-N/A: Dije septiembre, pero no de qué año... Ok no, la broma no es graciosa y creo que ya la he usado en otro fic xD Bueno, poco puedo decir aparte de que lamento mucho la espera y que sois maravillosas por la paciencia que tenéis. Este capítulo ha sido el más difícil de escribir, porque hasta ahora la historia iba muy fluida, pero ahora empieza a enredarse todo. Ya veréis.
Quiero dar las gracias a todas las personas que comentaron en el capítulo anterior: Fergrmz, Margarite Paroi, Claudia Porras, Hanya Jiwaku, Between White and Black, Natxia Underwood, Lilianne Ethel Nott, Selene1912, sofihikarichan, hadramine, Love'sHeronstairs, Tayler-FZ, Debby lozano, WildReadeer, Effy0Stonem, Sally ElizabethHR, NoraCg, Angela-MG, Dani H Danvers, ichigoneeko, fransanchez, vale granger, AMATISTE, Erika, Mareli23 y un guest. Ojalá sigáis regalándome vuestros comentarios, los aprecio mucho y siempre me hace mucha ilusión estar en contacto con vosotras.
No seáis muy duras con Hermione. N/A-
Into the Light
XI. La verdad es hija del tiempo. (Sir Francis Bacon)
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Su padre, más que enfadado por la intromisión de Hermione, parecía fastidiado. Le dedicó una mirada de «No te atrevas a decir nada» y cogió a Travers del brazo con fuerza para apresurar su salida de la casa.
Hermione se quedó ahí plantada, en medio del pasillo, sin despegar la mirada del interior de la biblioteca, como si allí hubiera un botón que tuviera la capacidad de rebobinar el tiempo y volver al minuto anterior al peor momento de su vida.
La devolvió a la realidad una mano fría en su hombro; el sobresalto hizo que mirase hacia atrás con expresión aterrada, pero se trataba de su padre, que la empujaba hacia dentro.
La chica intentó resistirse, pero la fuerza había abandonado su cuerpo.
—No te quedes ahí plantada como una tonta.
No importaba que hubiera acabado de descubrir el peor secreto de aquella familia, para su padre seguía siendo una niña tonta que nunca hacía nada bien.
Su padre.
Sin darse cuenta, de repente estaba sentada, con la espalda muy recta y las manos tan apretadas en el regazo que tenía los nudillos blancos. Y tiritaba, como si todo el frío del mundo se hubiera instalado en su pecho. Abrió la boca para hablar, para preguntar, para exigir respuestas, pero se dio cuenta de que su garganta era incapaz de emitir ningún sonido.
El hombre que tenía delante la miraba con una expresión inescrutable. Hermione todavía no sabía si porque disfrutaba con su estado de desesperación o porque estaba evaluando cuál era la mejor manera de tratar el asunto sin que le causara muchos dolores de cabeza.
Probablemente era lo último, por la poca compasión con que la miraba.
—Ahora ya lo sabes. Tu madre no quería que te enteraras nunca, pero era inevitable. Bien —la miró con los ojos entrecerrados—, hablemos de opciones.
—¿Por qué? —Las lágrimas empañaron la visión de Hermione, pero necesitaba saberlo—. ¿Por qué yo?
¿Por qué tenía que estar pasándole eso a ella?
Lawrence Nott torció el gesto.
—No fue por ti en especial. Tú no eras nadie. —Las palabras salieron de su boca sin crueldad, con una indiferencia de quien realmente no consideraba importante a la persona que tenía delante—. Cuando Edelina se quedó embarazada, fuimos las personas más felices del mundo. —El mago esbozó el fantasma de una sonrisa al mencionar a su mujer—. Pero todo se torció poco después. Tuvo que guardar reposo durante meses y cuando finalmente llegó el día del parto, estuve a punto de perder a toda mi familia. Sin embargo, Theo nació sano, con unos berridos que podrían haberse oído a millas de distancia. Era un bebé perfecto, la promesa de que nuestra familia perduraría.
Su sonrisa desapareció lentamente.
»Y entonces llegó su hermana. Y ella no lloró, no dejó escapar ni un sonido. Estaba muerta. Pero Edelina no quiso aceptarlo e intentó traerla de vuelta; fue inútil, por supuesto, y yo le repetía una y otra vez que ya teníamos un hijo, que no pasaba nada, pero ella estaba destrozada. Tan hundida, tan desesperada por recuperar a su hija, que hice lo único que podía hacer: darle una.
—Pero… ¿Cómo?
La expresión del señor Nott se endurece.
—Travers nos consiguió lo que necesitábamos: a ti.
En algún lugar del mundo, Hermione había tenido un futuro muy diferente. Pertenecía a otra historia, otra vida, que Lawrence Nott había decidido borrar para paliar la pena de su mujer.
—¿Quién soy?
Era una pregunta que empezaba a crecer en el interior de Hermione. Si no obtenía respuesta, terminaría haciéndose grande como un huracán. O profunda como un abismo.
Y entonces se la tragaría. Y ya no podría salir.
—¿Importa? Travers no nos lo dijo y yo no le pregunté. Cuanto menos supiéramos, menos nos comprometería. Me he tomado muchas molestias para que no se sepa y ese bastardo lleva aprovechándose de la situación durante demasiado tiempo.
Hermione recordaba algunas de las visitas de ese mago, aunque vagamente. Lo había visto entrar y salir de la casa en varias ocasiones, pero nunca le había prestado más atención que a cualquiera de los supuestos socios y amigos de su padre.
Si ella hubiera sabido que ese hombre tenía la clave de su identidad, quizás sí que se habría parado a pensar en él.
