Capítulo 25
Me llamo Rebecca Green
—Oh dios, me va a explotar la cabeza —Dana salía de su habitación completamente somnolienta.
—Buenos días —saludó Rachel con una enorme sonrisa desde la cocina.
—¿Ya estás despierta? Un momento, ¿qué ha pasado con los globos? —cuestionó descubriendo como todo el salón permanecía limpio.
—Michael hizo un enorme ramo con los que han sobrevivido, y creo que se los ha regalado a un chico en la calle.
—¿Habéis limpiado?
—Ajam…
—¿Y Michael también?
—Sí, cuando me levanté había comenzado a limpiar, y yo le he ayudado.
—Oh dios, ¿por qué lo habéis hecho? Yo iba a hacerlo.
—Bueno, acéptalo como regalo de cumpleaños.
—Oh dios. Lo siento, de veras, te debo una —le dijo tomando asiento en uno de los taburetes, mientras volvía a llevarse las manos a la cara, y a quejarse por el malestar que la sacudía.
—Me la puedes pagar ahora.
—¿Ahora? No sé si estoy en condiciones de poder hacer algo ahora mismo, Rebecca. Me va a estallar la cabeza.
—Oh, no. Tranquila, no tienes que hacer absolutamente nada.
—¿Entonces?
—He visto que tienes un bote de mermelada completamente nuevo. ¿Te importa que me la queda? Aun no pude ir a comprar nada para mí.
—Toda tuya. Pero, ¿necesitas el bote entero?
—Ajam…Estoy preparando un picnic. Mañana tendrás tu mermelada.
—¿Te vas?
—Sí, quiero ir a pasar el día en el parque.
—¿Sola?
—Eh…no, espero ir acompañada.
—Mmm, ¿has conocido a alguien? —cuestionó divertida.
Pero aquella pregunta no recibió respuesta alguna al verse interrumpida por la aparición en escena de Quinn, que al igual que Dana, aparecía adormilada en el salón. Sin embargo, no lo hacía desde su habitación, sino desde la de Rachel.
Dana se sorprendía al verla salir, y lanzó una mirada hacia la morena, que comenzaba a percatarse de lo que sospechaba la chica.
—No es lo que parece —señaló a la chica de modo amenazante.
—¿Rebecca? —cuestionó.
—Hola Quinn.
—Hola Quinny— saludó Dana en tono burlón.
—Dana, ¿ya estás despierta?
—Sí, me he levantado para limpiar todo esto. Lindsay y Janis se fueron casi al amanecer.
—Uff, te compadezco. Esto debe de ser un desastre, ¿verdad? —espetó completamente apática.
—Pues resulta que no. Nuestra querida compañera Rebecca, y Michael, lo han limpiado todo.
—¿Qué? ¿Es eso cierto? —se dirigió a Rachel.
—Ajam.
—¿Por qué? No tenías que haber limpiado nada. Eso es cosa de Dana, es ella la culpable.
—Bueno, empezó Michael, yo solo me limité a ayudarle.
—Ahora tendré que pagárselo a ambos, aunque tú y yo ya estamos en paz con la mermelada, ¿Ok? —advirtió Dana divertida.
—Yo ya estoy pagada —respondía Rachel con una sonrisa.
—Ok, será mejor que vaya a ducharme antes de que aparezca míster perfecto. Ese si que me va a reclamar cosas cuando me vea.
—Hey —Quinn no dudó en detenerla antes de que abandonara su asiento—, tú y yo tenemos una conversación pendiente.
—Lo sé. Cenamos esta noche. ¿Ok? Esta tarde voy a ir a visitar a mis padres.
—Ok.
—Bien, pues me voy a la ducha… —añadió lanzando una última mirada de reojo a Rachel, que, en ese instante, guardaba el dichoso bote de mermelada en la pequeña cesta que estaba preparando. Quinn no dudó en ocupar el lugar que había estado usando Dana.
—Quinn —susurró Rachel tras ver como Dana ya se colaba en el baño—. Tengo que avisarte de algo.
—¿Malas noticias tan temprano? Deberías esperar a que al menos me tome un café.
—No, no son malas noticias, tranquila. O eso creo. Es por Dana.
—¿Qué pasa con ella?
—Pues que te ha visto salir de mi habitación, y su cara ha sido todo un poema.
—Oh… Ok. Lo siento.
—¿Lo sientes?
—Sí. Intuyo que lo dices porque seguro que habrá imaginado algo que no es, ¿verdad?
—Ajam…
—Pues tranquila, yo me encargo de explicarle que no ha pasado nada. Sabe que cuando bebo, necesito tener algo de compañía… Por, por los vértigos, ¿ya sabes? —se excusó.
—Oh, ok. De todos modos, no te lo he dicho porque a mi me preocupe, precisamente. Solo para que supieras que probablemente te iba a cuestionar por ello.
