Capítulo 24:
Felicidad
Si tuviera que describirlo en palabras, Draco diría que era como tener una sensación de vértigo constante. Era como estar en la cabina de una noria, llegar a lo más alto y luego caer eternamente. Se imaginó que así debían sentirse los objetos cuando orbitaban alrededor de algo: frenéticos y acelerados. Se hubiera reído por lo poético que sonaba en su cabeza, si no fuera porque estaba entumecido por todas partes.
Porque esa es la sensación que uno tiene cuando cae: que se va a estrellar y que va a doler. Y aún así, eres incapaz de moverte mientes todo pasa.
Sin embargo, Draco notaba también una inmensa y sorprendente sensación de paz. No sabía si era por su llanto, que le había desgastado por completo o el baño que se había tomado después, que le había dejado adormecido. Quizás eran los cuidado que le había proporcionado Harry, curando su piel e intentando calmarle, lo que había hecho que todo en su interior se asentase. La cuestión era que Draco se sentía en calma consigo mismo, a pesar de que una parte de él estaba increíblemente asustada, en su mayoría se encontraba tranquilo. Como si el reconocer que estaba enamorado de Harry no le asombrase en absoluto, como si ya lo supiese, como si lo hubiera hecho durante toda su vida. Era extraño, la sensación de querer gritar y reír al mismo tiempo. El rechazo y la bienvenida que le producía saber que amaba a Harry. Tener miedo, y a la vez haber asumido tan bien sus sentimientos.
—No sé si termina de gustarme que estés tan callado.
Draco alzó la mirada, saliendo de sus pensamientos. Estaba sentado en una de las sillas de la cocina, con Harry de espaldas a él, terminando de preparar la cena. Sus ojos se recrearon en su espalda, en la leve tensión que había en sus hombros que indicaba lo intranquilo que estaba, aunque su voz había sonado despreocupada.
—Tengo sueño.
Harry se dio la vuelta, dejando un plato de comida frente a él y un gran vaso de agua fría. No tenía mucha hambre y no mentía con lo que había dicho. Solo tenía ganas de acostarse y dormir durante tres días pero sabía que saltarse la cena solo haría que su novio se preocupase todavía más.
—¿Seguro?
—Sí —respondió, ofreciéndole una sonrisa tranquila—. Solo fue un cúmulo de emociones, ya sabes.
Habían estado hablando del sub-espacio, de que la adrenalina y el placer hacían que su cerebro segregase sustancias que le harían perder la consciencia de sí mismo, que le haría estar más sensible y podría no estar totalmente lúcido con sus sensaciones o pensamientos. Quizás era ese sub-espacio lo que había hecho que Draco se quedase con Harry en vez de huir hacia la seguridad de su apartamento o tal vez por eso había aceptado tan bien su situación.
De lo que estaba seguro, era de que sus sentimientos eran reales.
Era tan fácil verlo ahora, que sabía dónde mirar. No entendía cómo no se había dado cuenta antes, como no había podido adivinar que ese estremecimiento en su columna vertebral cada vez que Harry reía, esa plenitud que le embargaba cuando estaba con él y lo seguro que se sentía a su lado, se producían porque estaba enamorado. Era tan obvio ahora.
—¿Qué vas a hacer mañana?
Suspiró con alivio al ver que Harry había decidido dejar pasar el tema.
—Tengo que estudiar pociones por la mañana y numerologia por la tarde.
—¿Te has puesto un horario?
Había una clara diversión en su voz y sus labios se habían curvado en una sonrisa burlona.
—¿Algún problema? —entrecerró los ojos, haciendo que Harry pareciese todavía más entretenido.
—Quién me hubiera dicho que Draco Malfoy era un pequeño empollón.
—No soy un empollón, solo me gusta ser organizado.
—Eres la única persona, aparte de Hermione, que se aplicaría tanto para estudiar.
—Y por eso Ravenclaw nunca fue una opción para ti —se burló sonriendo petulante cuando Harry rodó los ojos.
