"La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"
Y el escritor dijo: Hágase el computador.
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Nanatsu no Taizai no me pertenece, todo ello corresponde a Nakaba Suzuki. Como dije en mi proyecto anterior, utilizo a los personajes por mero placer a la escritura y los fines de recreación que esta pueda traer.
¡Bienvenidos sean al capítulo 11! No tengo mucho que decir al respecto salvo que espero lo disfruten y, por supuesto, nos veremos de vuelta lo más pronto que pueda (de alguna manera estoy empecinada a terminarlo antes de seguir otro proyecto, por lo que le dedicaré mi especial atención).
¿Hotel?
¡Zhivago!
Era muy pequeño cuando pensó por primera vez en tener una vida diferente, un recuerdo vago que se pierde entre los tantos otros. Estuvo decepcionado de no ser suficiente para alcanzar a sus hermanos, sus habilidades se vieron relegadas por las grandes proezas que los otros dos cosecharon; gestó un odio a sí mismo producto de, lo que creyó, era su incompetencia; cultivó rápidamente el pensamiento de seguir mejorando porque en algún momento él lograría cambiar la forma en la que lo veían… lograría estar a su lado sin ser un objeto de burlas, de miradas de reproche; observaría el orgullo de su padre, el rostro de aprobación de sus hermanos.
Podría reír de lo absurdo que sonaba eso último, nunca en su maldita vida tuvo su aprobación. Incluso si estudió exhaustivamente, si sobrepasó los méritos educativos del resto de su línea de sangre, seguía siendo desprestigiado ante los ojos de su progenitor. Entonces, uno de sus hermanos se enamoró traicionando sus creencias, el otro encontró en el alcohol una vía de escape para mitigar el suplicio de vivir en el encierro al que todos estaban sometidos. La desaparición de Meliodas solo subió más cargas en sus hombros ya cansados, su integridad se vio afectada; él se perdió a sí mismo.
O eso creyó…
Dejó de pensar en la libertad y cuando finalmente la obtuvo no supo que sentir. De pie, escuchando los alaridos de su padre, al lado de sus hermanos comprendió que sus cadenas estaban rotas, no tendría que seguir su mandato, no recibiría otro golpe y sobre todo, el título desagradable de verdugo lo abandonaría.
El resto de los votantes sepultaron la autoridad del sr. Demonio, él no tendría potestad para tomar decisiones y estaría relegado a pasar el resto de sus días en casa. Zeldris al principio pensó que eso le daría la oportunidad de desquitarse cada día que regresaran a su hogar, pero Estarossa le comentó por lo bajo que era hora de salir, él tenía una apartamento, si así lo deseaba podía residir con él un par de días en los que por fin compraba un sitio propio y dejaba atrás "el ala de papá". Le sorprendió no haber pensado en esa opción, de hecho, seguía estupefacto por su propio voto en contra, apenas existiendo en ese cuerpo de hombre joven.
-¿Zeldris, me estás escuchando? -comentó Meliodas captando su atención, su padre acababa de salir escoltado por la secretaria y algunos guardias de seguridad. Al parecer después de eso su hermano le dirigió algunas palabras.
Lo miró, un gesto vago que se oponía a su usual actitud calculadora -no, no lo hacía.
-El otro documento que traje conmigo es la formalidad de tu ascenso, todos los aquí presente están notificados y nadie se opone. Debes firmar -extendió para él la página, ¿en verdad lo haría? ¿Sin traiciones de por medio?
Sus dedos temblorosos tomaron la página por inercia, en efecto, el contenido explicaba que él quedaba como nuevo presidente y las decisiones que ocupaban el cargo solo serían tomadas en consideración y a favor de su opinión. Estarossa le dio unas pequeñas palmadas en el hombro mientras, con la mano libre, extendía un bolígrafo. Zeldris lo observó, tenía el rostro más extraño que pudo mostrarle, uno que no recordaba hasta volver a verlo en ese momento. Se veía feliz.
Firmó con la seguridad de que, teniendo el puesto, podría prepararse en caso de que Meliodas olvidara su palabra. Su segundo hermano tampoco parecía dispuesto a dejar que le arrebataran lo poco que habían logrado.
