Capítulo 23:

Cuero negro

Por ironía de la vida, Draco se sentía como si estuviera atado en un nudo.

Había llegado a la conclusión en el minuto y medio que transcurrió después de que Harry se fuera, que le iba a ser imposible estudiar.

Su mente se había quedado en blanco, paralizada y entumecida por la última frase que había dicho su novio. Sentía que su corazón se expandía tan grande que en cualquier momento saldría de su pecho con tan solo pensar en la palabra "amor". Así que Draco cogió todo el significado que conllevaba ese pensamiento, lo metió en una caja y lo enterró en el fondo de su cerebro.

La tarde había pasado en un borrón después de eso. Había estado dándole vueltas y vueltas a la recompensa que Harry iba a darle. La expectación se había arraigado en su estómago, con cientos de ideas imaginativas en su mente. Se había preguntado constantemente qué tenía planeado Harry. Sabía que no iba a ser nada parecido a su noche en Paris y su experiencia con la pluma. Esta vez iba en serio, y eso hizo que el nerviosismo se hiciese presente en su cuerpo y no le dejase en paz. La incertidumbre de no sabes qué iba a ocurrir lo estaba matando y, cuando llegó el anochecer, Draco se encontró en su cama, mirando el techo con la ideas corriendo a miles de millas por hora y una presión incómoda en la boca del estómago.

Había intentado dormir sin éxito durante horas enteras, hasta que finalmente había optado por tomarse una poción tranquilizante para conseguir conciliar el sueño.

Se despertó descansado pero aún nervioso, obligándose a desayunar y a estudiar para mantener a su mente ocupada en algo que no fuese Harry en sus pensamientos.

Para el momento en el que llegó la hora de prepararse, Draco era un cúmulo inquieto. A pesar de eso, mientras arreglaba su cabello para que estuviera perfecto, se encontró sonriéndole a su reflejo en el espejo con un pequeño atisbo de ilusión.

Entonces se apareció directamente en el salón de Harry, sintiendo que los músculos de su espalda se hubían anudado desde la parte baja hasta su cuello. Encontró tanto el salón como la cocina vacíos, así que se encaminó hacia el despacho a paso lento e inquieto. Se detuvo en el umbral de la puerta, mordiendo su labio inferior. Sentía su pulso latir velozmente mientras veía a Harry. Estaba sentado en su escritorio, sosteniendo un vaso en su mano izquierda y balanceándolo en un vaivén circular, haciendo resonar el hielo que había dentro, a la vez que escribía algo en un pergamino con su mano derecha.

—Hola —murmuró, a pesar de que se imaginaba que Harry ya sabía que estaba ahí.

El moreno alzó la vista y luego un tempus apareció sobre él, marcando las siete en punto en el reloj.

—Qué puntual.

—La puntualidad también es una virtud —dijo, con una clara irritación en su voz.

Harry rió, poniéndose en pie. Dio un último trago a su bebida antes de dejar el vaso vacío encima de la mesa, aún con una bonita sonrisa en sus labios y avanzó hasta estar a su lado.

—¿Quieres beber algo? —negó con la cabeza, y por alguna razón que desconocía, eso hizo que su novio sintiese aún más grande— A ver si adivino... Te has pasado todo el día estresado, pensando qué va a pasar, ¿me equivoco?

—Te equivocas —Harry arqueó una ceja, sin creerle. Rodó los ojos y sus hombros se desplomaron de mala gana—. Vale, puede que haya pensado un poco en ello.

La expresión de Harry se tornó comprensiva, casi tierna, mientras alzaba las manos para acariciar su mejilla y dejar un beso en la esquina de sus labios.

—Eres un caso —susurró, muy cerca de él

—Me tomaré eso como un halago —murmuró, demasiado perdido en el contacto de Harry sobre él.

—Te he echado de menos.

Su declaración hizo que su corazón se acelerase y a la vez que algo cálido se asentase en su pecho, contradictoriamente.

—Eso fue por tu culpa, podrías haberme tenido anoche.

