Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo dedicado a todas la personas que me enviaron mensajes preguntando si me encontraba bien.
Se los agradezco de corazón.
"Con un corazón valiente, todo es posible."
Canción sugerida: Vocalise - Rachmaninov
—Daría mi último cabello por un baño.
—Brillante, maravilloso, esplendido y me harían falta más adjetivos para describir el clima que hemos tenido en el año.
—¿Maravilloso? Sofocante, cansado diría yo.
—El Señor no sofoca, querida mía, él nos bendice.
—Claro que nos bendice, querido, pero también nos pone batallas.
Carlisle soltó una carcajada.
—No te atrevas a burlarte de mi Carlisle, los cambios de clima que ha habido este año se comparan perfectamente con una señora en plena menopausia.
—Las batallas traen glorias, amor mío, y este hombre pasaría todos los calores del mundo para ver el sonrojo de tus mejillas y el sudor resbalando por tu cuello.
—Carlisle, para ya con eso, no soporto tu buen humor.
—¿Cómo me detengo? Estoy extasiado de estar en casa.
El señor Carlisle y la señora Esme dueños de la hacienda, padres de los jóvenes.
Desde el primer momento en que pisaron la casa se podía notar las personalidades tan diferentes en cada uno. La señora Esme es sin duda una belleza, tiene una piel besada por los rayos del sol, unas facciones tan elegantes y un cuerpo tan delicado que no parecía que viene llegando de un viaje de más de cuatro semanas a caballo. Y por supuesto, el comandante Carlisle es la representación de un hombre varonil y educado, su postura, su seguridad y sobretodo su humor resulta tan atrayente que me debo de obligar a no quedar como tonta con mi boca abierta.
Es bastante obvio de donde los jóvenes Alice y Edward obtuvieron su belleza.
—Me alegra tanto tenerlos en casa— expresó Alice.
—Oh a nosotros más, preciosa — le respondió el comandante.
Nos encontrábamos sentados en la sala, la cual dejaba entrar los rayos del sol y permitía la circulación del aire gracias a los ventanales abiertos.
—¿Quiere más limonada, madre?
—Si cariño — le respondió la señora a la vez que continuaba abanicándose con un pañuelo, — esta exquisito.
—¿Verdad que sí?
—Esta delicioso, perfecto para este bello clima — concordó el señor.
—La bebida pasará a la historia— musitó la señora Esme, — gracias a ella estoy volviendo a mis cabales.
Alice soltó una risita mientras se levantaba del sillón a tomar la jarra de limonada que estaba en la mesita.
—Permítame, señorita — dije apresurándome a servir la limonada.
—Oh, gracias, Isabella.
—¿Cómo dices que conociste a la señorita Isabella, cariño? — pregunto el comandante.
—Nos conocimos en la librería del pueblo.
—¿Librería? — cuestiono escéptico el comandante, —Alice, sería más sencillo encontrar un alfiler en un pajar que encontrarte a ti en la librería.
—Estaba caminando aburrida por el pueblo así que decidí entrar a ver qué novedades había en el puesto del señor Banner — contestó la joven mientras se encogía de hombros.
—¿Por qué será que es arduo creerte, preciosa?
—Es la verdad, padre.
—Difícilmente se puede nombrar en una sola oración a la literatura y a ti, Mery Alice.
—Nos hicimos amigas de inmediato, ¿no es así Isabella?
Yo asentí mientras le daba el vaso de limonada a la señora.
—Sin embargo, trabaja para ti — señaló la madre de Alice.
Me volví a sentar a mi puesto en el sillón a un lado de la joven.
—Me resulta tan agradable tener a alguien con quién hablar y que me ayude en mis actividades que el día se nos pasa corriendo — respondió Alice con su peculiar tono de voz, —además puedo tener contacto humano a parte de la servidumbre y el hermético de Edward.
—Oh, mi pobre muchacho, ¿cómo ha estado?
—¿Madre se encuentra usted bien? — cuestiono preocupada Alice.
—Claro, ¿por qué la pregunta?
—Mi amor el clima nos avisa que pronto será navidad y tu sigues abanicándote el sudor.
—¿Qué quieres que haga, Carlisle? No tengo un botón para que mi menopausia se detenga.
El comandante y su hija se rieron.
—Su hijo se encuentra bien — respondió Alice, — donde la palabra bien se define como "igual", "aún amargado", "no sale de su habitación" y puedo seguir.
—Oh — musitó lastimada la señora Esme.
—Hablaré con él — mencionó el comandante.
—Inténtelo si puede, padre.
—¿Porqué lo dices, Mery Alice? ¿Debo de recordarte por lo que ha pasado tu pobre hermano? — reprendió Esme a su hija.
—No es mi intención ser mal educada, madre — contesto — pero no ha hecho mínimo esfuerzo en avanzar.
—¿Toma su medicamento? — preguntó el comandante preocupado.
—No.
—¿Y sus ejercicios, los hace?
