Encuentro


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata necesitó todavía un buen vaso de vino del Rin para reunir el coraje necesario y aventurarse a salir. Después, tras lanzar una última y tranquilizadora mirada a la extraña del espejo, abrió la puerta con mucha cautela.

El pasillo estaba desierto, aunque también quedaba claro que la mayoría de las habitaciones seguían ocupadas. Cerró la puerta de la habitación con llave y dejó caer esta última en el interior de su corpiño, estremeciéndose ligeramente al sentir el frío del metal.

O tal vez fuera a causa de los nervios.

Tenía que mezclarse con la multitud del piso inferior, pero no le apetecía nada bajar por la amplia escalinata principal y que todo el mundo que levantara la vista pudiera verla. Supuso que debía haber otra escalera menor al fondo del edificio y fue en aquella dirección. Tal y como había imaginado, allí estaba ese acceso secundario.

Antes de llegar a la planta baja, sólo se encontró con un par de sombríos criados. Un corto pasillo le llevó hasta el borde del recibidor.

La cosa estaba más tranquila que cuando ella había llegado. Sólo media docena de personas, dormidas o borrachas, yacían por el suelo. Avanzó con cautela. Cinco eran hombres y la sexta era una mujer sin mascara que roncaba en brazos de uno de ellos. No reconoció a nadie.

Hinata supuso que los demás participantes de aquella fiesta se hallaban en las diversas estancias. Las risas, el parloteo y la música parecían retumbar por todas partes, pero, sobre todo, se escuchaba el lejano eco de los cánticos, proveniente de la parte trasera de la casa.

Iba acompañado de batir de palmas, pataleos y, de vez en cuando, rugidos de aprobación. Hinata ya había tenido ocasión de presenciar el florido estilo coral de Yahiko y sus amigos, y había tenido suficiente. Se encaminó en la otra dirección, hacia la parte del vestíbulo que quedaba más cerca del lugar en el que ella se encontraba.

Si aquella casa seguía conservando la estructura con la que había sido construida en tiempos del rey James, las habitaciones se comunicarían unas con otras a lo largo de tres de los lados del vestíbulo. Empezó por la parte frontal.

Entró en un pequeño comedor en el que dos parejas rodaban juntas por el suelo. Hinata no pudo ver quiénes eran, pero le faltó valor para acercarse lo suficiente como para averiguarlo. Se apresuró a llegar hasta la siguiente estancia, que estaba mucho más concurrida.

Se trataba de una sala de juego con toda la afilada intensidad que cabía esperar de la gente que prefería las cartas y los dados a los cuerpos.

Hombres y mujeres, con máscaras y sin ellas, hacían que las fortunas se movieran por las mesas, contemplando las cartas y los dados con ojos enfebrecidos y chispeantes. Hinata se estremeció. Siempre le había parecido que el asunto de las apuestas tenía un lado perverso.

A pesar de todo, respiró profundamente y se abrió paso por la habitación, examinando a los jugadores. Santo cielo, allí estaba la anciana lady Fanshaw. Sin embargo, aquello no le serviría de nada. Todo el mundo sabía que las cartas la volvían loca y que sería capaz de ir al mismísimo infierno para jugar una partida.

De hecho, pensó Hinata, allí no encontraría nada. Si descubriera que la reina en persona estaba allí jugando, cualquiera que la oyese contarlo bostezaría de aburrimiento.

Cuando se dirigía a la siguiente habitación, una mano la enganchó por la muñeca.

—¿Estás sola, querida? —Un hombre de mediana edad la forzó a sentarse en su regazo—. Venga, dame suerte. —Le pasó sus rollizos dedos por los pechos.

Hinata reprimió el impulso de forcejear. Nada llamaría más la atención. Por el contrario, se dejó caer sobre su pecho y le pasó las manos por el cuello. El rió entre dientes y volvió a prestar atención al juego.

