«If we'd go again
all the way from the start,
I would try to change
things that killed our love.
Yes, I've hurt your pride, and I know
what you've been through.
You should give me a chance;
this can't be the end.
I'm still loving you.»
Still loving you, The Scorpions.
-Insustancialidad-
Capítulo 10. No te puedo soltar
Cuando Guila se fue de la casa de Jericho, eran aproximadamente las tres y media de la madrugada. Tras aquellas palabras tan abstractas pero llenas de sentido que la mujer de cabellos negros le había espetado en el rostro a su amiga, se formó un silencio pretencioso e incómodo que no duró demasiado porque Guila supo cortarlo con más bromas y palabras carentes de simbolismo o indescifrable significado.
Jericho empezó entonces a recoger algunos utensilios que se habían quedado revueltos en la sala, donde las dos mujeres habían cenado y charlado juntas, como hacía mucho tiempo que no ocurría. Guila había sido su mejor amiga durante años y la había acompañado en momentos de dicha y en los que pensaba que no volvería a levantar cabeza. Sin embargo, sentía que le debía algo.
Nunca había sido una mujer de expresar sus sentimientos ni explícitamente ni con asiduidad, pero sí era cierto que tenía la sensación de que a Guila le debía explicaciones, le debía tanto por todo lo que había hecho que no sabía bien cómo devolver todo ese afecto de forma apropiada. Si incluso fue ella la que la cuidó durante su embarazo y la que llamó a Elizabeth para que le abriera los ojos sobre la existencia de su hija y sobre todo lo que sentía por ese bebé que, por ese entonces, todavía no había nacido. Menos mal que la tenía a su lado porque, si no, a lo mejor habría tomado decisiones inadecuadas y de las que, estaba segura, se hubiese arrepentido posteriormente.
Al terminar de recogerlo casi todo para que la estancia quedara lo más decente posible, se encaminó hacia el pasillo. Recordó, en ese momento, a su hermano, pues la casa en realidad no era suya, sino de él.
¿Habría logrado hacer que se sintiera orgulloso de ella? Nunca lo lograría saber, pues los muertos no pueden opinar sobre acontecimientos posteriores a su fallecimiento, pero algo, como una especie de vocecilla tenue e intermitente que residía en sus entrañas, le decía que sí. Que, tal vez, siempre lo había estado, aunque fuera demasiado exigente o severo en sus palabras y acciones para con ella. Después de todo, todos sentimos, pero no todos sabemos transmitirlo bien con palabras. Sin embargo, siempre hay algún gesto o detalle, por muy ínfimo que sea, que sabe contar nuestras emociones.
Jericho sabía que su hermano era de ese tipo de persona y ella, aunque no fuera tan cerrada como Gustaf, lo entendía. Con el paso de los años y el peso de su pérdida, lo había podido comprender. Cuando la forzaba a que rindiese lo máximo posible, no era porque pensara que no valía para ser una guerrera, sino porque sabía que, en un mundo de hombres, las mujeres siempre lo tenían más difícil para casi todo y sabía que ella, por ese hecho, tendría que esforzarse muchísimo más que cualquier ser humano que hubiese experimentado la casualidad de nacer con el género opuesto.
En el fondo, se lo agradecía. Si hoy en día era quien había conseguido ser, había sido por la disciplina basada en el esfuerzo que su hermano le había inculcado siempre. Cuando era más joven, no supo apreciarlo, pero ahora que ella misma era madre y tenía alguien a quien cuidar y por quien velar, por fin era consciente de que todo lo que había hecho Gustaf, cada acción que había decidido llevar a cabo, era por y para ella. Para que progresara, para que mejorara, para que creciera y cumpliera todos y cada uno de sus objetivos y sueños.
Para que fuera feliz.
Y en eso estaba, intentando que la encrucijada que le significaba la idea tan ambigua de felicidad no la volviera loca.
Antes de dirigirse hacia su dormitorio para descansar después de un día realmente largo —de semanas demasiado largas y cargantes, en realidad—, se detuvo en el umbral de la puerta del cuarto de Stephanie. Estaba entreabierta y una rendija de luz procedente del pasillo se colaba en el interior de la habitación, iluminando suavemente el rostro de la niña, que dormía plácidamente y, por supuesto, sin conocer la tormenta tan tempestuosa que se estaba desarrollando en el interior del corazón de su madre.