En cuanto finalizó la reunión, no se hicieron esperar las felicitaciones, a cada uno de ellos les extendió su gratitud y prometió que su desempeño sería intachable. Los presentes se fueron retirando hasta que solo quedaron los tres hermanos. Zeldris sabía que era momento de escuchar las palabrerías de Meliodas, mentalmente se llenó de la paciencia que le brindó la premisa de estar sin un padre abusador.
-Por fin la empresa tendrá el presidente que merece -lo escuchó decir, su tono estaba teñido de una culpabilidad que aborrecía.
-Que hayas cumplido tu palabra no significa que cambie la relación que tengo para contigo -puntualizó, Zeldris quería recordarle tanto como fuera posible que él erró de una manera que no sería fácil olvidar.
-Lo sé- susurró Meliodas- no quiero que me perdonen ahora, no lo merezco. Solo… solo permítanme ayudarles con lo que pueda, sé que no remediará el daño, pero…
-Servirá, por lo menos para tolerarte -aseguró Estarossa- ya no me parece tan vomitivo tu rostro, así que es un buen comienzo.
-Es bueno saber -rió antes la ofensa, agitando su cabello rubio con una mano en un gesto de nerviosismo.
-Retírate -habló Zeldris, era más de lo que podía tolerarlo. Que cediera su posición lo había colocado en vigilancia, seguía desconfiando y no necesitaba de una patética camaradería para perder los estribos.
Su hermano no se ofendió, pero algo del brillo de sus ojos verdes se opacó. Se despidió cerrando la puerta, en cuanto estuvo fuera de la silenciosa sala, Estarossa chilló emocionado girando un par de veces en la silla ejecutiva que ocupaba. Vitoreó incluso si el rostro de Zeldris debía ser de consternación.
-¡Animo Zel, al fin nos deshicimos del viejo! -manifestó con genuina efusividad- y ahora eres el nuevo presidente. El muy maldito debe estar intentando hacernos alguna maldición desde donde está -rió perversamente- espero que se pudra en casa, que se asfixie tanto como yo lo hice.
Volvió a él su locura, pero Zeldris la definiría como controlada, a pesar de su comentario con tintes negros, Estarossa lucía de mejor estado de ánimo.
-No todo es celebración, ahora debemos asegurarnos de que se mantenga de esta forma -respondió- necesitaré tu disposición tanto como te sea posible.
-Cuenta con ello -lo escuchó reír ocurrente- voy a encargarme de que nadie pueda llegar a alcanzarte.
-Eres mi hermano, no el nuevo verdugo -aseguró Zeldris incorporándose para retirarse, debía empezar a sacar lo poco que su padre, seguramente, había dejado después de quemar la casa.
Estarossa se apresuró a seguirlo y antes de que pudiera salir lo apretó en un efusivo y asfixiante abrazo, avergonzado prácticamente le gritó que lo dejara, pero su hermano hizo caso omiso. Zeldris quería golpearlo, pero al pasar los pocos segundos que le permitió el gesto, descubrió que de alguna manera ambos lo necesitaban. Para saber que seguían de pie, para saber que estaban vivos. A pesar del tiempo y todo lo que experimentaron, la estúpida ilusión que abandonaron de que algún día cambiaría la situación era real, gracias a la ayuda del traidor, también… de Gelda.
Zeldris cerró los ojos en cuando la mención mental del nombre de ella rebotó en sus pensamientos. Cada memoria compartida era aún más dolorosa que la anterior. Pensar que se sacrificó por ellos sin tener la necesidad de exponerse de esa forma, conociendo de ante mano que sería desprestigiada ante sus ojos por unirse a la idea de Meliodas y, aun así, seguir. Teniendo el testimonio de que los actos que ella propició sirvieron para que gozara de ese momento de paz le produjeron un doloroso latido en el pecho. Gelda abrazó su sufrimiento convirtiéndolo en propio.
"no quiero que él te haga más daño, no quiero verte lastimado tratando de protegerme. Si este es el precio que debo pagar. Si debes odiarme… no importa, solo si eres libre."
Abandonaron la sala de reuniones, ambos inmersos en el mundo de los pensamientos y las decisiones que tenían que tomar a partir de ese momento. Al bajar le notificaron a la recepcionista que estarían ausentes unas horas, pero mantendrían contacto ante cualquier evento por medio del celular. Como Zeldris pensó en alojar sus pertenencias temporalmente en casa de Estarossa y ambos tendrían que volver al mismo lugar aceptó la indicación de su hermano de utilizar el mismo auto que él. Ciertamente se encontraba más que indispuesto para conducir.
