23 Dolor
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
"Por el amor, el sacrificio nació, el odio nació & nos fue posible conocer el dolor."
-Pain.
No puedo respirar.
En este mismo momento, toda Norteamérica es un páramo.
En el ojo de mi mente, veo a todos esos cadáveres yaciendo en el pasillo del hospital. Intento imaginar la cantidad de una ciudad, de dos ciudades—demonios, de todos los estados—pero no puedo. La escala de esa devastación es inimaginable. Mi mente no me dejará comprender ese tipo de pérdida.
Entre todos esos millones hay madres, hijas, hijos, hermanos, amigos, amantes, abuelos, niños, bebés. Gente que significa algo para alguien más, gente inocente y amable. Gente que merece vivir. Justo ahora, todos están muriendo.
Peste no podría haber hecho esto. Peste, quien cuestiona la moralidad de sus acciones. Peste, quien me ama.
No podría haberlo hecho.
Los dos nos miramos fijamente el uno al otro. Es pero ver algo defensivo en los ojos de Peste—siempre se ha tenido que explicaren el pasado—pero no hay nada ahí. No hay culpa, ni defensiva, ni tenacidad obstinada.
Su fría mirada está inmutable.
Pero sí hizo esto. Más que eso, lo planeó. Todas las señales han estado ahí. Sus humores oscuros, el hielo en sus ojos azules, la disculpa a medio recordar que me murmuró ayer cuando se fue de mi lado.
—¿Cómo? —La escala de devastación es mucho más grande que antes. Antes, Peste había tenido que atravesar una ciudad para infectarla. Ahora su alcance parece no tener límites, extendiéndose a miles de kilómetros de distancia de nosotros.
Debe entender lo que estoy preguntado porque dice:
—Siempre he tenido este alcance. Simplemente nunca sentí la urgencia de utilizarlo antes.
No hasta mí. De alguna manera, soy la chispa que encendió este terrible acto.
—Deshazlo —susurro.
—Está hecho —dice, su expresión inflexible.
Sacudo mi cabeza. No puedo estar hecho. Me rehusó a creer eso.
—Me curaste de la infección, puedes hacer esto —insisto, mi voz entre cortándose.
No puedo ser la única persona que queda viva a lo largo de la Costa Oeste. Eso es su propio tipo de infierno.
—Pero no lo haré.
Pero no lo haré.
—Por favor.
Se encoge ante esa palabra. Por favor. Comenzó como una maldición dicha entre nosotros, un ruego dicho solo para que pudiera ser negado. Pero en algún punto a lo largo del camino, por favor se convirtió en redentor.
Solo que ahora, Peste no quiere ser redimido.
Maldita sea, todavía puedo sentir una parte de él entre mis muslos. Estoy adolorida en todos los lugares que su cuerpo se restregó contra el mío ayer y hoy, su forma de hacer el amor tan intensa como apasionada.
No puede haberse ido de mi lado todas esas veces solo para maldecir a una buena parte de Norteamérica.
—Por favor, Peste. Por favor… amor.
Lo nombres significan tanto. Una rosa puede oler igual sin importar el nombre que le des, pero cómo pienses en ella puedo hacerlo. Y pienso en Peste de manera diferente, lo he hecho por un rato.
Pero llamarlo por un hombre de mi elección, darle un nombre afectuoso y mostrarle que es más que su homónimo, pero no he sido lo suficientemente valiente para hacer eso hasta ahora.
Pero ya no queda nada a lo qué temerle. No dada esta situación. El jinete se queda quieto. Veo esa frialdad agrietarse en sus ojos.
—No esperabas eso, ¿cierto? —digo—. Que te amara. —Sé que yo no. Y no sé en qué maldita hora la realización se escabulló dentro de mí, pero lo hizo—. Tal vez soy una tonta y una traidora, pero soy tuya. — Parpadeo para apartar las lágrimas—, pero maldita sea, no puedes hacer esto.
Da un paso hacia mí, luego otro, sus ojos muriendo un poco, como si quisiera tocarme, pero sabe que no lo dejaré. No ahora, con toda esta sangre en sus manos.
Nunca te molestó antes, Hyūga.
Pero eso fue entonces cuando pensaba que podía cambiarlo, detenerlo.
Debí haberlo sabido mejor.
