Diez:
"Feliz cumpleaños."
Estar otra vez con Quinn era la mejor sensación del mundo. Las dos habíamos recuperado la ilusión en la vida, y aunque yo aún sufría por la pérdida de Brittany, estar a su lado me estaba ayudando a superarlo. Desde que Quinn me había confesado lo que ocurría con su madre y Beth, todo iba genial.
Las siguientes semanas fueron de ensueño. Estábamos siempre juntas. Quinn me hizo un montón de sesiones de fotos aunque no me dejaba ver ni una. Hubo una en la que tuvimos que ir a un río y tuve que meterme en el agua helada para poder recrear la escena de Ophelia. Quinn parecía muy motivada con aquella sesión, y aunque acabé con los labios morados, fue una experiencia muy bonita. Aunque yo le insistía una y otra vez para que dejase ver alguna, decía que antes de eso tenía que trabajar en ellas.
Quinn tuvo que volver a irse durante tres semanas, para hacer otro reportaje fotográfico que había conseguido a través del trabajo anterior donde tuvo que ir a los Alpes.
Estaba súper feliz de haberlo conseguido porque decía que significaba un gran avance para su carrera, y yo estaba muy feliz por ella. Aunque la eché muchísimo de menos, me dio el tiempo justo para prepararme y hacer mis exámenes de final de trimestre. Tuve tiempo incluso de acabar el libro con los dibujos que estaba preparando para Quinn, pero sólo se lo daría en un momento especial. Además, la fecha de mi cumpleaños se acercaba peligrosamente, así que aproveché también para comprar ropa interior un poco más interesante con unos ahorros que tenía para emergencias. Cuando el día primero de diciembre llegó, fui a buscarla por sorpresa al aeropuerto.
— ¿Qué haces aquí? –me preguntó sorprendida mientras saltaba a sus brazos.
— ¡Quería darte una sorpresa!
— No sabes lo mucho que te he echado de menos —me dijo mientras me cubría con besos.
Cuando llegamos a su casa, apenas habíamos cruzado la puerta cuando empezamos a besarnos intensamente. El invierno cada vez se hacía más presente, y a la que caía el sol la temperatura bajaba drásticamente. Después de besarnos durante un buen rato encendimos el fuego e hicimos la cena.
— Esta semana estaré un poco atareada acabando las fotos de estas últimas semanas y preparando los exámenes, pero te prometo que después seré toda tuya.
— No te preocupes, a mí también me quedan un par de exámenes, así que tendrás tiempo.
Al día siguiente, el domingo, Quinn preparó la segunda habitación con dos mesas y dos sillas.
— Si a ti no te molesta, podríamos trabajar juntas –me dijo un poco nerviosa enseñándome la nueva organización de la habitación.
— ¿Cómo me va a molestar? –negué contenta. –Así, cuando descanse, sólo tendré que girarme para darte un montón de besos.
Jamás me había resultado tan placentero estudiar. A pesar de mis buenas notas, estudiar era algo que detestaba, pero aquella vez se me hizo mucho más llevadero que cualquier año anterior. De vez en cuando, Quinn me sorprendía con un beso en el cuello.
Al siguiente sábado, para celebrar que ya habíamos acabado, Quinn preparó un pastel de chocolate buenísimo. Aún nos quedaban días de clase antes de las vacaciones de navidad, pero los exámenes más importantes ya habían pasado, y Quinn había acabado su trabajo fotográfico y sus exámenes. Ya hacía una semana que encendíamos la chimenea cada noche, y me encantaba el color que le daba a toda la casa. Apenas acabó la película que estábamos viendo empezamos a besarnos otra vez, como siempre sucedía.
La pasión iba subiendo y Quinn acabó sobre mí. Desde aquella vez en el lavabo, no habíamos estado tan emocionadas. Las dos respirábamos con fuerza y la luz dorada que desprendía el fuego en la chimenea lo hacía todo todavía más romántico. Quinn, poco a poco, fue metiendo su mano por debajo de mi jersey y fue subiendo hasta tocar mi seno por primera vez.
Aquella sensación era extraña pero muy placentera y excitante. La agarré por la cabeza y la apreté todavía más a mí. Quinn estaba entre mis pernas moviéndose delicadamente.
