REDEMPTIO
XIII
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"Volver, lo sabe todo el mundo, es imposible. Luego de los abrazos y de las lágrimas viene el verdadero reencuentro, estar frente a frente a los mismos cuando nosotros ya somos otros, frente a ellos cuando no sabemos quiénes son. […] Nos buscan donde ya no estamos, los buscamos donde ya no están y ahí empieza la tragedia".
María Fernanda Ampuero, Pelea de gallos
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Querido Jean:
¿Cuál es el alcance de nuestra estirpe y hasta qué punto ésta puede acompañarnos en nuestra travesía? No puedo evitar preguntármelo: por mi familia, por mi pueblo y por los caminos que deberé de transitar, cuántos de ellos habrán sido peregrinados por oleadas de personas que llevaron mi sangre o, lo que es aún más importante: mi dolor. Sangre y dolor que a veces me parecen tan espesos, impenetrables e ineludibles, pero que al derramarse se escurren entre mis dedos y se deshacen sin que pueda aferrarme a ellos. Tanto me mantienen con vida como me la quitan. Creo que algún significado debe de tener y me desgarra entonces tomar la mano de mi padre y no encontrar mi sangre en la calidez de la suya. Pero quizás el linaje no importa, o se encuentra en otro lado, en uno más acogedor y menos violento, en uno donde la frivolidad no tiene lugar y sí el amor. ¿Podemos elegir a nuestra familia? ¿Podemos formarla desde cero, sin que tengamos nada en común o teniéndolo todo?
O quizá es que todos los seres humanos somos iguales y tenemos algo de responsabilidad entre nosotros, porque cuando tomamos un puñal y nos desgarramos con éste, los ríos de sangre corren por igual.
Pero de esto, por supuesto, tú no tendrías una idea. Porque tus orígenes siempre estuvieron claros y tu familia siempre fue un sitio seguro, funcional y completo. Es interesante ¿no lo crees? Que lo que a ti siempre se te ha presentado como la certeza más grande, para mí no es sino una gran interrogante que me hiere hasta lo más profundo de mi alma, allá donde no hay alcance ni remedio.
Supongo que en este sentido, pese a todo lo que siento por ti, yo jamás podré terminar de entenderte: ahí donde tú eres demasiado noble, yo estoy demasiado podrida.
Lamento que así sea. Todo esto que está mal en mí, quisiera que no fuese así. Quisiera poder repararlo. Quisiera que no hubiese una brecha enorme entre nosotros. Pero la hay: oscura y helada. Que me separa no sólo de ti sino del mundo. Oh, Jean, estoy tan sola.
Si tan sólo alguien pudiese cruzarla.
Si tan sólo alguien compartiese mi dolor.
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Hubo un murmullo desolador que siempre acompañó al mayor de los Petrovsky, repiqueteando en sus días pero sobre todo en sus noches. A tras fondo, apenas como un eco. Era un canto demasiado triste que por momentos no tenía sentido, pero que parecía aclararse ahí cuando más hambre tenía, ahí cuando más frío sentía, ahí cuando la miseria amenazaba con llevarse todo de él. Hasta el último suspiro, hasta el último recuerdo, hasta la última nota de esa voz femenina. Era lo único que le había quedado de un pasado del cual ya no existían más que cenizas. Era lo único que existía de un tiempo antes de ellos: ese fragmento pequeño y desdichado. Ni siquiera recordaba si la letra era en realidad triste o sólo se le asemejaba así porque reflejaba el sentir de la mujer que tarareaba algo que en su mente no tenía el más mínimo sentido. Quizá era porque esa voz sólo lo acompañaba en sus peores momentos. O quizá, como llegó a intuir con el tiempo, porque esa mujer no le cantaba en ruso.
