Capítulo XXV.
Príncipe heredero


I.


Antes de marcharse, voltean el cadáver de Hisashi Midoriya. Izuku le cierra los ojos. Tiene los labios apretados y todos los conflictos del mundo en su rostro, pero le cierra los ojos. Después, se marcha con el hombre rubio, Hisashi Yamada, antiguo bardo de una corte. Katsuki supone que hay toda una historia detrás, pero no pregunta. Se limita a dejar que el hombre de negro —llamado Shouta Aizawa— mueva el timón hasta el lado bárbaro del río que separa el norte y el sur mientras él vigila que el prisionero no despierte. Cuando por fin pueden pisar tierra, Katsuki duda al dejar allí el cadáver. Voltea hacia atrás antes de bajar de la embarcación.

—¿Remordimientos? —pregunta Shouta Aizawa.

—No —responde Katsuki—, pero todos mis instintos me dicen que está mal dejarlo allí. No es lo… Ni siquiera él debería.

—Tiene que quedarse allí. Si mueves ese cadáver, tendrás a todo el ejército sureño en tu puerta y no importará que le nuevo rey sea tu consorte.

«No lo es», piensa Katsuki. No sabe cuándo volverá a ver a Izuku, así que hace lo mejor que puede para grabarse sus ojos verdes en la mente.

Pisan tierra. Shouta Aizawa carga a su prisionero. Katsuki aguanta el dolor de la herida. Caminan hasta que Eijiro los encuentra.


Explicar cómo mató al Rey Hisashi Midoriya es una de las cosas más difíciles que ha hecho. No se arrepiente, pero recordar la mirada desesperada de Izuku hace que casi se le doblen las rodillas cada vez. Es parco en sus explicaciones y Eijiro no lo obliga a hablar más de lo que puede. «Hisashi Midoriya está muerto e Izuku es rey ahora» debe ser suficiente.

Y, como siempre que no está, la ausencia de Izuku lo llena todo. Cada respiración, cada segundo, cada momento. Piensa en sus lágrimas y en su terror al pensar que Katsuki podría morir. El Rey Bárbaro ha visto pocas veces una mueca de terror tan genuino pintada en alguien y siempre ha sido en el rostro de los moribundos. Tiene la desesperación de la voz de Izuku clavada en la piel. Así que sólo se encarama a uno de los cuernos de Eijiro y le enseña a sostenerse al otro hombre. Katsuki es quien se asegura que el prisionero no despierta. Vuelan gran parte del día y parte de la noche. Eijiro está agotado cuando aterrizan en el mirador de su fortaleza. Cuando Katsuki lo desmonta, se transforma y se queda hecho un ovillo.

No se mueve hasta que Denki se acerca, con cuidado y se pone en cuclillas a un lado de él, ofreciéndole su hombro para que se apoye. Katsuki se queda viéndolos un momento. Denki acaricia las mejillas de Eijiro y lo llena de besos y de sonrisas.

La ausencia de Izuku lo llena todo.

Katsuki sale del ensimismamiento cuando se acerca Lady Tsuyu hasta él y no duda en hacer la pregunta que todo el resto tiene pintada en sus rostros:

—¿Dónde está Izuku?

Katsuki gruñe.

—Tenemos que hablar.


Cuando escuchó las noticias, Ochako dijo, refiriéndose a Izuku: «deberíamos estar a su lado». Entonces Katsuki les ofreció que se marcharan al sur, si querían, aunque no sabían dónde estaba Izuku. No llegaban prácticamente noticias.

Tsuyu repuso que no valía la pena lanzarse al vacío de esa manera. Esperarían noticias de Izuku, dijo.

No lo juzgaron cuando les dijo que su espada había atravesado limpiamente a Hisashi Midoriya. Eso era la guerra. Matar o morir. Eran cosas que se esperaban de los guerreros. Si pensaron algo, no lo dijeron.

Katsuki no deja de pensar en ese «deberíamos estar a su lado» porque él también siente que debería estarlo. No puede. Si Izuku ante los ojos de su pueblo es un príncipe traidor, Katsuki es la personificación del enemigo.

Deja pasar los días antes de hablar con el prisionero o buscar a Shouta Aizawa, a quien encuentra una tarde hablando con la Princesa Momo.

Quiere saber con certeza si Shigaraki volverá por él, si estará de nuevo a su merced. Pero primero deja que Mina le cure la herida que ha dejado una cicatriz medio fea y bulbosa —aunque no muy grande—. Deja que la bruja le aplique ungüentos mágicos y cierre bien la herida. «No perdiste demasiada sangre de milagro, Katsuki», lo regaña Mina; «Izuku es bueno».

