-Capitulo 12: Confianza-

Habían estado conversando durante toda la mañana, aclarando todo lo sucedido y sincerándose el uno con el otro. La charla funcionó a la perfección, como si de una terapia se tratara. Después de haber liberado todos esos sentimientos que la atormentaban, Psyque por fin volvía a sentirse bien. De hecho, se sentía mejor que nunca. Ya no había más lamentos o inseguridades en su corazón, pues los había expulsado todos mediante sus palabras. Las únicas cosas que mantuvo dentro de su corazón fueron el valor que había adquirido poco a poco con sus pruebas, las sabias lecciones que había aprendido y el infinito amor que sentía por Eros.

- Te veo … - dijo Psyque mientras tomaba la mano de su amado y entrelazaba sus dedos entre los suyos.

- ¿Eh?

Eros parecía ligeramente confundido.

- ¡Te estoy tocando y te veo! – exclamó ella rebosante de felicidad. Sonreía ampliamente de una forma tan adorable que Eros no pudo evitar enrojecer al instante.

- … basta. – respondió enfurruñado. – Normalmente soy yo el que hace todo lo posible para que tú te sonrojes. Deja de usar tus armas de seducción contra mí.

- ¿A-Armas de seducción? – le interrogó la sorprendida joven. Al parecer, ahora era su turno para estar confundida. – Espera, ¿te estaba seduciendo?

- Bueno … Eso no importa. – le dijo Eros tratando de desviar el tema, cosa que se le daba fenomenal cuando le convenía. – Lo importante ahora es como vamos a salir de esta. Mi madre está empeñada en separarnos y no parará hasta salirse con la suya.

Ahí tenía razón. Afrodita todavía les estaba buscando. Además, contaba con el apoyo de muchos dioses que no se atrevían a oponerse a ella.

- Pero tu madre me prometió que me dejaría estar contigo si completaba sus tareas. ¡Me dio su palabra de diosa!

- Siempre suele cumplir con lo prometido, pero en este caso podría ser diferente. Quizás podría alegar que el acuerdo no es válido porque has recibido ayuda a lo largo de todas las pruebas. Ella suele recurrir a ese tipo de artimañas para salirse con la suya.

Psyque bajó la cabeza apenada. Le hubiera gustado completar las pruebas por sí misma, pero eso era una hazaña casi imposible para un mortal sin profundos conocimientos de lo divino o lo sobrenatural. Además, las pruebas estaban diseñadas para que fracasara.

- Entonces … ¿Qué hacemos? ¿Nos fugamos juntos? – propuso ella. Había cierta ilusión en el tono de voz que utilizó para su proposición.

- ¿Fugarnos? - exclamó sorprendido al notar la ilusión mal disimulada de su amada. - … Te has leído todos los relatos románticos de la biblioteca del palacio, ¿verdad?

- B-Bueno … n-no todos. Solo … dos.

- Clarooo, seguro. – refutó sarcásticamente su incrédulo amante.

- Dos … Me faltan dos, de los trecientos veinticinco relatos del ala oeste …

A pesar de la situación en la que se encontraba, Eros no pudo evitar reír a carcajadas.

- Llevas el romance en las venas. ¡Más que el propio dios del amor!

- ¡No te burles de mí! – Psyque cruzó los brazos, enfurruñada.

- Por muy romántico que suene tu plan de fuga, no es lo aconsejable, mi dulce Psyque. – declaró alegremente, ignorando su adorable puchero. – Pero no te preocupes. Ya te lo dije antes, tengo un plan.

- ¿¡De verdad!? – exclamó la chica cuyo corazón latía esperanzado.

- Claro, déjalo en mis manos.

Y con estas palabras procedió a explicar lo que ambos debían hacer:

- Vamos a tener que separarnos por un rato, ¿vale? Serán un par de horas, pero te prometo que volveré. Por un lado, yo iré a ver a Zeus. Esta vez lograré convencerlo para que se ponga de nuestro lado. Por otro lado, tú debes volver con Afrodita. Dale el cofre y finge que no me has visto, ¿está bien?