—¿Crees que en tu apretado horario, podrías hacer una pausa para venir conmigo a La Madriguera? —su cuerpo se tensó en una milésima de segundo, parpadeando con rapidez.
—¿A la casa de los Weasley? —preguntó, tontamente.
—Sí. Molly me pidió un par de veces que te invitase y hasta ahora había podido evitarlo porque sabía que no ibas a sentirte cómodo —Draco quiso reír. No iba a sentirse cómodo ni en un millón de años—, pero quiere conocerte y no voy a poder evadirla mucho más tiempo.
—Ya me conoce.
—Quiere conocerte apropiadamente.
Sabía cuales eran las palabras implícitas en esa frase: quiere darte una segunda oportunidad.
A Draco no había cosa que le apeteciera menos que ir a una casa llena de Weasley, después de todo lo que había pasado, pero Harry amaba a su familia y él amaba a Harry. Sabia que si quería seguir con él, tendría que pasar por esto.
—Está bien —aceptó.
No podría ser tan malo después de todo.
—0—
Draco supo que eso había sido una mala idea desde el principio.
Tosió un poco, agitando una mano para despejar un poco el humo que había en la cocina mientras dejaba la bandeja caliente del horno encima de la mesa. Miró el pastel que en su imaginación había tenido un aspecto delicioso y esponjoso pero que en realidad sólo era un mazacote marrón oscuro con los bordes carbonizados. Olía a azúcar quemado.
¿Por qué se había empeñado en cocinar, si sabía que se le daba mal? A veces tenía ideas de Gryffindor.
Gimoteó por lo bajo, llevándose una mano hacia su frente sudorosa. Miró el reloj que tenía colgado en la pared, viendo que si se ponía, todavía le daba tiempo a intentar hornear otro pastel.
O podía escribir a Harry y que él le ayudase.
Mordió su labio inferior, caminando hacia el salón y cogió un pergamino y una pluma entre todo su desastre de libros esparcidos.
"¿Puedes venir a casa?
Es urgente"
Dobló la carta y la ató a su pequeña lechuza, la cual salió volando de inmediato. Volvió a la cocina, soltando un suspiro cansado y recostándose en la mesa. Unos segundos después, sintió una aparición en el salón.
—¿Draco?
—En la cocina —contestó.
Cuando Harry atravesó la puerta, se le veía ligeramente alarmado. Sus ojos recorrieron su figura como si hubiera esperado verle herido y, cuando vio que no era así, observó a su alrededor con aire crítico.
—Hay un montón de humo aquí —comentó, agitando una mano— ¿Qué se te ha quemado?
Draco señaló el pastel sobre la mesa, con una sonrisa de disculpa. Tal vez debería haberle dicho a Harry que no era nada preocupante.
—Se suponía que iba a ser una tarta de chocolate y vainilla, pero no se me da bien cocinar.
Harry se acercó, observando el postre. Cogió un cuchillo, cortando un trozo que no estuviera demasiado quemado y se lo llevó a la boca.
—Te ha quedado un poco seco —dijo. Draco intentó no reírse ante el esfuerzo de su novio por no arrugar el rostro con disgusto—. Y te has pasado con el azúcar.
—¿Me ayudarías a hacer otro?
—¿Es para los Weasley? —se removió en su sitio, desviando la mirada hacia algún punto cerca de la nevera. Al final asintió con la cabeza— No hace falta que lleves nada.
Harry caminó hasta él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuerpo para abrazarle. Draco respiró hondo, inundándose en la colonia del moreno, mientras se encogía de hombros.
—Es de mala educación presentarse en una casa con las manos vacías.
—Pienso cobrarte por esto —le susurró en el oído, haciéndole estremecer—, y no con dinero.
Sonrió sobre su hombro, antes de que su novio se separase de él.
—Estaré muy feliz de pagarte —aseguró alegremente.
Su novio rió en voz baja mientras se quitaba el jersey que llevaba puesto, el cual se dobló y voló hacia el sofá para colocarse con suavidad en este, quedándose solo con una camiseta de manga corta mucho más cómoda.
