Mientras Doble D tomaba un baño para curar sus heridas, Marie decidió perder el tiempo explorando una vez más los rincones de su casa. Él la había traído todos los días a la hora del almuerzo. Las funciones terminaban a las doce del mediodía, y se reanudaban a las tres, tiempo suficiente para cualquiera que esperaba pasar un buen rato con su pareja, pero no para ellos. Doble D había dejado de almorzar con sus amigos para llevarla a casa, donde los minutos volaban como estrellas fugaces surcando a toda velocidad los cielos atestados de anécdotas, coqueteo y besos. Marie solía quitarse los zapatos y sentarse en el sofá como si fuese una niña curiosa, de manera que en ocasiones Doble D atisbaba descuidos, los suficientes para creer que fueron intencionales.
Además de un buen hechicero, era un buen cocinero. Marie terminaba satisfecha, y casi siempre se iban directamente al sofá a seguir hablando, ya sea de los divertidos sucesos del mago en algunos días, o de las fallidas historias de amor de sus hermanas. Todo iba acompañado de comentarios de doble sentido por parte de ambos, mientras ella escudriñaba disimuladamente todo lo que él le permitía ver. Debajo de su ropa, ella tenía que conformarse con su imaginación.
Muchas veces él se perdía hablando sobre su vida o la de ella, o sobre lo que él sentía, y ella trataba de escuchar mientras su vista intentaba no bajar a sus labios. Sus labios rojos, aquellos que ella había apreciado desde aquella primera función. Y cuando ella era quien hablaba de sus anécdotas u opiniones, lo hacía mirando hacia una esquina de la sala. Con el rabillo del ojo podría jurar que Doble D la miraba de pies a cabeza mientras lo hacía.
Algo muy común era hablar sobre sus amigos u hermanas en algún episodio curioso, o sobre la escuela de ella, y de un segundo al otro comenzar a besarlo. Él le seguía el juego casi de inmediato y, solo algunas veces, se dejaban caer sobre el sofá y avanzaban hasta que a su novio le agarraba un ataque de conciencia e inoportuna caballerosidad y paraba con ella. Pero bien sabía como la miraba en cada oportunidad que podía. Y aún así se había mantenido controlado. Si Mamá lo conociera sabría que era distinto a todos, que tenía lo que ni su maldito padre ni los ex novios de sus hermanas tienen.
Marie entró a la habitación de Doble D sólo dos veces. La primera, cuando él le mostraba su casa y tuvieron aquella todavía no romántica guerra de almohadas. La segunda, hace unos minutos para ir a buscarle ropa. Durante toda la semana Doble D la había mantenido cerrada. Al salir de ahí Marie había pensado en volverla a cerrar, pero decidió mejor dejarla abierta.
Sentada en el sofá, sólo se dedicó a pensar en todo lo que estaba pasando. Asesinos que controlan la magia negra sembrando el caos. Material para una película o para novelas de ficción y terror. No era fácil de creer para nadie sin temblar, ni siquiera para ella, a pesar de haber estado casi todo el tiempo al lado de un hombre que podía protegerla. Durante todo el mes en el que se habían ausentado, Marie solo había pensado en lo ocurrido en esta feria, desentendiéndose de su vida. Como si se hubiera puesto en modo automático. Solo mostraba interés en algunas noches, cuando recordaba a Doble D y hablaba con May sobre él. Su hermana menor una vez había opinado que sería una genial idea regresar a la feria para verlo de nuevo. Incluso había sugerido traer a Doble D de visita. Por supuesto que todo esto fue antes de que uno de esos monstruos tomara a May del cuello y luego tratara de arremeter contra ella.
Marie se recostó sobre el borde del sofá, hundió su rostro en su brazo y lloró un poco. Lamentaba haberla abofeteado. La amaba, amaba demasiado a su hermanita, pero era algo que le había nacido. Puede que incluso Lee hubiera estado de acuerdo en eso. De todas formas ya no importaba. Lo único que importaba ahora era volver a verlas de nuevo.
El sonido del agua cayendo se apagó. Marie levantó el rostro y limpió sus lágrimas. Un minuto después, la puerta se abrió y su novio sacó una mano.
—Marie, ¿podrías por favor pasarme mi ropa? Gracias.
Ella lo hizo. Él volvió a agradecer y se encerró. Marie había tenido la ilusión de verlo salir solo con la toalla cubriendo sólo la mitad inferior de su cuerpo. Luego de dos minutos, Doble D salió.
—Me siento como nuevo —dijo él, ladeando una sonrisa.
—Estás hermoso —susurró ella.
—Eh… gracias. Tú siempre estás hermosa. —Él se acercó a ella y la tomó suavemente del rostro, con ambas manos—. ¿Marie? ¿Estás bien?
—Sí… Solo… —Mantuvo silencio, pensando en que decir—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—No voy a mentirte. Te llevaré con los demás. Después regresaré a la feria a ver si alguien quedó por ahí.