—Bien, bien. Gracias por el aviso —murmuró sin saber muy bien como actuar. Tanto que Rachel lo percibió rápidamente, y quiso zanjar cualquier duda que le pudiera surgir por ella. Que Quinn la buscara para tener compañía, sin importar el motivo por el que la necesitara, y no tuviera dudas en acudir a ella, era primordial para cumplir su objetivo. E
—¿Has dormido bien?
—Eh…sí. Gracias por acompañarme.
—Ha sido un placer. Es agradable dormir acompañada —soltó a consciencia—. Yo también llevo mucho tiempo durmiendo sola.
—Entonces, me alegro de haberte pedido ese favor.
—Yo también me alegro de que cuentes conmigo, aunque lo que realmente importa es que estés bien. ¿Lo estás?
—Sí…bueno, digamos que estoy más tranquila —balbuceó abrumada por el cariño con el que la estaba tratando.
—Es un paso.
—Si, lo es, sin duda.
—Ok. ¿Y qué te parece si hacemos algo para que además de estar tranquila, te sientas mejor?
—Pues sería un gran punto a tu favor si consigues que encuentre la forma de estar mejor.
—¿Qué vas a hacer hoy?
—Mmm, pues no lo sé, supongo que estar por aquí. Es domingo, y los domingos son para vaguear por casa, ¿no es cierto?
—Sal a la terraza.
—¿A la terraza? ¿Para qué?
—Sal, solo es un segundo.
Quinn se mostró dubitativa, pero terminó haciendo caso y se acercó hasta la terraza, donde permaneció unos segundos esperando, y luego regresó al interior.
—¿Qué se supone que tengo que hacer?
—¿Has notado la temperatura que hace?
—Eh…sí, calor. De hecho, demasiado, pero es lógico estando en junio.
—¿Qué te parece pasar el día en el parque, conmigo?
—¿Qué? —se sorprendió.
—Me dijiste que me acompañarías a conocer la ciudad y hoy es el día perfecto, domingo, soleado y caluroso. Y una buena oportunidad para no pensar en nada y empezar a sentirnos mucho mejor. ¿Qué dices?
—No lo sé.
—Vamos Quinn, me gustaría pasar el día en algún lugar al aire libre, no aquí encerrada. Y si es contigo, mejor que mejor. Quiero redimirme por lo de anoche.
—¿Redimirte? ¿Por qué? Soy yo la que tiene que pedir disculpas por mi actitud.
—No, créeme, yo sé de lo que hablo —masculló sabiendo perfectamente que quien necesitaba redimirse no era Rebecca, sino Rachel.
—Pero…
—Quinn, no me pongas excusas. Solo necesito un sí o un no, nada más.
—Ok…ok, nos vamos al parque. Pero déjame que me prepare.
—Perfecto, tienes tiempo hasta que llegue Michael con nuestro transporte, y va a ser pronto. Además, yo estoy preparando un picnic, así que…
—¿Transporte? Iremos en Taxi, ¿no?
—Tú prepárate, vamos. Ah, y si puedes, ponte deportivas… —le dijo invitándola a que le hiciera caso. Y Quinn, aun con las dudas acompañando cada movimiento que realizaba, terminó accediendo a su petición. Ni diez minutos tardó en estar lista. Cuando regreso al salón principal, Rachel ya la esperaba sentada en el sofá, dando un último repaso a la cesta de picnic que había preparado.
—No tengo ni idea del plan en concreto, pero espero ir vestida para la ocasión —dijo esperando la respuesta de Rachel, que no tardó en sonreír al verla.
—Estás perfecta. ¿Esas zapatillas son cómodas?
—Sí, lo son.
—Pues eso es lo más importante.
—Ok. Ahora necesitaría ir al baño antes de marcharnos. ¿Dana sigue ahí dentro?
—Si, pero no te preocupes. Tenemos que esperar a que llegue Michael.
—Michael está a punto de llegar —dijo Quinn tomando asiento en uno de lo sillones,
—¿Cómo lo sabes? ¿Te ha escrito?
—No, pero puedo oír el ascensor.
—¿Qué? ¿Has escuchado el ascensor desde aquí?
—Ajam… ¿Tú no puedes oírlo?
—Pues, pues no…
—Yo sí. Y si además estoy en la habitación a solas, lo percibo mucho más. Por las noches sé cuantas veces lo toman los vecinos.
—¿Hablas en serio?
—Sí. ¿Por qué te sorprende tanto?
—No sé. ¿Es, es un superpoder tal vez?
—No. Es una de las pocas cosas buenas que puedes sacar cuando pierdes un sentido tan importante como la vista. Potencias el resto —respondió sonriente, justo cuando el sonido de las llaves las distrajo, y Michael accedía al apartamento tal y como Quinn acababa de presagiar—. Ahí está —susurró provocando que Rachel, mas que sorprenderse, comenzara a preocuparse. Que Quinn fuese capaz de percibir todas esas cosas, no era lo más seguro para ella. Menos aún después de la noche pasada, en la que creyó ser la reina del sigilo.
—Hola chicas —Michael no tardaba en aparecer en escena, y Quinn volvía a abandonar su asiento.
