Código Galaxy

Capítulo 11

Una vez terminado el discurso de Zormu, y con los ánimos bastante caldeados, la familia Knight volvía a casa, Ibrahim conducía su monovolumen mientras Bernadette miraba por la ventana de su asiento, iba de copiloto. Sus dos hijos iban en los laterales, mientras el viejo Tom estaba en el centro, donde estaba más cómodo al poder abrir algo más las piernas, haciendo que sus nietos tuvieran que hacer un esfuerzo y escorarse contra las puertas. Todo porque su anciano abuelo estuviera cómodo, se lo había ganado a pulso a decir verdad. Su silla de ruedas descansaba en la parte trasera, sujetada con unas cuerdas para que no bailara con el movimiento.

-Está la cosa jodida, familia- comentaba, mientras se ajustaba la boina. Estos escuchaban en silencio, con la radio de fondo.

-Tendremos que ir con más cuidado que antes, si cabe. Niños, no os metáis en los disturbios de esta noche- aquella fue una orden directa a Sam y Percy.

Estos le miraron algo molestos- Pero abuelo…- este negó vehementemente.

-He dicho que no iréis. No sé qué os habrán dicho por esos aparatejos, pero de casa hoy no os movéis- cuando se le metía algo entre ceja y ceja era casi imposible hacerle cambiar de opinión.

-Papá lleva razón. Esta noche tiene pinta de haber disturbios, y aunque sé que os encanta, esta vez no iréis con esa… asociacioncilla vuestra- Ibrahim también parecía contundente.

-Papá, soy mayorcita para decidir estas cosas, ¿vale?- le recriminó Sam, molesta. Su hermano no se quedó atrás.

-Nos sabemos defender solos. Hasta ahora no nos han arrestado nunca- añadió él.

-Y no será porque no habéis hecho cosas- murmuró Bernadette, cruzándose de brazos.

-¡Pues no habernos enseñado a luchar por nuestros derechos, mamá!- la joven tenía un carácter bastante fuerte cuando quería.

-¡No vais y punto! ¡Es una orden!- gritó Ibrahim entonces, golpeando con fuerza el salpicadero, y haciendo que hasta Tom saltara un poco sobre su asiento.

Tuvo que inspirar y espirar hondo durante unos segundos para calmarse.

-Chicos… cuando ibais a las manifestaciones a hacer sentadas ante los institutos, o cuando ibais a las marchas pro aborto, o de matrimonio homosexual, no os estabais jugando la vida. Como mucho un moratón, joder- tardó unos segundos en ir.

-Esto es diferente. Aquí os pueden matar. Así que hoy vamos a dormir pronto todos, bien tranquilitos, en amor y compañía, ¿vale? Venga, y se acabó la discusión- su tono, pese a calmado, no daba lugar a dudas.

No iba a admitir más discusión, y por si no quedaba claro, le subió el volumen a la radio bastante para escuchar la música más aún que sus propios pensamientos. Pero Percy, ni mucho menos Sam, se iban a dar por vencidos. Con una simple mirada se lo dijeron todo: luego hablarían. Fue de refilón y apenas duró unos segundos, pero fue suficiente para que se pusieran de acuerdo de forma tácita. Cuando eran pequeños y querían planificar alguna trastada hacían eso mismo, y no solían ser pillados. Esa vez no iba a ser menos. Pero no podrían hacerlo hasta más adelante, así que por ahora se limitarían a hacerle caso a sus padres, o al menos a aparentarlo.

No tardaron demasiado en llegar a casa, pues el tráfico, aunque muy concurrido a la salida de la plaza local, se dispersaba con la distancia. Como Tom no podía andar demasiado se acercaron en coche, para luego ir todos a pie y con el anciano en su silla de ruedas para que estuviera cómodo, y que así el que le llevara no tuviera que empujar tanto tiempo. Al llegar a su domicilio, y como a casa sí podía llegar sin problemas desde la carretera se bajó de coche, ayudado por Percy, que le condujo hasta allí mientras los demás dejaban el vehículo en el garaje.

-Percival- el aludido no dejó de mirar al frente en ningún momento.

-Conozco a tu hermana como si yo la hubiera parido. Y sé que no nos hará caso, luchará contra viento y marea contra el Imperio, como hizo el camarada Lenin hace más de 100 años… Cuida de ella, por favor- el muchacho asintió.

-Con mi vida, abuelo- este asintió, complacido.

-Así me gusta, así me gusta… tu padre abandonó la lucha, no se lo puedo echar en cara la verdad, pero vosotros… en los jóvenes vive el espíritu de la revolución, lo sé, y tu hermana, ah tu hermana….-

De vez en cuando le entraba la nostalgia, y le solían dejar hablar y que expresara todo lo que sentía.

-Tu hermana tiene su mismo brío, a lo mejor no sabe tanto pero el carisma le rebosa por la piel, es lista y sabe guiar, la he oído hablar con varios de sus amigos del sindicato de estudiantes… pero a veces es demasiado entusiasta. Tienes que bajarla a tierra cuando se emocione demasiado- abrieron la puerta de la casa para entrar.

-Lo que le sobra de valor le falta en capacidad de ver el peligro, y eso lo tienes tú. Juntos… seréis sus perfectos sucesores, Percival- y sin más, fue hacia el sillón.

-¡Tráeme una cerveza, anda! Tanto andar me ha dado sed- en ese instante llegaron los demás miembros de la familia.

Percy fue directo hacia la cocina, y Sam le acompañó para ayudarle con la bebida, y, de paso, determinar una hora para reunirse. Por norma general esperaban unas dos horas y media, para que a su familia se les pasara el cabreo de la posible discusión previa, y luego irían a sus cuartos a hablar. Como no sabían hasta qué punto podría estar el Imperio vigilando, hablarían en clave en todo momento y con susurros, puede que incluso se escribieran en un papel para poder hacerlo lo más seguro posible. Pero antes tendrían que estar con su familia haciendo la cena y hablando con ellos un buen rato antes de poder nada, cosa que harían encantados. Revolución, sí, pero antes la familia.