Entró para observarla mejor. Dormía con los brazos fuera de las mantas y con la cara ladeada hacia el lado derecho. Jericho sonrió. Se acercó hacia la cama y le tapó los brazos para protegerla del frío de la noche. Stephanie, al sentir un ligero roce, abrió los ojos un poco para encontrarse de bruces con el rostro de su madre.
—¿Mamá…? —preguntó la niña en un susurro quebrado mientras volvía a cerrar los ojos. Probablemente, ni siquiera recordaría ese momento al día siguiente.
—No te preocupes, cielo. Mamá ha venido a arroparte y a darte tu beso de buenas noches.
Y así lo hizo. Se inclinó un poco sobre la cama y depositó los labios en la frente de su hija con ternura, irradiando el amor tan especial que solo una madre puede ofrecer. La niña ya se había dormido de nuevo.
Salió silenciosamente de la habitación sin demasiado ánimo. Estaba cansada y no solo por las horas que eran. Estaba cansada, realmente cansada, de aparentar ser alguien que no era. O de esconderse en máscaras extrañas de una oscuridad resentida que ella no albergaba más en su corazón.
Tal vez en otros tiempos había sentido rencor hacia Ban —aunque nunca odio, de eso sí estaba segura, pero no lo pudo entender hasta esa época de su vida—, pero eso hacía tiempo que se había esfumado. Sí, era cierto que el bandido se había equivocado con ella tantas veces que ya ni siquiera podía contarlas o, más bien, quería olvidarlas, que desaparecieran para siempre de su memoria. La había hecho sufrir con sus acciones y eso ya no lo podría remediar, pero Jericho era más que consciente de que ella tampoco era perfecta y de que también había cometido errores en lo que respectaba a su relación.
Entró a su cuarto y cerró la puerta con cuidado de no hacer ruido. Esa noche había luna llena y tenía un brillo mucho más intenso que de costumbre, haciendo que la habitación se iluminara muy tenuemente, pintando las paredes y los muebles de un tono grisáceo.
Entre las sombras producidas por aquel fenómeno nocturno, Jericho se posó enfrente del espejo que tenía al lado de su cama. Se soltó el pelo y pasó sus manos por su superficie lentamente, mientras separaba las hebras de cabello, que volvían a caer sobre su cuerpo en un proceso repetitivo que decidió cortar cuando consideró que lo había acomodado lo suficientemente bien.
Se desnudó con la misma parsimonia que había tratado a su cabello lila y, cuando se despojó de toda la ropa que cubría su piel, clavó sus ojos color miel en su reflejo.
Poco quedaba ya de aquella chica engreída del pasado. Ni de la aspirante a ser lo que todo el mundo le había dicho que nunca podría llegar a ser. Ni de la Jericho que, consumida por la rabia y con el orgullo herido, había decidido tomar la sangre de Demonio Rojo para conseguir la fuerza de la que carecía. Ni siquiera de la ilusa enamorada que se fue detrás de un hombre inmortal que se iba a rescatar a su amada hadita de las garras inevitables de la muerte.
Supo que había cambiado, primero, al mirar su cuerpo desnudo, que, con la luz de la luna reflejada en él, se veía más pálido de lo que ya era de por sí. Su pelo era mucho más largo que de costumbre y a ella nunca le había gustado llevarlo así. Jamás. Consideraba que le otorgaba la femineidad de la que siempre había intentado huir y que no era nada práctico para la batalla. Sus ojos, cuyo color seguía recordándole que era hija de su madre, se habían vuelto un poco más afilados y solo brillaban cuando estaba en compañía de ciertas personas. Sus facciones eran algo más duras que antaño y los cambios de su cuerpo por las marcas de la maternidad también estaban presentes. Pero era algo que nunca le había importado demasiado. No si ese era el sacrificio para tener a Stephanie a su lado.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, erizándole el vello de todo el cuerpo en el proceso, mientras recordaba la manera pausada y cálida en la que Ban le había besado aquellas zonas de su cuerpo la tarde en la que se habían reencontrado íntimamente después de tanto cruce de reproches y de palabras disfrazadas de indiferencia.
Ahora lo entendía todo. Por fin lo hacía. Después de tanto tiempo negándose lo evidente, lo comprendía.
