Capítulo 12: Descubriendo la verdad.
Los ojos desencajados de toda la familia Weasley y las bocas semi-abiertas observándola… parecía una escena digna de una pintura impresionista. Magnolia tenía la pistola extendida a la altura de la frente de Molly Weasley quien la miraba con los ojos rojos y las mejillas más coloradas que su pelo mientras emitía leves sollozos.
Malfoy carraspeó ante la pregunta de Harry e intercambió miradas entre ella y el moreno.
–Cariño –empezó él, con una pequeña risa tan falsa como la calma de la que estaba impregnada su voz– ¿No transformaste tu varita de nuevo?
Ella lo miró y no supo qué decir. Se quedó estática y callada sin bajar el arma. Todo el cuerpo le gritaba peligro y tenía el dedo sobre el gatillo, mientras su mente le ordenaba que por su propio bien soltara el arma.
–¿Qué? –preguntó Harry con los ojos entrecerrados mirándola a ella con ojos de halcón.
El rubio bufó e hizo un gesto con las manos restándole importancia, como si sucediera todos los días.
–Potter ni siquiera te imaginas cómo es Culiacán –explicó–, nadie anda desarmado y no puedes sacar la varita en el mundo muggle, por lo que Margaret y yo tuvimos que transformar nuestras varitas en armas para poder colarnos entre la gente.
Una última mirada de Malfoy y que él abriera los ojos un poco más de lo normal hizo que ella bajara lentamente la pistola y asintiera, con una sonrisa que estaba segura era una mueca que daba algo de miedo.
–¿Y qué hace esa cosa? –preguntó el señor Weasley muy interesado en lo que ella tenía. Incluso se acercó un par de pasos haciendo que Magnolia retrocediera otros dos. Malfoy se puso en frente disimuladamente.
–¡Lo importante es que Hermione está aquí! –exclamó Molly.
La castaña -mágicamente pelirroja- se removió en su lugar. ¿Cómo era posible que supieran que estaba allí? ¿Ya habían descubierto que era ella? Tan solo por las dudas bajó la vista hacia las puntas de su pelo, todavía estaba rojo.
–Molly... –dijo Arthur acercándose y rodeando a su mujer con los brazos en un intento de calmarla.
La bruja se zafó de los brazos de su esposo. Estaba fuera de control, tenía los ojos empapados en lágrimas y el cabello estaba completamente despeinado como si ella se lo hubiera estirado.
–¿Qué significa esto, Malfoy? –murmuró la mujer entre dientes señalando al reloj sobre la heladera.
El mago la miró con el ceño fruncido. Se tocó los bolsillos e incluso metió la mano dentro del saco tal como había hecho cuando ella le preguntó si tenia alguna foto de Harry con él, solo que esta vez no tenia nada de gracioso.
–No, no tengo a Granger por ninguna parte, señora Weasley. ¿Qué se supone que tengo que ver con eso?
La mujer gruñó como si quisiera atacar al mago cual perro rabioso. Uno de sus hijos se adelantó a ella.
–Mamá... –intentó George– tal vez tu reloj está dañado.
–¡Eso jamás! –exclamó la bruja alejando de un manotazo al hombre– ¡De ninguna manera! ¡Es más probable que estés dañado tú que el reloj!
Magnolia cambió el peso de un pie a otro, guardó el arma en el bolso de nuevo pero sin cerrarlo, solo por alguna eventualidad. Aquella mujer no parecía estar en sus cabales.
–Vamos mamá –Quiso ayudar Bill–, estamos aquí los de siempre, solo Malfoy y Margaret son nuevos, a no ser que sea Hermione haciéndose pasar por Malfoy –Lanzó una risa extraña que nadie devolvió.
La señora Weasley frunció mucho el ceño y adoptó apariencia de granada sin seguro, porque estaba a punto de explotar. Levantó la varita y apuntó a Malfoy, las alarmas de Hermione se dispararon y llevó la mano a su bolso de nuevo. ¿Iba a disparar contra aquella adorable mujer devenida en amenaza? Si era necesario...sí. ¿Por Malfoy? Tal vez. Era su única forma de salir de allí.
–¡Mamá! –exclamó George.
–¡Mamá! ¿Qué vas a hacer? –preguntó Ginny interponiéndose entre su madre y Malfoy con su abultado vientre creando un gran espacio entre ambos.
