Segunda parte de este final. Gracias por estar.
Un Ángel para un Final 02
"Y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar,
que de tal suerte, yo todavía, no terminé de callar..."
Silvio Rodríguez.
Cuando Vidalia volvió, caminó en profundo silencio entre aquel desastre de la sala, sin saber cuánto tiempo estuvo allí.
Era un andar fantasmagórico, silente, azuzado por demonios más viejos que la casa misma.
No era la mesa rota y volteada, ni los electrodomésticos desperdigados. Ni siquiera era el muchacho con aquella enorme estrella sanguinolenta en el pecho. Era un poco más. Era un todo abrumador, una vida vacía y fría. Fría como la colección de pinturas enmohecidas que se pudrían en su habitación junto con sus juveniles sueños de ser una pintora reconocida; de ser una artista de ciudad y bohemia. De noches de café y licor y hechizante humo de tabaco fino.
Sueños de caballetes de ébano sosteniendo su última creación valuada en cientos; en miles. Mientras ella caminaría ataviada excéntricamente en pantalones de cuero y metal, con su peinado en punta hacia arriba, pero abombado. Porque un artista tiene el derecho de ser quien quiera, porque es un maestro, un mago del tinte, un demonio de la sensación.
En la gran revolución que es la vida, le tocó ver ese otro camino alejarse hasta volverse humedad sucia en los rincones de una casa. Aferrada a unas pinturas que nadie quería y, sin el beneplácito del tiempo, se fue envejeciendo prematuramente entre un trabajo sin futuro, y su inmensa soledad.
Embaucada por un vividor había quedado embarazada muy joven.
Se enamoró de un artista que solo le dejó una profunda sensación de rechazo. Alguien que se había ido con alguien más.
Nadie supo la alegría que le dio cuando se mataron en esa ridícula Van.
Cuando sus pupilas dejaron de navegar en la pestilente niebla de sus torcidos recuerdos, entendió, por fin, que su hijo estaba muerto.
El grito estremecedor que surcó el fraccionamiento advirtió a los vecinos de una inminente calamidad.
Las deslumbrantes luces de las patrullas recorrían el frente de las casas circundantes, siendo diversión para niños pequeños. Los vecinos, asustados y morbosamente curiosos, se habían ido acercando para dar un falso pésame a la apenas conocida.
Vidalia lloraba desconsolada envuelta en una manta que le había proporcionado el personal de la SEMEFO (Servicio Médico Forense) mientras retiraban el cuerpo inerte de aquel muchacho.
Por su parte, para la policía, no había secretos: el occiso recibió impacto de metralla a quemarropa por, seguro, ajustes de cuentas de pandillas.
Sour era conocido por un pequeño historial delictivo que ya le había generado antecedentes. Posesión de drogas, robo en su mayoría; pero se investigaban cosas mucho más graves, como narcomenudeo, privación de la libertad e inclusive, violación. Estas últimas no se habían comprobado y, por obvias razones, no se confirmarían jamás.
Sentada en la parte de atrás de la ambulancia gris, la ambulancia de los cuerpos muertos, Vidalia esperaba que las autoridades terminaran de recoger una innecesaria evidencia de la escena del crimen. Viendo a través de unas lágrimas añejas, las de las deudas consigo misma, sintió un abismo abrirse en su pecho y entendió que no quería vivir más.
-Disculpé. ¿Puedo hacerle unas preguntas?- Dijo una mujer.
Vidalia le miró con desprecio. Era joven, con un pantalón recto color caqui, camisa manga larga azul, fajada con un negro cinturón. Una pistola a la cintura, una pequeña libreta y lápiz a la mano.
Vidalia asintió mientras sacaba uno de sus últimos cigarros y lo encendía con prisa, dando una enorme calada, como tomando aire para lo que se venía.
Le preguntaron el nombre completo de su hijo, desde cuando vivió de nueva cuenta con ella, a qué edad se salió de casa, si sabía dónde había vivido y a que se dedicaba. Ella respondió solo lo necesario sin dejar nunca de fumar.
-¿Tiene más hijos?-
-No.- Respondió secamente.
-El archivo dice que…
-Soy la tutora. No su madre.
-Bien. ¿Sabe dónde está el niño en este momento?
Vidalia cayó en cuenta que Steven ya debería haber vuelto de la escuela, sin embargo, específicamente en ese momento, Steven le importaba poco y absolutamente nada.
-Hace lo que quiere. Es desobediente, lo más probable es que esté jugando en el basurero.
-Es decir que, ¿usted no sabe dónde se encuentra en este momento?- Cuestionó la mujer después de hacer unas anotaciones. Vidalia tiró su cigarro y se puso de pie.
-¿Me vas a hacer estas preguntas justo ahora?, ¡¿Justo ahora que mi hijo está allí en su porquería de ambulancia, muerto?!
