Para el momento en que llego al apartamento mis piernas tiemblan ligeramente y mi respiración está acelerada. Los músculos de mi vientre no dejan de tensarse mientras yo intento mandar sobre mi cuerpo. Me he controlado toda la tarde, pero ha sido porque he estado sentada, sin moverme.
Christian aún no llega.
Dejo todas mis cosas y me meto en la cocina a preparar la cena.
Cada paso es una tortura en mi interior. Cada movimiento hace que contenga un gemido. Así que intento no pensar en la deliciosa sensación que se acumula poco a poco entre mis piernas deseando una liberación. Cada movimiento, hace que me agarre de la encimera, o de la nevera o que aferre fuertemente la cuchara de madera con la que revuelvo la salsa para la pasta que estoy preparando.
Termino la cena. Christian no llega y es casi la hora de bajar al gimnasio. ¿Se supone que baje con esto en mi interior?
Camino lentamente hacia mi habitación e igual de lentamente me cambio de ropa por la de los ejercicios. Me cuelgo la bolsa al hombro y bajo lentamente hacia el gimnasio. Llego con tiempo suficiente y me siento en un banco. Aún no llega nadie así que espero mientras voy tranquilizando mi respiración. Al menos estaré bien mientras no me mueva de mi sitio.
Cuando comienzan a llegar mis compañeros comienzo a ponerme las vendas en las manos. No me he movido de mi sitio. Pero puedo sentir su presencia cuando hace su entrada en la habitación. Levanto la vista y allí está con un short corto y una camiseta negra de tirantes que se ajusta perfectamente a su cuerpo de infarto.
—Buenas tardes chicos. —todos comienzan a tomar sus lugares para comenzar la clase.
Me levanto mientras contengo la respiración y me coloco al final de la clase. Puedo ver como su mirada se desplaza por mi cuerpo y me mira frunciendo el ceño.
—¿Te encuentras bien Ana? —me pregunta mientras todos se gira de repente hacia mí.
Todas las miradas están en mí.
Desde luego que no me encuentro bien. Estoy extremadamente excitada y a punto de un orgasmo y no creo que aguante el entrenamiento sin gemir audiblemente o de venirme.
—Perfectamente. —le digo con una sonrisa.
Todos vuelven a girarse hacia el profesor.
—Comiencen a calentar. —grita mientras todos frente a mi comienzan con el calentamiento.
Esta vez no nos pide que formemos parejas. Pero desde mi lugar al final de la clase puedo ver que no aparta su mirada de mi mientras comienza a calentar. Al parecer el resto de mis compañeros ignora la dirección de su mirada y por suerte para mi también me ignoran a mí.
Los estiramientos los hago sin ninguna dificultad. Pero cuando llego a los squats. Automáticamente muerdo mi labio inferior para contener un gemido.
¡Dios! ¡Ayúdame!
Me muerdo tan fuerte el labio inferior que creo que me saco sangre. Sí. Puedo sentir el sabor metálico de la sangre en mi boca.
Cierro los ojos todo el tiempo que hago el resto de los ejercicios. Esto ya no es una tortura, es un tormento que está arrasando con todos los pensamientos racionales que tengo.
Siento las piernas comenzar a temblarme. Cuando abro los ojos veo a Christian mirándome fijamente. Tan solo con el calentamiento he terminado super agitada. Me siento como si acabara de correr una maratón.
—Formen parejas. —en cuanto escucho sus palabras lo veo caminando en mi dirección. —¡Ana! —grita mi nombre y me estremezco.
Se detiene frente a mí. Observo hacia todas partes mientras mis compañeros comienzan a colocarse los guantes.
—¡Comiencen con los sacos! —grita sin apartar su mirada de la mía.
Todos se alejan de nosotros. Y el da un paso para acercarse más a mí.
—¡Ana! —me dice ahora en un tono seductor que hace que mis piernas tiemblen aún más y que los músculos de mi cintura para abajo se tensen en deliciosa anticipación a lo que sé que el puede hacerme con solo un toque. —¿Todavía las llevas dentro? —me pregunta en voz baja.
Lo sabía. Sabía que eran unas bolas chinas.