—Hola Mike —respondía recibiendo un beso del chico.
—¿Aun no se levantó Dana?
—Sí, está en la ducha.
—Ok…Le tengo que decir un par de cosas. Toma Rebecca, aquí tienes las llaves del candado de la bicicleta. La he dejado en el hall.
—Ok, gracias.
—¿Bicicleta? ¿Para qué quieres una bicicleta? —cuestionó Quinn confundida.
—Pues para lo que se necesita una bicicleta.
—¡Hey tú! —exclamó el chico al ver aparecer a Dana envuelta en la toalla.
—Ah…hola. ¿Qué tal? Oye, gracias por limpiar todo esto, pero no tendrías que haberlo hecho.
—¿Qué hacías con mis calzoncillos? —interrumpió la conversación de la chica.
—¿Qué? —cuestionó un tanto aturdida.
—No me vengas con eso, ¿sabes la cara de imbécil que se me quedó esta mañana cuando veo en Twitter una foto tuya con el hashtag chica en problemas?
—¿Qué?
—Oh dios —susurró Quinn.
—No puede ser cierto —masculló Dana.
—Tranquila, tengo una prueba gráfica para que recuerdes todo lo que parece que no pretendes recordar de tu fiesta —le dijo Michael mostrándole una fotografía desde su teléfono.
—Oh dios mio. ¿Quién diablos hizo esto? —se lamentó al verse a si misma en mitad del pasillo en calzoncillos, y con una botella de vino en la mano.
—Pues no lo sé, pero no busques culpables en otros. Eres tú.
—Mierda…mierda, mierda —se lamentó completamente enfadada—. Si ven esto en la redacción, estoy perdida. ¿Tienes que ayudarme?
—¿Yo? Ni hablar, es tu responsabilidad.
— Vamos, eres mi chico y eres policía, tienes que poder hacer algo.
—¿Tú chico? —interrumpió Quinn completamente sorprendida.
—Ok. ¿Puedes acompañarme a la habitación? Me gustaría hablar contigo allí —esgrimió Michael ignorando el comentario de Quinn. Y Dana asintió sin más.
—¡Hey! Dana, ¿qué diablos está pasando? —insistió Quinn.
—Luego hablamos, Quinn —le respondió la chica cerrando tras ella la puerta de la habitación.
—¿Están juntos? —cuestionó Rachel igual de sorprendida, ya a solas en el salón.
—Créeme, estoy tan confusa como tú.
—Ok. Quinn, ¿tenias que usar el baño antes de marcharnos? No quiero que se nos haga tarde.
—Cierto… Ok. No tardo —se excusó segundos antes de colarse en el baño. Y no tardó. Unos cinco minutos después, tomaban el ascensor dispuestas a llevar a cabo el plan improvisado de Rachel para aquella soleada mañana de domingo. Un plan al que Quinn había accedido sin más, a pesar de las dudas que le generaba.
—Quinn, ¿conoces la ruta bicicleta 95? —preguntó justo cuando el ascensor las llevaba al hall de entrada.
—Eh…sí, ¿por?
—¿La has recorrido alguna vez en bicicleta?
—Pues sí, pero solo por el Golden Gate Park.
—Eso es lo que me interesa. Llega hasta ese parque, ¿verdad?
—Sí.
—Ok.
—¿Qué ocurre? ¿Es por eso por lo que Mike te ha conseguido una bicicleta? ¿Quieres hacer esa ruta algún día?
—Algún día no, hoy… Y no voy, mejor dicho, vamos a salir en bicicleta.
—¿Qué? —cuestionó sorprendida en el mismo instante en el que abandonaban el ascensor.
—¿Has montado alguna vez en tándem? —preguntó sin perderla de vista.
—¿Tándem? —balbuceó— Rebecca, ¿no estarás pensando que yo…?
—Hoy es un buen día para pasear en tándem —interrumpió acercándose a la bicicleta, que tal y como le había indicado Michael, permanecía a buen resguardo en el interior del edificio.
—¿Qué?
—Vamos a ir al parque en tándem, Quinn.
—No, no, espera. ¿Estás de broma?
—No. Claro que no. Aquí está —le dijo tras deshacerse del candado.
—No me lo puedo creer. ¿Eso que suena es el tándem?
—Sí. Toma, aquí tienes tu casco —le respondió tras colocar la cesta de picnic en un soporte delantero de la bicicleta, y disponerse a sacarla al exterior.
—No, no espera —la detuvo al ser consciente de que era real. Que lo que tenía entre sus manos era un casco para bicicleta, y que el sonido de las ruedas y la cadena, correspondía justamente a eso, a una bicicleta—. ¿Cómo vamos a ir en tándem? Rebecca, te recuerdo que estoy ciega.
—Ya, por eso precisamente es un tándem. Yo voy en primer lugar y tú solo pedaleas.
—No, no, ni hablar…
—Vamos Quinn, nos vamos a divertir… No seas aburrida.