—¿Por qué no vas a cambiarte? No tardaré mucho en arreglar tu desastre.
—¿Qué debería ponerme?
—Por mi puedes ir desnudo —contestó Harry con diversión, llevándose a la boca una cucharada de chocolate líquido—, pero no creo que a los Weasley les hiciera gracia.
Puso los ojos en blanco.
—Qué gracioso, Potter.
—Intentaba que dejases de estar nervioso —se defendió—. Solo ponte algo normal y deja de preocuparte, Draco.
Resopló con ansiedad, decidiendo hacerle caso a Harry. Salió de la cocina, fue a ducharse y, tras mucho tiempo de debate mental, finalmente escogió su jersey más simple y unos pantalones vaqueros. Cuando volvió a la cocina, su novio estaba terminando lo que parecía ser un delicioso y perfecto pastel de chocolate.
—¿Cómo has hecho eso?
Se cruzó de brazos, apoyando su hombro en el umbral de la puerta. Realmente odiaba que todo pareciese tan sencillo cuando era Harry quien lo hacía.
—Magia —le respondió con una sonrisa traviesa que le hizo poner los ojos en blanco—. ¿Estás listo?
No, quiso decir. En cambio, lo único que hizo fue asentir.
Guardó el pastel en una caja que había trasformado mágicamente y añadió un par de hechizos para que no se moviese y se estropease. Caminó hasta el salón una vez que tuvo todo preparado, y se aferró a la mano de Harry para que los apareciese.
Draco tardó dos segundos en darse cuenta de que no era malo, era horroroso.
Tenía la sensación de que iba a vomitar en cualquier momento, le sudaban las manos y su túnica se sentía demasiado apretada alrededor de su cuello. Se quedó parado tras Harry, como si fuese un niño escondiéndose detrás de su padre, mientras el moreno saludaba a Ginny con un abrazo.
El salón de La Madriguera era... extraño. Ninguno de los muebles conjuntaba con el de al lado. Había una alfombra desgastada en el suelo con un patrón irreconocible, un sofá azul descolorido y dos sillones, uno verde y otro marrón. La chimenea era grande y tenía decenas de fotos mágicas colocadas en la repisa. Lo más normal que había eran las cortinas, que eran blancas.
—Draco —saludó Ginny, dándole un apretón a su brazo y ofreciéndole una sonrisa mucho más amistosa de lo que había pensado—. Por fin llegáis. Mamá no ha parado de preguntar por vosotros.
—Nos hemos retrasado un poco.
—¿Quién ha llegado? —Draco se encogió momentáneamente bajo la mirada azul de Ron Weasley, antes de cuadrar los hombros y levantar la barbilla. Esperaba que nadie notase el fuerte agarre que mantenía en la caja entre sus manos—. Oh... Hola, Harry. Malfoy.
—Weasley.
—Te aconsejo que lo llames Ron —ofreció Ginny—. Somos demasiados Weasleys aquí.
Paso su lengua por sus labios, enviándole a Harry una mirada entre espantada y horrorizada. Su novio, en cambio, parecía muy divertido.
—Ron —murmuró entre dientes.
—Ahora tú —le instó la chica a su hermano.
—¿Qué? —se alegró de que el pelirrojo pareciese casi tan consternado como él. Ginny entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—Hemos hablado de esto.
Ron resopló y al final accedió.
—Draco.
—¿Ves? Ni si quiera te has atragantado —se burló ella— Vamos a la cocina.
Avanzó por el salón, esquivando algunos zapatos que había desperdigados por el suelo. Pasaron junto a las escaleras y Draco no pudo evitar elevar la mirada, observando la cantidad sorprendente de pisos que había. Al contrario de Grimmauld Place, las escaleras eran inestables y los pisos parecían desiguales. Se preguntó cómo es que no se había caído el techo todavía.
La cocina, sin embargo, era grande y parecía la estancia más ordenada de la casa. Había ollas y sartenes por todas partes y una enorme mesa con una cantidad exagerada de comida.