–Señora Weasley... –Pidió Fleur.
Hermione apretó el puño dentro de su bolso. Apuntó la Glock hacia la señora Weasley sin sacarla de la cartera. Su dedo se posicionó sobre el gatillo y sacó el seguro del arma.
–Molly, querida –Intercedió el señor Weasley– ¿Qué puede tener que ver el chico? No traerá a Hermione en la billetera.
Pero la señora Weasley tenía los ojos entrecerrados y miraba con más sospecha que bronca al rubio. Magnolia no sabía bien cómo proceder, ¿En qué momento los magos perdían el control? ¿Se liarían a hechizos y cual balacera narco todos correrían a refugiarse mientras gatillaban sin piedad? ¿Eran duelos uno contra uno? ¿Todos tiraban a todos lados? ¿Siquiera peleaban o solo se miraban con cara de perro bulldog?
–¿Malfoy? –preguntó Harry de repente haciendo que tanto Magnolia como el rubio lo miraran– ¿Por qué el reloj de vida dice que Hermione está en casa?
La pregunta fue hecha con tanta parsimonia que Magnolia dirigió el arma hacia el moreno en vez de la pelirroja. Maldición, debía haber traído una más de refuerzo. Ella conocía ese tono, suave y velado, listo para dar el golpe al momento menos esperado.
–¿De repente soy un oráculo, Potter? –siseó Malfoy.
Parecía tranquilo, confiado, completamente despreocupado, en su tono casi había burla, pero Magnolia podía ver al estar tras él que tenía la mano fuertemente cerrada en el mango de su varita y muy probablemente ya había pensado en unos diez hechizos de ataque...si es que existían tantos.
–¿Cómo es posible que cambie después de tantos años? –sollozó la señora Weasley, ya no tan enojada, más bien devastada– ¿Cómo puede ser que justo el día que tú vienes el reloj marque que ella está aquí?
La mujer se dejó caer en brazos de su esposo y Magnolia se preguntó si la poción multijugos era tan poco usada que ellos no podían relacionarla a ella con Hermione.
–Yo solamente me encargo de buscarla, señora Weasley –sentenció Draco–. Tal vez los papeles que su hija encontró o la caja de plata tienen algo que ver, si los sacó a la luz después de tantos años, quizás tenían un hechizo, no lo sé. No tengo la respuesta a su pregunta, estoy tan confundido como usted.
Los hermanos Weasley parecían convencidos, Potter se mostraba escéptico y Ginny se veía muy culpable. El señor Weasley le puso una mano en el hombro a modo de apoyo. Molly en cambio, parecía haber renovado fuerzas y hallado un nuevo punto de ataque. Empezó a despotricar contra su hija, lo que hizo que los ánimos se calmaran un poco más.
Magnolia aspiró profundamente cuando la conversación se centró en la irresponsabilidad de Ginny. Le parecía un tema mucho más seguro. Incluso se permitió cruzar las piernas cuando la conversación se trasladó a la sala y sirvieron el postre. Mientras la familia se concentraba en la pelirroja que se hacía cada vez más pequeña en su lugar, ella miraba cada rincón de la casa para ver si podía tener algún recuerdo, algún destello que le dijera qué había hecho en su vida pasada en aquel lugar.
Los ojos de Luna se fijaban en ella de manera que luego de un momento se sintió realmente incómoda. ¿Qué rayos pasaba con esa mujer? Ella le devolvió la mirada con seriedad, imponiéndose ante la rubia, quien simplemente le sonrió con dulzura.
Magnolia frunció el ceño.
–¿Está todo bien? –preguntó Malfoy sentado a su lado.
También estaba ese tema. Él estaba demasiado cerca suyo. Sentado con la pierna rozando la suya, los hombros pegados, y podía sentir su calor e inhalar su aroma a fragancia masculina y algo más que era vagamente conocido.
Ella negó sin dar más explicaciones. Vió que él hacía un repaso completo por la habitación y sus ojos se quedaron quietos en Luna, quien le sonrió también a él, como si fuera muy normal quedarse mirando a las personas fijamente durante más de veinte minutos.
–¿Me acompañas a dar un paseo por el jardín, Margaret? –preguntó la chica de repente.
Magnolia se tensó en su lugar y sintió que a Malfoy le pasó lo mismo. Parpadeó un par de veces y asintió, haciendo que el rubio a su lado apretara los labios.
