Fe de erratas: gracias al mensaje privado de un usuario, que por pena de que lo sorprendan leyendo esto prefiere mantener su anonimato, me dí cuenta y corregí tan pronto como pude varios errores serios en la redacción... cosas como "Ronaldo", "acolitos" y "duego" (en lugar de "fuego").
Lamento que errores tan evidentes hayan llegado al resultado final, "porcuraré" que no se repita.
Cuidando cada movimiento para no tirar ninguno de los platos sucios, Ronnie dejó dentro del fregadero la charola en la que su abuela le había llevado la cena hacia unas cuantas horas y procurando no hacer ningún ruido lo suficientemente fuerte como para despertar a nadie, salió a la sala comedor del departamento de su abuelos confiando que había logrado pasar completamente desapercibida.
Caminando de puntitas, ya estaba por llegar a la puerta principal cuando las luces de la sala se encendieron y un par de sombras se posaron a su espalda. La muchacha no tuvo que voltearse para adivinar que había sido descubierta por las personas a las que específicamente no quería molestar.
— ¿Ves vieja?, te dije que no se trataba de ningún ladrón… pero no por ello estoy más tranquilo, ahora tú dime escuincla ¿se puede saber qué haces a estas horas despierta? —Después de soltar una maldición muda, no le quedó más opción a Ronalda que voltearse y encarar a sus abuelos—. ¿Crees que durmiéndote a estas horas te vas a poder levantar mañana para ir a la escuela, Ronalda?
—Pero sí no es tan tarde abue, apenas han de ser como las once… además ya no me siento tan mal del estómago y…
— ¿Estómago? Creí que habías dicho que no podías cenar con nosotros porque estabas ocupadísima con tu tarea para mañana.
Ronalda se maldijo nuevamente al darse cuenta bastante tarde que se había olvidado de su propia excusa. Pocas veces lograba engañar a sus abuelos y cada vez que la senil pareja la descubría siempre la castigaban de forma severa. Ya estaba resignándose a su inevitable castigo y sermón pero antes de que Héctor pudiera empezar a enumerar las conductas rebeldes y descarriadas que notaba en su nieta, cosa que hacía siempre que estaba enojado, fue Rosa la que habló primero.
—Gordo, por favor ¿no dices que ya es muy tarde? ¡Regáñala mañana en el desayuno cuando esté su madre presente! —La mirada del hombre mayor pasó de posarse en su nieta, aún aturdida en la puerta, a su esposa. La mujer no parecía estar muy feliz por haber sido obligada a abandonar su cálida cama a media noche… lo mejor sería obedecer sin quejarse ni remilgar.
—Supongo que tienes razón cielito, ya le gritaremos mañana —Sin hacer contacto visual con su esposa, Héctor giró sobre sus talones y empezó a caminar de regreso a su habitación—, mientras tanto propongo que todos nos vayamos a dormir de una buena vez. Buenas noches Ronnie.
—Y en cuanto a ti, chamaca —dijo Rosa rechinando los dientes frente al rostro de Ronnie Anne tan pronto desapareció la figura de su esposo tras la puerta de su habitación—, más te vale que ya te vayas a dormir ¿me entendiste?
Apenas escuchó esas palabras ser gruñidas de forma intimidatoria en su cuello, Ronnie se giró nuevamente hacia la puerta para abandonar de una vez por todas el departamento de sus abuelos pero antes de que pudiera poner siquiera un pie fuera del mismo, una mano, fuerte como garra, se cerró sobre su brazo izquierdo y con un fuerte jalón la regresó al recibidor.
A pesar de ser mediados de noviembre un poco de sudor frío empezó a escurrir por la frente de la joven al sentir la mirada severa de su abuela aún concentrada en ella. Quizá no se había librado completamente del regaño después de todo.
—Pero antes de que te acuestes, cosa que debiste haber hecho hace rato, quiero que saludes a tu hombre de mi parte ¿ok? —y con una sonrisa pícara y un leve empujón sacó a su nieta al pasillo que separaba ambos departamentos y cerró la puerta tras ella, dejando a la abochornada adolescente sola.
Quedándose sin la oportunidad de alegarle a su abuela con el acostumbrado "¡que es sólo un amigo!", no le quedó más opción a Ronnie que entrar al departamento de su madre y escabullirse a su cuarto con toda la cautela imposible.
Una vez dentro de su pequeña habitación, en otra época un simple armario, Ronalda pudo soltar un suspiro de alivio y olvidando toda pretensión de pasar desapercibida se arrojó a su cama cayendo de cara sobre el colchón a unos cuantos centímetros de su laptop.
Sin molestarse mucho por el golpe en su frente y usando los dedos de su mano derecha para peinarse un poco, la niña reactivó la videollamada e inmediatamente después un rostro pálido y distraído apareció abarcando la mayor parte de la pantalla; feliz descubrió que "su hombre" también se estaba peinando improvisadamente.
— ¡Vamos cabello, copera conmigo y…! —El rostro de Lincoln se iluminó de color rojo al ver a su amiga reconectarse antes de lo esperado. Tan rápido como era humanamente posible alejó ambas manos de su mechón rebelde y continuó con la plática como si nada hubiera pasado—. ¡Oh! Hola Ronnie, no te tardaste nada en ir y venir y… pues supongo que todo salió bien.
Tras el chico albino sólo se lograba ver una sala vacía y una vieja televisión apagada, las luces tanto de la sala como del comedor estaban encendidas y se alcanzaban a escuchar algunas voces y ruidos de fondo. A pesar de ser altas horas de la noche, nadie en la casa Loud se preparaba para dormir.
—Nah, mis abuelos me atraparon a medio camino y prometieron hacerme la vida imposible mañana por la mañana por no acostarme temprano —Un ruido ensordecedor de ollas y sartenes chocando entre sí la interrumpió. Frunciendo el ceño precipitadamente, Lincoln volteó a su derecha, al comedor de su hogar, y el ruido se detuvo de inmediato—, aunque parece que sólo a los de ciudad nos regañan por desvelarnos… tú y tus hermanas saben que es hoy es domingo y que mañana no es feriado, ¿cierto?
— ¿Qué puedo decir? Es la ventaja de que nuestros padres sólo puedan pasar una noche a solas durante su aniversario —un leve rubor se posó en las mejillas de Lincoln y aunque fuera por sólo un instante una sonrisa genuina iluminó su rostro, salvo en los lugares donde su piel estaba cubierta por cicatrices, dándole un aspecto más joven e inocente, aspecto que Ronnie ya casi no veía—. Durante los próximos diez días festejaremos los cumpleaños de siete de mis hermanas lo que significa que durante los próximos diez días ninguno de nosotros tendrá que ir a clases.
Desde el comedor llegaron algunos aplausos y chiflidos celebrando las palabras de Lincoln, Ronnie pudo reconocer las voces de algunas de las hermanas del alvino. Todos en casa Loud parecían estar de excelente humor y la latina quiso involucrarse, aunque solamente a distancia, en el festejo.
—Una semana libre de escuela ¡Eso es genial! Incluso para mis nuevos estándares de genialidad citadina… de hecho es demasiado genial para el Lincoln Loud que yo conozco ¡dime! ¡¿Qué le has hecho a mi amigo?! —Ambos jóvenes se rieron de buena gana del comentario, Ronnie cuidando que sus carcajadas no despertaran a su madre y Lincoln procurando que sus hermanas no lo vieran ruborizarse y sonreír como tonto.