- Está bien… - dijo ella antes de quedarse en silencio por unos breves instantes, como si estuviera cavilando algo en su mente. Luego, con una expresión inusualmente seria, continuó hablando - Pero, primero quiero que me digas una cosa.

Eros la observó intrigado. El brillo de determinación de esos ojos esmeralda en combinación con esa expresión tan severa le indicaba que ella estaba a punto de decir algo que consideraba importante.

- Eros. Quiero que me digas que confías en mí.

- ¿Confiar? ¿en ti? – la miró terriblemente confundido, sin saber muy bien a donde pretendía llegar con todo eso. - ¿Por qué necesitas que te diga algo así?

- Porque quiero construir una relación de mutua confianza contigo, en la que el amor pueda florecer sin más secretos; sin caras ocultas; sin creer en mentiras, acusaciones falsas o palabras malintencionadas. Así que… ¡Confía en mí, que yo confiare en ti! ¡Nuestra confianza mutua será inquebrantable!

Y mientras decía esto, tomó las manos de Eros entre la suyas. Lo miró directamente a los ojos, como si tratara de transmitirle todo lo que sentía por dentro a través de su mirada.

- Psyque … - susurró Eros. ¿Estaba ella tratando de arreglar la confianza que su relación perdió después de aquella fatídica noche en la que se separaron?

- Y así ... – continuó ella. - Cuando me prometas que volverás, yo confiaré en ti, esperaré paciente tu regreso y jamás volveré a tener miedo de que te marches para siempre… o de que no vuelvas nunca más.

Ante sus palabras, Eros quedó terriblemente conmovido. Acarició la mejilla de la tierna joven, para luego acercarse muy lentamente a sus labios y besarla con infinita ternura.

Tras el beso, el dios acercó sus labios al lóbulo de su oído y le susurró muy bajito las siguientes palabras:

- Confió en ti, Alma. Y te prometo que volveré por ti.

A lo que ella respondió:

- Confió en ti, Amor. Y te prometo que te estaré esperando.

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Y con la tardía entrega del cofre, se dieron por concluidas todas las pruebas.


En el Olimpo, hogar de los dioses:

Eros caminaba a paso lento por el largo pasillo que le conduciría hasta el trono del rey de los dioses.

Su relación con este era muy buena en la actualidad, a pesar de haber empezado con muy mal pie. Una profecía advirtió a Zeus de los terribles infortunios que tendría que sufrir si permitía el nacimiento del hijo bastardo de Afrodita, fruto del adulterio entre la diosa del amor y el dios de la guerra. Para librarse de tan terrible fuente de conflictos, el dios de dioses mandó matarle antes de que naciera. Sin embargo, Afrodita no iba a permitir que nadie le arrebatara la vida de su hijo. Escondió al pequeño Eros en un bosque de Chipre, donde se criaría en estado salvaje, rodeado de ninfas y fieras, hasta que finalmente Zeus recapacitó y le admitió en el Olimpo. Eros se pasó gran parte de su existencia siendo un niño travieso que no crecía, que no hacía nada más que jugar o causar graves problemas a todo el mundo, en especial al padre de todos los dioses. Pero, a pesar de todos los conflictos, fue creándose un vínculo afectivo muy fuerte entre ellos dos, que creció aún más cuando Eros dejó de ser un niño y se convirtió repentinamente en un joven adulto, tras el nacimiento de su hermano, Anteros, dios de la pasión. La única explicación que ofreció Zeus a tan extraño suceso fue: "El amor no puede crecer sin pasión"

A día de hoy, debido al pasado que les unía, Eros consideraba a Zeus como un padre. Incluso más que a su verdadero progenitor.

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No tardó mucho en encontrarlo, sentado en su trono, con actitud de haberlo estado esperando por un largo rato.

- Finalmente, estás aquí.

Se levantó de su trono, digno como el que más, para avanzar hacia él con paso firme.