Cuando estaba con Ban, sus iris mieles se iluminaban como nunca, el corazón le palpitaba en la garganta como si se le fuese a salir por la boca, la piel le quemaba en demanda de su contacto y su afecto. Cuando estaba a su lado, era por fin trascendental para alguien, su propia existencia cobraba sentido; porque sí, juntos vivían, juntos eran. Y sabía que eso sería para siempre así. También sabía que no le encontraba sentido a despertarse y que no estuviera a su lado. Que lo echaba de menos cada segundo que pasaba sin su presencia. Que el único que iba a ser capaz en su vida de hacerla sentir como si le faltara el aire de dicha era él. Y no estaba dispuesta a dejarlo pasar, a que aquella oportunidad se diluyera entre todas las anteriores. Esta vez, haría las cosas bien.
Se llevó la mano al centro del pecho y descubrió que un par de lágrimas silenciosas se deslizaban por sus mejillas. Las dejó repasar el contorno de su rostro hasta que murieron en su cuello. Después, cerró los ojos y sonrió.
Sí, Jericho por fin lo vislumbró todo con una claridad tan deslumbrante que incluso la llegó a asustar. Todo lo que era, todo lo que había sido y todo lo que sería era decisión suya y de nadie más.
Con la cabeza pegada a la barra del Boar Hat, Ban miraba el líquido rubio y burbujeante que se encerraba en las paredes de cristal de una jarra cualquiera. Algunas gotas de agua resbalaban por la parte exterior del utensilio, que incluso estaba mojando a esas alturas la superficie de madera.
Lo había echado todo a perder y no le extrañaba el rechazo de Jericho en absoluto. Ya nunca podría estar con ella y tampoco podría ser un padre para Stephanie, tal y como se había propuesto desde que había vuelto a Liones y la había conocido.
Se le quebraba el alma con solo pensar que toda esa situación era su culpa; que todo el pesar que sentía Jericho en su corazón y todo el sufrimiento que la lastraba eran consecuencias de sus nefastos actos.
Se arrepentía de absolutamente todas y cada una de las decisiones que había tomado en los últimos meses. No, en los últimos años en realidad. Sin embargo, ya era tarde, pues el pasado no se puede cambiar. Y, aunque su vida estaba llena de acontecimientos insólitos —él mismo fue inmortal durante muchos años—, contra esto ya no se podía luchar. Había perdido su oportunidad de ser feliz y ahora tendría que vagar por su absurda existencia hasta el día en que su vida llegara a su fin. Y lo haría completamente solo, pero era, ni más ni menos, lo que merecía.
Todavía le retumbaban en el cerebro las últimas palabras que había podido escuchar de los labios de Jericho: que lo único que quería era ser feliz y que, si él estaba a su alrededor, nunca lo sería. Nadie sabrá nunca cuánto le dolieron esas palabras o cómo se terminó de romper su ya resquebrajado corazón cuando las escuchó.
Recordaba bien que ese día estaba completamente dispuesto a recuperarla. Se juro a sí mismo que no se iría de aquella casa sin dejarle claro a Jericho que la amaba solamente a ella, que quería pasar el resto de su vida a su lado y, por supuesto, sin que ella aceptara todo lo que tenía para ofrecerle. No le importaron las amenazas, sus rechazos o sus hirientes frases, pero verla así, desencajada de dolor y suplicándole entre lágrimas temblorosas que se alejaran para siempre el uno del otro fue el punto definitivo que le hizo decidir que no debía insistir más.
Renunciar a quien amaba no era algo fácil, pero sabía que era necesario para que Jericho pudiera avanzar. Sin él, sí, pero avanzar, al fin y al cabo. Era lo único que pedía, que ella encontrara el consuelo que su alma desgastada necesitaba y que tuviera una vida llena de plenitud, que era justo lo que merecía.
Mientras tanto, Meliodas lo miraba desde el otro lado de la barra, limpiando una jarra ágilmente entre sus manos. El movimiento infinito del trapo contra la jarra le hacía pensar mejor. Observaba sin cesar a su amigo que, abatido, suspiraba contra la barra de su taberna.
Bien sabía él lo que se sufre por amor, pues estuvo atrapado en una espiral de desesperanza y desazón amorosa durante tres mil años. Por supuesto, le dolía ver a la persona que consideraba como su hermano en esa situación, pero tampoco encontraba el valor, las palabras o los gestos necesarios para animarlo. Sabía que, dijese lo que dijese, intentase lo que intentase, no podría hacer nada para mejorar la situación de Ban. Era triste, pero también una realidad que no podía eludir.
