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Capítulo X

Resolverían el enigma

La señora Martínez, desde su sitio de observación en la cocina, no podía creer la absoluta tranquilidad con la que Audrey hacía sus tareas del curso, con Sarah a un lado, haciendo algo más en una ficha de papel cartulina, compartiendo los colores y las reglas de figuras.

Desde que llegó a trabajar en esa casa, no creyó posible que alguien pudiese domar al monstruo caprichoso que era la niña, sin embargo, la evidencia estaba ahí, y la joven niñera, no conforme con una niña difícil, había adoptado a otro niño para guiarlo con los deberes. Se preguntó qué clase de truco había usado y si podría tener un efecto más permanente, porque hasta antes de su llegada, lo único que la mantenía en ese trabajo era el excelente sueldo que ofrecía la señora Templeton y era más que suficiente para mantener a sus hijos.

Tanta era la gratitud que sentía por no tener que lidiar con Audrey, que, para celebrar los días de paz en la casa, se había animado a hacer una pequeña tarta de frutas con crema montada. Tímidamente se acercó al comedor.

—¿Quieren? —preguntó.

A los niños les brillaron los ojos, asintiendo con efusividad. Sarah les pidió que primero recogieran las cosas para no ensuciar nada y se ofreció a ir a la cocina a preparar leche con chocolate para acompañar.

—¿Qué es lo que hace Sarah? —preguntó la señora cuando Audrey tomó las fichas en las que había estado trabajando.

—Un horario de trabajo —respondió John.

—Y una carta a su novio —repuso Audrey —. Dijo que no la podíamos leer.

A la mujer le causó gracia y no indagó más en el asunto, empezando a cortar las rebanadas.

Sara volvió al poco con la chocolatada, fría para compensar el clima, y le dio un vaso a cada uno, incluso se había hecho uno a sí misma.

—¿Usted quiere? —preguntó a la señora —¿O prefiere café o algo así?

Ella movió la cabeza de un lado a otro.

Los niños pronto preguntaron si podían comer en la sala para ver un programa, y como ninguna de las dos vio problema en ello, fueron hacia allá, y habiéndose quedado solas, la señora Martínez se sentó a su lado.

Sarah ya sabía que ella no trabajaba aún en la casa cuando sucedió lo Michael, pero algo debería de ser capaz de aportar.

—¿De dónde es usted? —le preguntó, luego de darle un trago a su leche.

—Honduras —respondió quedamente.

—¿Y cuánto tiempo tiene viviendo aquí? Bueno, con la señora Templeton.

—Más de un año. Una amiga de mi mamá trabajaba aquí, pero ya es muy vieja. Ella ahora vive en otro estado. Ella le habló bien a la señora de mí.

Sarah asintió, como restándole importancia.

—Esta mañana —dijo, cuidadosamente —, cuando fue a comprar, vino un policía. Me preguntó por Michael, pero usted dijo que era un amigo imaginario, ¿no?

—¿Un policía?

—Sí… Brian Rader, creo que se llamaba, dijo que volvía después. ¿Debería decirle a la señora Templeton?

La señora dudó, así que Sarah siguió hablando.

—Lo haré yo, para explicar lo que me dijo.

La mujer se convenció y fue a su pieza para sacar de la agenda el número que le habían dejado para emergencias, pidiéndole que la llamada la hiciera desde el teléfono de la habitación de la señora Templeton, de modo que los niños no la escucharan.

Sarah marcó con cuidado los dígitos, y el tiempo de espera fue agonizante.

¿Era un delito mentir al respecto de una visita policial?

Necesitaba agitar el avispero para saber en qué dirección moverse. De acuerdo con Laurent, era la única opción posible debido al poco tiempo que les quedaba, y porque aparentemente las cosas estaban tranquilas, con toda seguridad, lo que menos esperaban eran nuevas noticias. Además, si el caso estaba cerrado con el niño oficialmente muerto, la misma mujer lo diría por teléfono, lo mismo si su estatus seguía siendo "desaparecido".

Un mayordomo, o algo parecido, le tomó la llamada y le pidió esperara mientras conectaba la llamada, aunque le tomó casi diez minutos convencerlo de la indicación que tenía de "no interrumpir", eximía esas circunstancias.

—Por favor —dijo la señora con hastío al responderle —. Dime que no vas a renunciar.

—No, no es eso. Esta mañana, mientras la señora Martínez iba de compras, vino un policía, me preguntó por usted, y dijo que volvería después, que necesitaba hablar sobre Michael Ferguson.

El silencio al otro lado de la línea fue abrumador, tan aterrador y helado y Sarah no pudo contener un escalofrío.

—¿Exactamente qué te dijo? —preguntó, cambiando por completo su tono.

—Primero preguntó por usted, le dije que no se encontraba y no estaría en unos días por cuestiones de trabajo. Luego me preguntó cuál era mi relación con usted, le dije que era la niñera, naturalmente, le pregunté si quería dejarle un mensaje y hasta le pedí una tarjeta para que usted le llamara, pero me dijo que solo le comentara que hay nueva información en el caso de Michael Ferguson y que vendría después.

Nuevamente ese horroroso silencio.

—¿Cómo dices que se llama?

—Brian Rader.

—¿Audrey está ahí?

—Está en la sala. ¿Quiere hablar con ella?

—No. No quiero que le digas una sola palabra de esto, ¿entendido?

—Sí, señora. ¿Vendrá?