Marie tomó aire para no perder la serenidad.
—¿Y si no hay nadie vendrás con nosotros? ¿O harás una Rambo y te irás contra ellos tú solo?
—Iré con ustedes. Mantener a todos a salvo es mi única prioridad.
—Otra cosa…
—¿Si?
Marie volvió su vista hacia la habitación. Luego hacia él.
—¿Puedo bañarme? Me siento un poco sucia. Además yo te esperé.
Doble D lo pensó un rato.
—Bueno… Pero date prisa.
Una vez que su novia se metió en la ducha, Doble D tardó varios minutos en notar que la puerta de la habitación estaba abierta. Pensó que Marie se había olvidado de cerrarla cuando fue a buscar ropa para él. Aunque de todas formás no se lo había pedido. La había mantenido así toda la semana para evitar que sus deseos reprimidos le hicieran fantasear cosas que no debía fantasear.
De pronto, el sonido de su teléfono lo alarmó. Aún estaba en el bolsillo de su pantalón, en su ropa dañada. Doble D fue y lo levantó. Era una llamada del teléfono de Eddy.
—¿Eddy?
Pero quien habló no fue Eddy.
—¿Te crees que está bien matar a uno de los nuestros?
Escuchar la voz del líder de los hombres verdes le heló la sangre. Casi se desmayó en ese lugar. Su estomago se revolvió al pensar en lo peor.
—¿Q-qué? ¿De qué están hablando? ¿Dónde esta Eddy?
—Él esta bien. Por ahora. Solo cometió el error de subestimarnos y creerse Jesus entregando su vida por pecadores.
Su voz no era para nada grave ni oscura como solían tener los supervillanos malvados de las películas. Doble D era un aficionado de las películas, y esta voz no tenía nada de ficción. Era una voz de adulto común, con incluso tintes de agudo. Hablaba calmado, como si todo le importara muy poco o si ya tuviera todo bajo control. Su respiración era pesada.
—¿Por qué debería creerte?
Él no respondió. De fondo podía escucharse a los demás invasores murmurando entre ellos. Se escucharon unos pasos en algo que sonaba a grava, y luego a Eddy arrojando un insulto. Le estaba acercando el teléfono.
—Doble D.
—¿Eddy? ¿Qué… cómo pasó?
—Lo siento, Doble D. Creí saber una manera para distraer a estos tontos verdes mientras tú te recuperabas. Ya te oigo mejor, supongo que alguien te llevó a casa.
—Sí, fue Marie. Eddy, ¿qué está ocurriendo? ¿Qué intentaste hacer?
—Nada… ya no importa. Toma a tu novia y váyanse de aquí, no merezco ser salvado.
—Negativo. Eddy, justo ahora voy por ti.
—No, Doble D, no vengas. Corres peligro. Escucha; este tipo es...
El líder le apartó el teléfono en las últimas palabras.
—Escucha bien lo que te vamos a decir. Para que entiendas que somos civilizados, vamos a dejarte negociar una vez más. Tienes suerte, ese hombre al que mataron en la playa era basura. Lo teníamos solo como carne de cañón. Sigue estas instrucciones al pie de la letra y tu amigo Eddy vivirá un tiempo más. Ven a las tres de la mañana al centro de la feria, solo. Si vienes un minuto antes o después, Eddy morirá.
—No...
—No es necesario saber a qué vendrás. Pasarás a ser de nuestra propiedad, y este inútil será liberado —dijo, refiriéndose a Eddy—. Es todo. Tienes seis horas para despedirte de todos.
Antes de que colgara, Doble D pudo escuchar el «¡No vengas, Doble D!» de Eddy.
Se dejó caer en el sofá, pensando en todo lo que había ocurrido. ¿Por qué rayos había ido Eddy a enfrentarlos? ¿Qué esperaba que pasara? Doble D se llevó las manos a la cabeza. Lamentarse no servía de nada, ahora tenía que pensar en algo.
La ducha se cerró. Minutos después su novia salió secándose el cabello. Estaba vestida, e incluso aún tenía el collar de zafiro colgando de su cuello.
—Ya estoy. Ya podemos irnos a que me abandones de nuevo.
—Marie… Tienen a Eddy.
—¡¿Qué?!
—Esos malditos me llamaron de su teléfono. Al parecer Eddy fue a confrontarlos y lo capturaron. Me dijeron que tenía que reunirme con ellos en la feria a las tres de la mañana o de lo contrario lo…
—¿Lo van a m…? —Marie se calló a tiempo—. ¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé… En principio esperar.
—¿Y por qué a las tres de la mañana?
—En la oscuridad ellos son mas fuertes. Y aún así tendré que enfrentarlos. Pero antes debería sacarte de aquí.
—Y sigues con eso —protestó Marie—. ¿Por qué demonios crees que volví por ti, tonto?