—¿Divertir? Lo que nos vamos es a matar.
—Bueno, al menos morimos divirtiéndonos —se burló, pero la broma no surtió efecto en Quinn, que mantenía el gesto preocupado—. Vamos, prometo que te lo vas a pasar bien.
—Ay Dios, ¿de verdad quieres ir en eso hasta la costa?
—Sí, así voy viendo la ciudad. Solo son 5 millas, Quinn. Y la ruta es segura.
—¿Te has estado informando?
—Claro. No la he hecho nunca, pero sé perfectamente como es.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto?
—Pues, unas horas. Lo cierto es que se me ocurrió esta noche, mientras dormíamos… Bueno, mejor dicho, mientras tú dormías.
—¿No has dormido?
—Sí, claro. Pero tú lo hiciste antes que yo, y siempre me cuesta un poco conciliar el sueño. Así que pensé en esto. Y esta mañana, le comenté a Michael si podría hacerlo, y enseguida me dijo que me conseguía el tándem.
—Rebecca, esto suena a plan improvisado, y los planes improvisados…
—Siempre son los mejores —la interrumpió—. Vamos, colócate el casco.
Dudó de nuevo, a pesar de que la orden que le acababa de dar sonó irrefutable.
—Ok, estoy bajo tu responsabilidad, ¿me oyes? —amenazó al tiempo que se colocaba el casco, ante la divertida mirada de Rachel, que ya se posicionaba junto a la bicicleta.
—Quinn, dame la mano —le dijo invitándola a que se acercara—. Confía en mí, ¿ok? —añadió aferrándose a su mano para llevarla directamente hasta el manillar de la bicicleta, para que pudiera guiarse hacia el lugar que debía ocupar—. Ya puedes subirte.
—¿Estas sujetándola?
—Sí, tranquila, vamos sube.
Quinn lo hizo. Con mucho cuidado y algo de temor, consiguió posicionarse sobre su sillín, aferrándose con fuerzas al manillar.
—Ok, yo ya estoy lista. ¿Tú lo estás?
—Sí, pero…Vamos por el carril bici, ¿no?
—Claro. Pero primero salgamos de aquí. ¿Preparada?
—Dios, si existes, por favor, cuídanos —susurró provocando una mayor sonrisa en Rachel, que, sin dudarlo, dio un pequeño tirón para poner en funcionamiento el divertido vehículo, y pronto comenzó a pedalear, con Quinn tratando de seguir el ritmo.
—Lo tenemos, Quinn —espetó—. Éste es el ritmo. ¿Ok?
—Ok…—respondía completamente tensa, con el miedo colapsando cada uno de sus músculos y nervios.
Un miedo que poco a poco comenzó a ceder conforme sentía como avanzaban, y nada parecía interponerse entre ellas.
Era extraño. Podía sentir como todo se movía a su alrededor, y, sin embargo, no tenía el tan temido vértigo por no poder ver lo que sucedía. Saber que la morena iba delante de ella le regalaba esa tranquilidad que necesitaba para comenzar a disfrutar de aquella actividad, algo que Rachel se encargó de lograr mientras iba comentando todo cuanto veía a su alrededor.
El ruido de la gente, de los coches, se mezclaba con la agradable temperatura, con el sol que sentía directamente sobre ella, y su voz. La voz de Rachel Berry convertida en Rebecca Green. Daba igual que no viese, de haberlo podido hacer, probablemente habría cerrado los ojos para imaginarse con ella.
—¿Vas bien?
—Perfectamente. ¿Y tú?
—Mejor que nunca. Creo que estamos llegando, ¿no es cierto?
Market Street, Laguna Street, Haight Street, Webster Street y la gran Geary Boulevar hasta llegar a Sutro Heights Park, desde donde tomaron la famosa Ruta 95, y desde donde ya podían observar el inmenso océano pacifico frente al parque elegido.
—¿Algún lugar concreto del parque? —preguntó al tiempo que observaba como la playa aparecía a su derecha mientras paseaban.
—Cualquier punto es bueno, pero procura que haya sombra.
—Ok, aquí a la derecha, hay una gran explanada con césped, y se ve la playa. Creo que puede ser un buen lugar para el picnic.
—Perfecto. Te recuerdo que estoy a tu disposición. Tú eres la capitana —soltó provocando el que había sido el primer y único percance que tuvieron durante todo el trayecto.
No lo pudo evitar. Fue escuchar aquel apelativo, y a Rachel se le escapó el pie del pedal, llegando a perder incluso el equilibrio, y provocando un balanceo que logró detener a tiempo.
—¡Hey! —exclamó Quinn tras percibir el traspiés.
—Lo, lo siento. Lo siento, Quinn —le dijo deteniéndose por completo.
—¿Estás bien? ¿Qué ha sido eso?
—Una… Una pierda —se excusó mintiéndole, de nuevo—. Una piedra en el camino.
