Capítulo XI

La decisión de Marín de Águila

—¿Deseaba verme, maestro? —preguntó Marín, acercándose.

Shion la miró sin moverse de su sitio. Al igual que todos los caballeros que habían respondido al llamado, llevaba puesta su armadura, y detrás de ella, a cierta distancia distinguió a Shaina. No pudo evitar el sonreír al recordarlas como aprendices, totalmente inconcebible que estuviesen juntas sin que Shaina empezara a buscar pelea.

—Acompáñame, por favor.

Marín entró y los soldados volvieron a cerrar la puerta.

Habiéndose quedado solos, Shion extendió la mano hacia ella, que, no sin cierto recelo, apenas posó las puntas de los dedos en su palma extendida.

—No tengas miedo.

—No lo tengo —se apresuró a responder. Sin embargo, una vez que el contacto se efectuó, ella sintió una sacudida similar a una precipitada caída. La sensación de que el suelo se desvanecía bajo sus pies la hizo sujetarse con fuerza, solo para darse cuenta de que el piso seguía ahí, aunque que no era el mármol de la cámara de audiencias, sino algo más terroso. Miró a su alrededor confirmando que no estaban en el mismo sitio y sintiéndose avergonzada de su reacción, se apartó.

—¿Este lugar es…?

—Si. Estamos en Star Hill.

Shion se dirigió hasta un atril de piedra donde colocó un viejo libro, si es que se le podía llamar como tal, al montón de hojas que apenas se mantenían juntas por un precario encuadernado. Ya no tenía pastas, y un desgarre al principio insinuaba que también le faltaban algunas páginas.

—Ahora mismo, nos encontramos en una situación como no se ha visto en siglos, milenios quizás —dijo, con su voz calmada de siempre, pero Marín creyó vislumbrar debajo de esa calma, una nota de temor, y se preguntó qué podría preocupar al más poderoso de los caballeros de la orden de Athena.

—¿Quién es nuestro enemigo, maestro? —se animó a preguntar.

—Es lo mismo que deseo saber, por eso voy a transgredir algunas reglas del universo mismo.

Marín no comprendía. Se acercó, y dado que no le indicó lo contrario, se quedó a su lado, mirando el mismo libro al que pasaba las amarillentas páginas con cierto cuidado.

No estaba impreso. Se trataba de un manuscrito en latín, con caligrafía desprolija, manchas de tinta que delataban la inestabilidad del escriba al momento de hacer su trabajo, y otras que se fueron añadiendo con los años, además de algunas figuras y diagramas. Podía leerlo, aunque ello no significaba que lo entendiera; parecían instrucciones más que algún tipo de crónica, y algunas de esas figuras le obligó a sentir mucho más que curiosidad sobre lo que pretendía hacer el Patriarca.

Le vio detenerse en una página que indicaba un trazado de cinco círculos concéntricos. Leyó con dificultad en el encabezado, debido a las letras deformes, algo como "El mensajero de Tartaria".

Shion se retiró, por lo que ella se puso frente al atril, leyendo con avidez y creciente horror, el capítulo que claramente el Patriarca pensaba ejecutar.

—¡No puede hacerlo! —gritó girándose hacia él.

Ella había sido muy cuidadosa de no llenarle la cabeza a Seiya con las historias que durante su entrenamiento a ella le contaron: teorías del reseteo de la Historia y civilizaciones antiguas imposiblemente avanzadas que se perdieron de inexplicables maneras. Había apartado tanto como pudo la ficción para contar solo los hechos de la historia que señalaban las crónicas de la Gran Biblioteca de Athena sobre el continente de Mu, Lemuria y la Atlántida.

Sin embargo, estaba en uno de los lugares prohibidos para todos los caballeros, mirando al Patriarca, el hombre más sabio, el más cercano a Athena, aquél que había ya librado dos Guerras Santas contra Hades, trazar círculos en el suelo con el aceite de las lámparas, en una terraza que debiera solo usar para mirar las estrellas y descifrar sus mensajes.