–¿Cariño? –preguntó él, mirándola con los ojos entrecerrados.
–Oh, vamos Malfoy –le dijo Bill–, no se escapará de ti, solo saldrá a dar una vuelta por el patio trasero, el mayor peligro es que la salude un gnomo de jardín.
Todos rieron menos él. Magnolia tampoco rió, sabía que era peligroso estar a solas con cualquiera que podría descubrir su verdadera identidad. Aunque ella tampoco era una tonta que cantaría como un pajarito. Frunció el ceño.
–Sí, cariño –Hizo énfasis en el mote cariñoso–, solo es una vuelta por el jardín.
Le apretó la mano y él le devolvió el gesto con más fuerza que la necesaria, tanto que ella tuvo que reprimir un quejido de dolor. Maldito estúpido.
Luna la esperaba en la puerta con una sonrisa. A ella empezaba a fastidiarle la mueca amable que la rubia tenía en la cara. La guió por la cocina y salieron por la puerta trasera a un jardín no mucho más cuidado que la parte delantera.
–Cuando Ron y yo nos casamos intenté que la señora Weasley me dejara cultivar su jardín, plantar un par de chasquichirridos, algunos arbustos nerviosos en vez de esas setas tan simples. Incluso le dije que le haría una casita a los gnomos, deben sentirse tan tristes viviendo bajo la tierra, pero ella no me lo permitió.
Magnolia la miró largamente. ¿Qué se suponía que debía contestar?
–Nos casamos dos años después de que Hermione desapareciera, ella es realmente importante para Ron.
La rubia se descalzó y hundió los pies desnudos en la hierba. La castaña observaba toda la escena sin decir nada, prácticamente estaba muda.
–Hermione es muy importante para todos –Siguió Luna–, especialmente para los Weasley. Tienen varias nueras pero ninguna ocupa el vacío que ella dejó. La señora Weasley lloró tanto como cuando Fred se murió.
La chica asintió a falta de palabras. Se quedó quieta mientras la otra daba vueltas a su alrededor soplando el viento hacia ella como si estuviera tirándole algún tipo de polvo invisible.
En un momento, Luna se detuvo y la miró de frente. Sus ojos chispearon contentos y Magnolia dudó seriamente de la estabilidad mental de la mujer.
–Hermione debería volver al menos para despedirse, para que ellos puedan cerrar su ciclo y seguir con sus vidas, ya son muchos años.
–¿Despedirse? –preguntó la chica.
Luna asintió con movimientos veloces.
–Si no quiere volver a integrarse al mundo mágico. Debe ser difícil no recordar. No debería renunciar a su vida actual si eso la hace feliz, pero si no es feliz tal vez debería darse una oportunidad de volver a conocer a quienes fueron sus amigos.
La mujer solamente asintió secamente con la cabeza y no comentó nada al respecto. No podía darse el lujo de abrir la boca de más.
Luna comenzó a tararear y Magnolia dió por sentado que poseía algún desequilibrio mental.
–¿Eran amigas? –preguntó, no queriendo creer que ella se relacionaba con una persona desequilibrada.
La rubia rió como si le hubiera contado un chiste.
–No, no éramos amigas exactamente. Pero ella era amable conmigo.
Magnolia levantó las cejas. Podía imaginárselo perfectamente, asintiendo educada a los desvaríos de la joven.
–Me salvó la vida.
–¿Lo hizo?
Luna asintió solemne esta vez.
–Ella y Draco Malfoy, en realidad. Aunque él tampoco parece recordarlo.
–¿Qué? –interrogó Magnolia– ¿A qué te refieres?
Luna negó con la cabeza y ella pensó que no quería contárselo, pero luego se fijó en que solo lo hacía para que sus colgantes se balancearan en sus orejas.
–Cuando estuve presa en la mansión Malfoy, Hermione le pidió a Draco que no dejara que nadie me lastimara y me ayudara a escapar. Él fue muy bueno conmigo.
La cabeza de la castaña comenzó a trabajar a mil por hora. ¿La "mansión" Malfoy? ¿Acaso no era más pobre que una rata? ¿Tenían prisioneros?
–Unos días después de haber escapado, Hermione y los chicos fueron capturados por los carroñeros y llevados a la mansión de Draco, pero creo que eso les vino muy bien a los dos –rió tontamente y se tapó la boca con las manos como una niña que acababa de decir una imprudencia–. Lo siento.