—Será mejor que no permitas que tu cabecita empiece a obsesionarse con eso —la voz de su padre la devolvió a la realidad—. No voy a permitir que lo arruines todo solo porque hay un misterio que no puedes resolver, ¿me oyes?
El mago se inclinó hacia delante, esperando una respuesta.
¿Quién soy?
—Pero… ¿Quiénes son mis padres biológicos?
Lawrence bufó y le restó importancia con un ademán. Parecía decepcionado con que quisiera saber cuáles eran sus orígenes.
—Unos muggles cualquiera. Travers los encontró a la salida de un hospital y coincidió que su hija también había nacido el diecinueve de septiembre.
Muggles. Sus padres eran muggles. Ni una pizca de magia corría por las venas de su familia.
Se miró las manos, como si de repente fuera a ver escrito en ellas la realidad sobre su origen.
—Entonces soy…
—Cuidado. Una vez lo digas, ya no habrá vuelta atrás. De momento, puedes seguir siendo una perfecta señorita con calificaciones impecables y un futuro inmaculado.
Hermione miró a su alrededor. Aquella casa, aquel lujo. La ropa que llevaba, las joyas que guardaba. Ella nunca había estado destinada a toda esa grandeza.
Hermione Jean Nott no existía. Al menos no fuera de la mentira que tan elaboradamente habían creado los Nott a su alrededor.
—Habría sido más fácil que fueras una muggle como los demás, así podríamos haber dicho que eras squib y mantenerte controlada en casa, pero siempre te ha gustado rebelarte.
Aquella fue la gota que colmó el vaso.
Hasta ese momento, Hermione había estado anestesiada, incapaz de procesar lo que vivía y escuchaba. Pero esas palabras habían profundizado más que cualquier otra, reabriendo una herida que intentaba cerrar cada día.
—¿Yo me he rebelado? —Se levantó y apuntó a su padre con un dedo; sus ojos estaban cargados de la rabia que causa la desesperación—. ¡Lo único que he hecho durante toda mi vida es intentar cumplir con unas expectativas que tú siempre elevabas! ¿Y todo por qué? ¿Porque me odias por no ser tu hija biológica? —Las palabras quemaban, eran ríos que lava que destrozaban todo a su paso, imposibles de refrenar—. ¡YO NO PEDÍ ESTO! —agregó con lágrimas en los ojos.
Lawrence Nott no se había inmutado; más bien parecía molesto con el súbito arrebato de la joven.
—No grites y siéntate. No querrás que Theodore se entere, ¿verdad? De hecho, más te vale dominarte y aprender a fingir con rapidez si quieres seguir conservando las comodidades de la vida que se te ha regalado. —El mago sonrió con cinismo—. ¿O crees que tu querido Draco va a querer casarse contigo si se entera de que tu sangre no es pura?
Hermione, que había vuelto a sentarse, retrocedió como si la hubiera abofeteado. Su mano desnuda cubrió la que llevaba el anillo, como si así pudiera protegerla de las aciagas palabras que se pronunciaban en su contra.
Apartó la mirada de los fríos ojos de su padre con turbación; sus mejillas se encendieron al reconocer para sus adentros que el mago tenía razón.
La verdad la dejaría sin nada.
—Me comportaré —susurró finalmente en tono resignado.
—Bien. —Lawrence parecía satisfecho—. Me alegro de haber arreglado este contratiempo. —Se levantó y miró a Hermione desde arriba. A pesar de que nada había cambiado, a Hermione seguía doliéndole la frialdad con que la miraba. Como si fuera una extraña que acababa de llegar a su casa y no la niña que había criado durante los últimos dieciocho años—. Será mejor que te vayas a la cama, mañana volveréis a Hogwarts. ¡Melpy! —llamó. La elfina se apareció inmediatamente, esperando la orden de su amo. Miraba a Hermione con preocupación—. Asegúrate de que la señorita vuelve a su habitación y se mete en la cama.
El mago recorrió la distancia hasta la puerta sin decir nada más, pero en el último momento se dio la vuelta.
—Tranquila, yo me ocuparé de todo.
Y le dedicó una mirada que en vez de calmar a Hermione, hizo que se estremeciera.
La bruja permaneció sentada, con la mirada puesta en el espacio vacío frente a ella. En el fondo, esperaba que su padre volviera atrás y le dijera que todo había sido una broma de mal gusto. Más que desear, lo suplicaba internamente. Cada fibra de su ser clamaba por una explicación que no supusiera la total destrucción del mundo como lo conocía.
—Ama —la voz de Melpy la devolvió a la realidad. La elfina la observaba con ansiosa preocupación—, debe volver a su dormitorio. Debe descansar. Por favor.
Solo estás últimas palabras consiguieron que Hermione se levantara y echara a andar. Recorrió la distancia hasta su habitación en silencio, casi conteniendo la respiración. Como si temiera que la casa la expulsara si se daba cuenta de su presencia intrusa. Solo cuando cerró la puerta se permitió reaccionar.
Se apoyó en la puerta y se deslizó hacia abajo, sin fuerzas para permanecer en pie. Empezó a respirar con fuerza, pero el oxígeno se negaba a llegar a sus pulmones. Se pasó las manos por el pelo y sus dedos se quedaron enganchados en los rizos. Metió la cabeza entre las rodillas, porque una vocecilla en su mente le dijo que estaba teniendo un ataque de pánico.
—Ama —la voz de Melpy le llegó apagada, como si hubiera una masa de agua entre ellas. Como si Hermione se estuviera hundiendo—. Por favor, tome esto.
La elfina la obligó a coger una botellita de cristal y después le levantó la cabeza por el mentón y empujó la mano con el vial hacia su boca. Hermione reconoció el olor dulzón de la Poción para dormir; en otro momento se habría negado, pero tampoco tenía fuerzas para resistirse.