- Supongo que ya estarás al tanto de todo lo que ha pasado, Zeus.

- No lo dudes. De hecho, ayudé a tu mujer en una de las pruebas. Tómalo como un pago por el favor que te debía.

- Con eso no me basta. – anunció Eros con severa expresión. - Necesito tu ayuda.

La única respuesta que recibió por parte de Zeus fue un bufido airado.

- Por favor, escúchame. - insistió Eros.

- Ya te lo dije antes y te lo repito ahora. Olvídate de esa mortal. La nueva ley para prohibir las relaciones entre dioses y humanos está a la espera de ser aprobada por la asamblea.

- Pues vuelve a Psyque inmortal, tal y como yo te sugerí. Así, mi relación con ella no interferirá con la ley.

- No puedo volver inmortal a cualquier humano, Eros.

- ¡Pero ella no es cualquier humano! ¡No después de haber superado todo lo que se le venía encima! – protestó Eros, muy indignado. - Con su valor como única arma ha superado retos, ha escalado altas montañas y ha descendido a los abismos del mismísimo infierno. ¿Podría cualquier humano hacer eso? Puede que haya recibido ayuda a lo largo de todo su viaje, pero tú mismo siempre dices que no hay nadie en el mundo, ni siquiera un dios, que no necesite una mano amiga de vez en cuando. ¿O me vas a decir que llegaste a ser el padre de todos los dioses por tu cuenta?

- Cuida esa afilada lengua que tienes. – le advirtió el intimidante Zeus con tono autoritario. El recinto entero pareció temblar de miedo ante su voz ronca.

Pero el desafiante Eros estaba muy lejos de temblar de miedo ante él.

- ¡La amo! - le gritó de vuelta.

Tras estas palabras, se hizo un tenso e incómodo silencio entre ellos que pareció durar una eternidad. El mayor, tras un largo suspiro, fue el primero en romperlo:

- Que problemático… ¿por qué nunca atiendes a razones? – preguntó, más para sí mismo que para Eros, a la vez que se llevaba una mano a la frente y se masajeaba la sien. Este chico era un dolor de cabeza.

- ¿Desde cuándo el amor atiende a razones?

- Eros … - le regañó. – Entiendo que estés entusiasmado con esta chica, pero …

- No estoy entusiasmado. La quiero de verdad. Quiero que sea mi esposa por ley. No sé cuántas veces más necesito decirlo para que lo entiendas. – Luego, bajó el tono de su voz, para añadir una vehemente petición. - Zeus, … por favor. Sabes que nunca te he pedido nada, así que concédeme esto. Por favor.

Tras unos segundos, el anciano pareció apaciguarse ligeramente.

- … ¿Y si no lo hago?

- La amaré de todas formas.

Zeus se mantuvo en silencio ante su sincera respuesta. Sumido en sus pensamientos, comenzó a dar un par de pasos de aquí para allá mientras analizaba la situación con sumo cuidado. Sabía que, dijera lo que dijera, el impetuoso joven no estaría dispuesto a renunciar a la humana. Su declaración de amor era clara y sincera, al igual que sus sentimientos por ella. Nada en este mundo podría hacerle cambiar de parecer.

- Quizás una buena chica te ayude a sentar la cabeza. Y ciertamente, esta humana ha demostrado su valía en más de una ocasión. – murmuró meditabundo, antes de detener su caminar y situarse justo enfrente del joven dios. – ¿Estarías dispuesto a tomar la responsabilidad de casarte con ella? ¿De verdad?

- Si. – contestó de inmediato, decidido, sin titubear.

Zeus le miró ligeramente confundido. Luego, su expresión se fue suavizando progresivamente.

- …Parece mentira. – dijo con un deje de incredulidad. Un destello de nostalgia brilló resplandeciente en sus ojos. - Aun recuerdo como si fuera ayer el día en el que se presentó ante mí aquel niño sucio, salvaje e insolente, criado en los bosques como un animal, que solo tenía un arco como única posesión. Me causaste tantos problemas nada más llegar, aunque solo eras un mocoso … Y mírate ahora, joven y enamorado, deseando casarte, tener hijos ...

