"Un amor de intercambio"

Por:

Kay CherryBlossom

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13.

El principio del final

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Castleton, Derbyshire, England

Como uno de sus álbumes favoritos de One Republic sonaba en el pequeño aparato de sonido que tenía en el modular, Usagi no oyó cuando tocaron la primera vez el timbre. Algo sudorosa y cansada, corrió a abrir rogando que quien fuera, no le quitara mucho tiempo.

—¡Yaten! —le saludó afectuosamente y le dio un breve abrazo. Luego miró al minino que tenía en los brazos —¡Luna!

—Perdón, pero no puedo retener más tiempo a ésta pequeña presa política, Shen se está encariñando mucho y temo seriamente que no te la quiera devolver.

Usagi se rió alegremente, y le dio un beso en la cabeza a Luna. Luego la soltó.

—Iba a ir por ella más tarde, pero gracias por traerla. Y por cuidarla mientras estuve en casa de mis padres, claro. Esto… ¡pasa, no te quedes ahí! —le invitó algo liada.

Yaten se detuvo un segundo antes de atravesar la pequeña sala. Había montones de cosas apiladas por todas partes, y cajas o bolsas de basura regadas y desbordadas de trastos por doquier. Ni siquiera se veía la alfombra. Luna se puso a husmear, fascinada con el tiradero.

—Uau…

—Lo sé, parece que hubo un ataque nuclear aquí. Estoy limpiando. Y ordenando... por primera vez —confesó ruborizada.

—¿Por primera vez desde cuándo?

—Desde nunca —se rió Usagi otra vez —. Decidí empezar el año depurando algunas cosas, ya sabes, para atraer la buena suerte. Y ahora simplemente no puedo parar. Es liberador.

No fue necesario decirlo, pero muchas de esas cosas incluían fotos, regalos o un sin fin de artículos que tenían que ver con Mamoru, y ella ingenuamente había guardado como tesoros. Además, ya no había espacio para su ropa nueva y de paso dejar la casa muy bonita. Quizá pintarla, o comprar un tapete nuevo.

Yaten se inclinó para recoger algo del suelo.

—Esto parece fino, no deberías tenerlo en el piso —dijo, y colocó la tela larga y suave en el respaldo de uno de los sofás.

Usagi entornó los ojos mientras se hincaba para guardar otra pila de libros en una caja.

—Oh, eso no es mío. Yo no uso pashminas.

—¿Pash-qué?

—Es como una bufanda, pero más elegante. O eso me explicaron en New York —comentó animosamente, recordando a Haruka.

—Ah.

—Seguramente es de Minako. Debió olvidarla aquí.

Sin que Usagi se diera cuenta, Yaten se llevó la tela cerca al rostro, e inhaló su aroma.

—Sí es de ella…

—¿Cómo dices?

—Nada. ¿Y no vas a devolvérsela? —retrucó hábilmente, dejándola en su sitio.

Usagi chasqueó los labios.

—Me encantaría, pero saldría más caro el envío que lo que vale la pashmina. O eso creo. Pero quién sabe, ¡tal vez un día vuelva a verla! —comentó cantarina, y siguió deshaciéndose de una pila interminable de DVDs.

Yaten no dijo nada.

—Es cierto. Minako dijo que te había conocido. Me pareció curioso. ¿Cómo fue eso?

—¿Curioso por qué? —respondió con otra pregunta. Usagi no se dio cuenta.

—Pues no es que tú andes conociendo chicas por allí de la nada. No es tu estilo. Aunque ahora que lo dices, ella dijo que te había tratado muy poco. Apuesto que te pidió ayuda con la chimenea, ¿no?

Tan pronto terminó la frase, Yaten le atravesó con los ojos.

—¿Eso dijo?

Usagi se encogió de hombros, patidifusa. Él había pasado de la sorpresa al disgusto en un segundo.

—Pues sí.

Yaten suspiró, entre cansado y exasperado.

—Dicen que los suspiros son besos no dados —le mosqueó la rubia de coletas sacando la lengua, en un intento de animarlo. Luego le entregó una bonita postal de New York de colección, un separador de libros y una gorra roja para Shen. El platinado sonrió veladamente y se echó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta.

—Qué cursilona regresaste de América. Gracias. Éste me será de utilidad —dijo, refiriéndose al separador.

—Deberías considerar ir algún día, en serio. Es un sueño. Una ciudad preciosa. ¡Y tan llena de vida, de gente! Y el apartamento de Minako es… pfff, un paraíso. Y...

—¿Puedo quedarme con la... cosa ésta? —interrumpió bruscamente su perorata.

Usagi le miró con los ojos muy abiertos. Yaten era una persona muy reservada y orgullosa. Jamás le pedía nada a nadie a no ser que fuese de vida o muerte. Aquello la contrarió, pero recordó los múltiples favores que le había hecho, incluyendo cuidar tantas veces a Luna, así que lógicamente no fue capaz de negarse. Además no creía que Minako se la pidiera, su guardarropa era del tamaño de un almacén.

—¿La pashmina? Claro… seguro que le gusta a tu madre —repuso.

Yaten no agregó más, y Usagi tampoco quiso alargar tanto la conversación. En primera porque él lucía repentinamente alterado, y eso era raro. Normalmente era muy tranquilo, muy sereno.