-Señora…
-Entiende de una puta vez para que le digas a tus amiguitos del DIF: Ese niño no me importa en lo absoluto, después de esto no lo quiero ver en mi casa nunca más, se va al orfanato. Así que diles que manden a su trabajador social hoy mismo para que se lo lleve. Mi Sour está muerto, como todo en mi vida. Déjenme pudrirme en paz.-
La joven tomó nota rápida. Le dijo a Vidalia que se iba a hacer tal y como había dicho; le advirtió además que ella como autoridad, era testigo de sus declaraciones por lo que no habría objeciones en el futuro. Luego sacó su celular y envió unos mensajes de texto.
El lugar ya no era seguro para ese niño que vivía con aquella mujer que presentaba un evidente cuadro de depresión grave. Con evidentes manifestaciones autodestructivas.
-¿Tienes miedo?- Susurró.
-Mucho…yo…yo lo maté, Pillo.
-Steven, dime Lapis.
-Pero…
-Me salvaste, niño. Tú me salvaste.
-Pero, lo maté.- Sollozó.
-Se lo merecía ese perro. Si no lo matas, él nos mata. Me iba a coger allí Steven. Me iba a violar. ¿Eso querías?-
-¡No!-
Steven se estremeció de asco.
Ambos estaban escondidos detrás de cartones viejos y troncos apilados que habían sido olvidados dentro de una casa abandonada en el bosquejo, mucho más atrás del basurero.
Llamarle casa era demasiado, en realidad era un cajón de tablas y cartón con techo de palma y sin puerta alguna. Alguna vez sirvió a campistas, antes de que el ayuntamiento decidiera que, en las cercanías, se desechara la basura de la ciudad.
Lapis iba allí algunas veces cuando su padre se ponía violento y presentía una paliza…o después de la paliza a gemir de dolor.
A lo lejos se escuchaba el sonido del arroyo, así como de unas aves cantoras que anunciaban la media tarde.
Ella estaba sentada y apoyada justo en lo profundo de la esquina que quedaba oculta por los troncos, ambos en el fondo de ese triángulo de vida. La penumbra disminuía un poco con la luz que se colaba entre tablas de madera vieja que hacían de paredes. Abrazaba a Steven quien se apoyaba todo desmadejado sobre ella. Él no paraba de llorar y ella, creía ya haber llorado lo suficiente.
-¿Se lo merecía?- Preguntó mecánicamente, Steven.
Ella apretó el abrazo. -Sí, era un maldito. Me iba a llevar con otros hombres, ¿lo escuchaste? -
Steven levantó la cabeza para mirar fijamente a Lapis.
En aquel rincón lleno de telarañas y hollín; y después de todo lo ocurrido, de súbito se habían olvidado de cualquier indicio de pena entre ellos. Era como si el disparo de la escopeta no solo hubiese roto el pecho de Sour, si no también cualquier barrera que los separara. Era como si siempre hubieran tenido ese nivel de intimidad.
Él estaba apoyado en el pecho de ella, en el suelo. Lapis lo había atrapado entre sus brazos y rodeado con sus piernas. Ocultos de todo; de Sour, de su papá, de Vidalia, de los vagabundos y violadores. Ocultos del mundo que, esta vez, no era una enorme pelota azul atrapada en un arco de metal en el cuarto de Steven; si no del mundo que era real. Ese en donde vivía todo lo malo que ha existido desde siempre; y a los ojos de un niño, la fecha de ese "siempre" era la fecha de nacimiento.
-Te iba a llevar con ellos, con esos malditos, no. Nunca. Qué bueno que se murió.- Dijo Steven con furia.
-Les conoces. ¿Te lastimaron?
-Sí, me apagaban colillas de cigarro en la espalda.
-Tanto que arde eso.- Murmuró Lapis.- ¿Fueron muchos?-
-Ya no recuerdo. Dejaron de hacerlo cuando Vidalia se lo prohibió a Sour; sin embargo…-
Steven dejo de hablar y Lapis sabía el por qué. Era más que obvio que Steven había sido abusado por Sour en algún momento, pero ese tema le provocaba a ella misma tanta repulsión, que no dijo nada más. Lo abrazó más fuerte y volvieron a ese sopor que da el imaginar que todo es un sueño.
Pero la desesperación era un bucle.
-Lo maté… ¿Qué voy a hacer?
-Él se lo merecía, Steven, al igual que mi padre.
-¿Crees que tu padre merece morir, pillo?
-Si me vuelves a decir Pillo, te arranco la oreja de una mordida, y sabes que no juego.
-No, por favor, Lapis.- Y ella rio un poco nasudamente.
-Te van a matar en la secundaria.
-Yo creo que ya estoy muerto, Lapis.
-Y yo también; ataque a mi papá con mi navaja, le hice un corte bien bueno en la mano. Le quedó colgando una parte de la piel.- Dijo divertida.
-¿Por qué lo hiciste?
-Porque me iba a matar a golpes, lo vi en su cara de loco. La misma mirada que tenía cuando mató a mi mamá.
-¿Él…mató a tu mamá?