–¿Lo sientes?
–Ninguno lo recuerda, debería dejar que la magia actúe por sí sola y no empujar los recuerdos.
–¿Qué? ¿Por qué? –preguntó Magnolia– ¿Por qué no empujar los recuerdos? ¿Acaso no es más práctico?
Luna negó exageradamente y sus aros colgantes hicieron sonidos metálicos al chocar entre sí.
–Si empujas tus recuerdos solo tendrás una pequeña imagen de la situación y no el panorama completo, no podrás comprenderlo y tal vez eso te acarree consecuencias de las que luego podrías arrepentirte.
Magnolia frunció el ceño.
–Querrás decir que le sucederá a Hermione.
La rubia la miró largamente y sonrió.
–Se lo acabo de decir.
Magnolia se atoró con el aire. ¿Qué?
–Creo que estás confundiendo las...
–Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo –murmuró sonriendo aún más–. ¿Volvemos adentro? Enseguida va a llover.
Sin darle tiempo a rebatir nada, la chica corrió hasta la puerta trasera de la cocina y se metió dentro, manchando el piso con sus pies embarrados. Hermione se quedó en el jardín por un momento viendo la silueta de la rubia que se adentraba en la sala y desaparecía de su campo de visión. Luego observó el cielo completamente despejado y suspiró.
No pasaron ni diez segundos para que Malfoy hiciera acto de presencia. Ella sintió su interior arder en furia. ¡Él era un maldito mentiroso!
–¿Qué pasó? –preguntó al llegar a ella.
–La rubia lo sabe.
–¿Qué sabe?
Ella lo miró como si fuera un bicho raro.
–Sabe quién soy y sobre todo sabe quiénes éramos.
–¿Lunática? –bufó Draco– ¿Qué es eso de quienes éramos?
–Dímelo tú –le dijo ella con los brazos cruzados.
Malfoy la miró con el ceño fruncido.
–¿Qué rayos quieres decir?
Pero ella no pudo contestarle porque el señor Weasley se acercaba caminando por la cocina y tuvo que callar.
–Luna dice que lloverá –anunció al salir al jardín–. No parece haber una sola nube, pero nunca se equivoca con sus pronósticos. Será mejor que entren.
Ambos jóvenes se adentraron a la casa. El ambiente caldeado era tan obvio que el señor Weasley les dirigió una mirada lastimera y se abstuvo de hacer ningún comentario. Cuando llegaron a la sala, Luna no parecía ser conocedora de ninguna información, estaba recostada contra el hombro de su esposo y movía los pies sobre su regazo, una actitud bastante indecorosa para una casa de familia, pero la imagen parecía casi fraterna, como un padre mimando a su hija pequeña.
–Nosotros debemos retirarnos –anunció Malfoy al llegar–. Gracias por la cena, señora Weasley.
La mujer les agradeció por haber venido, pidió disculpas por el exabrupto, les encargó cien veces que encontraran a Hermione y la trajeran a casa, y finalmente preparó un recipiente con comida para llevar para cada uno, alegando que los veía muy delgados. Magnolia sentía que con cada palabra una piedra más se asentaba en su estómago.
–Por favor cuando sepas qué son esos papeles y cómo están tan relacionados con Hermione no tardes para informármelo –rogó al rubio, quien simplemente asintió con la cabeza.
Magnolia no dijo nada, pero la idea no le gustó. Entendía que todos estuvieran tan interesados en su paradero y vuelta, pero aquello no les daba derecho a inmiscuirse en sus cosas privadas, y si los papeles tenían un hechizo para no ser leídos es que no era de su incumbencia.
Ginny los escoltó hasta la puerta y se despidió de ellos con dos besos en la mejilla, aunque al rubio solo le pasó la mano. Se alejaron un par de pasos y activaron el traslador.
–Felicidades por el compromiso –sonrió antes de que se marcharan.
Tanto Magnolia como Malfoy se quedaron estáticos mirándola de hito en hito.
–Lo descubrí por el anillo –confesó la pelirroja señalando el dedo de la castaña–, no me había fijado hasta ahora.