Pero en segunda, aunque le diera algo de pena, hacía cinco minutos que ya estaba deseando que él se marchara. Y no porque no le diera gusto verlo, si no porque más bien, necesitaba desesperadamente hablar con alguien más y era casi la hora. Yaten se fue agradeciendo nuevamente los presentes. Usagi sorbió algunos fideos instantáneos, se lavó la cara y se cambió la camiseta sudada. Apenas le dio tiempo de encender su vieja portátil. Al igual que cada viernes de las últimas semanas, exactamente a las seis en punto, Skype le avisó que alguien la estaba llamando. Usagi cogió aire y dio clic al ícono verde. En un parpadeo, la imagen de Seiya ya se proyectaba del otro lado de la pantalla y sonrió con todo su ser.

—Ahí estás, Odango —dijo Seiya al otro lado de la pantalla, con unos audífonos puestos. Usagi agitó cohibida la mano. Los pixeles no le hacían justicia a su precioso rostro, pero le hicieron sentir la misma adrenalina que si lo tuviera cara a cara.

—Hola…

—Qué guapa te ves.

Usagi se pasó un rizo detrás de la oreja, mientras ponía los ojos al revés.

—Anda, búrlate. He estado limpiando todo el día —le dijo fingiendo molestia, cuando como siempre, le encantaba cómo le hablaba.

No quiso decirle que el contraste con el apartamento de Minako resultaba doloroso. Cuando Usagi atravesó la puerta de su hogar con sus maletas, se deprimió. Por eso se fue a casa de sus padres una temporada. Todo parecía tan pequeño, oscuro y humilde que le entraron ganas de llorar. Y no es que ella fuera una chica materialista, jamás lo sería. Ella amaba su pequeña cabaña. Simplemente, el hecho de saber que su burbuja de fantasía placentera se había reventado era algo desolador. Allí estaba de nuevo. Empezando de cero. Sola. Necesitaba desesperadamente sentir que aquello iba a cambiar, así que empezó por lo que le rodeaba. Según Rei, limpiar tu entorno y renovarlo atraía cosas buenas. Ella era muy mística para esos rollos.

—¿Cuándo me vas a mostrar tu casa? —preguntó Seiya indiscretamente, disfrutando de abochornarla.

Usagi se ruborizó y empezó a chocar sus rodillas debajo de la mesa.

—¡Cuando esté decente! Ahora no… —rechazó.

Seiya no se lo tomó a mal.

—Oh, vamos. No puede ser peor que el primer apartamento que tuve en Queens. Tenía muchos invitados en las noches. Y no me refiero a los de dos patas…

Usagi se rió con ganas.

—Te prometo que cuando limpie te daré un tour completo —prometió.

—O… podrías invitarme un día y podría verla personalmente —sugirió Seiya como quien no quiere la cosa, tamborileando sus dedos casualmente. Usagi subió dos grados más de rojo sus mejillas y empezó a divagar. En segundos, miles de imágenes pasaron como un rollo de película por su cabeza. Ellos disfrutando del paisaje de nieve, charlando, tal vez paseando por sus lugares favoritos de Londres o presentándolo a sus amigas o sus padres. Una imagen idílica.

Pero afortunadamente su bloqueo no duró mucho para contestar. Sabía la clase de cosas qué le gustaban a Seiya. Clubes nocturnos, gente experimentada, actividades intensas y recreativas. Su hogar natal era tan entretenido como ver la una rueda de un hámster.

—¿Tú? ¿Aquí en Castleton? No te va a gustar. Todo es muy aburrido, y frío y oscuro…y no venden M&Ms.

—Sólo te estoy jodiendo, Odango. Si me quisieras allí ya me habrías invitado. Y yo la capto. No pasa nada…

—No quise decir eso —se apresuró a componer.

Él agitó la mano con elegancia, como si espantara una mosca.

—Dije que lo olvides. Y… ¿cómo va la "Búsqueda Implacable"? —preguntó de buen humor, y como de costumbre, bromeando con alguna referencia a una película.

Usagi suspiró de alivio con el cambio de conversación. Le había contado de su renuncia al trabajo, cosa que a Seiya pareció iluminarlo de felicidad. Cualquier cosa era mejor que seguir allí, según le dijo. Ahora no estaba tan segura.

—Más o menos… en dos días tengo otra entrevista —se encogió de hombros, dudosa de que saliera bien. Ya sumaba tres rechazos absolutos a la lista y al parecer iba por el cuarto.

Seiya notó su abatimiento.

—Ya verás como esta es la buena —dijo mostrando un pulgar arriba.

—¿Sabes qué es extraño? Que a pesar de que di de baja de la web la disponibilidad de la casa, me siguen llegando correos preguntando si está disponible.

Aquello intrigó a Seiya.

—Eso es estupendo, Odango. ¡Podrías irte de intercambio pronto a otro país! Tal vez Italia, o España… ¡hay de todo!

Usagi sonrió desviando la mirada. No quiso decirle que no tenía dinero ni para pagar las cuentas del mes. No era algo muy agradable para una plática.

—Tal vez algún día —repuso débilmente.