Entonces le mordí la oreja suavemente, y aquello pareció volverla loca.
— ¡Quieres que pierda la cabeza verdad enana! —gruñó acalorada. Seguí besándola.
— ¿Sabes qué día es hoy? —cuestioné coqueta.
— Sábado día once, creo —contestó sin prestar mucha atención, mientras seguía ocupada besándome.
— ¿Y sabes lo que eso quiere decir?
— No —negó tiernamente.
— ¡Pues que sólo quedan siete días para que cumpla los dieciocho años!
Quinn me miró como cuando una niña se da cuenta de que pronto pasarán Santa Claus con sus renos.
— La espera se me va a hacer eterna –resopló sonriendo. —No sé lo que me haces pero me vuelves loca… Por eso ¿Por qué no te vienes a vivir ya aquí, a mi lado? De todas maneras es como si lo hicieras.
Asentí con una enorme sonrisa y seguimos besándonos hasta que nos quedamos dormidas la una en los brazos de la otra.
Contra más se acercaba mi cumpleaños, más nerviosa estaba. Quería hacerlo con Quinn, pero aun así estaba un poco nerviosa. Toda esa semana, Quinn me regaló una rosa cada día hasta el día de mi cumpleaños, y me escribía notitas románticas que me encontraba en los lugares menos esperados de la casa. Me hacía sentir muy especial, y eso me gustaba. El viernes por la noche, justo la noche antes de mi cumpleaños, me sorprendió con un regalo cuando acabamos de cenar.
— Sé que tu cumpleaños es mañana, pero éste es un primer regalo para que recuerdes siempre tu último día antes de ser mayor de edad — me dio una pequeña cajita envuelta en un precioso papel de regalo plateado con un lazo dorado que era casi más grande que toda la caja.
— ¿Cómo que un primer regalo? —le pregunté sorprendida. —Ya sabes que no quiero que me hagas regalos. No quiero que te gastes más dinero. Todo lo que haces por mi es más que suficiente, y además el teléfono vale para los próximos 5 Hannukas y cumpleaños juntos.
Quinn me miró divertida por mi reprimenda.
— Sabes bien que nada de lo que digas me va a hacer cambiar de opinión. Los dieciocho son importantes, así que disfrútalo.
Era imposible enfadarse con ella si te veía con esa tierna mirada y esa enorme sonrisa.
Desenvolví la cajita, no sin antes refunfuñar un poco. Me quedé con la boca abierta cuando vi lo que era. Dentro de la cajita había unos preciosos pendientes en forma de estrellas. Eran preciosos, de oro blanco, de una delicadeza exquisita.
— Cuando los vi me hicieron pensar en ti. Porque eres la estrellas más brillante aquí sobre la tierra.
— ¡Son preciosos Quinn, me encanta! No tendrías que haberlo hecho —le agradecí de corazón a punto de llorar de la emoción.
— Quiero que los disfrutes. Quería que tuvieras algo que te recordara siempre estas fechas. Además, pensé que así podrías recordar a Brittany. Porque ella también es una estrella que te cuida en el cielo.
Me abracé a ella y no pude evitar llorar.
— No llores cariño —suplicó con ternura mientras me acariciaba la cabeza.
— Es que estoy emocionada. Son muy bonitos —agradecí entre el llanto.
Quinn rió con cariño.
— Pues mañana te quedan todavía más, así que si vas a llorar por cada regalo, te pasarás el día llorando.
— ¿Más regalos todavía?
— Claro, mañana es el gran día —y me guiñó el ojo.
Le sonreí nerviosa, pero divertida por la cara de traviesa que ponía.
— Pero si yo ya soy feliz estando contigo, no necesito más regalos más que tus besos — le dije honestamente.
— Ya lo sé, pero, ¿quién no es más feliz con un montón de regalos? —me preguntó poniendo una cara divertida.
Me reí y ella también se rió.
— ¡Qué tonta! —le susurré cariñosamente.
Me sonrió y me dio un beso.
— ¡Joder enana del demonio, que sexy eres! —Gritó con su adorable acento inglés, que sonó muy divertido ante aquella expresión tan americana — ¿No te los vas a probar?
— ¡Sí, claro! —asentí ilusionada mientras los sacaba de la cajita y me los ponía. — ¿Qué te parecen?