—Debo saber, debo prepararlos a todos, atacar antes de que se rompa completamente el sello. Sé que no ha sucedido aún porque si lo estuviera, por lo poco que hemos podido descubrir, el mundo ya estaría envuelto en el horror. Pero el tiempo se acaba, y ya hemos perdido mucho tiempo, Shura ha caído, Deathmask quizás no se recupere lo suficiente, perdimos la armadura de Escorpio y aún no vuelven Saga y Kanon.

Marín repitió mentalmente la última línea que había leído en aquél abominable manuscrito.

"En un espacio abierto en el centro de la ciudad se yergue el palacio de Nyarlathotep. Aquí se pueden aprender todos los secretos, aunque el precio de tales conocimientos es verdaderamente horrible".*

—Marín —le dijo con firmeza —. Hay una posibilidad de que no sea yo quien vuelva. Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo*.

Se quedó callada, absorta en el destello de lo que el Patriarca sacaba de entre sus ropajes.

Si no fuera por la máscara que cubría su rostro, seguramente el maestro de todos los caballeros habría dudado de encomendarle tan importante misión, solo de ver la lividez de su semblante.

—Esta daga tiene la sangre de Athena. No hay arma más poderosa en este mundo. Por eso debería ser suficiente como para contener lo que sea que vuelva conmigo, o en lugar de mí.

Reuniendo toda su fuerza para no temblar, Marín la aceptó. Tenía en las manos la misma daga con la que Saga había intentado matar a la infanta Athena, la que años después cumplió la encomienda de Hades.

—Una sola duda es suficiente —le dijo —. Atraviesa mi corazón. De ser necesario, corta mi cabeza.

—Maestro…

—Marín, no puedes dejar que todo el Santuario corra peligro si es que no soy yo quien vuelve.

—¡Entonces deje que vaya yo! —exclamó —¡El caballero más importante de la orden no puede ponerse en un peligro así! ¡Soy solo un santo de plata! ¡Si no tengo éxito en la misión, la pérdida no influenciaría el resultado de la guerra! ¡Pero si usted no vuelve, maestro, el ejército no tendrá líder!

Shion pasó su mano sobre su cabello rojizo, apenas tocando el motivo del águila que coronaba su frente.

—Han crecido tanto —susurró, mirándola de nuevo como a la niña pequeña que vagaba por Rodorio, preguntando por su hermano. Recordó su expresión curiosa al recibir su primera máscara, la forma en la que se esforzaba en los entrenamientos, y le daba la vuelta a Shaina para no pelear con ella. Recordó cuando le entregó la armadura de Águila, las primeras misiones que le asignó…

Hacía apenas unos años que ella se había armado de valor para trasgredir las leyes del Santuario, aventurándose a esa edificación para descubrir la impostura de Saga.

—Todos han crecido.

Shion cerró los ojos por un instante.

—Confío plenamente en tu juicio, y sé que creerán tu palabra cuando les expliques lo que ha pasado aquí.

—Maestro…

El Patriarca se apartó, entrando en los círculos concéntricos, y con una de las velas, inició el fuego. Levantó la vista al cielo. Ni en un millón de años se habría imaginado que llegaría a hacer algo como eso, pero estaba determinado a revelar la verdad sobre lo que definiría el destino del mundo…

No.

Del Universo.

Cantó la letanía que el libro indicaba, sosegando su propio cosmos para recibir la influencia abominable que las palabras adecuadas podrían provocar.

Supo enseguida que ahí recaía el verdadero horror de ese libro, que no se requería nada más que seguir unas simples indicaciones como para que cualquiera pudiese completar la invocación de una inimaginable cantidad de seres, abrir puertas, romper las leyes del universo.

Marín tembló, quiso gritar en cuanto una fuerza aborrecible, algo con una innegable malevolencia, se hizo presente en ese lugar tan sagrado, recorriendo los círculos de fuego, avivando las llamas hasta que alcanzaron una altura imposible para un combustible tan noble como el aceite.

Sujetó con fuerza la daga, resistiendo el embate del viento caliente que, de pronto, se volvió pestilente con tal intensidad que su estómago se contrajo.

No obstante, tan súbitamente como había empezado, todo acabó. Las llamas se extinguieron de forma simultánea, dejando marcas negras en la piedra. En el centro, el Patriarca permanecía de rodillas, con la cabeza caída, los brazos colgando lánguidamente a los costados y el pelo sobre el rostro meciéndose suavemente.