— ¡Cielos Ronnie! No sabes cuánto necesitaba reírme así… realmente lo necesitaba… —y aunque seguía sonriendo, los labios de Lincoln se relajaron hasta que sus dientes perfectos y blancos, la mayoría de ellos artificiales, dejaron de mostrarse.
Intentando que Lincoln no recordara su pelea con el que fue su mejor amigo durante los últimos nueve años, Ronnie se apresuró a hablar—Y entonces, dime ¿quién es la afortunada que abre la semana de festejos, Lincoln? Espero que no sea Lynn, ser la primera en festejar la pondría Lynnsoportable… lo siento, creo que incluso Luan sentiría pena de ese ¿eh, Lincoln?
Contrario al efecto que esperaba obtener con su comentario y broma, la sonrisa de Lincoln desapareció completamente y la alegría en su pálido rostro fue reemplazada por una expresión sería y vacía.
—N-no Ronnie, no se trata de Lynn —Lincoln se detuvo un momento para suspirar—, Leni es la que abría…no, lo siento, ella abre los diez días de fiestas de cumpleaños —la sangre se heló instantáneamente en el cuerpo de Ronnie, la había cagado—. De hecho nos estamos preparamos para visitarla mañana, bueno a ella y a todos en el hospital… será algo así como servicio comunitario así que te ahorraré los detalles —el rostro de Lincoln cambió por un momento de una expresión insensible a una llena de dolor sólo para volver a reflejar apatía al segundo siguiente—. Ya me tengo que desconectar Ronnie, Lola siempre se excede con la azúcar y no queremos que el pastel les dé diabetes a los doctores…
Lo había arruinado, no había duda alguna de ello. Intentando no sonar muy desesperada, Ronnie logró llamar la atención de Lincoln antes de que él terminara con la videollamada. La idea que empezaba a formarse en su mente era arriesgada, por decir lo menos, pero por nada del mundo dejaría que la "reunión" con su mejor amigo terminara en una nota agría.
—Lincoln… creo que nunca pude darte tu regalo de cumpleaños… y quizá esto no lo compense completamente pero al menos sería algo, ¿no? —venciendo parcialmente su vergüenza natural, Ronnie metió una de sus manos al bolsillo de su sudadera y sacó su celular, sin tardarse más de medio minuto escogió una de las tantas fotos que se había tomado el pasado fin de semana después de que Carlota practicara sus peinados y maquillajes en ella… y sin pensarlo demasiado para no acobardarse, se la envió a Lincoln—. ¡Espero que esto no se te suba a la cabeza ¿me oíste Loud?!
La sonrisa de Lincoln volvió a su rostro al ver a su amiga tan apenada y nerviosa. Divertido por la forma en la que la latina evitaba verlo a los ojos, preguntó—. ¿Por qué se me subiría a la cabeza un mensaje tuyo?
—No sé… ¿por qué no lo abres y lo descubres tú mismo? —respondió Ronnie con la mejor imitación de la que era capaz del tono coqueto que utilizaba su prima y tía... y muy rara vez su madre cuando creía que nadie la observaba.
—No tengo mi celular conmigo, se lo presté a Lucy y a Lily para que vieran los últimos episodios de… de un show que ellas ven —la sangre de la muchacha se congeló por tercera vez en el día, Lincoln, al notarlo, no pudo hacer más que preguntar preocupado—. Ronnie, ¿estás bien? ¿Qué fue lo que me envi…?
Pero antes de que Lincoln pudiera terminar la pregunta, un grito desgarrador, agudo y cargado de un pánico absoluto se escuchó tras el albino interrumpiéndolo; un grito que seguramente se había alcanzado a oír en todo el barrio.
— ¡Ronalda ¿qué me enviaste?!
Ronnie Anne luchó por encontrar su voz, por decirle que había enviado solamente una foto, una no tan inocente fotografía en la que mostraba sólo un poco más de piel que la acostumbrada gracias a que sólo estaba usando una toalla. Pero cuando la muchacha apenas lograba reponerse y empezaba a balbucear sus primeras excusas, una niña con el pelo negro y el rostro colorado en un rojo intenso se acercó desde el comedor hacía la computadora de la sala y a su hermano.
—La próxima vez que quieran enviarse sus… porquerías —Lucy escupió la última palabra y su cuerpo tembló casi imperceptiblemente bajo su vestido negro—, háganlo cuando una inocente bebé no esté usando el aparato ¿quieren? Lily aún es joven para ver cosas así.
Y con el rostro aún más rojo, si algo así fuese posible, Lucy le devolvió el celular a Lincoln, quien al comprender cuál había sido su "regalo de cumpleaños" empezaba a ruborizarse como su hermana y como Ronnie al otro lado de la pantalla.
— ¡No te preocupes, papi! —Exclamó Lily feliz después de seguir a Lucy hasta la sala. Inconsciente del ambiente incomodo que había ayudado a crear, la pequeña se abrazó a uno de los brazos de su hermano mayor—. ¡Ya he visto a niñas así, antes! Como a la amiguita de Luna.
— ¡¿Qué?! —Lincoln y Lucy, gritaron al mismo tiempo.
Todos los sonidos del hogar Loud se silenciaron de golpe tras las palabras de la menor del clan. Las hermanas, que hasta ese momento se habían mantenido alejadas de la sala y de la videollamada de su hermano, empezaron a reunirse con miradas de sorpresa y terror en la sala.
Creyendo que sus hermanas, y "papi", estaban molestos con ella y no con la presunta pederasta que los había engañado a todos durante años, Lily bajó la cabeza y apenada volvió a hablar.
—Quería jugar un videojuego pero Lana había salido con Lola y tú no estabas en casa para ponerme un juego así que Luna me prestó su celular. Su galería está llena de fotos y vídeos de…
— ¡Lily! —gritó Luna completamente avergonzada. Sus mejillas empezaban a sonrojarse y sus ojos a humedecerse.
Pero ya nadie le puso mucha atención a la rockera. Todos los Louds sufrían una mezcla a partes iguales de pena y alivio, alivio de que la novia de la nueva hermana mayor no fuese una enferma degenerada que andaba tras su hermana bebé. Luan empezó a reír con nerviosismo mientras las expresiones de todas sus hermanas se suavizaban. Incluso Lincoln abrazó a la pequeña rubia y se permitió soltar algunas carcajadas de alivio.
Aprovechando que los Louds parecían haberse olvidado del "regalo de cumpleaños" de Lincoln y de que ella seguía en videollamada, Ronnie se desconectó. Apagó la laptop y arrojó el aparato sobre pila de ropa más alejada a la cama sólo para concentrarse completamente en su celular. Aterrada descubrió que Wassup ya no le permitía borrar la foto que acababa de enviar.
-o-
Intentando contener toda su ira, su miedo y su rencor, Ronnie abrió la puerta por la que había salido la señora Kernicky unos momentos antes. Con la poca visión que las lágrimas de coraje le cedían, distinguió una sala elegantemente bien amueblada, algunos cuadros pintados al óleo y un conjunto de muebles de madera finamente tallada que reinaban la habitación. De la docena de acólitos presentes ninguno se dio media vuelta para encararla a pesar de que Ronnie había azotado la puerta al entrar; sus cuerpos cubiertos con sombrías túnicas rojas y de tela gruesa les daban a todos la imagen estereotípica de un adorador satánico cualquiera. Tras ellos, un hombre mayor, fornido y bastante alto para su edad estaba arrodillado encima del cuerpo inconsciente de su tía Frida.
