Naruto Y Hinata en:
El Hombre que me amó
9| El Mazo de la Muerte
Los hombres son criaturas con espíritu de contradicción, sus cabezas y sus corazones nunca guardan concordancia. Y como bien saben todas las mujeres, sus actos normalmente están regidos por otro aspecto completamente diferente.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WATTPAD,
29 de abril de 1814
O tal vez no.
Justo cuando Naruto empezaba a trazar la mejor trayectoria hasta los labios de Hinata, oyó un sonido del todo espantoso: la voz de su hermano.
— ¡Naruto! — gritó Menma —. Ahí estás.
La señorita Hinata, muy tranquila, sin darse cuenta de lo cerca que había estado de ser besada hasta perder el sentido, se volvió para observar a Menma que se acercaba hacia ellos.
—Un día de estos —masculló Naruto— tendré que matarle.
Hinata se volvió otra vez al vizconde.
— ¿Ha dicho algo, milord?
Naruto no le hizo caso. Sin duda era la mejor opción, ya que hacerle caso tendía a provocarle un deseo desesperado por ella. Y, como bien sabía, aquello era un rápido camino hacia el desastre más absoluto.
Para ser sinceros, quizá debería estarle agradecido a Menma por su inoportuna interrupción. Unos pocos segundos más y habría besado a Hinata, y eso habría sido el mayor error de su vida. Un beso con Hinata tal vez fuera excusable, sobre todo si se tenía en cuenta la manera en que ella le había provocado la otra noche en su estudio. Pero dos... bien, dos, para cualquier hombre honorable, significaría dejar de cortejar a Hotaru Tsuchigumo.
Y Naruto aún no estaba del todo preparado para renunciar al concepto del honor.
No podía creer lo cerca que había estado de echar por la borda su plan de casarse con Hotaru. ¿En qué estaba pensando? Era la novia perfecta para sus propósitos. Lo único que sucedía era que su cerebro se confundía cada vez que aparecía la entrometida de su hermana.
—Naruto —repitió Menma cuando estuvo más cerca—, ¡y la señorita Hinata! —Les miró con curiosidad; estaba al corriente de que no se llevaban bien—. Qué sorpresa.
—Estaba recorriendo los jardines de su madre —dijo Hinata— y me topé con su hermano.
Naruto se limitó a hacer un gesto de asentimiento.
—Ino y Sai han llegado —dijo Menma. Naruto se volvió hacia Hinata y le explicó
—Mi hermana y su marido.
— ¿El duque? —inquirió ella con cortesía.
—En persona —refunfuñó él.
Menma se rió del despecho de su hermano.
—Era contrario a ese matrimonio —le explicó a Hinata—. Detesta que sean felices.
—Oh, por el amor de... —dijo el vizconde con brusquedad— Estoy muy contento de que mi hermana sea feliz —añadió entre dientes, no sonaba especialmente feliz—. Simplemente creo que tendría que haber tenido más oportunidades de molerle a palos a ese hij... sinvergüenza antes de que se embarcaran en su «vivieron felices y comieron perdices».
Hinata se atragantó de la risa.
—Ya veo —dijo ella, segura de que no había logrado poner la expresión seria que pretendía.
Menma le lanzó una mueca antes de volverse a su hermano.
—Ino ha sugerido una partida de palamallo. ¿Qué te parece? Hace siglos que no jugamos. Y, si empezamos pronto, podremos escapar de las señoritas melindrosas que mamá ha invitado para nosotros. —Se volvió de nuevo a Hinata con el tipo de sonrisa que podía conseguir que le perdonaran cualquier cosa—. Excluida la compañía presente, por supuesto.
—Por supuesto —murmuró ella.
Menma se inclinó hacia delante, sus ojos azules centelleaban de malicia.
—Nadie cometería el error de llamarla a usted señorita melindrosa—añadió.
— ¿Es un cumplido? —preguntó ella con mordacidad.
—Sin ninguna duda.
—Entonces debería aceptarlo con cortesía y de buena gana.