La noche, que había empezado clara y brillante, se había cerrado, gruesos nubarrones obscurecían todo en aquel sitio, tan lejano incluso del Santuario donde las luces de las casas de los, iluminaban vagamente el entorno.

No se aventuró a acercarse enseguida. Analizó la escena cuidadosamente, buscando cualquier indicio que le obligara a cumplir con su encomienda. Empuñando la daga con fuerza, incapaz de percibir el cosmos del Patriarca. Deslizó suavemente la pierna derecha para formar un ángulo con el cual tener un punto para iniciar la carrera.

Aguzó los sentidos.

Aun podía percibir esa detestable presencia flotando en el ambiente, y temiendo lo peor, saltó hacia el interior de ese círculo maldito, levantando la daga que asestaría un único golpe.

Entonces se detuvo, apenas su pie derecho tocó tierra, lo usó para cambiar la dirección de su impulso, retrocediendo, casi perdiendo el equilibrio.

¡Era él! ¡Podía sentir el cosmos gentil y cálido del Patriarca!

—¡Maestro!

Dejando la daga de lado, se dejó caer a su lado, sosteniéndolo entre sus brazos antes de que cayera de cara al suelo.

—No me has obedecido —susurró él.

—Lo siento —respondió, aunque lo cierto era que, no lo sentía.

—No tengo fuerzas para devolvernos. Agoté mi cosmos en mi escape, pero si no fuera porque Aioria lo debilitó destruyendo su avatar de la esfinge, no lo habría logrado.

Marín quería preguntarle de qué estaba hablando, todo había sucedido en escasos segundos y, sin embargo, parecía haber librado una batalla de mil días.

No tuvo oportunidad de nada, se había quedado inconsciente, tomó su brazo para pasarlo por sus hombros, levantándolo con algo de dificultad debido a la diferencia de alturas, acomodándolo sobre su espalda y corriendo hacia la salida, recordando a última hora, que ahí no había accesos. La última vez, había tenido que escalar la mayor parte, y hacerlo con el Patriarca a cuestas comprometía la vida de ambos.

El aire se arremolinaba en lo alto de los muros de aquel recinto, silbando con indecible horror, como un sollozo lastimero que se prolongaba angustiosamente.

Miró hacia abajo. Aun considerando que en el salto consiguiera proteger al Patriarca, ella seguramente no saldría indemne, y estando él sin fuerzas, no conseguiría volver al templo sino hasta que se recuperara lo suficiente como para ir por su cuenta.

Cerró los ojos, extendió su cosmos tanto como pudo, de vuelta al Santuario. Necesitaba alcanzar a Shaina y pedirle que le ayudara.

No tuvo que esperar demasiado, pronto distinguió el inconfundible destello de su armadura, aún en la obscuridad, y dando largos saltos, apoyándose esporádicamente con las manos, finalmente llegó a su lado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

—Tenemos que llevarlo de vuelta al templo. Pero no puedo bajarlo sola.

Shaina profirió algo parecido a un gruñido. Marín miró sobre su hombro y decidió volver por la daga dorada y el libro maltrecho, ajustándolos a su cintura con ayuda de la pañoleta que llevaba a modo de cinturón.

No sin dificultades, finalmente estuvieron abajo, y recorrieron el camino tan rápido como les era posible.

Para cuando se abrieron paso en la Fuente de Athena, antes de que pudiesen explicar nada, Mū ya estaba atendiendo a su maestro. Se le notaba agotado. De entre toda la orden de Athena, él poseía la habilidad para usar su cosmos como medio de curación más desarrollada, y había estado atendiendo a sus compañeros, al menos de la única forma en la que era posible.

Marín miró los santos reunidos.

La mayoría se había acercado al percatarse del estado del Patriarca, pero no lo suficiente como para entorpecer la labor del caballero de Aries.

Pero Shaka, aunque siempre silencioso, se había vuelto súbitamente taciturno, y aunque mantenía una postura en la que todos le habían visto por muchos años, no transmitía la solemnidad de sus lapsos de meditación, sino una vacuidad difícil de explicar, como si su espíritu se encontrase muy lejos de ahí.