—¡Por supuesto que no! Tengo cosas muy importantes que atender aquí. Pero si ese policía vuelve, exígele una identificación, amenázalo con denunciarlo con su superior, y me llamas enseguida.

—Entendido.

La llamada terminó sin ningún tipo de cordialidad, y Sarah sentía un vacío en el estómago inmenso, pero no tenía tiempo que perder. Rápidamente llamó al número que le había dado Laurent.

—Ya lo hice —le dijo —. No negó la existencia de Michael, como hizo con la señora Martínez. Se alteró bastante, pero no lo suficiente como para regresar.

—Mejor aún, llamará a su cómplice a que corrobore lo que dices.

—¿Y si llama directamente a la estación de policía?

—Es una opción, pero es lo mejor que tenemos. Salgo ahora mismo para el trabajo del papá de John, esperemos que le hable de una buena vez.

—Sí. Sigo aquí con los niños. Cuídate.

—Gracias —respondió con picardía, sonándole un beso antes de colgar.

Sarah hizo un mohín. Realmente lo hacía solo para molestarla.

Regresó a la sala, los niños ya habían terminado de comer y la señora Martínez se había llevado los platos sucios.

Se sentó junto a ellos, recordándoles que no habían terminado los deberes.

Apegándose a su trato, ellos obedecieron, y eso reafirmó su determinación para ayudarlos como fuera.

John había entrevistado a su padre con un guion que ella había preparado, haciéndolo pasar por una tarea del curso, información que luego le había pasado a Laurent, y juntando dinero entre ambos, pudieron comprar una bicicleta en una tienda de empeños para que pudiera seguirlo.

Suspiró, tratando de alejar los pensamientos fatalistas que la asediaban de imaginar a un personaje tan inoportuno y escandaloso como él en una misión de espionaje. Sin embargo, confiaba en que su sentido común, su empatía por una infancia difícil y el entendimiento del peligro que corrían, le hicieran tomarse en serio la tarea.

Solo les faltaban algunas cosas de geografía, y entre los tres, consiguieron completar las actividades.

Entonces, sonó el teléfono.

—Sarah —llamó la señora Martínez —. Es el papá de John —le dijo.

Sarah, consternada, se puso al teléfono.

—Diga.

—Señorita Williams —dijo el hombre —. Lamento molestarla, pero me ha surgido un imprevisto, respondió le pagaré el extra, pero necesito que cuide John hasta las ocho que puede pasar su mamá por él.

—No se preocupe, señor —respondió, luchando por no denotar la repulsión que le causaba —. No tengo otros planes, así que veremos una película o algo.

—Gracias.

Laurent tenía razón, o al menos eso parecía, con lo que el hueco en su estómago pareció crecer.

De acuerdo con el plan, lo iba a seguir y se verían más tarde para comentar los descubrimientos. Mientras tanto, continuó con la rutina con los chicos hasta las ocho y media que llegó la madre de John, molesta y con prisa, solo se llevó a su hijo prometiéndole la paga extra al día siguiente ya que no le había dado tiempo de sacar efectivo.

Sarah, con toda amabilidad le dijo que no había problema, y solo los vio alejarse, despidiéndose de John con la mano.

¿Y si su padre iba a prisión, se quedaría solo con su madre?

Si aún con matrimonio no tenía tiempo para él, estando sola, menos lo vería.

Cerró la puerta y buscó a la señora Martínez. No le costó mucho convencerla para que la dejara salir un par de horas, le había asegurado que solo iría a ver una película, y se puso completamente roja cuando le increpó si saldría con el muchacho para el que escribía las cartas.

Le había dicho eso a los niños para no explicarles que eran sus notas de la investigación criminal, pero no se imaginó que le dirían eso a la mujer.

Ruborizada, no le quedó más que asentir.

Solo tuvo que preparar a Audrey para dormir, y mientras la metía en la cama, decidió decirle algo para que no le causara problemas a la empleada.

—Voy a salir un rato —le dijo antes de besarla en la frente —. Voy a investigar un lugar, no tardaré, pero por favor, no le des problemas a la señora Martínez, te prometo que todo va a estar bien.

—¿Y si los goblins te atrapan? —preguntó la niña con genuina preocupación.

—No voy a ir sola, Laurent me va a acompañar.

Audrey asintió, se cubrió con las cobijas y cerró los ojos.

Con una creciente ansiedad, Sarah apagó las luces, se puso su mejor chaqueta para continuar la apariencia de una cita y la bolsa cruzada metió sus notas, una linterna de mano que encontró en el cuarto de lavado y un cortacartón.

Laurent ya estaba abajo, se le notaba preocupado y ni siquiera intentó coquetear. Esa actitud detuvo a Sarah en seco.

—¿Qué pasó?

—Lo seguí hasta una construcción abandonada en el Bronx, pero… no quise acercarme demasiado. Él tampoco hizo mucho, solo merodeó. Quizás quería saber si la escena estaba asegurada.

Sara tragó saliva.

—No tienes que ir, llamaré a la policía y diré que vi a alguien sospechoso.

Sarah sacudió la cabeza.

—Si por alguna razón, no hay nada, perderemos toda credibilidad.

Laurent no parecía convencido, pero le hizo una seña para que se subiera en los estribos. Ella se aferró a su espalda, aunque no por miedo a caerse, sino porque sentía que se hundía en la más pavorosa incertidumbre, y no estaba segura sobre si sería capaz de soportar la verdad, cualquiera que fuera.


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