Draco no dijo que podría tenerle todas las noches y los días que quisiera, porque sonaba demasiado íntimo y los nervios se agarraban en su estómago de manera casi dolorosa.

—¿Y dónde estaría la gracia? —bromeó, con una mirada traviesa— La espera merece la pena cuando lo que vas a conseguir es realmente bueno.

—Espero que lo sea o tendrás un problema, Potter.

El moreno le miró como si encontrase divertido toda su irritación y condescendencia.

—Harry —corrigió en voz baja y precisa. Bajó su mano, acariciando su cuello y su hombro hasta detenerse en su pecho. Draco suspiró—. O tal vez quieras llamarme Señor, luego.

Arrugó la nariz, alzando levemente el mentón a pesar de que el aire a su alrededor parecía de repente más opresivo y su respiración estaba agitándose bajo los ojos audaces de Harry.

—Vas a tener que hacerlo mejor si planeas que ni si quiera piense en llamarte así.

—¿Es un reto? —preguntó, ladeando la cabeza y jugueteando con uno de los corchetes de su túnica— Porque ya deberías saber que me tomo los retos de manera muy personal.

—Tómatelo como quieras —desafió.

Notaba su rostro caliente, lo que indicaba que estaba enrojeciendo. Sus manos habían empezado a sudar y se preguntó si su novio era capaz de notar el leve temblor de todo su cuerpo. Había una emoción, una gran expectación y un deseo arrollador que estaba comenzado a afectarle mientras veía a Harry sonreír como un tiburón que acababa de oler sangre en el agua.

—Genial —dijo. Parecía muy complacido consigo mismo—. Tengo que enseñarte algo.

Inhaló bruscamente cuando Harry se separó de él. Se sentía deshecho y apenas le había puesto un dedo encima.

Tragó saliva con dificultad, siguiéndole fuera del despacho hasta llegar a su habitación. Relamió sus labios cuando entró en la estancia, contemplando su alrededor ávidamente. Nada parecía fuera de lugar. La cama estaba bien hecha, había una túnica doblada en el respaldo del sillón, y su copo de nieve continuaba descansando en la mesita de noche. Se sintió decepcionado por un minuto.

—¿Recuerdas cuando te dije que no tenía una sala de juegos? —volvió su atención a Harry, quien había avanzado hasta el armario.

—Sí.

—En realidad, sí tengo una pequeña colección.

Cuando abrió las puertas de este, se dio cuenta de que no era sólo un simple armario, sino un vestidor entero. Alzó las cejas sorprendido. Era un vestidor realmente bonito, con estantes y compartimentos de color gris y una isleta de mármol blanco en el centro con un montón de cajones en ella. Había túnicas, capas y ropa adecuada para el mundo mágico a su derecha y a su izquierda había ropa muggle.

—Eres mucho más ordenado de lo que creía.

Harry sonrió ladino, apoyando sus codos en la isleta y dejando caer su barbilla sobre su mano derecha.

—Me he vuelto aficionado al orden en estos últimos años.

Podría apostar que sí, pensó con sarna. Estuvo a punto de hacer un comentario burlón, cuando notó una ligera corriente de magia bajo su mano. Se giró hacia su novio, creyendo por un momento que había lanzado algún hechizo, pero se lo encontró observándole con atención, aún con una sonrisa en su atractivo rostro, como si estuviese esperando una reacción por parte de Draco. Entonces agachó su mirada hacia la isleta, dándose cuenta de que la magia provenía de allí.

—¿Tienes un hechizo puesto aquí? —preguntó, a pesar de que era evidente para él.

Harry ensanchó su sonrisa. Parecía orgulloso de él, lo que a su vez hizo que Draco se sintiese orgulloso de sí mismo. Le vio tamborilear los dedos sobre el mármol y sintió que el hechizo retrocedía poco a poco.

—Abre el primer cajón.

No sabía qué esperaba encontrarse, pero definitivamente no había sido eso.