También mantuvo la distancia el caballero de Piscis, aunque no era tan extraño en él, pudo percibir en su rostro una sombra de horror, o quizás una insoldable preocupación.

—Realizó un ritual del libro —dijo, como si eso pudiese ayudar en el tratamiento.

—¿Un ritual?

Marín explicó lo poco que el Patriarca le había dicho, y lo que ella misma pudo leer de aquel libro, sacándolo del cinturón.

Mū, que ya había hecho todo lo posible para estabilizar la respiración y el ritmo de los latidos del corazón de su maestro, tomó el libro, pero antes de que pudiera abrirlo, la mano de Shion lo detuvo.

—Jamás —dijo con dificultad —. Jamás lo hagas.

Marín contuvo un jadeo mientras que Shaina retrocedía, poniéndose en postura para atacar.

Aioria de Leo, Camus de Acuario, Milo de Escorpio, e incluso Aldebarán de Tauro levantaron sus guardias.

Shion, sospechando que el motivo de su reacción se relacionaba directamente con alguna marca evidente que hubiese quedado de su travesía interestelar, se llevó la mano a la cara. Enseguida volvió a levantar el rostro, notando el semblante agobiado de su aprendiz, investido con la armadura de Aries.

Mū apartó el cabello de su rostro, dejando ver con toda claridad, los pozos de infinita oscuridad en que se habían convertido sus ojos.

Shion no pudo incorporarse, pero se apoyó de Marín, que no se había movido de su sitio.

—Sé en dónde está R'lyeh —dijo —. Sé a qué clase de horror nos enfrentamos. He visto la ciudad, he visto al dios que la gobierna… y a los que están sobre de él.

Ante sus palabras, los caballeros presentes no pudieron sino acercarse y mirarlo, llenos de espanto, ya no solo por el pago que había hecho por ese conocimiento, sino porque no eran capaces de imaginar lo que había visto, qué clases de visiones superiores a las que ellos habían tenido, y que él había enfrentado en tan solo ese breve tiempo.

—No ganaremos en una batalla, no hay forma. Ellos no son como los dioses a los que nos hemos enfrentado, no son como nada que siquiera hayamos imaginado. Pero podremos devolverlos a su sueño por miles de años más.

—Maestro —la voz de Aioros rompió el aterrador silencio en que se habían sumido —¿Qué es lo que debemos hacer?

—Ir al mar, cerrar la gran puerta y volver a hundirla. No hay tiempo que perder, creo haber visto también a Athena muy cerca de ahí.

—¿Y qué mierda estamos esperando?

Sin poder evitarlo, todos giraron la vista hacia Deathmask. Se había vuelto a poner su armadura, y aparentemente era capaz de sostenerse por su propio pie, aunque Afrodita pronto notó algo en su postura que revelaba que no era la fuerza de sus piernas rotas lo que le mantenía erguido, sino su habilidad para sostener su cuerpo mediante su cosmos.

—Death…

—¡Cállate! —gritó el caballero de Cáncer, sin dejar que Afrodita acabara de decir lo que pensaba —. Mū, ayúdame a llevarnos a todos a donde sea que tengamos que ir.

El caballero de Aries le miró con una expresión tan azorada como el resto, por aquella determinación que rayaba en la necedad, sin embargo, asintió. Era la primera vez, incluso desde su estallido frente al muro de los lamentos, que el cosmos de ese caballero resplandecía con tal intensidad. Tocó la frente de su maestro, obteniendo la información que necesitaba y luego la compartió con los demás.

—Pero esta localización la hemos obtenido de esos dioses —dijo Milo —¿Cómo sabemos que no es una trampa?

—No es como si nos quedaran muchas opciones —respondió Mū —. El tiempo se acaba, mira las estrellas, se comportan de forma extraña.

—Estaremos bien si lo hacemos sobre la altura estimada —explicó Deathmask—. Una caída de un par de metros cualquiera podría librarla, y evitaríamos quedar atrapados en alguna de esas infernales columnas.