-Hace mucho que no tenía copiloto -escuchó el tono jocoso de Estarossa- no sabes lo privilegiado que eres.
Bufó ante su ocurrencia, pero no agregó comentario.
-¿Cómo te soportaba Gelda?, eres insufrible -le insinuó picando en el punto que quería llegar, Zeldris lo conocía lo suficiente para saber que estaba genuinamente intrigado en donde los dejaría con las presentes circunstancias.
Por mero instinto de defensa desvió su mirada, donde no viese los ojos instigadores de su hermano aunque pudiese sentirlos taladrando en la imagen que proyectaba, en busca de rastros de su debilidad. Ella era, por supuesto, el punto que quebraba su pilar de control, toda la seguridad que proyectaba se relegaba a nada cuando se trataba de Gelda.
Le costó sacar las palabras de su boca, porque su orgullo a veces podía más que la razón, pero deseaba preguntarlo, no soportaría todo el viaje en silencio.
-¿Cómo… está ella?
-Así que al fin te dignaste en preguntar -le contestó riendo, Estarossa sabía cómo llegar a ser insoportable sin esforzarse. Se tomo el tiempo para responder, de a cortos ratos mirándolo, Zeldris tenía conocimiento de sobra que debía tener un gesto mortífero- no estaba nada bien, se veía… dolorosa cada herida.
Tal vez su rostro se contrajo en una expresión lo más acercada al dolor, o quizás fue el hecho de que mordió su boca hasta probar sangre. Algún indicio, cualquiera que fuese el que le había dejado ver a su hermano logró que él le diera una pequeñas palmadas en el hombro de consolación. Se sintió aún peor.
Lo que Zeldris no sabía era que Estarossa tergiversó la historia lo suficiente para hacerla más trágica de lo que en realidad era. En efecto, una parte de las heridas si estaban vendadas con cuidado denotando lo peligrosas que eran, pero el cuerpo de Gelda era atlético por lo que asimiló de mejor manera el daño. No es que le gustase ir hablando por hablar, sin embargo si estaba seguro de que de no decirlo sin esa pizca de cuento fatídico su hermano se encerraría en él "no debería hablarle ¿Qué puedo decirle después de todo esto? Es mejor que no esté con alguien como yo, solo se hará daño nuevamente". Vomitivo, tal vez divertido en el pasado, pero sería insufrible en su haber actual considerando todo lo que habían pasado en tan poco tiempo desde que ella entró a su vida, si se daban más plazo seguro uno de los dos haría otra estupidez.
-Me preocupa Zel – le murmuró con aflicción que no supo identificar si era fingida, tal vez porque Zeldris estaba atrapado en el malestar. Quería pensar que se trataba de una broma- a pesar de contar con sirvientas, siempre será necesario más que eso. Ya sabes, ahora que me cae nuevamente bien como para pasar por alto lo sucedido, no dejo de pensar en lo lamentable de estar solo en una situación como esa.
Silencio, un mortificante silencio que le impedía preguntarle donde estaría ella, y decir las inmensas ganas que tenía de tomar su ropa y quedarse donde sea que Gelda lo hiciese, incluso si su "hogar" era igual de desagradable que el suyo, a pesar de que Izraf no se encontrara, la fachada no pintaba para ser un sitio donde se disfrutase. Sin embargo no habló, pero para Estarossa fue más que suficiente la forma insistente de cerrar los ojos en un claro gesto que ya reconocía de años atrás, frustración. Seguía sin mirarlo, pero alcanzaba a ver su perfil.
Era cuestión de tiempo.
Al llegar a la reja principal de su hogar ambos se encontraron con un desastre esperado. Las ventanas estaban llenas de agujeros producto de los diferentes objetos que su padre lanzó en la rabieta. Cusack y Chandler los esperaban afuera con maletas armadas que suponían, era lo que pudieron rescatar de todo el caos interno de la residencia. Agradecieron el favor y partieron con prontitud, lo menos que querían era verle la cara a su progenitor pero, si les aseguraron a sus maestros que eran libres de abandonar la casa, ya no tenían que permanecer como tutores. Sin embargo, quizás la costumbre los llevó a rechazar la oferta, alegando que a pesar de todo, era el único sitio en el que querían permanecer, incluso si su padre terminaba por enloquecer con lo poco que le faltaba.