Cuando el Pecado de la Ira escuchó la puerta de la taberna abriéndose y dirigió su vista hacia allí, casi se le cayó la jarra que limpiaba de entre las manos de la sorpresa. No podía creer a quién estaba viendo entrar al Boar Hat.
Jericho cruzó sus ojos con los verdes de Meliodas y, serena, le preguntó sin palabras si podía pasar. Él solo respondió con un asentimiento. Después, fijó la vista en el rostro de Ban, que tenía ahora los ojos cerrados y parecía hasta dormitar sobre la barra.
—Ban…
—Déjame, joder —contestó el bandido mientras giraba la cabeza hacia el otro lado para perderlo de vista, aunque ni siquiera tenía los ojos abiertos.
—Tienes visita —explicó esta vez con un tono más firme.
—Me importan un carajo las visitas.
Meliodas negó con la cabeza y vio a Jericho con los iris mieles clavados en la espalda de su amigo. Casi no parpadeaba y, en su mirada, había un brillo inusual y que le resultó imposible de descifrar. Aunque no la conocía demasiado, era consciente de que algo había cambiado en su semblante y, por lo tanto, era tiempo de que aclarara con Ban todos los asuntos que tenían pendientes.
—Bien, os dejaré solos para que habléis tranquilamente —dijo mirando a Ban, aunque sabía que él ni siquiera se voltearía para devolverle el gesto. Al acabar de hablar, giró la cabeza y miró a Jericho, quien le asintió con agradecimiento.
La mujer se movió sigilosamente hasta sentarse en el taburete de al lado del bandido. No dejó de observarlo ni un momento. Parecía bastante deprimido, incluso se podría decir que hundido, confirmándole que sí, su presencia también le hacía falta. Que no era la única que añoraba los momentos efímeros pero únicos que habían pasado juntos.
—Creía que mostrarías un poco más de interés cuando viniera a buscarte.
Las palabras y, sobre todo, la fuente de ellas, es decir, de quien provenían, lo dejaron descolocado. Se sintió completamente fuera de lugar y, por un breve instante, ni siquiera supo dónde se encontraba, quién era o quién era la dueña de esa voz que se había dirigido hacia él. Después, la realidad le cayó encima de golpe, haciendo que incluso se mareara ligeramente.
El Pecado de la Codicia se incorporó con premura, girando su cabeza con velocidad para fijar sus ojos carmesíes en los de su interlocutora, que sintió tal intensidad en ellos, que se estremeció completa.
Las miradas se fundieron, una dentro de la otra, rojizo contra miel, y el tiempo pareció detenerse en ese instante. Pero no, el tiempo seguía fluyendo, se movía y Ban no se iba a permitir perderlo, no ahora que podía ver entre las tinieblas de su soledad, no ahora que veía un resquicio de esperanza en su apagada vida.
—Jericho… —musitó en un hilo de voz. Quería materializar el discurso más largo de la historia, quería sacarse el corazón para que hablara por él y así expresar con precisión la forma tan irracional que tenía de amar a Jericho. Quería decir demasiado y no pudo articular casi palabra—. Yo… yo… —balbuceó, sin encontrar la respuesta.
La mujer de cabello lila llevó su mano hasta la de Ban, que yacía sobre la madera desgastada de la barra, y la posó allí. Ambos se sorprendieron por el gesto, por la calidez de la mano del otro y por la sensación reconfortante y electrizante que los recorrió.
Avergonzada por dejarse arrastrar por sus impulsos de nuevo —como siempre le sucedía—, apartó la mano directamente e incluso le desvió la mirada. Sin embargo, él no lo hizo y, con los ojos rezumando intriga y desconcierto, se quedó en silencio, esperando a que ella fuese capaz de tomar las riendas de esa conversación, que era tan necesaria y trascendental para ambos.
Jericho apoyó sus dos manos en la superficie de madera y entrelazó los dedos, mientras hacía pequeños círculos con sus pulgares en un gesto nervioso y miraba una botella de licor que tenía enfrente. Suspiró, cerró los ojos durante unos segundos y después los volvió a abrir, pero sin abandonar la posición que había adoptado. El movimiento de sus dedos no cesaba.
—Te mentí.
Ban, anonadado, abrió por un instante la boca para decir algo, pero nada salió. No se sentía molesto porque tampoco tenía derecho alguno de reclamar. Él había sido el primero que había mentido en esa relación que parecía estar siempre en un limbo interminable y bien sabía que era por su culpa. No le reprocharía nada, así que simplemente eligió permanecer en silencio hasta que Jericho decidiera si quería continuar explicándose.