—Aun así —dijo Mū, poniéndose de pie, levantando a su maestro, apenas consiente, para llevarle a su habitación —, el Patriarca no puede, ni debe, levantar las barreras que limitan nuestra habilidad. Tenemos que salir de los límites del Santuario.

—¿Qué hay del anciano maestro? —preguntó Aldebarán —¿Cómo podremos darle aviso sin tener que extender nuestros cosmos, exponiéndonos al ataque de Cthulhu o a revelarle la información que ya tenemos?

—Tatsumi —susurró Marín —. Podemos llamar a Tatsumi —repitió levantando levemente la voz.

Los caballeros la miraron como si no comprendieran de lo que hablaba.

—Bajaré a Rodorio, puedo buscar al chico que recoge la correspondencia en Atenas, debe tener alguna línea de comunicación con él.

—Aioros —susurró Shion —. Temo que deberás tomar el sitio que hace años te ofrecí.

El caballero de Sagitario agachó la mirada.

—Haré todo lo que esté en mi poder para cumplir esta tarea, y regresar a todos con bien.

Mū y Marín llevaron al Patriarca a sus aposentos, dejándole recostado en la cama.

—Marín —dijo Shaina deteniendo a su compañera en el pasillo, luego de que dejara a los caballeros a solas—. Yo iré a Rodorio. Tú quédate con el maestro, justo ahora, está vulnerable.

—Pero Shaina…

—Si tú vas a Rodorio yo tendré que quedarme con él, y no confío en mí misma como para no hacer una imprudencia.

Al darse cuenta de que su compañera sostenía la empuñadura de la daga dorada, aún en su cintura, Marín comprendió que ella no creía que de verdad el Patriarca hubiese salido indemne de lo que fuera que hubiera sucedido.

—Sé que puedes sentirlo —continuó —, esa sombra debajo de su cosmos.

Sin darse cuenta, Marín de Águila había adoptado una postura en la que sus hombros se notaban levemente caídos, aun con la armadura.

—Te dio una orden directa. Por el bien del Santuario, vas a tener que cumplirla.

Sin decir más, Shaina se alejó por el pasillo, empezando a correr a medida que se acercaba a la puerta. Poco después, Mū le dio alcance, poniendo la mano sobre su hombro.

—Marín —le dijo —. Por favor, quédate con él.

Ella asintió.

—¿Qué debo hacer cuando los caballeros de bronce no resistan más la orden de acuartelamiento? O si se dan cuenta de que Athena fue sola. Ya deben de sospecharlo, es cuestión de tiempo antes de que irrumpan preguntando por ella. No voy a poder detenerlos.

Mū sabía que ella no se refería a todo el rango de bronce como una generalidad, sino a un grupo muy específico que jamás, desde que se les entregaron sus armaduras, habían sabido obedecer una orden, incluso de la misma Athena.

—Envíalos a enfrentar a los ejércitos de nuestros enemigos.

Ambos giraron la vista, Aioros caminaba hacia ellos.

—Es tiempo de que se muevan también. Aun considerando que nosotros tengamos éxito en la misión, quedarán esos seguidores dispersando el culto, multiplicándose a la espera de una nueva oportunidad de consumar su ritual de despertar. Solo espera a que nosotros nos vayamos para asegurar que ninguno nos siga.

Marín aceptó un pergamino que le entregó, desenrollándolo para ver su contenido.

Se trataba de una lista de nombres separados en grupos, de los caballeros que habían atendido el llamado del Patriarca, y que, desde hacía unos días, se mantenían en el Santuario.

—Shaina se llevará un grupo de soldados a Egipto para acabar con los seguidores de ahí.

Un jadeo por parte de Mū interrumpió al caballero de Sagitario, este solo agachó la mirada, en la que Marín vio la más profunda de las penas.

—¿Maestro? —preguntó, refiriéndose a él como el sucesor designado por el Patriarca.

—Advierte a Shaina que esos seguidores, a diferencia de la semilla estelar y los profundos, son humanos. Aioria y yo acabamos con las otras criaturas, de cualquier forma, es prioridad sofocar a los adoradores.

Marín comprendió entonces la reacción de ambos caballeros. Miró a uno y otro, esperando que dijeran algún tipo de limitación o petición, sin embargo, solo hubo silencio.