Tan pronto como sus miradas se encontraron, ambos, ella y el Hermano Sangre, se congelaron en sus lugares. Los acólitos finalmente se giraron y el aire en la habitación empezó a calentarse.
A pesar de estar consciente de la forma tan inoportuna en la que se estaba desarrollando su "ataque sorpresa". Ronnie encontró un momento para estudiar a su oponente y se sintió irremediablemente intimidada después de hacerlo… porque logró leer sin problemas la expresión rebosante de seguridad del anciano delante de ella.
Por la forma tan directa en la que la habían estado atacando los últimos días, Ronnie supuso que la iglesia del Hermano Sangre había infiltrado los niveles más altos del gobierno local.
El hecho de que el líder de la secta ya no se esforzara lo más mínimo por ocultar su identidad hizo que Ronnie Anne comprendiera que no saldría viva del encuentro si no actuaba en serio. Tenía que recordar porque se había metido a la centro mismo del culto, recordar cuál era su misión «Quemarlo todo y a todos» le dijo una voz en su mente.
— ¡Sebastian Bloud! —ladró Ronalda, intentando que su voz no temblara—. ¡Ya no podrá seguir ocultándose tras marionetas!
Esperaba lograr alguna especie de reacción con sus palabras pero todo lo que consiguió fue que Sebastian sonriera, mostrando sus dientes en una mueca llena de desdén pero en lugar de reírse como creía que sucedería, el hombre de cabello blanco sólo se enderezó en su lugar cuan alto era, aún más intimidada, Ronnie quiso dar un paso atrás al descubrir que el anciano no sólo era alto, sino que también bastante corpulento.
— ¡Yo soy…! —la expresión del hombre cambió en un instante al igual que su tonó de voz—, yo soy… yo soy la marioneta, el títere que cumple cada una de sus órdenes —y tan pronto pronunció esas palabras, la expresión en el rostro envejecido volvió a cambiar—, ahora vete y no vuelvas… ¡o acepta tu perdición, niñita!
A Ronnie le temblaron los brazos y las piernas mientras sus manos se envolvían en llamas anaranjadas. Estiró los brazos hacía delante tan lejos como era capaz en un tonto intento por no dañar la ropa de su amiga. Entonces algo hizo clic en su cerebro, la ropa que tenía puesta no era suya… era la ropa de su única amiga en la ciudad y debía vengarla.
—No seguiré huyendo —respondió, rechazando la sugerente promesa del Hermano Sangre con un gemido y la voz rota. Y en lugar de dejar sus emociones a un lado para concentrarse fríamente en la pelea, Ronnie convocó todos sus malos sentimientos desde el río de memorias que corría por su mente y las usó para avivar el fuego.
Los acólitos resoplaron y jadearon antes de abandonar su postura erguida, doblaron un poco las piernas y separaron los pies, listos para rodear a la hereje. Ronnie no les permitió que la acorralaran. Se abalanzó sobre el líder con ambas manos cubiertas de flamas sobre su cabeza. El anciano se apartó de ella en el último instante, ciertamente era ágil, pero no logró evitar que la palma ardiente de la muchacha golpeara su hombro. La quemadura resultante fue intensa, lo suficiente como para que el Hermano Sangre perdiera el equilibrio y cayera aparatosamente sobre el suelo de duela pulida, su herida empezó a sangrar copiosamente. El hombre se retorció de dolor e intentó cubrir toda la quemadura con ambas manos.
La latina ya estaba por aniquilar a su enemigo con una gran llamarada cuando logró ver por el rabillo del ojo que los otros sectarios la habían rodeado finalmente.
Ronnie se giró justo a tiempo para ver como una acólita saltaba hacia ella, la cara tras la túnica roja se asemejaba al rostro de una hiena con pelaje gris con garras negras en lugar de dedos, lista para arañarle la cara. Ronnie logró desviar las zarpas de la atacante con sus brazos, logrando que la criatura-hiena chocara estrepitosamente contra otro acólito cuya piel gris y deforme del rostro y brazos lucía costuras y rasgaduras planeadas para imitar a la tela de costal de un espantapájaros. Tan pronto como hizo eso las llamas que cubrían sus manos se apagaron; estaba cansada después de todo, llevaba días sin comer ni dormir bien. «Ahora si quisiera rendirme, por favor», pensó mientras se esforzaba por recuperar el aliento.
Sebastian Bloud se incorporó rápidamente a espaldas de Ronnie, atento a todos los movimientos de la joven latina mientras que con ambas piernas y una mano, la otra aún cubría su herida, se apoyaba en el suelo. La mirada de ambos se encontró; Ronalda no vio a un dulce viejecito, no vio al confiable líder de una congregación benéfica, ante ella sólo estaba la mirada vacía y ausente del ser maligno que se lo había arrebatado todo. La furia de Ronalda volvió a aparecer y con ella las llamas volvieron a crecer en sus manos, sólo que esta vez de forma intermitente. El Hermano Sangre se abalanzó contra ella y Ronnie fue corriendo a su encuentro. Cuando el anciano intentó golpearla con la única mano que tenía libre, Ronnie se deslizó debajo del brazo que se dirigía a su rostro y agarrándose de uno de sus hombros giró tras él y terminó montándose en su espalda. Había aplicado aquella llave cientos de veces. Una mano ardiente se incrustó en la garganta del hombre, hundiéndose con rapidez en la carne como si se tratara de mantequilla tibia hasta detenerse en los huesos de la garganta. Montada como estaba sobre el anciano sólo le bastó patear tras sus rodillas para obligarlo a arrodillarse mientras chillaba como un cerdo en el matadero a causa de las quemaduras que se extendían por su cuerpo. Entonces incrustó su otra mano envuelta en fuego sobre la barbilla bien afeitada, impidiéndole respirar o mover la cabeza y haciéndole mucho daño a la vez. Hace mucho tiempo, casi en otra vida, había aprendido a hacer esa llave para inmovilizar y humillar a los que la molestaban en la escuela. Ronnie Anne, la única niña latina en todo el pueblo, era buena peleando con los abusivos. Su madre molesta decía que en su naturaleza estaba pelear. Un buen día incluso logró lucirse ante la familia de su único amigo al lograr inmovilizar de una forma similar a la atleta estrella de prácticamente todos los clubs deportivos estudiantiles. Lo había logrado mientras jugaban a las luchas pero las expresiones de sorpresa y festejo de todas las hermanas y de él la habían hecho sentir mucho mejor a lo que estaba acostumbrada, la habían hecho sentir aceptada y querida. Pero eso había ocurrido hacía mucho tiempo, casi en otra vida.
Y ahora Ronalda, casi al límite de sus fuerzas, luchaba por someter a un hombre peligroso y mantener a raya a su club de seguidores lunáticos, una secta peligrosa llena de sed de sangre. No estaba en el patio trasero de una acogedora casa de los suburbios, ni peleando en los pulcros pasillos de una escuela primaria. Corría peligro real. Podía sentir la forma en la que sus brazos y las llamas que los cubrían cedían al cansancio. Tan pronto como su fuerza se desvaneciera, los otros acólitos acabarían con ella. «Sí… ahora sí quisiera rendirme».