Había un conjunto de juguetes eróticos, todos bien ordenados y colocados en una hilera metódica. Desde pinzas, hasta dildos, esposas y distintas retenciones. Habían cintas de telas también, de diferentes materiales como la seda o el satén y unas bolsas alargadas de terciopelo alineadlas unas al lado de otras.

—¿Que hay ahí? —preguntó, señalando las bolsas.

—Consoladores y algunas bolas chinas.

—Ya veo.

—Puedes abrir uno si quieres —negó con la cabeza rápidamente, echándose unos centímetros para atrás incluso—. ¿Te estás sonrojando?

—Cállate —espetó. Y si, se estaba sonrojando, aunque no sabía si era por la vergüenza o por la punzada de excitación que sentía en su ingle—¿Con quién has usado todo esto?

—Con nadie, celoso —había un toque cariñoso en su reprimenda, y aunque puso los ojos en blanco, su expresión era apacible—. Supongo que te gustará saber que compré todo eso pensando en ti. Respetando nuestro límites, claro.

—Creo que lo has elegido todo demasiado colorido —opinó. No había nada ahí que no fuese de un color vibrante. Lo más sutil parecía ser un antifaz de seda de color gris — ¿Tienes un fetiche con el rojo?

A pesar de que habían telas en colores azules eléctricos, verdes vivos y naranjas vistosos, el rojo parecía predominar.

—Tengo un fetiche con tu piel —cuando desvío la vista hacia su novio, asombrado por esa afirmación, vio que lo decía completamente en serio—. Tienes una piel preciosa y, créeme, todos esos colores van a quedar maravillosos en ti.

—Si tú lo dices...

Quiso sonar despreocupado, pero su voz salía asfixiada ante la perspectiva de utilizar todo lo que tenía delante con Harry. Se encontró mucho más emocionado de lo que habría imaginado.

—Abre el siguiente cajón.

Draco obedeció, cerrando el primer cajón y pasando al segundo. El aliento se le atascó en la garganta cuando lo hizo. Sintió que su boca se secaba y el nudo que había sentido durante todo el día en su estómago se volvía un lío de emociones.

—Joder —murmuró, escuchándose ahogado.

Frente a él, había una serie de látigos de todos los colores y formas. Estaban todos bien ordenados y colocados en fila, descansando en lo que parecía ser una tela de terciopelo negro. Había algunos que reconocía, como los látigos simples, los de cuero trenzado y con varias colas, una fusta de equitación, una pala de madera y un látigo de tres puntas. Había también una vara de metal que dolía con solo verla.

—¿Qué es esto?

Harry ladeó la cabeza para ver qué era lo que señalaba.

—Es un flogger —explicó. Era un látigo corto, con un puñado de cuerdas entrelazadas en el extremo. Tenía un mango estilizado y de color rojo—. Los floggers están destinados a que duelan menos que un látigo, pero este en concreto, como está compuesto de cuerdas de cáñamo en vez de tiras de cuero, duele un poco más de lo habitual.

Asintió, observando el instrumento. Sin embargo, su interés fue captado por otro látigo. La serpiente que había grabada en la base le llamó la atención, y el hecho de que nunca hubiera visto nada así le causó curiosidad. Era grueso en la base, luciendo pesado, y se iba haciendo más fino conforme llegaba al otro extremo.

—¿Y este? —cuestionó.

—Ese está diseñado específicamente para mi —Harry habló con suficiencia, acercándose a él para ponerse a su lado y sacar el látigo del cajón. Era largo y sorprendentemente recio—. Dame tu mano.

Draco extendió la mano de inmediato. Sus latidos se habían acomodado a un ritmo acelerado y se preguntó si en algún momento su corazón volvería a latir a un compás normal.

Retuvo la respiración cuando Harry tomó su mano y colocó su palma hacia arriba. Alzó el látigo con su mano derecha y lo dejó caer sobre su piel con un movimiento ágil. Se sobresaltó por el impacto, jadeando. Había escuchado un leve silbido en el aire cuando el látigo se había movido y rápidamente notó la quemazón conocida del golpe.

—No duele tanto —opinó, mirando hacia abajo y flexionando los dedos. Picaba un poco, pero no era tan doloroso como había imaginado.