— Te quedan muy bonitos. Aunque todo te queda bonito.
— Ajam —contesté contenta llevándome la mano al colgante de Brittany que quedaba cubierto bajo el jersey.
Me quedé pensando unos segundos, pero me armé de valor y me quité el jersey delante de ella, quedándome en sujetador, mostrando el colgante. Era un sujetador muy bonito, negro, con un poco de encaje, que me había ido a comprar durante las semanas que Quinn estuvo fuera. Me dio bastante vergüenza porque Quinn no me había visto nunca antes con tan poca ropa. Se quedó sorprendida ante mi atrevimiento, pero me observaba con ojos llenos de deseo. La observé un poco nerviosa, pero a la vez coqueta. El calor del fuego me acarició la piel de la misma manera que lo hicieron las manos de Quinn.
— ¿Qué te parece? —le pregunté tímida sentándome sobre sus piernas.
— Te queda precioso —susurró mientras acercaba sus labios a los míos.
Quinn acarició delicadamente mi cuerpo con sus manos, haciéndome temblar bajo su tacto. Me observó durante un rato.
— Eres tan hermosa. No cambiaría nada. Eres perfecta Rach.
— Eso es porque me ves con buenos ojos —le rebatí sonrojada.
Me atrajo a ella suavemente y me besó.
— Te amo, Rachel —confesó mirándome a los ojos.
— Yo también te amo, Quinn.
Y de nuevo, nos dejamos llevar por la intensidad de nuestros besos hasta que nos quedamos dormidas. Tuve un sueño precioso en el que estaba Quinn. No recuerdo bien lo que ocurría, pero la sensación que me había dejado era muy agradable.
Cuando me desperté, Quinn no estaba a mi lado, pero percibí un ruido en la planta de abajo, como de cosas que se movían.
— ¿Quinn? —le llamé.
Escuché un golpe, como si se hubiera asustado y se hubiera golpeado con algo.
— No te asomes cielo. Ahora subo —suplicó apresurada.
Oí como movía más cosas hasta llegar hasta la escalera. De un salto, se puso a mi lado en la cama con su preciosa sonrisa.
— ¡Buenos días princesa, muchísimas felicidades! —me felicitó dándome un beso enorme. — Pensaba que ibas a dormir un poco más. Eres como un oso perezoso —se burló como quien no quiere la cosa, poniendo cara de niña buena. — ¿Segura que no estás cansada?
La observé intentando averiguar qué tramaba.
— Qué estarás planeando…— curioseé escudriñándola con la mirada.
— ¿Yo? —dijo intentando fingir su sorpresa—No estoy haciendo nada.
Le sonreí divertida por su tono y expresión.
— Pero aunque no esté haciendo nada, me parece que estarás muy cómoda aquí durante unos 15 minutos más.
Y más rápido que un rayo, volvió a bajar por la escalera. El día era precioso y el sol brillaba con fuerza. Me acurruqué en la cama disfrutando de esa placentera sensación.
Podía oír a Quinn moviendo cosas en el comedor y en la cocina.
— Subo en cinco minutos —me avisó al cabo de un rato mientras movía platos en la cocina. — Tú sigue ahí, relajada… Y no sientas curiosidad… Sé que es difícil para ti… pero hazme caso… Vale mucho la pena.
— Ajam.
Al cabo de un rato, Quinn subió emocionada.
— Deacuerdo, ya está —dijo acostándose a mi lado. —Te vas a tener que poner esto antes de bajar — me entregó una venda que tenía en la mano.
— Bueno —acepté contenta.
Me encantaban las sorpresas. Quinn me puso la venda y me guió para bajar por las escaleras.
— ¿Estás lista? —me preguntó cuando llegué abajo.
— Sí —contesté impaciente.
Me quitó la venda. Había tantas cosas que me costó asimilarlo un buen rato. Había un montón de regalos sobre la mesa del comedor, de todos los colores y tamaños. Había ramos de flores por todas partes. En una bandeja, al lado de los regalos, había dos vasos de lo que parecía zumo exprimido natural de naranja, pero lo más impresionante eran unas galletas en forma de letras que formabas el mensaje 'Feliz Cumpleaños Rach' y que estaban decoradas con un montón de colores. Había globos y decoraciones por toda la casa. Estaba claro que se había pasado mucho rato preparando todo aquello. Todo estaba hermoso.