Se obligó a tragarse el líquido y después permitió que Melpy la ayudara a levantarse y la llevara hacia la cama. Se metió en esta y se tapó hasta la barbilla.
—¿Quiere que Melpy pase la noche aquí, ama?
Pero Hermione ya no pudo responder. Le pesaban los párpados, por lo que decidió rendirse a los efectos de la poción. Al principio, disfrutó de un apacible descanso sin sueños, pero después empezaron las pesadillas.
Cuando Hermione despertó, una suave luz entraba por la ventana y ella estaba empapada en sudor, jadeando.
Había pasado una eternidad encerrada en una habitación sin ventana con todas las personas que conocía. Nadie hablaba, pero sus miradas rezumaban odio. Estaban Draco, Theo, sus abuelos, su padre. También estaba su madre, pero ella la miraba con lástima. Hermione intentó preguntarle por su pasado, pero Edelina desapareció con un chasquido y la bruja se quedó sola con los demás. Ahora, el odio se había convertido en desprecio. Y cuando intentó hablar con ellos, empezaron a reír. Sus carcajadas eran espantosas, pero peores eran las palabras que le dedicaban. Hermione no las recordaba, pero sí que tenía muy presente la sensación de vergüenza.
Se prometió no volver a tomar Poción para dormir a no ser que fuera absolutamente necesario.
—¡Ama! —Melpy, que no se había movido en toda la noche, se acercó con rapidez a la cama—. ¿Está bien?
La simple pregunta llenó de tristeza a Hermione. No sabía si algún día volvería a estar bien.
—Puedes irte, Melpy. —La criatura estuvo a punto de protestar—. Si te necesito, te llamaré —le aseguró la bruja.
Solo entonces la elfina desapareció. Una vez sola, Hermione salió de la cama y se quedó plantada en medio de su dormitorio. ¿Qué opciones tenía? Sus pies la llevaron a la ventana y se quedó mirando el paisaje nevado. La uniformidad de la nieve siempre le habían aportado paz. La nieve lo escondía todo, lo transformaba en un manto de pureza.
Se estremeció al pensar en que esa era una característica que no podría aplicarse a sí misma nunca más.
La pesadilla volvió a ella con fuerza y tuvo que cerrar los ojos para evitar ver los rostros críticos frente a ella. Pensó en su madre, en cómo en sus ojos podía verse reflejada una disculpa.
—Demasiado tarde, mamá —murmuró a la nada.
Tantas preguntas y tan pocas respuestas. La mente de Hermione, ahora libre de la influencia de la poción, se había puesto en marcha. Y amenazaba con no parar. La bruja se llevó los dedos a las sienes.
Preguntas, preguntas. Su propia existencia acababa de convertirse en su gran incógnita.
Hermione hizo lo que hacía siempre que no tenía la solución a un problema; se sentó en su escritorio y sacó un pergamino y una pluma.
Y empezó a escribir, diseccionando su vida sobre un trozo de papel. La pluma trazó un mapa de su vida, desde sus primeros recuerdos hasta cualquier detalle incongruente sobre su «linaje».
Recordó el regalo de sus abuelos, cómo la caja se había resistido a abrirse tras el contacto con su sangre. Ahora entendía la explicación ambigua de su madre cuando quiso saber cuál era el problema. Y también quedaba claro por qué el anillo de los Malfoy no se había adaptado a su dedo cuando Draco se lo puso. Lo habría hecho de haberse tratado ella de la candidata correcta.
Observó el anillo y un ramalazo de culpabilidad la recorrió al pensar en Draco. ¿Qué haría ahora? ¿Debía decírselo? Hermione mordisqueó el extremo de la pluma mientras reflexionaba al respecto con el ceño tan fruncido que empezaba a dolerle esa zona.
¿La seguiría queriendo si le contaba qué era? ¿Sería ingenuo creer que la besaría y le aseguraría que no pasaba nada? ¿Que se casarían y la apoyaría en todo y contra todos?
No, la ingenuidad no era uno de los defectos de Hermione.
No podía arriesgarse a perderlo todo.
Pasaba el tiempo y Hermione seguía escribiendo hasta que le dolió la mano y la forma de la pluma se quedó marcada en sus dedos. Cuando por fin paró, el sol brillaba con fuerza, aunque unas nubes oscuras prometían otro día de nieve. Miró los pergaminos para comprobar que no se había dejado nada.
Nombre: ¿Hermione?
Apellido: ¿?
Fecha de nacimiento: 19 de septiembre de 1979
Lugar: ¿?
Nombre de sus padres: ¿?
Ascendencia mágica: ¿?
Había tantos interrogantes que no podía responder que empezaba a desesperarse por la falta de información. Se había dado cuenta de que ni siquiera sabía si «Hermione Jean» era el nombre que le habían puesto al nacer o lo habían elegido sus padres. Sus otros padres. ¿Cómo debía llamarlos?
Soltó un gritito de frustración y cerró los ojos mientras se masajeaba el puente de la nariz. Inspiró hondo y soltó el aire con lentitud, uniendo los pocos hilos que la lógica y su inteligencia le permitían.
Lo más probable era que sí que se llamara así, porque su nombre era bastante inusual y, además, nadie en su familia se llamaba así. Theo llevaba el nombre de su abuelo paterno y el segundo nombre de su padre. Lo más lógico era que Hermione se hubiese llamado Hilde, como su abuela alemana, o Dahlia, como la madre de su padre. O cualquier otro nombre más típica de una familia de linaje antiguo.
Hermione. Su madre le dijo que lo había leído en un libro que le había gustado mucho. Una explicación débil que la joven nunca se había parado a analizar.
Ojalá un simple nombre fuera su única preocupación.
