Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 24

Supo que algo se cocía a sus espaldas mientras mantenía uno de aquellos desagradables

enfrentamientos con Halibel. Desde su llegada a la base todo había ido sobre ruedas. Se implicó

en todas las acciones y trabajó muy duro, pero otros soldados hicieron lo mismo a lo largo de

su carrera militar sin alcanzar la posición a la que ascendió ella en cuestión de un año. No

obstante jamás dudó de merecerlo.

Su entrenamiento había sido exhaustivo y su capacidad y estados físico y mental inmejorables.

Tenía muy claras cuáles eran las características más valoradas aplicándose en ellas hasta

perfeccionarlas. Todo ello le sirvió para ganarse el respeto de sus compañeros y que sus

superiores se fijaran en ella, poniéndola al frente de un grupo más numeroso cada vez. Así es

como fue progresando en su carrera, desplazándose hasta Estocolmo para liderar uno de los

pocos comandos existentes encargados de la seguridad del Consejo.

Hasta que logró conseguir aquella operación: infiltrarse y conseguir información de un

individuo que colaboraba activamente en la organización de un comando terrorista destinado a

asesinar a los miembros del Consejo. Se requería a alguien de lealtad incuestionable y probada

experiencia en operaciones encubiertas y de asalto. Que la seleccionaran para ello, le produjo

gran satisfacción pues significaba que su trabajo era valorado como esperaba.

Sin embargo, aquella licántropo se paseaba por las instalaciones de los soldados como si fuera

la comandante en jefe, algo que, siendo ella quien estaba al mando, no iba a tolerar. Halibel se

encargaba únicamente del papeleo administrativo y de mantener la línea de comunicación entre

la base y el alto mando sin ninguna otra potestad.

—Nunca, ¿me oyes? Nunca más te atrevas a ordenar nada a uno de mis subordinados. Si

deseas alguna cosa, te dirigirás a mí y yo decidiré si podemos perder el tiempo en tus tonterías.

Los soldados no están para hacerte de lacayos.

—¡No me hables de esa manera! ¿Acaso no sabes a quién te diriges?

—Mi nivel y rango me dan derecho a hablarte como quiera, Halibel. De hecho, tú también estás

bajo mi autoridad. Te crees por encima de todo por estar emparentada con miembros del

Consejo y porque jamás me ha gustado actuar como perro policía. Pero, aquí, en este cuartel,

mando yo. No vuelvas a olvidarlo.

—¿Tú? —El bello rostro de Halibel se deformó con repulsión—. Tú no eres nadie. Sólo una

soldado condecorada con aires de grandeza que cree saberlo todo. Pues sorpresa, no sabes

nada. Te crees escogida por tu valía para algo grande. Para servir con honor a tus superiores,

pero no tienes ni la más remota idea de lo que te va a ocurrir. Eres un simple títere que cree que

obedece órdenes ciegamente sin cuestionarse nunca nada, eso es lo que eres. Por eso te han

elegido. Hicieron un buen trabajo de lavado de cerebro contigo, preciosa.

—Estás resentida. Hablas desde la ignorancia.

—No, querida. Hablo desde el lugar que me corresponde. Lugar en el que obtengo mucha más

información de la que tú jamás tendrás.

Dicho esto, Halibel se marchó sonriendo con suficiencia, dejándola en un estado de conmoción.

La forma en que hablaba sobre la misión indicaba que Halibel conocía ciertos aspectos de ésta,

lo cual no le gustó en absoluto.

Recordó el momento en que firmó el documento aceptando ejecutar la operación Ragnarok. En

él se especificaba que tendría que pasar por una pequeña intervención que eliminaría parte de

su memoria para, en caso de ser descubierta, no poder revelar información útil al enemigo.

Asimismo, puntualizaban las distintas fases de la operación y el equipamiento preciso, incluido

la adjudicación de un piso franco en Gamla Stand.