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A unas calles de donde vivía la familia Knight, estaban los Magné. Al contrario que los primeros, los segundos era tan sólo una tía y dos hijos: Gabrielle, Johnny – Jonathan – y Taelia. La primera era "madre" soltera de sus sobrinos, era menuda de pelo rojo como el fuego y ojos marrones, al igual que la mayor de los hermanos. En cambio, el menor tenía el pelo de un marrón claro y ojos tierra, pero tenía algunas pecas en las mejillas. A la adulta le recordaba mucho a su hermana y yerno, eran una versión joven de ellos dos, antes de que fallecieran hace años. No solían hablar de ello por ser tabú, a nadie le gustaba recordar cómo dos jóvenes militares fallecen en unas pruebas de munición en pleno ejercicio táctico en la base militar de Lyon en la que trabajaban.

-¿Qué tal el trabajo?- preguntó el menor. Estaban sentados a la cena, con la tele de fondo.

La mayor sonrió un poco. Tenía poco menos de 25 años, era la hermana pequeña de la madre de los dos.

-Muy ajetreado. Hoy nos llamaron para empezar con los diseños de un edificio, me va a tocar pintar mucho- comentó ella.

Taelia tomó algo de la sopa callada, mientras suspiraba un poco. Entre ella y su tía apenas había diez años de diferencia, casi parecían un grupo de hermanos.

-Y… ¿vuestras clases qué tal? ¿Os gusta el nuevo colegio?- preguntó Gabrielle.

Era el primer curso que estaban allí, en las cercanías de Marsella, cuando anteriormente el pequeño había estado en Kadic y la mayor en un instituto cercano a su antigua residencia. Gracias a Dios la llamaron para trabajar allí y no estaban en París cuando aquel rayo mortal cayó desde el cielo.

-Estaría mejor si estuviera aquí Hiroky…- murmuró Johnny, no sabía nada del que era su mejor amigo desde el fatídico día. Gabrielle le sonrió.

-Bueno, a lo mejor es que no tienen internet. Seguro que…- pero la otra intervino.

-Está muerto, cuanto antes lo asumas mejor hermano- le dijo, posando una mano sobre la del chico, que tembló entonces.

Gabrielle frunció el ceño- Sé más directa, anda- le recriminó.

-¡Es la verdad! Oye, no somos niños a los que haya que defender, ¿sabes? Deberías saberlo mejor que nadie- se defendió.

La adulta suspiró, tuvo que contenerse para no gritarle ahí mismo- Se puede ser sincero sin ser una insensible, ¿sabes?- le aseguró.

-No, está… está bien. Tae lleva razón. Sólo… sólo que me cuesta entenderlo- Johnny alzó la cabeza entonces.

Estaba llorando un poco, a los ocho años había perdido a sus padres y, junto a su hermana, pasaron a vivir con su único familiar disponible: su tía Gabrielle Magné. Apenas había acabado una ingeniería y, con dos microbios – como ella les llamaba cariñosamente – a su cargo, tuvo que madurar a marchas forzadas. De hecho la noche antes a la tragedia había salido de fiesta y vuelto a casa con varias copas de más… Nadie le avisó de que aquella sería la última. Desde entonces tuvo que ser la adulta de la casa, y trabajar en donde podía para poder darles una vida en condiciones.

-La vida a veces es dura, sí…- murmuró Gabrielle.

Les tomó las manos entonces. La chica rodó los ojos un poco mientras él sonreía un poco.

-Pero juntos seremos más fuertes, pase lo que pase. Siempre podréis contar con vuestra tita favorita- aseguró.

-Eres nuestra única tía, Gabrielle- bromeó Taelia, y la aludida se rio un poco.

-Ya sabes a qué me refiero… Todos lo hemos pasado mal, nuestras vidas han cambiado un huevo y parte del otro, pero es que no podemos hacer nada más que seguir adelante, nos guste o no- suspiró entonces.

-Y más ahora, con esos capullos… ay disculpad, que lengua, vuestra madre me mataría- y Johnny comenzó a reírse.

Le contagió la carcajada a los otros dos, que se reclinaron en sus sillas. Tardaron un par de minutos en recuperar la seriedad, tras lo que siguieron cenando amenamente. Era ese su momento de reunión del día, pues durante desayuno y comida la adulta o estaba fuera o liada con las cosas de la casa, así que era por la noche cuando podía hacer tiempo con su familia.

-Y ¿qué estáis diseñando?- preguntó Taelia, casi habían terminado.

Esta rebañó algo más el plato antes de responder- No lo tengo muy claro, nos han dicho de crear una nave muy grande a las afueras- se reclinó entonces un poco.

-Esto es secreto: fijaos si debe ser importante, que no tuve que ir al discurso- aseguró. Los otros dos se miraron con sorpresa.

-Todos los del barrio han ido menos nosotros, creo- añadió el chico, y la adulta asintió.

-Mejor, cuanto menos nos relacionemos con los imperiales mejor. No son trigo limpio- añadió.

Taelia se levantó con parte de la vajilla- A mí tampoco me gustan, ojalá conservar nuestras armas…- murmuró.

Gabrielle negó entonces. Cuando hicieron el secuestro de armamento, en su casa casi se monta un altercado cuando les pillaron unas cuantas pistolas, rifles, y su respectiva munición, toda perteneciente a la adulta y que usaba para entrenar para las competiciones a las que asistían, habitualmente con sede en Estados Unidos, aunque también habían participado en festivales en Francia y alrededores.