Hinata observaba a través de las rendijas de su máscara y cuando vio, por la expresión del hombre, que su mano se aproximaba a un punto crucial, se escabulló provocativamente y le besó en la mejilla.

Tal y como ella había calculado, él la apartó de un empujón.

—Demonios, mujer. ¡No me dejas ver las cartas!

Ella hizo un puchero y se escapó. Aquello había sido fácil. Tenía que admitir que estaba empezando a pasárselo bien. Detrás del anonimato que le proporcionaba el disfraz, se sentía más segura que nunca. No era lady Hinata Hyūga. No era una mujer deshonrada. Tampoco era Hiroshi.

Había vuelto a nacer.

Alertada por un estallido de carcajadas, se detuvo a mirar el juego de otra de las mesas. En ella, no se apostaba dinero. Una mujer negra echaba los dados contra todos los que llegaban.

Los que tiraban los dados eran hombres, pero había unas cuantas mujeres observando el juego. Si un tipo sacaba ocho o menos, la mujer añadía sus guineas al montón que tenía delante. Si sacaba más, conservaba su oro y ella se bajaba el corpiño un poco más y se levantaba las faldas unos centímetros.

El jubón de seda rosa le colgaba de los pezones, dejando al descubierto la mayor parte de su pecho color chocolate. La falda estaba a medio camino de sus muslos.

El juego se fue calentando. Hinata se vio también atrapada por la fascinación de esperar la caída de aquel corpiño. Tres hombres probaron suerte y perdieron. La mujer reía, exhibiendo su blanca y reluciente dentadura.

—¿Quién va ahora, caballeros? Sólo quedan diez minutos para la apuesta. Cuando suene el reloj, vuelvo a ponerme la ropa y empezamos otra vez.

Dos hombres más se adelantaron para hacer rodar los dados. Y volvieron a fallar.

Una larga mano blanca adornada con un sello de rubíes recogió los pequeños cubos de marfil.

—Tu destino va a cumplirse.

Hinata ahogó un jadeo.

Era el marqués de Rasengan.

Seguramente acababa de llegar, porque iba impecablemente vestido con un traje carmesí con bordados en negro. En el cuello y las muñecas, lucía níveos y espumeantes volantes de encaje. Su negro pelo estaba sin empolvar, y sus delicados y atractivos rasgos, iluminados por la parpadeante luz de las velas, parecían tallados en mármol.

Sable, la mujer de color, hizo una mueca.

—Yo gano de todos modos, milord, porque si pierdo, vos me ganáis.

Menma agitó el cubilete.

—Qué detalle. Tal vez me venga bien una esclava doméstica... La sonrisa de la mujer se volvió belicosa.

—No creo que sea una buena idea, si es que apreciáis en algo vuestro cuello, milord.

Menma sonrió con frialdad y arrojó los dados. Dos seis le concedieron la victoria definitiva. Un rugido de admiración sacudió la estancia.

Sable metió sus ganancias en un saquito que llevaba en el cinto y, después, se puso de pie. Tiró sinuosamente del jubón y la rosada seda se deslizó hasta la cintura, provocando un gemido colectivo por parte de los hombres.

Ciertamente, pensó Hinata, eran unos buenos melones morenos. Menma, según pudo apreciar, permanecía cortésmente imperturbable;

Sable se subió poco a poco las faldas hasta quedarse desnuda también de cintura para abajo, con la saya remetida por el talle. Se retorció ante las miradas del personal, dejando ver un oscuro y rizado matojo de pelo entre las piernas. Después, se inclinó hacia Menma y le recorrió el pecho con los dedos hasta llegar al mentón.

—Bien, milord, ¿desperdiciarías esto, haciéndome fregar suelos? ¿Te he dicho que el premio es sólo por esta noche?

—¡Qué lástima! —Dijo él, abriendo una caja dorada que contenía rapé—, y estos suelos ni siquiera son míos. El pie, esclava.