Ni piedra ni nada. Fue el "capitana" que con el que Quinn la llamó, lo que provocó su error. Un apelativo que Quinn había utilizado en multitud de ocasiones para dirigirse a ella cuando ambas estaban en Nueva York, siendo de hecho, una de las pocas muestras de cariño que le profesaba en público. Algo que Rachel asumía como propio, como un código entre ellas. Entre Quinn y Rachel. Sin embargo, en ese instante era Rebecca quien estaba allí con ella. E, incomprensiblemente, los celos llegaron a sacudirla.
—Ok. Hemos estado a punto de caernos…
—No, no, Quinn. Está todo controlado. Siento, siento el susto —masculló visiblemente nerviosa. Gesto que Quinn percibió—. Bien, estamos en el lugar. Vamos, bájate con cuidado.
Quinn siguió el consejo de la morena, y tras abandonar la bicicleta, esperó pacientemente a que Rachel la acomodase en uno de los aparcamientos de bicicleta que había en aquel enorme parque, situado frente a la playa.
Apenas pasaron un par de minutos desde que consiguió dejar la bicicleta en un lugar seguro, hasta que llegaron a la zona que Rachel había elegido.
—¿Te parece bien aquí? —cuestionó lanzando una mirada a su alrededor.
—Eh…Bueno, no es que tenga demasiada elección —respondía mientras se sujetaba al brazo de la morena.
—Tenemos a los vigilantes justo detrás, y el mar a unos 100 metros. Además, apenas hay gente a nuestro alrededor.
—Ok, parece que es perfecto. No noto el sol.
—No, estamos protegidas por los árboles.
—Entones, es perfecto —dijo, y Rachel accedió a preparar la zona, extendiendo una gran manta sobre el césped, y colocando la cesta y los bolsos de ambas sobre ellas—. Oye, esto es impresionante —lanzó una mirada hacia el mar—, tenemos que venir a la playa otro día. ¿Ok?
—Ok, podrías haber dicho que querías venir hasta este parque, y nos habríamos puesto ropa de baño.
—Sí, lo había pensado, pero hoy me apetecía algo más tranquilo.
—Pues este lugar es ideal para relajarte —dijo al tiempo que tomaba asiento en la manta—. Oye, ¿qué traes en la cesta? Tengo hambre.
—Pues he preparado sándwiches, y también he traído algunos trozos del pastel de Dana, patatas, zumos y algo muy especial que quiero que pruebes.
—¿El qué?
—Esto —espetó sacando una pequeña cajita y permitiendo que pudiera sostenerla entre las manos—, son galletas. Las he comprado en el Brooklyn ésta mañana. Me ha dicho que es una nueva receta.
—¿Nueva? Pues quiero probarlas ya. Si son de María, seguro que están riquísimas.
—Sí, yo las he probado antes. Son de chocolate, pero es un chocolate para vegetarianos. Están deliciosas —espetó entregándole la caja para que se sirviera.
Sin embargo, Quinn, lejos de tomar una de las galletas y degustarla, se mostró pensativa al tiempo que realizaba la acción. Un sabor, un recuerdo que rápidamente inundó su mente, y la teletransportó de nuevo a una época en la que compartía gran parte de su tiempo junto a Rachel. Otro más. Otro recuerdo más.
—¿Te gustan?
— Oh dios, Rachel…
—¿Estás bien? —preguntó sorprendida al oír su nombre, aunque apenas fue un balbuceo.
—Eh sí. Sí, claro. Es increíble.
—¿Qué? ¿Qué es increíble? —masculló temerosa.
—Estas, estas galletas me recuerdan a otras que probé hace años. Dios, había olvidado este sabor.
—Oh… Vaya —murmuró realmente sorprendida. Efectivamente, aquellas galletas que había podido degustar esa misma mañana, cuando fue a visitar a María para comprar algunos pasteles, le recordó a las famosas galletas que ella tanto adoraba. Las dichosas galletas de los boyscouts que la llevó incluso a enfrentarse a ellos, cuando estuvieron de acampada en el Lago Hope. Ella las recordaba, siempre lo hizo, y aunque tenia la intuición de que Quinn también lo haría, no pudo evitar sorprenderse al verla reaccionar tan rápido, cuando apenas le había dado un pequeño mordisco.
—¿No te recuerdan a otras galletas?
—Eh…No —mintió—. Hoy las probé por primera vez.
—Están deliciosas. Dios, es genial —añadió de nuevo sin poder contener la ilusión—. Es como volver al pasado…
—Pues me, me alegro que te traigan buenos recuerdos. Porqué es bueno, ¿no?
—Sí, sin duda.
—Ok. Bien, me alegra que así sea… Oye, ¿has dicho que esas galletas son de…Rachel? —cuestionó dispuesta a llevar a cabo el plan por el que había decidido acudir aquella mañana al parque.
Todo lo sucedido la noche anterior, provocó un sinfín de pensamientos en la morena, que veía como Quinn estaba dispuesta a lanzarse a los brazos de Rebecca por pura diversión, pero su corazón parecía perfectamente ocupado.