Menma se rió y le dijo a Naruto:
—Me cae bien.
A Naruto no pareció divertirle.
— ¿Ha jugado alguna vez al palamallo, señorita Hinata? —preguntó Menma.
—Me temo que no. Creo que ni siquiera estoy segura de lo que es.
—Es un juego de jardín. La mejor diversión. En Francia es más popular que aquí, aunque lo llaman Paule Maule.
— ¿Y cómo se juega? —preguntó Hinata.
—Se colocan aros en un recorrido —explicó Menma—, luego se lanzan a través de ellos unas pelotas de madera que se golpean con un mazo.
—Parece bastante simple —respondió con aire meditativo.
—No —añadió él— si se juega con los Namikaze.
— ¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir —interrumpió Naruto— que nunca hemos considerado necesario establecer un recorrido reglamentario. Menma, por ejemplo, coloca los aros sobre raíces de árboles...
—Y tú pones los tuyos en pendientes que descienden al lago —añadió Menma—. Nunca hemos vuelto a encontrar la bola roja después de que Ino la hundiera.
Hinata sabía que no debía comprometerse a pasar una tarde en compañía del vizconde de Namikaze, pero, qué diantres, el palamallo parecía muy divertido.
— ¿Hay sitio para un jugador más? —preguntó—. Puesto que ya me han excluido del grupo de las melindrosas...
— ¡Por supuesto! —Dijo Menma—. Sospecho que se amoldará al resto de nosotros, tramposos e intrigantes.
—Viniendo de usted —dijo Hinata con una risa—, sé que eso ha sido un cumplido.
— Oh, por supuesto. El honor y la honestidad tienen su momento, pero no en una partida de palamallo.
Naruto les interrumpió con expresión petulante en el rostro:
—Y tendremos que invitar también a su hermana.
— ¿Hotaru? —Hinata se atragantó. Caray. Había picado el anzuelo. Después de hacer todo lo posible para mantenerles separados ahora prácticamente les había organizado la tarde. No había manera de excluir a Hotaru después de haberse auto invitado prácticamente a la partida.
— ¿Tiene alguna otra hermana? —preguntó él con amabilidad.
Hinata le frunció el ceño.
—Tal vez no tenga ganas de jugar. Creo que estaba descansando en su habitación.
—Daré instrucciones a la doncella de que llame a su puerta con mucha suavidad —dijo Naruto, aunque era obvio que mentía.
— ¡Excelente! — exclamó alegre Menma —. Estaremos igualados entonces. Tres hombres y tres mujeres.
— ¿Se juega en equipo? —preguntó Hinata.
—No —contestó él—, pero mi madre siempre insiste sobremanera en que hay que estar emparejados en todas las cosas. Le disgustaría bastante que no fuera así.
Hinata no podía imaginar que a la encantadora y graciosa mujer con la que había charlado apenas una hora antes le preocupara una partida de palamallo, pero se imaginó que ella no era quién para hacer comentarios.
—Me ocuparé de que vayan a buscar a la señorita Tsuchigumo —murmuró Naruto, quien tenía un aspecto muy complacido—. Menma ¿por qué no acompañas a esta señorita Hinata hasta el campo de juego y nos reunimos allí dentro de media hora?
Hinata abrió la boca para protestar por aquellos arreglos que iban a dejar a Hotaru a solas en compañía del vizconde, aunque fuera sólo durante el breve tiempo que llevaba caminar hasta el campo, pero al final se quedó callada. No había ninguna excusa razonable para impedir aquello, y lo sabía.
Naruto captó sus resoplidos y torció la comisura de su boca del modo más odioso para decir:
—Me complace ver que está de acuerdo conmigo, señorita Hinata.
Ella se limitó a gruñir. Si hubiera articulado algunas palabras, no abrían sido amables.
—Excelente —repitió Menma—. Entonces nos vemos dentro de un rato.
Luego entrelazó su brazo con el de Hinata y así se alejaron, dejando a Naruto sonriendo tras ellos.