Tuvieron el tiempo de ocultar algunas armas de defensa personal en el fondo de uno de los armarios antes de que pudieran llevárselas también, colocándolas bajo la ropa de cama y los viejos juguetes de Johnny, intentando en todo momento que no se dieran cuenta de los bultos que formaban. Como no llegaron a entrar – Taelia se negó a permitirlo – no pudieron registrar y tampoco consideraron que pudieran tener más, así que lo dejaron pasar. No merecía la pena, o eso consideró el suboficial que dirigía al grupo, así que se limitaron a poner orden intimidando a la chica cuando se puso borde, y siguieron su camino.

Cuando se enteró, Gabrielle no sabía si felicitarla o echarle la bronca, todo aquello pasó por el gusto a portar armas que en general tenía la familia, y que tenían en perfecto estado de revista. Nunca las habían necesitado usar, pero siempre las tenían preparadas para la acción, sólo por si acaso.

-Ya, me sentiría mejor, pero poco podríamos hacer contra los cacharros que esa gente maneja, Tae- el último en levantarse a ayudar fue Johnny, que acabó de recoger vasos y cubiertos.

-Me fijé de camino a la escuela a ver en la armería del señor Dupont y la habían cerrado, así que no podríamos conseguir más- comentó el chico.

-Tendremos entonces que apañarnos con las hemos guardado bajo las camas…- murmuró Gabrielle, seria.

Sin decir mucho más, la adulta se puso a limpiar los cacharros mientras los otros dos iban y encendían la televisión. En ese momento, y de forma predominante, se reportaban toda clase de disturbios en muchos sitios. No se habían dado cuenta, pero las redes sociales ardían a esas alturas. Y en cuanto entraron vieron muchos mensajes de gente alentando a, básicamente, provocar disturbios. A más mejor. Y si uno agudizaba el oído, podían oírse las primeras sirenas de policía empezar a moverse.

-¡Tita, ven!- gritó Johnny, mientras no apartaba la vista del televisor.

Su hermana se había colocado a su lado, con las piernas abrazadas sobre su pecho. Trago saliva y miró a su hermano, que asintió y corrió hacia los cuartos a parapetarse. Un minuto después apareció Gabrielle, secándose las manos y con mirada seria.

-Ve a por la pistola de clavos y trae muchos tornillos. Yo voy a por un hierro- ordenó, y la chica obedeció enseguida. Si tenían que prepararse, lo harían.

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Por su parte, la reunión en casa de los Knight había llegado a su fin, y mientras Tom yacía tranquilamente en su cama, los dos adultos permanecían cerca de la entrada con un cuchillo cada uno, sentados en el suelo uno apoyado en el otro, en completa oscuridad. No dormían entre el ruido constante de fondo de sirenas yendo y viniendo, sumado al estrés que sentían en esos momentos. Y no eran los únicos que no estaban en sus camas: Sam y Percy estaban en el cuarto de ella, maquinando.

-¿Entendido, entonces? Salimos por la ventana, bajamos por la bajante, y ya en el suelo vamos con los demás. Han quedado donde siempre- el muchacho asintió.

Estaban sentados en la cama de la joven, pero antes de que se pudiera levantar, el otro la detuvo unos instantes.

-Prométeme algo: no te la jugarás demasiado- pidió, y ella le miró extrañada.

-¿A qué viene esa petición? ¡Déjame adivinar!- ella parecía enfadada.

-Te han dicho que me cuides, ¿no? Como si yo no pudiera hacerlo sola- y él suspiró.

La chica gruñó un poco, y frunció algo los labios- No necesito tu protección ni la de nadie… aunque lo agradezco. Aun así parece que no me conozcas, pese a que seamos hermanos- ella sonrió de medio lado.

-Siempre te ríes en la cara del peligro- comentó el chico, y ella le guiñó un ojo.

-Pilla las cosas anda, tenemos el tiempo pegado- este obedeció, y ella abrió la ventana del cuarto.

Al estar en unifamiliares de dos plantas, tendrían que bajar unos diez metros desde donde estaban, pero no sería problema. Desde pequeños siempre han sido ágiles, lo necesitaban si tenían que huir de la policía cuando disolvían protestas estudiantiles o de trabajadores, así que se sabían uno o dos trucos para saltar desde lugares elevados, a través de vallas, puestos, coches, transeúntes… todo para que no les llevaran a comisaría. No pensando mucho en ello, la chica cruzó el alfeizar usando para apoyarse una mesita, en la que se mantenía en un precario equilibrio en un pie. El otro, tras pasarlo a través de la ventana, lo apoyó cuidadosamente en las tejas, y poco a poco fue cambiando el peso de un lado a otro. Una vez segura, fue pasando todo el cuerpo hasta quedar totalmente fuera y de pie en el tejado del inmueble, dirigiéndose a gatas hacia la bajante. Se apoyó con cuidado en la pared, usando sus manos para aferrarse a la tubería, tras lo que descendió ágilmente. Poco después contempló como su hermano repetía el proceso, y, reunidos en tierra, se empezaron a mover.

Su destino estaba a unos quince minutos, pero con las cosas como estaban – entre toques de queda, disturbios y que la gente estaba nerviosa – tendrían que atajar yendo a través de las parcelas vecinas, en vez de ir hasta el final de la calle y allí girar. Corrieron a través de la calle hasta la parte de enfrente, saltaron unas verjas, y se colaron en el patio de unos vecinos. Corrieron a través del césped, siendo increpados por el perro de la familia, pero antes de que pudiera pasar nada, ya habían saltado la verja al otro lado, y para cuando los dueños sacaron la cabeza por la ventana, ellos ya estaban lejos, amparados por la oscuridad de la noche. Sin embargo, pocas casas más allá, un par de ojos habían sido testigos de todo aquello. Taelia permaneció quieta en su sitio tras la ventana, vigilante, rifle en mano y cargado lista para disparar a cualquiera que se acercara.