En un principio, cuando le confesó que seguía enamorada de alguien que había dejado en el pasado, la imagen de Jacob rondó por su mente. Pero tras aquella llamada recibida en mitad de la noche, la discusión, el enfrentamiento que terminó con ambas llorando, y un "te echo de menos" por parte de Quinn, que congeló su corazón, las dudas por ser ella quien seguía ocupando su corazón, lógicamente no tardaron en aparecer en Rachel.
—Eh…sí, si —respondía cambiando su gesto.
—Esa Rachel, es la chica con la que me comparas, ¿verdad?
—Sí.
—¿Qué es de ella? Quiero decir, me comentaste que hacía mucho tiempo que no la veías y que ni siquiera hablabas con ella, pero estás continuamente mencionándola.
—Es inevitable, realmente hablar contigo es como si estuviera haciéndolo con ella. Lo, lo siento.
—No, no lo sientas.
—Sí. Es… Dios, no puedo parar de pensar en ella cada vez que hablo contigo. Si al menos pudiese verte, pues la imagen sería distinta.
—Vaya…Discúlpame si me meto demasiado en tu vida, pero… ¿Tanto daño te ha hecho esa chica para que le trates así? Porque veo que, a pesar de no querer hablar de ella, la tienes muy presente en tu vida. No sé, es extraño.
—Se acostó con mi novio —soltó sorprendiéndola. Rachel no esperaba en absoluto que fuese a contar exactamente lo que había sucedido entre ellas.
—Oh… Ok. Tal vez no haya sido buena idea preguntarte.
—La verdad, bueno…Uff.
—Va olvídalo, no quise que te sintieras mal.
—No, no es eso —se lamentó—, lo cierto es que necesito hablar con alguien sobre ella, o voy a terminar volviéndome loca.
—¿No hablas con Santana o Dana?
—No, no, Dana ni siquiera la conoce, y San, bueno, ella no la soporta. Hablarle de ella es molestarla.
—Ok. Entonces, si lo necesitas, puedes hablar conmigo —fue directa—. Quiero decir, yo voy a ser totalmente imparcial —trató de no darle importancia—. ¿Quieres zumo?
—Sí, gracias…—respondía al tiempo que recibía una pequeña botella por parte de la morena— Es extraño hablar de ella con alguien a quien apenas conozco y por quien…
—¿Por quién qué? —interrumpió tras ver como Quinn se detenía.
—Bueno, no creo que sea lógico que después de lo que sucedió anoche entre nosotras, yo te hable de esto.
—¿Por?
—Te dije que me gustabas y tú, bueno, supuestamente a ti también te gusto.
—Sí, pero también me dijiste que estabas enamorada.
—¿Y no te importó?
—Quinn, ya te dije que yo no pensaba enamorarme de nadie.
—Ok, bueno la verdad, la verdad es que la razón por la que te dije que yo no me iba a enamorar es precisamente por esa chica.
Silencio. Rachel no pudo hablar, y guardó silencio por algunos segundos en los que la observaba abrir la pequeña botella de zumo, y beber de él, sin darle importancia a lo que acababa de confesarle. Algo que ella, a pesar de desear, no era capaz de asimilar. No después de tantos años.
—Ella, ella es la culpable de que yo no pueda involucrarme sentimentalmente con nadie —añadió tras el sorbo de zumo.
—¿Estás enamorada de ella? —masculló Rachel sintiendo como la saliva quemaba en su garganta, y el pulso provocaba un leve temblor en su voz.
—No lo sé —respondía rápidamente—. Rachel, Rachel siempre ha estado en mi vida. Cuando éramos compañeras en el instituto, cuando fuimos amigas, cuando nos peleamos. No sé, ella siempre ha estado ahí y ahora, después de tres años alejándome de ella, pues no puedo decir que esté enamorada, pero sí sé que está ahí…Y por tu culpa, ahora está más que nunca —se lamentó.
—¿Por…por mi culpa? —balbuceó aun con la impresión de escuchar aquella confesión.
—Sí, por tu culpa, porque ya te he dicho que tu voz, tu forma de expresarte me recuerda a ella muchísimo… De hecho, incluso —se ruborizó—, incluso tus besos me hicieron recordarla.
—¿Mis besos? Pero…Si dices que hace tres años que no la ves. ¿Cómo es posible?
—No, no hace tres años de eso. De hecho, solo la besé un par de veces, y fue hace más de seis años —respondió recuperando la sonrisa.
—¡Oh! —exclamó— ¿Y aún podrías reconocerla por un solo beso?
—Pensaba que no, pero parece que sí.
—Ok, eso no me lo esperaba. Es, es increíble.
—Sí, lo es —respondía completamente pensativa.
—Oye… ¿Y cómo es eso de que se acostó con tu novio?
—Bueno en realidad no es tal cosa, quiero decir, yo creía que sí había hecho eso, pero hace poco me enteré que no llegaron a nada.
—¿Y no te dio explicación entonces?
—No se lo permití.