—Ahora que lo dices… podrías rentarla en Airbnb y simplemente dedicarte a viajar… y vivir de esa renta. Tengo un amigo en Australia que se la vive así, y le va de fábula. ¡Prácticamente ha recorrido todo el mundo!

Usagi frunció el ceño.

—¿La compañía de celulares?

Seiya de dobló de risa.

—Eso es AT&T, Odango… Santo cielo, ¿en qué siglo vives?

—Oye, apenas descubrí Skype y lo descargué sólo por ti. No me sobre exijas —repuso la rubia haciendo un puchero.

—Me vas a hacer llorar. Oh, espera —su celular había comenzado a sonar. Seiya meneó la cabeza con decepción —, es de la agencia. Dijeron que habría un almuerzo con un cliente pero lo adelantaron una hora… lo siento. Tengo que irme —musitó con ojos de cordero.

—Oh, no pasa nada. Que la pases bien —le sonrió Usagi comprensiva.

—¿El viernes a la misma hora?

—¡Ajá!

—Adiós, Odango. No te portes mal sin mí —le guiñó un ojo pícaro. En segundos la pantalla se puso en negro.

Usagi suspiró profundamente, igual que una colegiala. Recordó entonces lo que le había dicho a Yaten, y lo reafirmaba. Definitivamente los suspiros eran besos no dados. Le hubiera gustado haberlo besado un poco más antes de irse. Si hubiera sabido lo que iba a significar para ella el amigo de su compañera de intercambio habría aprovechado mejor el tiempo. La vida era muy injusta a veces.

Unos días después, Usagi se ajustó su falda lápiz por décima vez. A pesar de las circunstancias familiares, estaba nerviosa. Aquella era su quinta entrevista de trabajo, y al menos por fin auguraba que en esta tendría algo de suerte. No lamentaba del todo haberse precipitado en dejar su anterior trabajo, seguía sintiéndose liberada y mucho más contenta. El pequeñito problema, es que esas cosas no dan para comer y necesitaba encontrar otro pronto, porque las facturas no se hacían esperar y sus ahorros eran prácticamente números rojos. Una vez pasada la motivación inicial después del viaje, la realidad la golpeó con fuerza. La competencia en Londres era dura, sobre todo para alguien que no tenía un título universitario con el cual defenderse, y la idea de haber dejado New York ya comenzaba a atormentarla. Demasiado tarde.

Después de esperar diez minutos en aquél sofá, la puerta del despacho del coordinador del colegio se abrió. Un hombre joven de pelo castaño y vestido con un traje café y sin corbata le sonrió con calidez al mirarla.

—Usagi, lamento haberte echo esperar. Pasa.

—¡No hay problema! —exclamó poniéndose de pie de un salto, y entró en la diminuta oficina —. Al contrario, gracias por recibirme Taiki…

Él se sentó detrás de un escritorio de madera descolorida, y ella hizo lo mismo enfrente.

—No es nada. Lo que sea por la mejor amiga de mi prometida.

Usagi se sonrojó.

—¿Cómo van los preparativos? —preguntó con educación.

Taiki meneó la cabeza, como queriendo no pensar en eso, pero en la mirada se le notaba feliz.

—Queríamos una ceremonia casi desapercibida, pero al final nos comieron los detalles.

Ambos rieron al mismo tiempo.

—Ya veo…

Entonces, Taiki cambió radicalmente de tema y le pidió su currículum. Siempre era muy serio y prudente. Él era un gran profesor de matemáticas y física en un colegio privado de Londres, y ahora, por motivos de incapacidad del director, asumía algunas decisiones importantes… como contratar personal. La semana pasada, después de que Usagi les contara a Rei y a Ami que ninguna de sus reclutadores le había llamado e incluso lagrimear un poco, la peliazul le sugirió postularse para una vacante que su novio le había mencionado casualmente. Usagi pensó mucho para aceptar este favor, pues no sólo era la segunda vez que Ami le salvaba el trasero, si no que también quería hacer las cosas por ella misma. Dudas que se disiparon cuando cuando vio el horror de su extracto bancario del mes. Así que se tragó sus palabras y cogió el teléfono. No tenía opción.

Tras leer el documento entre líneas, el castaño le preguntó:

—Bueno, yo veo todo en orden. Tienes buena recomendación, y tus obligaciones aquí serían muy parecidas a lo que hacías antes en la compañía de seguros. Archivar documentos, recibir a los padres de familia, llevar la agenda del director o ayudar en algunos eventos, como festivales y cosas así. Nada que no puedas manejar. No tendrás problemas.

Usagi asintió entusiasmada. ¡Eso era estupendo!

¿Lo era? Susurraba una vocecilla en su cabeza.

—Y el horario es muy flexible, te permitiría llegar hasta tu casa en Castleton incluso antes de que oscurezca, incluso en invierno. Se podría decir que es un trabajo muy noble —siguió Taiki afablemente.

Usagi volvió a sonreír. ¡Todo parecía perfecto para ella! Podría llegar a leer, o jugar con Luna. Vacaciones largas y fines de semana libres. Un sueño.

¿Un sueño? No, eso no era. Un sueño habría sido quedarse en New York, tener un apartamento como el de Minako y caminar con Seiya de la mano todos los días. Eso sí era un sueño.