—Yo sé, pero…
—Por una vez en la vida escuchame. Te he salvado de morir. Te ayudé a llegar hasta aquí. ¿Por qué siempre quieres alejarme de ti?
Doble D tomó asiento en el sofá.
—Tú no has visto lo que yo vi. Tú no los viste en acción. Tú no viste… lo que hicieron.
—¿Quienes? ¿Ellos?
—Vi algo que jamás he superado, y no quiero… No quiero perderte, Marie.
Marie abrazó su cabeza. Le dio un beso en la frente, y uno en la boca.
—No vas a perderme, mi amor. No va a ocurrir. Seré yo quien va a perderte cuando vayas con ellos.
—No tengo otra opción.
Ella se sentó al lado de él.
—¿Cómo pueden obsesionarse tanto contigo? ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué?
Doble D guardó silencio. Luego habló.
—Mi familia nunca ha vivido completamente en paz. Siempre tuvo que lidiar con fuerzas que buscaban eliminarlos, de alguna u otra manera.
—¿Cómo la cacería de brujas?
—Así. Pero ninguna de esas fuerzas se compara con lo que hicieron los Hombres Verdes. No hay un momento preciso en la historia de mi familia. Hasta donde me ha contado Mamá, yo tenía un tío que era conocido por sus actos de apariciones en algunas partes del mundo.
—Creo que escuché de él alguna vez —comentó Marie.
—Hubo gente que pensaba que su habilidad no se debía a efectos especiales, ni a montajes ni mucho menos a dobles de acción ni parecidos. En algún momento de su carrera comenzó a ser acechado. Expresó muchas veces su descontento, asegurando que se sentía perseguido.
—¿A la prensa? —preguntó Marie, sumergida en el relato. Doble D asintió—. ¿Y la gente qué dijo?
—Algunos lo llamaron loco. Otros pensaron que se referían a esferas elevadísimas del poder. Conspiraciones, judíos, iluminatis, reptilianos, esas cosas.
—Qué idiotas.
—En parte no sé qué tan apartada de la realidad fueron sus conjeturas. Los Hombres Verdes dan toda la impresión de responder a algún orden muy superior.
Marie hizo un poco más de memoria. El tío de Doble D había sido una figura de renombre. No a la altura de los tipos que salen en la televisión, pero buscando un poco más por internet se llegaba a él. Las pericias dijeron que se había suicidado de un disparo a la cabeza.
—¿Lo asesinaron ellos?
—Bueno, a mi no me gusta dar por hecho nada, pero le gustaba mostrarse elegante, y lo encontraron en el baño semidesnudo.
—Sigue contándome de tu familia —pidió Marie, quitándose los zapatos y recogiendo las piernas sobre el sofá.
—Mi madre tenía otros dos hermanos además de él. Los cuatro vivían en un pueblo alejado en Canadá. Un día mi abuelo envió a Mamá con mi abuela, su madre, que vivía en Estados Unidos, ella tenía ocho años. Lo último que supimos de mi abuelo y de mis tíos fue que fueron masacrados por ya sabes quienes. De alguna manera sus seguidores lograron manipular el caso. En los reportes ellos fueron asesinados por un grupo de motoristas.
—Qué terrible.
—Tanto ellos como mi abuela eran hechiceros, pero yo aún no lo sabía. Pasaron los años, mi madre conoció a mi padre y yo nací. Mi abuela murió de cáncer al poco tiempo. Mi padre consiguió un buen empleo en Nueva York siete meses antes de su muerte. Estaba en un apartamento de Brooklyn solo, y el lugar se había quemado. Mi madre y yo quedamos solos y nos mudamos a un lugar en los suburbios de California. Para ser franco odio ese estado, pero eso no va al caso.
»Entré a la escuela y ahí conocí a Ed y a Eddy. Eramos los marginados del salón y no teníamos amigos. Supongo que todavía recordarás la anécdota del gimnasio y cómo descubrí que Mamá y yo eramos los extraños en ese mundo.
»Las dos semanas siguientes a mi cumpleaños numero trece fueron la pesadilla de mi vida. Ese día me pasé toda la tarde jugando videojuegos en casa de Ed, con Eddy. Mamá llegó con un pastel de cumpleaños que ella misma había preparado para mi… —Esto último lo había dicho apagando su voz. Marie pensó que Doble D iba a llorar, pero no lo hizo. Suavemente apoyó su mano sobre la de él, mientras él continuaba el relato—. Eramos nosotros tres, ella, los padres de Ed y su hermanita menor. Sí, él tenía una hermanita. Creo que se llamaba Sarah. Fue una noche increíble, pero fue ahí cuando comencé a notar en Mamá una preocupación inquietante. Ella sabía que estábamos en peligro. Que lo que sea que haya acabado con mis tíos, mi abuelo y mi padre iba ahora por nosotros. Pero no dijo nada. Ella tenía un puesto importante en un laboratorio de investigación y la casa que había comprado con mi padre, donde vivíamos los dos. Creo que le apenaba decirme que tendría que despedirme de los únicos amigos que había tenido en mi vida.