—No sabía que podía quitármelas. —inquiero ahora alzando una ceja.
—¿No te has venido? —puedo ver sorpresa reflejada en su rostro y en su tono de voz.
—Me dijiste que no lo hiciera.
Lo cierto es que aun no creo que haya aguantado tanto. Mi cuerpo me pide a gritos un orgasmo, o dos, o tres. Solo quiero deshacerme de la tensión que he acumulado en todo el día. Y sé que lo único que necesito en estos momentos es un toque de sus manos sobre mi piel.
—Mejor terminamos cuanto antes. —le digo mientras me dirijo con piernas temblorosas hacia el banco donde esta mi bolsa con mis guantes.
Christian me alcanza cuando llego allí.
—No tienes por qué continuar aguantando, puedes…
—Quiero probarme a mí misma. —le digo mientras me pongo los guantes y me dirijo con paso lento hacia uno de los sacos.
Puedo ver que Christian no aparta su mirada de mí. Y comienzo a golpear el saco con leves gritos. Los gritos son para ocultar los gemidos de placer que siento cada vez que las malditas bolas se mueven en mi interior. Me concentro en golpear el saco y en los movimientos de mis piernas mientras grito golpeo y esquivo. Y mientras hago el entrenamiento, intento apartar de mi mente todo pensamiento con respecto al no tan misterioso objeto que llevo en mi interior.
—Es todo por hoy chicos.
Estoy exhausta. Camino lentamente hasta el banco y me siento lentamente. Ya el dolor bajo vientre es insoportable. Mientras me quito los guantes y las vendas observo como mis compañeros de clases se van marchando.
—¿Trajiste el teléfono? —me pregunta deteniéndose a mi lado cuando se han marchado todos.
—¿El teléfono? —para que iba a necesitarlo aquí.
—¿Olvidaste que me ibas a hacer unas fotos para mostrarle mañana a los de la revista?
—¡Lo olvidé por completo? —maldito Christian y su técnica de distracción.
—Puedes utilizar el mío y después las transfieres al tuyo. —me dice tendiéndomelo.
—De acuerdo. —cojo el teléfono de su mano mientras el me brinda una sensual sonrisa.
Esa sonrisa es mi perdición.
—Oye Christian, te queda mucho, necesito salir antes de abrir nuevamente a las 8:30 pm. —la chica de recepción se detiene en medio del gimnasio y nos mira a los dos alternadamente.
—Necesitan hacerme unas fotos para una entrevista. ¿Crees que pueda utilizar la instalación?
—Desde luego. Puedes utilizarla, lo sabes.
—De acuerdo, no tardaremos mucho.
—Tómense el tiempo que quieran, cerraré la puerta principal, así nadie los interrumpe.
—Gracias. —le contesta él mientras la chica abandona el gimnasio.
—Comenzamos cuando quieras. —me dice interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Nos acaban de encerrar aquí? —le pregunto estupefacta.
—Tenemos todo el gimnasio para nosotros solos durante media hora. Así que imagino que sí. —me dice con una sonrisa retorcida.
—Pues comencemos cuanto antes. —le digo mientras me pongo de pie rápidamente.
Solo entonces recuerdo lo que llevo en mi interior y que debo tomármelo con calma. Respiro profundamente.
—Que tal si comenzamos con unas fotos golpeando el saco. —le digo conteniendo mi respiración.
Christian se dirige hacia el saco de boxeo y comienza a golpear el saco mientras yo le saco algunas fotos. No son fotos profesionales, pero servirán para mostrarles mañana a los de la revista. Christian se detiene brevemente y se saca la camiseta mojada de sudor, dejándola caer al suelo. Después continúa golpeando el saco mientras yo continúo sacando fotos.
Verlo entrenar sin camiseta es mejor aún que verlo entrenar con camiseta. Me paro detrás de el y observo los músculos de su espalda contraerse en cada movimiento. Y saco varias fotos así también.
—Creo que es suficiente. —le digo con la respiración acelerada. Ya no es por las bolas ocultas en mi interior, ahora es por su presencia que afecta mis sentidos de todas las formas posibles.
