Sagrado
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Durante todo un minuto después de que Hinata huyó de la casa, nadie habló.
Luego, todos quisieron hacerlo al mismo tiempo. Naruto levantó las manos.
-Yo iré a buscarla.
Azumi corrió y se le abrazó de la pierna.
-Dile que no importa. Podemos hacer otra tarta.
-¡Claro que podemos! -concordó Daisuke.
-Sólo tiene que practicar un poco más con la cocina -insistió Deidara.
Naruto contempló todos los rostros que lo rodeaban y comprendió que los hermanos estaban tan perdidamente enamorados de Hinata como él, aunque de distinto modo. Revolvió el pelo de Azumi.
-La traeré de vuelta, chiquilín. No te preocupes. -Echando una mirada a Deidara, agregó-: Tal vez me lleve un rato. Mientras esperáis, ¿por qué no hacéis otra tarta, lo más rápido posible? -Lanzó a Azumi una mirada significativa-. No existe fiesta de cumpleaños sin una tarta.
Deidara asintió.
-Por supuesto, Naruto. Pero no esperes gran cosa. Mi tarta no debe de ser más sabrosa que la de Hinata.
Naruto estuvo a punto de responderle que la tarta de cualquiera podía saber mejor que la de Hinata, pero se contuvo. Comprendió que, cuanto menos dijese, mejor sería.
Encontró a Hinata escondida en el altillo del cobertizo. Lloraba copiosamente, con sollozos profundos y desgarradores, y el solo oírla le oprimió el corazón.
Pasó una pierna sobre el peldaño superior de la escala, pisó el heno suelto y se abrió paso hacia ella. Donde no había fardos, la blandura del heno no tenía fondo, y Naruto se bamboleaba. Las motas de polvo se le metieron en la nariz.
En cuanto Hinata se apercibió de su presencia, contuvo el aliento para no llorar. Cruzando los tobillos, Naruto se sentó al lado de ella, apoyando los codos en las rodillas.
-Hinata, a ninguno de nosotros le molesta que no sepas cocinar, ¿sabes?
Con voz estrangulada, Hinata sollozó: -¿Qué quiere decir que no os molesta? ¡Para eso me trajiste aquí! Para cocinar, limpiar y mantener la casa agradable.
-Y lo has hecho. -Enumeró la lista de cosas que había hecho:- Lograr que Azumi esté limpio todas las noches, para la hora de la cena, poner flores en la mesa y la casa brillante de tan limpia, esas son las cosas que importan. No que seas una gran cocinera.
-¡Es sólo un decir! -exclamó, con voz temblorosa.
Naruto dio vuelta las manos y se miró las palmas. Oyendo que se esforzaba por ahogar los sollozos, curvó los dedos formando puños apretados.
-Hinata, no es sólo un decir. No tienes idea de lo que era esto para los chicos, antes de que tú llegaras. Daisuke y Azumi tenían pesadillas terribles casi todas las noches, relacionadas con la muerte de nuestros padres y se lo duro que ha sido desde entonces. Ahora casi nunca se despiertan llorando. -Hizo una pausa para darle tiempo a que absorbiese lo que acababa de decir-. Tu presencia aquí les ha dado sensación de seguridad, de que todo en la vida está bien. Y... -Se le cerró la garganta-. Y, además de todo eso, creo que estoy enamorándome de ti.
Hinata se quedó muda y se volvió a mirarlo. Naruto le sostuvo la mirada.
-En cuanto sepas la verdad, dejarás de creerlo -le informó, con voz trémula-. No sólo soy chapucera, como crees. No veo.
-¿No ves qué?
-¡Nada! Soy casi ciega. Para ver, tengo que usar unas gafas de casi un centímetro y medio de grosor.
-Me parece que dijiste que no eras corta de vista.
Hinata le dirigió una mirada expresiva.-Y no fue una mentira. Mi visión no es mala: es espantosa.
Naruto la contempló largo rato, recordando todas las veces que lo había mirado igual que en ese momento. Y él creía que estaba fascinada, suspensa de sus palabras. Ahora comprendía que lo miraba con esos ojos tan abiertos porque se esforzaba por verlo.
-Dios mío... -susurró. Hubo tantos indicios que ahora, conociendo la verdad, se sorprendió de haber estado tan ciego él-. Entonces ¿por qué no usabas tus gafas, mi cielo?
-Se me rompieron. Siempre las llevo escondidas en el bolsillo de la falda y sólo me las pongo a hurtadillas, cuando no tengo más remedio. Cuando me caí en la iglesia, se rompieron. En mi casa tengo un par de más, pero aquí no.
-¡Debiste decírmelo! Yo podría haber ido al pueblo y traerte tus gafas de repuesto, mi amor. Me cuesta creer que hayas estado todo este tiempo sin poder ver. -Suspiró-. En cuanto pueda, iré a... déjame pensar: el sábado, creo. Faltan sólo cuatro días para eso. Te llevaré al pueblo, y buscaremos tus gafas de repuesto. ¿Puedes esperar hasta entonces?
La barbilla de Hinata comenzó a temblar y sus bellos ojos se llenaron de lágrimas,
-¿No te importará?