»Algo me decía que el final se acercaba. Eddy no toleraba a su familia. Su padre lo insultaba y lo trataba como basura. Su madre permitía todo eso, según Eddy porque era muy débil para confrontarlo o por alguna otra cuestión que no era de mi incumbencia. También tenía un hermano mayor. Creo que aún lo tiene. Él era bueno con Eddy, pero una mala influencia. Si entiendes.
—Sí —asintió Marie—. Sé de lo que hablas.
—No estoy hablando de drogas o delitos que ameritaran una visita al reformatorio. Digamos que le enseñaba a robarle dulces a los niños pequeños y tratar de estafar a los de la escuela. Como hermano mayor tenía sus límites, y se reservaba lo peor para sí mismo. Eddy le hacía caso hasta cierto punto. No voy a decir que fue por mi voluntad que no fue más lejos, yo puse de mi parte pero creo que Eddy en el fondo quería ser una buena persona.
»Días después de que los matones dejaran a Ed y a Eddy en el contenedor de basura y de que me vieran usar mis poderes en acción, de algún modo comenzaron a respetarnos en la escuela. Nadie nos tocaba. El hermano de Eddy incluso intentó integrarme en su grupo de amigos —gente con la que literalmente sí aspiraba otras cosas aparte de lo que hacían en la escuela—, aunque Eddy me advirtió que probablemente me quería para usar mis poderes contra los tipos con los que él tenía problemas... financieros. Obviamente me negué. Su hermano llegó a admitir que de hecho, eso quería de mi, y hasta trató de darme dinero. Debo admitir que lo pensé un poco. Si estaba en problemas con tipos indeseables, ¿por qué no darle una mano? Luego Eddy me dijo que eran sujetos que su hermano había estafado, así que volví a negarme. Eso fue después de mi cumpleaños. Después de eso él dejó de insistir.
»La hermanita de Ed también solía seguirme mucho. La he atrapado espiándome en la escuela varias veces. La última vez que lo hice ella me confesó que estaba enamorada de mi y trató de besarme. Me negué y le dije que me caía bien, pero que podíamos ser amigos. Que era muy pequeña para mi. Ella me golpeó y se fue llorando. Te estarás preguntando que tiene que ver esto con el fatal final de mi familia. Ya lo vas a ver.
»El último y más trágico día comenzó conmigo yendo temprano a la escuela. Mamá ya me había dicho que sería el último día y que tendría que despedirme de mis amigos. Probablemente otro en mi lugar habría hecho un acto de rebeldía, poniéndose contra la familia para quedarse con sus amigos. Ed y Eddy eran mis únicos amigos, pero yo amaba a Mamá, y también sabía que abandonar ese lugar era necesario.
»Hasta ese momento no les había dicho ni una palabra a mis amigos sobre la posibilidad de irme de la ciudad, así que fue una sorpresa para ellos. Los había reunido a las afueras de la escuela a la salida.
»«¿Cómo que te vas a ir de la ciudad? ¿Y el pacto que hicimos? ¿Y nuestra promesa de hacer una fiesta en tu casa invitando a toda la escuela para ser los más jodidamente populares? —había dicho Eddy. Ed estaba tan sorprendido como para opinar—. ¿Sabes lo que nos ocurrirá sin ti?»
»«Lo siento, amigos —respondí—. Pero no puedo hacer nada. Hay algo que preocupa a Mamá y por consiguiente también me preocupa a mi.»
»«¿Es que ya no nos quieres?» preguntó Ed.
»«Cabeza de Calcetín, desde hace semanas has estado actuando extraño. Ya no te ríes de nuestras bromás ni tampoco nos haces demostraciones de tu magia. Creo que merecemos una explicación. Somos tus únicos amigos, sin ofender.»
»Y se las di, Marie. Porque al fin y al cabo sí la merecían. Les conté todo lo que había ocurrió con mi familia. Esperaba que con eso entendieran por qué tenía que irme y alejarme de ellos.
—¿Y qué te dijeron? —preguntó Marie, con los ojos dilatados. Estaba sumergida en el relato.
—Dijeron que lo entendían y me dejaron ir.
—No se oye convincente.
—Sabes que al final no lo hicieron —mencionó Doble D. Marie hizo una mueca—. Luego de una digna despedida de amigos, regresé a casa. Mamá ya estaba preparando las maletas. Yo me apresuré e hice la mía. Mamá en ese momento recordó dos cosas. La primera, que había dejado el auto en el lavadero, a unos dos kilómetros de casa. La segunda, la espada celeste.
—¿La espada celeste? Claro, me dijiste que había pasado de generación en generación.
