Albus Dumbledore cruzó la puerta de casa de Bathilda Bagshot mientras sus hermanos se saludaban como si hiciera un año que no se veían, con la rara cercanía y dulzura que Aberforth Dumbledore solo tenía con su hermana pequeña.
Y de todas las veces en las que el universo debería haber contenido el aliento un segundo, en esta ocasión, no lo hizo.
Bathilda estaba ayudando a Ariana a explicarle a su hermano sobre la ropa nueva cuando Albus Dumbledore levantó la vista y vio a Gellert Grindelwald bajando por las escaleras. Parpadeó un par de veces.
Podría haber tenido un haz de luz trasera de una ventana estratégicamente situada en lo alto del tramo de escalones y haber bajado con la gracia de una princesa en un chispeante vestido nuevo de purpurina mientras el sol dorado de un atardecer de Julio se reflejaba en sus rizos rubios dándole incluso el aspecto de un ángel con una aureola dorada alrededor y aun así la reacción habría sido la misma.
Gellert Grindelwald y su cara de preferiría que me quemaran vivo en la hoguera antes que estar aquí, mirándose las uñas con desinterés mientras Albus Dumbledore se moría de la risa.
No era algo extraño que al genio adolescente le dieran esos prontos inesperados que nadie entendía pero nadie se acostumbraba a ellos y las caras de incertidumbre casi siempre los sucedían.
Pero a Albus Dumbledore le daba igual. Sus risas procedieron y más aún cuando Gellert Grindelwald anunció primero que nada haber quedado de verse con alguien esa noche y se excusaba por retirarse pronto ante la atónita mirada de su tía.
—Pero querido... —empezó a protestar Bathilda porque estaba haciendo esto sobre todo por su sobrino y cada vez se daba más cuenta que ya no era ese niño pequeño, manejable y sumiso que nunca había sido pero que en su memoria le gustaba recordarlo.
—No puedo romper mi palabra, tía, si me hubiera dicho antes que tendríamos invitados no me hubiera comprometido.
—No se preocupe por nosotros, Miss Bagshot. Si su sobrino tiene otro compromiso anterior es natural que acuda —intervino Albus, aun con la misteriosa sonrisa de quien sabe algo que los demás no.
Gellert le miró de reojo pero cualquier persona que fuera a apoyar su causa era de su simpatía, así que hizo un gesto un poco teatral para demostrarle a su tía que hasta los invitados estaban de acuerdo.
Abeforth resopló oyéndoles de pasada mientras seguía pendiente de su hermana.
—¡Estos muchachos! —volvió a protestar Bathilda—. Te agradecería Albus que no fomentaras los malos comportamientos de mi sobrino.
—Lo lamento, Miss Bagshot, pero considero que sería inoportuno ser una intermisión en sus planes previos —intercedió Albus de nuevo.
—Pero por lo menos te quedarás a cenar, ¿no es así? —imploró Bathilda. Gellert hizo un gesto de desagrado mirando a Albus de reojo otra vez porque, la verdad, preferiría no hacerlo.
Albus sonrió de nuevo y le tendió la mano mirándole a los ojos.
—Ha sido un placer, míster Grindelwald.
Gellert vaciló un instante, porque ese gesto... tenía algo familiar, pero se la encajó de vuelta igualmente. Aunque la sonrisa de suficiencia del pelirrojo seguía crispándole un poco.
—Herr Dumbledore —saludó con un pequeño gesto de la cabeza y luego se volvió a su tía, que se deshizo en un suspiro de frustración.
Para ese momento, Aberforth fruncía un poco el ceño sin entender el proceder de su hermano mayor, aunque interiormente se alegraba del devenir de los hechos, si el tipo era tan maleducado para ni siquiera quedarse a cenar cuando les habían invitado para conocerle, pues definitivamente estarían mejor sin él.
Ariana miraba a Albus con cierta complicidad y este le guiñó un ojo sin hacer más ademán de prestar atención al rubio.