—Me temo que no.
—Oh pobre de mi niño, Carlisle debes de hablar con él.
—Eso haré, querida.
Lo cierto es que el joven Edward no ha vuelto a bajar de su habitación en los últimos dos días. Alice puede aparentar que no le importa, pero anoche antes de ir a dormir la encontré murmurando en la puerta de la habitación de su hermano y cuando llego a su propia habitación la note cabizbaja.
—Bueno, eso nos regresa a ti Isabella — me llamó el comandante provocando que saliera de mis pensamientos.
Parpadeé y sonreí sin saber qué decir.
La sala quedo en un silencio incomodo.
—Isabella es muy tímida, padre.
—Eso puedo notar — señaló el comandante.
—¿Eras empleada del señor Banner? — me pregunto la señora.
—No.
—Madre ella estaba en la librería como clienta.
—¿Amante de la literatura? — me preguntó el señor con una sonrisa.
—Sí — conteste con mis mejillas sonrojándose.
—Una mujer con conocimiento siempre será el arma más peligrosa del mundo — me guiño el ojo el comandante.
Yo sonreí.
—Los libros serán importantes pero la verdadera mujer no tiene tiempo de sentarse a fantasear, Carlisle.
—Vamos cariño, tanto nuestra hija como la señorita Isabella se encuentran en su plena juventud.
—Juventud que no durará toda la vida.
—Pero no por eso deban desperdiciar su tiempo en otras actividades.
—¿Desperdiciar? Tenía trece años cuando yo ya sabía dirigir a la servidumbre de la casa de mis padres y sabía la etiqueta de cada tipo de banquete que se podía ofrecer.
—Un arduo trabajo, estoy seguro — dijo el señor manteniendo su buen humor.
—Claro que lo es — respondió la señora, — mi madre no tuvo problemas conmigo, supe como comportarme tanto así que, a los quince años me emparejaron contigo.
—Ah, te veías preciosa en ese vestido amarillo — exclamo el comandante, — despampanante más bien.
La señora Esme al recibir tan lindas palabras de su esposo, soltó unas risitas.
—Oh, comandante Cullen.
Los señores se olvidaron por un momento de nosotras hasta que Alice carraspeo su garganta.
—¿Tienen hambre? — preguntó su hija incomoda por la escena que estaban dando sus padres.
—Sería bueno probar lo que preparó la señora Meryl antes de comerme a tu madre — respondió el comandante mientras besaba la mano de su esposa.
—Oh Dios Santo — musitó sonrojada Alice, —haré que preparen el comedor, ¿me acompañas Isabella?
Los señores se rieron y yo sonreí al ver tan acalorada a la señorita.
—Claro — respondí y ambas abandonamos la sala dejando un momento a solas a los padres de Alice.
Nos acercamos a la cocina en donde la señora Meryl y las demás mujeres estaban terminando de preparar la comida del día de hoy.
—Meryl mis padres están demostrando caer en la locura — dijo dramáticamente Alice — por favor dime que ya podemos sentarnos a comer.
Meryl se detuvo de pelar zanahorias para contestar:
—Claro mi niña, mandaré a Ruth y Penélope a preparar el comedor.
—Gracias Meryl.
—Yo misma los mandaré a llamar en diez minutos máximo.
—Perfecto tengo tiempo de mostrarle a padre el borrador de las cartas que enviamos Isabella.
Yo asentí en respuesta.
—¿Quiere que valla por ella a su habitación? — pregunté.
—Por favor — respondió ella, —aprovechare en ir rápidamente al tocador — termino por añadir.
Volví a asentir y emprendí mi camino a las escaleras.
Estaba a cinco escalones de alcanzar el segundo piso cuando escuche como alguien gritaba y cosas golpear el suelo.
Pare por un momento mi marcha, extrañada.
—¡Maldita sea! — se escuchó.
Y fue ahí cuando supe de quién era la voz.
El joven Edward.
Retomé mi camino, pero esta vez aceleré el paso.
Al acercarme a la puerta de la habitación escuché mas gruñidos.
—¡Solo hazlo! Maldita sea.
Mi corazón palpito asustado.
—¿Qué esperas? ¡Vamos!
Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta y jamás en mi corta vida imaginé ver la escena que mis ojos estaban presenciando.
—No lo hagas — dije sin pensar, sintiendo como el miedo pinchaba la boca de mi estomago.
Estaba sentado en su escritorio, el cual como en la ocasión anterior, había muchos papeles y libros por doquier. El aspecto de él era similar; cabello despeinado y ropa sucia.
Edward volteo a verme. Su aspecto era raro.
Loco.
Desesperado.
Pero más allá de su mirada salvaje, el arma que sostenía apuntando a su cabeza captaba más mi atención.
Mi corazón palpito asustado.
Jadeé.
¿Qué pasará ahora? ¿Tienen teorías? ¡Me fascinaría leerlas!
Espero se encuentren bien!
Krom, xoxo