—Sí. Si te preguntas cómo llegó a las manos de mi madre, el abuelo se la dejó como herencia. Se la hizo llegar en una caja eludiendo con elegancia los controles de este país, pero esa es otra historia. Mamá había ocultado la espada celeste en muchos lugares que hasta la fecha desconozco, pero en esa ciudad se encontraba en una pequeña cueva subterránea sin acceso, bajo una zona restringida publica que funcionaba como basurero de chatarra.
—Sí, en Peach Creek también hay una. Los niños de primaria van a jugar ahí.
—Allá era parecido, pero no iban niños sino adolescentes. Y no iban precisamente a jugar, si me entiendes. Mamá creyó que ese sería el mejor lugar para ocultar algo sin levantar sospechas.
»Eran las siete y medía, casi las ocho. Era primavera, así que muy pronto iba a oscurecer. Mientras Mamá pasaba a retirar el auto, yo fui a buscar la espada. Me apresuré en llegar y esperar encontrar el lugar vacío. A excepción de tres muchachos fumando marihuana y una pareja teniendo relaciones en un automóvil, el basurero estaba desierto. Traté de que no me vieran y me escabullí hasta el centro. Entre dos automóviles hallé la entrada. No tuve que crear otro acceso, utilicé la escalera invisible que había creado Mamá.
»Descendí por la escalera helicoidal no física hasta la pequeña cueva. En tamaño era la mitad del acuífero. Tomé la espada, y está no se movió. En ese momento no entendía bien como funcionaba el criterio de la espada para moverse, Mamá solo me había dicho que respondía contra el peligro sin entrar en detalles, y yo supuse que si no se movía entonces esa era señal de que los Hombres Verdes estaban muy, muy lejos de encontrar nuestra ubicación y de que no corríamos peligro. Por supuesto, no estaba seguro de esta hipótesis. Llamé a Mamá por teléfono. Ella me dijo que era raro, que nosotros sentíamos que estaban a punto de llegar y este debería moverse. Me dijo que nos fuéramos sin ella y que dentro de un tiempo volviéramos a buscarla.
»Cuando salí a la superficie ya estaba oscuro. Los jóvenes que estaban allí ya se habían ido. Me dispuse a salir del basurero y cuando estaba llegando a la salida, dos figuras se aparecieron delante de mi. Eran Ed y Eddy.
»«¿Qué hacen aquí?» pregunté. Me alarmé cuando vi en sus espaldas grandes mochilas de viaje.
»«La escuela es una mierda y tú eres nuestro único amigo —respondió Eddy tajante—. Además de Rolf, claro.»
»«¿Y sus familias?»
»«Tenemos unas horas antes de que descubran nuestra ausencia.»
»No importó lo que yo dije, me siguieron. Realmente nunca supe qué era lo que tenían planeado. Eddy dijo que tenían pensado acompañarme a otro pueblo y luego regresar cuando el peligro hubiera acabado. Ni siquiera sabía que iba a pensar Mamá de esto. Y luego… y luego…
—¿Y luego?
Doble D dio un suspiro.
—Desde la primera vez que lo vi supe que algo no andaba bien con él, y todavía me cuestiono por qué no me di cuenta a tiempo. El hermano de Eddy apareció detrás de un montículo de basura, junto con varios de sus matones. Preguntó hacia donde iríamos. Eddy le respondió que no le importaba… En sus términos.
—¿Pero cómo supieron que estaban allí? ¿Eddy les dijo?
—No fue Eddy. Sarah les dijo. Ella lo sabía por Ed, nos habrá escuchado hablar.
—¿Esa mocosa los entregó porque la rechazaste?
—No se por qué lo habrá hecho. Pero si crees que él no iba a dejar que nos fuéramos en buenos términos, estás en lo correcto. Su grupo de amigos, que debían ser unos diez, aparecieron vestidos con túnicas negras y máscaras de plata como los mortífagos. Ellos eran los seguidores de la secta verde.
»Ed, Eddy y yo corrimos hasta el barrio. Yo iba detrás repeliendo los rayos de magia oscura. Cuando quise darme cuenta ya no eran diez, sino quince. Se les habían sumado hombres en túnica más grandes, y fue ahí cuando lo supe. Los hombres verdes habían llegado.
»Una idea estúpida se cruzó por mi cabeza. Como estaba oscuro, fue sencillo perder de vista a los enemigos por unos segundos. Escondí a Ed y a Eddy en la casa del primero —sin siquiera revisarla—, y regresé al basurero. Para ese momento ya tenía a todos los hombres verdes y parte de sus seguidores sobre mi. El hermano de Eddy entre ellos.
»Descendí a saltos por la escalera. Desde la cueva pude escuchar los ataques de los hombres tratando de llegar hacia mi. El polvo caía sobre mi, pero yo estaba calmado, Marie. Estaba tranquilo y ansioso porque ahora sí lograría sacar la espada. Creía que con ella podría proteger a mi madre y mis amigos. Cuanto menos, derrotar a los invasores y tratar de… de… —Doble D se encontró mirando hacia un punto bajo la vista de Marie. Ella supo que estaba tratando de definir que había hecho—. ...de detenerlos. Ellos conocían la espada y le temían.