Cuando se siente fuerte y en sus cinco sentidos baja hasta las mazmorras de la fortaleza. Denki es quien le informa que el caballero errante —al parecer, así se hace llamar— pasa allí los días, frente a la celda de su prisionero. Mina le instaló una barrera mágica de igual manera que lo hizo en la de los otros —Moonfish y el otro, rubio y musculoso—, así que el prisionero no puede ver ni oír lo que acontece más allá de sus barrotes. Shouta Aizawa a veces pide que uno de los guardias le abra la celda. A veces no. A veces sólo mira, dice Denki, quien está al tanto de todo lo que se mueve en su castillo.

—Uno de mis consejeros me dijo que te encontraría aquí —informa Katsuki.

Efectivamente está mirando a la celda.

—Majestad…

—Oh, aquí no usamos esos honoríficos. Katsuki. O Bakugo, si quieres formal.

—Bakugo —decide el caballero errante.

—Shouta Aizawa, ¿no? —recuerda Katsuki y el caballero asiente. Es entonces que lo mira realmente con atención, porque antes estuvo demasiado ocupado sumergiéndose en la ausencia de Izuku y en la muerte del Rey Hisashi Midoriya. Shouta Aizawa tiene barba de tres días y el cabello desordenado; expresión de que probablemente preferiría estar muerto o al menos dormido. Ojos rojos extremadamente cansados y opacos—. Sabes algo, ¿no? Al menos, de ese prisionero.

—Quizá.

—Tú y tu compañero fueron a buscarlo —dice Katsuki—. Fue obvio que eso era lo que les interesaba. —Bufa—. ¿Por qué…?

—¿Te crees merecedor de la historia?

—Sí. Porque mi palacio fue atacado tres veces —espeta Katsuki— y ninguna de las tres veces supimos como entraron. La respuesta es obvia. La última vez huyeron así. Con los portales.

Y señala al prisionero.

—Ese hombre… —añade.

—En realidad, las cosas son más complicadas de lo que puedes pensar, Bakugo —repone el caballero—. ¿Qué tanto sabes sobre los malditos?

—Que la magia que explotó arruinó la suya propia —responde el Rey Bárbaro—. Es un maldito, ¿no? Por eso se poder tan extraño…

—Solía ser un mago de agua —dice Shouta Aizawa—. Antes.

—¿Y cuando explotó…?

—No. No fue cuando explotó el palacio ni cuando todo se fue a la mierda en las tierras malditas —responde Shouta Aizawa—. Fue antes.

—¿Cómo sabes…? Dijiste que no tenían reino ni tierra. —Katsuki une los puntos porque no es complicado—. Son de las Tierras Malditas. Tú y tu compañero… Y él dijo que había sido bardo en una corte… ¿En…?

—Tuvimos un reino. Antes —repone Shouta Aizawa—. Un reino maldito y condenado, porque eras atrás otros habían intentado contener magia. —Suspira—. Un reino que había sido glorioso, pero no lo era más. Y sin embargo, no nos importaba. Íbamos a hacerlo glorioso de nuevo y a acabar con la maldición que tenía encima.

—¿Qué ocurrió?

Shouta Aizawa señala al prisionero.

—Todas nuestras esperanzas se murieron.

—¿Esperanzas…?

—Katsuki Bakugo, eso que vez, alguna vez fue el heredero de los Shirakumo.


Katsuki exige escuchar la historia. Shouta Aizawa se lamenta para sí mismo que no esté su compañero presente. «Él la cuenta mejor», se excusa, pero por lo dolido que se ve su rostro, el Rey Bárbaro supone que es algo que le retuerce las entradas y prefiere no recordar. De todos modos, cuando el Rey Bárbaro insiste, la historia comienza.

—El Reino Shirakumo ya estaba maldito antes de que lo despojaran de su nombre —empieza Shouta Aizawa—. Dicen que en algún momento fue próspero, pero cuando yo nací era ya un estercolero, probablemente. No sé qué tanta historia del sur…

—La bélica, únicamente —se apresura a responder Katsuki a la pregunta no hecha—. Nunca tuvimos problemas con el Reino Shirakumo, así que no nos interesaba.

—Bien. — Shouta Aizawa asiente—. Durante muchos años la capital del reino fue la capital de todo el imperio que se formó con la conquista del sur. En ella se sucedieron intrigas, magia y se empezaron a acumular maldiciones. No sé cuándo fue que empezaron a desear controlar la magia en sí…, pero… Antes o después de que el sur se rompiera en pedazos y se empezaran a formar los reinos, empezaron a aprisionar a la magia. Como resultado, todo lo demás empezó a decaer. La obsesión de la corte con controlar algo que no les pertenecía… Que nunca les había pertenecido… Eso acabó con todo. —Aizawa hace una pausa. En toda la historia, no ha mirado a Katsuki. Sigue mirando a su prisionero, el que acaba de declarar es el heredero del Reino de los Shirakumo o lo fue alguna vez—. Cuando yo nací llevaban generaciones intentando acabar con el daño. Nací en los cuarteles, hijo de dos soldados. No tienes que saber nada más de eso. Demostré ser bueno con la espada. Decente, únicamente. Pero le caía bien a Oboro. Así que vigilaba su puerta y lo seguía a todos lados con una espada en la mano, porque me haría el primer caballero de su corte en cuanto tuviera la corona en su cabeza.