El resto del texto era común a todas las órdenes llegadas directamente del Consejo. Aunque

confiaba plenamente en sus superiores, la charla con Halibel tuvo como resultado que esa noche

apenas pudiera pegar ojo especulando acerca del comentario sobre el mérito de su elección.

Decidió que antes de pasar por la intervención debía estar segura de sí misma y de lo que

estaba a punto de hacer. Se levantó, de madrugada todavía, para dirigirse a las oficinas anexas

al complejo militar donde Halibel desempeñaba su trabajo.

Revolvió archivos, cajones y papeles. Nada parecía estar fuera de lugar ni ser lo bastante

sospechoso para dar visos de veracidad a las palabras de la licántropo. Todo estaba en el orden

acostumbrado.

Se sentó en la butaca, cansada aunque algo más tranquila, diciéndose a sí misma que Halibel no

tenía fundamento alguno para las acusaciones lanzadas, cuando sus ojos recayeron sobre el

chivato encendido del equipo informático. La pantalla se encontraba apagada pero el aparato

permanecía en funcionamiento.

Pulsó el botón de encendido y vio que estaba recibiendo, en ese mismo momento, un pedido

muy extraño. Aunque lo que más llamó su atención fue el nombre clave de la operación a la que

debía cargarse aquella partida: Ragnarok.

En la nota se requerían pesadas cadenas de buen calibre, numeroso instrumental médico y

suficientes vituallas para alimentar a un regimiento. Sin saber qué iba a encontrar, tecleó

comenzando una búsqueda exhaustiva de cualquier entrada que contuviera como clave

«Ragnarok». La respuesta del ordenador no pudo menos que sorprenderla. Un largo listado de

pedidos similares solicitando material, víveres, personal... ¿Qué demonios era aquello? Creía

estar al corriente de cuanto concernía a la operación, sin embargo en ningún momento le habían

informado de la existencia de una base específica de seguimiento.

Dispuesta a averiguar las causas de todo aquel secretismo decidió que investigaría el lugar

dónde se haría la entrega del material solicitado. Memorizó la dirección y, al alba, salió de las

instalaciones para alquilar el vehículo que la llevaría allí.

Condujo desde Uppsala hasta llegar el polígono industrial. Encontró fácilmente la nave señalada

como destino de las entregas. Las persianas de todos los edificios circundantes permanecían

cerradas a aquella hora tan temprana, así que esperó a que comenzara la actividad cotidiana

confiando en que ésta le procurara alguna información interesante.

Aunque más que información trajo sorpresas. Jamás, hubiera creído lo que vio. Halibel se

encontraba allí, reunida y discutiendo acaloradamente con un licántropo al que sólo había visto

una vez en el tiempo que llevaba en las instalaciones militares.

El sujeto, alto y muy delgado, con edad suficiente para haber vivido demasiado, miraba a la

licántropo con el ceño fruncido y le gritaba de forma desaforada, aunque Halibel no pareció

amilanarse en ningún momento. Esperó, oculta en el vehículo durante toda la jornada, hasta que

el personal desapareció de su vista y la quietud envolvió de nuevo el complejo de naves

industriales. Sólo entonces se decidió a entrar.

Ya antes de abrir los ojos, supo que Ichigo estaba allí. De hecho podría jurar que llevaba horas,

pues su olor saturaba el ambiente. Lo que no supo fue cómo había llegado hasta la cama. Que

ella recordara, todo había comenzado en el sofá de la sala.

—Toma un poco de agua. Supongo que tendrás hambre, llevas durmiendo más de doce horas

seguidas, pero es mejor que bebas unos sorbos antes de meter nada sólido en tus tripas,

teniendo en cuenta que vomitaste toda la bilis cuando te levanté para trasladarte aquí.

—¿Te vomité encima? —preguntó después de hacer caso al sueco y tragar algo de líquido.

—Sí.

—Supongo que debo decir: bien por mí —dijo, dejando caer la cabeza de nuevo sobre la

almohada y cerrando los ojos por un segundo que evidenció el dolor que aún sentía.