»Antes de que pudieran llegar a mi, elevé la espada para tratar de probarla. El destello fue inmediato. Cuando terminó, la cueva cerrada ahora era un gran agujero. Uno de los hombres verdes fue calcinado por tal ataque. Los demás retrocedieron a tiempo. Regresé a la superficie, donde los restantes me habían rodeado. Los seguidores, es decir el hermano de Eddy y sus amigos, se marcharon corriendo del lugar. Cometí el error de creer que estaban huyendo. Los hombres verdes poseen magia oscura, pero su mejor ataque era personal. Sabían como someterte y hacer lo que ellos quisieran.
Marie asintió en silencio, comprendiendo al instante lo que él quería decir porque fue eso lo que trataron de hacer con ellas. Seguidores disfrazados de plomeros estropearon la cañería para forzar a las hermanas a regresar a Mondo A Go-Go, donde posteriormente podrían usarlas de rehenes para someter a su verdadero objetivo, el mago. Y todo con la mayor naturalidad. Tan oportuno que Marie supuso que, en caso de no funcionar el plan original, tendrían un plan B. Y un C, y un D, etc.
—Dos de ellos se fueron con esos muchachos, los restantes se quedaron a tratar de quitarme la espada y asesinarme. O eso creí al principio. Por sus movimientos y sus estrategias supuse al cabo de minutos que solo estaban haciendo tiempo. Mientras estaban a cubierto, yo los dejé y volví con los demás. Cuando llegué al barrio… Cuando… llegué…
Doble D parpadeó repetidas veces. Se le habían atorado las palabras en la boca.
—Basta, cielo… No tienes que seguir si no…
—La casa de Ed ardía en llamas —completó Doble D. Marie quedó petrificada—. Eddy sostenía a Ed para evitar que entrara a ella. Este último gritaba el nombre de su hermana. Horas después supe que sus padres también estaban allí, al mismo tiempo que supe que Ed los odiaba. Pero en fin, el hermano de Eddy y sus amigos habían arrojado bombas molotov a la casa mientras reían y vitoreaban.
»Lo que ocurrió después fue algo bastante confuso. Solo recuerdo que vi muchos destellos y escuché muchos gritos. El mio también. Fue demasiado rápido, y cuando acabó, vi los cuerpos bajo túnicas negras desperdigados en el suelo. Supuse que me detuve en el momento en que me di cuenta de lo que estaba haciendo. Con la espada había asesinado a siete de ellos, dejando en pie al hermano de Eddy y a otros dos más.
»Antes de que alguien pudiera reaccionar, un enorme destello, casi igual de potente que el de la espada, apareció cuadras abajo en el barrio. Sin ver bien, supe de quienes se trataba. Corrí dejando a todos ahí y me encontré con mi madre combatiendo en medio de la calle con los dos hombres verdes restantes. El auto estaba prendido fuego a unos metros. Ella era imbatible y poderosa, pero estaba esforzándose por defenderse. Vi que llegó a recibir algunos ataques, pero no le ocurrió nada. Yo llegué a tiempo para ayudarla con la espada.
»«Eddward, hijo, debes irte de aquí —gritó ella mientras yo trataba de darle a uno con la espada.»
»«No sin ti, madre. Quemaron la casa de Ed. No voy a perdonarlos» aseguré. Fue ahí cuando una voz habló. La que yo supuse que seria el por entonces líder de los Hombres Verdes.
»«Señora Vincent… e hijo. No tienen derecho a vivir. Es un pecado que ustedes puedan respirar. Deben someterse a nosotros o morir ahora mismo.»
»El sexto y último de ellos apareció de las tinieblas y dijo esas palabras. Los dos que me seguían llegaron también. Girándome a todos lados, me distraje, y el líder arrojó un chorro blanco a mi mano, la que sostenía la espada, haciendo que la soltara. Luego arrojó otra, y otra, sobre la espada que yacía en el suelo. Los dos de atrás se lanzaron contra mi. Mamá creó un campo protector y repeló los ataques.
»«Es hora. Debes irte, cariño.»
»«Pero… Mamá.»
»«Estoy orgullosa de ti. Eres tan valiente, mi niño. Recuerda que siempre estaré contigo… te amo. —Con una mano se quitó el collar de zafiro que tenía puesto y me lo colocó a mi—. Para que no lo pierdas. Estoy segura de que encontrarás un buen uso.»
Acariciando el zafiro del collar, Marie tuvo el deseo de preguntarle a qué se refería con uso, pero decidió callar y seguir escuchando. En parte porque no quería faltar el respeto ni siquiera un poco a la memoria de su madre.