El viaje a partir de allí fue un poco más largo. Ver nuevamente el departamento de Estarossa reavivó la molestia que tuvo en el auto, se había ido de ese lugar irritado con las decisiones de Gelda y la traición que… lo hizo libre.
-¿No es bueno volver? -consultó su hermano con curiosidad infantil- estas paredes te vieron dejar de ser el puritano hermano menor.
Zeldris no agregó comentario, pero intencionalmente lo golpeó con la maleta al bajarla.
Todo estaba como se quedó la última vez que estuvo dentro. Pasando por el pasillo llegó a ver de reojo la habitación principal. Las cortinas seguían acomodadas al gusto de Gelda, lo suficientemente abiertas para dejar entrar la luz. El rastro de ella a pesar de no tener sus pertenencias seguía presente como un tortuoso recordatorio. De cerrar los ojos sentiría su cuerpo rodearlo pidiéndole que le permita dormir a su lado, el miedo de sentirse nuevamente como la marioneta de su padre no le permitía descansar. A penas bastaba un susurro de su boca para que él buscara por todos los medios cumplir lo que ella dijera.
Al abrir la puerta del que sería su nuevo cuarto llevó una de sus manos peinando las hebras de su cabello oscuro hacia atrás, ¿Qué estaba haciendo con su vida en ese punto? La imperante necesidad de salir del sitio que le recordaba a ella se hizo presente. Sería una noche difícil, pero estaba obligado a quedarse, no estaba sereno y de no pensar con claridad se veía cometiendo la locura de buscarla. No podía llegar a ella de esa forma, no mientras no tuviese en claro que haría. ¿Pedirle perdón? ¿Perdonarla?
Y, con todo ello también estaban las palabras de su hermano… ¿Si ella lo necesitaba? No podría demorar en tener una respuesta.
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Esa noche por simple diversión se acostó lo más tarde posible, Estarossa tenía la sospecha de encontrar a Zeldris como un sonámbulo merodeando a horas de la madrugada sin poder dormir y ciertamente no lo decepcionó. Pasadas las doce fingió terminar de ver televisión en la sala, condujo con lentitud su cuerpo hasta su habitación, pero dejó un pequeño espacio de la puerta abierto a la espera. Llegada las dos cuando se había aburrido de revisar cada red social que utilizaba y estaba empezando a hartarse logró captar la sombra del cuerpo de él caminando por el pasillo, asomó su rostro sonriente curioso de que haría ¿Acaso haría la dramática escena de mirar por la ventana apoyado en el marco?
Su hermano lucía… devastado, sin esa máscara de verdugo el rostro aún joven tenía un aspecto pesado o quizás era el matiz de las sombras con su cabello oscuro. De cualquier manera le causó algo de gracia. No porque estuviese a gusto con su dolor, sino porque Zeldris reflejaba la humanidad que pensó había sido suprimida en ambos, fue una alentadora esperanza verlo meditabundo, abrió la posibilidad de que él también pudiese sentirse un humano nuevamente.
Recordó las terapias… probablemente Gelda tenía razón, debían empezar por sacar el veneno.
Cerró la puerta dispuesto a dormir.
Llegada la mañana logró levantarse con gran esfuerzo, su cuerpo empezó a ser consciente de que no habría un padre a quien rendirle cuentas si necesitaba descansar. Rió con el rostro iluminado por la conjetura de ser libre y el profundo deseo que seguramente, su progenitor empezaba el día lo peor posible. Esperaba que se estuviera pudriendo en su locura.
Se estiró y rascó perezosamente su cabeza, abrió la puerta para verificar si a Zeldris le había pasado lo mismo, pero su hermano siempre diligente no se encontraba en el departamento, seguramente había iniciado al alba para prepararse con los cambios que haría en la empresa. Quizás no durmió, no parecía capaz la noche anterior.
Buscó su móvil y le dejó saber que se tomaría el día libre, quería descansar un poco más.
Espero pacientemente el regaño que recibiría de parte de él, considerando inaudito su comportamiento catalogado como vagancia injustificable. Pero no fue así, Zeldris le envió un "bien" a secas sin más palabras.
¿Cuánto lo había ablandado Gelda?
-Entonces… mejor para mí -tarareó buscando algo que desayunar en su refrigeradora, balanceo los alimentos y el celular con ambas manos, tanteando el número que deseaba encontrar.
-Buenos días -saludó la persona en la otra línea, una voz tranquilizadora.
