CAPÍTULO 24
Era la primera vez que veía la cabaña de él que también era la casa de invitados. Para ser Pembroke House una propiedad tan extensa, la cabaña era muy pequeña, aunque muy cómoda pues tenía de todo, de todo salvo servicio. Candy iba a entrar por sí misma cuando Albert la cogió entre sus brazos y cruzó el umbral con ella. Un minuto después la dejó en el suelo en el interior del salón. Ella no sabía qué hacer con las manos ni con la vergüenza que sentía. Candy miró a su alrededor y le pudo la curiosidad: comenzó a indagar estancia por estancia. La cabaña tenía un total de cuatro dormitorios, una amplia cocina pegada al patio. Había un total de dos baños. Las paredes estaban empapeladas de un gris perla suave que se veía realzado por los muebles de cerezo. Las alfombras grandes y mullidas le parecieron soberbias.
—Es muy cómoda —le dijo sincera.
Albert la miró con una media sonrisa en la boca, y con el hombro apoyado en el marco de la puerta. La observó con detenimiento: estaba preciosa examinándolo todo. El corazón se le encogió dolorosamente.
—Podrás hacer algunos cambios cuando regresemos, siempre que te apetezca pasar un tiempo en este lugar.
Candy suspiró.
—¡Está demasiado cerca de Pembroke House! —dijo espantada—. No me sentiría muy cómoda tan cerca de tu familia. Además, está demasiado lejos de Battlefield.
Albert no se inmutó.
—Es lo suficientemente grande para vivir los dos con comodidad hasta que reforme Little Ribston. Espero que esté habilitada para cuando regresemos.
Candy se tensó.
—¿No viviremos un tiempo en Battlefield? Solo hasta que mis hijos acepten mi nuevo matrimonio.
Albert hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No pienso vivir en la misma casa de tu esposo fallecido.
Albert se había propuesto hacerle olvidar a su esposo, su anterior matrimonio, y para lograrlo tenía que alejarla de todo lo que le recordara a Michael Warren.
— Little Ribston es una preciosa propiedad, y podrás decorarla a tu gusto.
Ella se quedó pensativa.
—Ya veremos qué hacemos en el futuro.
Albert siguió mirándola sin perder la sonrisa.
—Me gusta cuando me incluyes en tus planes.
Candy cerró la boca y lo miró con una advertencia al comprender el doble sentido de sus palabras. Ese demonio de Albert era demasiado guapo: embriagaba sus sentidos.
—¡Ni te imaginas los planes que tengo para ti!
Albert aceptó las palabras de ella como una invitación. Se fue acercando y Candy comenzó a retroceder al mismo tiempo. Se le notaba la alarma reflejada en los ojos. Estar cerca de él era sumamente peligroso para su estabilidad emocional.
—¡No te acerques más!
Albert desoyó sus palabras. Candy alzó una mano que se quedó pegada al pecho de él involuntariamente cuando alcanzó la distancia que lo mantenía separado de ella.
—¡No te haces ni una idea de lo loco que me vuelves! —Candy intentaba con la palma de su mano mantenerlo a distancia, pero no lo conseguía.
—Tenemos que hablar seriamente.
Albert comenzó a intimidarla con su altura.
—Soy capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo.
Ella ya no podía retroceder más, su espalda había llegado a la pared.
—¡Entonces eres único en tu género!
—Es lo primero que me sedujo de ti: tus respuestas rápidas —dijo él divertido.
Candy no pudo callarse:
—¡Basta! ¡No puedo pensar!
Albert le mostró una sonrisa depredadora.
—¡No quiero que pienses, solo que sientas! —le dijo con una voz pesada, grave.
La boca de él se deslizaba por su cuello buscando el lóbulo de su oreja, mientras su mano subía por la espalda hasta encontrar la base de su nuca. Candy echó la cabeza hacia atrás para permitirle de forma inconsciente el acceso a su cuello. Albert aprovechó al máximo la oferta de ella y siguió en su exploración. Sus besos eran deliciosos.