Christian se detiene y se saca los guantes lanzándolos al suelo. Se queda mirándome fijamente. Tiene la misma mirada que el lobo de su tatuaje. Una mirada peligrosa y de depredador. Camina en mi dirección. No puedo moverme. Me quita el teléfono de la mano y lo coloca en un banco.
—Creo que nos quedan veinte minutos aún antes de que abran las puertas. —me dice dando un paso en mi dirección y deteniéndose frente a mí.
Su mirada se ha oscurecido de deseo y sinceramente yo ya no puedo aguantar más esta tortura.
—Vamos a sacarte esas bolas. —me dice mientras toma mi mano y tira de mi hacia el baño a paso veloz.
Sus pasos apresurados no ayudan mucho con mi estado de excitación. Para cuando entramos al baño ya estoy al borde de un delicioso orgasmo.
Es la primera vez que entro al baño de aquí del gimnasio, y no es como lo hubiese imaginado. Tiene una enorme encimera con varios lavamanos incrustados y más allá están las duchas. Christian cierra la puerta y se detiene frente a la encimera. Coloca sus manos en mi cintura y me baja rápidamente la licra y las bragas hasta los tobillos. Y yo rápidamente me deshago de las zapatillas deportivas. Vuelve a sostenerme por la cintura y me carga hasta sentarme en la encimera.
—Abre las piernas. —me dice con la voz ronca de deseo.
Mi mirada se pierde en sus músculos relucientes por el sudor. Bajo la vista por todo su abdomen hasta el bulto que se marca en su short deportivo. Alzo nuevamente la vista. Christian da un paso más frente a mí.
—Apóyate en las manos e inclínate hacia atrás.
Ya no soy consciente de nada. Hago lo que el me pide sin dudarlo ni un segundo. Pero no aparto mi mirada de él. Apoya sus manos en mis tobillos y las sube lentamente por mis piernas hasta llegar a mi sexo. Ya en este punto estoy jadeando de placer. Aún más. Desliza una mano entre mis piernas y siento como saca las bolas de mi interior mientras yo muerdo mi labio inferior conteniendo un gemido de delicioso placer.
—No pensé que aguantaras tanto. —me dice mientras da un paso más quedando pegado a mi cuerpo.
—Ni yo. —le digo a punto de hacer combustión espontanea.
—¿Cómo te sientes? —me dice mientras apoya sus manos junto a las mías.
—A punto de explotar, te necesito en mi interior. —le digo mientras me siento derecha y subo mis manos hacia sus hombros.
—No hay nada que me gustaría más, pero no suelo venir al gimnasio con preservativos.
—¡No me importa! —le grito exasperada.
Christian se queda mirándome fijamente por un momento.
—Siempre he utilizado protección Christian, al menos eso era algo que los idiotas con los que salí hacían bien.
—Pero yo no. Hubo un tiempo en que no usaba protección. —me dice en un susurro.
—¿Tienes alguna enfermedad?
—No.
—Confío en ti. —le digo mientras bajo mis manos hacia el elástico de su short de deporte.
—¡Ana! No tientes al lobo. —me dice aferrando mis manos por las muñecas.
—¿Qué quieres decir?
—Que una ves en tu interior, sintiendo esa deliciosa presión que ejercen tus músculos vaginales en mí, no sé si pueda detenerme. Mucho menos al estar piel con piel.
—Confío en ti. —le repito nuevamente.
Además, es probable que en cuanto el entre en mi yo explote deliciosamente.
Y no sé si es el tono de súplica con que se lo digo. Pero el libera mis manos y se baja rápidamente el short y los bóxers. Se pega más a mí. Con una de sus manos guía su miembro hacia mi entrada y puedo sentir la punta de su miembro rozándome ligeramente. Sube su otra mano por todo mi cuerpo hacia mi cuello. Y mientras me sostiene, con su mirada fija en la mía se entierra lentamente en mi arrancándome un gemido. Se queda quieto.
Es la primera vez que tengo sexo sin protección. Y se siente extraño. Puedo sentir el calor de su miembro en mi interior mientras enredo mis piernas por detrás de su cintura para atraerlo más cerca.
—Aún no he entrado del todo nena. —me dice mientras respira pesadamente.
Y con otro movimiento siento como se entierra aún más en mí.