—Podría haber vivido con lo que esos hombres me hicieron, tan cruel como fuera —dice Peste.
Mi mente recuerda al jinete atado a ese poste de teléfono, la mayoría de su rostro desaparecido.
—Pero cuando te dispararon... —Su voz se corta por la emoción y me doy cuenta de mi error fatal—, nunca deberías haberme mostrado el amor, querida Hinata—dice.
Todo este tiempo, había asumido que el amor redimiría al jinete y nos salvaría a todos. Debería haber sabido que solo nos condenaría a nuestros horripilantes destinos.
—Si ahora entiendes la pérdida —digo—, entonces sabes lo que les estás quitando a estas personas.
Su mandíbula se tensa.
—No es más de lo que merecen.
—¿No es más de lo que merecen? —digo, horrorizada—. ¿De quién estás hablando? ¿Asuma? ¿Kurenai? ¿ Yo?
La boca de Peste forma una fina línea.
—Pareces pensar que discutir sobre esto cambiará el destino de estas personas.
Sacudo mi cabeza amargamente—. No sé por qué piensas que eres incapaz de hacerlo.
—La gente cambia, Hinata, pero los jinetes no. No importa lo que pienses de mí; soy y siempre seré Peste, el Conquistador.
No va a ser subyugado. Puedo verlo ahora. Debí haberlo visto antes, en el pasado cuando podría haber protegido mi corazón un poco mejor.
—¿Qué sucede ahora? —pregunto. Inmediatamente me arrepiento de la pregunta, mi estómago revolviéndose con miedo.
—El mundo se termina.
—¿Y yo? —digo, la desolación ya arrastrándose.
—Te quedarás conmigo.
No lo pide; ni siquiera lo dice como un trato. Es dicho con completa autoridad.
Asiento lentamente.
Peste debe sentir que algo está mal porque da otro paso hacia mí.
—No —digo.
Si intenta hacer que cualquier de nosotros se sienta mejor, juro que romperá lo último que queda de mí.
Y hay tan poco que queda por romper.
Miro alrededor.
No puedo estar en la misma habitación que él. Me estoy sofocando con toda esta tragedia. Me giro sobre mis talones, ansiosa de alejarme de él.
—Hinata —llama antes de que pueda escapar. Su voz es tan malditamente paciente.
Me detengo.
—Una vez me dijiste que los nombres no importan —digo, mi espalda hacia él—, que la forma en que te llamara no importaba. Miro hacia Peste por encima de mi hombro.
Amor. Creo que ambos podemos escuchar mi nombre afectuoso en el aire entre nosotros.
Su expresión es recelosa cuando inclina su cabeza.
—Recuerdo.
—Estás equivocado, sabes —digo—. Sí importan.
Peste es el peor de su naturaleza. Vislumbré la mejor parte de él, pero esa parte de él, ese futuro, ya no es más que un susurro de una posibilidad, como humo disipándose en el viento.
Lo dejo ante eso.
Me alejo de él lo suficiente para agarrar mis cosas, lo poco que tengo. Apenas si es algo más que la camisa en mi espalda.
Miro al cuarto principal por un largo tiempo, sintiendo que mi corazón se deshace pedazo a pedazo.
¿Por qué no pudiste enamorarte de un chico normal, y tener una muerte normal a su lado? ¿Por qué tuviste que elegir un jinete? ¿Por qué tuviste que ponerte entre él y el mundo?
Todo este tiempo ha sido un mortal tira y afloje entre el amor y la lealtad. Cómo me había engañado a mí misma de que no llegaría a esto, no lo sé.
Me pongo mis botas, tomo mi abrigo prestado y luego me dirijo a la puerta del frente.
Peste sigue donde lo deje, aun haciendo guardia junto a la televisión, aún consumido por su propia ira.
Paso caminando junto a él, dirigiéndome hacia el vestíbulo.
—¿A dónde vas? —llama, su voz sonando con autoridad. No suena asustado, perdido o inseguro.
¿Enserio no tiene idea?
Ignorándolo, alcanzo la puerta del frente y salgo.
Afuera hace frío. Me tambaleo un poco por la temperatura. Es un frío húmedo y mordaz que se introduce bajo tu piel y cuela dentro de ti. Mis orejas ya están comenzando a punzar. Subo la capucha de mi chaqueta.