Y por supuesto que lo haría. Estaba allí por una razón, con un objetivo en mente que ya no podía ni quería posponer más, aunque el zorro de la codicia no tenía ni idea de sus intenciones. Él la escudriñaba intensamente con la mirada, intentando descifrar por qué estaba allí y, sobre todo, por qué le había acariciado la mano de esa forma tan cariñosa si habían acabado en tan malos términos la última vez que se vieron, ya semanas atrás.
—Y creo que llevo mucho tiempo mintiéndome a mí misma también —continuó Jericho una vez que consiguió ordenar todos los pensamientos que se le cruzaban en ese momento por la mente—. Eres una persona complicada, Ban.
—Gracias por el cumplido —soltó casi de forma involuntaria e inmediatamente se arrepintió.
Sin embargo, la reacción de su acompañante no fue la que esperaba. Jericho volteó a mirarlo durante brevísimos instantes y le sonrió con dulzura. Después, volvió a su anterior posición.
—Déjame acabar —profirió con un tono de voz ligeramente divertido e hizo una pausa antes de continuar, adoptando esta vez su tono serio anterior—. Nunca supe lo que pasaba por tu mente. O lo que querías. Y en ocasiones intentaba encontrar el remedio para tus males o que pudieras alcanzar tus deseos, pero nunca lo lograba. Supongo que no te conocía lo suficiente o que tú no me tenías demasiado en cuenta, pero no te culpo. Yo sabía perfectamente a lo que me exponía al perseguir a alguien que no me iba a dar lo que pretendía. O tal vez no lo sabía en ese entonces, pero eso es solo responsabilidad mía. Cuando me enamoré de ti, no sabía qué me estaba sucediendo. Me preguntaba a todas horas cómo era posible que me pasara todo el día pensando en la misma persona. No entendía que se me acelerara el corazón al verte porque era una sensación que nunca había tenido. Y, no te lo voy a negar, me asustaba.
Ban, mientras la escuchaba atentamente, se cuestionaba por qué quería decirle todas esas cosas, hablarle del pasado. Tal vez solo quería ponerle un punto final a todo entre ellos para seguir adelante o darle la oportunidad de seguir viendo a Stephanie y que llevaran una relación cordial.
—Jericho, yo… —volvió a interrumpir— no sé adónde quieres llegar con esto. Me estoy perdiendo, si te soy sincero…
La mujer de cabello lila giró su rostro para mirarlo, esta vez para dejar allí anclados sus ojos y que por fin él pudiera entender lo que quería transmitir.
—¿No te he dicho que me dejaras terminar? Eres realmente impaciente —Ban no entendía ese trato tan amable por su parte, pero no quería hacerse ilusiones. Sabía que esta vez, ya no lo volvería a perdonar. Era lo justo. Volvería, de ese modo, a pagar por todos sus pecados. Claro que lo que no sabía era que estaba completamente equivocado—. Como he dicho antes, eres complicado, a veces he llegado a pensar que hasta imposible. Pero es que a mí me encantan los imposibles, Ban. No lo puedo evitar. Es decirme que no puedo hacer algo y me obsesiono tanto que no puedo parar hasta que lo consigo. Así lo hice cuando nadie creía que llegaría a ser Caballera Sagrada y así me pasa contigo. No te puedo soltar; nunca he podido y estoy segura de que nunca seré capaz de hacerlo —El hombre abrió los ojos todo lo que pudo. Por un momento, pensó que todo lo que estaba escuchando era una ilusión, un mero producto de su imaginación contaminada por sus anhelos, pero, para convencerse de lo contrario, alzó su mano y la llevó hasta la mejilla de Jericho para acariciarla. Todo era tan real que se empezó a abrumar por la intensidad de la situación—. Creo que… los dos hemos hecho las cosas muy mal y no quiero tomar una decisión que me mantendría segura, pero que me dejaría con las ganas de saber qué hubiese pasado si me hubiera arriesgado.
Ban comprendió. Comprendió absolutamente todo. Que ella tenía la opción de resguardar su corazón tras unos muros que no la harían sufrir más, aunque la llenaran de soledad, pero que decidía entregárselo a él, confiando en que esta vez no quedaría hecho trizas. No la decepcionaría nunca más. Dios, jamás lo haría. Se lo juró a sí mismo tantas veces que le pareció haber entrado en un bucle infinito. Sin embargo, cortó ese hilo de pensamientos rápidamente para besar a Jericho mientras le seguía acariciando el rostro. Sus labios eran más suaves de lo que recordaba y le supieron mejor que nunca.