Fue como si la joya pesara una tonelada y amenazara con soltarle la mano de un cuajo ahora que la había recordado. Los ojos del rubio volaron hasta su mano izquierda y ella intentó esconderla. Devolvió débilmente la gran sonrisa de Ginny y antes de siquiera poder explicar nada, el traslador se encendió y Malfoy la tomó del brazo. Ella solo pudo responder al saludo de la pelirroja con la mano levantada.
El estirón fue más tranquilo de lo normal, completamente en contraste a cómo palpitaba su corazón desbocado. ¿Compromiso? ¿Entonces eso era? Quiso arrearle una bofetada al rubio al momento de pisar suelo firme de nuevo, pero se abstuvo. No le pondría una mano encima, al menos no hasta escuchar sus razones.
Cuando llegaron a la sala de la hacienda Salazar, todo estaba en penumbras. Pudo ver los ojos brillantes de Malfoy en la oscuridad mirándola con pánico. A ella le parecía bien, debía empezar a soltar la sopa.
–Más te vale que tengas una muy buena explicación, Malfoy –murmuró ella entre dientes.
El rubio levantó la vista y la miró fijamente. Encendió su varita con una luz y le tomó la mano sin preguntarle si podía siquiera. Apuntó la luz hacia el anillo y lo observó con la boca abierta. La chica estiró la otra mano hacia la pared y encendió las luces. Él ni siquiera se percató.
–¿Qué rayos? –murmuró el chico– ¿Qué haces con el anillo de mi madre?
–¿Qué? –contraatacó ella– ¿Me vas a decir que no sabes cómo llegó hasta mí?
Él la soltó como si quemara y sus ojos se encendieron furiosos.
–¿Tú tienes el anillo de bodas de mi madre y me dirás que yo debo saber por qué lo tienes, Granger?
–¡Sí! –exclamó ella– ¡Tú debes decírmelo! ¡Eres quien recuerda todo de los dos! ¡Has estado mintiendo todo este tiempo!
El rubio se alejó un paso como si ella le hubiera dado una bofetada.
–¿Mintiendo? –levantó la voz– ¿Yo te he mentido? ¿De qué rayos hablas?
–¡De todo! –le gritó Magnolia– ¡Desde que apareciste solo has dicho mentiras!
Draco la miró con una mezcla de indignación y sorpresa, su rostro era digno de retratarse, con los labios entreabiertos, las mejillas sonrosadas, los ojos grises brillando ansiosos y una ceja tan levantada que casi podía competir con su cabello.
–¿Enloqueciste? –siseó el rubio– ¡La única que tiene secretos ocultos y vive entre mentiras eres tú!
–¡Eso no es verdad!
–¿No lo es? ¿Y qué me dices de tu romance con Nott? ¿De la poción multijugos de Pansy? ¿Las cartas que hablan de mí? ¿De que ni siquiera quieres contarme qué rayos le pasó a tu adorado Faustino? ¿O a tu hijo?
Magnolia se atajó por el respaldo del sofá para no perder el equilibrio.
–¿Mi romance con quién? –murmuró– ¿De qué cartas estás hablando? ¡El único con quien al parecer he tenido un romance has sido tú!
Los ojos de Malfoy se abrieron desorbitados y su boca se abrió y cerró un par de veces antes de hablar.
–¿Q-qué?
–¡Lo recordé! –le dijo ella con la bronca brotándole de la piel.
–¿Qué pudiste haber recordado? Tú y yo jamás hemos tenido ningún romance.
–¡Eso no es cierto! –le dijo ella señalándolo con un dedo– ¡Eras tú el de la orquídea! ¡Fuiste tú hablándome de quidditch en tu habitación! ¡Estábamos desnudos, por Dios!
Malfoy negó con la cabeza.
–Te han dejado de funcionar unos cuantos millones de neuronas –murmuro–. Tú y yo nunca hemos tenido nada más que insultos en pasillos del colegio, jamás hemos mantenido una conversación de más de cinco palabras donde cuatro no fueran pullas. Es completa y absolutamente imposible que hayamos tenido nada nunca.
Magnolia abrió la boca para rebatir, pero sintió el conocido nudo en la garganta que se le formaba cuando recordaba a Faustino. Le apretó el pecho y pareció quedarse sin aire, sintió las lágrimas acudir prontas a sus ojos y parpadeó para impedirlo.
Le dolía que Malfoy la negara y ni siquiera entendía por qué.