Era la primera vez que ella escuchaba algo tan extremo como ir en contra de humanos.

—Sorrento dejó a nuestra disposición las embarcaciones de la compañía de Julián Solo, además del avión y por supuesto, están también los transportes de la compañía de Athena. Eso evitará que los caballeros se desgasten en el viaje, y acortará su tiempo de llegada ya que ninguno posee la habilidad de teletransportarse. Los que no están en esta lista, protegerán el Santuario. No podemos asegurar que no intentarán atacarnos, aunque parece que no pueden dejar sus puntos de culto mientras el ritual no se complete. Si tienen éxito interrumpiéndolos, eso nos ayudará a nosotros también. Y en cuanto Saga, Kanon y Sorrento lleguen, comparte con ellos nuestra ubicación. Si se trata de una trampa, al menos los tendremos en la retaguardia.

Aioros acortó la distancia, entonces Marín se dio cuenta de que, además del pergamino, llevaba algo más con él.

El hueco en su estómago, que había empezado a formarse desde que comprendió las intenciones del Patriarca Shion, y que no había hecho más que crecer a medida que la noche avanzaba, se volvió un verdadero incordio, obligándola a hincarse.

Sintió las manos del caballero retirándole la diadema que ostentaba el símbolo del águila. El contacto la hizo estremecer, y agradeció la presencia de la máscara para que ninguno de los dos notara el temblor de sus labios, aunque no estaba segura de que no fuera todo su cuerpo el que se estremecía.

Aioros colocó el casco del Mochuelo, el símbolo de su cargo como Jefa de Estado Mayor*.

Los dos soldados en la puerta de los aposentos del Patriarca se inclinaron con gran reverencia.

Marín de Águila se irguió nuevamente mientras que Aioros pasaba por sobre sus hombros una capa roja, asegurándola de las hombreras de la armadura.

No se le ocurría algo que pudiera decir. No podía pensar en absolutamente nada.

Juntos, los tres regresaron a la sala de audiencias, en donde los santos dorados esperaban el momento de partir.

El susurro de Aioria de Leo, llamándola por su nombre, fue lo único que se escuchó antes de que la orden inclinara levemente la cabeza, en aceptación del cargo.

—Aquí están los pergaminos que cada uno de nosotros ha escrito sobre nuestros primeros encuentros —dijo Aioros señalando una larga mesa —. Asegúrate de que cada grupo lea el que les corresponde según su misión.

Luego se giró hacia Aldebarán de Tauro, el más cercano a la puerta.

—¿Puedes, por favor, llamar a la guardia que está afuera?

Aldebarán asintió, abriendo la inmensa puerta con una sola mano.

El grupo de soldados apostados en el corredor, se apresuraron a entrar, arrodillándose apenas se percataron de la concurrencia en el salón.

—Marín de Águila —dijo Aioros —, es ahora la Jefa de Estado Mayor.

Luego se giró hacia ella, que solo apretó los puños antes de dar su primera orden.

—Requiero la presencia de todos los caballeros de plata y bronce que se encuentren en el Santuario.

Sin rechistar, los soldados emprendieron la carrera.

—Es hora de irnos —repuso Aioros.

La orden dorada pasó a su lado, pero Marín no giró la vista ni consideró despedirlos, así como ellos mismos ni siquiera intentaron persuadir a Deathmask que había llegado apenas consiente por el dolor de sus heridas, o a Milo, que no tenía armadura. No quería mirar sus espaldas alejándose, siendo posiblemente la última y definitiva vez que los vería.

Habían decidido salir por un acceso secreto detrás de la cámara del Patriarca, de modo que no pudieran encontrarse con nadie. En silencio, apenas escuchó que la puerta se cerraba, caminó hasta el asiento que presidía la sala, tocando con la punta de los dedos los brazos de madera tallada.

Tal como esperaba, Seiya fue el primero en cruzar la puerta, sin esperar, sin llamar y sin reverencia alguna.

—¡Marín! —gritó —¡Dime por favor qué es lo que está pasando!

Fue Shiryū de Dragón quien le detuvo, antes de que corriera hacia ella.