Sable dio un paso hacia atrás y, con un perfecto equilibrio levantó una pierna completamente estirada delante de él. Menma le colocó una pizca de aquellos polvos marrones en el empeine y le sujetó el talón. Inhaló la sustancia, primero por una fosa nasal, luego por la otra.

Después irguió la cabeza pero siguió reteniendo el talón de la mujer. Ésta permanecía con la pierna estirada, sin dar ninguna señal de estar física o mentalmente incómoda.

De hecho, tal vez siguiendo una indicación de Menma, se balanceó hacia atrás, quedándose unos instantes apoyada sobre las manos y, después, volvió saltar sobre sus pies, encarándole de nuevo a él. Aquella maniobra proporcionó a todos los espectadores una diáfana visión de sus partes íntimas, que, natural o artificialmente, eran de un color rojo escarlata.

¡Labios de abajo de cereza!

Hinata se dio cuenta de que se había quedado embobada y cerró la boca de golpe.

Menma aplaudió suavemente y, tendiéndole una mano, como si se tratara de la más distinguida de las damas y estuviera correctamente vestida, la condujo fuera de la estancia.

Hinata contuvo el aliento. Nunca había imaginado que pudiera ocurrir algo así, y este hecho había minado toda su confianza. Le pareció que circular entre aquellas personas era como caminar sobre arenas movedizas. Tuvo ganas de volver corriendo a su habitación y me terse bajo las mantas hasta que llegara el nuevo día.

Pero seguía teniendo una misión que cumplir y una nueva preocupación. No creía que Menma fuera capaz de reconocerla, a pesar de su maldita fama de ser omnisciente, pero estaba segura de que Naruto no querría tropezarse allí con su hermano.

El problema era que no podía avisar a Naruto sin quedar ella misma en evidencia y revelar su impostura, mejor dicho, sus imposturas.

Una vez terminado el espectáculo de Sable, los espectadores se dedicaron a deambular por la sala comentándolo. Por el momento, parecían saciados. Hinata sólo tuvo que zafarse de dos invitaciones al coqueteo mientras se dirigía al escritorio que estaba situado en una esquina de la pieza.

No estaba cerrado con llave y había papel, plumas y tinta. La pluma no estaba bien afilada y la tinta tenía grumos, pero se las apañó para garabatear «Menma está aquí». Dobló la nota y se la metió debajo del peto. A la menor ocasión se la pasaría a Naruto.

Se apresuró a entrar en la siguiente estancia, que resultó ser una galería que recorría la parte trasera de la casa. La estaban usando como sala de baile, si es que a aquellos brincos y retozos se les podía llamar baile. Había un trío que friccionaba instrumentos musicales, pero la bebida se les apoderaba y llevaban un ritmo alocado. Los bailarines se movían con el mismo frenesí.

Por fin Hinata pudo empezar a recopilar nombres para su lista mental. Lady Jane Trece, santo cielo, la cotilla más malvada de Inglaterra. Meg Cordingly, Susan Fellows y Letty Proud.

La rolliza pelirroja no estaría tan orgullosa si se supiera que la habían ido arrojando de mano en mano a lo largo de la estancia, con las faldas al aire.

En Londres, Hinata había oído arteras especulaciones en las que se preguntaban si el pelo de Letty sería del mismo color rojo ardiente por todo el cuerpo. Ahora ya estaba claro. Lejos de sentirse triunfante, Hinata se sentía triste. Sería imposible utilizar cualquiera de los nombres de las personas allí congregadas sin causar un gran dolor.

Además, sentía envidia de los juerguistas. Su comportamiento podía ser obsceno e incorrecto, pero, al menos durante breves momentos, eran felices. Ella casi no podía acordarse de lo que era la dicha.

Un hombre la agarró y la hizo balancearse al ritmo de un alegre baile. Horrorizada, se dio cuenta de que se trataba de Neji.