–Posiblemente Potter, Weasley y tú robaron la joya de mi madre de la cámara de Gringotts. ¡Qué buen momento para no recordarlo! Créeme, Granger, cualquier teoría es más válida y posible que lo de haber estado juntos.
En su voz había algo de sorna y ella no podía soportarlo, quería salir huyendo de allí antes de hacer un papelón y comenzar a sollozar justo frente a él. Por Dios, no podía permitir que eso sucediera bajo ningún concepto.
–Devuélveme ese anillo, no te pertenece.
Extendió la mano hacia ella y Magnolia apretó con fuerza los dientes. Por supuesto que le devolvería su maldito anillo de porquería. No sabía por qué se lo había puesto para empezar, estúpida curiosidad. Estiró la joya pero no abandonó su dedo por más que lo intentó.
–Deja de jugar, Granger –siseó él.
Ella lo miró como si pudiera asesinarlo solo con los ojos. Estiró más fuerte y solo consiguió hacerte daño, el anillo no cedía ni un centímetro.
–¿Por qué rayos te lo pusiste para comenzar? –repitió él la pregunta que se le había formado en la mente.
Magnolia negó, no le diría que solo quería saber si el anillo era realmente para ella o solo estaba soñando con la posibilidad de algún recuerdo más al momento de ponérselo. Siguió intentando quitárselo pero no pudo.
–Probablemente estés confundiendo las cosas con Nott, también tienes su maldito anillo familiar entre tus cosas. Bonita colección.
Ella dejó de tratar de sacárselo para ver al rubio. Ya había escuchado ese apellido por la tarde cuando él no quiso decirle de quién era la carta que le había llegado preguntando por ella.
–¿Quién es Nott? –preguntó una vez que tuvo seguridad de que la voz no le fallaría.
Draco bufó. Se pasó las manos por el pelo y dió un par de pasos de lado a lado. Él también estaba nervioso.
–Tu noviecito.
La manera de apretar los dientes y arrastrar las palabras en tono despectivo le hicieron creer solo por un momento que aquello que se veía brillar furioso en los ojos de Malfoy eran celos.
–¿Mi novio? No puedo recordar nada de eso.
–No, claro que no puedes. ¡No recuerdas cuando no te conviene!
Ella gruñó.
–¿Y en qué me conviene recordarte a ti? ¿Qué beneficio me trae recordar un par de escenas donde estamos muy íntimos solo para intercambiar insultos?
–¡Eso es imposible! –le gritó él.
–¡No lo es! –gritó más fuerte ella.
En un movimiento completamente inesperado, él sacó su varita y la apuntó con ella, y antes de que Magnolia pudiera unir siquiera los cables para defenderse, él gritó el hechizo y ella cayó sentada sobre el sofá.
–¡Legeremens!
La mujer sintió como se le ponían los ojos en blanco mientras la habitación frente a ella desaparecía y cientos de imágenes se le pasaban por la mente a toda velocidad. Magnolia despierta en el hospital con todo el cuerpo vendado y mucho dolor, el médico preguntándole su nombre y no pudiendo responder. La sonrisa iluminada de Faustino la primera vez que la vio. Faustino ayudándola a caminar. Faustino curando sus heridas. Su primer beso.
Una ráfaga de dolor le cruzó la mente y ella sintió que gritaba pero no oyó su propio grito.
Malfoy en el hospital de Culiacán. Malfoy en el vehículo del atentado. Malfoy salvando al Tigre. Malfoy dándole una orquídea. «Sin principio ni final». Malfoy susurrandole al oído lo felices que serían. Malfoy hablándole de quidditch mientras comían en la cama.
Sus recuerdos fueron más alla, más lejos de la barrera de concreto con la que chocaba cada vez que intentaba recordar. Fue como si le partieran la cabeza con un taladro.
Malfoy abrazándola. Malfoy sonriéndole. Malfoy preguntándole qué hacía metida en su mansión. Malfoy quitándose la máscara plateada frente la casa de La Hilandera y mirándola con dolor mientras apuntaba la varita hacia ella «Lo siento tanto, cariño».
Fue devuelta bruscamente a la realidad y tuvo que sujetarse del sofá para no terminar de bruces al suelo. La varita de Malfoy estaba a sus pies mientras Paco y El Turco lo sostenían contra la pared y ambos tenían sus respectivas armas apretadas contra las sienes del rubio, quien la miraba con los ojos extremadamente abiertos y en shock.