Por primera vez durante todo este encuentro, Eros sonrió de forma afectuosa.

- ¿Te vas a poner sentimental, viejo? – bromeó con un tono de voz que mezclaba magistralmente el cariño y el sarcasmo.

- ¿Como no hacerlo, mocoso? – preguntó Zeus, devolviéndole al instante la sonrisa. - Te he visto crecer en mi seno. Por eso, aunque me has causado graves problemas en más de una ocasión, no puedo seguir negándote lo que tanto deseas. Trae a tu doncella de la tierra ante mí. En honor a su devoción, voy a repeler la nueva ley contra las relaciones entre dioses y humanos e interferiré en vuestro favor frente a tu madre. Además, estoy dispuesto a volverla inmortal, si el resto de los dioses está de acuerdo, para que así Afrodita pueda aceptarla como parte de la familia.

- ¿¡En serio!? – exclamó muy dichoso. Tanta fue su alegría que aleteó inconscientemente las alas varias veces, casi a punto de saltar por los aires. Literalmente.

- Con una condición…

El dios del amor dejó a un lado su inmensa dicha para lanzarle una mirada desconfiada.

- No me gusta cómo suena eso…

- Estas en deuda conmigo, chico. Así que, ya sabes. Cuando baje al mundo mortal y vea a alguna bella humana que sea de mi agrado, espero contar contigo…

Eros lo miró como quien mira a un trozo de basura en medio del camino.

- Siempre igual ... - murmuró bajito para sí mismo. – Viejo verde.

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Las divinidades principales se hallaban reunidas en una asamblea extraordinaria, organizada por el padre de todos los dioses.

- Estamos aquí reunidos para discutir el caso de Eros y su enamorada, la princesa mortal Psyque.

Los susodichos estaban de pie, tras Zeus. Ante ellos se hallaba una mesa redonda, con todos los dioses del Olimpo sentados en torno a ella.

- ¡Hijos míos! ¡Todos habéis sido testigos del romance que ha surgido entre ellos y de las penurias que han tenido que pasar para reencontrarse! Por tanto, no creo que os extrañe lo que voy a decir: Eros ha solicitado que transforme en inmortal a la humana Psyque, para que ambos puedan casarse legalmente en las mismas condiciones y así poder vivir como iguales.

- ¡Protesto! – exclamó Afrodita, dando un fuerte golpe sobre la mesa. - ¡No pueden casarse!

- Tú, diosa del amor y la belleza, sabes de lo impetuoso, de lo bello que es el sentimiento que les une. Tú deberías ser la última en oponerte a su unión.

- ¡Pero ella robó mi culto y mancilló mi honor! ¡Hirió a mi hijo con su traición! ¡Debe pagar por sus crímenes!

- Ya ha pagado por ello. En cuanto a tu culto, no debes preocuparte por eso. Ahora que Psyque será una diosa vivirá lejos de los humanos. Ellos dejarán de adorarla por ser "la reencarnación de Afrodita" y volverán a adorar a la verdadera diosa.

- Pero …

- Además, Psyque ha superado tus pruebas, por lo que debes cumplir con lo que le prometiste o caerás en deshonra por juramento desleal.

El debate prosiguió durante una hora entera, hasta que Afrodita no supo que contestar. La mayoría de los dioses, aprovechando el apoyo que les brindaba Zeus, se habían puesto del lado de Eros. Harta de esta discusión interminable, la frustrada Afrodita simplemente se sentó airada, para luego mirar a su hijo con un deje de preocupación y tristeza.

- No pongas esa cara ni te entristezcas por esto, querida. – le dijo Zeus, intentando contentar a la diosa. - No temas por tu hijo ni por tu linaje, porque yo haré que esta boda sea perfecta, ordenada y organizada como el derecho lo manda.