Sin ser conscientes de ello, los hermanos siguieron avanzando. En tiempo récord llegaron hasta el punto de encuentro: la sede del sindicato de estudiantes de la localidad, y al que estaban afiliados desde que llegaron. Estaba alojado en los bajos de un edificio del ayuntamiento, era algo antiguo pero estaba bastante bien adecentado por fuera, con un bonito césped rodeando las instalaciones, algunos árboles y con la zona bastante limpia – como toda la ciudad en realidad – pero ellos fueron directos a la puerta, y le dieron unos golpes con un ritmo concreto.

-Hoy hace un día muy lluvioso, señor presidente- dijo ella, cuando vieron como el visillo de la puerta se abría.

A los pocos segundos esta se abrió, era un muchacho de pelo negro y piel muy pálida, llevaba ropas negras y estaba algo maquillado en la zona de los ojos, para darles un toque negro en las inmediaciones de los mismos. Ella le dio un abrazo mientras su hermano chocaba manos con él.

-¿Os han seguido?- preguntó el chico, y los hermanos negaron.

-Pasad, tenemos vodka y patatas fritas. ¿Habéis traído el equipo?- preguntó, mientras ellos pasaban.

-Por supuesto, siempre voy preparada para atizar a unos imperialistas de mierda- bromeó ella.

Cerrada la puerta, fueron con los demás. Eran una docena aproximadamente, todos de entre 15 y 20 años, y como buen sindicato tenían un jefe, Adrien LeBlanc, el chico que les abrió. Aquel era su primer año de universidad pero con todo lo sucedido llevaban toda la semana sin clases, entre que se reorganizaba todo y volvían a una normalidad que nada tenía de normal. Esa noche, y por orden del chico, irían todos a las protestas de grupos de muy diversa índole para quejarse contra los abusos del gobierno, como siempre hacían. Irían parapetados con pasamontañas, protecciones, y cascotes en las mochilas junto a varas de metal y mecheros con alcohol. Nunca se sabe cuándo había que prenderle fuego a las barricadas para dificultarle el trabajo a, como ellos les gustaba llamarles, perros del Estado.

-¿Todos listos para pelear por nuestros derechos?- preguntó, alzando la voz, y un sonoro "sí" se escuchó en toda la sala.

Entre aplausos tomaron todo y cerraron el local con llave, dejando todo como si nunca se hubieran reunido allí, y ya fuera, se dirigieron directos al centro, donde todo estaba sucediendo. Sam notó como, en su bolsillo, su móvil no dejaba de vibrar, la estaban llamando. Pero en esos momentos tenía cosas más importantes de las que preocuparse, además, no le iba a pasar nada. Nunca le había pasado, y eso que se había metido en buenos tumultos, ¿qué podía torcerse en la que era la enésima vez que participaba en algo así?

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En el centro de la pequeña localidad se empezaban a ver los primeros enfrentamientos desde que los últimos rayos del Sol bajaron por el horizonte. Los primeros tiros vinieron desde grupos de encapuchados que, favorecidos por el cabreo generalizado, empezaron a asaltar diferentes áreas de consumo, tiendas, y hasta casas. Ante la inactividad de los imperiales, que veían todo pero no hacían nada – ni se llegaron a mover – tuvieron que ser los locales los que se movilizaran. Pero que no se movilizara no quería decir que los invasores no estuvieran haciendo nada. Desde sus cascos iban identificando a todo aquel que vieran por las calles provocando altercados, y llevando sus datos a un súper ordenador que almacenaba toda la información de forma inmediata. No se podía ver, pero bajo sus cascos sonreían con diversión. Oyeron como algo explotaba en un latera y se giraron, preguntándose qué acababa de pasar, y se sorprendieron con lo que vieron: un grupito de chavales con algo ardiendo en sus manos.

Se trataba del grupo de Sam y Percy. Habían tomado bolas de papel y espuma, las habían bañado con alcohol y ahora servían como bolas de fuego que ahora lanzaban contra la policía, que había formado un muro de escudos delante de ellos. Detenido el primer lanzamiento, y viendo que era inútil, pasaron a tirar cascotes mientras les gritaban toda clase de improperios. Poco duró aquello pues en seguida los agentes cargaron contra ellos, y les hubieran dado una seria clase de defensa personal con sus porras cuando se escucharon tiros. Los adolescentes se giraron y vieron a unos cuantos encapuchados justo detrás, con armas largas, disparando a bulto contra la policía, que tuvo que recular y retirarse, protegiéndose como podían con sus escudos, pero poco o nada pudieron hacer varios de ellos, que cayeron muertos al suelo por las heridas de bala.

-Malditos hijos de…- uno de aquellos tipos pateó el cuerpo, haciendo que el agente gritara de dolor.

No duró mucho esa situación pues recibió un tiro en la cabeza, que provocó que los adolescentes saltaran en su sitio. Con el miedo en el cuerpo se empezaron a levantar, pero fueron obligados a darse prisa por los adultos, que les alzaron con algo de violencia-

- Dejad de hacer el gilipollas y dejadnos a los mayores luchar, ¿eh? Esto no es una fiesta de pijamas- le increpó a Sam.

Debía ser el líder. Por sus prendas no se podía saber nada de él salvo que era hombre y alto. Llevaba una banda en un brazo pero apenas se pudieron fijar en ella-

-Tío… ¡le has matado! ¡Eso está mal!- le gritó Percy.

-¿Cómo has dicho, niñato de mierda?- varios de aquellos extraños rodearon por detrás al muchacho.

-De-decimos que si luchamos contra los que nos oprimen debemos…- pero una de las chicas se paró al oírles reír.

-Pues eso, niñatos. ¿Qué pasa, vais a llorar?- hablaba de forma muy despectiva.

Fue entonces que le dio un sonoro bofetón a Sam, que cayó al suelo, impactada- Eso que hacéis es una payasada, como os vuelva a ver por aquí os meto una bala por la sien, ¿entendido?- como no hubo respuesta fue a más.

-¡¿Entendido ostia?!- chilló, y los adolescentes murmuraron un suave sí, apenas audible pero que les fue suficiente.