No importaba. De cualquier modo, había dejado de escuchar esa voz en el momento en que los conoció. Esa era la realidad más tangible y clara a la que sí se podía aferrar: ellos representaban el fin de su tormento y el inicio de su vida. Sus sueños, sus risas, sus planes de un futuro mejor en San Petersburgo, lejos de la pobreza y lejos de la soledad. Enterraron tras de sí a cualquier familiar, a todo lo que la guerra les había quitado y desde entonces sólo miraron adelante. No se habló más del pasado, habían temas mejores. Abrir un bar, compartir un apartamento y mil y una cosas más. Lo cierto era que en ese entonces jamás consideraron que pudiesen caber más personas en su felicidad: tan sólo ellos, el tres como el número más sagrado. Él, su mejor amigo, y aquella adolescente que un día decidió seguirlos a cualquier lugar al que fuesen. Tan distintos, pero con el amor que se profesaban en común. No mentiría si dijese que cuando Nikiforov y la joven mujer se volvieron locos el uno por el otro, él no se sorprendió, en cierto modo fue algo que siempre estuvo claro: una tragedia predestinada por los astros. Por supuesto que eso provocó que comenzase a sentirse de más, un invasor en ese mundo triangular en el que dos se amaron de más, una esquina sobrante, un pico imperfecto. Mas nunca se alejó, ni se arrepintió, ni se decepcionó, pues estar con ellos lo valía eso y más, eso y todo, y si tenía que renunciar a ambos con tal de seguirlos teniendo entonces lo haría. Tampoco es que ellos le dieran la gran importancia, recordaba el primer "apartamento" que habían arrendado: era una única y diminuta habitación, pero por supuesto que eso ni su presencia a un lado acomodado sobre un camastro en el suelo les había parecido un impedimento para hacer el amor como si no hubiese un mañana.
En realidad, no le rompieron el corazón sino hasta que Nikiforov dejó a su joven mujer para casarse con la madre de Viktor. Ese fue el punto de inflexión en el que comprendió que aunque creía conocerlos, jamás se había atrevido a mirar en los rincones más oscuros del fondo de sus almas. Ese fue el acto que los quebró. Que deshizo al trío.
Pensó que los había dejado de amar cuando conoció a su mujer, cuando la hizo su esposa y cuando ella le entregó entre sus brazos a un hijo de ambos para después irse para siempre. Ella se apagó y desde entonces Aleksánder siempre fue el sol.
Decidir que seguiría adelante junto a su hijo no fue fácil. No sin ella. No solo. No cuando las voces amenazaron con regresar, con devorar cada pedazo de su ser hasta dejarlo hecho añicos para así arrastrarlo hasta el abismo del infierno. Esta vez no quedaría nada de él, nada excepto un hijo tan desamparado como él mismo una vez lo estuvo. El peligro, la inminencia, la demencia. Y fue ahí que, como si acaso fuesen una peste o una fortuna que se presentase en los momentos más apocalípticos, ellos volvieron. Se entrometieron en su vida con la promesa de no irse ya nunca más. Depositaron un bebé de cabellos de plata al lado de su Aleksánder de cabellos de chocolate como la ofrenda de que como ellos los hijos del triángulo tampoco estarían solos nunca más. Eran insoportables, eran mentirosos, eran de poco fiar, eran sus almas gemelas, lo que más amaba en el mundo.
Jamás habría superado su duelo de no ser por ellos. Lo habían hecho más fuerte, lo suficiente como para criar a Aleksánder, lo suficiente como para volverse el cómplice de sus traiciones y de sus herejías.
No entendía cómo podía seguir amándolos, cómo después de tanto.
No fue hasta que ambos, sus dos mitades, sus dos almas gemelas, depositaron a la más diminuta bebita entre sus brazos que lo entendió. Que el corazón puede ser lo suficientemente grande para amar profundamente a más de uno. Que amaba a esa niña como si fuese suya, como si fuese su Aleksánder, como si fuese su Viktor. Que eran los hijos de los tres y que no permitirían que ninguno de esos tres infantes sufriese lo mismo que ellos sufrieron. Que eran su familia, y que ya nunca más volverían a estar solos.
Y aunque significó su disolución, el triángulo nunca fue tan perfecto como en esos momentos de seis en que los dioses entonaron cantos de esperanza.
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El sol de la tarde se deshacía sobre ellos con una ligereza casi transparente, apenas unos delgados hilos dorados que fluían líquidamente sobre ellos sin brindarles ningún rastro de calor. La llovizna también era mínima, no obstante, había algo en la misma que hizo que las personas escapasen a refugiarse en sus casas, en sus negocios, en cafeterías acogedoras y bajo puentes inmundos. Sin embargo, a ellos no los asustaba. Por el contrario, los acogía con calma. Cada gota que repiqueteaba entre sus cuerpos les infundía una caricia indolora, casi tierna, casi buena. ¿Así había sido siempre? Lo que a otros aterraba, a ellos los reconfortaba.