— ¿Qué te parece? —me preguntó dulcemente mientras me abrazaba por detrás y acomodaba su mentón en mi hombro.
Me giré y le abracé nuevamente con lágrimas en los ojos.
— Es increíble. No tendrías que haber hecho nada de esto —le agradecí emocionada.
— Me hace feliz hacerte feliz, cielo.
Volví a girarme para contemplar cada detalle.
— ¿Pero cuándo has conseguido hacer todo esto?
— Llevo preparándolo desde hace unos días, pero anoche lo monté todo mientras dormías —explicó orgullosa y contenta.
— Es todo tan bonito. Me encantan todas las decoraciones y las flores y las galletas.
— ¡Ah! Casi se me olvidaba —me interrumpió mientras iba rápidamente a la cocina y volvía con algo escondido detrás suyo. —Las vi y me encantaron. Pensé que te gustarían.
Me miró con su sonrisa y descubrió un precioso ramo de rosas multicolor. Cada pétalo tenía un color diferente, y el ramo, de unas veinte rosas, formaba un precioso ramo colorido como el arcoíris. Me fascinaron.
— ¡Uaauu! Me encantan. Mira que colores —solté un chillido sin poder dejar de mirarlas.
— Sí, son muy originales. Es la primera vez que las he visto.
— Yo tampoco las había visto nunca.
La volví a abrazar abrumada por todo el esfuerzo que estaba haciendo por mí.
— Vamos, come alguna galleta y empieza a abrir los regalos —suplicó más impaciente que yo.
— ¿Tú ya desayunaste? —le pregunté.
— No, quería esperarte a ti.
— Hazle alguna foto, por favor, antes de que nos comamos tu obra de arte.
Quinn fue al cuarto y trajo su cámara. Hizo un montón de fotos de todos los detalles y de mí con los ramos de flores y con los globos, y luego se puso a mi lado y, girando la cámara hacia nosotras, hizo unas cuantas fotos de las dos juntas.
— Deacuerdo —sonrió emocionada cuando acabó, llevándose una galleta a la boca. – Vamos ábrelos ya antes de que llegue navidad.
—Pero yo no festejo navidad—le mostré la lengua y ella negó divertida.
Tomé el primer regalo. El paquete era blando, como si fuese algo de ropa. Cuando lo abrí descubrí una chaqueta como las de esquí pero un poco más fina.
— ¡Qué bonita! —chillé emocionada mientras le daba un beso.
— Pruébatela a ver si te queda bien —me pidió.
Era ligera pero abrigaba muchísimo. Me quedaba que parecía que la habían hecho para mí.
— ¿Cómo acertaste mi talla? —curioseé sorprendida.
— Le pedí a la dependienta que se la probase y luego le pedí que me dejara abrazarla para ver si era como tú, igual de esponjada —me contestó convencida.
Me quedé mirándola un poco sorprendida e indignada.
— ¡Es broma Rachel! —confesó riendo mientras me hacía cosquillas. —Lo observé en unos de tus divertidos jerseys de renos. ¡Vamos, abre más! —me pidió impaciente.
Le sonreí y seguí abriendo más paquetes. Una vez los abrí todos tenía un conjunto completo para ir al polo norte. Había unos pantalones a conjunto con la chaqueta, unos guantes, una bufanda, un gorro, una mochila de montaña y un vale para ir a comprar botas de montaña.
— Estos son demasiado regalos, Quinn —le reñí cariñosamente
— Pues éstos son sólo los prácticos… —dijo acercándose a mí y abrazándome por la cintura — Pensé que así podremos ir a la montaña a caminar y a esquiar incluso.
— Pero si yo no sé esquiar.
— Bueno, yo te enseñaré. Además, si algún día tengo que ir a hacer algún reportaje de montaña podrás venir conmigo. Así que vete vistiéndote que hoy mismo lo estrenamos todo — me ordenó contenta con cara de emoción.
— ¿Qué? —le pregunté confundida.
— Preparé una excursión para hoy a un sitio muy bonito. Vamos a hacer una cima de unas cuatro horas. No quise escoger un pico muy alto para que no estés muy cansada esta noche. Quisiera ser yo quien te desmaye —susurró guiñándome un ojo.