—No está hecho para que duela, está hecho para que deje una bonita marca.

Tal y como había dicho, había una línea de color rojo profundo atravesando la palma de su mano a pesar de que el golpe ni si quiera había sido fuerte.

—Eso es... —asombroso, quiso decir, pero sus palabras murieron en cuanto elevó la vista y se encontró con la expresión atenta de Harry.

Le observaba pacientemente, midiendo y estudiando su reacción. Era consciente de que su respiración se había agitado y que el calor continuaba en sus mejillas y concluyó que Harry también debía haberse percatado de ello porque se relamió los labios y luego sonrió lento y sugestivo.

—¿Te gusta? —asintió con la cabeza, parpadeando con rapidez. Se sentía inusualmente paralizado— Dilo, Draco.

La voz de Harry era un murmullo ronco y suave y en la cabeza de Draco sonaba a sexo.

—Sí. Parece... —dudó durante un instante, volviendo a contemplar la marca en su mano, preguntándose cómo sería tenerla en el resto de su piel. Su cuerpo se estremeció—...interesante.

—Será interesante —aseguró el moreno, devolviendo el látigo a su sitio—. No ahora, sin embargo.

Se sorprendió por lo muy decepcionado que se encontró.

—¿No? —repitió, observando con anhelo el cajón ahora cerrado.

Harry negó con la cabeza, con una sonrisa divertida en el rostro. Se alejó de Draco, caminando hacia uno de los compartimentos donde guardaba su ropa y sacó sus guantes de cuero. Su mente casi se había olvidado de ellos, pero su cuerpo reaccionó, agitándose visiblemente.

—Voy a usar esto hoy —Draco lo envidió por verse tan casual, mientras él apenas podía mantener su respiración acompasada—. Y si no me equivoco, vamos a comprobar cuán paciente puedes llegar a ser.

—¿Cómo?

Harry pasó su lengua por sus dientes con sus ojos verdes brillando resueltos.

—Solo tienes que aguantar sin correrte mientras utilizo uno de esos —abrió el primer cajón, señalando uno de los consoladores. Lo hacía parecer fácil, pero Draco sabía que iba a ser de todo menos eso. Y aún así, se notó a sí mismo más que dispuesto—. Si consigues aguantar más de quince minutos, tendrás tu recompensa.

—Vale.

Se tensó con expectación cuando Harry se acercó a él, invadiendo su espacio personal. Podía oler su colonia celestial y casi podía percibir el calor de su cuerpo. Sintió un profunda necesidad de arquease contra él para que le tocase.

—¿Color?

Frunció el ceño, extrañado durante un instante hasta que recordó a qué se refería. Quería comprobar que estaba bien.

Su voz salió sin aliento cuando respondió:

—Verde.

—¿Tu palabra segura?

—Rojo —murmuró.

Draco se dejó guiar fuera del vestidor, parándose junto a la cama e intentando no retorcerse en su sitio mientras Harry dejaba la bolsa en su mesita de noche para después enfrentarse a él con una mirada depredadora.

—¿Por qué siempre vas tan abotonado? —preguntó, con una leve queja en su voz— Me haces querer desenvolverte.

Agachó la mirada, como si no pudiese recordar que llevaba puesto. Había elegido una túnica de terciopelo de color azul oscuro con corchetes dorados que llegaban hasta prácticamente su garganta. Había estado al menos dos horas intentando elegir qué ponerse y en su mente siempre se iba a sentir avergonzado por haber elegido su túnica más cara para la ocasión. Sobretodo porque su ropa contrastaba con la de Harry, que llevaba unos pantalones oscuros y una simple camisa blanca.