-Sí, pero la policía dijo que no, quesque fueron las drogas que tomaba.- La respiración de Lapis se agitó. -Yo sé que fue ese maldito, lo sé.- Lanzó un inusual suspiro, luego volteó a ver al chico en su regazo. -Al final, yo tampoco tengo ningún lugar ya.-
Se hizo un silencio profundo. Nuevamente fue fácil captar el sonido del arroyo y de las hojas tocándose al compás del viento. La tarde estaba envejeciendo y lo último que ambas almas pensaban, era en lo que podría traer, cualquier cosa llamada mañana.
-Entonces no tenemos hogar.- Dijo Steven con menos tristeza de la que alguna vez creyó. Lejos sentía esa irrealidad que era el recordar a Vidalia amenazándolo con tirarlo con los vagabundos que gustaban de niños débiles.
-Yo creo que nunca tuve un hogar.- Respondió Lapis.- Por primera vez, no sé qué hacer. Toda mi vida la pasé aquí. Recorrí las colonias vecinas, pero siempre volvía con mi papá. Al final era un techo y paredes y aunque me golpeara de vez en cuando yo podía vivir, de alguna forma. Pero ahora no sé qué hacer. No sé y me… me asusta.- Lapis comenzó a sollozar.
-No llores, Lapis.- Dijo Steven angustiado mientras se abrazaba del cuello de su compañera tratando de transmitirle una valentía que él mismo no sentía.
-No te acerques tanto.- Reclamó ella.- ¿No ves que apesto?
-Tu no apestas.- Le respondió.
-Claro que sí.
-Entonces, no me importa.
-Aléjate.
-¡No!.- Steven se aferró a ella. -¡Si me alejo de ti me muero!
La chica guardo silencio. Él no daba la cara, totalmente metido en su cuello se aferraba a todo lo que le quedaba. Lapis solo veía su cabello negro. Acercó su mano con una lentitud temblorosa para tocar su cabeza y sintió un calor indescriptible en el pecho.
Lapis sabía que esas cosas no se las podía permitir. Recordaba que alguna vez le gustaron los gatos, pero su padre los mataba, así que terminó por arrojarles piedras; era mejor lastimarlos para que se fueran a tener que enterrarlos todos rotos.
Se tenía prohibido el cariño sin saber exactamente, por qué. Solo sabía que era una muestra de inmensa debilidad en su mundo, en donde debía ser lo más asquerosa posible. En todo aspecto.
Posó por fin su mano con suavidad, derramando sus dedos entre las matas de pelo negro hasta poder sentir el calor del cuerpo de Steven, a través del tacto.
-Te voy a apestar tu cabello que huele a shampoo.
-No me importa. Quiero oler como hueles tú.
-Pero a mí me gusta como hueles tú.- Repeló Lapis.
-Entonces me bañaré a diario, aunque tú no lo hagas.-
Steven siempre le provocó confusión. Lo consideraba un niño débil y mimado; del tipo que hay que golpear y burlar hasta el cansancio, y terminó por descubrir que era un buen doctor (para ella lo era), y que, además, había cometido el mayor acto de bravura en su mundo: había matado a un hombre. Había matado a un hombre, por ella. Nadie nunca, había hecho nada por ella. Y ante esa terrible sensación de confusión sin nombre, apretó un poco su mano, halando con ello el cabello del chico.
Steven no hizo ningún movimiento, ni sonido, ella apretó más. Sintió de pronto un odio gigantesco contra todo y quiso sacudir la cabeza del chico con fuerza, con rabia, con el rencor que le guardaba a la vida misma por ser una pordiosera sucia. Apretó tanto la mano, que supo que lo lastimó.
Pero él no dijo nada, se limitó a abrazarla. El dolor en su cabeza se neutralizaba con el inmenso amor que le sentía a la niña.
En el momento que Lapis soltó el cabello de Steven, escurrieron sus lágrimas. Líneas brillantes de llanto inocente, del dolor no comprendido, de la ausencia de un Dios real, del no saber que sentir ni que hacer.
De lastimar en vez de querer.
Abrazó con fuerza al chico; lo pegó a ella y se dejó llorar como nunca lo había hecho: soltando su alma, junto a un ser querido.
Steven suspiró sintiendo sus lágrimas, pegado a ella, amándola en silencio. Porque la amaba con todas sus fuerzas.
En una vida que no valía la pena, en una ciudad donde no tenían a nadie, solo le quedaba ella, y la amaría, hasta el fin de su vida.
Gracias a todos por esperar. A media semana se subirá la siguiente parte y probablemente un epílogo para dar fin a esta historia que en lo particular, significa mucho para mi.
Días difíciles para vidas inconcebiblemente reales. Es lo único que puedo decir.
Saludos a todos, pero un saludo super, super especial para mi querida Atzuko-san quien me hizo un hermosa portada para este fic. Debido a que me cuesta manejar algunas cosas de fanfiction, por ahora la portada solo esta en wattpad. Pronto será la cara de este fic. Gracias Atzuko-san!
lOBO hIBIKY