Caminaron por San Petersburgo, por sus aceras permeadas de historia, por sus callejuelas desconocidas; recorrieron jardines llenos de hileras de abedules, ríos de hojas secas, mares de podredumbre, lo pisotearon todo con fuerza, como si de algo que los lastimase se tratase. La ciudad estaba desolada, mas a ellos los acompañaba el clamor de los canales y, en la lejanía, el mar rugiendo. Siguieron andando hasta que las piernas de ella ardieron y los muslos de él se tensaron con placer, hasta que sus respiraciones se agitaron y sus gargantas se secaron.
Él la guiaba, como quien hala a un niño pequeño —pero ajeno— o como quien conduce a un condenado hacia su último sitio: con dominancia, con fuerza, con pasos demasiado largos que la hacían trepidar, pero sosteniendo por la cintura su cuerpo, apretujándola contra él para no dejarla caer. Ella se dejó hacer, se dejó ser llevada por cada rincón de esa ciudad que siempre quiso recorrer a su lado, pero de la cual ya no entendía ni veía absolutamente nada.
Finalmente, se detuvieron en una esquina en donde las aceras terminaban para dar paso a un bosque demasiado arisco, con un suelo estéril por el permafrost, pero en el que alcanzaron a ver cómo un par de liebres se internaban, huyendo de su presencia. Él dio un gran suspiro y ella ni siquiera se inmutó.
Las últimas chispas de sol se apagaron y la llovizna cedió. En su lugar sólo se levantaron una oscuridad y una neblina que los arroparon en una densidad asfixiante. Una corriente helada atravesó sus huesos, demasiado conocida para ella, demasiado enfermiza para él, que contrariado aferró el cuerpo femenino a su pecho para tratar de calentarse a sí mismo. El escalofrío se condensó en el centro de sus almas a manera de un agudo diamante de hielo que los punzó y los punzó hasta que los perforó, fundiéndose entre ambos a partes iguales. No obstante, incluso cuando la sensación horrorosa desapareció, él no la soltó, sino que la acomodó más entre sus brazos, tratando de aferrarse de algún modo a su presencia.
—Viktor, —susurró ella y su voz tan aguda como rasposa armonizó con ese ambiente de melancolía.
—._._._._., —le respondió él.
Se miraron brevemente, mas ninguno hizo el mínimo esfuerzo por separarse, sino que permanecieron ahí, perfectamente amoldados el uno con la otra. Escurriendo, temblando y tomando bocanadas grandes de aire en las que sus alientos blanquecinos se mezclaban. Tenían la apariencia de dos espectros insanos salidos del mismísimo infierno.
—¿Qué es este lugar? —dijo al fin la joven después de un rato.
—Es a donde quería traerte…
Ella carraspeó y tosió ligeramente. Se preguntó si sería llevada al interior del bosque, con Viktor, si ambos se perderían para siempre con las liebres como única compañía. Si acaso ese se convertiría en el sitio de sus muertes. Sonaba como un buen plan.
Él la acurrucó sobre su pecho y recargó su cabeza contra la suya. No sabía si era por la cercanía, por la humedad o por el abrigo Burberry ajeno que la cubría, pero su cabello le transmitió el olor de una combinación apenas entrelazada de ambos: ella tierra mojada y enfermedad, y él sándalo con un toque exquisito de Chanel n° 5 de fondo—. Te traje para que conozcas a alguien, —casi dudó de sus propias palabras—. Deberíamos llamar a la puerta y entrar —titubeó— o… tan sólo podríamos permanecer así —la apretujó con demasiada fuerza— o, mejor aún, largarnos de aquí y estar así, seguir así, en otro sitio.
Ella gimió. Se mantuvo en su sitio. Por supuesto que no le interesaba conocer a nadie.
—¿Qué es lo que quieres, ._._._._.? Dímelo, sólo pídemelo y te lo daré—. Clavó sus zafiros en ella—. Todo, absolutamente todo lo que quieras. Lo más absurdo, lo más obsceno… ¿Qué es lo que quieres?
Esta vez su insistencia no la hizo dudar. Era demasiado simple. Casi se echó a llorar—. Volvamos. Vayamos a casa. Quedémonos así. Siempre.
Él le dio una sonrisa deslumbrante y asintió complacido… pero al instante dudó— Querías irte.
—¿Qué?
—Querías largarte de Petersburgo. —La soltó. Su desprecio hacia ella resurgió con una rapidez y una naturalidad que la descolocaron—. Volver a quién sabe dónde, con quién sabe quién, enterrarte en quién sabe qué hoyo.