Menma y Hinata caminaron durante unos ochocientos metros desde la casa hasta una especie de claro desigual delimitado a un lado por un lago.
—El hogar de la roja pelota pródiga, supongo —comentó Hinata mientras indicaba el agua.
Menma se rió y asintió.
—Es una lástima porque contábamos con equipo suficiente para ocho jugadores; nuestra madre insistió en que compráramos un juego que pudiera servirnos a los ocho hermanos.
Hinata no estaba segura de si sonreír o fruncir el ceño.
—Su familia está muy unida, ¿verdad?
—Más que ninguna —respondió Menma con convencimiento mientras se acercaba a un cobertizo próximo.
Hinata siguió sus pasos dándose golpecitos en el muslo de forma distraída.
— ¿Sabe qué hora es? —preguntó en voz alta.
Él se detuvo, sacó el reloj de bolsillo y lo abrió con un golpecito.
—Tres y diez.
—Gracias —contestó Hinata, tomando nota mentalmente.
Habían dejado a las tres menos cinco a Naruto, quien había prometido traer a Hotaru al campo de palamallo en cuestión de media hora de modo que llegarían a eso de las tres y veinticinco.
Como muy tarde a las tres y media. Hinata estaba dispuesta a ser generosa y permitir ciertos retrasos inevitables. Si el vizconde traía a Hotaru a las tres y media, no pondría pegas.
Menma continuó su recorrido hasta el cobertizo y Hinata observó con interés cómo abría la puerta con cierto esfuerzo.
—Parece oxidada —comentó ella.
—Hace ya un tiempo que no venimos a jugar —explicó.
— ¿De verdad? Si yo tuviera una casa como Rasengan Hall, nunca iría a Londres.
Menma se volvió hacia ella con la mano aún en la puerta medio abierta del cobertizo.
—Se parece mucho a Naruto, ¿lo sabe? Hinata soltó un resuello.
— Sin duda bromea.
Él sacudió la cabeza con una extraña sonrisa en los labios.
—Tal vez sea porque son los hermanos mayores. Dios sabe que cada día doy gracias por no haber estado en el lugar de Naruto...
— ¿Qué quiere decir?
Menma se encogió de hombros.
—Pues que no me gustaría cargar con sus responsabilidades, es todo. El título, la familia, la fortuna, es demasiada carga para los hombros de una sola persona.
Hinata no es que deseara especialmente oír lo bien que el vizconde había asumido las responsabilidades del título; no quería oír nada que pudiera cambiar su opinión de él, aunque tenía que confesar que la había impresionado la aparente sinceridad de su disculpa aquella misma tarde.
— ¿Y qué tiene que ver eso con Rasengan Hall? —preguntó.
Menma la miró sin comprender por un momento, como si hubiera olvidado que la conversación había comenzado con su inocente comentario sobre lo preciosa que era la casa solariega.
—Nada, supongo —dijo finalmente—. Y también todo. A Naruto le encanta esto.
—Pero pasa todo el tiempo en Londres —dijo Hinata—. ¿No es cierto?
—Lo sé. —Menma se encogió de hombros—. Qué extraño, ¿no?
Hinata no tenía ninguna respuesta, de modo que se quedó mirando mientras él tiraba de la puerta del cobertizo hasta que consiguió abrirla.
—Ya está. —Del interior sacó una carretilla con ruedas que había construido especialmente para llevar ocho mazos y otras tantas bolas de madera—. Un poco descuidado, pero tampoco está tan mal.
—Excepto por la bola roja perdida —dijo Hinata con una sonrisa.
—Toda la culpa es de Ino —contestó Menma—. Culpo de todo a Ino y así mi vida es mucho más fácil.
— ¡Te he oído!
Hinata se volvió y vio a una atractiva y joven pareja que se acercaba a ellos. El hombre era muy guapo, con pelo oscuro, y ojos oscuros. La mujer con el mismo pelo rubio que Naruto.
— ¡Ino! — Exclamó Menma—. Llegas justo a tiempo para ayudarnos a sacar los mazos.