—Sin embargo… —Taiki irrumpió sus pensamientos, cambió su tono y su postura, haciéndose un poco más rígido pero también más confidencial —. Como ya dije, eres amiga de mi Ami, pero no sólo eso, también has sido muy amable con mi hermano y mi sobrino. Así que quiero ser honesto contigo. Te lo debo.

Usagi también borró su sonrisa. Oh, aquello no se oía bien.

—Sí, claro. Dime —balbuceó la rubia palideciendo.

—Nuestra anterior secretaria tenía sesenta años y por lo que sé, trabajó aquí treinta. Se fue sólo porque se jubiló. Aquí no crecerás, no tendrás problemas pero tampoco ningún reto. No te pagarán más por mucho que te esfuerces. No harás nada diferente por años, lo único que cambian año con año son los estudiantes. No hay reconocimientos, lo mucho que aspirarás a tener será que algún alumno te regale una manualidad o el director una botella de sidra en Navidad, si es que se acuerda.

—Entiendo… —murmuró Usagi desencantada. Ya era algo que había considerado, no era idiota. Después de todo ella sabía de sus alcances y sus capacidades, pero oírlo directamente de Taiki fue demoledor. ¿Su destino siempre estaría condenado a una oficina y la monotonía? ¿A ver como sus amigas hacían planes maravillosos y ella se quedaba rezagada, admirando de lejos? Sonaba espantoso.

—Y no quiero desanimarte, sería lindo para variar tener a alguien tan simpática y luminosa rondando por aquí —le aduló Taiki suavizando su tono —. Pero temo que con el tiempo, ese brillo se apague. Eres muy joven y seguro tienes mil posibilidades a elegir. ¿Estás segura que esto es lo que quieres? —preguntó finalmente.

Temerosa, Usagi se miró las manos. Claro que no era lo que quería. ¿Quién de su edad sí? Había parecido muy sencillo limpiar todas esas repisas y sacar todas esas cajas, creyendo que dejaba atrás su pasado, pero afuera el mundo seguía siendo igual y ella también: las oportunidades eran para los que se arriesgan, de los que toman decisiones atrevidas y salvajes. Y sobre todo, los que no temen al fracaso. Porque eso siempre era una posibilidad también. Ella no era así. No tenía la madera, la chispa… la genética, lo que fuera. No podía aspirar a más de lo que tenía frente a sus narices. Así se sentía bien. Sus vacaciones habían sido como la noche mágica de Cenicienta, hermosa y en un bello castillo… pero fugaz. Al igual que la princesa, se quedó sólo con el recuerdo de su atuendo. No era su vida. Tenía que asumirlo. Quizá con el tiempo, podría estudiar algo —¿qué? ¡Pues ni idea!— o dedicarse a algo distinto que sí le gustara. Pero ahora mismo no sabía qué, y su bolsillo no podía darse aquél lujo. Es cierto que era muy joven, pero no tanto como para pedirle ayuda a sus padres.

Así que sabiendo perfectamente que la respuesta jamás la haría feliz, dijo que sí con la cabeza.

—Eres muy considerado, Taiki. Y sin duda llevas razón. Pero tomaré el trabajo —respondió firmemente.

Taiki la miró unos segundos con sus ojos morados, detrás de esas gruesas gafas intelectuales. Era claro que no era lo que esperaba oír, pero aun así le dio la bienvenida con una sonrisa.

—De acuerdo, Usagi. Y esto es una formalidad, pero tienes qué decirme por qué crees que eres adecuada para este trabajo.

Por cobarde, susurró otra vez la voz en su cabeza. Usagi la acalló tosiendo y se rascó la mejilla derecha, pensando.

—Pues veamos… no me enfermo nunca. El café me sale muy rico. Ah, y me encantan los niños —le dijo alegremente.

Taiki se puso de pie y le extendió la mano.

—Nos entonces vemos el lunes a las ocho en punto. No llegues tarde —fingió severidad, pero le guiñó un ojo en complicidad.

—No lo haré. ¡Mil gracias!

Taiki la condujo caballerosamente hasta la salida, y se despidieron. Afuera hacía un frío que pelaba la piel, y todas las calles estaban cubiertas de una densa bruma. Usagi metió las manos a los bolsillos del abrigo y suspiró, mientras caminaba a la parada del tren más cercana. Debía ser muy bonito mantener una relación así, llena de cariño y confianza como la de ellos, como para que Ami pudiera ayudarla a través de él. Le daba vergüenza admitirlo, pero ya querría algo así para ella. Tener a un hombre a quien le importe de verdad y que haría cualquier cosa por hacerla feliz. Su amiga era muy afortunada.

Entonces de esos pensamientos, no pudo evitar referirlos hacia Seiya. Se preguntó cuanto tiempo pasaría antes que alguno de los dos dejara de cumplir su religiosa videollamada de los viernes. Sería cuestión de un cumpleaños, algo de trabajo o una cita (en el caso de él, claro) para que alguno de los dos inventara una excusa, se espaciaran las llamadas cada vez más… hasta que finalmente todo habría quedado en el pasado.

Se acomodó en el asiento del tren y se recargó en el vidrio, mirando hacia afuera como avanzaba la ciudad.