Su debilidad irritó a una parte de su mente. Las voces en su cabeza le recordaron todo lo que le habían quitado, todo lo que había perdido; a su madre… a Nikki y los chicos… y la certeza de que aunque saliera victoriosa del encuentro nunca recuperaría su vida, había perdido al mundo. Entonces, lanzando un grito primigenio, tiró con fuerza de la barbilla y del cuello de Sebastian en direcciones contrarias. Los huesos del cuello y ambas clavículas cedieron permitiendo que la cabeza del hombre girara más de doscientos grados hacia su espalda.
Tan pronto como le rompió el cuello al Hermano Sangre, el resto de seguidores encapuchados se desplomaron bajo su propio peso, balbuceando y temblando. Uno de ellos, un acólito particularmente grande y corpulento, el que estaba más cerca al cadáver y por extensión a Ronalda, se desplomó hacía delante obligando a la niña a retroceder de un salto para esquivar a la humanidad que por poco le cae encima.
Contra toda predicción, Ronnie había logrado vencer al líder de la hermandad del templo rojo sin recibir nada de daño… o al menos eso creyó al ver el cuerpo exánime y empezando a incendiarse de Sebastian Bloud y a sus marionetas ahora inconscientes a sus pies. Estaba tan aliviada por haber logrado vengarse contra el que ella creía era el responsable de su sufrimiento que no advirtió que alguien se le acercaba por atrás hasta que sintió un par de manos frías y delgadas tomando firmemente su brazo izquierdo y torciéndolo hasta que el codo cedió a la presión y tras un crujido seco se dobló de forma antinatural hasta golpear su espalda.
El dolor por la fractura y la poca adrenalina que aún corría por sus venas le permitieron soltarse del agarre de aquel nuevo enemigo con una débil llamarada que se apagó casi al instante.
Con lágrimas empezando a escurrirle por la cara, Ronalda se giró tan rápido como pudo y se encontró observando la cara de una mujer de pelo plateado y un par de ojos que refulgían con una extraña luz roja. El rostro de la señorita Kernicky era apenas visible entre las sombras de la habitación.
Los instantes siguientes fueron confusos para la latina.
Vio como un puño se dirigía hacía su rostro y lo impactaba con una fuerza increíble. Vio como sus pies se despegaban del suelo mientras que su cuerpo era lanzado hacia arriba a causa del golpe. Vio una tormenta de patadas y golpes impactar con ella antes de que su espalda siquiera tocara el suelo.
Y cuando toda la paliza terminó, sintió como sus costillas, que parecían haberse vuelto elásticas, se doblaban y cedían al golpear contra una de las duras paredes del lugar.
La luz amarilla y cálida que emitían las lámparas decoradas de la habitación se apagó a causa del golpe, dejando que las llamas que desprendía el cadáver de Sebastian Bloud fueran la única fuente de luz. La nueva luz danzante le parecía ser roja a Ronalda pues sus ojos empezaban a llenarse de sangre. Y a pesar de sufrir de un dolor paralizante en sus costados y en su brazo roto, Ronalda no cambió su expresión de odio al ver a la anciana mujer acercarse con paso firme y rítmico.
— ¿En serio creíste que acabar con el líder de la Iglesia de la sangre sería tan fácil? —mientras se acercaba, Kernicky sonrió mostrando sus dientes de forma amenazante—. Se dice que el Hermano Sangre es inmortal… que a través de medios supernaturales logra cumplir sus objetivos y yo estoy muy cerca de cumplir el mío, pronto todos los marcados de la ciudad me obedecerán y marcharan a mi lado para limpiar esta ciudad de toda la corrupción y suciedad que la enferman…
—Trucos sucios para ocultarse de tus perseguidores y mentiras estúpidas para esclavizar gente —Una bocanada de sangre se atoró en la garganta de Ronalda y la hizo toser, pero no por ello abandonó su expresión de odio y desprecio.
Al ver que la actitud desafiante de la latina no cedía y que a pesar de sus heridas seguía alerta y en guardia, la mueca cruel y agresiva de Kernicky se transformó en una sonrisa agradable y plena, una sonrisa maternal como las que siempre mostraba en el edificio de sus abuelos.
—Oh mi mujercita linda, ¿quién te viera ahora tan… tan valiente y brava? —ya estando por fin una cerca de la otra; la anciana intentó poner una mano sobre el hombro destrozado de Ronalda, quien, aunque estaba débil, intentó golpear a la anciana sin lograrlo—, pero en el fondo las dos sabemos que sigues siendo sólo Ronnie Anne —Kernicky volvió a intentar acercarse, esta vez inmovilizando a su víctima apoyando una de sus rodillas en las costillas rotas de la muchacha—. La misma Ronnie Anne que asesinó a su madre en un ataque de ira ciega —Ronalda cerró los ojos y lanzó un grito de dolor al sentir como sus costillas y su hombro desecho se doblaban ante el peso de la anciana que la mantenía inmóvil—, quieres detenerme pero no pudiste ni salvar a tus amigos… ni siquiera les advertiste del peligro que corrían por estar cerca de ti —las manos delgadas y frías de Kernicky se aferraron a las mejillas morenas de Anne y sus dedos forzaron a sus parpados a abrirse—. Y ahora, el siguiente gran fracaso de Ronnie Anne fue el traerme hasta las puertas de mi templo su poder para que yo lo use. ¿Y sabes que es lo mejor de todo? ¡Qué ya no hay nadie allá afuera buscándote! ¡Todos te creen responsable de los últimos incendios! ¡Todos te creen un monstruo que debe olvidarse!
La mirada lagrimosa y aterrada de Ronalda se encontró con los ojos brillantes de la verdadera Hermana Sangre. Pronto, todo su coraje, su miedo y dolor se perdieron ante una luz roja que le impedía apartar la mirada.
Aquellos ojos estaban llenos de un brillo escarlata imposible, un brillo amenazante que buscaba controlarlo todo, consumir cualquier voluntad y reemplazarla por la voz imperativa de la líder de la Iglesia de la Sangre.
Sí no hacía nada, todo terminaría para la muchacha aterradoramente pronto.
-o-
Con cerca de más de ciento cuarenta mil metros cuadrados de estacionamiento para cualquier clase de vehículos, centenares de locales variados, un pequeño parque en los pisos superiores que ofrecía una gran vista del pueblo, famosos bancos y cajeros de última generación, la plaza "Gran Central" era un mundo aparte. Con tecnología más novedosa y costosa que la que se podían permitir muchas de las alcaldías aledañas a Royal Woods era la joya de la corona del pueblo, y el blanco de las miradas llenas de interés de cualquiera que llegase a considerarse "alguien".
Lo que empezó como un mero distrito comercial en los sesentas se había convertido con el devenir de los años en una verdadera fortaleza de lujo y confort. Las marcas que poseían locales ahí ascendían más y más las unas sobre las otras, como si compitieran entre sí por más espacio en los cuatro pisos que conformaban el edificio. Sí, la plaza "Gran Central" era una ventana desde la cual algunos privilegiados locales podían mirar todo Michigan.