Nunca sobrevivirás a esto, así de débil como estás. Con lo mal equipada que estas.
La puerta se abre detrás de mí.
—¿A dónde vas?
Me detengo ante la voz de Peste. Ahora hay algo en ella además de la ira. Algo que aún es muy seguro como para preocuparse. Creo que puede ser la sorpresa y un toque de confusión.
—A reunirme con la humanidad —digo.
—No te he liberado.
—No estaba consciente de que era tu prisionera —digo. Claramente parece haber olvidado ese pequeño detalle.
—Eres mía.
Tiro de mi chaqueta más cerca de mí.
—No soy de nadie —digo con vehemencia.
El jinete frunce el ceño ante eso, pero no intenta discutir el punto. Lo evalúo.
—Digamos que me quedo. ¿Qué harás cuando se haya ido toda la gente?
—Lo resistiré.
—¿Qué harás cuando yo me haya ido?
—Te mantendré con vida —insiste. Busco su rostro.
—Incluso si pudieras, aún si pudieras protegerme de cada atentado contra mi vida, porque habrá más mientras esté contigo, no serás capaz de mantenerme viva por siempre. Eventualmente envejeceré. Envejeceré y moriré y tú estarás solo nuevamente, solo que ahora, no habrá más humanos, solo tú.
—Y mis hermanos —agrega en voz baja. Levanto mis manos.
—Está bien, tú y tus hermanos homicidas. —Hermanos que habían estado ausentes estos largos años—. Pero además de ellos, estarás solo.
Mi cuerpo comienza a temblar por el frío y los ojos de Peste van directo a la acción.
—Detén esta tontería, Hinata. Ven dentro —dice, amablemente—. Te calentaré.
Le doy una mirada incrédula.
—¿Aún no lo entiendes? Estás matando a todos. ¿Realmente pensaste que me quedaría contigo luego de algo como esto?
—Te quedaste conmigo antes —dice el jinete acaloradamente, pero no me pierdo la chispa de miedo en el fondo de sus ojos.
Dejo escapar una risa hueca.
—Eso fue cuando pensé que odiabas lo que le hacías a mi mundo. Cuando pensaba que podías cambiar.
¿No es ese el más horrible detalle de todos? Finalmente obtuve lo que quería, Peste cambió, solo que no para mejor.
—¡Estoy haciendo esto para vengarte!
—Nunca pedí tu venganza —digo—. Pedí tu misericordia.
Peste retrocede ante la palabra como si lo hubiera abofeteado. Es la misma palabra que salvó mi vida la noche que intenté matar al jinete. La palabra que me salvó cada noche desde entonces.
Misericordia.
—¿Alguna vez pensaste que quizás la misericordia de tu Dios no era para mí? —pregunto—. ¿Qué tal vez era para todo el resto?
No, no lo había hecho, si su expresión era de fiarse. Me giro, comenzando a alejarme, solo para sentir el cálido agarre de los dedos de Peste en la curva de mi brazo.
—Si tengo que atarte a mí, lo haré —dice Peste—. Pero no te dejaré ir.
Me doy vuelta para enfrentarlo. Por todas sus altaneras exigencias, su rostro traiciona sus verdaderos sentimientos. Puedo ver el pánico en su expresión.
No había anticipado esto.
—Peste —digo, mi voz calmada—, puedes obligarme a estar contigo, pero no puedes hacerme querer estar contigo.
—Pero tú quieres estar conmigo —insiste—. Me llamaste amor.
Desvío la mirada.
—Lo hice.
—Y me amas.
Mi corazón se acelera. Puede que no haya dicho las tres palabras, pero el jinete dice la verdad.
Mis ojos se mueven hacia él.
—Lo hago —reconozco—. Y no es suficiente.
Se tambalea un paso hacia atrás.
—¿No es suficiente?
Creo que lo puedo estar hiriendo peor de lo que lo había hecho cualquier arma antes.
—No es suficiente para superar cualquier otra cosa que haya en tu corazón —digo—. Claramente odias más a la humanidad de lo que te preocupas de mí.
Las fosas nasales de Peste se abren, pero se traga su respuesta. No lo niega. Ouch.