Si ella hubiera aceptado la propuesta de Haruka, ¿dónde viviría ahora? ¿sería un sitio lindo? ¿qué habría aprendido allí? Y Seiya… ¿Qué clase de novio habría sido para ella, en el remoto caso de que su tonteo hubiera evolucionado a un noviazgo real? ¿Sería tan encantador como cuando paseaban? ¿Sus pláticas siempre hubieran sido igual de divertidas, jugando a darse la lata mutuamente para luego reconciliarse al minuto siguiente?

Lástima, ahora nunca lo iba a saber.

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Manhattan, New York, EU

—Eso es, cariño… levanta un poco más la cara. No, no tanto. Es un poquito nada más —decía el fotógrafo, ya visiblemente agotado. Sus instrucciones ya parecían más bien una metralleta de reclamos —. Necesito que me des más expresión. Abre más los ojos. Relájate. Te quiero relajada… No, no está funcionando. Kelly...

—¡Descanso! —gritó Kelly Cutrone, la exageradamente exigente directora de la campaña de Covergirl.

Los reflectores se apagaron y todo el equipo empezó a dispersarse. La mujer, que vestía toda de negro y portaba una cara de pocos amigos que intimidaba, meneó la cabeza como reprimiendo una palabrota y se apartó con el fotógrafo a buscar una solución. Toda la sesión estaba siendo un rotundo fracaso.

Minako soltó un bufido desdeñoso, y se bajó del set de un salto.

—Necesitas relajarte, preciosa —le repitió Haruka discretamente, extendiéndole un pequeño botellín de agua.

Como era de esperarse, Minako saltó a la defensiva.

—Si me relajo más voy a entrar en coma. ¡No entiendo qué es lo que estoy haciendo mal! ¡Ése zoquete no sabe lo que hace!

Haruka esbozó la sonrisa más falsa del mundo.

—Ese "zoquete" acaba de fotografiar a Gisele Bündchen.

—Pues la felicito por su paciencia.

—No hagas escenitas bochornosas, Minako. Sabes que Kelly detesta a las modelos con complejos de diva.

—Para lo que me importa.

—¡Minako! —gritó Haruka, que ahora se veía bastante enfadada —. ¿Qué diablos pasa contigo? Pensé que tu problema de actitud había quedado atrás… ¿dónde crees que vas? ¡hey!

—A tomar aire, déjame en paz —espetó, y salió a una de las pequeñas terrazas que había en el edificio.

Minako se recargó en el balcón e inhaló y exhaló profundamente mientras cerraba los ojos y se tranquilizaba. El aire era helado y no se había traído ningún abrigo encima. Traía puestos sólo unos vaqueros entallados blancos, un simple top negro de satén con el abdomen descubierto y unos zapatos Roger Vivier estrambóticos que costaban más que lo que ganaba en un año. Se supone que el contexto de las fotos era resaltar su belleza natural, de allí que el atuendo fuera elegido así.

El gran día había llegado y ella estaba estropeándolo todo, como era su recién costumbre. La cabeza le iba a cien por hora y no podía concentrarse. Además había dormido mal. La había alterado muchísimo su discusión con Yaten, pese a que se esforzaba por olvidar el tema era en balde.

Ayer por la noche, antes de retirarse una mascarilla de aspecto asqueroso que supuestamente prepararía su cutis para el maquillaje de hoy, el teléfono empezó a sonar. Cuando miró quien era, entró en catarsis. Minako apenas tuvo tiempo de enjuagarse la cara antes de que él cortara la comunicación, y le atendió con el corazón desbocado.

—Hey —jadeó Minako sentándose en flor de loto abajo de unas repisas de su vestidor.

Hey… —replicó él al otro lado de la línea. Minako dejó caer unas plataformas que hicieron un gran estruendo y por poco le dan en la cabeza. ¡Maldita sea! murmuró. La voz de Yaten se volvió insegura —. ¿Es mal momento?

—¡No! Para nada, sólo estaba preparándome para dormir —respondió carraspeando por su torpeza.

¿Cómo estás?

—¡Perfecto! —contestó robóticamente. Enseguida se arrepintió de la respuesta y se dio un manotazo en la frente. ¿Por qué sencillamente su cerebro se negaba a cooperar cuando lo necesitaba?

Perfecto no es una emoción.

—¿Ah, no? —balbuceó a lo loco, sin saber qué decir. Estaba muy nerviosa —. Es lo que todo el mundo dice. Bien. Perfecto. Genial…mmm… no me acuerdo de más.

Y se le salió una risita bobalicona. Yaten no dijo nada. La incomodidad que sentía era más que evidente, y se lo imaginó perfectamente con el ceño fruncido. Quizá deambulando por la casita en círculos, preguntándose para qué diablos había llamado…

Minako se clavó las uñas en el muslo para no echarse a lloriquear.

—Yo… pues todo está normal. ¿Qué quieres que te diga? —resopló estresada, mirando las pelusas de la alfombra de su vestidor.

Lo que sientes —propuso.

—¿Y si no sé exactamente lo que siento? —masculló sinceramente. Tras otro silencio prolongado, Minako decidió cambiar de tema, revirando un poco la responsabilidad —. Pensé que estabas enfadado conmigo.