-¡Id con vuestras mamis, putos críos!- empezaron a intimidarles más aún para que se fueran de allí. Uno incluso les disparó hacia los pies, para que se dieran prisa.

Mientras pasaban entre ellos se fijaron que en sus brazos tenían una bandera con una raya negra y otra roja. Idéntica a la que ellos llevaban, ¿cómo era posible? Si ellos eran los buenos… Los que luchaban contra el invasor para liberar al pueblo. No entendían nada, pero estaba claro que allí no podrían estar, no al menos a la vista. En cuanto pasaron al otro lado de la plaza, se refugiaron tras algunos contenedores, con las mochilas al hombro por si había que salir corriendo, y sólo sacaron sus cabezas para ver qué pasaba. El grupo que les había sacado de allí seguía disparando contra la policía, que se empezaba a reagrupar, para entonces cargar contra ellos, flanqueados por un camión de agua para disolverlos. No tardaron demasiado en cumplir con su objetivo, pues si bien estaban armados no eran demasiados, y aun así, siguieron atacando.

-Será… será mejor que nos vayamos, mirad- Adrien señaló hacia la derecha. Empezaban a llegar más tíos encapuchados y armados, y más coches de policía.

Se iba a montar una buena guerra campal, para la que no estaban preparados en absoluto. Amedrentados salieron de allí corriendo de vuelta a sus casas, deseando no haber bajado hasta allí y haber hecho caso a sus padres y abuelos. Poco podían hacer ya más que ponerse a salvo, y Sam decidió hacer por una vez caso a las llamadas de sus padres. Tomó el móvil, en la que debía ser la décima llamada, y se llevó a la oreja.

-Papi, yo…- pero apenas pudo hablar.

-¡¿Dónde estás tú y tu hermano?! ¡Venid aquí YA!- no admitía duda o discusión.

Percy, que estaba a su lado corriendo, asintió- Ya vamos, papá…- murmuró ella.

Apenas se pudieron despedir de los demás, que también se fueron a toda prisa de la escena. Sus acciones sin embargo no habían quedado fuera de la vista imperial, y de hecho, uno de los soldados les seguía, escondido entre las sombras gracias al camuflaje de su armadura, permaneciendo a unos diez metros de ellos en todo momento, y siguiendo su ruta. De vez en cuando giraban el rostro pues notaban un cosquilleo en la nuca, pero al no ver a nadie simplemente seguían adelante, sin saber que sus miedos estaban más que justificados. Igual que cuando fueron, en el camino de vuelta no se encontraron con problemas ni les detuvieron en ningún momento, de hecho comprobaron que otros grupos de jóvenes de su quinta iban hacia la plaza al igual que hicieron ellos, parapetados con pancartas, banderas y tambores para quejarse. Pero no se podían detener, tenían que ir directos a casa y eso harían.

-La hemos liado hermana- le dijo, y ella asintió.

-Ya te digo… nos va a cruzar la cara- afirmó ella, que ya le empezaba a doler la mejilla antes si quiera de recibir golpe alguno. También ayudaba que aquel tipo le diera un bofetón que la derribó.

En cuanto se acercaron a casa, vieron como sus padres abrían la puerta. Su madre corrió directa y les abrazó, llevándoles hacia dentro, con Ibrahim sosteniendo la puerta, muy serio pero callado. Ellos no se atrevieron a mirarle a los ojos, pero de hacerlo en vez de ira en él verían… decepción. Se lo hizo saber rápido. Les hizo sentarse en la cocina, con la única iluminación de una linterna.

-¿Qué os dije sobre ir a las revueltas?- preguntó, tranquilo.

Sabiendo que no debían responder, no dijeron nada. El adulto tardó sólo unos pocos segundos en seguir.

-A vuestra madre casi le da un ataque al corazón al ver que no estabais en vuestro cuarto, y a vuestro abuelo le hubiera dado seguro de no estar durmiendo… ¡¿en qué estabais pensando?!- exclamó, incrédulo.

Se llevó las manos a la cara, estaba temblando un poco- Niños, yo… yo… sólo quiero que no tengáis que pasar por las mierdas por las que hemos pasado nosotros, no hace falta que andéis haciendo el cafre por ahí, ¿vale?-

Cuando retiró las manos parecía estar llorando un poco, pero se calmó rápido. Bernadette acarició su espalda para tranquilizarle, y sería ella la que continuara.

-Lo que vuestro padre quiere decir, es que no vais a lograr nada tirándole piedras a un policía. Si queréis mejor la vida de los demás, es mejor que… simplemente, seáis vosotros- los dos adolescentes se miraron.

Un silencio algo tenso comenzó a llenar la sala, hasta que oyeron unos pasos por el pasillo. El viejo Tom hizo acto de presencia, con su bastón en mano, y, con parsimonia, se sentó en la silla más cercana. Sonrió a su familia, mientras bostezaba un poco.

-Familia… ¿os he contado de cómo sobreviví en Vietnam?- preguntó, mientras se recostaba.

Sí, lo había hecho muchas veces, pero ellos amaban aquellas historias. Dejaron que hablara todo lo que quisiera, era lo menos que podían hacer. Por respeto, y por amor hacia aquel anciano adorable.

-Estaba en plena selva, con cinco compañeros de pelotón, y delante de nosotros, cerca de veinte vietnamitas cuyo único objetivo era defender sus casas y familias… y nada da más valor que eso, sabedlo- aseguró.

Un aire de añoranza se dibujó en él- Aquel día casi me matan, las bombas caían y los tiros viajaban por el aire como letales truenos, desde luego sonaban como tales… ¿Y sabéis porqué estaba allí? No por América, a la que siempre le deberé mucho, Dios me libre. No, no, por ellos no… fue por los míos- miró a su hijo entonces.

Este estaba cruzado de brazos, con la cabeza agachada y llorando un poco. Seguía muy intranquilo.