—Eh, preciosa, no pongas esa cara de susto. Dime cómo te llamas.

El era ciertamente muy atractivo, con aquellos ojos grisáceos, su largo cabello castaño y su perfecta dentadura. Exhibía una seductora sonrisa. ¿Cuánto tiempo hacía desde que no le había dedicado a ella un gesto así? No tanto, aunque a Hinata le parecía una eternidad.

—¿Estás de incógnito? —preguntó él—. Dame un nombre falso, preciosa. Me dará lo mismo.

—Natsu —dijo ella, acordándose de una tía suya muy estirada, la hermana mayor de su padre.

El se echó a reír.

—No es mi nombre favorito pero da igual. —La atrajo hacia sí y la besó.

Hinata se quedó helada. Aquello era un pecado terrible, ¿no? Él la apartó de su lado bruscamente.

—¿Qué pasa, encanto? ¿No soy tu tipo?

—Lo siento, señor —dijo ella balbuciente y con voz temblorosa—. Es que... no me encuentro bien. ¡Necesito un sitio para vomitar!

—¡Vaya por Dios! —Dijo él, soltando una carcajada y conduciéndola hasta la puerta—. Sigue por este pasillo y llegarás al exterior de la casa. Buena suerte.

Y dicho esto, regresó con los danzantes. Hinata sonrió con tristeza. Aquélla era la alegre amabilidad que ella recordaba. Neji era un hombre duro que se irritaba enseguida, pero también era gentil.

Consideró las cosas desde su punto de vista. El había sido uno de los que habían pillado a Ōtsutsuki en su cama, aunque no se había enfadado deberás hasta que ella se negó a casarse con él. Sólo entonces Neji asumió la misma actitud crítica de su padre.

Hinata se detuvo pensativa unos instantes, mientras observaba a su hermano. ¿Estaba allí únicamente por la fiesta o estaría participando en la batida?

Debía estar preocupado por Hanabi, pero era muy propio de él divertirse cuando se le presentaba la ocasión. Neji encontró otra pareja y, al cabo de un rato, salió de la estancia con ella. Hinata se armó de valor y regresó al baile, con la intención de encontrar alguna prueba más.

Yahiko atravesó la estancia con su querida del brazo, aplaudiendo a sus invitados. Hinata se aproximó a ellos. Era, sin duda, Shion. Aquella manera de bambolearse y esa costumbre que tenía de acariciarse el cuello como si tratara de detectar alguna arruga...

Un hombre se plantó delante de Hinata, impidiéndole el paso.

—¿Sola? Seguramente no. Por lo menos, ya no lo estás. —Le tendió la mano invitándola a bailar.

Era el enorme capitán Inuzuka. No se había cambiado de ropa y llevaba el uniforme hecho una pena: el chaleco blanco le colgaba abierto, la corbata había desaparecido y se había desabrochado los botones del cuello de la camisa.

Hinata fue hacia él. Si permanecía sola, la acosarían constantemente y, ¿por qué no iba a poder ella disfrutar también un poco?

Durante un rato, bailaron moderadamente, pero, después, él la cogió y la hizo girar por el aire. Hinata chilló. Temía que se le estuviera viendo todo y que se le volara la peluca. Estaba también aterrorizada por el tamaño y la fuerza de aquel hombre, que la hacían sentirse como una niña en sus brazos.

Se dio cuenta de que nunca antes había salido al mundo sin la protección de su padre, de su hermano o de Naruto. Pero, en aquellos momentos, no había nadie que pudiera salvar la de aquel gigante.

Inuzuka la fue bajando despacio contra su cuerpo. Ella suspiró aliviada al poder poner otra vez los pies en el suelo, hasta que se dio cuenta de que la maniobra le había dejado levantada la parte delantera de la enagua, de modo que una buena porción de sus piernas estaba a la vista.

El soltó un gruñido guasón y la besó.