Por todo eso, cuando se hablaba de la desproporcionada riqueza que abundaba en el país, esa plaza era el punto de referencia por excelencia. "Gran Central" representaba el despilfarrador y autoindulgente carácter de todos los adinerados del pueblo, el edificio era incluso más conocido que la delegación de Royal Woods pintada en color mostaza.
Cuando el equipo de policías entró en el primer nivel del sótano del "Gran Central", Peter Highsmith pudo sentir el opresivo peso de la estructura sobre su cabeza; tantas toneladas de cemento, acero y cristal, atestados de gente quejumbrosa y trabajadores sudorosos que mantenían la economía local estable, segura y sobre el nivel mínimo necesario.
Él y su equipo tuvieron que esperar varios días hasta que el departamento de obras públicas les concediera permiso de entrar e investigar, incluso enviaron al mismo inspector especialmente capacitado para identificar químicos tóxicos que había encontrado los laboratorios clandestinos anteriores. La delegación ya no ignoraría por más tiempo los casos en aumento de gente intoxicándose dentro de la plaza, no ahora que finalmente se tenía evidencia que respaldaba las sospechas de que algo malo estaba pasando en el pueblo.
Las luces ultravioleta que había traído la inspectora encontraron centenares de fugas menores en las tuberías de agua y calefacción, pero cualquier rastro de una sustancia realmente peligrosa seguía sin aparecer, seguramente permanecía confundida con las innumerables huellas y charcos misteriosos que cubrían el suelo.
—A menos que encontremos pronto algo que muestre lo contrario, seguimos sin tener ninguna prueba de que nuestra "toxina" se encuentre realmente en las tuberías de este sótano —dijo la inspectora Smith, dejando su linterna especial apoyada en el suelo—. Sí es que realmente se encontraba aquí pudo haberse filtrado desde aquí hacia al desagüe y de ahí fluir libremente hasta la calle Moore o incluso hasta la avenida Oeste.
—En otras palabras, que nuestra evidencia puede que esté aquí como en cualquier otro edificio del pueblo —añadió Pamela Foster, la gorda oficial estaba a punto de sufrir un infarto por su claustrofobia.
—Probablemente.
Highsmith volteó a ver el pasillo llenó de cañerías por el que habían llegado.
— ¿Es posible que se nos haya pasado algo por alto en el camino?
—A nosotros… sí, es probable; pero a las linternas UV o a mis sondas no, algo así es imposible.
Highsmith señaló el piso manchado de cemento.
— ¿Por qué las manchas terminan aquí, así, de repente?
La inspectora pelirroja se mordió el labio para ocultar su sonrisa antes de responder.
—Quizá le salieron alas a nuestros químicos y volaron lejos. A menos que esté sugiriendo que quizás alguien limpió el lugar antes de que llegáramos nosotros —quedó pensativa unos instantes—, en cuyo caso es altamente improbable que podamos demostrarlo.
—Está bien, no perdamos más tiempo y digamos que el laboratorio que buscábamos "voló lejos" —Pamela se veía más enojada que de costumbre—. Seguro habrán quedado residuos en los drenajes ¿no?
La inspectora se pellizco la barbilla y suspiró.
—Vamos a necesitar mucho papeleo.
— ¿Cuántas ordenes más?
—Demasiadas…
— ¿Cuánto tardaría en conseguirlas e investigar todo el lugar?
—Con todas las tiendas y marcas involucradas, las cañerías y desembocaduras de los túneles de desagüe, revisar la lista de suministros adquiridos en los últimos meses además de analizar todos los desperdicios que hayan sido desechados últimamente… no quiero ni adivinar.
—Entonces tendremos que conformarnos con revisar los muros exteriores y compuertas de separación entre las diferentes áreas de la plaza.
—Highsmith, sin contar el estacionamiento y los cinco pisos de sótano, esta plaza tiene trescientos mil metros cuadrados de construcción. Analizar muro por muro llevaría varias semanas… y no creo que me envíen apoyo para cubrir más terreno —dijo la inspectora con cautela—. Cuanto antes se empiece, mejor.
Pamela sacó su radio, estaba a punto de transmitir las últimas noticias al escuadrón entero y ordenar la retirada cuando el suelo y las paredes temblaron.
— ¿Qué fue eso? ¿Un terremoto? —preguntó la oficial nerviosa.
Tanto la inspectora como el agente Highsmith guardaron silencio y negaron con la cabeza.
Un segundo temblor sacudió el sótano. Este último fue lo bastante fuerte como para soltar una lluvia de polvo procedente del techo de cemento sobre sus cabezas.
—Apuesto a que algo chocó con el edificio —comentó Highsmith—. No sería la primera vez que un conductor ebrio se desvía del camino y termina estampándose con la plaza.
El siguiente temblor llegó acompañado del sonido de una lejana explosión. Las luces sobre sus cabezas se apagaron un momento para volver a encenderse instantes después, provocando que los cadetes u oficiales menos experimentados se movieran de forma nerviosa detrás de ellos. También oyeron el aullido de sirenas y bocinas.
—Mi radio no funciona —comentó Pamela después de pulsar el botón de transmitir y sólo oír estática en cualquier frecuencia.
—Estamos bajo suelo, es normal —explicó la inspectora sin detenerse en su búsqueda de aquella sustancia verde fluorescente.
Esa respuesta no tranquilizó a Highsmith, desde cierto incidente con la familia más numerosa del pueblo podía "sentir" el peligro, ahora todo lo que podía percibir era frenesí y dolor.
—Inspectora Smith, ¿hacia dónde da la salida más cercana?
—El túnel de la izquierda los llevará a la calle Oeste, los demás nos adentrarían nuevamente a la cisterna y de ahí al interior de la plaza.
—Muy bien inspectora, Foster y yo necesitamos retirarnos urgentemente y nos llevaremos a la mitad de los hombres presentes. Los demás se quedarán a ayudarle a evacuar el edificio. Manténgame informado de los progresos.
Rodeados por una docena de hombres, ambos agentes se alejaron corriendo. El piso volvió a vibrar mientras se abrían paso a través de una muchedumbre de compradores y vendedores aterrorizados, incluso algunos de los miembros de la seguridad privada del lugar intentaban alejarse del "Gran Central". Ante los policías se presentaba una escena digna de una típica película disparos.
En el enorme estacionamiento, los clientes y despachadores se escondían bajo taxis y vehículos privados, o corrían hacía sus automóviles para intentar huir. Los gritos luchaban con el zumbido representativo del tráfico. Más arriba, sobre la calle Oeste taxis y transportes de todo tipo se desviaban en cualquier dirección, chocando los unos con los otros o con las paredes de los edificios mientras intentaban alejarse del centro del pueblo.
Más lejos aún, un tráiler envuelto en llamas que seguía avanzando en línea recta chocó violentamente con un autobús de transporte público y ambos vehículos terminaron por bloquear toda la calle.
Highsmith siguió viendo la escena de la calle unos segundos más antes de alzar la mirada y taparse los ojos de la luz del atardecer con una mano. Los edificios lejanos ardían débilmente, nada que pudiera considerarse mortal pero que seguramente asustaría a varios civiles.