Me sonrojé.
— Te aseguro que los paisajes te van a encantar —me animó.
— Está bien, pero que te claro que nunca lo he hecho. Espero poder seguir tu ritmo —le advertí.
Me vestí mientras Quinn acababa de preparar la mochila con las cosas que nos teníamos que llevar. Estaba súper cómoda y calentita en mi ropa nueva.
— Estás hermosa y adorable. Pareces toda una exploradora —sonrió cuando me vio con el kit completo.
El paseo hasta la cima fue genial. Había partes un poco difíciles pero los maravillosos paisajes hacían que valiera la pena. Quinn me explicó un montón de cosas sobre la montaña y sobre qué tenía que hacer si me perdía, o si me encontraba con animales peligrosos. Me enseñó los tipos de árboles y arbustos y me contó un montón de curiosidades. Cuando llegamos a la cima, el paisaje cortaba la respiración. Había montañas por todas partes, y los colores otoñales hacían que todo pareciese todavía más mágico. El aire puro llenaba nuestros pulmones.
— ¡Es increíble! —chillé mocionada abrazada a ella mientras observaba aquél imponente entorno.
— Y esto es sólo una pequeña montaña. Hay muchísimas otras cimas que podemos hacer que también tienen unas vistas increíbles.
Cuando regresamos a su casa, pensé que estaría más cansada, pero en realidad me sentía más despierta que cuando salí. Merendamos tranquilamente y nos quedamos un rato relajadas en el sofá mientras veíamos la televisión.
— ¿Quieres salir a cenar esta noche? — me preguntó al cabo del rato.
— ¿A cenar? —respondí nerviosa por todo el dinero que Quinn se estaba gastando en mí.
— Hay un sitio muy bonito justo en la ciudad. ¿Qué te parece?
— Me parece bien, pero estoy sufriendo por todo el dinero que te estás gastando —le confesé.
— Deja ya de pensar en eso. Hoy es tu día y no importa nada, y si lo hago es porque puedo. ¿Sí?
— Esta bien—asentí con una sonrisa.
— Pues entonces dame un segundo —pidió mientras se levantaba e iba a la habitación de al lado, la que se había convertido en nuestro cuarto de estudio. Salió a los pocos segundos con cuatro paquetes envueltos en papel de regalo. Uno de ellos era muy grande.
— ¿Más regalos? —le pregunté sorprendida y nerviosa, pero no podía protestar ante aquella adorable cara de emoción y felicidad que traía Quinn.
— Después de éstos sólo te quedará uno más… bueno… dos—reveló mientras dejaba los regalos delante de mí y se volvía a sentar a mi lado.
— ¿Dos más? —le reprendí.
— Sí… y son los que tengo más ganas de darte… —me contestó sonriendo.
Le di un golpecito suave en el lado entendiendo a qué se refería.
— No Rachel, no es eso… bueno… eso también… pero el regalo que yo digo no es eso —negó divertido por mi expresión. —Vamos… ábrelos.
Tomé primero el más grande.
— No, primero éste —me lo quitó cambiándome el paquete por otro un poco más pequeño.
Lo tomé y lo abrí. Había un precioso vestido negro con una tela muy suave y elegante, y algunas partes como de crochet.
— ¿Te gusta? —preguntó nerviosa mordiéndose el labio.
— ¡Me encanta! —agradecí aun embobada.
Era el primer vestido que tenía que no fuese de cuando tenía diez años. Nunca me había puesto un vestido ya de más mayor.
— Pensé que te gustaría tener uno para estrenarlo esta noche.
— Es el primer vestido que tengo.
— Vamos, abre los otros.
Abrí el siguiente paquete que era rectangular y duro. Dentro había una zapatillas negras hermosas.
— ¿Cómo sabías mi talla? —le pregunté sorprendida mientras me los probaba emocionada.
— ¿Te acuerdas aquel día en el recreo? —Me preguntó haciéndome recordar aquel insignificante día cuando me piso sin querer —Pues era todo una táctica. Quería saber tu número y no sabía cómo pedírtelo y que no pareciese muy preparado. Para entonces ya estaba planeando tu cumpleaños.