»Solían decir que era el príncipe prometido, pues era el primer mago en generaciones de la dinastía. Tenía el cabello azul y se le alzaba buscando el cielo, dando la apariencia de que era una nube. Esperaban que, llegado el momento, pudiera hacer algo respecto a la maldición del reino. Bueno. No una maldición como tal, pero a la magia no le gusta que intenten controlarla. Eso siempre sale mal. —Shouta Aizawa aprieta los labios—. Oboro. Era un buen príncipe. Le caía bien a los niños, tocaba la flauta corta maravillosamente, acompañaba a los bardos en sus canciones, escuchaba a la gente y soñaba con arreglar piedra por piedra su reino. No era muy difícil desear ser un héroe digno de aparecer en leyendas y canciones a su lado.

Esa última frase termina por un suspiro reprimido. No está dirigida a Katsuki —ha sido un accidente que la escucha— sino al viento del que se lleva las penas. Hay dolor en la historia de Shouta Aizawa. Cada palabra sale impregnada de un pedazo de su alma y quizá también de las lágrimas que no está derramando. Katsuki no se atreve a interrumpirlo.

—Yo no era el único. Hizashi también solía deslumbrarse con Oboro. —La oración es simple y sin embargo lo que no dice, escondido en ese «también» que deja salir comos i nada, es mucho más fuerte—. Especialmente con su magia. Era un mago de agua y su especialidad era el agua que viajaba en el viento. Se le daban bien las nubes y usarlas para hacer toda clase de trucos. Sin embargo, también podía controlar el agua de los estanques, escuchar las noticias que traía la lluvia, sus canciones y sus historias. Así empezó lo de los portales. Había demasiada magia enterrada en el Reino. Y Oboro pensó que podría librerarla, controlarla. Sabía que no podía seguir haciendo lo que habían hecho muchos antes que él: ignorar el problema. Y lo que se había hecho en tiempos todavía anteriores: soñar con controlarla. La magia le hablaba a él, lo quería y por eso sabía que debía ser libre y viajera, como toda. La magia fluye y hace el mundo posible. Haber pretendido almacenarla…, hacerla prisionera, ese había sido un error de sus antepasados y Shirakumo y todo el reino seguíamos pagando por él. Lamentable, en realidad. Porque habían sido otros los que nos habían condenado a esa forma de vida, con ambiciones infinitas e imposibles.

»Para cuando yo nací, nadie se lamentaba demasiado eso. Las cosas eran así y tenías que aprender a vivir con ellas. A veces la mitad de las cosechas se iba a la mierda. Pero era lo que pasaba y punto. Oboro había prometido con ir acabando con las desgracias poco a poco, pero nadie reunía mucha esperanza. La esperanza era algo peligroso y podía ser fatal en el estado en el que estaba ese reino. Y ni siquiera… No teníamos una maldición tal cual sobre nosotros. Sólo eran las consecuencias de lo que otros habían hecho y ni siquiera habían calculado. Ni siquiera lo hicieron de mala fe porque soñaban con un futuro brillante. Aunque era obvio que no funcionaría, lo intentaron igual, como idiotas, porque para pretender domar lo indomable hace falta tener una sana dosis de idiotez. —Shouta Aizawa bufa y quizá decide allí que ya le dio suficiente contexto sobre lo que ocurrió—. Las cosas fueron bien un tiempo. Oboro, Hizashi y yo. Y el gato, por supuesto. Teníamos un gato. Después se perdió. Hizashi decía que compondría canciones de nuestras hazañas y Oboro sonreía y decía que no había duda que seríamos grandes, maravilloso…, indomables.

Existe, en el rostro de Shouta Aizawa, el atisbo de una sonrisa que Katsuki pretende no ver. Es demasiado íntima.

—¿Qué salió mal? —pregunta Katsuki. Porque algo salió mal. El prisionero y el príncipe que describe no tienen nada en común. Todo se torció.