Magnolia intentó abrir la boca y la sintió seca. Le raspaba la garganta.
–Suéltenlo –ordenó con la voz rasposa.
Ni el Turco ni Paco la obedecieron.
–¿Está bien, señora? ¿Está lastimada? –preguntó Paco.
–¡Suéltenlo! –gritó ella con furia– ¡Salgan de aquí! ¡Lárguense!
–Pero Magnolia... –murmuró El Turco.
–¡Fuera! –exclamó ella con los ojos rojos y la garganta al rojo vivo– ¡Váyanse de aquí!
Les tiró un almohadón a modo de amenaza porque era lo único que tenía cerca. Los hombres la miraron confundidos por un segundo y luego soltaron a Malfoy, quien cayó sentado contra la pared y no dejaba de mirarla con los ojos desorbitados.
–Sigue negándolo –murmuró ella cuando los guardias se fueron.
–Eso no... –comenzó él pero cerró la boca al instante–. No puede ser posible.
–¡Pero allí está! ¡No puedo creer que lo niegues en mi cara!
–¡Nada de eso jamás sucedió! –insistió él– ¡No tienes recuerdos...! ¡Tienes ilusiones!
–¿Ilusiones? –dijo ella, poniéndose de pie y pateando la varita del mago hacia él– ¿Dices que yo estoy ilusionada contigo? ¿Que yo creé todas esas escenas en mi mente...?
–¡No! –contestó Draco levantándose– ¡Alguien creó ilusiones y las puso en tu mente!
–Eso es...imposible –susurró la chica dándole la espalda, no quería verlo cuando la negaba de esa manera.
–No es imposible –aclaró–, es un hechizo complicado, pero no es imposible de hacer. Cualquier buen legeremante puede crear ilusiones e insertarlas en tu mente.
–¿Insertar ilusiones para después olvidarlas? ¿Qué tan lógico es eso?
–¡No lo sé! –gritó Malfoy– ¡Todavía estoy tratando de entenderlo!
Magnolia giró y lo encaró. Se acercó lo suficiente para ponerle la mano frente a la cara y mostrarle el anillo. Él intentó retroceder pero su espalda quedó pegada a la pared.
–¿Un buen legeremante también puede darme el anillo de tu madre?
Él puso cara de pánico y no dijo nada. Ella se alejó y apretó los puños. Se sentó nuevamente en el sofá, le dió la espalda como pudo y se tapó la cara con las manos.
–Te lo tiraría por la cara pero no me lo puedo sacar –murmuró con la voz en un hilo.
Malfoy no contestó y ella giró un poco el rostro para mirarlo, pero él ya no estaba. Magnolia suspiró. ¿Qué haría ahora? ¿Era siquiera posible lo que él estaba diciendo? ¿Nada de lo que recordaba había sucedido? ¿Cómo podía ser algo así?
Y ahora lo había recordado, su sueño recurrente. Ella llegando a una casa -la casa de Severus Snape, ahora lo sabía-, un hombre alto vestido con un elegante traje negro y capa, una máscara plateada le cubría el rostro. En el sueño él se sacaba la máscara y la abrazaba, le besaba el cuello y la presionaba contra la pared tras ella diciéndole lo mucho que la había extrañado. Pero en sus recuerdos... Malfoy le apuntaba con la varita con pena. No la abrazaba ni la besaba.
Tomó la poca dignidad que le quedaba y se encaminó hacia su cuarto. Pasó frente a la habitación del rubio y se negó siquiera a mirar la puerta, solo Dios sabía si al menos estaba allí o no, muy probablemente se hubiera escapado como una rata a su casa en Londres, o como un hurón en todo caso.
Dio un par de pasos en falso hacia la habitación matrimonial que compartía con Faustino y se acobardó. No tenía tanta sangre fría como para ir a refugiarse en el recuerdo de su esposo mientras estaba dolida porque otro hombre había negado la historia que aparentemente tuvieron juntos.
Se metió a su propia habitación, se acostó en la cama y se hizo un ovillo. Se abrazó con sus propios brazos y presionó fuerte, intentando emular el recuerdo de algún abrazo. ¿El de Faustino? ¿El de Malfoy? Ya no lo sabía y tenía miedo de analizarse a sí misma, no le gustaba lo que sentía.