Y luego estaba el tema de sus padres. Muggles. Hermione se estremeció; en su mundo eso no estaba permitido. Una persona como ella no tenía lugar. No era digna. Lo único que podía esperar era que alguno de sus padres fuera mago; ser mestiza no era tan malo después de todo.
Llamaron a la puerta, cuatro golpes. Hermione se quedó congelada. No, ahora no podía ser. No estaba preparada.
Theo interpretó ese silencio como una invitación y abrió la puerta, pero solo unos centímetros. La bruja abrió el primer cajón de su escritorio y se apresuró a esconder la labor de su investigación.
—¿Qué haces? —le preguntó su hermano—. ¿No estarás con alguna tarea de clase, verdad?
Hermione comprobó que no se había dejado nada a la vista y se levantó. Todavía iba en pijama, a pesar de que era casi mediodía; se sentía ridícula.
—No, no —desmintió.
Hubo un silencio, antes de que Theo preguntara con tono impaciente:
—¿Puedo pasar?
La joven tragó saliva con fuerza y un nudo empezó a apretujarle la boca del estómago. Durante esas pocas horas en las que había estado sola con sus pensamientos, había podido fingir que solo estaba recopilando información sobre un tema que la interesaba mucho, pero ahora había poco espacio a la evasión. ¿Con qué cara miraría a Theo ahora? Ç
Su hermano.
Comprobó con tristeza que era incapaz de sostenerle la mirada cuando el chico abrió la puerta y se quedó mirándola con expresión de sospecha. Hermione solo fue capaz de echarle un rápido vistazo a su cara antes de que sus ojos se posaran en cualquier parte de la habitación que no fuera él.
—¿Qué hacías?
Hermione se encogió de hombros y se dirigió rápidamente a su armario.
—Empezar a vestirme.
—No has desayunado, ¿verdad? —Theo se sentó en su cama. Parecía y sonaba cansado; probablemente había dormido poco esa noche—. Yo quería esperarte, pero padre ha insistido en que te dejáramos en paz.
Hermione paró sus movimientos cuando se fijó en su mano, que había abierto el armario. Ese anillo se estaba convirtiendo en un recordatorio constante del enorme peso con el que había empezado a cargar. Y cada vez que lo miraba, la alegría y la ilusión se emborronaban un poco más.
—Sé que es bonito, pero como sigas mirándolo así vas a quitarle el brillo.
—Los diamantes no brillan, refractan la luz —corrigió la bruja.
Sonrió cuando escuchó el bufido de su hermano y se sintió internamente agradecida porque, durante unos pocos segundos, había olvidado todo.
Antes de que se diera cuenta de lo que hacía, corrió hacia Theo y lo abrazó, apretándolo con fuerza entre sus brazos. Este se sorprendió al principio, porque no reaccionó, y Hermione estaba segura de que, de haber estado en otras circunstancias, el chico habría soltado alguna broma, pero finalmente se limitó a devolverle el abrazo y apoyar la mejilla en el hombro de su hermana.
En esos momentos odió a su padre por hacerla creer que aquella vida no le pertenecía. Se sintió inclinada a odiar a su madre también, pero no podía. Todavía no. No cuando hacía un día que la habían enterrado.
Cuando se apartaron, Theo carraspeó y se llevó una mano a la cara para secarse disimuladamente unas lágrimas. Hermione le dio un golpe cariñoso en el hombro antes de apartarse y volver al armario.
—¿Vas a quedarte ahí mientras me visto? —La voz le salió estrangulada, pero intentó sonar alegre.
Theo se levantó rápidamente y se dirigió hacia la puerta, pero antes de marcharse, se dio la vuelta y permaneció ahí de pie. Hermione se giró para mirarlo y se encontró con un chico que no sabía bien qué decir.
—Por cierto…
Sus miradas se encontraron y la chica supo que quería darle las gracias. Por estar ahí, por ser fuerte, por apoyarse mutuamente.
Hermione sonrió y negó con la cabeza.
Incapaz de soportar su mirada, se dio la vuelta y buscó qué ponerse para volver a Hogwarts. No podía ver la sinceridad con que la miraba sabiendo la verdad que le ocultaba. Se apartó una lágrima rebelde y rebuscó entre su ropa hasta encontrar un vestido azul marino lo suficientemente discreto pero formal al mismo tiempo, adecuado para la situación en la que se encontraba.
Se quitó el pijama, se dio una ducha larga con agua casi hirviendo y después se arregló. Lo hizo con tanto esmero que apenas dejaba espacio a su mente para pensar en otra cosa que no fuera alisar esa arruga que acababa de formarse en su manga derecha o colocar en su lugar el rizo que se había escapado de su recogido perfecto. También se había puesto el collar que le regaló Draco, perfectamente centrado entre sus clavículas. Lo acarició con los dedos brevemente.
Cuando terminó, se miró al espejo y casi se convenció de que nada había cambiado. Sin embargo, sus ojos no mentían.
Parpadeó varias veces, quitándose de la cabeza el sentimiento de pánico, y se dispuso a salir de su habitación. En el pasillo no había nadie, pero cuando miró hacia el dormitorio de sus padres, casi pudo oír la voz de los medimagos, susurrando palabras de desaliento y fatalidad.
Se estremeció.
Y entonces pensó que no podía irse todavía, porque no se había despedido.
Bajó las escaleras corriendo y fue al salón principal, donde su padre y su hermano estaban sentados esperándola. El primero le lanzó una mirada escrutadora, pero no pareció encontrar en ella nada alarmante.
—Todavía no podemos irnos.
—Llevamos media hora esperándote, Hermione. —El señor Nott no estaba contento con su tardanza—. ¿Qué es eso tan apremiante que tienes que hacer ahora?