-Siendo que tengo el día libre, ¿No te importará tenerme de huésped en tu casa, verdad?
-Estaría encantada de recibirte -la escuchó reír.
-Nos vemos al mediodía.
Colgó el teléfono, tenía algunas cosas que resolver antes de visitarla. Zeldris aún no había decidido, así que él como buen hermano que era agilizaría el proceso. Continuó animado mientras veía las noticias y terminaba de desayunar. La vida de todos los que lo rodeaban se estaba tornando prometedoramente interesante.
El noticiero pasó un repertorio de especulaciones acerca de la situación de la empresa que ahora manejaba su hermano. Quiebra, fusión, ideas innecesarias que solo alimentaban el morbo de los que estaban surgiendo en la competencia, nada que él no pusiese silenciar, nada que el nuevo presidente no pudiese controlar. Hablaron también de la situación de la empresa de la Diosa, el cambio drástico que había dado al disolver el poder unitario entre los hermanos de Elizabeth, incluso llegaron a mencionarla especulando su retorno.
Apagó la televisión desinteresado.
Las horas pasaron un tanto rápidas al encender la computadora, incluso para él resultó asombroso que ocupara su tiempo en adelantar trabajo, pero oportunamente recordó el dicho "para todo existe una primera vez" que, por supuesto, le causó gracia. Una vez finalizado se vistió para la ocasión, ojeó que nada de lo que había utilizado quedó encendido, ajustó el cierre de su abrigo y se adentró a su auto.
Con el tráfico, el viaje se hizo algo incómodo. Cada tanto revisaba su teléfono y mantenía informada a Gelda de su posición, con un buen par de bromas se distrajo los suficiente para sentir el curso más rápido. Al llegar a la residencia la observó con el ojo crítico coincidiendo en lo parecida que era a la de su padre, tenían un aura pesada rodeándolas. Sacó algunas cosas y dejó lo que no le resultaba de utilidad.
Las sirvientas le dieron la bienvenida, mujeres de mirada tranquila y servicial. Una lástima, ojos inocentes que no deseó provocar por estar concentrado en visitar a la nueva dueña. Le indicaron la habitación y se despidieron con modales ensayados que él respondió con una sonrisa coqueta, en cuanto lo dejaron solo y al haber captado la atención de Gelda dejó que sus labios se estiraran en una sonrisa más honesta.
Ella se veía radiante al verlo a pesar de estar en reposo, su cabello suelto retiraba el aura estricta que aparentaba cuando lo recogía, tal vez eran las circunstancias de encontrarse libre de su padre lo que la hacía lucir más joven. Gelda le sonrió de vuelta esperando escuchar el motivo agradable de su visita.
-¿Cómo has estado? -inició ella la consulta.
-Mejor desde que no me respira mi padre a la nuca -respondió divertido, ocupando asiento en la cama, había una silla que prefirió ignorar.
No pareció molestarse con su atrevimiento. Todo lo contrario, estiró su mano en un gesto cálido, sus dedos se posaron en su hombro.
-Me alegro de que finalmente pasara.
Estarossa tomó su pequeña mano en comparación a la de él y la apretó suavemente. No dejaba de sorprenderle su forma de comportarse, seguramente la movía la gratitud que consideraba, tenía que demostrarle desde el incidente del hotel. Sin embargo, ¿Era incluso capaz de pasar por alto la forma en la que se comportó durante la intervención de Elizabeth? El modo en que la desprestigió altaneramente, sus insultos irónicos, su sarcasmo hiriente… Gelda seguía sonriéndole amistosamente a pesar de las circunstancias.
-Tu colaboraste -comentó mirándola con detenimiento- tienes mi gratitud.
-Tu posees la mía.
-¿Te he dicho que eres mi hermana favorita? -aseguró de repente riéndose de su propia ocurrencia.
Sin embargo, al ver el rostro de ella quiso retractarse. Algo del brillo de sus ojos se oscureció ante la mención del título familiar, después de todo, seguramente pensó que lo decía por Zeldris. Y ellos aún estaban en un punto muerto.
-Gelda…
-Estoy bien -la escuchó murmurar tratando de colocar un sonrisa en su boca, pero apenas fue un mero gesto- ¿Quieres comer algo? ¿O deseas comentarme las novedades…?