— ¿Y cómo sabías que mi cumpleaños era entonces? Yo aún no te lo había dicho.
— Bueno, ser profesora tiene sus ventajas… — me contestó guiñándome un ojo. — ¡Siguiente!
Abrí el paquete más grande. Era un abrigo negro por encima de las rodillas precioso y muy elegante.
— Pensé que necesitarías algo para llevar con el vestido.
— Muchas gracias Quinn, es muy elegante. Todos los regalos son geniales.
— Abre el último —ordenó emocionada.
El último paquete también era rectangular y duro, pero un poco más grande que la caja de zapatos. Cuando lo desenvolví había una caja de metal y dentro había todo tipos de maquillajes y cosas para el cabello. Había cosas para maquillar que ni siquiera sabía que existían. Y cremas y espumas de todo tipo. Había incluso una plancha para alisar el cabello y otra para rizarlo.
— No sabía si ya tenías estas cosas, o si ni siquiera las utilizarías, pero pensé que tal vez te apetecería utilizarlo para esta noche. Para mí estás hermosa de todas las maneras. Ya sé que no eres como todas las chicas.
— ¡Es estupendo! —la interrumpí viendo que se ponía un poco nerviosa al pensar que no había acertado con el regalo.
Dejé el regalo sobre la mesa y me puse sobre ella mientras la besaba intensamente. Nos estuvimos besando un rato y cada vez nos costaba más controlarnos.
— Será mejor que nos preparemos —me alejó acalorada y llenas de deseo mientras intentaba controlarse.
Me di una ducha mientras Quinn se preparaba en su habitación. Me puse el vestido y me sorprendí de lo bien que me quedaba, y para que yo pudiese decir eso, era que realmente me quedaba bien. La forma del vestido marcaba las curvas de mujer que ya se habían adueñado de mi cuerpo y que ocultaba bajo mi ropa sosa de diario. Me puse espuma en el cabello y me quedó con una bonita ondulación que ni siquiera sabía que tenía.
Después me pinté un poco los ojos con una sombra negra discreta que hacía que me resaltara la mirada. También me puse rímel y un toque discreto de brillo en los labios.
Cuando acabé de ponerme los pendientes, el collar de Brittany y las zapatillas, no había quien me pudiese reconocer. Salí del cuarto de baño un poco nerviosa. Quinn me contempló boquiabierta durante un buen rato.
— ¡Estás increíble, Rachel! — me alagó atónita.
Se acercó a mí, me tomó de la mano, y me hizo dar una vuelta bajo su brazo. Después me tomó por la cintura y me apretó contra ella.
— Soy la chica más afortunada del mundo —me dijo dándome un tierno beso en los labios.
Quinn también iba muy hermosa. Se había un elegante vestido plateado y le hacían una figura por la cual más de una estaría dispuesta a morir y unas zapatillas también plateadas con un maquillaje no tan cargado y su cabello dorado con ondas. Llevaba un jersey de punto fino muy elegante que le iba genial con el color de los ojos. Pero lo que más me distraía era un perfume que se había puesto que me estaba volviendo loca.
El restaurante era muy bonito, y muy caro, por lo que me ponía más nerviosa. Intenté no pensar en eso. Si Quinn me llevaba allí era porque le hacía ilusión, y yo quería que ella supiera que estaba muy agradecida por todo lo que había hecho por mí.
De camino a la mesa, noté cómo los hombres de las otras mesas nos veían al pasar. Nunca me habían observado tanto.
Quinn parecía divertida por aquella reacción, y me seguía orgullosa. Por una vez me miraban más a mí que a ella. La cena fue exquisita, con platos que tenían nombres que ni siquiera podía pronunciar. Todo era muy elegante y romántico, con velas y flores en cada mesa. Para el postre, me trajeron un pastel sorpresa con unas velas encima, y aunque al principio el único que empezó cantando el cumpleaños feliz fue Quinn, poco a poco todo el restaurante se fue uniendo y tuve que levantarme a la final, un poco avergonzada, para agradecerles sus felicitaciones.
Una vez de vuelta en su casa Quinn me pidió que me quedara unos segundos en la habitación de estudio. Con todas las cosas que habíamos hecho ese día, no me había apenas dado tiempo en pensar lo que iba a ocurrir esa noche. Tenía ganas, pero no podía evitar tenerle un poco de respeto al asunto.