—¿Por qué?
—Fue extraño, ella, ella siempre me decía que mi ex tenía fama de mujeriego, que no le mostraba confianza, y yo no le creía. Hasta que lo vi con mis propios ojos…en su apartamento.
—¿Pero estaban…?
—No, no, pero el simple hecho de estar allí y bueno, la situación era extraña y yo, no sé, yo creí que si había sucedido y no le dejé que se explicara. Simplemente me alejé de ella.
—Y si ahora sabes la verdad, ¿por qué no hablas con ella? ¿No quieres volver a tener su amistad al menos?
—Esa es la razón por la que anoche terminé llorando en tu cama —confesó sorprendiendo de nuevo a Rachel. Seguía sin asimilar que Quinn le estuviese abriendo su corazón a una supuesta desconocida, y mucho menos con aquella facilidad—. Anoche le llamé. No sé por qué lo hice, solo sentía que debía de hacerlo. Quería escucharla y…Terminé culpándola de nuevo de todo. No puedo evitarlo.
—¿Y ella te pidió disculpas?
—Si y no. Ella, ella me explicó todo, pero yo no podía aceptarlo por culpa de mi orgullo, y al final fue ella quien terminó mostrándose orgullosa conmigo. Algo lógico, de hecho. Yo jamás habría suplicado tantas disculpas como lo ha hecho ella —espetó completamente apenada.
—Quinn, ¿me estás diciendo que hace 3 años que no hablas con esa chica por culpa de tu orgullo, y te lamentas por ello?
—Pues sí, básicamente sí —respondió bajando la cabeza.
—Ok, acabo de descubrir que la chica que me parecía perfecta, no lo es —replicó Rachel tratando de eliminar la tensión.
—Nunca he sido perfecta. De hecho, cuanto más me conozcas, menos perfecta me verás.
—Ok. Vamos a ser claras. ¿Te gustaría arreglar la situación con esa chica?
—Siento curiosidad por saber cómo está, por hablar con ella… Pero no sé si podré superar este orgullo.
—Quinn, me has dicho que sabes que lo que sucedió entre esa chica y Jacob no fue nada. No es justo que dejes que el orgullo de haberte equivocado, te haga perder algo que deseas —fue tajante.
Pero la certeza con la que Rachel habló, no sirvió de mucho para Quinn, que desde hacía varios segundos permanecía completamente en shock tras escuchar como había mencionado el nombre de su ex novio.
—¿Has dicho Jacob?
Rachel se mostró confusa.
—Eh…sí, es así como se llama, ¿no?
—Sí, pero… ¿Cómo lo sabes?
—¿Cómo lo sé? Como quieres que…—se detuvo. Rachel fue consciente en ese instante de su error. De que Quinn no había mencionado el nombre del chico en ningún momento— Eh…Es así como le has llamado —trató de sonar convincente.
—¿Yo? Yo no le he mencionado.
—Sí, sí que lo has hecho. Has dicho; Rachel me decía que mi ex, Jacob, era un mujeriego —mintió—. Al menos es lo que he creído escuchar.
Quinn se mostró completamente confusa, tratando de recordar el momento exacto en el que había mencionado al chico, pero no lo conseguía. De hecho, pronunciar nombres era algo que ella siempre evitaba.
—De todas formas, eso no es lo importante, lo importante es que sabes que no sucedió nada entre ellos, y tu orgullo no te permite volver a mantener relación con alguien a quien extrañas, ¿no es cierto? —añadió tratando de evitar un mal mayor.
—Eh…si, bueno básicamente es eso—respondía aun aturdida.
—¿Por qué no le vuelves a llamar?
—¿Ahora?
—¡No! —respondía con rapidez— Ahora no. Ahora, ahora prefiero que me dediques a mí tu tiempo —añadió procurando sonar convincente—. Digo en otro momento.
—No…no lo sé, no creo que sea capaz de hablar demasiado. Me cuesta expresarme por teléfono, y cuando lo hago, me arrepiento.
—Queda con ella. Quizás cara a cara puedas expresarte mejor. Además, seguro que esa chica está como loca por volver a hablar contigo.
—No lo sé, después de lo que me dijo anoche, creo que solo espera que yo me disculpe. Y me temo que eso no va a suceder —se mostró tajante.
—¿Has pensado en intentar hablar con ella sin tratar ese tema?
—¿Cómo?
—Sí, quiero decir…A veces lo peor que puedes hacer es sacar una y otra vez el motivo que te lleva a hacer lo que no quieres. Quizás sea el momento de pasar página y tratar de hablar con ella sin hablar del conflicto.
—Eh, espera… Pretendes que después de 3 años sin querer saber nada, la llame y le diga…Hola Rachel, pues nada, estaba aquí tranquilamente sentada en el sofá y me he dicho, voy a llamarla para saber que tal está —ironizó.
—Sí, puedes hacerlo.
—¿Qué? ¿Estás de broma?
—No.
—Pero eso no tiene sentido alguno.