—Tengo que ver a mamá una última vez.
Los labios de su padre, que se habían fruncido en un mohín desaprobador, se relajaron al escuchar mencionar a su querida esposa. Sin embargo, en sus ojos se reflejó la indignación. Hermione, no obstante, permaneció impasible; no iba a quitarle de la noche a la mañana el derecho a considerarla su madre.
Antes de que tuviera la oportunidad de responder, Hermione se dio la vuelta y se encaminó hacia la salida. Franzy le salió al paso. El elfo la siguió mientras intentaba convencerla de que afuera hacía demasiado frío.
—Por favor, deje que Franzy le traiga un abrigo. ¡Tiene su varita! ¡Conjure un hechizo anti-frío!
Pero Hermione no le hizo caso. Salió a la nieve y, aunque el frío del exterior la golpeó con fuerza, la bruja cerró los ojos y dejó que la temperatura entrara a sus pulmones. Era agradable experimentar algo que no tuviera que ver con sus propias preocupaciones.
Echó a andar, sus zapatos empapándose rápidamente por la nieve en la que se hundían sus pasos. Recorrió el camino al panteón familiar con rapidez, como si la urgencia de su cometido creciera a cada paso que daba.
Como las respuestas a las preguntas que se había hecho en las últimas doce horas estuvieran grabadas en esa lápida de mármol.
Llegó al edificio casi sin aliento. Dentro hacía incluso más frío que fuera y Hermione empezaba a tiritar. Dio varios pasos adelante, indecisa, con un miedo irracional a encontrarse algo inesperado, pero allí dentro no había nadie.
Edelina Hilde Nott
A pesar de haber estado allí el día anterior, ahora veía la situación de manera diferente. Había tenido tiempo para asimilar que era cierto, que detrás de esa placa de mármol estaba su madre. O la mujer que la mantuvo en la ignorancia y le dejó la fea tarea de desvelarle la verdad a un hombre al que le importaba poco su reacción o cómo le afectarían sus palabras.
Empezaba a ser difícil diferenciarlas y Hermione cada vez se sentía más perdida.
Sin darse cuenta había terminado en el suelo, arrodillada frente a la tumba de su madre. Cerró los ojos y bajó la cabeza, intentando controlar su respiración.
Cuando volvió a abrirlos, se percató de que allí, en la esquina inferior izquierda, seguía la tumba blanca en la que se había fijado el día anterior. Se levantó y se aproximó a ella; rozó con las yemas de los dedos la superficie blanca y lisa. No había nombre. Frunció el ceño.
Y entonces se dio cuenta.
Era ella. O, más bien, la niña a la que ella sustituía. Aquella persona que ni siquiera había llegado a ver la luz del sol.
Hermione sintió que se ahogaba y, antes de que fuera demasiado tarde, se levantó y salió del panteón a toda prisa. Se alejó sin mirar atrás, con la sensación de que, si lo hacía, una fuerza la atraparía allí por siempre.
Entró en casa y cerró la puerta tras ella, apoyándose en la madera. Tiritaba, pero un elfo se apareció frente a ella con una manta y la ayudó a echársela sobre los hombros. Hermione empezó a sentir la calidez inundar su cuerpo al instante, aunque dentro de su pecho seguía teniendo una sensación fría muy desagradable.
—Si ya has terminado, es hora de que os marchéis.
La voz de su padre llegó desde el salón. Sonaba impaciente e irritado, pero Hermione no iba a darle la satisfacción de permitir que sus palabras le infundieran temor. La joven se presentó en el salón como si no hubiera estado a punto de sufrir una crisis existencial. Pasó de largo por delante de su padre y se situó junto a Theo, que ya estaba esperando frente a la chimenea.
Lawrence se acercó a ellos y los miró críticamente antes de dirigirse a su primogénito apoyando una mano en su hombro.
—No olvides quién eres, Theodore, y haz honor a tu apellido.
El chico tragó saliva y asintió. Hermione permaneció con los ojos clavados al frente, aunque le dolió la burla implícita.
Su hermano fue el primero en usar la Red Flu. Cuando desapareció, pronunciando el nombre del colegio, Hermione se dio la vuelta y observó la sala unos segundos antes de coger un puñado de polvos.
—Hermione —la llamó su padre.
La aludida vaciló, pero entró en la chimenea y lanzó los polvos al suelo.
—¡Despacho del director Dumbledore!
Lo último que vio antes de que la Red se la tragara fue la expresión grave de su padre; siempre desaprobadora, siempre carente de afecto. Al menos sabía con seguridad que era el único constante en su comportamiento con ella. El único que nunca había cambiado ni cambiaría.
Cuando la Red Flu la expulsó en su destino, se apresuró a inspirar hondo y quitarse el polvo de encima.
—Bienvenida, señorita Nott. Como ya le he dicho a su hermano, lamento mucho su pérdida.
Hermione agradeció las palabras de Dumbledore con un asentimiento de cabeza y una breve sonrisa.
Snape también estaba allí en calidad de jefe de su casa. Este no les transmitió sus condolencias (lo cual Hermione —y seguramente Theo, por lo incómodo que parecía— agradeció), pero sí que les informó de las clases del día siguiente.
—Pueden tomarse el día libre si lo necesitan; ya he hablado con Hagrid, McGonagall, Sprout y Flitwick para informarlos y…
—No hace falta —lo interrumpió Hermione. La perspectiva de tener todo un día libre, con tanto tiempo para pensar, la aterraba—. Podemos incorporarnos mañana. Estamos en el último curso y no podemos permitirnos perdernos tantas clases.
Su hermano la miró con los ojos muy abiertos y negó con la cabeza levemente, pero ella no se retractó.
