agrandan mientras sus pequeñas manos arrugadas se aprietan alrededor de su rosario de perlas. Su pregunta se formula primero en su mente, entonces la interrumpo de nuevo.

—Isabella debería estar a salvo. Vienen por mí, no por ella, pero tiene que asegurarse de que ella no salga del convento —una vez más enfatizo la naturaleza extrema de la situación.

—Ha desarrollado un carácter muy fuerte, como ya lo sabes —explica la pequeña mujer mientras sus ojos se mueven nerviosamente de mis alas hacia mi mirada fija—. Me temo que la única forma de lograr eso es encerrándola dentro de su habitación.

—Haga lo que deba hacer, pero por favor prométame que no la dejará fuera de su vista —le ruego con un poco de desesperación.

—Tienes mi palabra —me asegura, su mirada cae a su rosario antes de continuar con sus oraciones internas.

—¿Puedo molestarla con un suministro de agua bendita y aceite para ungir? —le pido—. Igual que cualquier cruz o crucifijo que tenga que hayan sido bendecidos.

—Sí, por supuesto —asiente—. Tengo un crucifijo bendecido por el Papa John Paul segundo. Puedo dejarlo en tus manos.

—Gracias. —Agacho la cabeza con todo respeto antes de darme la vuelta para regresar a la habitación de Bella.

Ella apenas comienza a despertarse cuando entro, y la visión de mis alas tan abiertamente la alarma; no las ha presenciado desde nuestro primer encuentro en el parque.

—Edward, ¿qué pasa? —salta de su cama para pararse ante mí; sus palmas se posan en mi pecho mientras alza la vista hacia mis ojos.

Poniendo mis palmas alrededor de sus hombros, la llevo de regreso a su cama, sentándola en la orilla.

—Bella, escúchame con mucha atención —apelo a su atención, poniendo todo mi esfuerzo en no alarmarla más mientras expreso la seriedad de la situación—. Tengo que irme por un tiempo.

Inhala para quejarse, sacudiendo inmediatamente la cabeza.

—¡No!

—Tengo que hacerlo, Bella. No tengo opción —reitero, poniendo mi palma en su mejilla—. No será por mucho tiempo.

—¿A dónde vas? —pregunta con ojos grandes y aquejados con miedo genuino.

—A ninguna parte de la que debas preocuparte —respondo, manteniendo deliberadamente mi tono gentil para calmarla.

—Llévame contigo —me ruega.

—No puedo —admito con tristeza, esta vez sus ojos se llenan lentamente con lágrimas—. Bella, por favor, intenta entenderlo.

—Edward, por favor, por favor no me dejes aquí. Me voy a volver loca, ¡por favor! —sus lágrimas se derraman antes de que ella me agarre y rodee mi cintura con sus brazos.

—Bella… —comienzo, pero desecho la idea y la rodeo con mis brazos, jalándola más contra mi pecho. Su pequeño cuerpo tiembla contra el mío y eso fortalece mi decisión—. Cuando regrese, te prometo, te juro, que te llevaré lejos, pero debes prometerme que te vas a quedar aquí en el convento hasta mi regreso. —Tomando su cara en mis manos, ladeo su cabeza para mirarla a los ojos—. ¿Puedes prometerme eso?

Asiente con un movimiento tembloroso incluso mientras sus lágrimas siguen cayendo silenciosamente por su cara.

—Te prometeré lo que sea —proclama antes de inhalar bruscamente sus sollozos—. Pero tú también tienes que prometerme algo.

—Lo que sea —juro.

—Regresa a mí, por favor.


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