¿Enfadado? ¿Por qué? —pareció sorprendido de eso.

—Como no respondiste mi último e-mail… yo…

No fueron necesarios más detalles. Yaten se apresuró a aclarar, o más o menos.

Claro que no estaba enfadado. Sólo… no tenía nada que decir —se excusó tímidamente —. Es algo que tenemos en común, ¿no?

—Sí…

Y entonces, sin motivo alguno, le soltó una horrenda e inesperada granada:

Tal vez esto no fue buena idea… y deberíamos parar.

A Minako le entró un súbito pánico.

—¿Qué? ¿el qué?

Pretender que podemos mantener el contacto normal como si fuéramos amigos de toda la vida, Minako. No funciona.

—¡No lo has intentado siquiera! —gritó Minako, realmente sin querer hacerlo. Se le salió. La tensión se podía cortar con una tijera, y tenía tanto que decirle que al final no consiguió decir nada útil.

¿Y tú sí? —devolvió él —. Te recuerdo que eres tú la que se fue.

—¡Y eres tú el que no quiere volver a hablarme!

Yaten suspiró pesadamente.

¿Realmente te interesa saber lo que escribí sobre las pinturas de la galería que visité? ¿O crees que me interesa saber qué clase de ropa te van a poner mañana para desfilar, Minako? Seamos francos, no hay ahora nada que nos una. Sé lógica. No tiene sentido. Nunca lo tuvo —agregó. No resentido, sólo notoriamente taciturno.

Si fuera posible que el corazón se le cayera más abajo de sus pies, el suyo ya estaría en el núcleo terrestre. La honestidad de Yaten se lo había aplastado como un miserable bicho debajo de un zapato. Pero sobre todo porque era verdad. Aquella química, aquél entendimiento y la atracción sublime que los había envuelto por escasas dos semanas… no había rastro de eso. Ahora, de nuevo eran sólo eran dos desconocidos, ésta vez con algunos recuerdos en común y que se gritaban como dos adolescentes tozudos.

Minako cerró los ojos como si estuviera ordenando sus pensamientos. «Nunca lo tuvo». Ésa última frase diluyó todo su enfado, y de repente ya se moría por tomar el primer avión que saliera al otro lado del planeta y sólo rogarle que la estrechara en sus brazos. Y quedarse ahí hasta el fin de toda la eternidad, aunque fuera una absurda fantasía.

No obstante, él tenía razón. Si tuvieran una bonita relación a distancia, otra cosa sería. Pero no estaban siquiera disfrutándolo. No entendía como tantas parejas lo lograban, si es que lo lograban a largo plazo. Quizá no era algo que sirviera para todos. O quizá lo de ellos sólo había sido la chispa del momento. Esas cosas que aprovechas en tiempo presente pero no trascienden. Se rehusaba a creerlo, pero todo apuntaba a que así había sido.

Después de largo rato, sin que ninguno de los dos se atreviera a decir nada más, Minako susurró:

—¿Al menos puedo hablar con Shen? —pidió en voz bajita, y trató de que no sonara a un ruego o una derrota inminente.

Ya es tarde. Lo acosté hace mucho.

—¿Y qué tal mañana?

No creo que sea buena idea, Minako…

—Bueno, si eso crees…

Lo siento. Yo… nunca quise que

Minako pulsó la tecla roja. Sabía que estaba siendo inmadura, infantil, y sobre todo muy impulsiva al colgarle. Pero jamás había sabido lidiar con el rechazo. De quien fuera. Solía ser ella quien controlaba las relaciones que tenía con los demás, pero sólo porque era insoportable saber que los demás la dejaban atrás. Y perder algo, una de las cosas más buenas que jamás había tenido por una mala jugada del destino, era demasiado para ella. Ahora tampoco podría volver a hablar con Shen, pese que ella le había prometido lo contrario, incluyendo sus supuestas vacaciones a Disneylandia.

Había guardado la esperanza de que sólo necesitaban un poquito de tiempo para aclararse, y luego llegar a algún acuerdo, tal vez turnarse para viajar. Esperanza que acababa de morirse y enterrarse en esa última llamada. Ninguno parecía dispuesto a ceder o cambiar su situación personal.

Ahora, en tiempo presente, miraba las calles y los coches en NY pasando a gran velocidad mientras se inclinaba por el balcón. Minako se enjugó el rostro con el dorso de la mano, esperando no traer los ojos inyectados en sangre y se dirigió hacia Kelly, quien sólo se limitó a mirarla con frialdad con un capuccino en la mano.

—Kelly, yo… de verdad que no es mi intención darles más problemas. Es obvio que no sirvo para la campaña. Si quieres suplirme lo entenderé. No quiero hacerles perder más el tiempo.

Algo debió ver en su rostro que incluso ella, la nazi del modelaje (cómo la llamaban) se ablandó. Bajó los hombros y soltó un sonoro suspiro previo a comenzar a reñirla:

—Minako, si quisiera a otra modelo engreída y plástica habría llamado al agente de Victoria's Secret. Te elegí a ti porque me gustó tu personalidad, no sólo tu cara. ¿Qué pasó con la chica fresca y divertida del casting? En su lugar sólo veo a una niña malhumorada, tiesa y totalmente inaccesible. ¿Qué diablos te pasó antes de que te fueras de vacaciones? Parece que te hicieron una maldita lobotomía.