Se inclinó sobre ella y la tomó de la cintura para, en un movimiento que la tomó completamente desprevenida, alzarla y sentarla en la barra de la taberna, mientras él se colocaba entre sus piernas y se deleitaba con sus labios.
—No me vuelvas a defraudar, Ban —pidió en un momento en el se separaron—. Esta es la última oportunidad que te voy a dar.
Él negó enérgicamente, asegurándole con el gesto que no, que ya jamás le fallaría, y ella pudo ver que en sus ojos había verdad. Por lo tanto, movió su cabeza buscando su boca para que sus labios volvieran a unirse.
Jericho, mientras sentía que los besos se volvían más demandantes y húmedos, posó su mano derecha en el cabello plateado del bandido. Por fin iba a ser capaz de construir el destino que quería y se sentía dichosa y orgullosa por haber tomado aquella decisión.
Pero todo el momento se vino abajo cuando escucharon un carraspeo proveniente de un rincón de la habitación. Se separaron con velocidad mientras Jericho enrojecía hasta las orejas por haber sido vista en esa situación tan comprometedora y Ban solo atinaba a sonreír con autosuficiencia.
—¿Sabéis que esto no es un hotel? —preguntó Meliodas con sarcasmo, pero solo para molestarlos, porque la realidad era que se sentía muy feliz de que hubiesen sido capaces de encontrar un término medio y de aceptar que se necesitaban el uno al otro.
Jericho empujó a Ban sin cuidado y se bajó de la barra del bar visiblemente abochornada. No podía ni mirar a Meliodas a la cara siquiera.
Al llegar a la puerta, se detuvo antes de irse.
—Puedes venir esta tarde a casa si quieres.
—Claro —afirmó Ban y pudo ver el rostro de la mujer que amaba girándose de forma casi imperceptible y regalándole una pequeña, pero pura sonrisa.
Cuando la vio salir del Boar Hat, Ban fijó la vista en su amigo, que lo miraba con picardía en sus iris verdes y levantaba las cejas una y otra vez. El Pecado de la Codicia se limitó a rodar los ojos con hastío.
—No te pienso contar nada —aseguró mientras se metía las manos en los bolsillos y se daba la vuelta para encaminarse él también hacia la puerta de la taberna, siendo seguido muy de cerca por Meliodas, que no paraba de insistirle que le contara los detalles de su reconciliación.
Dicen que, cuando el amor es un sentimiento verdadero y mutuo, los lazos que forma son indestructibles.
Años de relación hicieron que Jericho y Ban se comprendieran mejor, se conocieran adecuadamente, borraran sus pesares y no se guardaran rencor por los fallos del pasado. Tenían sus más y sus menos, había aspectos en los que no estaban de acuerdo, se retaban, se enfadaban y se reconciliaban, pero nunca más fueron capaces de separarse.
Explicarle a Stephanie que Ban era su padre no fue fácil, pues la niña, al principio, se mostró reticente a creerlo. Lo tuvieron que hacer con delicadeza y paciencia y, finalmente, lo consiguieron. Algún tiempo después del reencuentro en el Boar Hat y una vez que Stephanie comprendió la situación, Ban se mudó con ellas. Desde entonces, los tres habían vivido juntos como la familia que el bandido siempre soñó con tener.
Una mañana seca de otoño, había salido temprano de casa, pero, siendo la hora próxima a la del almuerzo, regresó a su hogar. Escuchó ruido procedente de la cocina y se encaminó hacia allí porque supuso que Jericho estaba preparando algo. Él era quien solía cocinar, pero como ese día tuvo que ir a atender unos asuntos, se tuvo que encargar la mujer.
Al entrar, la vio de pie, cortando algunas verduras, y la situación se le hizo perversamente familiar. La última vez que estuvieron así no podía imaginar ni de lejos que lograría construir una vida junto a Jericho. Pero, casualidad o no, suerte o no, lo había hecho.
—No lo estás haciendo bien —susurró en su oído muy bajo, acoplando su cadera contra la parte de atrás del cuerpo femenino y sujetando la mano de Jericho, que se posaba en un cuchillo.