De pronto algo oscureció el cielo. Tras las espesas nubes sobre su cabeza se vieron luces y destellos parecidos a disparos de energía eléctrica; una especie de trueno pero mucho más grande reverberó en el firmamento.
Los ojos de Pamela estaban desorbitados cuando volteó a ver a su compañero y superior.
—Peter, están atacando Royal Woods.
Con su radio en la mano, Highsmith sintonizó la frecuencia de la jefatura y se lo acercó a la oreja.
—Seguimos sin poder comunicarnos con la jefatura ni con los demás patrulleros… Foster, estamos incomunicados.
Las ventanas de la nariz de Highsmith se dilataron.
— ¡Resistiremos en esta posición hasta que llegue la ayuda y podamos comenzar a evacuar a los civiles! –gritó a los hombres a sus espaldas. Se giró hacía su compañera y le dijo—, tú busca a la alcaldesa… debe estar en su oficina privada del último piso.
-o-
Caminaba, avanzando lentamente por una pendiente empinada y cubierta de hierba gris. No se oía ningún ruido. Las cosas que había ahí no le resultaban para nada familiares. Sin embargo conocía el camino que estaba recorriendo; a lo lejos estaba el río inmenso que aparecía en sus visiones.
Intento apresurar el camino pero descubrió que un fango extraño y negro comenzaba a envolverle los pies dificultándole el avanzar con normalidad. Sin embargo no flaqueó en su resolución de llegar al río. Lentamente adelantó un pie y luego otro. Avanzó paso a paso, cada uno de ellos representando un esfuerzo. Y cada paso más penoso que el anterior.
Todo en aquel lugar estaba quieto. Ni un solo soplo de brisa agitaba las plantas grises y las ramas de los pocos arboles sin hojas de aquella ladera empinada, tampoco se oían ruidos de animales. En todo aquel valle neblinoso y gris sólo el río y ella se movían. Llegó finalmente al margen del inmenso cuerpo de agua y vio allí sumergidas a las mismas mujeres que hablaban en su mente. Pero al intentar sumergirse en las aguas descubrió que la marea se alejaba de la orilla según ella se acercaba, manteniéndose siempre a la misma distancia la una de la otra, también descubrió que el misterioso lodo ahora le cubría más arriba de las pantorrillas y a pesar de que ya no se estaba moviendo, el barro continuaba hundiéndola, tragándosela poco a poco.
Entonces lo comprendió, había fracasado en su misión… les había fallado a las voces en su cabeza y nunca podría remendar su error.
— ¡Resiste! —Le ladró Ronalda Manzano a su nieta desde el límite mismo del río—, ¡sólo debes resistir!
Pero el fango ya comenzaba a tocarle los hombros y a sacar el aliento de sus pulmones por su peso. Desesperada, Ronnie sólo atinó a gritar por ayuda y manotear. Aún no estaba lista para darse por vencida pero tampoco le quedaban fuerzas para seguir luchando.
El lodo ya le cubría la cabeza y casi no le quedaba aire en sus pulmones cuando sintió varias manos, todas ellas iguales, aferrarse a la suya. Todas las manos eran pequeñas y temblorosas, manos de niñas asustadas al igual que ella.
-o-
Tan pronto como recuperó la consciencia, Ronalda tosió sangre. Al estar tan cerca la cara de Kernicky de la suya, el escupitajo sanguinolento terminó por impactar en la frente de la anciana, haciendo que la Hermana Sangre cerrará los ojos y se alejara un par de pasos de su víctima.
Esforzándose por respirar sin atragantarse con su propia sangre, Ronalda levantó la cabeza y a pesar que ya no se hallaba rodeada por el resplandor escarlata, lo único que sus ojos lograron ver fue una solitaria pintura en la pared contraria del salón, la imagen de un búho enmarcado por humo y caos, con unos ojos redondos y enormes; gracias al efecto que le daba la luz danzarina del fuego que brotaba del cuerpo de Sebastian Bloud parecía que el ave batía sus alas. Y entonces lo vio, los ojos intensos de la criatura, sus gestos elegantes y serios, eran iguales a los ojos y los gestos de las mujeres de sus visiones. Iguales a los de la muchacha que fue salvada por Nikki.
— ¡Muy bien, sólo tenías que pedirme que acabara con tu sufrimiento! —Rugió Kernicky mientras se limpiaba con una mano la sangre del rostro.
La mujer se puso en guardia y tomando un poco de distancia extra para tirar una última patada con toda su fuerza, se lanzó al ataque. Pero ya no pudo rematar a Ronalda con un último golpe; el fuego se había reavivado en el cuerpo de la latina y ahora era tan ardiente que incluso Kernicky, con su control casi antinatural de su cuerpo y resistencia, tuvo que alejarse un par de pasos más.
Pero Anne no se conformó simplemente con esa demostración de fuerza; intentando no mover su tórax, la niña se levantó. Entonces el fuego que la cubría creció aún más en tamaño e intensidad. La duela del suelo comenzó a incendiarse. Las piedras de la pared en la que estaba recargada se volvieron de un rojo incandescente mientras que el calor de las llamas empezaba a concentrarse en un solo lugar; Ronalda se había cubierto completamente en un capullo de fuego.
El metal de los marcos de todas las pinturas cercanas empezó a fluir libremente mientras que los lienzos que antes protegían terminaron por consumirse en silencio. Las zonas de la pared de roca en las que se había apoyado para levantarse empezaron a gotear como si fuesen simple cera de vela.
Pero Kernicky no dejaría que aquella niña tonta terminara con todo el edificio en un último berrinche. Usando sus poderes para controlar la voluntad de todos bajo su dominio, le ordenó a algunos de sus acólitos, al que tenía cara de espantapájaros y a un par de gemelas con cabello corto y pelirrojo, que se arrojaran a las llamas y que con su cuerpo terminaran de quebrarle los huesos a Ronalda.
Los tres obedecieron, pero antes de que alguna del trío de marionetas lograra acercarse lo suficiente, un destello de luz naranja, tan intensa que casi parecía blanca, los cegó a todos, la silueta de Ronalda fue devorada completamente por el fuego y la temperatura en el cuarto llegó a un límite imposible. Una oleada de calor abrazador puso a los títeres de la Hermana Sangre, y a la anciana misma, de rodillas, todos se esforzaban por simplemente respirar.
Entonces Kernicky comprendió que nada podía hacer con Ronalda en ese estado más que esperar a que sus últimas fuerzas se consumieran y una vez que estuviera completamente vacía de poder, matarla finalmente. Usando un pedazo de la túnica roja de uno de sus seguidores como mascarilla para poder respirar conforme la temperatura subía, Kernicky empezó a avanzar hacia la salida del sótano. Pero no había dado ni un par de pasos temblorosos cuando un géiser de fuego explotó a su espalda, haciendo que se tropezase y cayera justo al lado del cadáver de Sebastian Bloud. Dónde había estado la bola de fuego, ahora se encontraba una criatura humanoide, alta e intimidante pues su cabeza alcanzaba a tocar el techo del sótano, incendiándolo ahí dónde ambos se alcanzaban a tocar. Un esqueleto de huesos que parecían estar hechos de roca que se derretía y endurecía de forma continua, cubierto en llamas anaranjadas que formaban a intervalos una corona de plumas.