-Lo míos incluyen mi familia, mi barrio… aún recuerdo a la vieja Mock, la panadera del barrio de California en el que me críe, al buen Steven Darson, el barbero, que me enseñó a afeitarme por primera vez, al cura local, el reverendo Samwel Barreck… Luché por ellos, para defenderles- se giró y observó a Bernadette.

-Tus hijos son maravillosos, cariño. No intentes apagar el Sol con un dedo- y entonces hizo lo mismo con sus nietos.

-Y vosotros… recordad siempre, estómago caliente, mente fría. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros, si os hubieran matado, eh? Decidme, ¿cómo hubiéramos podido soportar esa pérdida?- posó su suave mano en el hombro de Percy.

-Koba- si a veces le llamaba Percival para molestarle, cuando quería mostrarle su cariño le llamaba así.

Pasó entonces a mirar a Sam- Volodia- sonrió entonces un poco. (1)

-Luchad, pero sed inteligentes. No vale de nada asaltar o luchar contra aquellos que luego nos pueden ayudar. La policía no es ni será nunca el enemigo, aunque lo parezca desde vuestra perspectiva. Ellos… son como nosotros, al final del día, sólo hacen su trabajo- suspiró un poco.

-Hablar tanto me da sed, ¿lleváis vodka en esas mochilas muchachos?- ellos asintieron, y Bernadette sacó un par de vasos.

-¿A estas horas y bebiendo ya, padre?- preguntó Ibrahim, aún con la voz algo compungida.

-Nunca es mala hora para beber, ya deberías saberlo- se sirvió un poco.

-Yo ya sabía que esto pasaría, se lo dije a vuestros padres antes de acostarme. La rebeldía de la juventud, aún la recuerdo…- murmuró, mientras le daba vueltas a su vaso con los dedos.

-No vale la pena meterse en problemas, no aún. Entiendo que améis la libertad y que queráis luchar por ella, pero espero que todo esto os haya hecho aprender una gran lección, muchachos- los aludidos asintieron, y Tom sonrió satisfecho, permitiéndose beber el primer trago entonces.

Reinó de nuevo el silencio, pero ahora es más tranquilo. Era una capacidad habitual del anciano, capaz de amansar las aguas más salvajes sólo con su tranquila voz. Era algo casi sobrenatural, pero que todos admiraban en él.

-No volverá a pasar, abu. Lo juro- murmuró Sam. Había aprendido la lección, sin duda.

Percy no tardó en unirse- Yo también. Nada de más huelgas o andar lanzando cascotes o cosas así- Tom sonrió por ello.

-Bien dicho- bebió entonces de su vaso, y miró la hora. En las dos de la madrugada.

Se levantó con parsimonia, y se dispuso a irse a la cama. Fue ayudado en seguida por su hijo y nuera, que le llevaron a la cama. Sin ganas de más jaleo, los adolescentes también decidieron irse a dormir. Subieron a sus respectivos cuartos, pero antes de que Percy entrara al suyo, Sam le abrazó por detrás.

-Podría… ¿dormir contigo hoy?- él sonrió de medio lado, y asintió. Entraron al cuarto de él, y se prepararon.

Él se colocó de espaldas a Sam, que se quedó en ropa interior, mientras el otro hacía lo mismo, y entraron a la cama de él, arropándose y quedando frente a frente.

-La última vez que dormimos juntos teníamos 7 años, ¿te pasa algo?- le preguntó, y ella suspiró, cerrando los ojos.

-A veces se me olvida que eres el mejor hermano del mundo, y que siempre has cuidado de mi… perdona mi actitud de antes, no-no estuvo bien- él la acarició en el rostro con delicadeza.

-Todos nos podemos equivocar, Sammy…- iba a seguir hablando pero se quedó medio dormido.

Y ella también, demasiadas aventuras en una noche. Durmieron, no sabían cuánto tiempo, hasta que un fuerte estruendo les levantó de golpe, y, asustados, salieron a trompicones de la cama.

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Por su parte, la familia Magné se había parapetado en la casa. Taelia estaba en la parte baja, rifle en mano, vigilante y cubierta por una manta y una gorra con la bandera americana, escondida bajo la ventana pero observando los alrededores y con un comunicador en la mano izquierda. En la parte de arriba estaba Johnny, posicionado y cubierto igual que su hermana pero no estaba armado, pues era demasiado joven aún. En su lugar portaba unos prismáticos, y se encontraba tumbado en el suelo con un walkie al lado, listo para informar de ver movimiento. Por último, Gabrielle estaba por detrás, con un arma larga en la mano y fuera de la casa, casi sin moverse pero con la vista fija en el otro lado de la calle, dando cortos pasos de lado a lado.

Notó entones ruido de fondo, murmullos, y pudo ver dos figuras saltar de entre la maleza a través de las vallas de las parcelas. Como ni se acercaron a la suya no llegó a apuntar, pero igualmente usó su walkie.

-¿Les habéis visto, niños?- preguntó, en un suave murmullo.

-Sí, parecían ir al centro. Creo que vienen del barrio, les he visto bajar de una de las casas- afirmó Taelia.

-Bien, ya sabéis la norma. Disparar y luego preguntar si se acercan a menos de cinco metros y no han dicho nada- y el silencio volvió a reinar.

De vez en cuando era interrumpido por sirenas aullando al viento, se les veía venir de lejos además de por el ruido por las fuertes luces parpadeantes, pero ninguno se paraba en las cercanías. Iban todos a la plaza en la que horas antes fue el discurso de Zormu, a saber la que se estaba liando por allí. Radicales colectivistas que piensan que arreglan algo zurrándose entre ellos, con la policía, y de paso robando, para variar. Esperaba nunca tener que enfrentarse a gente así pero desde hacía una semana más o menos las cosas habían cambiado bastante, así que tendrían que defenderse a sí misma y su familia. Sus microbios ya habían perdido a sus padres, no iban a perder a su tía.

-Esto es raro… aún no veo naves yendo y viniendo, como en los primeros días…- murmuró.