—El amor se supone que debe sacar las mejores partes de ti — continúo, recordándole nuestra breve conversación luego de las muertes de Kurenai y Asuma—, No las peores —añado en voz baja.
—Hice esto porque te amo —dice fervientemente. Hay más miedo en sus ojos que antes.
—El amor no funciona así.
Pero claro, hay otras cosas que van de la mano del amor, grandiosas y terribles cosas. Cosas que, por primera vez, Peste comienza a sentir.
Lo dejaste entrar al Jardín del Edén, lo dejaste probar la fruta prohibida. Le diste el conocimiento del bien y el mal y ahora ambos lo están pagando.
Doy un paso atrás, haciendo de su rostro un recuerdo. Debo irme ahora, antes de que caiga y vuelva a él. Nunca me perdonaría a mí misma.
Mi corazón, sin embargo, se siente como si se partiera en dos ante la idea de irse.
—Adiós, Peste.
Dándome vuelta, me fuerzo a comenzar a bajar los escalones que salen de la mansión.
No he dado más de cinco pasos antes de que el jinete me alcance. Me levanta y me carga dentro, pateando la puerta principal mientras avanza.
—¿Qué estás haciendo? —protesto, retorciéndome en sus brazos. Sin respuesta.
Ahora realmente comienzo a luchar.
—Déjame ir.
Me baja en el vestíbulo. El cuarto gira un poco una vez que estoy de pie. Tan débil. Muy débil.
Sin embargo, no me puedo quedar aquí. Me dirijo hacia la puerta, y nuevamente me levanta y me aleja de ella.
Nuevamente, en cuanto me baja me dirijo hacia la puerta. Él me cierra el camino.
—Hinata, no puedo dejar que te vayas.
Me está rogando con sus ojos, y sé que ve lo que siento: no estoy lo suficientemente fuerte, lo suficientemente curada. Todas esas semanas de viaje, todas esas heridas, incluso con el resto, mi cuerpo no está listo para más. Y yo sigo llevándolo hacia adelante.
—Peste, no hagas esto peor de lo que ya es —prácticamente ruego—. Me voy, ya sea con tu bendición o en contra de tu voluntad, pero no me quedaré aquí por más tiempo.
La expresión en su rostro pulveriza lo que quedaba de mí. Puedo ver su corazón rompiéndose frente a mí. Ese crudo sufrimiento permanece solo por un momento y luego sus rasgos se endurecen. Sin una palabra, me levanta nuevamente.
—¿Qué estás haciendo? —Lucho en sus brazos—. ¡Peste, bájame! Ignorando mis demandas, me lleva al cuarto principal y me deposita en la cama.
Para cuando logro hacerme camino fuera de ella—tomando unos segundos extras para que pase el vértigo—él ya ha llegado a la puerta. Con una mirada de despedida, se desliza fuera, cerrándola detrás de él.
Apresurándome tras de él, tomo el pomo de la puerta. Lo giro, pero la puerta no se abre. El jinete debe estar manteniendo la cerrada.
—Peste, déjame ir. —Mi voz se eleva con pánico. No planea realmente mantenerme aquí, ¿no?
—Me perdonarás —dice despacio al otro lado de la puerta.
—¡Déjame ir! —grito más fuerte. Pero no lo hace.
Peste tapa las ventanas del cuarto principal y bloquea todas las puertas que dan hacia afuera. No antes de que escapara un par de veces y tuviera que arrastrarme devuelta, pero eventualmente, se las arregla para tapar todas las salidas, dejándome atrapada dentro.
Y así vuelvo a ser su prisionera.
Al menos el jinete es lo suficientemente inteligente para mantener su distancia. Solo lo veo unas pocas veces durante el resto del día, cuando va a dejar comida y agua, sus ojos tristes y atormentados.
Pienso que cualquier locura que haya poseído a Peste desaparecerá. Que eventualmente destapará las ventanas, abrirá la puerta y rogará por mi perdón.
Pero nunca sucede. Un día se funde con el siguiente y él se mantiene lejos, viniendo a mí solo para alimentarme. Ni siquiera en las noches se desliza en mi cuarto para expresarme sus torturados sentimientos por mí, o para dormir presionado contra mi espalda.
Mi cuerpo lo extraña, mi corazón lo extraña. El último está muriendo bajo mis costillas, odiando sus traiciones y aun así queriéndolo.