—Antes de eso, tienes que saber lo de los portales. Quizá eso te explique de donde vienen y por qué han conseguido atacar tu palacio varias veces. —Shouta Aizawa hace una pausa. Tiene un rostro pensativo y está ordenando sus palabras. Se tarda en continuar, pero, al hablar, lo hace con voz segura—. Desde tiempos inmemoriales, el agua es espejo y portal a otro mundo. El agua de los deseos busca aquello que queremos ver. Así, el agua siempre fue una puerta. Oboro empezó a experimentar creando portales con cuerpos de agua. Charcos, al principio; pero era tan bueno que empezó a crear cuerpos de agua. La magia del agua lo escuchaba de una manera… Creo que Oboro nunca se sintió tan comprendido como cuando trabajaba con el agua. Y luego un día llegó con una idea. Se le daba bien manipular las formas de las nubes, llamarlas o incluso crearlas, usando cualquier otra fuente de agua. Así que supuso que, igual que sus portales en los charcos o en los espejos de agua, podían crearse portales con nubes. Entrar en una, salir en otra. —Y allí Katsuki empieza a entender, cuando se guarda lo que siente. Ignora su rabia y la aparta porque no puede dejar que lo consuma—. Al fin y al cabo, el agua es una puerta, me dijo. Me lo repitió mil veces, hasta que accedí a intentarlo. Las nubes eran su marca. Incluso su cabello azul claro… clarísimo… parecía una. Hizashi también lo intentó con él. Le tomó un tiempo comprender la idea, pero al final lo logró. ¿Comprendes?

—¿Sigue… haciendo lo mismo? —pregunta Katsuki

Pero ya sabe la respuesta. Shouta Aizawa lo sabe.

—Es negro ahora. Su magia está maldita —es lo único que dice—. Murió. ¿Sabes? No en realidad pero…

—¿Murió? ¿A qué carajos te refieres…?

—No en realidad. —Shouta Aizawa se lleva la mano a la cabeza y duda—. Hubo… hubo un accidente. Hizashi no estaba allí. Pero yo sí. Mi trabajo era proteger al heredero pasara lo que pasara. Y lo hice. Lo hice muy bien… —Al caballero le cuesta centrarse. Parece olvidar a su público y, cuando recuerda, carraspea para volver a centrarse—. Fue un derrumbe, algo que no esperábamos. Atacó un monstruo que nunca habíamos visto y que, entonces, debió de haber sido un preludio de lo que estaba por ocurrir en ese entonces. El monstruo derrumbó algo… No sé. Oboro quedó atrapado. Y yo escuché su voz. Una y otra vez. «¡Tú puedes, Shouta!». Maté al monstruo y quedé inconsciente. Cuando desperté me dijeron que Oboro había muerto y que yo no podía haberlo oído. Era imposible, dijeron. Pedí ver el cuerpo. Nunca lo encontraron. —Hay una pausa y Katsuki decide no interrumpirlo o hablar. No es una historia en la que pueda meterse.

»Pocas semanas después estalló todo. Hizashi y yo no estábamos cerca de la capital porque habíamos huido de la corte en busca de respuestas por la muerte de Oboro. Las consecuencias no nos alcanzaron… No demasiado. Su voz cambió un poco. —Shouta Aizawa parece sonreír con cariño—. Meses después nos enteramos que Oboro no había muerto… no realmente. Había estado a punto. Y alguien lo había convertido en un títere a su conveniencia. Allí lo tienes. —Señala a la celda—. Kurogiri.

Katsuki traga saliva.

—¿Qué sabe?

Shouto Aizawa sacude la cabeza.

—Honestamente, no tengo ni idea.

Katsuki escucha claramente aquello que no dice. Shouta Aizawa no quiere preguntar.


No importa qué pregunte Katsuki, el prisionero no contesta. Si conoce o no los planes del hechicero Tomura Shigaraki. A dónde los mandó. Cuál es su refugio. Las preguntas se estrellan contra la pared y caen en el piso. El prisionero no responde nada, ni una sola palabra. Sólo en algún momento se ríe y en otro lucha contra las cadenas que lo tienen prisionero.

Shouta Aizawa, el caballero errante, antiguo miembro de la corte de los Shirakumo, protector del heredero, se queda en la puerta —aunque dentro de la celda— y mira con atención. Cruza los brazos sobre el pecho, pero no dice nada. Sus ojos están entornados y al Rey Bárbaro le parece atisbar el conflicto que siente. También la tristeza, aunque eso último no se atreve a afirmarlo, pues el caballero es la figura del estoicismo.

Hasta que, por supuesto, explota.

—¡Sé que estás allí!

El grito interrumpe a Katsuki a media pregunta. Sale desesperado y la voz de Aizawa está a punto de quebrarse en la última palabra.

—¡Tienes que acordarte de lo que prometimos cuando éramos jóvenes!

Han pasado más de diez años desde que las Tierras Malditas se fueron al carajo. Katsuki comprende —y se le hace un hueco incómodo en el estómago— que lleva todo aquel tiempo siguiéndole la pista.

—¡Tienes que recordar lo que prometimos! —insiste Shouta Aizawa—. ¡Juramos que mejoraríamos el mundo!

Y entonces ocurre algo. El humo negro se disipa y se alcanza a ver un pedazo de su rostro. Es sólo un momento. El cabello que Aizawa dijo que era azul muy claro ahora es blanco —o, por lo menos, de un gris deslavado— y los ojos parecen que ver sin mirar, desde el blanco eterno.