—¿Deseaba vernos, maestra? —pregunto, haciendo deferencia al cargo que ahora ostentaba.

Ella asintió quedamente para enseguida darle las indicaciones sobre el sitio al que tenía que dirigirse y lo que tenía que hacer, entregándoles los pergaminos escritos que les correspondían según sus grupos.

—Perdón —susurró tímidamente Shun —. Pero es que a mí no me ha nombrado.

—Porque no irás. El Patriarca ha decidido que permanecerás en el Santuario, para protegerlo en caso de ataque.

Para cuando llegaron el resto de los caballeros, Marín les entregó las asignaciones que les correspondían, y no podía culparlos por su escepticismo. Nunca, desde la era del mito quizás, se había escuchado de algo parecido a los monstruos que describían esos pergaminos.

—Es que es imposible —dijo Hyōga, incapaz por completo de imaginar una criatura como la que leía.

—¿Vas a dudar de la palabra de tu maestro?

La voz de Marín era inflexible, lo que acalló las preguntas que pudieron seguir a eso.

—¡Váyanse ahora! ¡No hay tiempo que perder!

Solo permaneció el grupo que iría con Shaina de Ofiuco, quien llegó apenas los últimos se fueron.

—¿Por qué se están movilizando todos? —preguntó.

—¿Hablaste con el mensajero de Tatsumi?

—Sí. El muchacho estaba justo a la entrada del Santuario, los imbéciles soldados no lo dejaban pasar. Tatsumi ya tiene las últimas coordenadas del yate de Julián Solo, el anciano maestro partió hace tres horas para encontrarse con Athena.

—¿Saori ya está con nuestro enemigo?

Sobresaltadas por la voz de Shun de Andrómeda, ambas miraron al joven caballero.

—Esta guerra es completamente diferente a cualquiera que hayamos librado —dijo Marín —, o que haya librado cualquier generación previa.

—¡Señora! —gritó un soldado corriendo hacia donde estaban —¡Abrimos la puerta porque escuchamos mucho ruido! ¡El maestro! ¡Tiene que verlo!

Sin esperar explicaciones, los tres corrieron de vuelta a los aposentos del Patriarca.

—Pero ¡¿qué les pasó a sus ojos?! —preguntó Shun horrorizado.

En tan solo el tiempo que les había tomado organizar las batidas, Shion había provocado un caos en su habitación. Entre los muebles destrozados, había hojas de papel dispersas en todos lados. Marín tomó una, era su letra, y lo que estaba escrito, una reproducción en griego del texto que él hubiese leído en latín.

—No está muerto, ni yace solo —decía Shion entre murmullos —Yog-Sothoth… no hay manera…

—¡Maestro! —grito Marín, sin embargo, fue Shaina la que saltó sobre de él cuando le vio blandir la pluma con la que escribía como si fuese un cuchillo apuntando a su propia garganta.

Por un momento pareció que había logrado atraparlo con las piernas, no era su intención atacarlo, sino inmovilizarlo, sin embargo, usando su poderosa habilidad de teletransportación, él se movió en el preciso instante en que casi lo tenía, haciendo que Shaina siguiera el trayecto de su impulso chocando contra una columna, aunque usó esta de apoyo para girarse y caer de pie.

Las cadenas de Andrómeda atraparon a Shion cuando este volvía a aparecerse, esta vez detrás de Marín, tratando de tomar la daga dorada, aun en su cintura, y aunque volvió a usar la misma técnica para alejarse, Shun de Andrómeda haló hacia sí las cadenas, regresándolo al sitio que ocupaba antes.

—Lo siento mucho, maestro —le dijo —. Pero a donde usted vaya, las cadenas irán también.

—Nyarlathotep reina en Sharnoth, pero mi imprudencia lo ha invitado…

Y enseguida pronunció una serie de palabras que no parecían ser más que un amontonamiento de letras sin sentido.

"Pues aquel que atraviesa el umbral siempre lleva una sombra consigo, y ya nunca vuelve a estar solo".

—¡Marín! —gritó Shaina apretando los dientes —¡El maestro te lo pidió! ¡Andrómeda, no lo sueltes!