Una voluntad superior a la que pudiera poseer cualquier ser humano ordinario había trasformado a una muchacha en la criatura infernal de la que hablaban las leyendas de los primeros indígenas que habían llegado después de mucho viajar al territorio que con los años se convertiría en Michigan, la misma criatura de la que hablaban algunos pueblos en el norte de México… Kernicky sabía de aquellas leyendas e historias pues se había basado en ellas para investigar el paradero de aquella niña "tocada por el diablo" que había sido desterrada de su hogar ancestral hacia tantas décadas.
—Hay una niña pequeña en algún lugar. Una niña que tiene miedo. —Dijo la criatura sin mover su quijada esquelética mientras se acercaba a la anciana en el suelo—. Tiene miedo de lo que los demás piensen sobre ella. Después de todo será una líder y figura de apoyo para los suyos —el rostro esquelético se desdibujo debido a una oleada de calor y por un simple instante pareció que la cara de la criatura era de una joven indígena, con la piel irritada y ulcerada por el sol y la desnutrición—. Teme que los otros la odien por haber nacido en otro lugar y por tener costumbres diferentes a las suyas—y el rostro volvió a cambiar, ahora una mujer con la apariencia cansada y triste de una peregrina—. La hacen sentir mal sólo por ser quien es así que decide guardarse y esconderle sus aspiraciones y sueños a los demás —ahora era la cara de la odiosa mujer que detuvo sus planes por casi medio siglo; Ronalda Manzano—. Pero una vez decide que nunca más va a tener miedo. Aún en un lugar donde es diferente a todos los demás se esfuerza por ser feliz… creí que al desearlo lo conseguiría… —y por último se reveló el rostro de Ronnie Anne, igual que los anteriores sólo por un instante antes de ser reemplazado por el cráneo de fuego—. Hay una niña pequeña en alguna parte… está dentro de mí. Todas están dentro de mí. Y ya no tendremos miedo.
Aquella cosa se acercó caminando a la Hermana sangre hasta estar a un par de pasos de distancia. El calor que emanaba el cuerpo del Diablo fue suficiente para calcinar la piel de Kernicky. La anciana cerró los ojos y esperó por el golpe con el que la criatura acabaría con su vida, pero no fue así. Cuando su carne empezó a hervir sobre sus huesos y sus ojos se consumieron como carbón en sus cuencas, escuchó como un cuerpo se desplomaba junto al suyo.
Con sus últimas fuerzas Ronalda no sólo le había destruido el cuerpo sino que también le había quitado la capacidad para utilizar a otras personas al quemar sus ojos, pero la niña también había usado todas sus fuerzas y ahora descansaba inmóvil en el suelo, a un lado de su enemiga y su marioneta.
—Qué pena que te hayas esforzado tanto solamente para fracasar en el último instante, Santiago —la voz de Kernicky sonó hueca y afónica, como el sonido vacío de una flauta partida a la mitad.
—Quizá muera junto a ti, pero al menos todas las personas que has utilizado se salvarán y le contarán a la policía de todo lo que has hecho. ¡Se acabó!
Ronalda ya no esperaba respuesta alguna a sus palabras, por lo que se sorprendió cuando lo siguiente que escuchó de la mujer desecha y quemada a su lado fue una risa imposiblemente vigorosa.
—Mira a tu alrededor, niña ¡Todo el lugar está siendo devorado por las llamas! —a las palabras de la Hermana Santiago le siguieron balbuceos y quejidos de los "acólitos", despertando por fin del control mental al que habían estado sometidos—. ¿Realmente crees que alguno de mis marcados se salvará una vez que el techo seda al peso del edificio sobre nuestras cabezas? ¡ELLOS NO SE IRÁN DE AQUÍ!
Ante la última burla de Kernicky, Ronalda sintió que debía levantarse una vez más para seguir luchando por su vida y por las de los demás pero al intentar ponerse en píe se apoyó por accidente en su brazo roto. El intenso dolor le paralizó ambas piernas y la respiración, haciéndola caer sobre su rostro y sobre sus costillas desechas; provocándole más dolor agonizante del que ya sufría.
Tan pronto como oyó el sollozo adolorido de la joven latina, la anciana empezó a reír con fuerzas renovadas, parecía que nunca dejaría de burlarse pero incluso sus carcajadas se detuvieron al escuchar un gemido profundo e intenso cerca de su otro costado. Luchando con el dolor agonizante que atacaba su tórax con cada respiración que daba, Ronalda logró voltearse lo suficiente para ver como el acólito corpulento que casi la había aplastado durante su pelea con Sebastian recuperaba el conocimiento. Tubos y pequeños conductos repletos de un verde fluorescente serpenteaban entre su túnica roja hecha añicos… atravesaban sus antebrazos y espalda, llevando a un límite humanamente imposible su corpulencia.
Por un momento, justo cuando apenas terminaba de despertar, la criatura sólo se limitó a soltar sollozos mudos y a mecerse hacia adelante y atrás mientras evitaba levantar la cabeza y mirar a su alrededor. Al ver la actitud en extremo vulnerable y asustada, Ronalda quiso levantar la voz y hablarle, decirle que ya todo estaba bien y que no volverían a hacerle daño… eso fue hasta que algo a su derecha llamó la atención de la criatura; al ver los cuerpos tanto de Kernicky como de Sebastian a su lado, los lamentos y lloriqueos dieron lugar a la furia y a los rugidos.
Ronalda empezó a retroceder en silencio al ver cómo de un solo golpe, aquella cosa hecha de músculos y furia puros redujo a pulpa lo que quedaba del cadáver de Sebastian Bloud. Sin perder tiempo, la cosa volvió a levantar sus nudillos ensangrentados y descargó una vez más su manota sobre la cabeza de Kernicky, la anciana no había podido ni gritar. Entonces los ojos de la cosa detectaron a Ronalda… había muy poca inteligencia en esa mirada, sin embargo pudo reconocer sin problema el miedo y la desesperación… también algunos rasgos levemente familiares.
— ¿H-hola?
Y cómo si escuchar aquellas palabras amables le hicieran daño, la montaña de músculos y maquinaría se alejó de su prima sollozando. Las tuberías incrustadas en sus brazos y espalda empezaron a emitir una luz pálida y verdosa mientras que su cuerpo parecía crecer aún más.
—Carl, e-espera por favor.
Entonces, al oír su nombre, el niño levantó la cabeza y volteó una vez más hacía su prima, aunque no se acercó ni un paso más. Moretones y manchas rojas recorrían su cuello y hombros, en las zonas donde su carne se unía a los implantes tubulares. Una expresión de angustia y pérdida apareció en su pequeño rostro. Y casi como cuando era más pequeño y lo regañaban por hacer travesuras, se fue acercando lentamente a Ronalda, apenas y conteniendo el llanto.
—Tranquilo, Carl —a pesar de que cada movimiento era una agonía, Ronalda se arrastró hacia la inmensa humanidad que se tambaleaba en su dirección—. ¡Estoy muy feliz de ver que estas vivo, primito!
Uno de los "acólitos" se levantó en el fondo de la habitación, asustando a Carl y provocando que se aferrara a una de las manos de su prima mayor, como si buscara en ella protección de alguna clase de aquel desconocido.
Un destello del fuego cercano le iluminó el rostro al niño mutado. Debajo de todos los moretones y de toda la hinchazón, seguía pareciendo tan inocente y perdido como lo debía de ser todo niño después de haber sido secuestrado.