Estuvo a punto de abrir la boca para responder, cuando los dedos de Harry desabrocharon el primer cierre en la base de su cuello y después viajaron lentamente hacia el siguiente. Sus ojos se encontraron durante un segundo, y Draco hizo todo lo posible para no estremecerse bajo su mirada. Lo que no evitó fue inclinarse hacia delante para besar a su novio apropiadamente. Harry lo recibió con gusto, metiendo sus manos por debajo de su túnica suelta, acariciando la piel de su pecho, bajando por su costillas y luego subiendo hasta sus hombros para terminar de quitarle la prenda. Gimió cuando su novio se arrodilló frente a él, arrastrando su ropa interior en el proceso, dejándolo completamente desnudo. Para su sorpresa, Harry no volvió a levantarse, sino que se quedó de rodillas, repartiendo besos en su estómago y rastrillando con sus dedos la piel de sus piernas. Tenía los ojos cerrados, en una expresión de deleite puro. Draco podía asegurar que iba a tener esa imagen en la memoria por el resto de su vida.

Se quejó cuando Harry se levantó, dando un paso hacia atrás lejos de él.

—Se supone que debes tener paciencia —recordó son severidad.

—La estoy teniendo.

Su novio le miró de soslayo, no creyendo una sola palabra, antes de desabrochar los botones de su propia camisa y tirarla a un lado. Draco contempló su torso con avaricia, recreándose en su brazo tatuado y su vientre marcado. Mordió su labio inferior, notando con algo de vergüenza que su erección endurecía con facilidad.

—Ven aquí —Harry cogió sus manos, dándole un apretón afectuoso antes de guiarle hacia la cama. Se sentó en el borde, colocando a Draco frente a él—. Quiero que te tumbes sobre tu estómago en mi regazo, dejando el pecho a esta altura —señaló el espacio vacío a su lado.

Draco asintió, situándose tal y como le había dicho. Su pecho quedó sobre la cama, mientras que la parte baja de su estómago estaba sobre la pierna de Harry. Intentó no gemir en voz alta cuando su pene se presionó contra la tela áspera del pantalón de su novio. Harry le acomodó, pasando su pierna derecha sobre las de Draco para inmovilizarle, haciendo que el contacto fuese todavía más notorio.

—¿Bien?

Parpadeó, percibiendo lo ahogada que era su respiración, intentando concentrarse en la pregunta y no en las ganas que tenía de frotarse.

—Sí —contestó.

—Arquea la espalda —ordenó. Draco no quería hacerlo, porque eso significaría perder el maravilloso toque en su entrepierna y Harry debió llegar a la misma conclusión, porque agarró la parte interior de su muslo y apretó con fuerza—. Draco —avisó entre dientes.

—Lo siento —susurró.

Obedeció, apretando los dientes y soltando un lloriqueo cuando su polla quedó en el aire, totalmente necesitada a esas alturas. El agarre en su muslo se aflojó, pasando a ser una caricia lenta. Su cuerpo se tensó con expectación cuando los dedos de Harry recorrieron su entrada, masajeando la obertura con el dedo índice resbaladizo hasta introducirlo dentro con cuidado.

—Mira qué bien obedeces ahora —observó Harry, acariciando su columna vertebral. Era consciente de que se había arqueado todavía más, sintiéndose desesperado por el toque en su interior—. Solo necesitas un buen aliciente, ¿no?

Debería haber previsto que esto iba a ser mucho más difícil de lo que pensaba. Harry se burlaba de él, introducía sus dedos para dilatarle y luego los sacaba, masajeando sus glúteos, sus piernas y su espalda hasta que Draco se retorcía jadeante y entonces volvía a penetrarle. Se sentía como masilla en sus manos, con sus piernas temblando y su excitación nublándole la mente.

—Harry —se quejó.

—¿Ya estás impaciente? —había una ligera diversión en su voz, como si estuviera entretenido por ver a Draco en ese estado, lo que le hizo apretar sus manos en puños—. Porque ni si quiera he empezado todavía.

Presionó los labios juntos, callando todos sus lamentos. Su recompensa, se recordó, pensando en los guantes de cuero y en lo que Harry le haría con ellos. Tenía que ser paciente.