No intento escapar. ¿Qué sentido tendría? No puedo pasar inadvertidamente a Peste.
Intento no pensaren los millones de personas muertas que deben estar pudriéndose justo donde murieron. La televisión se mantiene apagada por ese mismo motivo. No puedo soportar ver las noticias y ver todos esos cuerpos. No cuando jugué un rol (aunque involuntario) en sus muertes.
Eso solo me deja hurgar los pocos libros en el cuarto o recitar poesía de memoria.
En ocasiones puedo sentir físicamente la presencia de Peste cerca, escuchando el sonido de mi voz, deambulando fuera de mi puerta. El aire se siente saturado con todas las cosas que quedaron sin decir y sin terminar entre nosotros. Cosas que habían sido abandonadas para podrirse junto a todos esos cuerpos.
La vida sigue así por días, y luego se completa una semana.
¿Realmente esto se va a convertir en nuestra nueva normalidad?
¿Peste manteniéndome como un pájaro enjaulado, destinada a no morir ni vivir completamente?
Cuando la puerta se abre el día ocho, Peste se ve derrotado. Sus ojos azules están apagados y su cabello rubio dorado no tiene su brillo usual.
—No puedo seguir haciendo esto —admite—. Me rindo.
Me congelo es mi lugar sentada en la cama.
Peste el Conquistador, ¿rindiéndose?
Se quita su corona de la cabeza y la tira al piso entre nosotros.
—Es tuya —dice amargamente—. Pude haber reclamado el mundo, pero te he perdido, la única cosa que realmente he querido.
Mi pulso se acelera mientras veo primero a la descartada corona y luego al hombre que la llevaba.
—Eres libre de irte —dice—. No te detendré.
Sus ojos son sombríos. Se han ido las sombras en sus ojos, pero también cualquiera que haya sido la chispa de esperanza que alguna vez hubo en ellos. Cuando tocan los míos, me mira como si se estuviera ahogando.
Debería sentirme exaltada, reivindicada en alguna pequeña medida, pero solo es otro dolor para añadir al resto.
Por varios segundos no me muevo.
—Maldición, Hinata, si quieres tu libertad vete antes de que recobre el sentido.
Me deslizo fuera de la cama, agarrando mis cosas una a una, manteniendo un ojo cauteloso en él. Casi espero que cierre la puerta de golpe en mi cara en cualquier momento. Esto debe ser un truco.
Pero no parece serlo.
Paso el umbral del cuarto, deteniéndome para mirarlo.
—Ve y únete con tu condenada raza —dice, su mirada encontrando renuentemente la mía. ¡Cómo ahora burbujea! Tiene dolor suficiente para igualar el mío—. Pero no esperes que te mate.
Demasiado tarde, parece, que ha descubierto el significado de la misericordia.
Después de todo lo que Peste ha hecho, no esperaba que mi partida me doliera tanto. Creía que mi corazón había sido lo suficientemente abusado para olvidar que pertenecía al jinete.
Me equivoqué.
No miro a Peste cuando lo dejo en la entrada de la casa. Alejarme de él duele lo suficiente. Ver cualquier emoción que llene su rostro podría hacerme dudar. El jinete ya no lleva su corona. Aun yace, olvidada, en el cuarto.
Me dirijo hacia la calle, cada paso cortándome más y más profundamente. Había perdido todo el resto: familia, amigos, vecinos.
Dejar a Peste va a desangrar las últimas partes de mí.
¿Dónde debería ir? ¿Cuántos kilómetros deberé caminar para llegar donde los vivos? ¿Moriré antes de eso? Sé que Peste no me dejara sucumbir a la plaga, pero hay otras formas de morir. Podría morir de hambre o perecer a causa del clima.
Y si no muero, ¿entonces qué? Un paso a la vez, Hyūga.
Solo cuando llego al camino me doy vuelta. La mansión en la que nos hemos estado quedando se posa sobre una pequeña colina. Parado como un centinela en su umbral está el jinete.
Peste me observa, su rostro solemne. Por un momento, creo ver una chispa de esperanza en sus ojos.
Piensa que estoy cambiando de opinión.
Tomando fuerzas, encaro la calle una vez más y me alejo.
La Historia tiene la Finalidad de Entretener.