— Ya puedes salir—me avisó desde el comedor.
Cuando salí, vi que Quinn había apartado el sofá y había bajado el colchón y lo había puesto delante del fuego, que ardía con fuerza. Había puesto las flores y los globos repartidos por el comedor, y en el colchón había otro regalo. Cuadrado y grande, pero plano. La observé emocionada sin decir nada. Se acercó a mí y me besó.
— Éste es el último por hoy. Mañana por la mañana te daré el último —me dijo cariñosamente.
Era inútil reprenderla, así que me senté en el colchón para abrir el último regalo. Era lámina tras láminas de las fotos que me había hecho en las sesiones de fotos, pero estaban retocadas con el efecto de sobre exponer imágenes como me había enseñado de sus trabajos anteriores, pero éstas eran mucho más bonitas, no porque saliese yo, pero porque de verdad que eran increíbles. Mi cuerpo y mi cara se unían de maneras inimaginables con fotos de la naturaleza. Había unas diez fotos de ese tipo, y después llegaron las del río. Había una que era igual que la pintura de Ophelia. Había otras diez que también eran increíbles.
— No sé qué decir Quinn, son magnificas.
— Sólo son magníficas porque sales tú en ellas.
Se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas de la emoción.
— Eres tan buena conmigo… no tendrías que haber hecho tantas cosas por mí —agradecí acurrucándome en sus brazos mientras no podía aguantar más las lágrimas.
— ¿Te hice feliz? —me preguntó con cariño.
— Sí —le contesté entre sollozos.
— Pues eso es todo lo que quería.
Me limpió las lágrimas con sus manos y me besó. Apartó las láminas y las puso en el sofá. Luego me tomó con cariño y me acostó en la cama.
— Quiero que sepas que si no estás preparada y prefieres esperar, sólo tienes que decírmelo. No es ninguna obligación que ocurra hoy. Esperaré el tiempo que necesites.
— No, quiero hacerlo contigo y quiero que sea hoy. Estoy un poco nerviosa pero supongo que es normal.
— Si en cualquier momento quieres parar, por favor dímelo. Quiero que ante todo sea algo bonito y que estés a tranquila. No quiero que sea un trauma para ti como lo fue para mí —me contestó acariciándome la frente. —He pensado que con el colchón aquí abajo al lado del fuego sería más romántico.
— Es todo perfecto, Quinn.
— Te amo más que a nada en este mundo —susurró mirándome a los ojos.
— Yo también te amo.
Me besó y enredó sus brazos en mi cuerpo. Se desabrocho el vestido y le vi por primera vez el torso desnudo bañado por la luz dorada que salía de la chimenea.
Yo no era de fijarme mucho en los músculos, pero los suyos eran de infarto. Me recordó a las modelos que salían en las pasarelas, con aquellos cuerpos increíbles. Siguió besándome mientras se pegaba a mí. Poco a poco, me bajó la cremallera del vestido y me lo quitó con suavidad mientras me besaba. Me quedé en ropa interior igual que ella y se apartó un poco para poder contemplarme.
— Eres hermosa Rach—me aduló mientras me acariciaba y me daba besos por la cintura, subiendo entre mis senos hasta llegar al cuello.
Se volvió a apretar a mí, y el contacto de su piel desnuda con la mía era suave, pero a la vez eléctrico. Me encantaba notar el calor de su piel sobre la mía. Mi sangre se seguía acelerando. Las dos respirábamos con fuerza a cada movimiento que hacíamos, a cada roce de nuestros cuerpos. Entonces me quitó el sujetador, y contempló mis senos desnudos por primera vez. Todos sus movimientos eran suaves y calmados y eso me tranquilizaba. La deseaba con todas mis fuerzas y podía ver en su mirada que ella también me deseaba. Y entonces, con un gesto suave, me quitó lo que me quedaba de ropa interior. Se apretó contra mi cuerpo acariciando cada centímetro de mi piel, besándome con pasión sin intentar reprimir su deseo. Al cabo de unos minutos, Quinn se desnudó del todo y llevó su mano a donde ambas queríamos, y poco a poco, y como si fuera la cosa más natural del mundo, ocurrió.