—¿Ah, no, señor sabelotodo?
—No… Puedo darte algunas clases particulares si quieres —le dijo, esta vez un poco más alto, mientras movía la mano hacia su cabello y se lo apartaba para dejar su cuello expuesto y así poder besárselo.
—Ban… Stephanie va a venir pronto…
—No te preocupes, la escucharé antes de que…
—Joder, sois asquerosos. ¿No os podéis reservar tanto afecto para cuando estéis solos? —interrumpió repentinamente la chica, que a esas alturas tenía ya dieciséis años. Era una copia exacta de su padre y cada día que pasaba, su carácter también se le asemejaba más. Cosas de la edad.
Ban se separó de su mujer y se acercó hacia su hija. Le revolvió el cabello como cuando era pequeña mientras le sonreía con los ojos cerrados.
—No seas tan envidiosa. No es ni culpa mía ni de tu madre que el crío de Meliodas no te haga caso.
La chica enrojeció por completo. Todo el mundo le decía a Ban que su hija era idéntica a él, pero veía muchísimos gestos de su madre en ella, como por ejemplo la forma en la que se avergonzaba y sonrojaba.
—¡No te metas en lo que no te importa! —exclamó Stephanie mientras se iba enfadada de la cocina.
El Pecado de la Codicia se echó a reír con energía y se sentó alrededor de la mesa, siendo acompañado segundos después por Jericho.
—Te gusta demasiado molestarla.
—Anda ya, si estaba de broma.
Cuando ambos se callaron, se quedó mirándola y entrelazó los dedos con los suyos. Se llevó su mano a la boca para besarla.
Cada día la amaba más y estaba más agradecido por aquella oportunidad que le dio y que no echó a perder. Por que le hubiese enseñado a ser mejor hombre y un padre decente. Estaba completamente seguro de que, ahora sí, iba a ser feliz para siempre.
La vida, a su lado, ya nunca más iba a estar plagada de la insustancialidad del pasado, que en el ahora era un simple recuerdo efímero.
FIN
Córdoba (España), 26 de diciembre de 2020.
Nota de la autora:
Pues hasta aquí llega esta historia. Tenía como unos tres finales planteados, pero creí que este era el mejor y el que dejaba la historia más conectada. Espero sinceramente que os haya gustado.
Releyendo algunas partes de este fic, me he dado cuenta de que, en realidad, no hay grandes acontecimientos, pero es que he llegado a un punto de mi vida, como lectora y como escritora, en el que me importan más cómo se dicen las cosas, que qué se dice. Tal vez os haya parecido aburrido en algún momento y, si es así, lo siento.
Como siempre, me toca, por supuesto, agradecer a la gente que ha decidido leer, poner en favoritos, seguir o comentar. Me ha hecho muy feliz saber que os gustaba, de verdad. Pero, especialmente, quiero agradecer a dos personas: a Any, que, a través de kilométricos mensajes (por mi parte, porque soy una pesada xD), me recordó por qué escribía esta historia, y a Lena, sin la que la historia en sí no sería posible, ya que toda ella esta inspirada en uno de sus fics (concretamente, en Fuimos). Si no lo habéis leído aún, os recomiendo encarecidamente que lo hagáis. De hecho, muchas veces pienso que Insustancialidad es mucho más suya que mía. Yo solo me he ocupado de ordenar un poco las palabras.
Es muy curioso que yo, que llevo muchos años en una relación con una persona maravillosa, siempre hable del desamor y la soledad, cuando casi ya no me acuerdo de lo que es. Supongo que es lo mismo que le sucede a aquellos autores que escriben sobre el amor y dicen nunca haberlo experimentado. Antes no lo entendía, pero desde que me decidí a escribir, comprendo perfectamente que puedes no haber vivido algo, pero querer plasmarlo de la forma en la que crees que es.
Sobre el fragmento del principio, pues es mi canción favorita de todos los tiempos por muchísimas razones y creo que a este capítulo final le va muy bien.
Y nada, aquí me despido, con el enorme deseo de encontrar una idea para una historia de estos dos que esté a la altura de vosotras y vosotros. Espero sinceramente encontrarla porque, como siempre he dicho, soy feliz escribiendo historias sobre mi OTP imposible. Por cierto, conozco los hechos del manga, así que no tengáis en cuenta las imprecisiones, por favor.
De nuevo, GRACIAS INFINITAS.
Nos leeremos pronto.