—Tengo que hacerte una advertencia —soltó Candy entre gemidos.
—La advertencia ya te la hice yo —respondió él muy creído de sí mismo.
—Si sigues intentando seducirme aquí de pie y de día —le costaba hablar: él le hacía perder el control—, te lo haré pagar muy caro. ¡Soy una dama no una vulgar mesonera!
Albert separó la boca del cuello de ella y la miró sin comprender.
—Estoy deseando hacerte el amor… —afirmó aún aturdido por las sensaciones que le provocaba su perfume—, lady escándalo.
—No vuelvas a llamarme así —le ordenó. Albert se separó apenas unos centímetros para escudriñarla mejor. Candy estaba muy seria.
—Fuiste muy hábil manejando tus cartas. Eres un duro negociador —le dijo en un tono frío—. Pero necesito tiempo antes de compartir intimidad contigo. Tengo que acostumbrarme a estar casada de nuevo.
Las cejas de él se alzaron interrogantes, Candy se escabulló de sus brazos.
—No vas a impedir que te haga el amor ahora, y cada vez que lo desee.
—¿No vas a tener en cuenta mis sentimientos?
—No, te deseo, me deseas, y lo demás no importa.
Candy pensó la respuesta un momento:
—Estoy encinta, necesito tranquilidad.
—Vas a tener un hijo, no estás enferma… Ella lo cortó.
—Por favor, Albert, te lo ruego, concédeme al menos unos días hasta que me acostumbre a ti.
Albert la miró excesivamente serio.
—Te deseo demasiado.
—Y yo que te cría un caballero —Candy negó nuevamente con la cabeza.
—Lo soy, pero eres mi esposa, y no pienso tolerar que me rechaces.
Ella suspiró profundamente.
—Me has ido llevando a tu terreno mediante la manipulación. Deberíamos concedernos un tiempo, ser amigos, antes de intimar.
Albert cruzó los brazos en el pecho y adoptó una pose amenazadora.
—No quiero ser tu amigo sino tu amante —dijo él terco, como si no hubiera comprendido lo que ella había dicho o como si no la hubiera escuchado.
Candy parpadeó suavemente. Ya sabía que él no cedería en ese asunto, pero lo que Albert ignoraba era lo acostumbrada que estaba ella a tratar con caprichosos.
—¿Quieres un poco de té?
Albert abrió la boca por la sorpresa cuando la vio dirigirse hacia la cocina y comenzar a abrir todos los armarios en busca de la infusión. La siguió como un perrito faldero.
—¿No puedes hablar en serio? ¿Quieres té, y no hacer el amor?
—Apenas he comido en el banquete —hizo una pausa—. Y nuestro hijo tiene que alimentarse.
—¿Me estás utilizando? —ella se giró para mirarlo incrédula.
—Eres el rey de la manipulación, ni loca soñaría con estar a tu altura.
—Sabes que te deseo.
Candy encogió los hombros con indiferencia mientras ponía en una tetera el té. Luego alcanzó dos tazas de un estante superior: escogió para sí la que tenía una vaca pintada, la del sapo verde se la dejó para él. Al fin alzó el rostro y lo miró.
—Yo deseaba muchas cosas, y las has obviado en tu propio beneficio.
Albert siguió mirándola con un ardor mal disimulado.
—No voy a ser tu amigo por más que te empeñes.
Candy le obsequió una de sus mejores sonrisas.
—Eres mi esposo, y los esposos esperan hasta que sus esposas están preparadas para tener intimidad —no dijo nada más.
Tomó la bandeja del té y se dirigió con pasos suaves hacia el salón. A mitad del pasillo se volvió para preguntarle.
—¿Me acompañas, lord Andrew?
Albert siguió parado. La miraba atónito, mientras ella le daba nuevamente la espalda y se dirigía con total libertad al salón. La siguió con la duda dibujada en el rostro.
Había minimizado el poder de respuesta de Candy. ¿En qué lugar del camino se había convertido la víctima en verdugo?