-Has perdido el toque -aseguró tranquilo- dale tiempo, se muere por venir a verte, pero es lo bastante orgulloso para resistir. Tiene "agallas" -enfatizó moviendo sus dedos en comillas, causando que ella riera- por lo pronto, soy una excusa convincente.
Gelda ladeó su rostro entendiendo segundos después lo que decía. En cuanto lo hizo no pudo evitar contagiarse del extraño humor que manifestaban los ojos traviesos de Estarossa. Así que ese era el motivo de estar en su casa, molestar a Zeldris lo suficiente para que adelantara su decisión con respecto a ella.
-Ahora, ¿Qué te parece si aprovechamos el día como se debe? -le preguntó incorporándose de la cama esperando encontrar el control de la televisión. En cuanto lo encontró encendió la televisión buscando alguna plataforma para ver películas- ¿Preferencias?
-Ninguna, lo que gustes.
Estarossa rodó los ojos antes su gesto amable- seguramente romance, primero veremos algo que te guste y luego algo a mi gusto. Adelante, intenta hacer que desee arrojarme por la ventana.
La selección de Gelda fue entretenida, lo suficiente para que él se riera con algunas situaciones que les sucedían a los protagonistas. Pronto se encontró cómodo en una casa que no le pertenecía, indicándole a las sirvienta que prepararan palomitas. También se mantuvo atento a lo que ella necesitara, incluso si no se lo pedía acomodó su almohada, pidió su comida y medicamentos, la ayudó a caminar como lo indicó el doctor. Se dio cuenta que no se trataba de una broma lo que le dijo a Zeldris, a pesar de tener sirvientas ella parecía más a gusto con alguien de su círculo. Se sintió como un niño avergonzado al descubrir que le parecía agradable que lo tuviese en alta estima.
Las horas se fueron rápido entre comentarios de películas, comida y una que otra ocurrencia por parte de él. Llegada la noche no le costó nada aceptar la generosa oferta de pasar la noche en su casa, el viaje a su residencia le parecía agotador, por lo que prefería hacerlo por la mañana.
Un brillo travieso iluminó sus ojos, le pidió a Gelda que guardara silencio mientras abría el teléfono para llamar a su hermano colocándolo en altavoz. Inmediatamente el rostro de su acompañante se volvió nerviosamente a él. Sus sentimientos perfectamente leíbles en sus gestos.
-Te escucho -contestó la voz en la línea.
-Solo quería decirte que las copias de las llaves están en el masetero -inició la conversación dejándole en claro que no estaría en casa cuando volviera.
-Bien.
-¿No me preguntarás nada más? -alentó con una sonrisa , como si él pusiese ver su burla.
-No tengo la intención de inmiscuirme en lo que hagas.
-Auch -fingió el dolor, disfrutando de la sonrisa que logró sacarle a Gelda- a pesar de lo desagradable que eres, me encargaré de traerte algo de mi viaje… no me habías dicho que Edimburgo tenía bonitas vistas.
El silencio en la línea le sacó una risa que tapó rápidamente con su mano, sus ojos vagaron en el rostro de su acompañante, estaba a la expectativa de lo que él dijera. Rogó internamente que su hermano no echara a perder la llamada con algún comentario estúpido.
-¿Qué haces ahí? -Zeldris contestó con un tono mordaz, casi como un regaño.
-¿Qué crees que hago? -le devolvió la pregunta- necesita compañía.
-…vas a importunarla -Gelda sonrió vagamente al escucharlo, ¡El amor y su cursilería barata! Estarossa negó entre risas silenciosas.
-Es todo lo contrario -aseguró con confianza.
El silencio volvió a hacerse presente por largos segundos antes de que Zeldris se aventurara a dejar escapar la pregunta que deseaba hacerle desde que escuchó su localización- ¿Cómo… sigue?
Si su hermano pudiese ver el rostro de la mujer que amaba, estaba seguro, no permitiría que nada lo apartase de seguir observándola. Gelda estaba radiante, a pesar de sus ojos cristalizados en lágrimas que amenazaban con caer, ella se veía tan enamorada que no pudo evitar contagiarse de su felicidad.
-Bueno Zel, ella está mejor ahora que te escucha, esperando que vengas a visitarla, ¿Por qué no saludas?
Su hermano colgó.
Estarossa aguantó poco antes de estallar en carcajadas.
-Creo que tendrás más visitas -agregó después de calmarse.
-Estoy deseando que así sea -susurró ella esperanzada.