Hinata se hallaba completamente indefensa. Un potente brazo la sujetaba. Con el otro, el hombre le sostenía la cabeza. Su cráneo encajaba dentro de aquella mano del mismo modo que una naranja lo haría en la de Hinata.

La ardiente boca de Inuzuka la asaltó y cuando ella quiso resistirse, él deslizó el pulgar hacia delante para obligarla a abrir la boca, y la invadió con su espesa lengua. Nunca antes le había ocurrido nada así.

Se sintió abrumada, avasallada y vencida, pero sus sentidos estaban anegados y se dio cuenta de que su boca se había ablandado bajo aquella diestra presión. Esto fue lo que más la asustó.

Él se retiró lentamente.

—Eso está mejor, preciosa. ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien contigo aquí?

Aprovechando la oportunidad de escapar, Hinata dijo.

—Sí.

—Es una pena. —La mano del hombre ascendió y, con un apretón, le rodeó el pecho. Demasiado fuerte. Le había hecho daño. Cualquier vestigio de placer había desparecido, dando paso al terror.

Iba a ser violada en aquella misma habitación. Nunca la habían manoseado de aquella manera, ni siquiera Toneri Ōtsutsuki.

Ella forcejeó contra el férreo brazo de Inuzuka, buscando desesperadamente una salida, pero él aprovechó la oportunidad para darle un mordisco en el cuello.

—Sí, es una pena, desde luego —dijo ella jadeante—. Pero me he escabullido de él porque no quería darme de comer. De verdad, señor, me muero de hambre. Yo... no... No puedo pensar en otra cosa hasta que no deje de dolerme el estómago.

Él se echó a reír y le mordisqueó la curva superior de su pecho.

—Ahora que lo dices, yo también tengo un hambre canina, y, aunque tienes una pinta deliciosa, supongo que no debo comerte. —Comer, pensó Hinata un tanto histérica. ¡Eso es lo que querían decir!—. Yahiko debe tener comida por alguna parte —dijo él—, y los dos necesitamos tener fuerzas, ¿a qué sí?

Aturdida y aliviada, Hinata le sonrió.

—Sobre todo yo, señor —le dijo con timidez—. Con lo grande que es usted.

—No podrás creer cuánto, preciosa, te lo prometo. —Inuzuka le agarró la mano y se la colocó sobre su abultado pene.

La incredulidad hizo que Hinata se quedara de piedra. ¡Aquello despedazaría a una mujer! Él rió entre dientes.

—¿Estás segura de que quieres comida para el estómago? Puedes comerme a mí todo lo que quieras. Te aseguró que te llenaré. Al oír aquellas palabras, a Hinata se le revolvieron las tripas.

—Oh, sí —dijo rápidamente—. ¡Más segura que nunca! —Todo lo que quería era librarse de él, para poder volver a su habitación y hallarse de nuevo a salvo. Tenía unos cuantos nombres y ya no le quedaban agallas.

Él la condujo a otra estancia, protegiéndola de la gente y aprisionándola al mismo tiempo con el brazo. Era prácticamente imposible soltarse y, de conseguirlo, él volvería a atraparla en un santiamén.

¿Conseguiría algo pidiendo auxilio? Si obraba así, su identidad que daría al descubierto. Ese pensamiento le produjo tal horror que estuvo a punto de desmayarse.

Antes prefería ser víctima de una violación.

Hinata rezó para que se la tragara la tierra.

Naruto tenía un aspecto llamativamente incólume para llevar en aquel barullo más de una hora. Era obvio que no sospechaba la verdadera identidad de la mujer que tenía ante él. Dedicó una sonrisa a la dama, haciendo gala de un excelente y despreocupado buen humor, y le hizo una ligera reverencia.

—Encantado, querida.

Hinata no quería que la reconociera, pero tampoco quería que la abandonara en las garras de aquel gigante. Si era preciso, se delataría.

—Lo mismo digo —dijo ella con su falsa voz—. No tengo nada en contra de agasajar a dos, guapo.