La joven le dedicó una amplia sonrisa.
— ¿No pensarás que iba a dejarte trazar otra vez el recorrido, eh? — Se volvió a su marido—. Prefiero no perderle de vista.
—No le preste atención —le dijo Menma a Hinata—. Es muy fuerte, y apuesto a que es muy capaz de tirarme al lago sin problemas.
Ino entornó los ojos y se volvió a Hinata.
—Puesto que estoy segura de que el miserable de mi hermano no va a hacer los honores, me presentaré. Soy Ino, duquesa de Anbu, y éste es mi esposo Sai.
Hinata hizo una rápida reverencia.
—Excelencia —murmuró, luego se volvió al duque y dijo otra vez —, Excelencia.
Menma hizo un ademán en dirección a Hinata mientras se inclinaba a sacar los mazos de la carretilla de palamallo.
—Os presento a la señorita Hinata Hyuga Tsuchigumo.
Ino pareció confundida.
—Acabo de cruzarme con Naruto en casa. Creo que me ha dicho que iba a buscar a la señorita Tsuchigumo.
—Mi hermana —explicó Hinata—. Hotaru. Yo soy Hinata. Hinata para los amigos.
—Bien, si es lo bastante valiente como para jugar al palamallo con los Namikaze, sin duda me gustaría incluirla entre mis amigas —dijo Ino con una amplia sonrisa—. Por lo tanto, tiene que llamarme Ino. Y a mi esposo, Sai. ¿Sai?
—Oh, por supuesto —respondió él, y Hinata tuvo la clara impresión de que diría lo mismo si Ino declarara que el cielo se había vuelto naranja. No porque él no le prestara atención, sino porque era evidente que estaba loco por ella.
Esto, pensó Hinata, era lo que quería para Hotaru.
—Déjame coger la mitad —dijo Ino estirando el brazo para coger los aros que su hermano ya tenía en la mano—. La señorita Hinata y yo... es decir, Hinata y yo — dedicó a Hinata una amplia sonrisa llena de afecto— colocaremos tres de éstos, y tú y Sai podéis colocar el resto.
Antes de que Hinata se atreviera a opinar, Ino ya la había cogido por el brazo y se la llevaba hacia el lago.
—Tenemos que asegurarnos del todo de que la bola de Naruto acaba en el agua — masculló Ino —. Nunca le he perdonado lo de la última vez. Creí que Menma y Konohamaru iban a morirse de la risa. Y Naruto fue el peor. Estaba allí sonriéndose. ¡Sonriéndose! — Se volvió a Hinata con la más atribulada de las expresiones—. Nadie se sonríe como mi hermano mayor.
—Lo sé —dijo Hinata en voz baja.
Por suerte, la duquesa no la había oído.
— Si hubiera podido matarlo en ese momento, juro que lo habría hecho.
— ¿Y qué sucede una vez que todas las bolas acaban en el agua? — Hinata no pudo resistirse a preguntar—. Aún no he jugado con la familia al completo, pero todos parecen bastante competitivos, y me da la impresión...
—... que será inevitable —concluyó Ino por ella. Puso una mueca—. Probablemente tenga razón. No tenemos espíritu deportivo yo en lo que al palamallo se refiere. Cuando un Namikaze coge el mazo, nos convertimos en los peores tramposos y mentirosos. De verdad, el juego no tiene tanto que ver con ganar sino con asegurarse de que el otro jugador pierde.
Hinata buscó las palabras.
—Suena un poco...
— ¿Horrible? —preguntó Ino sonriente—. No lo es. Nunca se habrá divertido tanto, se lo garantizo. Pero al paso que vamos, todas las bolas van a acabar en el lago dentro de poco. Supongo que pediremos a Francia otro juego. —Metió un aro en la tierra—. Parecerá un derroche lo sé, pero merece la pena con tal de humillar a mis hermanos.
Hinata intentó no reírse, pero no lo consiguió.
— ¿Tiene algún hermano, señorita Hinata? —inquirió Ino.