Al ver que Afrodita estaba empezando a ceder, Eros aprovechó para intervenir. Tomó la mano de su amada y mirando directamente a su madre, así le habló:

- Madre… Ella me hace muy feliz.

Afrodita los miró por un largo rato. Luego suspiró resignada. Ante la sonrisa de enamorado que tenía su hijo, ella poco podía hacer, salvo ceder:

- Haced lo que queráis... – replicó con desdén.

Luego miró a Psyque y añadió:

- Ni se te ocurra hacerle daño o lo pagarás.

- C-Claro que no, señora. ¡Yo le amo! ¡Y si no se lo he demostrado ya se lo demostraré mil veces si hace falta!

- … Está bien. Cállate de una vez. - y con una expresión un tanto sombría añadió. – Acepto. Tienen mi bendición para casarse.

Tras una breve pausa, Zeus añadió:

- ¿Alguien más se opone a esta unión?

Nadie dijo ni una palabra. No cuando Eros los miraba a todos con perversas intenciones asesinas. Cualquiera que se atreviera incluso a toser correría el serio peligro de enamorarse locamente de algún indeseable, de su peor enemigo o de algún animal inmundo.

- Si no hay más protestas, se le concede a Eros su petición. ¿A qué esperan? ¡Tenemos una boda que preparar y una nueva inmortal a la que acoger en nuestro seno! ¡Organicen un gran banquete! ¡Llamen a las musas! ¡Manden invitaciones por cielo y tierra! ¡Durante este gran festejo la princesa Psyque tomará el dulce néctar de la Ambrosia y se unirá a nosotros en el Olimpo como una divinidad más!

Una vez declarado esto, todos aplaudieron entusiasmados por la celebración que estaba por venir.

Una vez asignadas las tareas que cada uno debía llevar a cabo para el gran evento, todos se marcharon raudos para iniciar las preparaciones. El entusiasmo era comprensible, ya que no todos los días se casaba un inmortal. ¡Y con una humana! ¡Esto iba a ser un acontecimiento muy especial!

Tras todo el ajetreo, la sala quedó finalmente en silencio, con Zeus, Eros, Psyque y un par de dioses más.

Eros le dedicó a Zeus una sonrisa radiante. El rey se la devolvió encantado.

- ¡M-muchísimas gracias, señor Zeus! ¡Es todo un honor! – dijo la tímida humana acercándose repentinamente hacia su eminencia para dedicarle una profunda reverencia. - ¡Gracias por defender nuestra unión! ¡No sé cómo agradecerlo!

- Oh, pequeña. No ha sido nada.

- ¡Aun así, mil gracias, gran señor! – insistió ella con lagrimillas de felicidad en sus brillantes ojos.

Zeus tomó la mano de la mortal de la forma más galante posible.

- Ahora entiendo perfectamente por qué este chico está tan loquito por ti. Eres una ricura tan tierna.

Zeus la miró directamente a los ojos, embelesado por su belleza tan …

- ¡No te acerques que te conozco, marrano! – exclamó Eros dramáticamente, a la vez que rodeaba a su Psyque con sus brazos de forma sobreprotectora.

- ¡Qué acabas de decir, mocoso insolente! ¿Quién me ha puesto en aprietos con las mujeres en primer lug…? - Zeus se detuvo al sentir una presencia maligna detrás de él. Por supuesto, se trataba de su esposa Hera, que lo miraba con expresión sombría.

- En aprietos te metes tú solo, viejo verde. No me culpes a mí por todos tus enredos.

- ¿Qué está pasando? – preguntó la inocente Psyque, que se sentía terriblemente perdida.

- Mira Psyque, si quieres sobrevivir aquí debes escuchar mis consejos por una vez en la vida. Al viejo este ni agua. Y al barbudo del tridente ni te acerques, que es un guarro violador.

¿¡A quien dices guarro, niño!? – exclamó Poseidón saliendo de la nada. - ¡Un respeto a tus mayores!