—¡Ronald Weasley, deja de robar comida! Todavía no está todo listo. Ginny, cariño, ¿podrías decirle a tu padre que baje? —una mujer pelirroja, bajita y regordeta le observó con atención, para después sonreír brillante— Draco, qué alegría verte.
—Gracias por la invitación, señora Weasley —dijo. Sintió que sus mejillas enrojecieron cuando extendió la caja con el pastel—. Esto es para usted.
—Oh, cielo, no hacía falta que trajeses nada, pero muchas gracias. Y no me hables de usted, por favor. Puedes llamarme Molly —ella le regalo una expresión afable que se convirtió en encantada cuando vio el pastel—. Pero mira que maravilloso. ¿Lo has hecho tú?
—Sí.
Harry hizo amago de carcajearse a su lado, lo que le hizo fulminarle con la mirada.
—Muchas gracias, Draco. Me alegro de que estés aquí. Empezaba a pensar que nunca vendrías.
—Me ha costado un poco convencerlo —comentó Harry, aceptando el abrazo de Molly.
—Harry, querido. ¿Cómo estás? Te veo más delgado. ¿Comes lo suficiente? —Molly miró de Harry hacia Draco, frunciendo el ceño— Mira cómo estás tú también, qué barbaridad. De verdad, no entiendo a los jóvenes de hoy en día, que solo os centráis en trabajar y dormir, pero no en comer. Draco, coge lo que quieras de la mesa. Tú también, Harry.
—¡Oye! —protestó Ron— ¿Por qué a ellos les dejas y a mí no?
—Porque tú no sabes parar.
Ronald enrojeció, empezando a protestar. Draco vio con una ligera satisfacción cómo su madre le seguía regañando, hasta que Harry agarró su mano y le condujo hacia el jardín.
Había una mesa igual de grande allí, aunque estaba llena de vasos y bebidas principalmente. Reconoció a Bill Weasley sentado a un lado junto a Fleur. Draco había leído que se habían casado en algún momento y, a juzgar por la niña rubia que correteaba por el jardín siguiendo a George Weasley, parecía que les había ido bastante bien.
—¡Harry, muchacho! —se dio la vuelta ante la exclamación, encontrándose con Arthur Weasley, quien no dudó en abrazar a Harry estrechamente. Se preguntó si le saludaban con tanto entusiasmo semana tras semana— Hola, Draco.
—Hola, señor Weasley.
Ofreció su mano, que fue estrechada con menos aflicción de la que pensaba. De hecho, Arthur le sonrió y palmeó su hombro con benevolencia.
—¿Cómo has estado? ¿Quieres algo de beber?
Draco habló escuetamente sobre su trabajo y sus estudios, aceptando la cerveza de mantequilla que le sirvieron. Harry se escabulló rápidamente, no sin antes regalarle una sonrisa burlona que Draco detestó. El señor Weasley se interesó de inmediato cuando le dijo que vivía en el mundo muggle y, sin saber cómo, se encontró en medio de una conversación sobre el funcionamiento de la televisión.
—Así que el control remoto es como una varita con botones.
Draco cabeceó, mirando disimuladamente a su alrededor para ver si encontraba a su novio y podía deshacerse de esa extraña conversación. Para su mala suerte, Harry parecía demasiado entretenido mientras hablaba con Hermione.
—Algo así.
—¡Eso tengo que verlo!
—¡Todo el mundo a comer!
Soltó un suspiro aliviado cuando la voz de Molly habló. Se encaminó hacia la cocina, agradeciendo que Harry hubiera reservado el sitio a su lado.
—¿Cómo ha ido la conversación sobre televisores? —preguntó el moreno, muy entretenido.
—Pienso hechizarte por dejarme abandonado —murmuró por lo bajo.
Harry sonrió, deslizando una mano por su pierna, dando un ligero apretón en su muslo. Draco odió que ese simple gesto pudiese desinflarlo y agitarlo al mismo tiempo con tanta facilidad.