Era mucho más fácil decirlo que hacerlo, sobretodo cuando Harry presionó algo mucho más grande que sus dedos contra su entrada. Se sintió abierto y lleno mientras el consolador se iba adentrando hasta que llegó hasta su próstata. Entonces Draco se sacudió, notando como su polla se endurecía. Gimió largo y vibrante, intentando pensar en otra cosa que no fuese el placer que sentía en ese momento.

—¿Color?

Se relamió los labios, con la respiración estrangulada y el rostro sonrojado.

—Verde —contestó sin dudar.

—Eres precioso así, tan perfecto —comentó. Su voz era ronca y sus manos se paseaban por su espalda con reverencia. Soltó un lloriqueo débil, complacido por las palabras de Harry—. Vamos a ver si eres capaz de merecerte tu recompensa.

Draco inhaló con profundidad cuando su novio le instó a que se recostase como al principio. Tragó con dificultad cuando su polla quedó atrapada entre su estómago y el muslo de Harry y tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para no correrse ahí mismo.

El consolador se movió dentro y fuera de él en un vaivén constante y profundo. A veces Harry se detenía, manteniendo el juguete en su interior, moviéndolo de lado a lado. Eso era peor, porque entonces su próstata era empujada constantemente y Draco ni si quiera podía retorcerse porque la fricción de en su polla iba a llevarle al límite. Quince minutos le habían parecido pocos, pero en ese momento, mientras sus pulmones luchaban para retener el aire y su cuerpo estaba tenso, esforzándose por retener su placer, sintió que quince minutos eran una eternidad.

—Por favor —suplicó.

Su pene palpitaba, lo que llevaba a que su entrada también palpitase, apretando el consolador entre sus músculos, haciéndolo todo más difícil.

—¿No puedes aguantar más? —preguntó Harry, deteniendo sus movimientos.

Tenía unas inmensas ganas de decirle que no, que ya no podía soportarlo, que por favor se lo follase. Entonces recordó su recompensa, y lo orgulloso que se sentiría Harry si aguantaba unos minutos más.

Cerró los ojos, respirando hondo. La excitación se arremolinó en su estómago, caliente y espesa. Agradeció que su novio esperase hasta que se sintió más sereno, un poco menos en el borde.

—Sí, puedo —afirmó, con voz más estable.

—Solo tienes que esperar un poco más —alentó con palabras suaves—. Lo estás haciendo tan bien, cariño. Sé que puedes conseguirlo.

Draco se aferró a esa promesa y a su tono afectuoso. Hubo un par de momentos, en los que Harry apretó sus piernas juntas y embistió fuerte, en el que pensó que no iba a poder soportarlo. Se aferró a todo su autocontrol, apretando las sabanas bajo sus manos y gimiendo sin parar.

Su mente se encontraba a la deriva cuando se percató en que Harry se había detenido, había sacado el juguete de su interior y estaba masajeando los músculos de sus piernas. Parpadeó lentamente, haciendo que un par de lágrimas se resbalasen por el puente de su nariz.

—¿Ya está?

Carraspeó cuando su voz salió ronca y desigual.

—Sí, ya está. Lo has hecho genial.

—¿Puedo correrme ahora? —preguntó, con la esperanza agitándose en su pecho.

—Todavía no, precioso —se lamentó, cerrando los ojos y tragando gruesamente—. ¿Todavía quieres tu recompensa?

—Sí.

Las manos de Harry dejaron de tocarle durante un segundo. Cuando volvió a notar su tacto, este era frío y rígido. El guante de cuero, pensó con el corazón latiendo veloz.

—¿Listo?

Asintió, a duras penas.

La primera palmada llegó de repente y, aunque de alguna manera lo había estado esperando —deseado incluso—, no pudo evitar sobresaltarse. Respiró agitado y superficialmente, con los ojos bien abiertos y el cuerpo paralizado. La adrenalina le hizo sentirse mucho más despierto y atento.

—¿Color?

Se tomó unos segundos para medirse a sí mismo. El golpe picaba, había un hormigueo que hacía cosquillas en su carne y el sonido del cuero chocando contra su piel le había alarmado por un instante, pero el ruido había sido más exagerado que el golpe en sí.

—Verde —contestó.