Qué no le había pasado, más bien.

Pues sencillamente ya no se sentía ella misma. O más bien, la que creía que era ya no era. Muchas cosas que consideraba importantes ahora carecían de importancia. El intercambio le había hecho replantearse muchas cosas en su vida, cosa que rectificó cuando Seiya habló de su frase cursi. Y entre más lo pensaba, más se lo tatuaba en el cerebro. Pero al mismo tiempo, el punto final de la conversación de ayer le hacía pensar lo contrario y la volvía a confundir.

Optó por asentir y no humillarse dando más excusas.

—Tienes razón, Kelly. Quisiera que aceptaras mis disculpas. Y como dije… sí crees que no cumplo las expectativas de la marca, yo… renunciaré sin objetar nada.

Pero Kelly Cutrone puso los ojos en blanco, y soltó una risotada.

—Si crees que con eso es suficiente para mí, te equivocas. No pensé que fueras de las que renuncia, Minako. No eres la que maravilla que Haruka me vendió. Dijo que eras fuerte, que tenías carácter y que sabías luchar por lo que amabas, que tú corazón entero estaba en el modelaje. Tienes un equipo asombroso que hace todo por ti pero tú, pues… parece que nos haces el favor de estar aquí. Francamente estoy muy decepcionada.

Minako dio un paso hacia atrás, como si prácticamente Kelly la hubiera empujado. Pero no era cosa de ella. Acababa de tener la revelación que necesitaba. Luchar por lo que se ama. Todo se reducía a eso. Irónico. Su corazón ya no estaba allí. Estaba del otro lado del mundo, ¿cómo iba a poder mantener un círculo malsano de llamados telefónicos cuando sus poros, su alma y su propio corazón le gritaba correr donde él? Con un temor que no había sentido antes, se dio cuenta que acababa de admitir sus sentimientos por Yaten ante ella misma, pese a que no los había revelado de viva voz.

—Ése… ése es el tema, Kelly. Creo que mi corazón ya mudó de propietario —empezó torpemente, con las mejillas coloradas. Kelly arqueó las cejas con incredulidad —. Y no tiene caso que tenga un equipo de primera, como sé que lo son, porque no estoy al nivel. No estoy dando lo más importante que es eso mismo.

—¿Y es imposible que eso que dices que amas lo puedas conseguir?

Aquello tomó desprevenida a Minako, quién frunció el ceño.

—Bueno, imposible no… no creo. Difícil sí.

—Madre mía, qué dramón. Pues lamento decirte que sólo tienes dos sopas. Sopa 1: Das tu mejor esfuerzo en la sesión fotográfica y te vas por la puerta grande para ir y conseguir eso que sí amas, o sopa 2: Pasas a ser la mayor cobarde de toda la historia de Covergirl que si no supo ser valiente para ser la imagen y el ídolo de tantas chicas, mucho menos lo será para conseguir lo que realmente quiere. ¡Allá tú!

A Minako casi se le cae la mandíbula al suelo.

—Sí, supongo que tiene sentido —dijo, cuando se recobró—. Yo… espera… ¿eso quiere decir que me das otra oportunidad?

—¿Por qué estaría perdiendo el tiempo dando discursos de auto-ayuda? —farfulló irritada —¡Claro que sí, niña! ¡Una! Ve a que te retoquen el maquillaje. ¡Ahora!

Minako sonrió como hacía semanas no lo hacía. Su cuerpo se aligeró, y en su estómago, unos gusanillos deprimidos mutaron y se transformaron en un centenar de mariposas coloridas de amor y felicidad.

—¡Sí, señora!

Todo fue diferente a partir de ése momento. Con cada flash, Minako no hizo más que pensar en la emoción de lo que le aguardaba. Estaba segura que si era sincera y daba lo mejor de sí las cosas saldrían bien. Bueno, segura-segura no, pero no perdía la fe. El enojo que Yaten traslució en sus palabras más que dolerle ahora le motivaban, porque eso quería decir que ella aun le importaba. Lo contrario del amor no es el enojo. Es la indiferencia. Y mientras no hubiera indiferencia de su parte, sabía que aun tenía una oportunidad e iría a por ella, aunque se muriera de miedo.

Una semana después, pasadas las conferencias de prensa y la entrevista a un par de revistas, Haruka y ella fueron a almorzar a un restaurante de comida griega, la favorita de ella. En su mano derecha llevaba la primera tanda del portafolio de la sesión y no dejaba de admirarla y decir que las fotos eran simplemente extraordinarias. Todos habían quedado exhaustos y muy satisfechos, sobre todo Kelly.

—Esta es mi favorita —le dijo mostrándole una de las fotografías de close up, mientras la camarera se marchaba con su pedido. Minako asintió —. Estuviste espectacular, preciosa. No sé qué fue lo que te dijo Cutrone, pero funcionó. Entraste al set siendo una y saliste siendo otra. Estoy muy orgullosa de ti —. Minako se mordió el labio inferior y sonrió dulcemente. Uy, a ver si pensaba lo mismo para cuando llegaran al postre —. ¿Y a qué se debe el milagro que hayamos venido un lugar que me gusta? Siempre dijiste que la comida griega era insípida.