Ichigo sonrió y las comisuras de sus ojos se arrugaron dando fe de que la sonrisa era genuina.

—Me hubiera encantado estar presente para ver eso —comentó una voz desde el marco de la

puerta.

—No me cabe la menor duda —respondió Ichigo.

Rukia giró lentamente el rostro para ver al indio de las fotografías y del que le había hablado.

—Tú debes de ser Chad, el nagual.

—En efecto. Encantado de conocerte, Rukia.

—¡Oh! Yo también estoy encantada. Disculpa que no me levante. —El tono irónico pareció

conseguir un conato de sonrisa en el indio—. No me dijiste que tendríamos visita —añadió

dirigiéndose al anfitrión.

—No me diste tregua, cachorrita.

—No me llames así si no quieres que te patee el culo, vikingo. —Aunque la sonrisa que

comenzó a esbozar se vio truncada por un brusco aumento del dolor—. Joder, siento como si

tuviera la cabeza repleta de agujas pinchándome el cerebro.

—Tu cuerpo estará recuperado en pocas horas, el dolor irá desapareciendo más lentamente —

informó el indio.

—Muy alentador —murmuró la hembra con una mueca de disgusto.

—Al menos no has muerto —señaló Chad antes de desaparecer sin ver la mirada ceñuda que

lanzó Ichigo en su dirección.

—Lo conseguimos —dijo satisfecha.

—Lo conseguiste —corrigió el sueco guiñándole un ojo con complicidad.

—¿Y bien?

—Descansa un poco más —dijo Ichigo levantándose de la silla junto a la cama en la que había

permanecido todo el tiempo—. Volver a revivir los recuerdos ahora no te hará ningún bien. Te

traerá más dolor. Ya hablaremos de ello cuanto estés recuperada.

—Pero...

—Nada de peros, Kia. Descansa, soldado —dijo—. Es una orden.

—Vete al infierno —balbució la hembra con una leve sonrisa, antes de volver a caer en la

inconsciencia del sueño.

Ichigo salió de la habitación para encontrarse con Chad.

—Al menos tiene imaginación para mandarme a lugares distintos —dijo encogiéndose de

hombros y haciendo alusión al lugar donde todos sin excepción lo mandaban en más de una

ocasión.

Caminaron juntos hasta la cocina y el indio siguió con el brebaje que estaba preparando para la

Pura y que la ayudaría a recuperarse.

—La someteré a un examen para valorar si ha sufrido daños internos cuando sienta menos

dolor.

—Está bien. Si hay daños trataré de reparar lo que esté en mi mano. Aunque conseguí que la

hemorragia cesara con rapidez. Una vez que el recuerdo comenzó a brotar ya no necesité hurgar

más.

—Hablas de ella como si te refirieras a una de tus motos —comentó mostrando el disgusto que

le provocaban los métodos del sueco—. Espero que no la obligaras a pasar por eso. Es

demasiado brutal, incluso para ti.

—No la obligué. En realidad no hizo falta. Ella lo quiso.

—Sabiendo de lo que eres capaz, eso tampoco aclara mucho las cosas. Pero supongo que no

es de mi incumbencia.

—¿Ves? En eso estamos de acuerdo —señaló abriendo la nevera y cogiendo un bocado que

masticó.

—¿Qué piensas hacer ahora?

—Pues —comenzó abriendo una lata de cerveza—, sentarme en el sofá y descansar un par de

horas. Pero siento decirte que sólo hay sitio para uno de los dos, así que tendrás que buscarte

otro lugar. —Abandonó la cocina con la idea de tumbarse.

—Ichigo —llamó Chad—. No pienso dejar solos a Galilahi y al niño demasiado tiempo, así que

más te vale que vayas trabajando en lo que sea que tienes entre manos para sacar a tu padre de

donde lo tengan secuestrado.