Ella apretó con fuerza los párpados y él la alejó de su cuerpo.
—No sabes qué es lo que quieres, ._._._._.. Estoy harto de que me mientas.
—No es eso. —Le dijo con cansancio—. No es que no sepa lo que quiero, o que te mienta. Es sólo que…
—Dilo, ._._._._., ¡dilo!
—No quiero nada. Dejé de anhelar hace mucho, dejé de vivir hace años. No soy más que una muerta.
—Tonterías, —interrumpió— o no habrías venido nunca a esta ciudad. —Estaba harto de sus engaños, de sus traiciones. No se fiaba de ella. La sujetó por un brazo.
—¿Qué haces?
—Entremos. —Y la arrastró hacía la última casa de la vereda, dispuesto a tumbar la puerta y terminar con todo ello de una maldita vez.
Pero la puerta se abrió.
Y de nuevo, por un instante, volvieron a ser tres.
._._._._. profirió un grito lastimero y tras quedarse congelada en su sitio, aprovechó la sorpresa de Viktor, soltándose de su agarre y dando dos pasos bruscos en reversa que anunciaban el inicio de una huida. No alcanzó a echarse a correr cuando él ya la tenía nuevamente entre sus brazos, cargándola como la princesa que nunca fue.
—Aquí está tu hija. —Dijo con gravedad, casi con dolor y la colocó frente al hombre mayor que atónito miraba la escena que se desarrollaba frente a sí.
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27/01/2021
¡Ha pasado tanto tiempo! Jo, miles de disculpas por el atraso. En realidad, esta es sólo la mitad del capítulo, pero como la otra mitad me estaba costando y creo que forma una buena unidad, decidí subirlo así para poder darles algo de contenido en medio de este confinamiento eterno. La buena noticia es que en teoría ya tengo trabajado el resto del capítulo, pero sí quiero revisarlo para que quede bien, como que no me termina de convencer. En verdad que lamento mucho la demora, estos meses han sido complicados, al inicio de la cuarentena (marzo 2020 en mi país) la tesis me absorbió por completo. Y después, conforme los meses pasaron, el peso mismo de tantos días de encierro y de pandemia me pegaron y me dejaron sin mucha energía. Pero aquí estoy de vuelta, le tengo demasiado amor a esta historia y no podría abandonarla aunque quisiese. Voy a tratar de darle mejor ritmo, ir al grano, y actualizar de manera más constante este año.
Pero en fin, ¿ustedes, queridas lectoras, cómo se encuentran? Vaya que han sido meses complicados en una situación extraordinaria. De corazón deseo que ustedes y sus seres queridos se encuentren bien, que gocen de salud y que la situación se normalice lo más pronto posible en sus países. Ahora más que nunca el poema que da titulo a Por quién doblan las campanas que Aleksánder le repasó a Viktor en los primeros capítulos cobra más sentido que nunca:
"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti."
No puedo sino enviarles miles de abrazos fuertes y mis mejores deseos de bienestar y fuerza. El dolor es un monstruo horrible, pero confío en que como humanidad podamos salir adelante. Por favor, cuídense mucho. Como siempre, me encuentro en mis redes sociales de costumbre (AndreOrdaz), por si necesitan hablar o puedo hacer algo por ustedes, aunque sea en la distancia.
Querida Melina: Ver ocasionalmente tus updates en FB me pone de buen humor, pues me hace saber que estás bien. Espero de corazón que así sea y que todo marche lo mejor posible para ti y para tus seres queridos. Como siempre, gracias infinitas por el apoyo que me das y que le das a esta historia. Pinky promise de que ya no habrán actualizaciones tan lejanas, sino lo más frecuentes posibles. Te mando un beso y Aleksánder te manda otro. Por favor, cuídate mucho siempre. Abrazos fuertes.
Querida Natt: Espero que el 2020 haya sido un maravilloso año para ti y que tu ser querido con Graves se haya recuperado también, el camino es dificil pero con cuidados el shock inicial mejora :) Como siempre, mil gracias por leer y seguir aquí pese a todo. Tú también cuídate mucho, deseo enormemente que tú y tus seres queridos se encuentren muy bien. Prometo apurarme con los updates ya y *spoilernospoiler* en la parte que sigue sí que hay ot3 de Beka y los Yuris. Te mando un abrazo fuerte y todo mi cariño.
Manténganse fuertes. Las quiero.
Apailana*