Francia, y el mundo entero, parecía zona de guerra permanente cuando los imperiales llegaron, pero todo el despliegue parecía haber sido reducido a soldados y oficiales que imponían pero que realmente estaban más para figurar. Al menos fue así hasta ese día, en el que las normas cambiaron drásticamente, por lo que debían estar preparándose para el control efectivo del planeta, la verdad es que no se fiaba en absoluto de aquello. Y que esa noche, con la que se estaba liando, no hicieran nada… era extraño, nada propio de totalitarios como parecía ser aquella gente. En todo caso estaría atenta esa noche y los siguientes días, por suerte tenía bebidas suficientes para poder estar en pie noche y día y poder rendir a base de líquido de pre entreno, con el que se activaba a la media hora y se sentía con la energía para poder hacer cualquier cosa.

-¿Cómo vais?- preguntó a la media hora.

-Despejado, tita- ese era Johnny. Taelia respondió algo más tarde.

-Sigue moviéndose mucha peña al centro, pero… creo que vuelven dos- Gabrielle miró su reloj.

-Diría que son los mismos de antes, que vuelven a casa, ¿confirmas, Johnny?- le preguntó la adulta al chico.

Les podía ver recorrer la calle en dirección contraria de la que se movía todos los demás. Deducía que eran los mismos ya que los demás estaban más lejos, mientras que ellos iban por el medio. Eso implicaba que debían ser locales, mientras que los otros se movían desde zonas cercanas, recorriendo las grandes calles laterales del barrio en el que estaban. Al estar cerca de Marsella estaban al lado del mar – de hecho estaba de espaldas de ella – encontrándose el centro de la ciudad tierra adentro, con ellos flanqueados por las afueras de la ciudad, pues vivían en la zona media de la línea de costa, desde donde estaban podían ver los movimientos de ambos lados.

-Confirmo, son los vecinos. Hay… algo raro, parecen nerviosos. La madre les ha recibido muy nerviosa- murmuró el chico.

-Se la habrán jugado yendo a todo el jaleo. Sigamos- ordenó la adulta, mientras se apoyaba en una de las columnas de su techo.

Suspiró, salvo por todo el tumulto la noche era muy pacífica, con la Luna brillando y unas pocas estrellas en la bóveda celeste, aquella hubiera sido una noche perfecta para salir a acampar, o de fiesta, o con amigos de cine. Suspiró, pensaba en ello cuando vio un destello en el cielo. Alzó el rostro, y comprobó que entraba en atmósfera uno de los enormes destructores, no habían visto uno desde el fatídico día de la destrucción de París. El aparato se deslizaba por el cielo fácilmente, como si fuera ligero como una pluma, y apenas generaba ruido más allá del viento que generaba por su enorme tamaño, y estaba flanqueado por varios cazas, que volaban a toda velocidad en torno al mismo, que desde su perspectiva se movía lentamente pero seguramente fuera totalmente al revés. En todo caso no se detuvieron en la ciudad, sino que avanzaron hasta llegar al lugar en el que ella estaba trabajando, o al menos, en el que próximamente empezaría a trabajar, pues por ahora no era más que un solar.

-Qué cosas más raras hace esta gente…- murmuró ella, mientras calmaba las pulsaciones de su pecho.

Era verles y ponerse nerviosa, más por no saber qué esperar de ellos que otra cosa. Su reloj marcaban las 02:15 de la madrugada. El tiempo avanzó lentamente sin que poca cosa pasara más que grupos yendo y viniendo por la zona, que la familia ni se molestaba en vigilar porque no hacían amago alguno de pasar frente a su casa. Aquello cambio a las 06:00, cuando comenzaron a oír disparos a lo lejos.

-¿Chicos?- preguntó la adulta.

-Hay gente que parece ir bien armada entrar en una casa a dos calles de la nuestra- informó Johnny, y las dos mujeres tragaron saliva.

-Tened preparadas las armas, pueden venir aquí sin problemas- estaba algo tensa.

En condiciones normales podrían llamar a la policía, pero esta debía estar aún en los altercados, y en la mejor de las circunstancias, irían ya a actuar al barrio para impedir los robos. En todo caso se tendrían que defender ellos mismos. A los cinco minutos el chico informó de que salían, y que iban directos a donde ellos estaban.

-Preparaos, empieza el mambo- Gabrielle entonces cargó su arma y fue directa junto a Taelia que había abierto la ventana en frente a ella, y Johnny llegó también a los pocos segundos.

La adulta le tendió un revolver, que tomó algo asustado. Se puso a su altura, flexionando algo las piernas, y le sonrió.

-Sólo advertir, ¿vale? Nadie tiene el poder de quitar vidas, ya sabes peque- y él asintió.

-A la rodilla o muslo, sí…- y ella le sonrió.

-Exacto. ¿Listos?- los dos adolescentes asintieron.

Pero hubo un cambio de rumbo. Aquella gente, que iba mejor armados que los Magné, fue hacia otra casa. Se colocaron delante de la misma, hablaron entre ellos unos segundos, y entraron todos, en total cinco hombres adultos tiraron la puerta al suelo de una patada, y se miraron entre ellos.

-Vamos- ordenó inmediatamente la adulta, y salieron corriendo, saltando por la puerta, y, según caían al suelo, empezaban a disparar.

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Los Knight se levantaron de golpe al oír algo caer al suelo con mucha violencia, e Ibrahim, cual resorte, salió de la cama y corrió por la casa. Bernadette, detrás de él, estaba con el corazón en un puño, y sus hijos no tardaron también en bajar al piso inferior por las escaleras. Una ráfaga de varios disparos justo después de que fuera derribada la puerta, y luego unos cuantos más, rompieron de nuevo el silencio de la noche, y Sam contempló una escena horrible.