Se quedó dormida en algún momento de la madrugada y su habitual alarma de las siete de la mañana la despertó. La apagó con pereza y cuando abrió los ojos una punzada de dolor hizo que sus sienes latieran. Parecía como si fuera víctima de una resaca, pero no las que quedan luego de una noche de juerga y alcohol, más bien las que dejaban consecuencias luego del llanto y dolor. Estaba cubierta con las mantas y no recordaba haberlo hecho la noche anterior.
Se sentó en la cama, revisó los mensajes de su celular, unas cuantas revisiones que debía hacer para controlar que las cargas llegaran sin problema a destino, una llamada que realizar al Gobernador para darle su porcentaje del mes, algunos pagos más a otras autoridades para que la dejaran vivir en paz. Era sobre todo un día tranquilo.
Un pedazo de papel doblado sobre la mesa de luz llamó su atención. Lo tomó y bajo este encontró un pequeño bolso azul de cuentas, una varita y los papeles que Ginny le había dado en la cena. Desdobló el pergamino con fuertes palpitaciones ansiosas. Sabía de quién era la nota antes de leerla.
Granger, aquí están las cosas que tenías contigo cuando desapareciste, también los documentos que guardaba Weasley y tu varita. Añadí un par de libros de hechizos básicos para que puedas practicar un poco con ella, ten cuidado con los vidrios cuando la tomes. Sobre lo que ocurrió anoche, creo que es momento de retirarme a seguir con mi trabajo investigando otras fuentes, sabrás de mí cuando tenga novedades. Por el momento le diré a Potter tu ubicación, para eso me contrataron. Saber lo demás es solo curiosidad personal. Cuídate.
Malfoy.
Leyó una y otra vez la nota que parecía bastante fría si no fuera por el «cuídate» del final que hizo que apretara los dedos de los pies cuando su estómago burbujeó contento, aunque su cerebro le dijera que no debía ni era correcto alegrarse por una palabra tan simple proveniente de alguien tan intrascendente.
Revisó el bolso y encontró antes que nada los libros de los que Malfoy le hablaba. Uno de ellos decía en la tapa «Los 100 hechizos básicos que todo mago o bruja debe saber», pero al abrir la primera página donde generalmente el título se repetía, este estaba parcialmente tachado y ponía «Los 100 hechizos básicos que toda bruja que ha perdido la memoria debe aprender». Sonrió tontamente con las iniciales escritas más abajo «D. M.»
Envió un mensaje al Turco diciéndole que asistiera por ella a supervisar las entregas y que hablara con las autoridades correspondientes a sobornar, que ella se tomaría el día.
Tomó su varita sin dar más vueltas. Sintió una corriente eléctrica atravesarla apenas cerró los dedos alrededor del mango. Chispas rojas salieron de la punta y todos los vidrios de la habitación explotaron llenando su cama y el cuarto de pequeños pedazos.
No pasaron ni siquiera diez segundos para que El Turco, Rambo y Paco entraran a tropel en su habitación con las armas levantadas apuntando a enemigos invisibles, incluso Don Salazar venía empujando su silla de ruedas con un rifle en las manos.
–¿Qué fregados? –preguntó el hombre ingresando más a la habitación mientras las ruedas pisaban los pedazos de vidrio.
–¿Qué pasó señora?! –preguntó El Turco– ¿Fue ese mago otra vez?
Magnolia seguía mirando fijamente su varita y luego observó las ventanas rotas, los focos de luz y los espejos, todos hechos añicos. Negó con la cabeza y sostuvo la mano de Don Salazar cuando éste se acercó a la cama y se la pasó como consuelo.
–Solo fui yo descubriendo mi pasado, Turco.
Ninguno comentó nada. Magnolia se acomodó mejor en la cama sin soltar la varita. Tenía mucho por delante que practicar, y tiempo de espera que superar, tenía la leve sensación de que no volvería a ver a Draco Malfoy por mucho tiempo.
Y eso fue el capítulo 12! Muchas gracias por leer y estar siempre, son mi motivación cada semana.
Vengo a proponerles un juego! A ver si les interesa. Quiero que me dejen sus teorías sobre qué pasó con Hermione y Draco siete años atrás. Aquellas que acierten recibirán un recuerdo/ilusión completo de los que tiene Magnolia con Draco Malfoy. Puro dramione.
Con cariño, Ann.