—Sentí que un viento con vida me elevaba y me empujaba hacia fuera del combate. Retrocedí para ver como los cinco atacaron al mismo tiempo a mi madre… Se defendió hasta donde pudo. Intenté regresar, arrojar mi magia, pero la intensidad era tan fuerte que todo se veía reducido a cenizas… y yo solo tenía trece años. Era muy débil… Era un pobre y desgraciado inútil.
»Ed y Eddy llegaron escoltados por los tres que quedaron. Ellos, salvo el hermano de Eddy, quedaron absortos por lo que vieron. La energía que desprendían era tan fuerte que todo se veía blanco, y yo no sabía quién estaba ganando. La parte racional de mi me decía que ellos, pero uno siempre tenía esperanzas. Muy pronto descubrí que el campo protector de Mamá todavía seguía en pie, porque empezaba a rechazar los rayos de los hombres verdes, que cayeron sobre nosotros. Protegí a Ed y a Eddy, y los otros tres se cubrieron. El suelo tembló y las ondas de aire nos alejó a todos. La espada celeste fue empujada por una onda. Todavía ardía con ese fuego blanco que le habían arrojado.
»«Es la espada. ¡La han destruido!» exclamó la basura del hermano de Eddy. Un chorro salió volando hacia ellos y les dio en la mano. Luego salieron despedidos varios de ellos, por lo que se vieron obligados a huir de ese lugar.
»Los chorros rebotaban en cantidades, como una lluvia que se precipitaba en dirección radial. En un momento dejaron de volar ataques, y supe por qué había sido. Lo supe porque mi madre comenzó a gritar de dolor. Yo también gritaba, pero ni así pude evitar oírla. Desesperado corrí hacia la espada y traté de tomarla. Aún estaba encendida, pero el fuego iba menguando. La dejé y corrí hacia donde ellos cargando en mis manos toda la energía posible. No hizo nada. Lo intente de nuevo. Ni siquiera se inmutaron. Me volví y ordene a Ed y a Eddy marcharse.
»Decidí insistir una vez más. El mango de la espada casi se había apagado. Para este punto ya me había dado cuenta de que la espada no había sufrido ningún tipo de daño. La tomé del mango, sufriendo quemaduras en mis manos, y me arrojé hacia el fuego. Ocurrió otro destello. Cuando terminó, los cinco hombres verdes habían caído metros atrás de donde estaban. Habían cesado el fuego. Miré hacia el piso y… Y Mamá estaba ahí. Ya no respiraba. Yo volví a gritar. Esta vez no me importaron las quemaduras, tomé la espada, al mismo tiempo que los hombres se arrojaron sobre mi… No quiero extenderme mucho con esto, Marie. Solo te diré que luego de minutos, todos habían muerto excepto yo.
Para este punto, la mirada de Doble D se había vuelto sombría. Hablaba con voz ronca, y miraba hacia un horizonte imaginario. Marie apretujó un poco su mano, en especial para hacerle notar que todavía estaba allí y que no estaba solo.
—Si te preguntas por qué nunca se apareció un vecino o la policía, si lo hicieron. Los vecinos corrieron a ocultarse a sus casas; todo lo que veían era fuego y destellos, y gritos. La policía como siempre llegó tarde. Yo ya me había marchado.
»Sepulté a Mamá con la dignidad que ella se merecía. Luego, me reuní con Ed y con Eddy y decidimos marcharnos de la ciudad por un tiempo, tiempo que se tornó indefinido cuando comenzamos a recibir cartas y amenazas por parte de una firma que se adjudicaba a los hombres verdes. Comenzamos a trabajar en lugares como estos, y nos mantuvimos en contacto con Rolf, quien nos informaba con frecuencia de las noticias en la ciudad, con las que terminamos por convencernos de no volver ahí. Yo creí que había acabado con todos ellos, pero parece que no había sido así. Tienen más miembros allá afuera, eso terminamos de comprobarlo tiempo después, en una emboscada que nos hicieron en un pueblucho de Nevada, a las afueras de Las Vegas, y luego otro en San Francisco. Según mis cálculos, luego de que esos seis murieran, fueron remplazados por otros, salidos de Dios sabe donde. Esos, son los que nos han venido persiguiendo. Esos son los que nos están atacando en este momento.
»Hace poco más de seis meses Rolf nos informó que estaba trabajando en este lugar y nos instó a venir. Eddy y yo estuvimos de acuerdo —Ed no suele darnos su opinión ni aunque la pidiéramos— y vinimos. Eso fue lo que pasó, Marie… Así fue como llegamos aquí.
Marie se quedó callada. El relato la había sin palabras. El mayor miedo de un niño, o de un adolescente, fue lo que se volvió realidad para Doble D aquel día. Era como si su familia entera estuviera destinada a pasar por esas desgracias. ¿Y todo por qué? Por una secta de dementes que pretendían jugar a ser Dios.
—Doble D, yo… Yo siento todo lo que te pasó —dijo al fin, acercándose a él.