—¡Tienes que seguir allí, Oboro! —El nombre es una súplica y un rezo desesperado.

Las entrañas se le voltean a Katsuki. Todo lo que está presenciando es demasiado.

Pero entonces, por fin, la figura dice algo.

—Manantial…

Y luego la niebla negra vuelve y el prisionero, Kurogiri, se mueve violentamente. Después nada ocurre. No importa lo mucho que Aizawa siga insistiendo o cómo su voz se va rompiendo, aunque intenta mantenerla ecuánime delante de Katsuki. Al final el Rey Bárbaro le pone la mano en el brazo y lo saca de la celda.

Es suficiente, decide.

Aizawa, al encontrarse donde Kurogiri —también Oboro Shirakumo— no puede oírlo, respira hondo y parece recobrar la compostura. Katsuki le da su espacio y su tiempo antes de hacerle una pregunta.

—¿«Manantial» quiere decir algo para ti?

Shouta Aizawa niega con la cabeza. Tienen otra interrogante que responder.


II.


Lo primero que hace Izuku Midoriya, Su Majestad, ahora que el rey ha muerto, es arrodillarse frente a su madre, la Reina —todavía lo es— y decirle que cumplió su promesa porque ha vuelto. El templo de Hosu lo acoge sin preguntar nada mientras afuera espera un ejército, un bardo y la mitad de sus —ahora— consejeros. Pero Izuku llora en las piernas de su madre, y ella entierra sus manos en su cabello y lo acoge en sus brazos, como cada vez que ha llegado hasta ella lleno de dudas y tribulaciones. Recibe con tranquilidad la noticia de la muerte del Rey Hisashi Midoriya. No llora al principio y es Izuku quien, en ese tema, derrama las lágrimas de los dos.

Todavía no puede entender qué es lo que lo entristece de la muerte de su padre. Quizá es el egoísmo, porque no quiere su nuevo estatus, en el que lleva unos cuantos y del que ya se quiere deshacer. Quizá es desesperación, por haberlo visto maldecir a Katsuki, después de todo lo que les había hecho pasar. Quizá es genuina tristeza por todo lo que pudo ser y nunca fue, por el padre que Izuku imaginó tener y no tuvo. El cuerpo de Hisashi Midoriya llega a Hosu —aunque no entra al templo— cuando Izuku todavía está hablando con su madre y lleva dos o tres días sin salir de su habitación.

Intentan entrar generales, capitanes, soldados, consejeros y nobles, pero Chiyo, la Sanadora Real, corre a todos de la puerta de Inko Midoriya a gritos si hace falta. «¡Su Majestad está con su madre!», y a Izuku le da una vuelta el estómago cuando oye ese honorífico referido a él.

Intenta encontrar el sentido y racionalizar lo que siente.

Pero buscarle una razón a cada una de sus lágrimas es una tarea titánica e imposible.

Sólo llega a comprender que asocia Majestad con su padre y a su padre con la crueldad. Comprende que una parte de él llora por todas las cicatrices y por todas las veces que lloró de pura humillación y desesperación frente a su padre. El resto llora por cosas muy diferentes, pero esa, al menos, llora —y en parte es alivio, pero eso no se atreve a verbalizarlo, porque le parece terrible e incluso un pecado— porque todo el horror terminó. Cuando lo descubre se escandaliza tanto de sí mismo que se dirige hasta el atrio del templo, allí donde tienen la figura de Nana Shimura, La Madre, y pide por Hisashi Midoriya, porque algún día encuentre la paz.

Cuando Izuku se lo cuenta a su madre, Inko Midoriya sonríe y se ríe bajito, con carcajadas acostumbradas a no molestar a otros. Tiene que preguntarle por qué y ella responde que su padre odiaría aquello. Odiaría que su hijo, a quien consideró débil todos los días de su vida, pidiera por él. A Izuku no le queda más remedio que aceptar esa interpretación y acaba llorando de nuevo, pero riendo a la vez, porque sus sentimientos parecen irse aclarando, aunque sea sólo un poco.

Pasan cinco días en los que Izuku escucha historias de su madre e Inko Midoriya le pone atención a cada cosa que dice. Duerme abrazado a ella y se siente de vuelta en la niñez.

Pero al sexto, su madre pregunta.

—¿Cuál es tu plan?

Y el confiesa, de rodillas, con las manos en sus pies y la cabeza en su regazo —como el niño asustado que todavía, a veces, es.

—No quiero ser rey.

Inko Midoriya sonríe.

—Izuku, ¿cuál es tu plan?


Ante Katsuki expresó por primera vez su miedo a ser rey. Su madre es la primera persona que escucha como planea lograr eso.

Unos dirán que está huyendo. Pero no es cierto.

Está escapando.