Snape asintió, satisfecho con su respuesta, pero Dumbledore chasqueó la lengua y le dedicó una mirada de lástima. La bruja presentía que iban a recibir muchas de esas en las próximas horas y ya empezaba a odiarlas.
—No se fuerce tanto, querida; además, sus notas son perfectas, no va a perderse nada importante que no pueda recuperar después. —Se giró hacia Theo—. Respecto a su hermano… no le ha ido mal estos últimos años. Su expediente académico puede permitírselo.
—Vayan a su sala común. El señor Malfoy lleva desde esta mañana esperando su llegada —les ordenó su jefe de casa.
—Sí, vayan antes de que la pague con alguien —agregó Dumbledore en tono divertido.
Oír el nombre de Draco hizo que a Hermione le diera un vuelco el corazón. No estaba preparada para enfrentarse a él ni para tener que fingir que, aparte del fallecimiento de su madre, no había nada más que estuviera mal en su vida.
Theo la empujó suavemente hacia las escaleras de piedra que los sacarían del despacho del director. Una vez abajo, siguieron caminando en silencio hasta las mazmorras; por el camino se encontraron a varios alumnos que se quedaron mirándolos y murmurando a su paso. Ah, sí, ahora eran los huérfanos.
—Theo —el mago la miró con curiosidad—, si quieres puedes no ir a clase mañana. Yo te pasaré los apuntes —dijo Hermione.
Así podría pasar unas cuantas horas sin pensar en el secreto que le estaba ocultando cada vez que sentía su presencia a su lado en clase.
—No, no pasa nada. Mamá quería que siguiéramos con nuestras vidas como antes —replicó él.
Hermione soltó un sonido sarcástico. «Un poco tarde para eso, ¿verdad, madre?». Ignoró la expresión sorprendida de su hermano ante su reacción y avanzó con paso rápido hacia la entrada de piedra de la sala común de Slytherin.
—Basilisco.
Al otro lado, se paralizó todo movimiento. Todos los estudiantes allí reunidos se quedaron mirando a los dos hermanos. Había desdén en algunos pares de ojos, curiosidad en otros muchos y alivio en unos ojos grises
Draco se acercó a ellos sin despegar la mirada de Hermione y esta olvidó cómo se respiraba. Sintió un hormigueo en la mano izquierda y la escondió tras la falda, pero no pudo evitar sonreír. Por alguna absurda razón, había temido que Draco lo supiera, que la rechazara en cuanto la viera, pero nada de eso había pasado.
Los ojos de su prometido viajaron momentáneamente a Theo y le dio un apretón en el hombro antes de centrar su atención en Hermione de nuevo. Esta se lanzó a sus brazos e inspiró su aroma, cerrando los ojos con fuerza. Draco, pese a no ser dado a las muestras de afecto públicas, le devolvió el abrazo y le dio un beso en la cabeza.
Cuando finalmente se separaron, varios slytherins se acercaron para darles el pésame.
Mientras Pansy abrazaba fríamente a Hermione y le trasmitía cuánto lo sentía con palabras vacías, Blaise y Theo se abrazaron. Hermione observó cómo las manos de su hermano se cerraban en torno a la ropa de su amigo, como si no quisiera soltarlo, pero carraspeó y se separó de él rápidamente, murmurando un «Gracias» antes de que Daphne Greengrass le diera un beso en la mejilla y le sonriera.
—Voy a darme una ducha —dijo Hermione cuando se quedó a solas con Draco.
Este asintió.
—¿Dormimos hoy en la torre? —preguntó.
Hermione se mordió el labio inferior, dubitativa. ¿Y si volvía a tener una pesadilla? ¿Y si se le escapaba algo en voz alta? Sin embargo, la mirada suspicaz de Draco la hizo decidirse.
—Vale.
Él le acarició la mejilla con el pulgar antes de dejarla irse.
A pesar de que estaba limpia, Hermione necesitaba una excusa para estar sola al menos una hora. Aquello era demasiado. Demasiados sentimientos peleaban en su interior y ella estaba indefensa. ¿Debía hacer gala de su sinceridad habitual y explicar la verdad a aquellos a quienes quería? ¿Debía callar? Su padre había sido muy claro en su aseveración de que su vida cambiaría para peor.
Al final, mientras dejaba que el agua caliente arrastrara sus dudas por el desagüe, decidió que lo mejor era esperar un par de días. En esos momentos su mente estaba demasiado embotada para pensar con claridad.
Después de cenar, Draco y ella se metieron en la cama. El mago la estrechó entre sus brazos y permaneció en silencio, acariciando los rizos de Hermione. Esta tuvo que contener las lágrimas de vergüenza.
—Draco —lo llamó. Se incorporó y él hizo lo mismo para mirarla a los ojos—, ¿tú me quieres, verdad?
Él enarcó una ceja y sonrió.
—Claro que sí. —Su expresión se volvió preocupada, casi culpable—. ¿Es porque no te lo digo casi nunca?
Hermione negó con la cabeza.
—No, es que… —«Tengo miedo de perderte. De que no me quieras más si te enteras de que mi sangre no es pura»—. Nada, cosas mías —respondió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Genial, ahora se sentía tonta—. Abrázame.
No podía perderlo.
El lunes pasó con una lentitud terrible para Hermione.
Había tenido que soportar miraditas de lástima y las palabras amables de sus profesores una clase tras otra. Hasta algunos prefectos se habían acercado a ella a darle el pésame y Daphne, que era la siguiente con la calificación más alta de Slytherin, se había ofrecido a hacer sus guardias por ella, pero Hermione había dado las gracias a todos con una sonrisa y había rechazado amablemente la oferta de su compañera. Necesitaba distraerse.