—Si ves que me duermo, no me despiertes —respondió alzando una mano y moviendo los

dedos en señal de despedida.

XXX

Ichimaru esperó hasta que la sala de tiro quedó completamente vacía. Revisó cada uno de los

compartimentos individuales para asegurarse de que no quedaba ningún rezagado terminando

de recoger las pistolas reglamentarias, antes de volver al último; el que había elegido para

probar el arma diseñada siguiendo sus instrucciones.

Apretó el botón y cuando estuvieron a su altura, observó detenidamente las perforaciones que

las balas normales habían dejado en las dianas utilizadas por el anterior tirador. Sólo un par de

palabras acudieron a su mente para definirlas: pobres ineptos. Los proyectiles que usaban,

aunque de buen calibre, eran fabricados también por los humanos. Para ellos resultaban fatales.

Pero para un licántropo...

No. A un lico era necesario meterle un buen puñado de ellas en el cuerpo para que comenzara a

debilitarse. Y nunca, terminarían produciéndole la muerte. Existían otras armas en el mercado

que quizá sí lo mataran pero eran demasiado pesadas o incómodas para su manejo y

transporte.

Abrió el pequeño maletín donde guardaba la pieza. Contempló el trabajo artesanal y los

proyectiles explosivos de calibre sesenta, alineados debajo, con morbosa adoración.

Cuando estaba a punto de extraerla con la reverencia que merecía, el chirrido de las bisagras

de la puerta exterior le advirtió que alguien había entrado. Cerró el maletín de nuevo

maldiciendo su mala fortuna y ocultó el arma bajo la repisa, buscando el ángulo menos

iluminado. Volvió a ponerse las gafas de protección y empuñó la reglamentaria simulando

prepararse para disparar a las dianas. En ese momento la puerta de acceso a la sala

insonorizada se abrió para dar la bienvenida a Aizen, quien caminó despacio mientras los bajos

de su sempiterna túnica se balanceaban con cada paso.

Ichimaru dejó de nuevo el arma, las gafas y la protección para los oídos sobre la repisa y se cuadró

frente a su superior.

—Señor.

—Vamos, amigo mío, no es necesaria tanta formalidad —dijo Aizen palmeándole la espalda un

par de veces—. Encontrarle no ha sido fácil. No sabía que gustara de la práctica de tiro.

—Es la manera correcta de mantenerse en forma, señor.

—Cierto y también una válvula de escape para las tensiones, ¿no le parece?

—Así es, señor —respondió intentando no mostrar nada que pudiera hacerlo desconfiar.

Aizen extrajo un arma de entre sus ropajes y la sopesó antes de estirar el brazo

perpendicularmente al rostro y apuntar a una de las dianas.

—Debería protegerse los oídos y los ojos, señor. Sobre todo los oídos.

—¡Oh! No pienso disparar y le agradecería que usted tampoco lo hiciera —añadió señalándose

los pabellones auditivos—. En realidad, jamás he necesitado nada parecido a esto para templar

los nervios. Todo cuanto he ordenado siempre ha sido cumplido a rajatabla.

—Es tranquilizador saberlo, señor.

Aizen emitió un sonido que pretendía ser algo semejante a una risa, aunque jamás se podía

estar seguro, ya que la capucha mantenía una oscuridad permanente alrededor de su rostro.

—Hasta estos últimos días. —Ichimaru experimentó una gran inquietud en su interior, como si su

estómago contuviera la quinta de las siete plagas que asolaron Egipto. Desde que lo vio

aparecer, presintió que su presencia allí, no se debía ni a la cortesía ni al azar—. ¿Existe la

posibilidad de que sepa algo acerca de la información que me ha llegado esta mañana?

—¿Qué clase de información, señor?

—Verá, mi querido amigo, esta mañana planeaba dedicar el día a cuestiones puramente

políticas. El Consejo tiene pensado reunirse en breve y necesito realizar una exposición

convincente sobre los resultados de nuestra investigación. Ya sabe a qué me refiero... —Ichimaru

asintió—. Para ello me he puesto en contacto con nuestro centro de investigación y cuál ha sido

mi sorpresa cuando me han informado sobre la desaparición de uno de los doctores

encargados del estudio de los embriones experimentales: Larsson.