—¡Quería complacerte! Y agradecerte por ello. Nada de esto habría sido posible sin ti y…

—Oh, no —interrumpió Haruka llevándose trágica una mano a la mejilla. Sus ojos se nublaron de preocupación y recelo —. ¿Así que "ése" día es hoy?

—¿Qué día? —parpadeó Minako —¿qué quieres decir?

—El día que me dices que nos vas a abandonar.

Minako casi escupe su trago de agua mineral de vuelta al vaso.

—¿Cómo supiste?

Haruka le echó un vistazo entre de lástima, ofensa y burla.

—Llevo mucho tiempo observándote, preciosa. Es mi trabajo, al fin y al cabo —repuso encogiéndose de hombros —. No creas que por eso te perdono, pero… lo entiendo. Los cambios son parte de la vida. Te pilló fuerte, ¿no?

Minako asintió, muy colorada. Haruka sacó el aire de modo dramático.

—¿Y qué vas a hacer allá exactamente? Digo, además de vivir con tu príncipe azul, en el caso de que funcione. Tú y yo sabemos que en Europa no eres nadie. No estudiaste ninguna carrera, tampoco tienes experiencia en nada más…

—Bueno… primero agradecería que no me apabullaras tanto con la negatividad, Haruka. Ya de por sí estoy bastante aterrada.

—Sabes que te lo digo por tu bien.

—Lo sé, y te lo agradezco. Pero déjame soñar despierta un rato y compartirte mis planes antes de que me tires de la cama, ¿vale? —pidió Minako con los ojos brillantes.

—De acuerdo, prosigue —soltó la rubia ceniza de malas pulgas.

Les trajeron la comida. Tal como recordaba sabía insípida, pero Minako no se quejó.

—Contestando tu pregunta… llegué a la conclusión y gracias al consejo de Seiya de buscar un punto medio, que no es tanto modelar lo que me apasionaba. Era la moda en sí. Así que creo que podría abrir una tienda, o quizá ser asesora de imagen, o diseñar mi propia línea de bolsos, como siempre soñé. ¡No lo sé aún! Pero ya tengo algunos contactos y muchas ideas —reveló entusiasmada.

—Parece que lo tienes todo resuelto —espetó Haruka en tono borde. Minako no increpó nada. Sabía que le dolía romper su relación profesional y personal de casi ocho años —. Pero no es tan fácil como suena, ¿sabes?

—Lo sé… pero las cosas que valen la pena nunca son fáciles. No quiero arrepentirme, Haruka. Se puede vivir de lo que sea, pero el amor verdadero no se encuentra en cada esquina —le dijo tomando su mano —. ¿Recuerdas ése verano en Praga en el que conociste a aquella guapa violinista?

Inmediatamente Haruka endureció sus delicadas facciones.

—Eso no tiene qué ver en esto.

—¡Claro que sí! Estabas en el mejor momento de tu carrera, y lo entiendo. Tuviste que regresar a NY. Pero dime la verdad, si pudieras volver el tiempo atrás, ¿tomarías la misma decisión?

Se miraron largos segundos con mucha intensidad. Fue Haruka la que se rindió y desvió la vista hacia la canasta del pan, como si fuera mucho más interesante, y soltó su mano con la excusa de tomar su copa de vino rosado.

—Lo capto. De acuerdo… te deseo suerte, o lo que sea —admitió a regañadientes.

Y eso fue todo para Minako, que sonrió agradecida. Su amiga no lo admitiría, pero aquella separación la había devastado. Aunque nunca hablara del tema, ni siquiera había tenido una pareja formal después de aquél verano. Y no quería que a ella le pasara igual. Haruka tomó su teléfono y dijo que llamaría a Seiya para poder celebrar juntos la "nueva buena" si se podía llamar así a su impertinente renuncia a IMG y dejar toda su fabulosa vida atrás de un día para otro.

Los hermosos recuerdos de sus vacaciones invernales le hicieron sonreír, antes de que el pánico sofocara a la euforia. ¿Qué reacción tendría? ¿Buena o mala? ¿Seguiría sintiendo lo mismo? Ya habían pasado casi dos meses… Sacudió la cabeza tratando de despejar los pensamientos negativos. ¿Qué importaban las suposiciones? ¡Iba a volver a verlo!

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Notas:

Por supuesto que Kelly Cutrone existe y siempre me gustó verla en ANTM así que por qué no incluirla? Espero que no me demande :v

Parece que una rubia al fin entró en razón! Puede parecer absurdo pero a veces necesitamos el enfoque de una desconocida para que nos dé el empujón. En este caso un verdadero puntapié. XD Soy la única que siente feo por Yaten? :C

Agradecimientos especiales a la guapa Gaby Ballesteros (Gabiusa Kou) quien me echó la mano desbloquéandome del capítulo (llevaba semanas sin poder avanzar) U_U

Gracias a todos los que siguen leyendo y comentando, son lo máximo! UwU

Nos leemos en el final! (I know, pero es necesario. T_T)

Besos,

Kay