Si uno crece en una jaula de oro, aunque sea grande, seguirá teniendo barrotes para impedirle que escape, piensa Izuku. Seguirá siendo una prisión que lo contiene. Su padre la diseño para que, incluso, después de su muerte, siga funcionando. No podrá ser un rey realmente, así que su decisión es escapar y no serlo. No tiene mucho tiempo. No puede dejar que aparezca Shigaraki y se haga él con el consejo. Tiene que desmantelarlo él, tranquila pero definitivamente. No hay posibilidad de arreglarlo. Todo lo que Hizashi Midoriya —y todos los reyes crueles antes que él que soñaron con conquistar el sur— puso en pie merece desaparecer.

La mayoría abogaría por una reforma, quizá.

Pero hubo un poeta que dicho que todo lo que existía merecía perecer. El sistema sucesorio de su reino también.

Quedarán los libros, los rollos, los pergaminos y las historias. Pero es hora de acabar con la crueldad y eso es lo que le dice a su madre.

El consejo que dejó su padre está diseñado para mantenerlo preso. Shigaraki, el Hechicero de la Corte, aunque lejos, también tiene una posición para ello. Por otro lado, las grandes familias no aceptaran como rey a alguien que tiene por consorte al Rey Bárbaro. Sólo Izuku y Katsuki saben lo que ocurre con su relación, pero eso no impide que de todos modos se extiendan rumores.

—Te necesito —le dice Izuku a su madre y le duele un poco el corazón por qué lo que le está pidiendo es terriblemente complicado—. A la cabeza de un gobierno. Y a Chiyo. A este reino lo han gobernado guerreros desde hace mucho tiempo y lo han hecho con mano dura y sólo aspirando a conquistar. Necesitamos otra cosa. Escuchar a las sacerdotisas, a las sanadoras, a quienes cuidan. A quienes bordan para preservar nuestros artes y nuestra historia. A quienes cuentan las historias para que nadie olvide. A quienes cuidan a los niños y los crían con una rabia infinita para mantenerlos vivos en un reino guerrero. —Inko lo mira con sorpresa e Izuku se obliga a ir al grano y a no divagar más—. No necesitamos un rey ni un consejo que sólo sepan pensar en resolver todo con espadas, lanzas y catapultas, mamá. Necesitamos alguien que piense en la paz, en el cuidado, en la ternura. Te necesito. No quiero ser rey, pero eso no quiere decir que huiré de mis responsabilidades. Mi padre me puso en el lugar de la paz y de eso me encargaré. Mediaré todo el tiempo que sea necesario entre el norte y el sur. Sólo no quiero una corona en mi cabeza. Acepto el deber de mantenernos alejados de la guerra. Ese será mío. Desde el día en que me marché y hasta el día que me muera.

Entonces termina e Inko lo mira con atención. Sonríe. Le pasa una mano con la mejilla.

—Creciste tan rápido que apenas si me di cuenta. Apenas si pude verte. —Hay algo melancólico en su voz y en sus labios—. ¿Abdicarás? —pregunta.

Izuku asiente.

—Quiero que estés al frente. Y Chiyo. Y… quien haga falta —murmura—. Gente que sea justa, que escuche, que no use a los soldados como carne de cañón.

—El consejo no se irá tan fácilmente, Izuku…

—La palabra del rey es ley, ¿no? —pregunta. Es un plan desesperado, por supuesto. No todos se irán pacíficamente, pero tendrán que acatar su firma y su palabra—. Negociaré a los prisioneros y reformaré todo. Después, abdicaré. En favor de una mesa de iguales —dice Izuku—. Quiero que estés allí.

Su súplica es cada vez más desesperada. Inko lo sorprende al asentir.

—Por supuesto, Izuku.


El plan se pone en marcha rápidamente una vez que abandonan el templo de Hosu junto con Chiyo y el bardo. Izuku aprovecha la parte del ejército que le es leal —la mayoría, pues su padre nunca dejó de nombrarlo heredero— para obligar a los consejeros a acatar sus órdenes. Le concede honores funerarios a Hisashi Midoriya —una vez que el cuerpo es recuperado— como los han tenido todos los reyes antes de empezar con su reforma. Su cuerpo descansa en el templo de la madre una noche y un día completos; Izuku se arrodilla ante él una última vez y se traga todo el conflicto, todo el rencor, todo el miedo. Ya no tiene caso cultivarlo, se dice, si Hisashi Midoriya está muerto y nunca tendrá que volver a humillarse ante él.

Eso sólo son honores funerarios.

Izuku se arrodilla todo vestido de blanco, el color del luto. Hacía mucho tiempo que había un atuendo preparado para ese momento. Tela blanca, con mangas anchas, bordadas con hilo blanco. La figura del bordado son palomas y mariposas que sólo se alcanzan a ver con atención. El cinturón también está bordado y tiene un ligero borde de hilo plateado traído de Shiketsu. Es muy tenue, pues el luto debe guardarse respetuosamente mientras un cuerpo es velado. Incluso el kohl que rodea sus ojos en ese momento es blanco.