Por eso, cuando terminó Encantamientos, Hermione fue directamente a la biblioteca. Sabía que no habría casi nadie, así que podría sentarse e intentar evadirse con un libro hasta la hora de la cena.
Saludó con un movimiento de cabeza a Madame Pince y se adentró entre la primera y la segunda fila de estanterías. Sonrió con nostalgia mientras sus dedos acariciaban los lomos de los libros de su derecha. Aquel siempre había sido su refugio cuando el mundo a su alrededor le parecía demasiado. Hermione siempre había sido una niña difícil; nunca había tenido la habilidad social de su hermano, por lo que la biblioteca había sido el sitio en el que se había escondido durante las primeras semanas del primer curso. Hasta que Theo la encontró y la obligó a acompañarla allá donde iba. Draco había dicho en broma una vez que parecían siameses, siempre pegados uno al otro.
Las cosas habían mejorado y Hermione había empezado a llevarse mejor con los de su casa, pero nunca había dejado de acudir a la biblioteca con frecuencia. Los libros eran mucho más fáciles de sobrellevar que las personas.
Se detuvo en una estantería al azar, aunque en seguida reconoció la sección por lo colorido de los libros: Romance. Frunció los labios en un mohín desaprobador, pero decidió en el último segundo darle una oportunidad, pues allí estaba probablemente la mayor cantidad de libros que todavía no había leído.
Sus ojos pasearon por los títulos, buscando algo que le pareciera mínimamente interesante.
—La trágica historia de la vampiresa y el hombre lobo —leyó en voz baja—. No —desechó el libro rápidamente. Siguió avanzando—. Cómo conquistar a un mago. Ni hablar. —Se detuvo frente a un libro que sí había leído, pero hacía muchos años—. Cómo ser una perfecta señorita: la guía definitiva para una bruja con clase.
Su abuela paterna se lo había regalado pocos meses antes de morir, alegando que debía aprender a comportarse como la dama que iba a ser. Hermione torció el gesto; ¿sabría la abuela Dorothea que su nieta no llevaba su tan preciada sangre?
Sangre…
Hermione se quedó congelada y sus ojos volvieron rápidamente al lomo del libro. ¿Habría una manera? ¿Sería posible? No, pero imposible que en aquellas estanterías pudiera encontrar la respuesta.
Con paso decidido, se aproximó a Madame Pince. La mujer despegó la vista del libro que estaba leyendo y la miró con suspicacia.
—¿Sí, señorita Nott?
Habían pasado años desde que Hermione le pidiera ayuda; conocía aquella enorme estancia como la palma de su mano. O casi toda, porque había una sección que había pisado con poca frecuencia.
La bruja sonrió con amabilidad.
—Madame Pince, me preguntaba si podría acceder a la Sección Prohibida. —Las cejas de la mujer se enarcaron con suspicacia, a lo que Hermione agregó con rapidez—: Sé que tengo permiso para hacerlo si necesito información relativa a alguna de mis asignaturas, pero no es el caso. —La bibliotecaria estaba lista para darle su negativa, pero se lo pensó dos veces ante las siguientes palabras de la joven—: Me gustaría investigar sobre enfermedades mágicas que afectan a la sangre.
La otra bruja era lo bastante avispada para pillar la referencia a la madre de Hermione, por lo que se quedó pensando durante unos segundos antes de asentir.
—Bien, señorita Nott, pero tenga cuidado.
Hermione se sintió muy miserable por usar a su madre, pero consideraba que estaban en paz, ya que ella la había metido en su situación actual casi desde que nació.
La Sección Prohibida olía a cerrado y, sobre todo, a peligro, por lo que la chica procuró no tocar nada. Fue directamente a la estantería que tenía grabado «Rituales de sangre» en letras rojas. Había libros de todo tipo, desde historias sangrientas donde los magos habían muerto por ser incapaces de controlar los efectos del ritual llevado a cabo hasta compendios de enfermedades cuya cura todavía no se había encontrado. Una de las preguntas pendientes que tenía Hermione era de qué había muerto realmente su madre, porque su padre, como siempre, se había negado a explicarlo. Sin embargo, en esos momentos no era su prioridad.
Al final, se sentó en la última mesa de la biblioteca con cinco libros en los brazos. Uno de ellos era un ensayo sobre la investigación de orígenes mágicos en hijos de muggles; otros dos sobre las familias puras más ilustres de Europa y Gran Bretaña; y los dos últimos, sobre alteraciones mágicas en la sangre.
Hermione pasó los siguientes días encerrada en la biblioteca cuando no tenía clases. Se obsesionó hasta tal punto que para el miércoles ya tenía tres pergaminos de un metro con anotaciones, apuntes y teorías.
Mientras investigaba sobre cómo podía purificar su sangre, intentaba acallar la voz interna que le decía que estaba engañando a todo el mundo. Hermione empezaba a sentirse culpable, tanto que empezaba a hacérsele difícil fingir que todo estaba bien delante de la gente.
Draco fue el que primero se dio cuenta de que algo no iba bien.
—¿Vas a perderte la cena otra vez?
Hermione dio un salto y miró a Draco con expresión asustada mientras cerraba rápidamente el libro que estaba consultando e intentaba reunir sus apuntes para que el mago no los viera.
Draco se sentó en la silla frente a ella y se inclinó hacia delante con los ojos entrecerrados.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro—. Últimamente solo te vemos en clase y hasta ahí parece que no estés presente. Entiendo que estés mal por lo de tu madre, pero tienes que comer al menos.
La bruja tragó saliva y bajó la mirada al libro que tenía en el regazo. Sus mejillas se encendieron por la vergüenza.
—Estoy intentando descubrir… —la mentira se le quedó atascada en la garganta, pero logró expulsarla a golpe de miedo— qué tenía mi madre.