«Se acabó, vamos a morir». Dijeron las voces en la cabeza de Ronalda al tiempo que Carl apretaba con una fuerza casi aplastante su mano deshecha al ver cómo el acólito liberado se acercaba a ellos «pero él no tiene por qué morir aquí conmigo, ninguno de ellos tiene que morir».
— ¿Carl…? ¡Carlino tienes que escucharme!
Tuvo que golpear con su mano libre varías veces el hombro musculoso de su primo para que su mirada se alejara del acólito aturdido que se esforzaba por avanzar y de los otros que apenas se despertaban.
—Hay una salida —dijo Ronnie—. Es una puerta escondida en la pared a mi espalda ¿quieres salir? —La mirada del niño se iluminó y agitó la cabeza con fuerza excesiva— ¡Genial! Pero primero debes soltarme…
Si aún le quedaba algún hueso completo en aquel brazo, seguramente se habría quebrado cuando Carl apretó con más fuerza los dedos. Estaba demasiado asustado para hacer el viaje solo.
—Vas a estar bien, hombre. Te lo prometo Carl, es seguro —despacio y con mucho tacto, Ronalda usó su mano libre para abrir la zarpa que tenía su brazo roto aprisionado—, además, debes llevarte primero a tía Frida. ¿Me harías ese favor? Una vez que la hayas sacado de aquí puedes volver por mí y ambos nos iremos a casa ¿sí?
El niño no necesitó que se lo repitieran dos veces. Alejándose rápidamente de su prima, Carl tomó con toda la delicadeza que su nueva constitución le permitía el cuerpo inconsciente de su madre y cargándolo como si la mujer estuviera hecha de papel, la humanidad con implantes químicos salió a toda velocidad por la puerta que Ronalda había dejado abierta.
Y tan pronto como los vio alejarse, Ronnie Anne perdió el conocimiento a causa del dolor en sus heridas.
-o-
Sólo cuando sintió como el aire frio golpeaba su rostro, Ronalda comprendió que no había estado delirando durante los últimos minutos. Había visto cómo un grupo de encapuchados silenciosos se esforzaba por mantenerse de pie. Había visto como todos se le acercaban y la rodeaban. Vio como uno de ellos, un hombre calvo y con piel gris se quitaba su túnica roja y la cubría con ella. Y vio cuando la alzaron del suelo y atravesaron con ella la puerta y subían las escaleras.
No fue sino hasta que los "marcados" que habían estado bajo el control de la Hermana Sangre la dejaron acostada sobre el concreto de una banqueta que su mente volvió a procesarlo todo con claridad.
El sol comenzaba a ocultarse en un horizonte repleto de tormentas eléctricas, ella estaba acostada semidesnuda en una banqueta helada, justo al lado de un edificio en llamas del que aún se alcanzaban a oír algunos gritos de niños y cuidadores atrapados dentro…
Pero ni los encapuchados, ni los pocos huérfanos y voluntarios que habían logrado salir se movieron para ayudar, todos estaban en shock por la escena tan horrible y surreal que estaban viendo. Y cuando ella intentó levantarse y ayudar por su propia cuenta, descubrió que su cuerpo no pudo ni enderezarse; estaba más allá del cansancio. Lo había dado todo para detener a Kernicky y ya no podía hacer nada por nadie.
Pero las voces atrapadas dentro de La Colmena no se detuvieron en sus pedidos desesperados por ayuda. Con cada segundo que pasaba los gritos se volvían más desesperados. Con cada segundo que pasaba una habitación más se llenaba de llamas y una voz se silenciaba. ¡Era necesario ayudar!
— ¡El orfanato! —Gritó Ronalda tan pronto como sus pulmones reunieron el aire necesario—. ¡Debemos hacer algo…! ¡No puede terminar así!
Todos los "marcados" que se habían podido salvar del incendió voltearon a verla; a pesar de que cada movimiento era una tortura, Ronalda se esforzaba por arrastrarse de regreso a las llamaradas. Dispuesta a morir con tal de remediar la situación.
La escena de aquella niña luchando con su cuerpo roto por hacer algo imposible fue el impulso necesario para que todos rompieran su estupor inicial.
—Quizá podamos hacer algo —dijo la mujer con rostro de hiena—, si abrimos una pequeña brecha en una de las paredes la gente podría…
Y entonces cayó inconsciente en medio del grupo. Carl soltó un alarido y dirigió una de sus manos a su cuello antes de caer igual que la mujer con pelaje gris; Ronalda, al igual que el hombre espantapájaros, vieron que en la musculosa espalda del niño estaban varios dardos incrustados. Él y el calvo que le había dado su túnica para cubrir su cuerpo desnudo intentaron huir de la escena pero no habían dado ni un par de pasos cuando también cayeron inconscientes.
Fue entonces que Ronalda sintió como una aguja se hundía en su hombro y le inyectaba una sustancia fría, sintió fatiga inmediatamente así como un par de brazos que la tomaban por las axilas y la metían en una camioneta negra que no había visto antes. La última cosa que vieron sus ojos fue el orfanato empezando a derrumbarse por las llamas.
-o-
La caravana de vehículos en los que estaban encerrados los "marcados" sobrevivientes de la Iglesia de la Sangre se alejó de la escena en el momento justo en el que el cuerpo de bomberos y algunas patrullas de policía llegaban para apagar los restos del orfanato. Ninguno de los oficiales ni bomberos se fijó ni por un instante en las camionetas sin placas y con vidrios polarizados que se alejaban a toda velocidad.
—Doctor Santiago, capturamos al objetivo y a un grupo de sospechosos sin sufrir bajas —informó el conductor del vehículo insignia por radio—, ¿reporto nuestros avances a la Reina Blanca?
Arturo guardó silencio un segundo hasta que su cuñado, Carlos, abandonó la habitación de hotel junto a Carlota, el hombre de lentes no debía escuchar su conversación o se enteraría que el medico se había cambiado de bando —Capitán, no se puede establecer ningún tipo de comunicación con Royal Woods a causa de la tormenta eléctrica. La pondremos al tanto de todos los avances cuando las nubes se disipen… mientras tanto procedan según lo previsto.
—Entonces los llevaremos a Belle Reve, cambio y fuera.
El doctor arrojó su celular tan lejos como le fue posible, el aparato se hizo añicos al golpear contra la pared de la habitación. Había vuelto a darle la espalda a los Casagrande, pero al menos así estaría junto a su hija…
Nunca había escrito y borrado tantas veces un único capitulo como lo hice con este... supongo que es lo que pasa cuando tus ideas sobrepasan por mucho a tu capacidad para plasmarlas, en fin, sigo sin estar satisfecho con el resultado final pero he descubierto que no puedo hacerlo mejor... lo siento... esperemos que realmente sepa lo que estoy haciendo.
En fin, muchas gracias a los que leyeron esto.
Lamentablemente (ay ajá) los resultados obtenidos con esta segunda fase (y en el otro fanfic no relacionado a este) dejaron mucho que desear respecto a mis primeras dos historias así que el destino de mi "super proyecto" y de esta cuenta en general está en revisión. NO, NO DEJARÉ DE ESCRIBIR sólo necesito descubrir cómo volver a sentirme motivado a hacerlo.