—Marín —dijo Shun sin estar muy seguro —. Hay… algo más. Puedo sentir su cosmos a través de la cadena, pero no puedo verlo… es horrible, jamás había sentido algo así.

Marín cerró los ojos, concentrando su cosmos, tratando de hacer contacto con el del maestro para calmarlo, para obligarle a luchar. Pudo sentirlo, suave y distante, como si se estuviera hundiendo en un pozo sin fin. Sin embargo, pudo alcanzarlo.

—La sangre de Athena — murmuró Shion, apenas con fuerza, dejando de forcejear con las cadenas —. Su sangre puede —pero se desvaneció.

—¡Su sangre puede expulsar lo que sea que esté con él! —exclamó Shun —¡Pudo hacerlo con Hades en mi cuerpo!

—¡Pero Athena no está en el Santuario! —dijo Shaina.

Marín se llevó la mano a la cintura, tomando la empuñadura de la daga dorada.

—Maestro —dijo —ayúdeme.

En un último esfuerzo, el cosmos de Shion estalló, entonces, los tres observaron con toda atención, algo que nadie nunca debería ver.

Entre las hermosas cadenas de Andrómeda, resplandecientes como su constelación guardiana, no solo estaba el cuerpo del maestro Shion, tal como el caballero de bronce había dicho, había algo más: una monstruosidad amorfa e infernal, más negra que cualquier sombra que tuviera cabida en la realidad, se encontraba prendado al Patriarca. Sus ojos, si es que eso eran, destellaron como brazas ardientes. Una boca asquerosa y deforme se abrió profiriendo un alarido que no escucharon, en cambio, de la boca del maestro, aquella que solo tenía palabras amables y para infundir valor, pronunció unos gritos carentes de todo sentido.

Sin más dudas, Marín asestó una puñalada, reuniendo todo su cosmos en ese único ataque.

La fina hoja de aquella daga dorada pasó muy cerca del cuello de Shion, hundiéndose en aquella sombra. El Patriarca volvió a gritar, pero en ese grito, su voz poco a poco recobró la nota humana.

Shun abrió las piernas, tensando las cadenas en cuanto estas se agitaron, y encendió su cosmos tanto como le fue posible para apoyar el golpe que había dado la maestra de Seiya.

Shaina se puso en postura, pero no lanzó su golpe, sino que unió su cosmos a Marin para empujarla.

Por un instante, los tres creyeron escuchar voces, susurros que parecían provenir del cosmos mismo, y aunque no las entendieron, no les quedaba duda de que se trataba de sibilantes blasfemias.

Hubo una explosión que arrojó a Shaina y Marín hacia los muros, mientras que Shun solo pudo sujetarse con fuerza de las cadenas. Escucharon gritar a los soldados, al otro lado de la puerta, pero que igualmente habían sentido el impacto.

Shun cayó al suelo de bruces, con las cadenas rotas y opacas, y la daga dorada se tornó negra mientras giraba en el suelo.

Shion, ahora libre, solo pudo poner una mano al frente para detenerse a sí mismo.

—Maestro —llamó Marín incorporándose, con los trozos de su máscara cayendo al suelo, revelando sus ojos acuosos.

Shion giró el rostro levemente, y ella no pudo sino suspirar con alivio, sus ojos ya no eran horrorosas fosas negras, volvían a denotar la calidez de su alma. Sin embargo, la batalla lo había agotado, y cayó inconsciente al suelo.

Comentarios y aclaraciones:

*Citas de "El libro negro de Alsophocus".

*La palabra que usaron en el anime, significa más como jefe de personal, creo que en el doblaje latino usaron Primer Ministro, o Jefe de Estado Mayor, en todo caso, es el cargo que en el anime le dieron a Gigas, en tiempos de Saga/Arles, y es el que se encarga de hacer funcionar el Santuario si el Patriarca no puede (o no quiere). Tiene bastante sentido el cargo si lo piensan detenidamente, sobre todo en tiempos de guerra que, en este caso, además sucede que el Patriarca viejo (Shion) está incapacitado, y el nuevo (Aioros), está en el frente de batalla.

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¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.

Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!

Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.

¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto

¡Gracias por leer!