Izuku lleva, también, una diadema planeada, sencilla, sin adornos, que sólo tiene grabado el emblema de los Midoriya en pequeño. La diadema sostiene un velo blanco de tul que le cae por la espalda y esconde un poco su cabello que ya le llega a los hombros. Piensa en cortarlo un poco, pues es cada vez más indomable y su madre tuvo que intentar recogerlo un poco para la ceremonia.

Izuku se arrodilla ante el cuerpo de su padre y se repite a sí mismo que es la última vez.

El legado de Hisashi Midoriya tiene que morir.

—Madre de todos nosotros —dice fuerte y claro—, cuídanos en nuestras horas más oscuras y alégrate en nuestras horas más claras.

Detrás de él, algunos lloran al rey caído.

Izuku se aprovecha de que nadie puede ver su rostro, arrodillado ante el cuerpo como está. Detrás del cadáver se encuentra un tapiz con la figura de Nana Shimura, La Madre, y es en él en donde Izuku clava su mirada y sonríe.

«Alégrate en nuestras horas más claras».


Deshace el consejo con apenas una firma y un papel. Una orden. Una de las consecuencias de que haya pasado años estudiando en la biblioteca sobre las reglas que deben seguir los reyes de sur es que sabe perfectamente cómo argumentar que el consejo está construido de mala fe en su contra. Además, nadie quiere ponerse en el camino del rey, especialmente cuanto el mundo asume que sigue casado con el Rey Bárbaro del norte. Todos tienen sobre eso una opinión e Izuku las ha escuchado todas: que Katsuki le será fiel, que Katsuki sólo lo tiene como un peón, que Katsuki lo trata justamente como Izuku nunca fue tratado en el norte, que es un prisionero. Nunca da señales de haber escuchado ninguno de los rumores. Le basta con saber su verdad y con que su padre la sepa.

Antes de abdicar, escribe una carta, en lenguaje formal, dirigida al norte; la envía en las manos de Tenya Iida. En ella negocia a los prisioneros que tiene Katsuki. Le pide, como rey, que entregue a varios en un acto de buena fe por la paz del sur y el norte. Entre una línea y otra deja entrever el amor que siente por el Rey Bárbaro, aun cuando sólo trata temas diplomáticos. Habla sólo de los soldados del primer asedio, porque sabe que Katsuki no va a soltar ni a Moonfish ni al hombre que lo atacó. Acepta con tranquilidad que morirán a manos de Katsuki. Por haber atacado a los niños. Por haberlo atacado a él —igual que murieron los hechiceros del Shie Hassaikai, maldecidos a rondar el bosque por las noches—. Pero entre línea y línea le pide que libere a los soldados porque el sur no hará de nuevo la guerra con él. «No mientras seas rey y yo esté a tu lado», escribe Izuku y entre la diplomacia se cuela una promesa de amor eterno.

Tiene que esperar un par de semanas para la respuesta a su carta. En ella Katsuki le pide que libere a todos los bárbaros injustamente encerrados en los calabozos de su padre e Izuku lo concede porque Katsuki aceptó la paz tal como se la propone. La bruja que lo ayudó a liberar a Eijiro, Ibara Shiozaki, no fue la única que se encontró como prisionera por resultarle útil al rey. Y en otra línea, debajo, antes de la despedida, Izuku lee: «Creo que tú y yo podremos lograr la paz. Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades». Así responde Katsuki todos los «te quiero» que Izuku escondió entrelíneas.

Izuku abdica oficialmente, sin haber sido nunca coronado, el día que los prisioneros llegan a la capital. El tiempo que fue rey, lo gastó formando una mesa de consejeros que mire por sus intereses. Se compromete a mediar entre el norte y el sur el tiempo que haga falta. Tomura Shigaraki no aparece. A esas alturas, medio reino lo está buscando. Las facciones leales a su padre quieren su ayuda para acabar con los planes de Izuku, el resto quiere detenerlo. Izuku se lo toma con calma, extrañamente tranquilo por ese hecho. Al frente del gobierno que se queda en su reino —que ya no es un reino y quizá tengan que buscarle otro nombre, eventualmente— está su madre, a quien la gente todavía se dirige como Su Alteza la Reina —han quitado ya el consorte de su título—. Chiyo se vuelve su mano derecha.

Unos días después de su abdicación, sale una pequeña comitiva en dirección al norte. Izuku se quedó con su título de príncipe —aunque ya no heredero—. A los ojos de la gente, sigue casado con Katsuki.

Así que parte. Se siente extrañamente tranquilo, después de haber torcido por completo el destino que su padre había decidido para él. Vendrán otras tempestades pero, en ese momento, ansía ver, por fin, al Rey Bárbaro.


Cuando desciende del palanquín, no siente el miedo de la primera vez.