Puesto que la duquesa había olvidado llamarla por su nombre de pila, Hinata consideró mejor volver a las maneras formales.
—No, Excelencia —contestó—. Hotaru es mi única hermana.
Ino se protegió los ojos con la mano e inspeccionó la zona en busca de alguna ubicación alevosa. Cuando avistó una —situada justo encima de la raíz de un árbol— se fue para allá sin dejarle otra opción a Hinata que seguirla.
—Cuatro hermanos —dijo Ino, metiendo otro aro en la tierra — te dan una educación maravillosa.
—La de cosas que habrá aprendido —dijo Hinata bastante impresionada—. ¿Sabe dejarle un ojo morado a un hombre? ¿Tumbarle en el suelo de un puñetazo?
Ino puso una mueca maliciosa.
—Pregúntele a mi esposo.
— ¿Qué me pregunte el qué? —gritó el duque desde el lado opuesto del árbol, donde él y Menma se encontraban colocando un aro sobre una raíz.
—Nada —contestó la duquesa en tono inocente—. También he aprendido —le susurró a Hinata— que es mejor tener la boca cerrada. Es mucho más fácil manejar a los hombres una vez que entiendes los puntos básicos de su naturaleza.
— ¿Qué son? —le pinchó Hinata.
Ino se inclinó hacia delante y le susurró cubriéndose la boca:—No son tan listos como nosotras, no son tan intuitivos como nosotras y desde luego es mejor que no se enteren del cincuenta por ciento de lo que hacemos. —Miró a su alrededor—. ¿Él no me ha oído, verdad?
Sai salió de detrás del árbol.
—Cada palabra.
Hinata se atragantó de la risa al ver a Ino dar un brinco.
—Pero es cierto —dijo con arrogancia.
Sai se cruzó de brazos.
—Piensa lo que quieras, querida. —Se volvió a Hinata—. Con los años he aprendido un par o tres de cosas sobre las mujeres.
— ¿De verdad? —preguntó Hinata fascinada.
Él asintió y se inclinó, como si fuera a desvelar un serio secreto de Estado.
—Es mucho más fácil manejarlas si se creen que son más listas y más intuitivas que los hombres. Y —añadió con mirada de superioridad a su esposa— nuestras vidas transcurren con mucha más tranquilidad si fingimos que sólo nos enteramos del cincuenta por ciento lo que hacen.
Menma se acercó balanceando un mazo.
— ¿Están discutiendo? —le preguntó a Hinata.
— Sólo deliberamos — corrigió Ino.
—Que Dios me libre de tales deliberaciones —masculló Menma Escojamos los colores.
Hinata le siguió de regreso junto a la carretilla de palamallo, tamborileando sobre el muslo con los dedos.
— ¿Tiene hora? —le preguntó.
Menma sacó su reloj de bolsillo.
—Pasa un poco de las tres y media, ¿por qué?
—Pensaba que Hotaru y el vizconde deberían estar ya por aquí eso es todo —respondió, intentando no parecer demasiado preocupada.
Menma se encogió de hombros.
—Estarán en camino. —Luego, inconsciente de la inquietud de ella, indicó la carretilla de palamallo —. Pues bien. Usted es la invitada. Es la primera en escoger. ¿Qué color quiere?
Sin pensar mucho, Hinata estiró el brazo y cogió un mazo. Cuando lo tuvo en la mano se percató de que era negro.
—El mazo de la muerte —dijo Menma con gesto de aprobación. Sabía que sería una buena jugadora.
—Dejemos el mazo rosa para Naruto —dijo Ino sacando el mazo verde.
El duque cogió el mazo naranja y, volviéndose a Hinata, dijo:
—Es testigo de que no tengo nada que ver con el mazo rosa de Namikaze, ¿de acuerdo?
Hinata sonrió con picardía.
—He advertido que no ha escogido el mazo rosa.
—Por supuesto que no —contestó con una mueca aun mas traviesa que la de ella—. Mi esposa ya lo ha escogido por él. No podía llevarle la contraria, ¿no cree?