—Descuida, desde hace días he querido contártelo todo.
—Si quieres llorar…
—No, Marie. Ya lo he hecho muchas veces. Esa etapa ya ha quedado atrás, y no es que ya no me importe. En este mismo momento estamos en otro problema.
—Otro problema que se relaciona con el anterior —espetó Marie—. Todo se resume a los…
—Hombres Verdes —finalizó Doble D—. Hoy los enfrentaré y acabaré con ellos. Los atraeré hacia la espada y allí terminaré con todo esto.
—¿Dices que la espada solo funciona cuando el peligro esta cerca de ti? ¿Y qué tan seguro estás de eso?
—Para ser honesto, no tanto. Cuando la trasladamos de lugar, movemos toda la tierra donde ésta se halla incrustada, pero no responde si queremos usarla. Una vez, en la emboscada de San Francisco yo había logrado moverla, una hora antes de que los Hombres Verdes llegaran.
—Entiendo.
—Voy a estar bien, Marie. —Doble D hizo un débil esfuerzo por sonreír—. Pero antes, tengo que sacarte de aquí. Ya he perdido a mi familia por culpa de ellos, no quiero perderte a ti también.
—Pamplinas —replicó ella, poniéndose de pie. Doble D se puso de pie también. Su novia se fue a una esquina de la casa y desde allí lo miró fijo, cruzada de brazos y con una expresión de molestia en su rostro. Doble D pensó una vez más en lo increíblemente hermosa que era.
—Yo no quiero alejarme de ti, Marie. De hecho, si hubiera una forma de lograr sacarnos de esto y poder llevarte conmigo lo haría. Pero sabes que no es tan fácil.
Marie se llevó una mano al rostro. Había perdido la paciencia.
—Está bien. ¿Sabes qué? Antes de que reanudes tu relato de «Te sacaré de aquí para protegerte» solo piensa. ¿De verdad crees que estaré más segura alejada de ti? ¿O es que temes que yo te estorbe?
—Marie…
—O mejor aún… ¿Quieres comenzar ya a hacerte la idea de que no estaremos juntos?
—¿Qué?
—Es eso, ¿no? Tú no planeabas venir con nosotras a Peach Creek. Si por ti fuera seguirías aquí. Apuesto a que sí.
—Marie, ¿cómo puedes decir eso? Este lugar ya está destruido, necesitamos irnos. ¿Y qué te hace pensar que quiero deshacerme de lo único que le dio color a mi vida e hizo que todo dejara de ser tan rutinario y gris?
—¿Qué?
—Si querías que te dijera lo que sentía, bien. Yo quiero tenerte conmigo. Pero estoy aterrado ante la idea de que te pase algo… De que ellos te… Si te perdiera a ti también...
—¡¿Y crees que yo no tengo miedo de eso?! —gritó Marie—. ¡¿Crees que me da igual si te matan, cuando hoy estuviste a punto de morir?! ¡¿Es eso lo que quieres?! ¡¿Morir alejado de todos los que te quieren?!
Los jadeos de Marie se apoderaron de la sala ante el silencio sepulcral de Doble D.
—Pero es diferente…
—¿Por qué? ¿Porque el señor tiene poderes? ¡Muy bien! ¡Lo lograste! Lograste demostrarme que no eras un fraude como pensé y que tus poderes sí eran de verdad. ¿Ahora por favor podrías dejar de creerte el mesías enviado?
Doble D se quedó callado una vez más. Marie tomó descanso de sus gritos.
—Quiero quedarme cerca de ti —habló ella—. No digo involucrarme en el fuego, pero sí aquí. En esta feria. Donde pueda verte. Te prometo que voy a cuidarme, ellos no van a verme. Por favor.
—Marie… —Ella se acercó a él y lo observó vacilar. Por la expresión en su rostro, podía decir que la idea no le agradaba en un principio. Pero podría estar pensando en otra alternativa.
—Por favor... —repitió Marie en susurros.
—Puedes morir… —Doble D se acercó a ella, casi apoyando sus frentes.
—Y tú también…
—¿Eso es lo que quieres, Marie?
—Yo quiero lo que tú quieres. Y si vamos a morir, que sea juntos.
Solo pensó en que lo último que quería ahora era alejarla de él. Solo quería tenerla en sus brazos. Nada más que eso.
—No digas eso…
—Es posible… Tal vez sea nuestro fin. Tal vez… no haya otra oportunidad.
Doble D la miró, tomando distancia de ella.
—¿De qué…?
Marie tomó a su novio del rostro y le dio un ávido beso, mientras una de sus manos tomó la suya. Luego, separaron sus labios, y la mano de ella llevó la de él hasta el contorno de sus pechos.
—Quiero ser tuya.
Hoy a la noche subiré el capitulo XIII, y por obvias razones esta historia pasará a categoría M, así que solo ahí la encontrarán.