Va de color crema y verde. Las mangas de su atuendo, anchas, con las orillas verdes, tienen bordada una historia de amor entre el bosque y las brujas. Remiten a una historia vieja que le contó su madre muchos años atrás. Los pantalones verdes combinan con el resto. El cuello tiene detalles bordados con ramas y hojas y algunas pequeñas flores. Casi todos los motivos aluden al verde bosque.

Lleva un tocado de oro y esa vez no lleva el emblema Midoriya en él, sino el de la familia de su madre. Los detalles, hechos de esmeraldas y piedras verdes remiten al follaje de los árboles de un bosque y combinan con su cabello, que se complementa. Los rizos le caen hasta los hombros. Los cortó un poco antes de marchar, pero no demasiado; le gusta aquella pequeña melena.

Tiene un velo que cubre su cara puesto, sujeto al tocado de su cabeza. No puede ver nada, igual que la primera vez.

Entonces estaba asustado y temía que el Rey Bárbaro fuera un hombre peor que su padre. Ahora sabe que Katsuki está del otro lado y espera que su mano retire el velo.

Ya no tendrían que hacerlo, porque lo hicieron la primera vez, pero para Izuku es simbólico. Aquella hubo miedo en su interior y lo hizo obligado, por una orden de su padre. Ahora su padre está bajo tierra y ya no puede controlar su vida. Es simbólico, se dice, cuando una mano retira el velo con sumo cuidado, levantándolo por encima de su cabeza. Lo primero que ve frente a él es el rostro de Katsuki, con el cráneo de ciervo en su cabeza y unos detalles de pintura naranja en sus mejillas. Sus ojos rojos se clavan en los ojos verdes de Izuku, enmarcados con kohl verde, también. Ve, igual que la primera vez, como Katsuki se salta un latido, una respiración y luego tiene que compensar por el aire perdido. Sonríe.

—Bienvenido —murmura—, su Alteza.

Izuku sonríe ante la emoción que nota en el tono de Katsuki, que está haciendo un esfuerzo por mantenerse impasible ante la ceremonia. Tras él, Izuku alcanza a ver a Denki y a Eijiro, a Kyoka, a Momo, a Mina y a Ochako con Tsuyu. Las historias aprendidas en la biblioteca y todas las que salieron de sus labios en la dirección de los oídos de Katsuki, incluidas las incompletas que aún debe terminar. Pero sólo puede concentrarse en Katsuki y en los ojos rojos que lo miran con toda la adoración posible que existe en el mundo y con un amor que no puede ser contenido en ninguna parte.

También siente que se queda sin aire; de repente es demasiado.

Entonces, cuando sus ojos arden y siente que una lágrima se escapa, se inclina para disimularla. Busca los pies de Katsuki y esa vez el Rey Bárbaro no le dice que en el norte no hacen eso. Entre ambos retumban las palabras que Izuku dijo cuándo salvó a Katsuki. «Es cariño, amor». Así que toca sus pies. Las manos de Katsuki se posan un momento después sobre sus hombros, instándolo a levantarse. Izuku ve al Rey Bárbaro a la cara y es allí cuando Katsuki nota sus lágrimas.

Apenas si puede reaccionar cuando los brazos de Katsuki lo envuelven y lo atraen hacia sí.

Los labios de Katsuki murmuran cerca de sus oídos unas palabras únicamente destinadas a ser oídas por Izuku.

—Algún día, también yo buscaré tus pies.

«Te extrañé», oye Izuku, entre palabra y palabra.

El príncipe suspira de alivio.

—Siento que estoy en casa.


Notas de este capítulo:

1) ¡Me acordé de quien es la autora del fanart en el que me inspiré para el cráneo de ciervo/corona de Katsuki. Es rinriemie y la encuentran así en tuiter. Reconocerán el fanart del que hablo cuando lo vean aunque técnicamente no es el mismo cráneo. (Siempre es de buenas prácticas citar las inspiraciones desde el fandom porque pues conocen a más personas que hacen cosas preciosas de este manga).

2) El color del luto es blanco, igual que en muchas culturas asiáticas (en India, China o Japón se usa el blanco como color de luto). Me detuve justamente en Izuku arrodillado ante el cadáver de su padre porque es muy simbólico para el personaje por un lado y porque quería describir a detalle su atuendo de luto.

3) Oboro Shirakumo me duele físicamente, pero desde que mencioné las tierras malditas y la dinastía que gobernaba allí debieron haber visto venir el dolorrrrr. Aizawa, a él lo quiero mucho. Y era de los personajes que tenía que salir eventualmente.

4) «Todo lo que existe merece perecer» es una frase de Hegel que Engels retoma en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. Ya me puse muy snob entonces ahí dejo la nota. ¡Pero aquí digo que lo dijo un poeta porque los filósofos también son un poco poetas y porque los comunistas son muy poetas aunque la gente no quiera creerlo!

Andrea Poulain