-¡PAPÁ!-

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Nada más salir por la ventana, los Magné vieron como aquellos extraños pretendían entrar a la casa, y entonces cada uno disparó. Lograron darle en el hombro a dos de aquellos tipos, mientras tres entraban al inmueble, dejando atrás a sus compañeros, que acabaron en el suelo, mal heridos. Mientras Johnny les apuntaba, nervioso, las dos mujeres entraban a la casa, y según lo hacían, vieron como los asaltantes disparaban contra una pareja, el hombre tenía una fea herida de bala en el estómago que sangraba profusamente, y la mujer tenía otra bala en el hombro. Sin dudarlo, dispararon varias rondas las dos a las espaldas de los ladrones, que cayeron al suelo sin casi poder defenderse.

-¡¿Están bien?!- gritó Gabrielle, asustada.

No era medico pero sabía que tanta sangre no era buena señal.

-¡PAPÁ!- oyeron, y comprobaron que dos adolescentes, de la edad de Taelia, llegaban a la escena.

Inmediatamente dejaron sus armas en el suelo- Calma…-

La pelirroja se levantó, pero antes de que pudiera decir nada, Bernadette chilló.

-¡Llamad a un médico, que se me muere joder!- gritó, sollozando. Se estaba rompiendo.

Taelia corrió hacia el teléfono y comenzó a marcar el número de emergencias, Percy sujetó a Sam que empezaba a llorar en su hombro para que no se cayera, y Gabrielle intentaba detener la hemorragia de aquel tipo, que estaba sudando en frío, a la vez que Johnny entraba por la puerta.

-¡Tita, los de fueran han, han…!- gritó, nervioso, empezaba a sollozar.

Los minutos pasaban lentamente mientras se decidían, pero tuvieron la buena idea de cerrar la puerta, no sin antes guardar los cuerpos de aquella gentuza entre las plantas entre Percy y Taelia, a la vez que Gabrielle improvisaba un torniquete usando un vídeo de internet que había buscado Sam tras casi tener ahí mismo un ataque de ansiedad, ayudada por Johnny en la tarea . Acababa de pasar algo horrible y no sabían muy bien qué hacer, estaban improvisando y en shock.

-Gracias, por… por ayudarnos- comentó la adolescente, mientras observaba como la mujer apretaba todo lo que podía las toallas que usaban a modo de vendas.

Bernadette asintió- Estás dándole una segunda oportunidad a mi marido…- murmuró ella, mientras le acariciaba el rostro. Casi vomitaba ahí mismo por los nervios.

Ibrahim estaba algo blanco y no hablaba, pero respiraba y movía los ojos nervioso.

-Ustedes harían lo mismo por nosotros, no es nada- aseguró Gabrielle, que sudaba en frío.

-Buen torniquete, señorita, pero no será suficiente- se giraron al oír al anciano Tom llegar.

Por su sordera no se había enterado de nada y ahora se encontraba con el panorama nada más levantarse. Sus ojos estaban algo acuosos.

-Si no le sacan la bala acabará muriendo en unos días… Joder Ibrahim…- suspiró pesadamente, aguantando las lágrimas.

-Lo-lo siento, yo he…- Gabrielle hablaba, pero el anciano le puso una mano en el hombro.

-Tranquila, no es culpa tuya… No están las cosas para llevar a mi hijo al hospital, oíd esto- fue entonces a la cocina.

En poco más de un minuto volvió con la radio encendida.

-… a raíz de dichos disturbios se ha declarado que nadie puede salir de casa salvo por motivos de trabajo, y se ha ordenado el… No, esperen…- la mujer de la radio tardó unos segundos en seguir.

-Se… se ha ordenado la limpieza aleatoria de un cinco por ciento de la población en el día de hoy. Los elegidos serán llevados a la plaza municipal para que todos puedan ver el proceso- comenzó a sonar música entonces.

-Hijos de puta…- aquello le salió a Tom desde dentro, mientras suspiraba pesadamente y dejaba la radio en la escalera.

Bernadette rompió a llorar entonces, mientras Percy y Sam se abrazaban, y los Magné no sabían muy bien donde meterse. Sin embargo, sería el anciano Tom el que tomara la palabra de nuevo.

-No nos hemos presentado… Yo, me llamo Tomathew Knight, les presento a mi yerna Bernadette y a mis nietos, Samantha y Percival. Diría, señorita, que les debemos la vida- dijo, solemne.

-Mi hijo está a punto de fallecer, pero… creo que he ganado una hija y a dos nietos más- les tendió la mano.

-Yo me llamo Gabrielle Magné. Ellos son mis sobrinos, Taelita y Jonathan. Lamento la perdida, ojalá haber llegado antes- ella tomó la mano del anciano, pero este suspiró.

-Si no hubiera sido él, hubiera sido alguno de ustedes, o yo mismo. Lo importante es que los demás seguimos vivos, y yo al menos, estoy cansado de gente que todo lo resuelve a tiros- a eso los Magné asintieron.

-Hemos estado toda la noche de guardia y sólo hemos visto ir y venir gente armadas con varas y piedras dispuestos a ir a montar gresca- les informó Taelia.

Tom asintió, pensativo- ¿Tienen más armas?- preguntó, mirando a Gabrielle, que asintió.

-Sí, pero no mucho, aunque sabemos de un armero que igual algo puede tener- San intervino entonces.

-Nosotros tenemos armas de imperiales- los Magné la miraron con sorpresa.

-Por favor, id… id a otra parte por Dios, que vuestro padre se está muriendo JODER- gritó Bernadette, llorando, tenía en sus manos a Ibrahim, que perdía los colores del rostro por momento.

Sin decir nada la familia Magné salió de la casa, dejando a los Knight que pudieran llorar al hombre a gusto. Antes de irse Gabrielle les dejó anotado su móvil y número fijo para que contactaran con ellos cuando lo necesitaran, y salieron por la puerta en silencio. Era un momento duro para los otros y tendrían que dejarles el tiempo de duelo.

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(1) Motes que tuvieron líderes socialistas durante los primeros años del siglo XX

Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.