—¿Vas al menos a decirme a dónde vas? —volvió a implorar Bathilda arreglando la ropa a su sobrino en un vano intento por sujetarle y retenerle.
—En realidad... Ja. ¿Dónde está el número doce de la calle del Olmo? —preguntó Gellert, no porque no pudiera descubrirlo él solo, pero ya que su tía insistía en cooperar... Ni siquiera pensaba quedarse ahí después de saldar su deuda, pero por lo menos ahorraría tiempo.
Bathilda parpadeó unas cuantas veces y de nuevo Albus Dumbledore no pudo contener la risa.
—¿Qué?
—La calle del Olmo. El número doce. ¿Es que acaso es una dirección inventada? —insistió Gellert mirando de reojo a Albus reírse de nuevo sin entender el porqué.
—Este es el número doce de la calle del Olmo, querido. Es nuestra dirección —explico Bathilda sin entender tampoco.
El austriaco vaciló unos instantes antes de volverse a mirar al muy risueño Albus Dumbledore, entendiendo al fin qué le causaba tanta gracia. Ningún incomprensible chiste de humor inglés como alguien pudiera haber vaticinado.
—Por supuesto, tía —Gellert sonrió de nuevo con otra idea en la cabeza, dispuesto a marcharse de todos modos y Albus frunció el ceño porque esperaba que una vez el rubio entendiera la jugarreta del destino, en la que en realidad, su cita era exactamente está en la que estaba, desistiera de sus planes.
Bathilda le dio dos besos, completamente descorazonada y Gellert se dirigió a la puerta sin más ceremonia.
—¿Qué hay de eso de dar un ojo por uno del enemigo? —preguntó Albus un poco a la desesperada, en voz alta, porque en realidad tampoco quería quedarse ahí y tal vez ese tipo no había entendido aun lo que había sucedido.
—¿Un ojo por uno del enemigo? —preguntó Aberforth sin entender.
—Disculpe, Herr Dumbledore, mi inglés no es muy bueno, no entiendo bien el chiste —se disculpó Gellert sonriendo de lado, poniéndose el sombrero y haciendo un gesto de saludo hacia él antes de irse hacia la puerta dejándole con un palmo de narices.
¿Qué significaba eso? Él hasta le había comprado esos ingredientes idiotas para la poción, ¿A caso iba a dejarlo ahora colgado solo por haberse reído de la ironía? ¿O es que realmente el tipo era idiota y aún no había entendido lo que acababa de pasar?
Gellert Grindelwald salió por la puerta, sonriendo. Albus Dumbledore frunció el ceño y se fue detrás.
—Disculpe, Mr. Grindelwald, se debe haber tratado de un error de percepción, pero debo aclarar que la persona a la que tiene que ir a buscar es a mí mismo —explicó en su crispante tono paternal e hizo de nuevo el hechizo de transfiguración porque a veces había gente de verdad muy lenta.
—Disculpe, Herr Dumbledore, se debe haber tratado de un error de percepción ¿es usted siempre tan insufriblemente repelente o solo cuando le devuelven las bromas? —Gellert le miró con media sonrisa haciendo a Albus parpadear sin esperarse esa respuesta—. Espero que continue riéndose tanto ahora que le toque quedarse aquí a cenar.
—Oh, ¡vamos! —río de nuevo el pelirrojo—. Le aseguro que estoy tan sorprendido como usted de esto, en ningún modo ha estado orquestado por mí, solo me ha hecho gracia la ironía de la situación.
Gellert se humedeció los labios sin acabar de creerle, pero...
—Está bien. Hábleme de esa transfiguración —decidió volviendo adentro.
—Puedes llamarme Albus, por cierto —respondió él cerrando la puerta a su espalda.
Encontré esto por ahí mirando archivos viejos y creo que es un buen final. Tarde, pero ahí estamos.
Con Cariño, para Ángel.