—Quizás para esa chica sí. Mira, yo he tenido multitud de discusiones con mis amigas, y cuando ninguna de las dos nos poníamos de acuerdo, pues simplemente cambiaba de tema. Esperaba unos días, y cuando todo parecía en calma, la llamaba, hablaba con ella de cualquier otra cosa, y la relación volvía a ser la misma…Apuesto a que, si haces eso, te funciona. Si esa chica te acepta las llamadas después de tanto tiempo, es porque también quiere hablar contigo, aunque no esté dispuesta a pedirte perdón otra vez.
—Me estás diciendo que cuando me apetezca hablar con ella, la llame y simplemente le diga que quiero hablar sin mencionar nuestro problema, ¿de veras?
—Pues no sé, podría valer. O tal vez sacarle otra conversación. ¿A qué se dedica esa chica?
—Es actriz…
—Ok, pues le llamas y le dices, hey, acabo de ver una peli que me ha recordado a ti. ¿Qué tal estás?
—Ya…claro.
—Quinn, con ese "ya…claro" y tu inseguridad, no se solucionan los problemas. No hay nada que te impida intentarlo.
—No quiero hacer el imbécil.
—Ok…No insisto más, es tú vida y haces lo que creas conveniente, pero, es una pena que pases los días recordándola, y no hagas nada por volver a hablar con ella —hizo una pausa—. Espero que no suceda nunca, pero piensa que la vida es corta y que quizás algún día cuando te decidas, no exista la opción de hacerlo.
Frío.
Eso fue lo único que sintió Quinn tras aquella última sentencia de la morena. Un frío que recorrió todo su cuerpo al imaginar un mundo sin Rachel.
Durante aquellos años, a pesar de no haber mantenido contacto, de no querer saber nada de su vida, Quinn sabía perfectamente que Rachel se encontraba bien.
El primer año en el que estuvieron separadas, Rachel no desistió en su intento de recibir el perdón por su parte a base de llamadas, de mensajes y correos electrónicos que Quinn, recibía, leía y jamás respondía. Mas tarde llegaron las llamadas anónimas, que, aunque solo aceptaba una de tres, siempre lo hacía para asegurarse de que era ella, y su voz seguía siendo la misma.
Quizás no era mucho, pero era suficiente para saber que la morena seguía con su vida en Nueva York. Pero aquella referencia de Rebecca realmente le llenó de temor.
Aquellos tres años sin haber recibido señal alguna de Rachel, habrían sido un completo suplicio, algo que no habría podido soportar bajo ningún concepto. Si había algo que no estaba dispuesta a aceptar, era eso.
"Piensa que la vida es corta y que quizás algún día cuando te decidas, no exista la opción de hacerlo"
Aquellas palabras resonaban en su mente mientras la morena acababa con su discurso, y seguía degustando aquel suculento picnic que había preparado para ambas.
—¿Estás bien? —interrumpió los pensamientos de la rubia.
Rachel no había dejado de observarla, y decidió darle ese pequeño espacio de tiempo para que recapacitase sobre lo que ella misma había expresado.
En cualquier otra situación se habría sentido despreciable por hacer lo que estaba haciendo. Porque había dejado de lado el plan principal de acercarse a "su chica", como la seguía llamando desde aquel verano que pasaron juntas, para intentar ayudarla con aquel golpe que la vida le había regalado dejándola ciega, y ahora se limitaba a plantearle la opción de que la perdonase a ella misma.
Podría parecer ruin, maléfico, una broma pesada que, si se descubría, supondría el fin absoluto de las pocas esperanzas que conservaba por recuperarla. Pero Quinn había dado muestras de desear volver a hablar con Rachel, y si solo necesitaba un pequeño empujón, Rebecca iba a ser quien se lo diese. A pesar de las consecuencias que aquello podría traerle.
La suerte estaba echada y la partida había comenzado de forma inmejorable para ella. Era el momento de apostar el resto.
—Sí…
—Podemos cambiar de tema y hablar de algo más divertido, si quieres.
—Sí, mejor…
—Bien…. ¿De qué quieres hablar? ¿Galletas? ¿Mar? ¿Un pájaro que está mirando nuestra cesta de picnic? —trató de bromear— ¿De qué hablamos?
—De ti.
—¿De mí? ¿Qué quieres hablar de mí?
—Quiero saber de una vez qué haces en San Francisco, y, por favor, no me hables de esa forma tan misteriosa como vienes haciéndolo. Quiero saber la verdad.
—¿La verdad? Puede que sea una historia muy larga para contar —le dijo sabiendo que había llegado el momento. Que el guion que con esmero se había preparado para dar forma a Rebecca, tenía sentido justo en ese instante, en el que no le iba a quedar mas remedio que contar su historia. La historia de un personaje ficticio.
—Tengo zumos, sándwiches, galletas y todo el domingo…Así que adelante.
—¿Adelante? Ok…—hizo una breve pausa— Pues empecemos por el principio. Me llamo Rebecca Green, y…