El segundo azote fue más esperado, aunque también dolió más. Draco se lamentó cuando su cuerpo se arqueó para alejarse instintivamente del dolor, porque su pene presionó contra el muslo de Harry, sacándole un espasmo desde la parte baja de su vientre. Intentó relajarse mientras Harry acariciaba su piel recién golpeada. El tercer golpe cayó entre su muslo y su glúteo izquierdo, haciendo que Draco jadease sin aliento.

Harry fue intercalando los azotes, nunca dando dos veces seguidas en el mismo lugar, frotando después la zona para ofrecerle un poco de consuelo, murmurándole palabras de aliento de vez en cuando, diciéndole lo bien que lo hacía, lo maravilloso que era, lo bonito que se veía en su regazo con la piel enrojecida bajo su mano. Draco escuchó todas las palabras como si su alma pendiese de ellas, aceptando cada azote, asimilando todo el dolor y placer que se le concedía. Se sintió extasiado con el sonido que escuchaba cada vez que el cuero impactaba contra su piel, con cada cosquilleo en sus nervios. Empezó a arquearse con cada golpe, a tensarse con afán cuando sabía que la mano de Harry estaba a punto de golpearle.

—¿Crees que serías capaz de montar mi polla? —preguntó Harry, después de darle un último azote. Había una mano en su hombro, manteniéndole quieto, mientras que otra estaba acariciando su trasero maltratado.

Sus músculos apretaron, haciéndole ver lo vacío que se sentía de repente.

—Sí, por favor —contestó, su voz escuchándose pequeña.

—Levántate.

Le costó más esfuerzo del que pensó. Sus brazos se sentían débiles y sus piernas temblaban, pero aún así fue capaz de mantenerse lo suficientemente erguido y paciente para que Harry pudiese quitarse los pantalones antes de arrastrarle a su regazo.

La piel de su trasero escocía y tuvo que apretar los dientes y cerrar los ojos cuando su novio clavó los dedos en su carne tierna.

—Harry —lloriqueó, dejando caer su frente en el hombro del moreno.

—¿Sí, Draco?

Sentía que la polla de Harry rozaba su entrada y se deslizaba fuera, sin hacer intento de penetrarle en ningún momento. Draco se retorció, desesperado, con su propia erección latiendo furiosamente.

—Necesito correrme.

—Pídemelo bien.

Abrió la boca dispuesto a suplicar, dándole igual lo humillante que fuese, cuando Harry entró en él de una sola embestida. Soltó un corto grito sobresaltado, echando la cabeza hacia atrás. Su polla se sacudió, sus músculos apretaron la erección de Harry y por fin, por fin se sintió lleno. Casi podía saborear el placer. Casi, si no fuese porque Harry no hizo nada más que eso. No se movió, ni empujó, solo sujetó sus caderas y se quedó enterrado profundamente.

—Por favor.

—Pídemelo bien —exigió de nuevo.

—Harry, déjame correrme, por favor.

—Cerca, pero no —Draco se quejó, intentando balancearse sin éxito. Se estremeció cuando Harry rozó su oreja con sus labios, hablando en voz baja y resonante—. Te dije que me tomo muy en serio los retos.

Gruñó, con un atisbo de irritación quemando sus entrañas. Para su desgracia, necesitaba conseguir su liberación más que cualquier otra cosa.

—Déjame correrme. Por favor... —su voz se agrietó cuando Harry sacudió sus caderas—... Señor.

—Repítelo.

Apretó los ojos, respirando con fuerza.

—Por favor, Señor.

Harry le alzó y luego le dejó caer bruscamente sobre su polla, sacándole un grito ahogado. Sentía que en cualquier momento estallaría.

—Una vez más.

—Déjame correrme. Por favor, Señor

Hubo un segundo de silencio, antes de que Harry hablase.

—Solo por lo bien que suplicas —concedió.