Los ojos de Draco se quedaron clavados en los suyos, examinándola. Hermione contuvo la respiración, como si el más mínimo movimiento fuera a delatarla. Finalmente, el rubio se relajó y asintió.
—¿Necesitas ayuda?
Hermione negó rápidamente con la cabeza.
—Es algo que tengo que hacer sola.
Draco asintió y se levantó. Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
—Pero ven a cenar. No puedes seguir alimentándote de conocimiento.
—En unos minutos voy.
Hermione suspiró de alivio cuando se quedó sola y se preguntó si todo aquello no sería una locura. Si no estaba yendo demasiado lejos.
¿Hasta cuándo podría seguir con esa farsa? En algún momento se casaría con Draco, ¿y entonces qué? ¿Y si tenían hijos? Pasaría el resto de su vida en un estado permanente de alerta. Al final el profesor Moody tenía razón, solo que el enemigo corría por sus propias venas.
Se levantó, recogió sus cosas y decidió bajar a cenar.
El jueves por la mañana, Hermione despertó más tarde de lo habitual. Había seguido con su investigación después de cenar, por lo que se había ido a dormir pasadas las dos de la madrugada.
Se miró la muñeca con fastidio; para una vez que necesitaba que el reloj de Theo funcionara bien y no la había avisado de la hora. O quizás sí lo había hecho, pero estaba tan cansada que no se había enterado.
Se levantó rápidamente y se vistió a toda prisa; con un poco de suerte, podría coger un cruasán del comedor antes de ir a clase. Si llegaba tarde a Pociones, Snape no haría una excepción con ella y le restaría puntos.
Salió de su sala común corriendo, pero aminoró el paso cuando estuvo en el pasillo. Había hábitos que nunca se perdían, como el de estar presentable en cualquier situación. Subió las escaleras hasta la planta baja a paso ligero. Cuando llegó a las puertas del Gran Comedor, una voz apremiante la detuvo.
—¡Hermione Nott!
El mismísimo Dumbledore se acercaba hasta donde estaba ella a grandes zancadas. Iba acompañada por una mujer de veintitantos, con el pelo rosa y una túnica oscura.
Hermione frunció el ceño ante las expresiones de alarma que tenían los dos, pero se distrajo cuando escuchó su nombre en el Comedor. Era un susurro que se expandió como el movimiento del agua cuando lanzabas una piedra al Lago Negro.
Una vez.
Dos veces.
Decenas de veces.
Cuando miró hacia dentro, vio que todo el mundo la miraba, como si tuviera algo extraño de repente. Observó a unos alumnos de Hufflepuff sentados en la esquina de la mesa más próxima a la salida señalarla y después volver la cabeza hacia un papel entre sus manos.
Hermione sintió que la sangre abandonaba su rostro cuando se dio cuenta de que una versión un año más joven de sí misma le devolvía la mirada desde la portada de El Profeta.
La foto que habían elegido pertenecía al baile de Navidad de los Malfoy del año anterior; ella estaba guapísima, con un vestido blanco con flores en tonos pastel. Bailaba con Draco y sonreía a la cámara. Desde donde estaba, Hermione no podía distinguir qué decían de ella, pero sí que alcanzaba a leer el titular.
HERMIONE ¿NOTT?
Dio unos pasos atrás y negó con la cabeza.
¿Cómo lo sabían?
No podía ser, era imposible.
—¿Hermione?
La voz procedía de Theo, tan pálido como ella, que se había levantado de la mesa y la miraba con incredulidad. En su rostro se asomaba el intento de una sonrisa burlona, como si aquello fuera una broma que no estaba dispuesto a creer. Sin embargo, la sonrisa no llegó a aparecer; en su cara se entremezclaban mil emociones distintas.
Después, Hermione se fijó en Draco. Las lágrimas se agolparon en sus mejillas cuando lo vio caminar hacia ella, periódico en mano y duda en la mirada.
No tuvo tiempo de enfrentarse a sus preguntas, porque una mano la asió del brazo y tiró de ella hacia un lado.
—Será mejor que nos acompañe, señorita Nott. —Dumbledore avanzaba hacia su despacho con paso rápido, tirando de una Hermione incapaz de reaccionar a nada—. Esta es la auror Tonks, ella la sacará de aquí.
Hermione clavó los talones en el suelo, obligándolos a detenerse.
—Pero… ¿qué está pasando?
La auror que tenía que llevársela Merlín sabía dónde habló.
—Tiene que acompañarme al Ministerio. Hemos… —Vaciló, como si le supiera mal lo que estaba a punto de decirle—. Hemos detenido a su padre por asesinato y secuestro. Necesitamos interrogarla al respecto.
Hermione frunció el ceño y negó con la cabeza; no entendía nada.
Pero pronto unió los hilos.
Solo había tres personas que conocían el secreto de Hermione: ella misma, su padre y el hombre que la había entregado a los Nott. Por tanto, quedaba claro quién ya no estaba entre los vivos.
Y también estaba claro a quién habían secuestrado: a ella, dieciocho años, un mes y cuarenta y cinco días atrás.
-N/A: Bueno, pues aquí está: ya no hay vuelta atrás. Sé que vais a odiar a Hermione, a decir que tendría que haberlo contado, pero es una persona asustada que ya no sabe cuál es su lugar en el mundo y se aferra a lo que puede. Además, intento hacer que mis personajes sean realistas y para eso también deben tener defectos. Aun así, sois libres de pensar de ella lo que queráis y estaré encantada de leer qué opináis :)
No prometeré una fecha exacta del próximo capítulo, pero espero poder actualizar el mes que viene.
¿Me dejáis un review? N/A-
MrsDarfoy