-¿Qué?
-¿Que use... -Se le quebró la voz- ...lentes? ¿Qué me hagan ver fea? ¿No te molestará?
En ese instante, la verdad golpeó a Naruto como un puñetazo en el estómago. Esta muchacha a la que había llegado a amar tanto, había recibido una dolorosa herida, y tenía la desagradable sensación de que había sido de un hombre de quien la recibió. Le sujetó el mentón.
-Hinata, no podrías ser fea ni aunque lo intentaras.
-Sí -gimió.
Ese solo monosílabo encerraba montañas de dolor. Naruto se inclinó para enjugarle con besos las lágrimas de las mejillas.
-Ni aun con lentes de un centímetro y medio de espesor, ni aunque fuesen de dos centímetros. Eres la muchacha más hermosa que yo haya visto, Hinata, y quisiera matar al canalla que te dijo lo contrario. ¿Quién era?
-Nadie. Nadie importante. Se marchó de la ciudad en cuanto le dije que no veía bien. Casi diría que huyó de mí.
Poco a poco, Hinata le sonsacó la historia y la armó. Tuvo la impresión de que Hinata había estado peligrosamente cerca de ser seducida por un miserable oportunista. En aquel entonces, tenía quince, un año más que su hermana Hanabi. El sujeto, vendedor de Biblias que también vendía tónicos, renegó de la promesa de casarse con ella cuando descubrió que era corta de vista. Ajuicio de Naruto, seguramente ese fue un día de suerte para Hinata. Un tipo así la hubiese usado y luego abandonado en cualquier parte del camino.
-No me asombra que la emprendieses contra Menma con tal ánimo de venganza, cuando creíste que había herido deliberadamente a Hanabi. -La atrajo a sus brazos-. También estabas vengándote por ti misma. -Le acarició la espalda-. Ah, Hinata, cuántas
lágrimas desperdiciadas. No llores más, mi cielo. Te aseguro que te veré espléndida con lentes.
Hinata se sorbió.
-Sólo las usaré cuando sea indispensable. Como cuando cocino, y esas cosas. -Se echó un poco hacia atrás-. Cuando veo lo que estoy haciendo, no soy tan chapucera.
Naruto esbozó una sonrisa leve.
-Puedes usarlas siempre que quieras. Estaré tan atareado pensando en otras cosas cuando te mire que tal vez ni lo advierta.
-¿En qué otras cosas?
-Déjame que te lo demuestre. -A Naruto le bastó con ese pie. Inclinó la cabeza y posó su boca en la de ella-. Oh, sí, Hinata, nena, déjame que te muestre -murmuró junto a sus labios.
Hinata... A medida que el beso se ahondaba, el nombre fue como una música en la mente de Naruto. Se quitó la camisa y la extendió sobre el heno, para protegerla de las asperezas. Luego, con tanta dulzura que le costaba creerlo, Hinata se le entregó. A lo largo de su vida, Naruto había oído describir el acto de amor de muy diversas maneras, pero era la primera vez que lo sentía como algo sagrado.
Así fue para Hinata: sagrado.
Fue como un ángel en sus brazos. Un pequeño ángel sedoso y tibio que convirtió en realidad los sueños de Naruto. Jamás había visto a alguien tan bello. Piel de marfil. Pechos plenos, de forma perfecta, con pezones rosados que sabían a néctar. Cintura esbelta, perfecta para sus manos. Caderas de suaves curvas, piernas largas y bien modeladas. Naruto recorrió cada milímetro de su mujer y llegó a la conclusión de que no hubiese cambiado una sola cosa. Incluyendo los ojos...
Le hizo el amor con cuidado, lentamente, se detuvo en el cuerpo de Hinata para asegurarse de que estuviese tan excitada como él cuando la poseyera. Fue la unión más increíble que hubiese experimentado jamás y a juzgar por las exclamaciones extasiadas de Hinata, ella se sintió igual.
Contento... Honda plenitud. Después la retuvo en sus brazos y deseó que pudiesen quedarse donde estaban y hacer el amor una y otra vez. Pero tuvo que sacarle las briznas de heno del pelo y llevarla de vuelta a la casa, para continuar con la fiesta de cumpleaños. ¡Qué situación tan embarazosa! El único regalo que de verdad quería era hacerle el amor otra vez a su esposa, pero no podría hacerlo hasta que toda la familia se fuera a la cama, esa noche.
Ah, pero entonces, qué celebración tendrían... Naruto suspiró y depositó un beso en la sien de Hinata, prometiéndose que esa noche le haría el amor, que el amanecer sorprendería a Hinata gimiendo otra vez entre sus brazos.
El sol apenas asomaba por el horizonte cuando Hinata abrió los ojos, a la mañana siguiente. Como de costumbre, el lado de Naruto de la cama estaba vacío. Hinata acarició la sábana y descubrió que aún estaba tibia por el calor del cuerpo largo y esbelto. Al mismo tiempo que el recuerdo de la posesión de la noche aparecía en su memoria, el crujido familiar de la paja bajo los dedos la hizo sonreír. Mientras le hacía el amor, Naruto maldecía el crujido de las hojas, por el ruido que hacían, como sugiriéndoles que compraran un colchón de plumas lo antes posible. Cuando Hinata le señaló cuántas gallinas tendrían que morir para rellenar un colchón, Naruto rió hasta que se le saltaron las lágrimas. Después se tranquilizó y se dispuso a hacerle el amor una vez más. Dulce y maravilloso amor.