Las manos de Inuzuka se tensaron.

—Eh, de eso nada.

Naruto sonrió.

—Me temo que tampoco es lo mío, preciosa. Si quieres verme en privado más tarde...

«¿Cuántas citas como ésta has acordado? —pensó Hinata—.¿Y con cuántas has cumplido?» Inuzuka se regodeaba:

—Más tarde estará hecha un guiñapo, amigo mío. Yo que tú me buscaría otra pareja.

Hinata sonrió forzadamente.

—Oh, muy bien, pero por lo menos podíamos buscar la comida ¿no?

—Vale, vale —dijo Inuzuka—, la encontraremos. —Y en un aparte le dijo a Naruto: —Es una moza con un apetito realmente feroz.

—Más le vale —dijo Naruto—. A propósito, yo sé donde está la comida. Vamos, os llevaré.

La habitación que seguía a la del teatro estaba casi vacía y la gente que allí había parecía estar simplemente hablando. Desgraciadamente, uno de los presentes era Menma, que ofrecía rapé a nada más y nada menos que el conde de Bute, el mentor y confidente del joven rey, y supuesto amante de su madre.

¿Era aquel lugar, entonces, el verdadero rostro de la sociedad? ¿Estaría entre aquellas personas el mismísimo rey?

Hinata echó un vistazo a Naruto, pero éste no parecía haber visto a su hermano, y Menma estaba de espaldas a ellos. Hinata se preguntaba dónde habría dejado a la voluptuosa Sable.

A continuación entraron en la siguiente habitación, en la que había dos mesas dispuestas con comida y bebida. Sorprendentemente, no había ninguna accesoria, por lo que la gente tenía que comer de pie.

Había alrededor de una docena de invitados dedicados a aquella actividad y, al parecer, se divertían horrores con ella.

Cuando Hinata, escoltada por sus dos acompañantes, llegó a las mesas comprendió por qué. Ni siquiera la comida estaba al margen de la ingenua obscenidad de lord Yahiko. En el centro de cada una de las mesas, la comida estaba dispuesta formando la silueta de un cuerpo —de mujer en una de ellas y de hombre en la otra—. La mayor parte del interés se concentraba en la figura femenina.

En la intersección de la blanca crema de sus muslos, había un puñado de perejil y unas guindas servían de pezones a los medios melones que hacían las veces de pechos. Los hombres se inclinaban a mordisquear las cerezas confitadas, que luego eran reemplazadas por otras procedentes de un cuenco próximo.

Hinata miró hacia la otra mesa, donde la cereza, previsiblemente, se hallaba en el extremo de un pepino. Cogió un inofensivo trozo de pan con queso, pensando que nunca más sería capaz de volver a comer pepino. Inuzuka se acercó a realizar el ritual de las cerezas. Aquélla era su oportunidad de escapar, pero Naruto seguía todavía con ella.

Se preguntó qué haría él si ella se escabullía, después de todo no era asunto suyo. Por otro lado, aquél podía ser el único momento propicio para advertirle de la presencia de su hermano.

No sabía qué hacer. Tenía que huir pero podía avisarle antes de hacerlo. Él se volvió hacia la mesa para coger un muslo de pollo y ella se sacó la nota del pecho. Se inclinó por encima de él, apretándose contra su espalda mientras se estiraba tratando de alcanzar unas uvas, y le metió el papelito en el bolsillo.

El se dio rápidamente la vuelta y la observó ceñudo.

—Vaya, ¿qué ocurre, milord? —preguntó ella con nerviosismo.

—Nada —dijo él, al tiempo que trataba de atravesarla con la mirada, como si la viera por primera vez.

Hinata miró a Inuzuka, quien, tras dedicarle una sonrisa, se inclinó para coger una guinda con los dientes. Estaría de vuelta enseguida.

—Tengo que irme —dijo ella—.¡Necesito ir al retrete!