—Para mí el amarillo —dijo Menma—, y el azul para la señorita Hotaru, ¿no le parece?
—Oh, sí —replicó Hinata—. A Hotaru le encanta el azul.
Los cuatro se quedaron mirando los dos mazos restantes: el rosa y el púrpura.
—No le va a gustar ninguno de los dos —dijo Ino.
Menma asintió.
—Pero el rosa aún menos. —Y con aquello, cogió el mazo púrpura y lo arrojó dentro del cobertizo, luego se agachó y tiró la bola púrpura tras él.
—Y digo yo —empezó el duque—, ¿Dónde está Naruto?
—Ésa es una buena pregunta —masculló Hinata, tamborileando otra vez con los dedos sobre la falda.
—Supongo que querrá saber qué hora es —apuntó Menma con astucia.
Hinata se sonrojó. Ya le había pedido dos veces que mirara la hora.
—No hace falta —contestó sin encontrar una respuesta más ingeniosa.
—Muy bien, sólo que he tomado nota de que cada vez que empieza mover la mano...
Hinata detuvo la mano.
— …está a punto de preguntarme qué hora es.
—Ha tomado nota de muchas cosas sobre mí en la última hora — respondió Hinata con sequedad.
Él puso una mueca.
—Soy un tipo observador.
—Es evidente —masculló ella.
—Pero, en caso de que le interese, son las cuatro menos cuarto.
—Tenían que haber llegado hace rato —dijo Hinata.
Menma se inclinó hacia delante y susurró.
—Dudo mucho que mi hermano esté violando a su hermana.
Hinata retrocedió con brusquedad.
—¡Señor Namikaze!
— ¿De qué habláis? —preguntó Ino.
Menma esbozó una amplia sonrisa.
—La señorita Hinata está preocupada por que Naruto esté poniendo en una situación comprometida a la otra señorita Tsuchigumo.
— ¡Menma! — exclamó Ino —. Eso no tiene la menor gracia.
—Y desde luego no es cierto —protestó Hinata. Bien, casi no era cierto. No pensaba que el vizconde estuviera poniendo a Hotaru en una situación comprometida, pero era más que probable que se estuviera esforzando todo lo posible para aturdirla con sus encantos. Y eso en sí mismo ya era peligroso.
Hinata sostuvo el mazo en la mano para comprobar su peso e intentó imaginar la manera de usarlo sobre la cabeza del vizconde y hacer que pasara por un accidente. El mazo de la muerte, desde luego que sí.
.
.
Naruto miró la hora en el reloj de la repisa de su estudio. Casi las tres y media. Iban a llegar tarde. Puso una mueca. Oh, bien, no podía hacer nada. Normalmente insistía mucho en la puntualidad, pero si el retraso tenía como resultado la tortura de Hinata, no le importaba demasiado llegar tarde. Y Hinata Hyuga sin duda se estaría retorciendo de agonía para entonces, horrorizada sólo con la idea de que su preciosa hermana pequeña estuviera en sus malignas garras.
Naruto bajó la vista a sus malignas garras —sus manos, se recordó a sí mismo— y esbozó otra amplia sonrisa. Hacía siglos que no se había divertido tanto, y lo único que hacía era perder el tiempo en su despacho, imaginándose a Hinata Hyuga con la mandíbula apretada mientras le salía humo por las orejas.
Era una imagen de lo más graciosa.
Por supuesto, aquello no era culpa suya. Él habría salido con puntualidad de no haber tenido que esperar a Hotaru. La joven había mandado aviso con la doncella de que se reuniría con él en diez minutos. De eso hacía veinte minutos. Él no podía hacer nada si ella se retrasaba.
Naruto tuvo una visión repentina de cómo transcurriría el resto de su vida: esperando a Hotaru. ¿Era el tipo de mujer que se retrasaba por sistema? Aquello podía acabar resultando irritante al cabo un tiempo.
Como si le hubiera dado pie, oyó unas pisadas en el vestíbulo y cuando alzó a vista, la forma exquisita de Hotaru quedó enmarcada en el umbral.