Por fin, después de un mes de tensión y de nerviosas miradas de soslayo, había decidido hacerle el amor. Y se dedicó a ello, llevándola cada vez más alto, hasta que ella se sintió empapada de delicia.
Si bien admitía que su propia experiencia en ese aspecto era bastante limitada, estaba segura de que ninguna mujer, por lasciva que fuese, se habría entregado tan sin reservas. Y ¡qué glorioso fue entregarse al hombre que amaba!
Ya era una auténtica mujer. Una mujer que se había enamorado total, desesperada y completamente de su esposo. La sonrisa se suavizó y cerró los ojos. Muy dentro de sí, donde todavía latía una dulcísima sensación, se sentía diferente. Cambiada. Y hermosa.
Todo porque Naruto la había tocado donde nadie la tocó antes. Y la besó. Y fundió con el de ella su cuerpo duro, fuerte, hasta casi hacerla explotar de goce y de placer.
Había esperado dolor, y él le dio éxtasis. Estaba preparada para la desilusión, y se vio remontada a las alturas. Temió sentir pudor de doncella y, en cambio, se sintió embelesada. El deseo creció en ella otra vez, como un río de miel tibia y, sintiéndose inquieta, de pronto estiró las piernas, Bajo la manta descolorida, la piel le cosquilleó, ansiosa de sentir otra vez la lenta caricia de las manos grandes de su esposo.
Alzando lánguidamente los párpados, miró por la ventana y vio que un borrón rosado y oro prometía un amanecer glorioso y un día más bello aún. "Un día apto para tareas al aire libre", se dijo, contenta de pensar ya como la esposa de un ranchero.
A fin de cuentas, la esposa de un ranchero estaba tan comprometida con el buen funcionamiento del establecimiento como cualquier peón.
"Más, todavía", pensó, recordando las montañas de ropa limpia que necesitarían ocho hombres, para no hablar de las vituallas indispensables para alimentar ocho cuerpos Namikaze, siempre activos.
Ese día, Naruto y Deidara tendrían que tender más cercas de alambre, y Hiro debía terminar de arreglar el tejado del gallinero. Hinata misma tenía una montaña de ropa para planchar, enseguida después del desayuno, y no podía pasar de ese día que encarase la tarea de remendar. Y había que hacer el pan, y mientras Azumi estaba ocupado ayudando a Daisuke a limpiar el establo, Hinata intentaría otra vez preparar esa horneada de galletitas que tanto ansiaba.
¿Una anulación? ¡Jamás! Con renovada confianza, apartó las mantas. ¿Y qué importaba que no fuese la mejor cocinera de la región y que siempre diera la impresión de que hacía falta barrer el suelo de la cocina?
Últimamente Naruto sonreía mucho más a menudo que antes, y Azumi parecía florecer. La noche del sábado, incluso, oyó silbar a Mitsuo en la bañera, y ya hacía tres semanas seguidas que Menma no pasaba el domingo recuperándose de la resaca. En cuanto a Daisuke, algún día ese chico rompería corazones.
Y todo porque había una mujer en la casa. "Una mujer casada", pensó, recogiendo sus calzones. Esposa y madre.
¿Madre? ¡Dios querido, ahora era posible! Muy posible. Conteniendo el aliento, apoyó la mano con gesto reverente sobre la leve hinchazón del vientre. ¡Ah, sería maravilloso saber que ya había un niño creciendo dentro de ella! El niño de Naruto.
Se le agolparon lágrimas en los ojos al pensar en darle un hijo, quizás una pequeña de cabello color oro, con la sonrisa ladeada de los Namikaze que ella adoraba. Una pequeña de grato aroma, de mejillas rosadas, tal vez todo un montón de niñas de trenzas, que consintieran al padre exageradamente. Después de haberse sacrificado tanto por sus hermanos, de haberse roto la espalda en innumerables horas de trabajo para alimentarlos, vestirlos y cobijarlos, merecía recibir un poco de mimos.
Mientras se vestía de prisa, imaginó esa misma casa con un alegre empapelado en las paredes de troncos y las risas regocijadas de los niños mezclándose con las carcajadas más profundas de tíos embelesados. En la época de Navidad, Naruto haría de Santa Claus.
Y el domingo de Pascua, al volver todos juntos desde la iglesia, Azumi y Daisuke esconderían los huevos coloreados, mientras ella preparaba un café perfecto y bizcochos livianos como plumas.
Y después verían cómo los más pequeños buscaban los huevos: una familia Namikaze completa, grande y feliz. Después, cuando todos estuviesen acostados, ella y Naruto se reunirían en la misma cama. La cama conyugal.
Todavía sonriendo, se recogió el pelo con una cinta de tafetán escocesa, tan brillante como su estado de ánimo, y se encaminó a la cocina: su familia la necesitaba.