El también miró a Inuzuka. Después, la agarró por la muñeca.

—Vamos, te enseñaré por dónde se va.

El la arrastró fuera de la habitación. Inuzuka dejó escapar un iracundo bramido. Naruto la llevó a través de un corto pasillo hasta la hela da noche del exterior.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Hinata, jadeando a causa del frío viento.

—Buscarte un sitio para que hagas pis, encanto. Eso es lo que quieres, ¿no? O, ¿es que Inuzuka era más de lo que podías tragar? —No se parecía en nada a Naruto. Las palabras de aquel tipo sonaban duras e irritadas.

—Pero, ¡aquí hace mucho frío!

El se quitó bruscamente el abrigo y se lo puso a ella por los hombros, haciendo que quedara aprisionada por la prenda. A continuación, se valió de ella para llevarla aún más cerca de él.

—¡Milord...!

Sus labios la hicieron callar. Eran firmes y no admitían una negativa, pero Hinata se fundió enseguida en ellos. Llevaba tanto tiempo anhelando aquello.

¡Qué importaba que él no supiera quién era ella! Aprovecharía aquel instante y lo atesoraría entre sus recuerdos.

Una vez que se rindiera, estaría perdida. Rodeó con sus brazos el cuerpo de Naruto. Se acopló a cada pulgada de su cuerpo. Acogió su dulce y picante lengua dentro de ella...

De repente, él se soltó y la arrastró un poco más lejos a lo largo del edificio, hasta que quedaron ocultos tras unos arbustos. Conteniendo el aliento, la mandó callar. Hinata estaba aturdida.

Entonces escuchó a Inuzuka:

—¿Dónde demonios te has metido? ¡Namikaze, sinvergüenza, sal de ahí y devuélveme a mi moza!

Tras unas cuantas imprecaciones más, volvió al interior de la casa y dio un portazo.

Naruto se levantó, tirando también de ella.

—¿Quieres reunirte con él?

Hinata sacudió la cabeza. Quería quedarse allí para siempre con Naruto, caliente y a salvo dentro de su abrigo, y dejar que el mundo se hundiera.

Él le levantó la barbilla con los nudillos.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

Ella seguía percibiendo aquella dureza, pero una cosa estaba clara: aquel momento era un regalo del cielo. Era la oportunidad de amar a Naruto sin ponerle en peligro.

—Te quiero a tú —susurró la muchacha. El contuvo el aliento.

—Me pregunto por qué...

No había respuesta para aquella pregunta, así que Hinata se limito a esperar. Él dejó bajar la mano por el cuello y el hombro de ella y deslizó los dedos por dentro del rígido corpiño hasta tocarle el pezón. Aquella velada había sido demasiado para ella. Sus sentidos estaban trastornados. Se desplomó hacia atrás, apoyándose en la tosca pared de ladrillo y le dejó hacer a voluntad.

Naruto trazó con suavidad un círculo alrededor de la cresta de su aréola y ella se estremeció. El apretó la cadera contra ella y ella respondió con el mismo gesto.

—Me quieres a mí, ¿no es así? —le dijo él quedamente—. Bien, mi dulce y pequeña libertina, pues yo también te quiero a ti. — Liberó los dedos y la condujo más allá, siguiendo la pared de la casa.

—¿Dónde vamos? —dijo Hinata, que se sentía destemplada en medio de la fría noche.

—A cruzar las cocinas. No quiero batirme en duelo con mi amigo por ti. No vales tanto, ¿no te parece?

Nuevamente, aquella dureza provocó en Hinata un espasmo de intranquilidad.

Se recordó a sí misma que él no sabía quién era ella; la tomaba por una prostituta, o por una dama de moral relajada.

¿De verdad quería que la tratara así?

Por imperfecta que fuera, aquélla era la única oportunidad que se les ofrecía. Y ella decidió aprovecharla yéndose con él.