Era una visión, pensó de manera desapasionada. Era absolutamente encantadora en todos los sentidos. Su rostro era la perfección, su postura la personificación de la gracia, y tenía unos ojos del verde más radiante, tan intensos que uno no podía evitar sorprenderse de aquella tonalidad cada vez que parpadeaba.
Naruto esperó a que se produjera algún tipo de reacción dentro de él. No cabía duda de que ningún hombre permanecería inmune a su belleza.
Nada.
Ni siquiera la menor necesidad de besarla. Casi parecía un crimen contra la naturaleza. Pero tal vez era algo bueno. Al fin y al cabo no quería una esposa de la que pudiera enamorarse. El deseo era algo agradable, pero el deseo podía ser peligroso. Con certeza, el deseo podía transformarse en amor con más facilidad que el desinterés.
—Siento enormemente llegar tarde milord —dijo Hotaru con su encanto particular.
—No es ningún problema, en absoluto —contestó él. Se sintió un poco animado por las recientes racionalizaciones de la espera. Nada había cambiado, ella sería una buena esposa. No hacía falta buscar más —. Pero tenemos que salir ya. Los otros ya habrán preparado el recorrido de la partida.
La cogió por el brazo y salieron caminando de la casa. Él hizo un comentario sobre el tiempo. Ella hizo un comentario sobre el tiempo. Él hizo un comentario sobre el tiempo del día anterior. Ella estuvo conforme en todo lo que él dijo (ni siquiera recordaba el qué un minuto después).
Tras agotar todos los temas relacionados con la climatología, se quedaron callados, y luego, tras tres minutos sin que ninguno de los dos tuviera algo que decir, Hotaru soltó:— ¿Qué estudió en la universidad?
Naruto la miró con extrañeza. No recordaba que ninguna jovencita le hubiera hecho antes esta pregunta.
—Oh, lo habitual —respondió.
—Pero —insistió ella, con un aspecto impaciente poco característico — ¿Qué es lo habitual?
—Historia, sobre todo. Un poco de literatura.
—Oh. —Consideró eso durante un momento—. Me encanta leer.
— ¿Ah, sí? —La miró con renovado interés. Nunca se le habría ocurrido tomarla por una estudiosa—. ¿Qué le gusta leer?
Pareció relajarse mientras contestaba a la pregunta.
—Novelas si me siento imaginativa. Filosofía si busco el desarrollo personal.
—Filosofía ¿eh? — inquirió Naruto —. Nunca la he digerido demasiado bien.
Hotaru soltó una de sus encantadoras risas musicales.
— Hinata es igual. Siempre me está diciendo que es muy capaz vivir su vida y que no le hace falta que un hombre ya muerto le dé instrucciones.
Naruto pensó en sus experiencias cuando leía a Aristóteles, Bentham y Descartes en la universidad. Luego pensó en sus experiencias intentando no leer a Aristóteles, Bentham y Descartes en universidad.
—Creo —murmuró— que tendré que mostrar mi conformidad con su hermana.
Hotaru esbozó una amplia sonrisa.
— ¿Usted conforme con mi hermana? Creo que tendría que buscar una libreta para apuntar este momento. Sin duda es la primera vez.
Él le lanzó una mirada de soslayo para poder evaluarla mejor.
—Es más impertinente de lo que deja entrever, ¿verdad que sí?
—Pero ni la mitad que Hinata.
—Eso nunca lo he dudado.
Naruto le oyó una risita pero, cuando la miró de reojo, parecía que ella intentaba con gran esfuerzo mantener el rostro serio. Doblaron el último recodo antes del campo de juego, y cuando llegaron a alto de la elevación, encontraron al resto del grupo de jugadores de palamallo esperándoles, balanceando distraídamente sus mazos mientras aguardaban.
—Oh, maldita sea —juró Naruto, olvidando por completo que se encontraba en compañía de la mujer a la que planeaba convertir en su esposa—. Tiene el mazo de la muerte.
Continuará