A su otro lado se sentó Percy, con quien nunca había cruzado palabra pero que estuvo muy dispuesto a explicarle su campaña política para convertirse en Ministro. Draco no lo encontró interesante en ningún sentido, pero le ofreció algo en lo que centrarse para evitar tener que interactuar con el resto de familia y evitar pensar en el toque de Harry bajo la mesa.
La velada pasó con asombrosa facilidad. Draco disfrutó de la comida. Era diferente, mucho más simple y abundante, pero tenía que reconocer que estaba deliciosa. Percy se calló eventualmente, después de que Ginny le espetase que nadie iba a votarle para llegar a ser Ministro, lo que desembocó en una discusión que Draco observó con atención. Hermione se interesó por los libros que estaba leyendo para su examen, George le invitó a pasar por Sortilegios Weasley para enseñarle su última adquisición en plumas auto-escribibles y todos le elogiaron por el pastel que no había hecho.
Aunque lo que más le gustó de toda esa situación, fue la mirada cálida en los ojos de Harry. Le hizo sentirse ligero y emocionado, consciente de sus sentimientos recién descubiertos.
—Tengo algo que anunciar —dijo Hermione, una vez que terminaron el postre. Ella miró hacia la mesa, apretando los labios para evitar sonreír. Ron se agitó a su lado—. Vamos a ser padres.
Podía jurar que nunca había visto tal alegría junta. Molly se levantó, llevándose las manos hacia la boca y atrapó a Hermione en un abrazo, con los ojos lagrimosos. Bill fue el primero en felicitar a su hermano, seguido de su padre. Draco contempló con paciencia como Harry sonreirá, con su expresión llena de entusiasmo.
—Felicidades —dijo, una vez que fue capaz de llegar a Hermione.
Para su sorpresa, ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello y le abrazó. Draco le dio una par de palmadas suaves en la espalda, sintiéndose incómodo.
—Gracias por guardarme el secreto.
—¿El secreto? —preguntó Harry, arqueando una ceja—. ¿Lo sabías?
—Lo averiguó en el partido de Quidditch del Ministerio —explicó la chica—. Es sensible a la magia.
—Lo sé.
Harry y Hermione compartieron una conversación sin palabras que dejó a Draco preguntándose qué diablos significaba eso. Su novio le regaló una sonrisa despreocupada un segundo después, así que decidió encogerse de hombros mentalmente y se dio la vuelta para felicitar a Ronald, lo cual fue mucho más incómodo que el abrazo de Hermione, si cabía.
—¿Estás bien? —le preguntó Harry, pasando un abrazo por su espalda para acercarle a él.
—No ha sido tan desastroso como había pensado. Son agradables —murmuró, observando a toda la familia Weasley rebosando emoción mientras hablaban entre ellos. Se giró hacia Harry, encontrándose con una expresión afectuosa—. ¿Qué?
Su novio negó con la cabeza, apretando un beso en la sien de Draco.
—Nada... es solo que estoy feliz de que estés aquí.
Sintió que su corazón se estremecía, a la vez que su boca se curvaba en una sonrisa.
—Y yo estoy feliz de estar aquí.
Contigo, terminó en su mente.
Mientras le abrazaba, se preguntó si Harry legaría algún día a corresponder sus sentimientos.
Hooooooooola
Estoy empezando a tener un poco de aprensión por publicar capítulos inocentes porque creo que mucha gente se ha puesto las expectativas altas en esta historia y se espera que en cada capítulo hayan escenas sexuales y, creedme, ojalá pudiera escribir escenas eroticas en cada capítulo pero, a parte de que no es mi fuerte, lo veo excesivo.
No ha habido sexo aquí. Lo siento. Me alegro de que el capítulo anterior os gustase porque me hizo mucho ilusión tanto escribirlo como publicarlo. Espero que este capítulo también os haya gustado de algún modo y que la historia os esté entreteniendo, al menos.
¡Hasta el próximo viernes!