A Draco no le importó la sonrisa engreída de su novio, ni su mirada soberbia. Fueron sus palabras las que le hicieron relajarse por completo, cerrando los ojos y meciéndose de manera acelerada contra Harry. Había estado tanto tiempo en al límite, que apenas necesitó unos cuantos empujes para que su cuerpo colapsase y el orgasmo le sacudiese por completo. Sorprendentemente, Harry le siguió inmediatamente después, corriéndose con un gruñido grave.

Sus párpados cayeron, pesados y apoyó la cabeza sobre el hombro de su novio. De respiración era jadeante y su corazón seguía latiendo velozmente. Se suponía que debía sentirse liberado, pero todavía había un pequeño cúmulo nervioso arraigado en su estómago.

—Lo has hacho tan bien —halagó Harry. Se irguió con una pequeña sonrisa. Había calor en la mirada de Harry y Draco se sintió estremecer. Nadie le había mirado así, como si fuese lo más maravilloso que había visto nunca—. Soportándolo todo como un buen chico. Mi buen y precioso chico.

Su garganta se apretó ante las palabras. Algo en su pecho se quebró levemente y las lágrimas se acumularon bajo sus párpados, emborronando su visión. De repente todo era demasiado. La mirada de Harry, sus manos acariciando su espalda, su magia recorriendo su cuerpo para limpiarle, los besos que estaba dejando sobre su hombro desnudo. Llevó sus manos hacia su rostro cuando el primer sollozó le sacudió. Sintió a Harry tensarse debajo de él, y luego apretarle en un abrazo.

—¿Draco?

Quería decirle que no se preocupase, que estaba bien, pero lo único que salió de su boca fue un lamento desolador mientras lloraba todavía más fuerte.

Harry se tumbó en la cama, arrastrándole con él para que se acurrucase en su pecho. Los cubrió con una sábana, mientras continuaba frotando su espalda y sus brazos de manera reconfortante. Lloró durante minutos, hasta que su garganta se secó y sus ojos se hincharon. Cuando los sollozos se detuvieron, tenía la nariz congestionada y le dolía la cabeza.

—Lo siento —susurró.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros. Su mejilla estaba apoyada contra el pecho de Harry mientras que su mano acariciara una de las alas del Fénix que tenía tatuado. Su piel enrojecida ardía y tiraba por la posición en la que estaba, pero se encontraba tan cálido y protegido que no quiso moverse.

—No quería llorar.

—No pasa nada, no tienes que disculparte por eso, Draco —la voz de Harry era comprensiva y paciente e hizo que el pecho de Draco volviese a apretarse—. Aunque me gustaría saber qué es lo que lo ha desencadenado. Si he hecho algo mal...

—No —interrumpió de inmediato—. No ha sido tu culpa.

—¿Entonces?

Harry acarició su flequillo y alzó su barbilla, instándole a mirarle. Sus ojos verdes eran cálidos y sus dedos rozaban su mejilla con afecto. El nudo de su garganta volvió a apretarse y las lágrimas inundaron sus ojos una vez más. En su mente solo rondaba la frase que Harry le había dicho el día anterior antes de irse, esa frase que había enterrado en el fondo de su consciencia y que ahora hacía que todo en él se quebrase, porque se había dado cuenta de que era verdad, de que Harry tenía razón.

Que en realidad le amaba.


Hooooooooooola

Estoy actualizando pronto hoy porque tengo mucho trabajo esta tarde así que voy a aprovechar este ratito libre que tengo ahora para hacerlo.

Creo que era mi deber moral escribir una escena con los guantes de cuero de Harry, después de todo. Me gustó mucho escribir este capítulo, aunque tarde una eternidad en terminarlo porque es el más largo que he escrito hasta ahora no solo en este historia, sino en todas las demás.

He de admitir que estaba algo sensible cuando lo escribí, y que probablemente he sido un poco dramática, pero pienso que era el momento ideal para aflorar los sentimientos de Draco. Como dije, he dividido esta parte en tres capítulos (este es el segundo), así que tendréis que esperar al viernes que viene para saber la reacción completa de Draco a sus sentimientos recién descubiertos.

¡Espero que os esté gustando!

¡Nos leemos pronto!