Todas las alarmas se dispararon dentro de Ichimaru. Recordó el momento en que Halibel, varios

días atrás, hizo desplazar a un equipo de seguridad precisamente hasta allá con la loca idea de

que alguien había estado husmeando en su escritorio. Discutieron acaloradamente. La hembra

le montaba aquellas escenas a menudo, la mayor parte de las veces exagerando las cosas sólo

para llamar la atención y reafirmar su autoridad como familiar de Aizen. Sin embargo,

comenzaba a pensar que aquella vez, tuvo algo de razón. No obstante, la muy hija de perra no

informó de la desaparición del doctor en ninguna de las conversaciones que habían mantenido,

sin duda para forzar la situación en la que ahora se encontraba.

—Es la primera noticia que tengo al respecto, señor. No obstante, es probable que se haya

tomado algún descanso debido a la cantidad excesiva de horas que pasan encerrados allí.

Aizen estudió su rostro valorando la reacción en los gestos, para decidir si realmente decía la

verdad. Pasado un largo minuto pareció convencerse y dio un paso atrás.

—Eso fue lo que pensé. Y por eso me tomé la libertad de enviar a alguien de confianza a

indagar. Sorprendentemente no hay constancia de la salida de dicho doctor. Sólo de la entrada.

—Ciertamente es extraño, señor. Pondré un grupo de licántropos a su disposición para que

investiguen el asunto.

—Eso me complace, Ichimaru. —El tono de Aizen sugería una sonrisa de frialdad—. No obstante,

no dejo de preguntarme...

—¿Sí, mi señor?

—Si este insólito caso no tendrá algo que ver con el asalto que sufrimos la noche pasada en las

instalaciones militares de las que usted está a cargo. Ya sabe que me refiero a la central.

Justo en ese momento, las langostas que habían estado dándose un festín en sus tripas

migraron hasta su garganta.

—Señor..., yo...

—Relájese, Ichimaru —dijo aún con aquel tono frío mientras palmeaba una vez más su espalda—,

es usted un licántropo con muchísima experiencia a sus espaldas. Estoy seguro de que puede

expresarse mucho mejor que con un par de balbuceos.

Ichimaru carraspeó y tragó saliva con dificultad antes de poder coordinar dos palabras seguidas.

Si hablaba sobre la identidad del asaltante, podía considerarse muerto.

—Ya sabe cómo actúan esos rebeldes —comenzó—. Uno de ellos intentó colarse en las

instalaciones amenazando al centinela, pero pudimos repeler la intrusión antes de que se

produjera. Sólo quedó en una refriega sin importancia, no quise molestarlo con esa minucia.

Recibimos amenazas casi a diario —se excusó.

—Entiendo —dijo después de un rato, aunque Ichimaru no supo discernir si lo decía en serio—.

Halibel siempre tiende a exagerar las cosas.

—Las hembras suelen hacerlo, señor.

—De todas formas me quedaré mucho más tranquilo si investiga los hechos como si fueran uno

solo. Inmediatamente. Para descartar la posibilidad. Ya conoce el procedimiento.

—Por supuesto, señor.

—E, Ichimaru, más vale que lo que me ha contado acerca del asalto sea cierto. Para mí tampoco es

agradable tener que penetrar en mentes ajenas, pero no tengo que recordarle lo fácil que me

resultaría descubrir si me miente.

—Por supuesto que no, señor.

—Si no es mucho pedir, desearía que me acompañe hasta la salida. Estos pasillos me parecen

todos iguales.

—No faltaba más —dijo señalandole el camino para que le precediera. De ese modo pudo

recuperar el maletín y esconderlo bajo la chaqueta para no suscitar más preguntas

embarazosas.